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Sanadores milagrosos. De las probadas simulaciones a los verdaderos portentos de la fe.

Sanadores milagrosos. De las probadas simulaciones a los verdaderos portentos de la fe.

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Sanadores milagrosos. De las probadas simulaciones a los verdaderos portentos de la fe.

Longitud:
153 página
1 hora
Publicado:
Sep 17, 2017
ISBN:
9781370244850
Formato:
Libro

Descripción

Jesús, según narran los Evangelios, tenía el poder de la sanación. Impuso sus manos, y los ciegos vieron, Lázaro volvió a la vida, los leprosos se libraron de sus lesiones...
Se discuta o no el origen divino del hijo de José, sí se sabe que por las manos fluye y emana una gran cantidad de energía. Tal vez por ello, los redactores bíblicos las citaron una y otra vez como transmisoras del poder de sanación.
Claro, no todos suscriben que un ser humano pueda sanar a otro fuera del marco de la medicina tradicional. Energía, sugestión, fe, charlatanería, decenas de razones se han esgrimido a la hora de afirmar o negar semejante fenómeno. Lo cierto es que los testimonios sobre sanaciones producidas por las manos “milagrosas” de algunos sacerdotes católicos se vienen registrando desde hace muchos años, y hasta la Iglesia católica (aunque prefiere no difundirlo demasiado) cuenta con decenas de ellos, aportados por los propios supuestamente sanados.
En las páginas de este libro veremos algunos casos de curas y laicos sanadores, y de farsantes condenados o impunes; evaluaremos sendos lados de más de una polémica; nos cuestionaremos acerca de la naturaleza de la salud y la de su contraparte, la enfermedad; nos haremos varias preguntas. Ojalá (es de esperar) arribemos a alguna, temporaria certeza.

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Sep 17, 2017
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9781370244850
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Sanadores milagrosos. De las probadas simulaciones a los verdaderos portentos de la fe. - Mauro E. Lombardi

Introducción

Jesús, según narran los Evangelios, tenía el poder de la sanación. Impuso sus manos, y los ciegos vieron, Lázaro volvió a la vida, los leprosos se libraron de sus lesiones...

Se discuta o no el origen divino del hijo de José, sí se sabe que por las manos fluye y emana una gran cantidad de energía. Tal vez por ello, los redactores bíblicos las citaron una y otra vez como transmisoras del poder de sanación.

Claro, no todos suscriben que un ser humano pueda sanar a otro fuera del marco de la medicina tradicional. Energía, sugestión, fe, charlatanería, decenas de razones se han esgrimido a la hora de afirmar o negar semejante fenómeno. Lo cierto es que los testimonios sobre sanaciones producidas por las manos milagrosas de algunos sacerdotes católicos se vienen registrando desde hace muchos años, y hasta la Iglesia católica (aunque prefiere no difundirlo demasiado) cuenta con decenas de ellos, aportados por los propios supuestamente sanados.

Desde el legendario padre Pío de Pietrelcina, aquél de los estigmas en las manos, hasta el padre Mario Pantaleo o el padre Ignacio Peries, ambos de Argentina, todos han dicho: Yo no curo, es Dios quien lo hace a través de mí. Algunos se han valido de ejemplos telúricos. Yo soy la guitarra, Dios es el guitarrero, solía asegurar el padre Pantaleo.

La afirmación, sin embargo, esconde una aceptación implícita: si Dios sana a través de cada uno de ellos, ellos son vehículos de sanación; el Cielo los ha bendecido con un cierto don que les permite ser transmisores directos de la voluntad del Señor.

Y algo de elección hay porque, con excepción de los charlatanes y mercantilistas (que por supuesto abundan), los sanadores que la historia recuerda han hecho gala de dones adicionales al de eliminar los males de sus semejantes.

El padre Pío, por ejemplo, tenía el don de la bilocación, o sea la capacidad de estar en dos lugares al mismo tiempo, según varios testimonios. Mario Pantaleo podía ver escenas que se desarrollaban a miles de kilómetros de distancia. Él probó conocer con precisión quiénes vivían y quiénes habían muerto tras lo que se conoció como la tragedia de Los Andes, en la que el avión que llevaba a un grupo de jóvenes jugadores de rugby de Uruguay se precipitó a tierra en medio de la cordillera. El padre Ignacio, por su parte, exhibió dotes de exorcista, que casualmente tiene tantos defensores y detractores como las sanaciones.

Desde tiempos inmemoriales, la enfermedad se asoció con el pecado porque, para el pueblo de Israel, era Dios quien castigaba al hombre, enfermándolo cuando éste obraba en contra de su ley. Esta creencia, que se extendió hasta bien entrado el Renacimiento, explicaría en cierta forma los mencionados dones sacerdotales. Para Jesús, la enfermedad no estaba relacionada con el pecado, según surge de los Evangelios; la sanación, en cambio, sí exigía una precondición: la fe.

Frente a la enfermedad, con la ansiedad y la desesperación que ésta genera, ninguna alternativa de supuesta cura o alivio se deja de lado. Sacerdotes y laicos son consultados en busca de respuestas. Y, según se afirma, no son sólo los religiosos quienes sanan por fuera de la medicina tradicional.

En las próximas páginas veremos algunos casos de curas y laicos sanadores, y de farsantes condenados o impunes; evaluaremos sendos lados de más de una polémica; nos cuestionaremos acerca de la naturaleza de la salud y la de su contraparte, la enfermedad; nos haremos varias preguntas. Ojalá (es de esperar) arribemos a alguna, temporaria certeza.

Capítulo 1

Con las marcas de Cristo

Reza, espera y no te preocupes. La preocupación es inútil.

Dios es misericordioso y escuchará tu oración".

Padre Pío de Pietrelcina

Francesco Forgione nació en Pietrelcina, el 25 de mayo de 1887, en el seno de una familia muy humilde y también muy devota. Acosado siempre por los embates de una salud suma-mente frágil, pronto Francesco dio muestras de su destino, el sacerdocio.

Se cuenta que, cierta mañana, un fraile mendicante de nombre Camilo, que procedía del convento de Morcone, pasó por la casa de Francesco pidiendo limosna, y que dedicó varias horas a hablar con el niño sobre cuestiones de la fe. Aquella charla fue crucial para encaminar la vocación del futuro religioso.

Se dice también que, ya desde muy pequeño, Francesco comenzó a padecer una serie de encuentros con entidades demoníacas, y que se veía obligado a librar duras contiendas con esas criaturas, como anticipo de las que lo acompañarían a lo largo de su vida.

Tenía apenas dieciséis años cuando fue admitido, el 6 de enero de 1903, como novicio en el convento de Morcone, el mismo del que había salido aquel fray Camilo que una mañana visitó la casa de Francesco.

Concluido su noviciado, el muchacho de Pietrelcina, forjado en la dura cotidianidad del convento, en ayunos y largos períodos de oración, pronunció sus votos temporales. Abandonó el convento y marchó hacia el monasterio de Sant' Elía para continuar sus estudios. Allí ocurriría el primer fenómeno de bilocación del que sería protagonista.

Estando Francesco en Trepuzzi, una ciudad de la provincia de Lecce, donde se alzaba el convento de Sant'Elía, asistió (al mismo tiempo) al nacimiento de Giovanna Rizzani en Udine, en la región de Venecia. Giovanna habría de ser, años después, una hija espiritual del sacerdote, por pedido expreso de Nuestra Santísima Madre, según contó luego él mismo.

La Virgen, relataría él, se presentó ante Francesco y le reclamó que se ocupara de la niña que acababa de nacer, mientras, en ese mismo instante, el padre de la bebé moría.

El 10 de agosto de 1910, en la Catedral de Benevento, una ciudad de la provincia de Campania, Francesco Forgione se transformó en sacerdote capuchino, adoptando el nombre de padre Pío de Pietrelcina, en homenaje a San Pío v, el papa que fue, paradójicamente, comisario de la Inquisición romana, pero también el iniciador de la Contrarreforma católica, en oposición a la Reforma luterana.

Exiliado bajo un colchón

En un trabajo publicado por la Agencia Católica de Prensa (ACI Prensa), se recuerda la aparición de las primeras señales que harían de él no sólo un cura sanador, sino también uno de los mayores emblemas de la Iglesia católica del siglo xx:

Durante su primer año de ministerio sacerdotal, en 1910, el Padre Pío manifiesta los primeros síntomas de los estigmas. En una carta que le escribe a su director espiritual, los describe así: 'En medio de las manos apareció una mancha roja, del tamaño de un centavo, acompañada de un intenso dolor. También debajo de los pies siento dolor. Estos dolores en las manos y los pies del Padre Pío son los primeros recuerdos de los estigmas que fueron invisibles hasta el año 1918. Una vez, el dolor que el Padre Pío experimentó fue tan agudo que se sacudió las manos, las cuales sentía que se le quemaban...

Durante los seis años siguientes a ser ordenado sacerdote, Pío siguió viviendo en su pueblo, junto a su familia, porque su salud lo seguía teniendo a maltraer. Recién en 1916 se marchó hacia el convento de San Giovanni Rotondo, en Puglia, al este de Roma. Allí vivirá los siguientes cincuenta y dos años, hasta que lo alcance la muerte.

En aquel convento, situado en el centro de un gran valle, a veinte kilómetros del monte Sant Angelo, ocurrieron fenó-menos verdaderamente asombrosos, vinculados tanto con el poder de sanación como con la capacidad de bilocación que poseía el Padre Pío.

Una mujer contó, para sorpresa de quienes la escucharon, que, como padecía cotidianamente unas terribles jaquecas, consiguió una foto del Padre Pío y la colocó debajo de su al-mohada, esperando que la imagen del sacerdote le quitase los persistentes dolores de cabeza.

Pasadas un par de semanas, las jaquecas continuaban sin que, en apariencia, la imagen del cura hubiese obrado la sanación esperada por la mujer.

Así, y ante la inoperancia de la foto, la mujer, enojada con el capuchino, sacó la foto de debajo de la almohada y, como castigo, la colocó debajo de colchón.

Un par de meses más tarde, la mujer viajó hasta el convento San Giovanni Rotondo para que el Padre Pío la curase personalmente. Pero antes quiso confesarse con el sacerdote. Arrodillada en el lateral del confesionario, comprobó con sorpresa como Pío le cerraba en la cara la pequeña ventana por la que se comunican el cura y el confesante.

Unos segundos más tarde, el sacerdote volvió a abrir la portezuela y le dijo a la mujer:

No te gustó que te haya cerrado la ventana en la cara, ¿verdad? Bueno, pues a mí tampoco me gustó que tú me hayas colocado debajo del colchón.

Pero, más allá de esta anécdota casi risueña (suponemos que no para la azorada mujer), los días de Pío no eran fáciles. Sus combates con entidades diabólicas eran cotidianos, y los estigmas no dejaban de doler. Sin embargo, se levantaba cada día antes del alba y oraba hasta luego de salir el sol. Después celebraba la misa de la mañana y, una vez concluida, se instalaba en el confesionario para escuchar a los fieles; a veces, hasta catorce horas diarias.

Las marcas de la controversia

Aquellas manchas rojas del tamaño de un centavo, que el Padre Pío había visto por primera vez en sus manos en 1910, se transformaron en heridas sangrantes la mañana del 20 de setiembre de 1918, mientras el sacerdote rezaba en la pequeña iglesia del coro del convento. Médicos, estudiosos y gente común quedaron absortos ante esas perforaciones, que evocaban las que había sufrido Jesús durante su crucifixión.

Algo más de un mes después de la aparición de los estigmas —quienes estuvieron cerca del Padre Pío dijeron que su sangre olía a flores—, el capuchino le escribió al padre Benedetto Nardella, de San Marco in Lamis, su director espiritual, contándole lo que había ocurrido, suceso al

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