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Los desnudos y los muertos

Los desnudos y los muertos

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Los desnudos y los muertos

valoraciones:
4/5 (7 valoraciones)
Longitud:
973 páginas
19 horas
Publicado:
Mar 1, 2000
ISBN:
9788433938657
Formato:
Libro

Descripción

"Los desnudos y los muertos" apareció en los Estados Unidos en mayo de 1948, exactamente tres años después del día de la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Norman Mailer tenía entonces veintiséis años, y tras graduarse en Harvard y alistarse en el ejército había estado entre las tropas que ocuparon Japón después de la derrota. La crítica calificó su obra como «la más grande novela de guerra escrita en este siglo», que con el tiempo se ha convertido en un libro mítico. Mailer fue comparado con Hemingway y Tolstói y se situó de inmediato entre los grandes de la literatura americana. En Anopopei, un pequeño islote del Pacífico en forma de ocarina, un universo cerrado donde rigen leyes y sentimientos muy diferentes de los de la vida de los civiles, una patrulla de jóvenes soldados, microcosmos de la sociedad americana están Hearn, un joven intelectual que lee a Rilke; el realista e implacable sargento Croft; Ridges, un campesino sureño; Red Valsen, minero de Montana y anarcosindicalista; Gallagher, un irlandés católico de los barrios bajos de Boston y, planeando sobre todos ellos, la poderosa sombra del general Cummings, nacido en la América más profunda e integrista, secretamente fascinado por el nuevo orden del fascismo..., es enviada en una misión de reconocimiento, una larga marcha por un terreno desconocido y lleno de minas que acabará en una pesadilla de abyección y heroísmo, posiblemente tan gratuita como la guerra misma. Empujados al último límite, permanentemente desnudos ante la muerte, los héroes de Mailer cuestionan las verdades del pasado y la vigencia de los ideales americanos, viven obsesionados por el sexo y padecen y hacen padecer a otros las corrupciones y arbitrariedades del poder.

Publicado:
Mar 1, 2000
ISBN:
9788433938657
Formato:
Libro

Sobre el autor

Norman Mailer (1923-2007) ha sido uno de los mayores escritores norteamericanos contemporáneos, así como una figura central en el panorama cultural: novelista, periodista, director de cine, activista político, aspirante a alcalde de Nueva York y enfant terrible todoterreno. Su primera novela, Los desnudos y los muertos, sobre la Segunda Guerra Mundial, que lo catapultó a la fama, ha sido publicada por Anagrama, donde también han aparecido Los ejércitos de la noche (Premio Pulitzer y National Book Award), La Canción del Verdugo (Premio Pulitzer), Oswald. Un misterio americano, Los tipos duros no bailan, El parque de los ciervos, El Evangelio según el Hijo, El fantasma de Harlot, ¿Por qué estamos en guerra?, América y El castillo en el bosque.


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Los desnudos y los muertos - Norman Mailer

Índice

Portada

Primera parte. La oleada

Segunda parte. El barro y la forma

Tercera parte. Vegetal y fantasma

Cuarta parte. La estela

Notas

Créditos

Deseo agradecer a William Raney, Theodore S. Amussen y Charles Devlin la ayuda y el estímulo que me dieron mientras escribía este libro.

Primera part

La oleada

I

Nadie podía dormir. Al amanecer, se arriarían las lanchas de desembarco, un primer contingente de tropas cruzaría las aguas en ellas y atacaría la playa de Anopopei. En el barco, en toda la flota de asalto, los hombres eran conscientes de que, dentro de pocas horas, algunos de ellos iban a morir.

Un soldado está echado en su litera, cierra los ojos y sigue completamente despierto. A su alrededor, como un rumor de olas, oye en su duermevela el murmullo de los compañeros. «No lo haré; no lo haré», grita alguien en sueños, y el soldado abre los ojos y mira detenidamente la bodega. Su visión se pierde en el intrincado laberinto de hamacas, cuerpos desnudos y mochilas que se balancean. El soldado decide que tiene que ir al retrete y, mientras reniega, consigue sentarse, las piernas colgando en el aire, la espalda encogida bajo uno de los largueros de la litera superior. Suspira, alcanza los zapatos –que había atado a uno de los hierros del armazón– y se los pone lentamente. De las cinco literas superpuestas, la suya es la cuarta, y baja con incertidumbre en la oscuridad, con miedo de pisar a alguno de los hombres de las literas más bajas. Ya en el suelo, busca el camino entre una maraña de bolsas y fardos, tropieza con un fusil y camina hasta una puerta. Cruza otra sección de la bodega, igualmente abarrotada, y llega finalmente al retrete.

Dentro, el aire está impregnado de vapor. Incluso ahora hay un hombre en la única ducha de agua dulce: la ducha ha estado siempre ocupada desde que embarcaron. El soldado pasa junto a las duchas de agua salada, que no se usan, y se sienta en cuclillas sobre las tablas sueltas y mojadas del asiento de la letrina. Se ha olvidado los cigarrillos y pide uno a un compañero sentado a escasa distancia. Mientras fuma, mira el suelo negro, encharcado, cubierto de colillas, y escucha el ruido del agua que corre por la letrina. En realidad, no tenía motivo para ir, pero sigue sentado allí porque está más fresco y las emanaciones del retrete, del agua salada, del cloro, el olor viscoso y dulce del metal mojado, son menos sofocantes que la espesa hedentina de sudor que se respira en las bodegas donde duerme la tropa.

El soldado permanece allí mucho tiempo y después, lentamente, se pone de pie, se sube los pantalones verdes y piensa en los esfuerzos que tendrá que hacer para volver a su litera. El soldado sabe que se echará allí a esperar el alba y se dice: «Ojalá ya hubiera llegado la hora; me importa todo ya una mierda; ojalá ya fuera la hora.» De regreso, piensa en un día de su infancia, muy temprano, por la mañana, en el que se quedó en la cama despierto, era su cumpleaños y su madre le había prometido una fiesta.

Esa noche, temprano, Wilson, Gallagher y el sargento Croft se pusieron a jugar una partida de cartas con dos ordenanzas del cuartel general. Se instalaron en el único lugar desocupado donde era posible ver las cartas después de apagarse casi todas las luces. De todos modos, se veían obligados a forzar la vista, pues la única luz encendida era una lamparilla azul, cerca de la escalera, y se hacía difícil distinguir los palos rojos de los negros. Llevaban jugando varias horas y ahora estaban medio ensimismados en el juego. Cuando el valor de las cartas era insignificante, las apuestas se hacían de forma inconsciente, maquinalmente.

La suerte de Wilson, buena desde el principio, se volvió excepcional cuando ganó tres manos seguidas. Estaba muy contento. Había un montón de libras australianas desparramadas descuidada y ostentosamente junto a sus piernas cruzadas y, aunque creía que contar el dinero traía mala suerte, estaba seguro de haber ganado cerca de cien libras. Esto le producía una intensa sensación voluptuosa en la garganta; la excitación que le daba cualquier forma de abundancia.

–Tenlo por seguro –le dijo a Croft con su melifluo acento del Sur–, este dinero va a ser mi ruina. Nunca podré entender estas malditas libras. Los australianos lo hacen todo al revés.

Croft no contestó. Estaba perdiendo un poco y, lo que más le mosqueaba, en toda la noche no había tenido una buena mano.

Gallagher gruñó.

–¡Qué coño! ¡Con esa suerte no tienes por qué contar el dinero! Basta con alargar la mano y cogerlo.

Wilson rió.

–Tienes razón, pero le hará falta una mano bien grande.

Rió de nuevo con una alegría fácil, casi infantil, y empezó a repartir las cartas. Era un hombre corpulento, de unos treinta años, con una abundante cabellera de pelo castaño dorado y una cara rubicunda, saludable, de rasgos grandes y definidos. Sorprendentemente, llevaba unas gafas redondas de montura fina y plateada que le daban a primera vista el aspecto de estudioso o, por lo menos, de metódico. Al repartir, sus dedos parecían deleitarse con el incitante contacto de las cartas. En ese momento soñaba con tomar una copa, le contrariaba que, con todo el dinero que tenía, no podía comprar ni siquiera una cerveza.

–¿Sabéis? –dijo entre risas–, con lo que he llegado a beber y nunca me acuerdo de cómo sabe hasta que lo vuelvo a probar.

Reflexionó un momento antes de echar la carta que tenía en la mano y luego hizo chasquear la lengua.

–Es lo mismo que joder. Cuando follas a menudo y vas bien servido, nunca te acuerdas de cuando pasas hambre. Y no hay nada más difícil que acordarse del gusto de un coño cuando tienes la cuestión resuelta. Una tía que yo conocía y que vivía en las afueras de la ciudad, que estaba casada con un amigo mío, tenía uno de esos meneos que te vuelven loco. He conocido muchas hembras, pero nunca me olvidaré de aquel conejo.

Meneó la cabeza en señal de reconocimiento. Pasó el dorso de la mano por su frente, alta, como esculpida, y se acarició sus dorados cabellos. Chasqueó la lengua con regodeo y dijo lentamente:

–Tío..., era como meterla en un tarro de miel.

Repartió dos cartas tapadas a cada hombre y volvió a concentrarse en el juego.

Por una vez, Wilson tuvo una mala mano y, después de una vuelta, que aguantó por ser el que iba ganando, se retiró. Cuando terminara la campaña, se decía, iba a inventar alguna forma de hacer alcohol. Había un sargento de cocina en la Compañía Charlie que debía de haber ganado unas dos mil libras australianas vendiendo a cinco libras el litro. Lo único que se necesitaba era azúcar, levadura y algunas latas de melocotones o albaricoques. Sólo de pensarlo, sentía cómo el entusiasmo le crecía en el pecho. ¡Quién sabe si no se podía hacer con menos! Su primo Ed, recordó, había usado melaza y pasas, y el resultado tenía un pase.

Por un momento, sin embargo, Wilson se desanimó. Tendría que robar todos los ingredientes de la tienda de suministros una noche, y luego buscar un lugar para ocultarlos un par de días. Y también necesitaría un buen escondrijo para guardar el menjunje. No debía estar demasiado cerca del campamento porque cualquiera podría encontrarlo, ni demasiado lejos, por si le venían a uno ganas de tomar una copa al momento.

Todo esto acarrearía muchos problemas, a menos que esperara hasta el fin de la campaña, cuando tuvieran un campamento permanente. Pero faltaba mucho para eso. Tal vez tres o cuatro meses. Wilson empezó a sentir cierto fastidio. Uno tenía que darse mucha maña para buscarse la vida en el ejército.

Gallagher había perdido aquella vuelta también y miraba a Wilson con resentimiento. ¡Sólo los idiotas como él ganaban todas las puestas grandes! Los remordimientos de conciencia comenzaban a molestar a Gallagher. Había perdido por lo menos treinta libras, unos cien dólares, y aunque la mayor parte lo había ganado durante el viaje, eso no le hacía sentirse mejor. Pensó en su mujer, Mary, embarazada de siete meses, y trató de recordar su aspecto. Pero sólo logró sentirse culpable. ¿Qué derecho tenía él para tirar el dinero que debía enviarle? Le sobrevino una amargura profunda y familiar: todo le salía mal, tarde o temprano. Apretó la boca. Cualquier cosa que intentara, por mucho que se afanara, siempre terminaba por fracasar. La amargura se hizo más intensa, lo dominó por entero. Había algo que él deseaba, algo que casi podía tocar, y siempre acababa pegándosela y desapareciendo. Miró a uno de los ordenanzas, Levy, que barajaba las cartas, y la garganta de Gallagher se contrajo. Aquel judío estaba teniendo una suerte del demonio; súbitamente la amargura se transformó en rabia, le oprimió la garganta, y de ella brotó una crispada retahíla de tacos.

–Ya está bien, hombre, ya está bien. Volvamos a la partida, mierda. Basta de barajar las jodidas cartas y juguemos de una puñetera vez.

Hablaba con el feo acento de los irlandeses de Boston, alargando las «aes» y difuminando las «erres». Levy lo miró e imitó su pronunciación:

–Estááá bien. Repaaartiré laaas cartaaas y jugaaaremos.

–Muy gracioso –murmuró Gallagher, un poco como para sí.

Era un hombre bajo, con cuerpo robusto, y aspecto de ser áspero y desapacible en el trato. La cara, en consonancia con el cuerpo, era pequeña y fea, marcada con las cicatrices de un acné muy virulento, que le había dejado la piel picada y con prominencias. Tal vez fuera el color de su cara, tal vez la forma de su larga nariz irlandesa, que se torcía a un lado, pero siempre parecía irritado. Pero sólo tenía veinticuatro años.

El siete de corazones. Miró cautelosamente sus dos cartas tapadas, vio que eran también corazones y se permitió abrigar esperanzas. No había ganado en toda la noche, y se dijo que le llegaba el turno. «Ni siquiera ellos van a fastidiarme esta vez», pensó.

Wilson apostó una libra y Gallagher aceptó.

–Bueno, hagamos una puesta decente –gruñó.

Croft y Levy apostaron, pero el quinto hombre pasó, y Gallagher se sintió burlado.

–¿Qué pasa? –preguntó–. ¿Te acojonas? De todos modos, mañana nos vuelan la cabeza.

Su frase se perdió entre el rumor del dinero que arrastraban sobre la manta tendida que utilizaban como tapete y Gallagher fue presa de una ansiedad fría y estremecedora, como si hubiera blasfemado. «Santa María, madre de...», dijo para sí rápidamente. Se veía tendido en la playa, con un muñón sangriento en lugar de la cabeza.

Siguiente carta, picas. ¿Embarcarían su cadáver?, se preguntó, ¿visitaría Mary su tumba? La compasión por sí mismo le resultó placentera. Por un momento anheló la compasión de los ojos de su mujer. Ella lo comprendía, se dijo, pero, mientras trataba de pensar en ella, vio en su lugar una figura de «María, madre de...» que permanecía en su recuerdo desde que había comprado una estampita en la escuela parroquial. ¿Cómo era Mary, su Mary? Se esforzaba en recordar, en formar el rostro de ella en su mente. Pero ahora no podía; se le escapaba, como la melodía de una canción recordada a medias que insiste en transformarse en tonadas más conocidas.

Le tocó otra carta de corazones. Eso le daba cuatro corazones y habría dos oportunidades más de conseguir el quinto. Su ansiedad se apaciguó y se transformó en un intenso interés por el juego. Miró alrededor. Levy pasó antes de que empezaran las apuestas, y Croft mostró un par de dieces. Croft apostó dos libras y Gallagher se convenció de que tenía un tercer diez. Si la mano de Croft no mejoraba, y Gallagher estaba seguro de ello, Croft no podría ganarle.

Wilson rió un poco y buscó descuidadamente su dinero. Al dejarlo caer sobre la manta, dijo:

–Va a ser una buena puesta.

Gallagher palpó los pocos billetes que le quedaban y se dijo que era la última oportunidad de rehacerse.

–Van dos más –murmuró, y sintió en seguida algo parecido al pánico. Wilson enseñó tres picas. ¿Por qué no se había dado cuenta? ¡Maldita suerte!

Pero el juego aún no había terminado, y Gallagher se tranquilizó. Wilson todavía no tenía la escalera. Sus cartas estaban a la par y tal vez Wilson no consiguiera más picas; hasta era posible que necesitara otra cosa. Esperaba no perder en la siguiente vuelta. Iba a apostar hasta que se le terminara el dinero.

Croft, el sargento Croft, sintió otra clase de excitación cuando se repartieron cartas de nuevo. Hasta aquel momento, había jugado aburrido, pero le tocó un siete, ahora tenía dos parejas. Entonces tuvo la firme y repentina convicción de que iba a ganar. Estaba seguro, le vendría un siete o un diez, tendría un full. Estaba convencido. Una certeza tan intensa como ésa tenía que significar algo. Generalmente jugaba al póquer teniendo una idea muy clara y realista de las pocas probabilidades de sacar una carta determinada, y con un conocimiento exacto de los hombres con quienes jugaba. Era el margen de casualidad existente en el póquer lo que, para él, le daba sentido a ese juego. Ponía en todo lo que hacía la habilidad y la experiencia de que era capaz, pero no ignoraba que, en último término, las cosas dependían del azar. Se alegró de que la suerte estuviera con él. Tenía un convencimiento inexplicable y profundo de que el azar estaba de su parte, y ahora, tras una larga noche de no ligar casi nada, tenía una buena baza.

Gallagher había sacado otra carta de corazones y Croft pensó que tenía una escalera de color. El as de picas que sacó no le sirvió para nada a Wilson, pero Croft adivinó que ya tenía la escalera y que jugaba sin arriesgarse. A Croft siempre le había sorprendido el juego artero de Wilson, en contraste con su aire de hombre bonachón y franco.

–Apuesto dos libras –dijo Croft.

Wilson puso dos billetes y Gallagher saltó.

–Dos más.

Croft tuvo la certeza de que Gallagher tenía una escalera. Dejó caer con parsimonia cuatro libras sobre la manta.

–Dos más.

Había una voluptuosa mueca de tensión en su boca.

Wilson rió con soltura.

–¡Diablos, va a ser una puesta de campeonato! –dijo–. Debería retirarme, pero nunca resisto la tentación de ver la última carta.

Ahora Croft ya no tenía dudas de que también Wilson tenía una escalera. Pudo ver que Gallagher dudaba... Una de las picas de Wilson era un as.

–Dos más –dijo Gallagher con cierto nerviosismo.

«Si ya tiene un full –se dijo Croft–, se las voy a ver todo el rato, aunque sería mejor guardar el dinero para la última vuelta.»

Dejó caer dos libras más sobre el montón de la manta y Wilson lo imitó. Levy dio la última carta tapada a cada uno. Croft, conteniendo su excitación, miró en la penumbra de la bodega, vio la maraña de literas que se levantaban, una sobre otra a su alrededor, un soldado se dio la vuelta en sueños. Entonces cogió la última carta. Era un cinco. Barajó las cartas lentamente, sorprendido, no podía creer que hubiera estado tan equivocado. Contrariado, arrojó su mano sin comparar su juego con el de Wilson. Empezaba a estar irritado. En silencio los miró apostar; vio a Gallagher que ponía su último billete.

–Sé que no debo hacerlo, pero te las veo –dijo Wilson–. ¿Qué tienes?

Gallagher estaba huraño, como si supiera que iba a perder.

–¿Qué, te lo esperabas? Escalera de corazones, con la jota.

Wilson suspiró.

–No me gusta hacerte esto, macho. Pero estas picas te ganan, y llevo un solanas. –Y señaló el as.

Durante algunos segundos Gallagher permaneció silencioso, pero las rojas prominencias de su cara se volvieron violáceas. Después pareció estallar.

–¡Este hijo de puta tiene una suerte de cojones! –dijo mientras se erguía temblando.

Un soldado en una litera cerca de una puerta de la bodega se apoyó irritado sobre un codo y gritó:

–¡Coño, a ver si calláis y dejáis dormir!

–¡Que te jodan! –gritó Gallagher.

–¿Por qué no lo dejáis de una vez?

Croft se puso en pie. Era un hombre flaco, de mediana estatura, pero iba tan tieso que parecía alto. Su enjuta cara triangular carecía totalmente de expresión bajo la luz azul; nada parecía sobrar en su dura y pequeña mandíbula, en las hundidas y firmes mejillas, en la breve nariz recta. Su escaso pelo oscuro tenía reflejos rojizos que se acentuaban bajo aquella luz y sus fríos ojos eran de un azul intenso.

–Oye, bulto –dijo en un tono frío y tranquilo–, ¿y tú, por qué no dejas de joder? Jugamos como nos da la gana, y no veo qué vas a hacer para impedirlo, a menos que quieras pelear contra los cuatro.

Hubo una réplica confusa desde la litera y Croft continuó:

–Si quieres algo, aquí estoy. –Pronunció aquellas palabras tranquila y claramente, con un dejo de acento del Sur. Wilson no le quitaba ojo.

Esta vez el soldado que se había quejado no respondió y Croft, con una leve sonrisa, volvió a sentarse.

–Estás buscando camorra –dijo Wilson.

–No me gustaba su tono –dijo Croft secamente.

Wilson se encogió de hombros.

–Bueno, sigamos –sugirió.

–Yo me retiro –dijo Gallagher.

Wilson se sintió mal. No era nada divertido sacarle a un hombre todo el dinero que tenía. Gallagher solía ser un buen tipo, y resultaba doblemente mezquino esquilmar a un compañero con el que se ha vivido tres meses en la misma tienda.

–Oye, tío, si a uno se le acaba el dinero no hay motivo para interrumpir el juego. Deja que te preste algunas libras –le ofreció.

–No, me retiro –dijo Gallagher de mal humor.

Wilson se encogió otra vez de hombros. No podía entender a hombres como Croft y Gallagher, se tomaban el juego demasiado en serio. A él le gustaba jugar y no veía otra forma de pasar el tiempo hasta la mañana; pero el juego no era tan importante. Tener un montón de dinero delante de los ojos estaba bien, pero hubiera preferido beber. O una mujer. Chasqueó la lengua con amargura. Una mujer... anda que no quedaba lejos.

Después de un largo rato, Red se cansó de estar echado en la litera y, tras esquivar a la guardia, subió a cubierta. El aire parecía frío después de permanecer tanto tiempo en la bodega. Red inspiró hondamente y durante unos segundos se movió con cautela en la oscuridad, hasta que empezó a distinguir los contornos del barco. La luna iluminaba las superestructuras de cubierta y las lanchas con un sereno resplandor plateado. Miró alrededor, consciente ahora del rumor sofocado de las hélices, el lento y contenido vaivén del barco que había sentido abajo, en la vibración de la litera. Se sintió mejor en seguida, la cubierta estaba casi desierta. Había un marinero de guardia junto al cañón más próximo, pero, comparado con la bodega, esto era el aislamiento.

Red caminó hacia la borda y miró el mar. El barco apenas se movía, toda la flota parecía detenerse y husmear su camino en el agua, como un sabueso no muy seguro de la pista. Lejos, en el horizonte, se alzaba abruptamente la silueta de una isla, una montaña que se elevaba entre una serie de colinas. Era Anopopei, dedujo, y se encogió de hombros. ¿Qué importaba? Todas las islas eran iguales.

De repente, pensó en la semana que tenían por delante. Mañana, cuando desembarcaran, los pies se les mojarían y los zapatos se les llenarían de arena. Una lancha tras otra iría desembarcando a los soldados; y una caja tras otra se iría apilando sobre la playa, a unos cuantos metros de la orilla. Si tenían suerte, no se encontrarían con la artillería de los japos y no habría demasiados defensores apostados. Sentía un miedo cansino. Vendría esta campaña, y luego otra, y otra más. Nunca terminarían. Mientras miraba el agua con el ceño fruncido se palpó el cuello; sentía flojear todas las articulaciones de su largo y delgado cuerpo. Era alrededor de la una. Dentro de tres horas empezaría el cañoneo. Y se chuparían un caliente y estomagante desayuno de plomo.

No había nada que hacer sino dejar que a un día le siguiera otro. El pelotón tendría suerte, mañana por lo menos. Habían calculado que las tareas que les habían asignado en la playa los mantendrían ocupados probablemente una semana; las primeras patrullas que se internarían por rutas desconocidas habrían cumplido sus misiones, y la campaña se reduciría a una rutina soportable y familiar. Escupió de nuevo, se tocó con sus dedos toscos y llenos de cicatrices sus pronunciados, hinchados, nudillos.

De pie, contra la amurada, el perfil de Red casi se reducía a una gran nariz y una mandíbula alargada, descolgada; pero a la luz de la luna, su aspecto era engañoso, pues no se veía lo rubicundo de su piel y de su pelo. Su cara siempre parecía encendida, colérica, salvo los ojos, que eran serenos, celestes, hundidos en una maraña de pecas y arrugas. Mostraba los dientes al reír, grandes, amarillos y torcidos; su áspera voz parecía relinchar cuando soltaba sus despreciativas y recias carcajadas. Todo en él era huesudo y nudoso, y, aunque medía más de un metro ochenta, apenas pesaba sesenta y ocho kilos.

Se rascó el estómago con la mano, palpó durante unos instantes y se detuvo. Se había olvidado el chaleco salvavidas. De inmediato pensó en volver a buscarlo, y se enfadó consigo mismo. «¡Jodido ejército! Te hace tener miedo hasta de darte la vuelta.» Escupió. «Uno se pasa media vida tratando de acordarse de las instrucciones.» Por un momento siguió preguntándose si debía ir a buscarlo, y luego, con una mueca, pensó: «Sólo pueden matarte una vez.»

Eso era lo que le había dicho a Hennessey, un chaval que se había unido al pelotón unas semanas antes de que la fuerza expedicionaria se hubiera embarcado. «Un chaleco salvavidas: que se preocupe Hennessey de chorradas como ésa... Un chaleco salvavidas...»

Estaban juntos en cubierta una noche en la que sonó una alarma de ataque aéreo y se acurrucaron bajo un bote de salvamento, contemplando los barcos en formación deslizándose sobre las negras aguas, mientras la dotación del cañón más cercano aguardaba tensa junto al cargador. Un Zero atacó y una docena de reflectores intentó enfocarlo. Centenares de proyectiles luminosos trazaron sus arcos en el cielo. Había sido muy diferente del combate que había visto anteriormente, sin calor, sin cansancio, hermoso e irreal como una película en color o una lámina de calendario. Lo había contemplado absorto; y ni siquiera se había agachado cuando una bomba estalló en un barco a unos centenares de metros formando un abanico amarillo plomizo.

Su estado de ánimo había sido interrumpido por Hennessey.

–¡Dios mío, ahora que me acuerdo! –había dicho.

–¿Qué?

–Tengo el chaleco salvavidas desinflado.

Red soltó una carcajada.

–Te diré lo que puedes hacer. Cuando el barco se hunda, te agarras a una rata bien maciza que te lleve hasta la costa.

–Esto es muy serio. Lo mejor que puedo hacer es inflarlo.

Y en la oscuridad tanteó buscando el tubo de aire, lo encontró e infló el salvavidas. Divertido, Red lo miraba hacer. Era un crío. Dado cómo los educaban, ahora todos los chavales querían obedecer las normas. Red casi se entristeció.

–Ahora ya estás preparado para todo, ¿eh?

–Oye –respondió Hennessey muy digno–, no quiero correr riesgos. ¿Qué pasa si hunden el barco? Quiero estar preparado por si acabo en el agua.

En la distancia, la costa de Anopopei parecía deslizarse lentamente, casi como un gran barco. No, pensó Red, Hennessey no se iba a meter en el agua sin tenerlo todo preparado. Era de esos chavales que ahorran dinero para casarse antes de tener novia. Ése es el resultado de seguir las normas.

Red inclinó el cuerpo sobre la borda y miró el mar que iba quedando atrás. A pesar del aletargamiento del barco, su estela burbujeaba con viveza. La luna se había ocultado detrás de una nube y el agua parecía oscura, muy profunda, siniestra. Una aureola parecía rodear al barco y extenderse unos cincuenta metros alrededor de él, pero más allá sólo había oscuridad, tan vasta, tan densa, que ya no podía divisar la línea montañosa de Anopopei. Por la popa, las aguas espumarajeaban grises y espesas, estremeciéndose en remolinos allí por donde el barco abría el oleaje al avanzar. Después de un rato, Red sintió ese estado de triste comprensión en que uno cree entenderlo todo, todo lo que los hombres buscan y no consiguen. Por primera vez en muchos años recordó su regreso de la mina en el crepúsculo invernal, su carne de un color pálido y sucio contra la nieve; recordó la vuelta a casa, la comida en silencio, mientras su madre lo servía con hosquedad... Había sido un hogar gélido y agrio, donde cada persona se volvía una extraña para las otras, y que tras todos los años transcurridos, él siempre recordaba con amargura. Y sin embargo, ahora, al mirar el agua, podía sentir un poco de compasión, podía acordarse de su madre y de sus hermanos, que casi había olvidado. Entendió muchas cosas, recordó hechos tristes o desagradables de los años en que había estado vagabundeando, se acordó de un borracho al que habían robado en los escalones que llevan a Bowery Park, cerca del puente de Brooklyn. Era una clase de comprensión que sólo podía venirle en este momento, fruto de toda su experiencia, de la impaciencia forzada de dos semanas a bordo y del ambiente de esta noche, mientras se acercaban a las playas del desembarco.

Pero esta compasión duró sólo unos minutos. Lo comprendió todo, supo que ya no podía hacer nada y ni siquiera se sintió tentado de hacerlo. ¿Para qué? Suspiró, y la aguda percepción de su estado de ánimo se perdió con su suspiro. Había cosas que nunca podrían arreglarse. Era demasiado complicado. Un hombre tenía que arreglarse por su cuenta o se convertía en una especie de Hennessey, siempre preocupándose por tonterías.

Se sentía distante de todo aquello. Si podía evitarlo, él no hacía daño a nadie, y no toleraba que se lo hicieran. Nunca lo había tolerado, se dijo con orgullo.

Permaneció mirando el agua largo rato. Nunca había encontrado nada. Lo único que sabía era lo que no le gustaba. Resopló. Se quedó oyendo cómo el viento rozaba contra el barco. Todo su cuerpo sentía el paso de los segundos que corrían al encuentro del alba ya cercana. Ésta era la primera vez que estaría solo en meses y saboreó la sensación. Siempre había sido un solitario.

Se sentía distante de todo, volvió a repetirse, no quería nada. Ni dólares, ni una mujer, ni a nadie. Sólo una putilla cuando tenía ganas de estar acompañado. De todos modos, nadie más lo querría. Hizo una mueca y se asió a la borda. El viento le azotaba la cara al tiempo que le traía a través de las aguas los cada vez más intensos olores de la vegetación de la isla.

–Me es igual lo que digas –dijo el sargento Brown a Stanley–, no se puede confiar en ninguna.

Conversaban en voz baja desde sus literas. Stanley había tenido cuidado de elegirlas contiguas cuando subieron a bordo.

–No se puede confiar en ninguna mujer –concluyó Brown.

–No sé. Eso que dices no es del todo verdad –murmuró Stanley–. Mira, yo confío en mi mujer.

No le agradaba el giro que tomaba la conversación, alimentaba algunas dudas en su mente. Además, sabía que al sargento Brown no le gustaba que no estuvieran de acuerdo con él.

–Bueno –dijo Brown–, tú eres un buen muchacho y espabilado, pero de nada sirve confiar en una mujer. Mira la mía. Es guapa. Te enseñé su foto.

–Sí, es una mujer muy atractiva –asintió Stanley rápidamente.

–Sí que lo es, sí. ¿Y crees que va a esperarme sentada? Claro que no. Procurará pasárselo bien.

–Yo no me atrevería a decir eso –sugirió Stanley.

–¿Por qué no? No me hace daño si lo piensas. Sé lo que está haciendo y, cuando regrese, arreglaremos cuentas. Primero le preguntaré: «¿Has salido alguna noche?» y si dice que sí, en dos minutos le sacaré toda la verdad. Y si dice: «No cariño, ya me conoces», entonces haré averiguaciones entre mis amigos y si descubro que ha mentido, bueno, entonces la habré pillado y ¡menuda paliza le voy a dar antes de echarla a patadas!

Brown sacudió la cabeza solemnemente. Era de mediana estatura, un poco gordo, con cara de muchacho, nariz chata y respingona, pecas y pelo castaño claro. Pero se le habían formado arrugas alrededor de los ojos y tenía algunas pústulas en el mentón, recuerdo de la selva. Mirándolo detenidamente, se advertía que no llegaba a los treinta años.

–Sí, es una putada para el tío que vuelve a casa –concedió Stanley.

El sargento Brown asintió con gravedad; luego, su cara se avinagró.

–¿Qué te esperas? ¿Que te van a recibir como un héroe? Cuando hayas vuelto, la gente te dirá: «Arthur Stanley, has estado mucho tiempo fuera», y tú contestarás: «Sí...», y entonces te dirán: «Aquí lo hemos pasado bastante mal, pero las cosas están empezando a arreglarse. Has tenido suerte, te has librado de lo peor.»

Stanley rió.

–Yo no he visto mucho de esta guerra –comentó a renglón seguido con modestia–. Pero sé que esos pobres civiles ni siquiera han empezado a enterarse de lo que pasa.

–No saben nada –dijo Brown–. Pero tú viste en Motome lo suficiente para hacerte una idea. Mira, cuando pienso que mi mujer se está divirtiendo, probablemente en este mismo instante, mientras yo estoy aquí, sudando sólo de pensar en lo que nos espera mañana, me pongo negro, negro... –Hizo crujir sus nudillos nerviosamente y asió la tubería metálica que había entre las dos literas.

–No creo que mañana la cosa se ponga fea para nuestro pelotón, aunque tendremos que trabajar como bestias, pero en fin, un poquito de trabajo no nos va a matar –gruñó–. Si el general Cummings viniera mañana y me dijera: «Brown: lo voy a destinar a trabajos de descarga mientras dure la guerra», ¿crees que protestaría? Estaría más contento que un cerdo en una charca. Sabes, tengo bastante experiencia para sobrevivir a diez hombres, y te aseguro que, aunque en el desembarco de mañana nos hicieran volver a cañonazos desde la playa hasta el barco, lo que se dice ida y vuelta, no empezaría aún a parecerse a Motome. Ese día creí que me iban a matar. Aún no entiendo cómo me libré.

–¿Qué pasó? –preguntó Stanley. Dobló las rodillas con cuidado para no golpear la espalda del hombre que estaba en la litera de arriba, a sólo unos treinta centímetros de su cabeza. Desde que lo asignaron al pelotón había oído la historia una docena de veces, pero sabía que a Brown le gustaba repetirla.

–Bueno, desde el principio, cuando asignaron el pelotón a la compañía de Baker para aquella mierda de las lanchas neumáticas, estaba cantado que nos iban a joder, pero ¿qué ibas a hacerle?

Continuó contando la historia de cómo descendieron desde un acorazado hasta las lanchas neumáticas y de cómo los sorprendió la marea baja y los descubrieron los japoneses.

–Tío, no sabes lo prieto que tenía el culo cuando las baterías de los japos empezaron a hacer fuego sobre nosotros. Ni una de las lanchas quedó sana, se hundían. En la que estaba al lado de la mía iba el oficial al mando, creo que se llamaba Billings, y el pobre hijoputa había perdido la cabeza. Lloraba, gemía y trataba de hacer una señal luminosa al acorazado, para que éste abriera fuego y nos cubriera, pero temblaba tanto que no podía mantener la pistola en la mano.

»Y en medio de todo esto, Croft se pone de pie en la lancha y grita: Vamos, capullo, dame esa pistola, no seas terco; Billings se la dio y Croft se levantó y, bien a la vista de todos los japos de la playa, disparó dos veces y volvió a cargar el arma.

Stanley meneó la cabeza, como quien se hace cargo.

–Ese Croft es un tipo que se las trae –dijo.

–¿Un tipo que se las trae? Está hecho de hierro. No me gustaría tenerlo de enemigo. Probablemente es el mejor sargento de todo el ejército, y el más cabrón. Tiene nervios de acero, así de sencillo –dijo Brown con sequedad–. De todos los veteranos del pelotón, no hay uno solo que no tenga los nervios deshechos. Te lo confieso: tengo miedo a todas horas, y Red también. Y Gallagher, ése no ha estado aquí más que seis meses, pero estuvo cuando lo de las lanchas neumáticas y otro tanto le pasa, y Martínez, que es el mejor explorador de todo el ejército, todavía tiene más miedo que yo, y el mismo Wilson, aunque apenas lo demuestra, no es que esté muy animado. Pero Croft..., créeme, a ése le gusta el combate, le gusta. Nada peor que estar a sus órdenes, o nada mejor, según se mire. Perdimos once hombres de diecisiete, contando al teniente de entonces, algunos eran los mejores chavales del mundo, y el resto estuvimos para el arrastre durante una semana, pero Croft pidió ir con una patrulla al día siguiente, y lo asignaron temporalmente a la Compañía A, hasta que tú, Ridges y Toglio llegasteis como refuerzos, y tuvimos suficientes hombres para formar al menos un destacamento.

Al llegar a ese punto, a Stanley sólo le interesaba una cosa de todo lo que tenía que ver con aquello.

–¿Crees que conseguiremos refuerzos suficientes para completar el pelotón de reconocimiento? –preguntó.

–Si es por mí –dijo Brown–, ojalá nunca tengamos los refuerzos. Mientras eso no ocurra, seremos un destacamento suelto, pero, si alguna vez nos envían los suficientes hombres para formar otro, no seremos más que dos piojosos escuadrones de ocho hombres cada uno. Ése es el inconveniente de formar parte de un pelotón de reconocimiento: no somos más que dos escuadrones menores de caballería y nos mandan a misiones que requieren un verdadero pelotón de infantería.

–Sí, y también estamos jodidos con los grados –dijo Stanley–. En cualquier otro pelotón del regimiento, tú y Martínez seríais sargentos mayores y Croft teniente.

Brown sonrió.

–No sé, Stanley –dijo–, no sé... Si conseguimos los refuerzos, quedará vacante un puesto de cabo, y tú no le harías ascos, ¿verdad?

A pesar de sus esfuerzos, Stanley sintió que se ruborizaba.

–¡Joder! –murmuró–. ¿Quién soy yo para pensar en esas cosas?

Brown amagó una risa.

–Bueno, son cosas en las que uno puede pensar.

Stanley, cabreado, se dijo que tendría que ser más cauto con Brown en el futuro.

En un experimento famoso, un psicólogo hacía sonar un timbre cada vez que daba de comer a un perro. Naturalmente, a la vista de la comida, el perro segregaba saliva.

Después de algún tiempo el psicólogo suprimió la comida, pero no dejó de hacer sonar el timbre. El perro continuó segregando saliva al oírlo. El psicólogo dio un paso más: suprimió el timbre y lo reemplazó por varias clases de ruidos violentos. El perro seguía salivando.

Había un soldado en el barco que se parecía al perro. Hacía mucho tiempo que estaba en el ejército y había visto muchas batallas. Al principio, el ruido de una bomba y el estallido iban a la par con su miedo. Pero después de varios meses había pasado tanto terror que ahora cualquier ruido repentino le producía pánico.

Se había pasado toda aquella noche en la litera, temblando cuando oía voces atropelladas hablando alto, o algún cambio en el repiqueteo de las máquinas del barco, o el ruido que producía algún objeto cuando alguien le daba una patada. Sus nervios estaban más tensos que en cualquier otra ocasión que pudiera recordar y, echado en su litera, empapado de sudor, pensaba aterrorizado en la próxima mañana.

El soldado era el sargento Julio Martínez, explorador del pelotón de información y reconocimiento del Regimiento de Infantería 460.

II

A las cuatro, pocos minutos después de desvanecerse la aurora, comenzó el bombardeo de Anopopei. Todos los cañones de la flota de asalto atacaron a intervalos de dos segundos y la noche se agitó y estremeció como un gran tronco a merced de las olas. Los barcos retemblaban y se balanceaban por efecto de las descargas, sacudiendo furiosamente las aguas. Por un instante, la noche pareció romperse en su inmensidad, convulsionarse como una posesa.

Después, tras las primeras andanadas, el fuego se hizo irregular y el cañoneo casi volvió a enmudecer entre las sombras. El retumbar de los cañones se distinguió cada vez más, parecía el ruido que producirían enormes trenes de carga que avanzaran a trompicones. Después se pudo oír el susurro de las balas pasando sobre las cabezas. En Anopopei, se apagaron las pocas fogatas que se veían dispersas.

Los primeros proyectiles cayeron en el mar, levantando columnas de agua, pero luego, algunos impactaron en la playa, y Anopopei cobró vida y brilló como el ámbar. Aquí y allá, donde la selva se unía a la playa, prendieron pequeños fuegos, y ocasionalmente un proyectil que llegaba demasiado lejos encendía unos centenares de metros de matorral. La línea de la playa se fue definiendo y parpadeando como un puerto entrevisto a lo lejos durante la noche.

Un depósito de municiones empezó a arder, extendiendo un resplandor rojizo sobre una parte de la playa. Varios proyectiles dieron en medio de aquel fulgor y las llamas cobraron una altura fantasmagórica, para desvanecerse luego en nubes de humo. Los proyectiles siguieron arrasando la isla y cada vez hacían blanco más en el interior. El fuego ya se había transformado en una escena regular, casi natural. Unos barcos lanzaban por turno sus proyectiles y luego retrocedían mar adentro, mientras una nueva fila de la formación atacaba. El depósito continuaba ardiendo, pero la mayor parte de los incendios de la playa había amainado y, a la luz que llegó con el primer despunte del alba, se vio que el humo no ocultaba, ni mucho menos, toda la orilla. A eso de dos kilómetros tierra adentro, algo se incendiaba en la cumbre de una colina, y en la lejanía, el monte Anaka se elevaba por encima de un humo ocre. Imperturbable, pese a los nuevos atavíos de color escarlata que adornaban su falda, la montaña descansaba sobre la isla y contemplaba el mar. Ante ella, el bombardeo resultaba insignificante.

En la bodega donde dormía la tropa, los ruidos eran más apagados y persistentes; crepitaban y retumbaban como un tren subterráneo. Las luces eléctricas, de un pálido tono amarillento, habían sido encendidas después del desayuno y se balanceaban torpemente en lo alto, arrojando sombras sobre las entradas de la bodega y las filas de literas, alumbrando las caras de los hombres congregados en los corredores y apiñados alrededor de la escalera que conducía a la cubierta superior.

Martínez escuchaba inquieto los ruidos. No se habría sorprendido si la tapa de la escotilla sobre la que estaba sentado se hubiera deslizado bajo sus pies. Sus ojos enrojecidos parpadeaban frente al resplandor cansado de las luces: trataba de insensibilizarse a todo. Pero sus piernas le flaqueaban cada vez que un ruido más fuerte que los precedentes golpeaba contra la estructura de acero. Sin razón aparente, se repetía la última frase de un antiguo chascarrillo: «No me importa si la palmo, empalmo, empalmo.» Allí sentado, bajo aquella luz ictérica, su piel parecía parda. Era un mexicano pequeño, delgado y bien parecido, de pelo ondeado y rasgos finos y bien dibujados. Su cuerpo, aun en este momento, tenía la actitud y la gracia de un ciervo. Por muy rápidamente que se moviera, su movimiento era siempre grácil y natural. Y como un ciervo, su cabeza nunca estaba del todo quieta, y sus claros ojos pardos no descansaban nunca del todo.

Por encima del continuo traquido de los cañones, Martínez podía oír voces que se destacaban un instante y luego se perdían de nuevo. Distintas babeles de ruidos emergían de cada pelotón; la voz de los oficiales zumbaba en sus tímpanos como un insecto de paso, indefinida y sin embargo molesta.

–No quiero que ninguno se pierda cuando lleguemos a la playa. Manteneos unidos, es muy importante.

Apretó aún más las rodillas y se echó hacia atrás, sobre las caderas, hasta que los huesos se frotaron contra la carne firme de sus nalgas.

Los hombres de su pelotón parecían pequeños y perdidos en comparación con los otros. Croft hablaba ahora del embarque en las lanchas de desembarco y Martínez escuchaba con la atención distraída, aburrido.

–Bien –dijo Croft en voz baja–, será como la última vez que lo hicimos. No hay ninguna razón para que las cosas salgan mal, y no van a salir mal.

Red rió sardónicamente.

–Sí, iremos a esa playa –dijo–, pero tan seguro como que me he de morir que algún jodido imbécil vendrá para decir que nos volvamos a esta bodega.

–¿Crees que protestaría si tuviéramos que quedarnos aquí el resto de la guerra? –dijo el sargento Brown.

–A callar –dijo Croft–. Sólo si sabéis mejor que yo lo que hay que hacer, podéis hablar vosotros. –Frunció el ceño y continuó–: Nos corresponde la lancha número 28 de cubierta. Ya sabéis dónde está, pero, de todos modos, iremos juntos. Si alguien descubre que ha olvidado algo, peor para él. No vamos a volver.

–¡Tíos, que nadie se olvide los condones! –exclamó Red, y el pelotón prorrumpió en risas.

Croft pareció enfadarse un segundo, pero después dijo, arrastrando las palabras:

–Seguro que Wilson no va a olvidar el suyo.

Y todos rieron de nuevo.

–Ya estáis pensando en joder –gruñó Gallagher.

Wilson rió contagiosamente.

–Di que sí –terció–, preferiría olvidarme el fusil, porque si encuentro un coño en esa playa y no tengo un condón, me pego un tiro.

Martínez sonrió, pero la risa de los otros lo irritaba.

–¿Qué te pasa? –preguntó Croft en voz baja.

Sus miradas se encontraron, con la íntima expresión de viejos amigos.

–Este maldito estómago mío no está bien –dijo Martínez. Hablaba claramente, pero en voz baja y vacilante, como si tradujera del español. Croft volvió a mirarlo y después siguió hablando.

Martínez miró alrededor de la bodega. Los huecos entre las literas parecían amplios y extraños ahora que habían retirado las hamacas, y eso lo dejó un tanto intranquilo. Se le ocurrió que parecían las estanterías de la gran biblioteca de San Antonio, y recordó algo desagradable; una muchacha le había reprendido duramente. «No me importa si la palmo, empalmo», la idea atravesó su cabeza. Se estremeció. Algo terrible iba a pasarle hoy. Dios en su infinita bondad nos hace saber las cosas por anticipado y uno tiene que..., que estar alerta, que cuidarse. Se dijo la última parte en inglés.

La muchacha era bibliotecaria y había creído que él trataba de robar un libro. Él era muy pequeño entonces, se había asustado y respondió en español, y ella lo reprendió. Sintió picazón en la pierna. Recordó que lo había hecho llorar. ¡Maldita muchacha! Hoy podría hacer el amor con ella. La idea lo sumió en un agradable sentimiento perverso. Aquella tetas planas..., ahora podría escupirle a la cara. Pero aquellos estantes de la biblioteca todavía eran la bodega, y su miedo volvió. Sonó un silbato, y Martínez se sobresaltó.

–¡Los de la lancha número quince! –gritó alguien, y uno de los pelotones trepó por la escalerilla.

Martínez pudo sentir el nerviosismo de cada uno de los hombres que lo rodeaban por la forma en que las voces se habían sosegado. ¿Por qué no podían ir ellos primero?, se dijo, y maldijo la redoblada tensión que provocaba la espera. Algo iba a sucederle. Ahora estaba seguro.

Después de una hora llegó la señal y el pelotón se precipitó por la escalerilla. Y ya fuera de la bodega, los hombres se arremolinaron durante un minuto antes de que se les ordenara subir a la lancha que les correspondía. La cubierta estaba muy resbaladiza y trastabillaron y juraron mientras avanzaban torpemente por ella. Cuando llegaron junto a las grúas que sujetaban la lancha de desembarco, se pusieron en una fila desordenada y esperaron de nuevo. Red tiritaba en el frío aire matinal. Todavía no eran las seis y el día tenía ya el deprimente aspecto que los amaneceres tienen siempre en el ejército. Ese aspecto que le decía a uno que ya estaban en acción, que les aguardaba algo nuevo, algo desagradable.

En todo el barco las operaciones para el desembarco no seguían el mismo ritmo. Algunas lanchas estaban ya en el agua, cargadas de soldados y girando alrededor del barco como una traílla de perros. Los hombres de las lanchas saludaban al barco, y el color de la carne de sus caras parecía irreal frente a la pintura gris de las lanchas y el alba pálida sobre el mar. Aquellas aguas calmas parecían de aceite. Cerca del pelotón algunos hombres subían a una lancha de desembarco, y otra, ya cargada, comenzaba a descender, mientras las poleas de los pescantes rechinaban de vez en cuando. Pero en casi todo el barco los soldados aguardaban, como los hombres del pelotón de reconocimiento.

Los hombros de Red empezaban a entumecerse por el peso de la mochila, y el cañón del fusil le seguía golpeando el casco. Se estaba irritando por momentos.

–Por mucho que se lleve una mochila, uno nunca se acostumbra –dijo.

–¿La has ajustado bien? –preguntó Hennessey. Su voz parecía agarrotada y temblaba un poco.

–A la mierda con los ajustes –dijo Red–. Sólo hacen que me acabe doliendo en otro lado. No sirvo para llevar bultos: tengo demasiados huesos.

Siguió hablando y miraba de cuando en cuando a Hennessey, para ver si estaba menos nervioso. El aire era gélido; el sol, a su izquierda, estaba aún bajo y no daba ningún calor. Dio una patada contra el suelo y respiró los extraños efluvios de la cubierta de un barco: petróleo, brea y el olor a pescado del agua.

–¿Cuándo subimos a las lanchas? –preguntó Hennessey.

El cañoneo aún continuaba sobre la playa, y a la luz del amanecer la isla tenía un color verde pálido. Una delgada línea de humo corría a lo largo de la costa.

Red rió.

–¿Qué? ¿Crees que hoy va a ser diferente? Me parece que vamos a pasar la mañana en cubierta.

Pero, mientras hablaba, reparó en un grupo de lanchas de desembarco que giraban en el mar, a un kilómetro y medio de ellos.

–El primer grupo de lanchas todavía está dando vueltas –dijo para tranquilizar a Hennessey.

Por un instante, recordó otra vez la invasión de Motome, y un resto de aquel pánico volvió a apoderarse de él. La yema de sus dedos todavía se acordaba de la textura de los costados de la lancha neumática a la que se había agarrado. En el fondo de la garganta volvió a sentir el sabor del agua salada; y le sobrevino de nuevo el mudo gimoteo del miedo a hundirse en el agua cuando se está exhausto y los cañones del enemigo disparan sin cesar. Miró otra vez el mar y su cara hirsuta se ensombreció.

A lo lejos, la selva cercana a la playa había cobrado el aspecto desnudo y devastado que siempre deja un bombardeo. Las palmeras se erguían como columnas, despojadas de sus hojas, y ennegrecidas como si hubiera habido un incendio. En el horizonte, el monte Anaka era casi invisible en la neblina, de un pálido color azul grisáceo que era casi un término medio entre los tonos del agua y del cielo. Mientras Red miraba, un proyectil cayó sobre la playa y levantó una nube de humo más grande que las dos o tres que hacía un momento lo habían precedido. Éste iba a ser un desembarco fácil, se dijo Red, pero seguía pensando en las lanchas neumáticas.

–Me gustaría que nos dejaran un poco de esa isla –dijo a Hennessey–, vamos a tener que vivir en ella.

La mañana llevaba el torvo sello de la espera. Red aspiró y se puso en cuclillas.

Gallagher comenzó a jurar.

–¡Coño! ¿Cuánto tendremos que esperar?

–Aguántate –dijo Croft–. Medio pelotón de comunicaciones viene con nosotros y ni siquiera han subido a cubierta.

–¿Y por qué no han subido? –preguntó Gallagher. Se echó el casco hacia atrás–. Es una cabronada hacernos esperar aquí, pueden volarnos la cabeza.

–¿Acaso estás oyendo la artillería japonesa? –preguntó Croft.

–Eso no quiere decir que no la haya –dijo Gallagher. Lió un cigarrillo y empezó a fumarlo de mala gana, cubriéndolo con la mano, como si temiera que se lo arrebataran en cualquier momento.

Un proyectil silbó sobre sus cabezas e inconscientemente Martínez se resguardó contra los cañones. Se sentía desvalido.

El mecanismo de los pescantes era complicado y parte de los eslabones colgaban sobre el agua. Cuando un hombre va cargado con mochila y cartucheras, cuando lleva un fusil, dos cananas, varias granadas, una bayoneta y un casco, tiene la impresión de que una prensa le oprime el pecho y los hombros. Se hace difícil respirar y los miembros tienden a entumecerse. Avanzar por el puente de las cuadernas que llevaba a la lancha de desembarco era una hazaña no muy diferente a la de caminar sobre una cuerda floja llevando una armadura.

Cuando el pelotón recibió la señal para subir a la lancha de desembarco, el sargento Brown se mojó los labios nerviosamente.

–Podrían haber planeado esto mejor –gruñó en dirección a Stanley, mientras avanzaban por el puente de las cuadernas. La cuestión era no mirar el agua.

–¿Sabes? Gallagher no es mal tipo, pero está un poco loco –confesó Stanley.

–Sí –dijo Brown distraído. Estaba pensando que sería vergonzoso que él, un sargento, se cayera al agua. «Dios mío, me iría al fondo», pensó–. Ésta es la parte que no me gusta.

Llegó al borde de la lancha de desembarco y saltó dentro; el peso de su equipo casi le hizo caer y se lastimó el tobillo. Todo el mundo pareció súbitamente alegre en la lancha, que se balanceaba suavemente entre las poleas.

–¡Ahí llega Red! –gritó Wilson, y todos rieron mientras Red caminaba con cuidado por el puente, con la cara contraída como una pasa. Cuando llegó al lado, los miró burlonamente y dijo:

–¡Mierda, me he equivocado de lancha! ¡Aquí no hay nadie con la suficiente cara de bobo para ser del pelotón de reconocimiento!

–¡Venga, cabrito! –dijo Wilson, con su risa nasal y fácil–. Que el agua está buena y fresquita.

Red hizo una mueca.

–Tú, tranquilo, que con lo pichafría que eres no se te arrugará.

Brown rió más y más. ¡Qué chavales más majos había en el pelotón!, se dijo. Parecía que ya hubiera pasado lo peor.

–¿Cómo se mete el general en estas lanchas? –preguntó Hennessey–. Él no es joven como nosotros.

Brown rió.

–Tiene dos ordenanzas que lo llevan en volandas.

Se regodeó con las carcajadas que saludaron su broma.

Gallagher se dejó caer en la lancha.

–Este jodido ejército –dijo–... apuesto a que la mayoría de las bajas se producen al subir a estas barcas.

Brown reía a carcajadas. Seguramente, Gallagher también tenía mala folla cuando hacía el amor con su mujer. Por un momento, estuvo tentado de decirlo, y eso le hizo reír aún más. En medio de las risas tuvo una súbita imagen de su propia mujer, en ese preciso instante, con otro hombre, en la cama; y hubo en sus carcajadas un prolongado instante vacío en el que no sintió nada.

–¡Eh, Gallagher! –dijo excitado–, apuesto a que tienes cara de jodido hasta cuando estás con tu mujer.

Gallagher pareció enfadarse, pero, de pronto, empezó también a reír.

–¡Pues sí, jódete!

Y eso hizo que todos rieran más y más.

Las lanchas de desembarco, con sus proas chatas, parecían hipopótamos mientras bufaban y resoplaban atravesando las aguas. Tendrían tal vez unos doce metros de longitud, por tres de ancho, y forma de cajas abiertas de zapatos, con un motor en la parte de atrás. En el espacio reservado a la tropa, las olas restallaban broncamente al golpear contra la compuerta de desembarco. El agua ya se había infiltrado por las junturas e iba meciéndose por el fondo y salpicando. Red dejó de esforzarse en mantener los pies secos. La lancha había estado girando hacía más de una hora y empezaba a marearse. De cuando en cuando, la fría espuma caía sobre ellos, contundente, brusca y un punto hiriente.

La primera oleada había desembarcado hacía unos quince minutos y la batalla de la playa crepitaba débilmente, a lo lejos, como una fogata. Parecía remota e insignificante. Para aliviar la monotonía, Red se inclinaba sobre la borda y oteaba la orilla. Aún quedaban unos cinco kilómetros de playa por ocupar, pero ya se veía el ornato de toda batalla: un tenue humo neblinoso que se arrastraba sobre el agua. En ocasiones, un grupo de tres bombarderos pasaba zumbando en dirección a la orilla, mientras el ruido de los motores se prolongaba con un leve rumor. Era difícil seguirlos cuando descendían en picado hacia la playa, pues entonces eran casi invisibles y aparecían como puntitos resplandecientes. Las vaharadas que levantaban las bombas parecían pequeñas e inofensivas y los aviones se volvían casi invisibles cuando el ruido de las explosiones retumbaba sobre el agua.

Red trató de aliviar el peso de su equipo apoyándolo contra el borde de la lancha. Aquel continuo girar era un incordio. Al mirar a los treinta hombres que se apretujaban con él y comprobar cuán poco natural resultaba el verde de sus uniformes contra el gris azulado de la caja de la lancha, respiró profundamente y se quedó inmóvil. El sudor le empezaba a correr por la espalda.

–¿Cuánto va a durar esto? –preguntó Gallagher–. ¡Maldito ejército! ¡Date prisa y espera! ¡Date prisa y espera!

Red estaba encendiendo un cigarrillo, el quinto desde que habían arriado la lancha; su sabor era soso, desagradable.

–¿Tú qué crees? –preguntó Red–. Apuesto a que no llegamos a la playa hasta las diez.

Gallagher soltó un juramento. Todavía no eran las ocho.

–Si realmente supieran hacer las cosas –continuó Red–, ahora estaríamos tomando el desayuno y hubiéramos subido a las lanchas dos horas más tarde. –Hizo caer la punta de ceniza que se había formado en el cigarrillo–. Pero no, algún hijoputa, que ahora está durmiendo, quería sacarnos del puñetero barco para no tener que preocuparse más de nosotros.

Deliberadamente, hablaba bastante alto para que el teniente de comunicaciones que iba en el bote lo oyera, y sonrió cuando el oficial se dio la vuelta.

El cabo Toglio, en cuclillas, miró a Red.

–Estamos mucho más seguros en el agua –explicó Toglio excitado–. Este blanco es bastante pequeño si se compara con un barco, y cuando nos movemos es mucho más difícil alcanzarnos de lo que te crees.

Red gruñó.

–¡Tonterías!

–Prefiero mil veces el barco, allí sí que no podrían darnos –dijo Brown–, es mucho más seguro.

–Me he informado –protestó Toglio–, las estadísticas demuestran que éste es el lugar más seguro en un desembarco.

Red odiaba las estadísticas.

–No me vengas con números –dijo al cabo Toglio–, si uno tuviera que hacerles caso, nadie se bañaría porque es demasiado peligroso.

–No, te lo digo en serio –afirmó Toglio.

Era un hombre de estatura media, de ascendencia italiana, grueso y con una cabeza en forma de pera, más ancha en las mandíbulas que en las sienes. Aunque se había afeitado la noche antes, la barba le oscurecía toda la cara hasta justo debajo de los ojos, salvo la boca, que era ancha y cordial.

–Va en serio –insistió–, he visto las estadísticas.

–Ya sabes lo que puedes hacer con ellas –dijo Red.

Toglio sonrió, pero se molestó un poco. Red no era mal tipo, pero demasiado independiente. ¿Adónde iríamos si todos fueran como él? A ninguna parte. La colaboración es necesaria en todo. Una invasión como ésta había sido planeada para ser eficiente, estaba ajustada a un horario. Los trenes no andarían si el maquinista se fuese cuando le diera la gana.

La idea lo impresionó, y ya levantaba uno de sus gruesos y fuertes dedos para replicar a Red, cuando de repente un proyectil de los japos, el primero en media hora, levantó una columna de agua a unos centenares de metros. El ruido fue inesperadamente violento y todos torcieron el gesto. En el silencio absoluto que siguió, Red gritó lo bastante alto para que todo el mundo pudiera oírlo:

–Mira, Toglio, si mi vida dependiera de ti, haría un año que estaría en el infierno.

La risotada general fue lo bastante sonora para incomodar a Toglio, que se esforzó en sonreír. Wilson completó el efecto al añadir con su voz grave:

–Toglio sabe cómo han de ser las cosas, pero su sistema siempre acaba jodiéndose. Nunca he conocido un tío tan experto en todo lo inútil.

No era cierto, se dijo Toglio, a él le gustaba que las cosas se hicieran bien y éstos no parecían apreciarlo. Nunca faltaba un Red para fastidiar haciendo reír a todo el mundo.

El ronroneo del motor de la lancha se hizo más ruidoso de repente; empezó a rugir y, después de trazar un círculo, la lancha se dirigió hacia la orilla. Inmediatamente, las olas empezaron a golpear contra la compuerta y una cascada de espuma empapó a los hombres. Hubo unos gruñidos de sorpresa y luego silencio. Croft descolgó su fusil y puso un dedo sobre el cañón para impedir que entrara agua. Por un instante, le pareció que estaba sobre un caballo al trote.

–¡Coño, esta vez va en serio! –dijo alguien.

–¡A ver si despejan la playa de una vez! –murmuró Brown.

Croft se sentía superior. Había sido una decepción enterarse semanas atrás de que, durante la primera semana, el pelotón debería dedicarse a tareas en la playa. Y sintió un desprecio silencioso cuando los hombres del pelotón demostraron su alegría ante la noticia.

«Cagados –murmuró para sí–. Un hombre que tiene miedo de asomar la nariz en la línea de fuego no sirve ni para una mierda.» La responsabilidad del mando le consumía; en esos momentos se sentía fuerte y seguro. Ansiaba estar en la batalla que transcurría en la isla y sentía rabia contra la orden de asignar el pelotón a operaciones de descarga. Pasó la mano por su mejilla dura y enjuta y miró en silencio a su alrededor.

Hennessey estaba de pie cerca de la popa. Croft observó el rostro blanco y silencioso; llegó a la conclusión de que Hennessey estaba asustado y eso lo divirtió. Al muchacho le resultaba difícil quedarse quieto; no hacía más que moverse hacia adelante y atrás, y una o dos veces se sobresaltó visiblemente ante un ruido repentino. Sintió picazón en una pierna. Se rascó con violencia. Luego, observó Croft, Hennessey sacó el pantalón fuera de la polaina, lo arremangó hasta el muslo y, con mucha minuciosidad, tras humedecerse con saliva los dedos, los frotó sobre la roncha de la rodilla. Croft miró su carne blanca, cubierta de vello rubio; prestó atención al trabajo que se daba Hennessey para volver a meter el pantalón en la polaina y sintió una extraña agitación, como si aquellos movimientos tuvieran un significado. Ese muchacho es demasiado cuidadoso, se dijo Croft. Luego, en un arrebato de certeza, pensó: «Hoy lo van a matar.» Tenía ganas de reír para liberarse de aquella inquietud que lo reconcomía. Esta vez estaba seguro.

Pero, de pronto, se acordó de la partida de póquer de la noche anterior, cuando no había logrado hacer un full, y se sintió confundido, luego contrariado. «Me parece que te estás volviendo demasiado inteligente.» Su fastidio provenía, más

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Los desnudos y los muertos

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Reseñas de lectores

  • (5/5)
    Classic WW II novel. A must read and, IMHO, the best Mailer ever wrote.
  • (4/5)
    I don’t know what took me so long, but I finally got around to reading Norman Mailer’s highly acclaimed World War II novel, the Naked and the Dead. Having read a number of World War II novels and seen quite a few movies and mini-series (most recently HBO’s The Pacific), this story can come across as old and clichéd, but it must be remembered that this is the original.Every World War II story that focuses on the front line foot soldier has its crusty, battle hardened sergeant, its southern redneck, its cerebral Jewish private who must endure the blatant and constant anti-Semitism. Most include a callow Lieutenant who must be nurse maided by his experienced NCOs and clueless upper brass who mindlessly feed front line troops into the meat grinder. At least this novel is somewhat different in that regard.However, clichés and stereotypes develop for a reason. World War II platoons DID feature a broad cross section of American soldiers; southern, Jewish, racist, intellectual, stupid, brave, cowardly. Most units probably included a battle hardened First Sergeant (if they were lucky). And again, this was the first. At the time it was published, it was almost certainly ground breaking in its portrayal of the Pacific theater of the war. If I had one complaint, it was that virtually every single character in the entire book was unlikeable. It’s hard to believe that Mailer couldn’t find a single character to imbue with positive personality traits that weren’t overwhelmingly swamped with negatives.The writing is very descriptive, sometimes excessively so. I never thought an author could write 100 pages of prose describing how tired soldiers could be. Long periods pass with little or no action and there is really no “payoff” in the end. Nevertheless, as a historically significant work, the importance of the novel cannot be over stressed. As a current day reading experience, however, it suffers from having been done over and over and over again.
  • (5/5)
    Near the end of this book Sgt. Brown says that part of war is "finding out things about yourself that, by God, it don't pay to know."

    The key to this book is viewing it as an examination of man's warring impulses. The General, Lt. Hearn and each man in the platoon fight an internal war, between what he believes he is and what he really is.

    The plot concerns a campaign to control the South Pacific island of Anopopei, but the plot, like Mount Anaka, is the tip of the psychological iceberg.

    The island itself can be seen as the mind of one man, and the soldiers as the ideas, and ideals, that inhabit it. Goldstein and Ridges embody the superego, or the Judeo-Christian values that we give lip service to. Croft embodies the bloodthirsty id, the male urge to explore and conquer. Wilson is the libido. The General and Hearn are the intellect, carrying on a philosophical war between ideas of liberalism and fascism.

    In the end, no one facet predominates. The Army, like the mind itself, behaves as it does as a result of these warring impulses, urges, and ideas. The conclusion is that man is very much an animal, despite his ability to analyze and scheme.
  • (5/5)
    I've read this book for 'The Banned Books' week. I'm glad that I've chosen this one. I'm very impressed and it crept beneath the skin. The characters are thoroughly described and I got quickly familiar with each of them. It's written so lively that I've got the feeling sitting directly among them. All the protagonists are representatives for the population in their personality, thinking, belief, fear, bitchiness and hope. As a reader I've got strongly positives as well as negatives feelings for them. I started to support efforts for the weak ones and hated the unjustness of the evil ones.I've no idea, why this book was once banned. Perhaps it's the language. In my opinion the language fits perfectly. In war time there can't be a milk and honey language, but a rough and brutal language seems to be more appropriate.I can strongly recommend it. a German literary critic (Marcel Reich-Ranicki) said:I'm not sure if many books about WWII will stay, but for 'The Naked And The Dead' it will be for sure.
  • (5/5)
    If you read my reviews you know I focus on how the book made me feel; how entertained I was. Well, there was certainly nothing entertaining about this, therefore I must review this book based on the writing (outstanding and before he was 25) and the importance of the work. I have read a lot of WWII fiction, and this truly stands out among them all, first for its focus on the Pacific theater, which I have read the least about, and as well for its focus on the inner lives of the soldiers and what seems to me to be very realistic accounts of the day to day life during a campaign. At times it reminded me of All Quiet on the Western Front. I know, different war, wrong side, but still...something about it....The "Time Machine" sections where Mailer went back and shared a vignette from each of the main characters lives supported who they were as soldiers, but man, they were depressing too. My impressions as I read it were, "Wow this is so negative," then, "Geez these guys are such misogynists," then finally, "Nope, they are full on misanthropes." Another reviewer commented that the book was as much about class and the Army as it was about the war, and that was quite true. Ultimately though, there was very little likeable about any of these characters, and there were certainly enough of them. Was this really what Mailer himself experienced? I could try to tell myself that this is what war makes a man, but the back stories were too on point with how they presented on the island. And then I had the worst thought. These soldiers were the fathers, grandfathers and great grandfathers of my family, my friends, and half the country walking around today. And well, they were just nasty. It won't be immediately, but I have decided I have to read something else to balance out this feeling. I think it will be The Greatest Generation. Hopefully it will restore my faith in our heroes....
  • (3/5)
    Talk about the futility of war! This is a classic war novel, published just 3 years post the end of WW II. We learn the individual strengths and flaws of each man in the platoon and how battle affects him. Mailer was required to tone down the language when it was first published so he uses "creative" spelling ... but we know what he meant to write.
  • (5/5)
    The best novel about the War in the Pacific ever written.
  • (4/5)
    This was a mesmerizing look at Army life in WWII. Mailer tells the story of an Intelligence and Reconnaissance platoon on a fictional Pacific Island. There are fewer battle scenes than I expected. Most of the story is about the men on daily patrols, guard duty, and a week long patrol behind enemy lines. It was the descriptions of what it was like to hike for days and days in the jungle carrying 60 pounds of equipment that got to me. What those men went through!Mailer personalizes the characters by interposing flashbacks highlighting the pre-war lives of several of the man. He also switches the point of view among the various characters. Still, the characters are never fully developed, which, to me, made the story more realistic. The reader gets impressionistic views of each man in the troop, just as they had of each other. These men were all thrown together to serve under horrible conditions, but they had nothing in common to start with and really did not know each other. All in all, a great book. It is long, but it is a fast read. In Mailer’s introduction to the 50th Anniversary edition he self-deprecatingly explains that the book (his first) was a best seller and was written in the flashy language of all best sellers. But it is not the language that makes the book so good, it is the story.
  • (3/5)
    Slow read until the first battle. Extremely intelligent writing (word choice, arrangement, plot). The back stories for the soldiers were very well crafted, defining each and aiding the understanding of individual motivations.
  • (5/5)
    The Naked and the Dead slowly grew on me. At first, I was a little confused by the myriad of characters, failed to get into the plot, and continued to put it down. Once I gave it a long, continuous reading time, and, admittedly, as more of the flashback sections were developed, I was hooked. For me, The Naked and the Dead was more about character than about war. It was the story of ordinary men being put in an extraordinary and physically demanding situations. Some rose to the occasion specatularly and unexpectedly, learning of their inner strength and talents stunted by societal expectations. Others, understandably, dreamt only of returning to the normalacy of home. Mailer also tells the story of stangers from hugely varying backgrounds (a mix only a country like America could provide) coming together to find some equilibrium of forced tolerance. Fuggin' long an' fuggin good.
  • (5/5)
    A great book by a great ass. It tells the story of an invasion of an island in the South Pacific during WWII, and is full of the mud, sweat and anxiety experienced by the troops. The island is described expertly, and there is even a map. The main character is a subordinate to the general, and their relationship is one of the highlights of this book. Reading it, I couldn't help thinking of the main character as Tony Soprano, the Sopranos being all the rage at the time of my reading. The invasion and battle scenes are laid out in great detail, and the whole thing is truly a work of art. By an ass, true, but what are you gonna do? It's a great book not to be missed by any male of the species.
  • (5/5)
    Perhaps the most lasting and powerful novel to have arisen from WWII, [The Naked and the Dead] is worth reading. Its innovative structure makes for a striking impact that will jar any reader; I'm not sure anyone could read this book and feel unaffected. While the numerous characters all introduced in the beginning make for a slow start, the book is always engaging and readable; and, once one grows accustomed to the structure and the many characters, the book is also impossible to put down (however your wrists might ache from holding it up!) As a war novel, it does have scenes involving heavily graphic material, but Mailer never overdoes it, and what's there is necessary. If you can take a realistic war novel, that does its best to combine various voices into a canvas of material as true to the war as it is to itself, you'd do well to pick this one up. Highly highly recommended.
  • (5/5)
    I love this novel. It is like no other war novel I've read. But if you're looking for an action-packed, blood-and-guts war novel, this isn't it. It's a psychological novel about war's impact on the human mind. Mailer creates a group of memorable American soldiers fighting the Japanese on the mythical Pacific Island of Anopopei. He does an excellent job of bringing the reader inside these soldiers' heads as they land on the beach of this distant island and face combat, many of them for the first time. You hear one soldier's thoughts as he panics and leaves his fox hole only to be dead the next minute. You live through another soldier's agony of learning his wife had died a world away. Mailer's grasp of human emotion and how human minds (at least mine) work is amazing.
  • (3/5)
    I read this a long time ago. I think I was just a bit too young to understand how much guts it took for Mailer to criticize the army in the way that he did. The use of "fug" to avoid controversy gives you a sense of how uptight the culture was back then. I think as hip as Mailer wanted to be (and he was hip to a lot) he still wanted to be high-brow back when there was a culture war between the high, low and middle brows. If you haven't noticed, the low-brows have won the popularity contest, the high brows have their elite niches, and the middle brows are dispossessed.
  • (4/5)
    This is a very good book in my opinion detailing the life of soldiers during the fictional capture of the Japanese island Anopopei.At ~700 pages it is a long read by today's standards but its worth it. If you like WW2 novels this is a must-have.Norman Mailer was a WW2 soldier and thus this account of the feelings, and thoughts of the soldiers, the portrayal of the general's selfish revenge against a subordinate come as close to the real thing as possible.
  • (3/5)
    Don’t ask me what I was thinking, but I could have sworn “The Naked and the Dead” was a noir detective novel. Whoops. Wrong. I open up the pages and find myself on a Pacific Island in the middle of the war with Japan. So, I think to myself, here comes the war novel – hang on for the battle. Nope, wrong again.Instead, what I found was a story about tedium and boredom interspersed with rare moments of panic. Real war. Eventually, the story turns and becomes one of men sent on a senseless recon. In other words, an anti-war novel. It does its job well.A few battles stories are told, and there is the story of men responding to unquestioned authority. But this is not a story that focuses on those aspects. Rather, it focuses on the stories that are the men that populate this tale; men – most of them not particularly nice – thrown together by a cataclysmic event. And, as such, the book is a reminder that heroic war stories are much more fiction than we want to admit. The story of a band of brothers who bond is turned on its ear in this book. Instead, the men pull together, but only when they really have to. And there is no love lost, only the false camaraderie that comes from experiencing hell and stupidity together. They work together, they survive together, they buddy together, but they still do not like each otherAt times, the tedium of the book becomes wearying and, while the characters are vividly drawn (the flashbacks to their previous lives are quite effective), it was still possible to occasionally mix up some of the bigger dolts. The anti-war aspects are well drawn and the message is delivered in the proper amounts, but there is something (maybe it is just too real) that makes me unsure whether I really like this book or not.
  • (3/5)
    I don't know. I always heard that this was the best war novel ever written, and while it's certainly not the worst, I'm really not impressed and feel that are quite a few more that are simply better (Cornelius Ryan comes to mind, among others). So while I'm not saying Don't bother, if you're into this genre, sure, do it, but don't buy into the hype that this is the best because it absolutely is not. Cautiously recommended.
  • (4/5)
    A great read! This was thoroughly exciting and meaningful throughout the entire work. I recommend it to people who are interested in Mailer's oeuvre and for those interested in war fiction, literary fiction and debut novels.Very well done!
  • (4/5)
    It seemed to him now that he was very near a fundamental understanding of himself, and he felt a sense of mystery and discovery as if he had found unseen gulfs and bridges in all the familiar drab terrain of his life. “You know,” he said, “life is funny.”

    I often loved this account of anxiety and failure, though I remain certain that Mailer robbed Hemingway -- particularly -- For Whom The Bell Tolls. The jungle affords reflection on sexual incongruity and soured ambition. The Japanese don't appear for most of the book, obviously absorbed in their own angst and ennui.