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Aunque me cueste la vida: Las constelaciones familiares en casos de enfermedades crónicas y síntomas persistentes
Aunque me cueste la vida: Las constelaciones familiares en casos de enfermedades crónicas y síntomas persistentes
Aunque me cueste la vida: Las constelaciones familiares en casos de enfermedades crónicas y síntomas persistentes
Libro electrónico378 páginas6 horas

Aunque me cueste la vida: Las constelaciones familiares en casos de enfermedades crónicas y síntomas persistentes

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Las constelaciones familiares en casos de enfermedades crónicas y síntomas persistentesHay muchas razones por las cuales algunos pacientes, a pesar de todo el arte de la medicina, no muestran reacciones positivas ante la terapia médica, y los enfermos con síntomas crónicos pasan de un médico a otro sin encontrar alivio. En sus muchos años de actividad como naturópata, Stephan Hausner ha comprobado que las implicaciones transgeneracionales y las conexiones en las dinámicas familiares pueden ser obstáculos en el camino hacia la salud.
 Las constelaciones familiares pueden servir de apoyo a un tratamiento médico, en especial en los casos en que este no ha tenido éxito. La mirada al trasfondo familiar, abarcando varias generaciones, puede constituir una contribución importante en un plan de tratamiento integral. Esta perspectiva abre nuevos caminos al médico o al terapeuta y puede activar recursos para la autocuración. 
 Este libro brinda una mirada al potencial sanador de las constelaciones sistémicas. Tras una breve introducción a sus fundamentos y la forma de proceder en los tratamientos con enfermos, Hausner permite que los pacientes tomen la palabra. Mediante numerosos ejemplos de su trabajo con grupos de constelaciones muestra las posibles conexiones entre la enfermedad y los temas familiares, así como también las posibilidades para lograr una solución. 
IdiomaEspañol
EditorialPlataforma
Fecha de lanzamiento11 sept 2017
ISBN9788417002862
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Aunque me cueste la vida - Stephan Hausner

idiomas.

1.

Introducción

«Sé quién eres.»

F. W. J. V. SCHELLING

En psicoterapia se sabe, desde siempre, que las experiencias traumáticas personales a largo plazo pueden desencadenar trastornos tanto del alma como del cuerpo si son reprimidas y excluidas por sobreexigencias del presente. Es posible superar esas molestias cuando se logra volver a tomar y a integrar aquellos aspectos que hasta ese momento habían quedado separados.

Más allá de ello, las constelaciones familiares sacan a la luz en qué medida también los traumas de aquellos ancestros con los cuales estamos vinculados por el destino tienen un efecto transgeneracional e influyen en la vida de los descendientes.


El camino para el desarrollo de las constelaciones familiares lo abrieron los puntos de vista de Bert Hellinger en el efecto de la conciencia y la pregunta de qué es lo que implica a algunas personas, dentro y más allá de la familia, en el destino de otras, así como también su tenaz observación y exitosa búsqueda y desarrollo de posibilidades para resolver esas complicaciones.

1.1.

Introducción abreviada a los fundamentos de las constelaciones familiares

Toda persona nace en el seno de una familia. Eso crea un vínculo con todos aquellos que pertenecen a esa familia. Un trámite inconsciente, al que Bert Hellinger denomina «conciencia familiar», vela por las condiciones que rigen en el destino de la comunidad familiar y a las cuales estamos expuestos y supeditados, queramos o no. Se ocupa del vínculo en el sistema, de la compensación, tanto entre el dar y el tomar como en lo que se refiere al destino y al orden. Parte del orden es que todos aquellos que pertenecen a ese sistema familiar, incluso los fallecidos, tienen el mismo derecho de pertenencia. Cuando un miembro es excluido, despreciado u olvidado, por ejemplo, un hijo nacido muerto, esta conciencia colectiva lleva a que otro miembro, a menudo de una generación posterior, se identifique, inconscientemente, con ese ser excluido. En esa «implicación» se asemeja a aquel e imita aspectos de su destino, sin saber por qué y sin que pueda defenderse.

Un segundo orden por el cual vela la conciencia colectiva es el orden jerárquico de acuerdo con el tiempo. Así, los padres tienen prioridad ante los hijos, el primer hijo ante el segundo, etcétera. Entre las familias rige que una familia recién creada o surgida tiene prioridad ante la anterior. Es decir, que la familia actual está antes que la familia de origen y la segunda familia ante la primera, incluso cuando esta se forma, por ejemplo, a raíz de un hijo extramatrimonial. A diferencia de la conciencia personal consciente, o sea, aquella mediante la cual percibimos de inmediato si nuestra pertenencia está en peligro como consecuencia de nuestra conducta, la conciencia colectiva inconsciente vela por la subsistencia y la unión de toda la familia.

Tal como lo demuestran muchos de los ejemplos citados en la parte principal del libro, nos aferramos a muchas enfermedades y síntomas por un anhelo de estar cerca de nuestros padres o por la necesidad de pertenecer a nuestra familia. A menudo en ese caso actúa una necesidad de compensación inconsciente en la que nos sentimos culpables o mantenemos viva una presunta exigencia. O bien, una enfermedad nos obliga a detenernos momentáneamente cuando mediante nuestra actitud o nuestra conducta estamos violando un orden.

1.1.1.

La familia como comunidad de destino

A través de la pregunta con respecto a posibles implicaciones familiares de determinados miembros de la familia, el trabajo con constelaciones sistémicas ha conducido a un concepto de familia ampliado, un concepto que comprende a todos los que son incluidos en la conciencia colectiva grupal de la familia. En ese sentido pertenecen todos los hijos, es decir, nosotros mismos y todos nuestros hermanos y medio hermanos, también los que nacieron muertos, los que fueron dados en adopción, los que nunca fueron mencionados y los abortados. Pertenecen, asimismo, los padres y todos sus hermanos. Pertenecen los abuelos y, a veces, sus hermanos, sobre todo cuando tuvieron un destino singular, y, en ocasiones, también los bisabuelos.

Además de los parientes consanguíneos, también pertenecen todos aquellos que de alguna manera sufrieron un perjuicio causado por la familia o por cuyo destino o muerte la familia obtuvo un beneficio, por ejemplo, las parejas anteriores de padres o abuelos que dejaron su lugar o que fueron obligados a liberarlo. En ese contexto también pertenecen todos aquellos que fueron víctimas de crímenes y de violencia de los familiares, y, por el vínculo especial que surge entre víctimas y perpetradores, también pertenecen aquellas familias en las cuales hay víctimas de crímenes violentos y sus asesinos. Todos ellos constituyen el destino común de la familia.

1.1.2.

Forma de proceder

Para demostrar el efecto transgeneracional de la conciencia colectiva instintiva se ha elegido el método de las constelaciones familiares. La forma más eficaz de realizar constelaciones es en grupos a lo largo de varios días. De esa manera, cada uno tiene la posibilidad de elegir, entre los participantes, a representantes para sí mismo y para los miembros de su familia. Siguiendo su imagen interior de cómo se relacionan los familiares entre sí, el paciente ubica a los representantes relacionándolos unos con otros. El fenómeno sorprendente, y hasta ahora inexplicable, es que los representantes configurados, una vez centrados, son afectados en una evolución y, de repente, sienten cómo para ellos son las personas verdaderas que representan. Muestran los sentimientos de esas personas y, a veces, despliegan síntomas físicos similares, independientemente de estar representando personas vivas o ya fallecidas. Según la relación en la que se encuentran los representantes entre sí, qué sienten, qué expresan y qué impulsos tienen, el coordinador de la constelación y el paciente pueden reconocer qué sucesos de la historia de la familia son relevantes y qué dinámicas actúan en esa familia y pueden tener conexión con la enfermedad y la sintomatología del paciente.

Pero el grupo no es el marco adecuado para todos los pacientes. En especial en casos de inestabilidad psíquica es necesario un acuerdo preliminar con su médico o terapeuta.

También es posible elaborar soluciones en la consulta individual, en la que es posible colocar figuras o anclajes en el suelo. No me detengo en la descripción de estas posibilidades, sino que remito al lector a la bibliografía (Franke, 2002; De Philipp, 2008).

1.2.

La constelación de la enfermedad y del síntoma

En el trabajo de constelaciones con enfermos a menudo es útil configurar a un representante para la enfermedad o la sintomatología del paciente. (Debido a una orientación global y al deseo de evitar cambios en los síntomas, personalmente trabajo poco con representantes para un síntoma en particular.)

Según las observaciones, en general los representantes de estructuras abstractas, como enfermedades o síntomas, repercuten en personas excluidas o temas relevantes para el sistema, pero a menudo considerados tabú por la familia.

A veces da la impresión de que el enfermo evoca con su sintomatología el recuerdo de alguna persona excluida. Está conectado con amor allí donde otros miembros de la familia niegan o reprimen el amor y el reconocimiento. La constelación de la enfermedad o la sintomatología con relación al paciente o su familia es capaz de sacar a la luz esas conexiones que a menudo son inconscientes.


Durante el proceso de aclarar la consulta del paciente se muestran su actitud frente a la enfermedad o la sintomatología y también su disposición a afrontarlas y un posible trasfondo. Si percibo una gran resistencia o una actitud sumamente negativa hacia la enfermedad, comienzo la constelación, en general, solamente con representantes para la enfermedad o la sintomatología y para el paciente mismo, y permito que los representantes sigan sus impulsos. En general, en un próximo paso se agregan representantes para miembros de la familia.

Otra posibilidad es comenzar con representantes para la familia actual o de origen del paciente y agregar un representante para la enfermedad en un segundo paso.

Las señales que orientan hacia una solución de la dinámica suelen darlas, en general, aquellas personas que responden con mayor claridad al representante de la enfermedad. Antes de que el paciente elija a un representante para la enfermedad, por lo general le pido que decida si prefiere a un hombre o a una mujer. De esa manera es alentado a percibir en su interior qué es lo adecuado para él y es menos propenso a ser guiado por la apariencia externa de los otros participantes del grupo. Muchas veces la elección del sexo corresponde al de la persona excluida; sin embargo, el terapeuta no debería confiar en eso.

Un ejemplo:

El aborto espontáneo: «Querida mamá, tengo lo más importante»

(Paciente con cáncer de mama)

En un grupo de constelaciones sistémicas con enfermos una mujer relata que padece cáncer. Agrega que los médicos le dan buenas perspectivas de curación y que también ella misma está convencida de que se curará: «¡Puedo hacerlo!».

En muchos enfermos de cáncer uno encuentra una actitud soberbia frente a los padres, al destino de un miembro de la familia o a la vida en general. A menudo esto se manifiesta a través de la ira y el odio, pero muchas veces también a través de la idea de que uno podría proteger el destino difícil de otra persona mediante el padecimiento propio.

En la constelación de otra paciente con cáncer de mama, el representante de la enfermedad le dijo al representante de ella, cuando esta se preparaba para una lucha frente a él: «¿Sabes realmente lo peligroso que soy?».

Recordé esa frase cuando la paciente decía, completamente convencida: «¡Puedo hacerlo!».

Sin formular más preguntas le pido que elija a una representante para ella misma y otra persona más para su enfermedad. También para la enfermedad elige a una mujer y la ubica justo detrás de su representante y mirando en la misma dirección. Para gran asombro de la paciente, su representante, siguiendo su propio impulso, de inmediato se deja caer hacia atrás, se apoya en la representante de la enfermedad y, feliz y satisfecha, cierra los ojos. La representante de la enfermedad la sujeta y comenta: «¡Para mí esto está en orden! ¡Si ella me necesita, yo estoy!».

Aparentemente, en el caso de la representante de la enfermedad se trata de la madre de la paciente.

A mi pregunta acerca de la relación con su madre, la paciente me informa de que siempre fue muy difícil. «Mientras, nos hemos arreglado. Yo soy la primera hija de mis padres y debería haber sido un niño. Ya mi parto fue muy difícil, con ventosa extractora y fórceps, y encima fui una niña. Mi madre tenía toda la canastilla en azul celeste, como era costumbre entonces. ¡Según lo que contaba mi tía, mi madre supuestamente lloró durante tres días después del parto!»

Esta respuesta de la paciente se contradice con la actitud cuidadosa de la representante de la enfermedad, que está dispuesta a estar para la paciente. Pero, por alguna razón, la madre no parece haber sido libre para aceptar a su hija. Esta divergencia hace suponer que aún falta algo esencial.

Antes de seguir preguntando, pido a la paciente que configure a una representante para la madre. La coloca a cierta distancia mirando a las personas ya ubicadas. Para ellas dos la nueva representante tiene poca importancia. Sin embargo, la representante de la madre muestra reacciones físicas muy fuertes. Le cuesta un gran esfuerzo mirar a su hija y a la enfermedad, y comenta: «Veo a mi hija, pero en el instante en que también quiero mirar a la enfermedad se me nubla la vista y ya no puedo ver nada más con claridad». El relato de la paciente con respecto a la fijación de la madre a tener un niño y esta reacción de la representante de la madre me llevan a preguntar a la paciente si tal vez la madre había perdido un hijo. Responde: «Sí, antes de tenerme a mí mi madre tuvo un aborto espontáneo. Hubiera sido un varón. ¡Creo que jamás superó esa pérdida!».

Cuando la paciente menciona a su hermano, su representante, siguiendo una necesidad propia, se separa de la representante de la enfermedad, se da la vuelta y la mira a los ojos. Da la impresión de haber despertado de un ensimismamiento y de repente pretende participar en los acontecimientos.

La representante de la madre no soporta que su hija mire a la enfermedad. Se vuelve hacia el otro lado y, con la vista perdida, mira al suelo delante de sus pies.

Señalando a la representante de la enfermedad, me dirijo a la paciente y le pregunto: «¿Sabes quién está allí?».

PACIENTE: ¡Mi madre!

TERAPEUTA: ¡Creo que podría ser tu hermano!

Para comprobar esta hipótesis, le pido a un participante que se recueste boca arriba en el suelo, delante de la madre, como representante del hermano fallecido. La representante de la madre ve a su hijo y comienza a llorar. En ese momento la representante de la paciente suelta a la representante de la enfermedad y mira a su madre con amor y comprensión. La representante de la enfermedad, siguiendo su propio impulso, se retira de la constelación, sale del círculo de sillas de los participantes y vuelve a su lugar.

Para concluir me dirijo directamente a la paciente y le sugiero que diga las siguientes frases a su madre. Muy dispuesta y con el corazón abierto, repite lo que yo le digo: «Querida mamá, ahora te doy la razón. Tengo lo más importante y ahora lo tomo. Lo tomo y lo protejo, y lo respeto cuidándome bien».

La representante de la madre, que hasta entonces había estado mirando a su hijo muerto, ahora se vuelve directamente hacia la paciente y la toma en sus brazos. Con energía, también ella le dice a su hija las palabras que le sugiero: «¡Hija, vive! ¡Esto de aquí es mío!».

En la ronda final del grupo de constelaciones la paciente expresa lo bien que le ha hecho la constelación. De especial importancia fue la frase de su madre de que debía vivir, pues significó un gran alivio para ella. Debió reconocer que jamás supo con seguridad si su madre realmente deseaba eso. Ahora puede ver lo que se encuentra entre ella y su madre, y que no tiene nada que ver con ella.

Muy pocos pacientes pueden, en principio, establecer una relación entre su enfermedad y su familia ni tampoco reconocer la influencia que ellos mismos tienen sobre su enfermedad. En este aspecto obtienen datos importantes de la constelación.

En este ejemplo queda poco claro qué lugar ocupaba la enfermedad, aunque tampoco es importante. Tal vez le correspondan aspectos del alma tanto del hermano como también de la madre. Lo esencial era la sensación de la representante de la enfermedad de que ya no era necesaria. Eso se produjo cuando apareció en la constelación el hermano fallecido de la paciente. En la constelación, fue la figura clave que permitió que la paciente soltara la enfermedad. Evidentemente, la madre de la paciente no pudo superar la muerte de su hijo. De esa forma quedó atada a él y no era libre para permitir que fluyera el amor hacia su hija. Así pues, la relación entre la paciente y su madre llevaba un peso desde el comienzo.

En general, los hijos buscan la causa de una relación difícil con sus padres en ellos mismos. Como consecuencia de su incapacidad por superar los obstáculos a menudo solo les resta retirarse, sintiendo desesperación e ira. Frecuentemente, más adelante también les pierden el respeto a los padres. Cada una de estas actitudes perturba el equilibrio del alma y, por ende, también el bienestar físico.


Al dirigir la mirada hacia el dolor de la madre por el hijo perdido, pueden volver a fluir el amor y el respeto. De esa forma, algo puede tranquilizarse en el alma, y la paz lograda quizá también tenga un efecto sanador en el cuerpo.


Para el transcurso y la resolución de una constelación, es determinante la decisión de qué personas o elementos estructurales se configuran. Considero que, en ocasiones, en el método de las constelaciones sistémicas resulta problemático que en el fondo todo puede ser configurado y que de ello casi siempre se despliegan procesos conmovedores. Sin embargo, la pregunta clave, sobre todo también desde el punto de vista médico, es: ¿sirve la constelación? Y cuál es el punto en el cual el paciente puede tal vez modificar algo, un enfoque, una actitud, etcétera, para que en su alma y en su cuerpo algo pueda comenzar a fluir, a tranquilizarse o a ordenarse.

En la fase preliminar del trabajo con constelaciones son esenciales el primer contacto con el paciente y la aclaración de su consulta. Durante esa conversación no solo presto atención a la palabra hablada. Ya al escuchar la consulta, el terapeuta, al igual que un representante, se sintoniza con las personas y las estructuras mencionadas por el paciente y, mediante la percepción representativa, intenta captar sus sensaciones o cualidades. De esta forma, a menudo se manifiestan discrepancias entre la percepción del terapeuta hacia una persona y lo que el paciente comenta acerca de su relación con ella. Aquí a menudo el terapeuta obtiene importantes señales con respecto al trasfondo conflictivo de la sintomatología (véase también el ejemplo: La muerte temprana de los padres: «¡Yo soy vuestra hija!», pág. 48).

1.3.

La constelación del órgano enfermo

A veces, mediante la sintonización con el órgano enfermo del paciente, se percibe como si este no formara parte del sistema total del cuerpo. En los conceptos de tratamiento de la medicina alternativa, sin embargo, eso constituye una condición previa fundamental para mantener sano un órgano y para curarlo. Cuando hay una impresión muy manifiesta de que el órgano afectado está separado de la totalidad del organismo, en la constelación me dedico inicialmente a esa conexión interrumpida. Para ello solicito al paciente que configure primero a representantes para sí mismo y para el órgano enfermo. Un ejemplo:

El duelo de la madre

(Paciente con afecciones recidivas de los órganos respiratorios)

En un grupo de constelaciones de pacientes con enfermedades físicas, un hombre me pide que trabaje con él. Desde su infancia los órganos respiratorios son su punto débil. Neumonías frecuentes lo llevaron a padecer molestias crónicas de las vías respiratorias que hasta el presente se muestran resistentes a cualquier tipo de terapia. En un principio esta información es suficiente y me tomo unos instantes para sintonizar con el paciente. Al hacerlo, percibo en él una profunda tristeza como sensación de fondo.

En la medicina tradicional china la emoción de tristeza es adjudicada al circuito funcional del pulmón. Es decir, que una tristeza muy profunda o desbordante, aun cuando es vivenciada por una persona cercana, lleva a una limitación del circuito funcional del pulmón, lo que, entre otras cosas, puede manifestarse en molestias en los órganos respiratorios. Aquí sospecho una correlación con la sensación básica de tristeza percibida en el paciente y sus molestias. Cuando luego me sintonizo con el pulmón del paciente y con la relación que mantiene con este órgano, no siento vínculo alguno. El pulmón se siente cercenado de la totalidad del organismo.

Solicito al paciente que elija a dos representantes, uno para él mismo y otro para el pulmón. Al comienzo coloca a su representante en el centro del círculo, elige a una mujer para su pulmón y la ubica girada hacia él, detrás de su hombro derecho. Espontáneamente, la representante del pulmón apoya la cabeza en el hombro del representante del paciente. Es evidente que a él esto le resulta desagradable, y lentamente da un paso hacia delante. La representante del pulmón mantiene los ojos cerrados y continúa apoyada en el representante del paciente. Para lograrlo, echa todo el peso de su cuerpo hacia delante, de manera que el representante del paciente no pueda avanzar. Yo miro al paciente, veo que está llorando y digo: «Parece que esta imagen te es familiar». Él asiente con la cabeza, señala a la representante del pulmón y dice: «Ella es mi madre, así conozco a mi

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