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La urgencia por decir nosotros: Los intelectuales y la idea de nación en el Perú republicano

La urgencia por decir nosotros: Los intelectuales y la idea de nación en el Perú republicano

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La urgencia por decir nosotros: Los intelectuales y la idea de nación en el Perú republicano

valoraciones:
5/5 (1 clasificación)
Longitud:
447 página
5 horas
Publicado:
Sep 1, 2015
ISBN:
9786123171285
Formato:
Libro

Descripción

Análisis de los proyectos de nación imaginados por los grandes pensadores de los siglos XIX y XX.
Lograda la independencia, el Perú comienza a configurarse como un estado que está aún muy lejos de albergar una nación en el sentido de una comunidad de gente que se imagina con los mismos derechos y que se proyecta hacia un destino común. No hay acuerdo sobre la visión del pasado —y la premonición del futuro— que permita fundar una vida colectiva que garantice el triunfo de la solidaridad y la eliminación de las jerarquías coloniales que fragmentan la sociedad.

Los intelectuales criollos dieron forma a los anhelos de una modernidad sin historia, a un proyecto que pudiera colocarnos, a marchas forzadas, en el coro de las naciones civilizadas. Pero el proyecto criollo pronto se estrelló contra una historia milenaria que se obstina en permanecer. Entonces, desde González Prada y Mariátegui el reto de nuestra colectividad es imaginar un futuro que prolongue las tradiciones que nos definen. Y los intelectuales asumen el reto desde la seducción de la palabra bien dicha, esa que nos impulsa a explorar las virtualidades de lo posible.
Publicado:
Sep 1, 2015
ISBN:
9786123171285
Formato:
Libro

Sobre el autor


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La urgencia por decir nosotros - Gonzalo Portocarrero

La nación que llama

La imagen impresiona como salida de un sueño desconcertante. La niña no es bella y ella lo sabe. Pero esa conciencia —humilde— no impide que esté allí, plenamente presente, tomándonos cuentas. Y habrá quienes la rechacen pues, distando de ser ideal y hermosa, urge por una definición. Pero su inocencia la protege de los desplantes. Su cuerpo está tieso, marcial, a la espera de tu respuesta. ¿Me quieres? ¿No me quieres? La niña nos dice: «Me puedes rechazar, pues no soy de esas figuras que te deslumbran sin que lo pienses. No es un amor a primera vista lo que te propongo. Solo si me conoces en lo bueno y en lo malo, en lo feo y lo bonito, me puedes amar. No pretendo seducirte. Pero si eres tierno, mi sencillez y mi historia te pueden conmover. Pero si solo te vale lo bello y perfecto, entonces me rechazarás como quien se avergüenza de un pariente pobre".

A la niña la circunda un paisaje irregular, misterioso. Unas palmeras aleatoriamente distribuidas en el espacio. Y detrás: un árbol anudado y añoso. ¿Estará vivo? No lo sabemos, pero la abundancia de pasto aleja cualquier premonición de muerte. La niña es una aparición de la tierra, parece surgir de esa circunferencia sobre la que está parada. De un espacio similar emerge ese medallón que el ave está empreñada en (des)enterrar y que representa un mundo sin lugar ni futuro.

Esa niña es la nación que nos llama a ser 100% mestizos. A no preguntarnos más de dónde venimos, pues lo único que nos importa saber es que procedemos de combinaciones de las que ya se perdió el rastro. Podemos, o no, abrirle los brazos. Pero su persuasión es su ternura herida, su confianza en que la sintamos como nuestra. La nación que nos llama a confundirnos como peruanos. Es la inspiración de nuestros destinos (óleo de Clara Best).

La urgencia por decir «nosotros»

Los intelectuales y la idea de nación en el Perú republicano

Gonzalo Portocarrero

© Gonzalo Portocarrero, 2015

© Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2015

Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú

Teléfono: (51 1) 626-2650

Fax: (51 1) 626-2913

feditor@pucp.edu.pe

www.fondoeditorial.pucp.edu.pe

Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores.

ISBN: 978-612-317-128-5

Porque mi patria es hermosa 

como una espada en el aire, 

y más grande ahora y aun 

más hermosa todavía, 

yo hablo y la defiendo 

con mi vida.

Javier Heraud

Introducción

I

La vocación intelectual se define por la aspiración a un pensamiento libre, y original, sobre la vida y el mundo. En su raíz está el esfuerzo por elevarse encima de los condicionamientos y prejuicios que limitan la lucidez. Este ideal de elevación no puede realizarse por entero, pues el propio intelectual está arraigado en una sociedad y en una época, en una historia personal de la cual no puede desprenderse todo lo que quisiera. Pero antes que remarcar los límites de sus posibilidades, me interesa identificar aquello que orienta y mueve al intelectual. Su principio es el compromiso con el interés general de una colectividad, el horizonte hacia donde todos sus miembros podrían mirar si es que se sintieran convocados a ello; y la apuesta del intelectual es hacer visible algo que se parezca a ese horizonte aun cuando ello pueda significar una postergación de sus conveniencias personales o de aquellas del grupo al que pertenece. Para elaborar estas imágenes de futuro, el intelectual tiene que partir de la crítica, de poner «el dedo en la llaga», mediante el señalamiento del malestar que (re)produce una situación social. Lejos de asumir ese malestar como un hecho fatal e insuperable, debe sumergirse en el intrincado mundo de las causas y los efectos para producir un diagnóstico que le permita proyectarse hacia las alternativas de cambio posibles, aquellas en las que la gente pueda creer. Entonces, desde una (re)visión de la realidad vigente, a través de un diálogo con los saberes instituidos, puede apelar a la promesa, que es la dimensión profética del quehacer intelectual.

El intelectual opera a través de la persuasión. Construye un público gracias a un uso imaginativo, poético, del lenguaje. Un uso que conmueve, que emociona y moviliza, pues redefine la percepción del presente y hace nacer la esperanza de un mejor futuro. Despierta ilusiones en torno a la posibilidad de hacer algo grande, hermoso y verdadero.

El intelectual se presenta como un abogado de los ideales colectivos. Pero también es un poeta y un soñador. Tiene que calar hondo, pues en su intento de subvertir el sentido común ya están insinuados los caminos del cambio, del encuentro con ese futuro que entusiasma.

La figura del intelectual es netamente moderna, aunque en ella se conjugan modelos de ejemplaridad presentes en otras tradiciones. En efecto, el intelectual como guía y orientador es una figura laica, pues su dominio acaba en este mundo. Es decir, ofrece un camino de salvación, pero de una salvación para esta vida. No obstante, en esta figura hay un trasfondo religioso, una santidad laica: el intento de elevarse sobre el sentido común supone esfuerzos y sacrificios que son básicamente gratuitos, ya que el intelectual está al servicio de la causa que él mismo ha creado, de un compromiso asumido en libertad. Y su vida está en juego. Tratar de guiar el espíritu de una colectividad es una apuesta que no tiene garantías de éxito ni de recompensa. Otra faceta de modernidad en el intelectual es la apelación al diálogo y la razón. No son verdades de fe proclamadas por alguna autoridad lo que él defiende. Son los valores civilizatorios en principio aceptados por todos. Y su defensa es argumentativa y poética. Por ello es persuasiva.

El intelectual no existe sin un público, que en un inicio es hipotético pero puede llegar a ser masivo. Es el caso, por ejemplo, de José Carlos Mariátegui y las 72 ediciones de los 7 ensayos. Y entre el público y el intelectual están los modos de comunicación: la voz, la escritura, la imagen. Pero el intelectual depende sobre todo de la escritura, pues este es el modo de comunicación que más favorece una elaboración reflexiva de aquello que se va a compartir, es decir, el diálogo con las voces que resuenan en su cabeza. Aunque tampoco puede descuidarse la imagen. Así, en este libro presentamos a siete escritores y a un pintor, Francisco (Pancho) Fierro.

Ricardo Palma y Manuel González Prada son o, en todo caso, desempeñan la función intelectual, pues pretenden proveer a sus contemporáneos y sucesores de un mapa de la situación y un camino para mejorarla o salir de ella. Hablamos de la propuesta de un nacionalismo criollo, de un proyecto de colectividad centrado en el olvido de la fragmentación étnica en el común empeño de imitar lo europeo y rechazar lo indígena. Y también de la temprana recusación de esta perspectiva.

Ambos, Palma y González Prada, fueron, sin embargo, figuras relativamente aisladas, únicas. Para que surja una generación de intelectuales, hubo que esperar hasta los inicios del siglo XX, a la generación del Novecientos, que inaugura el quehacer intelectual menos literario, más empírico y sistemático. De esta generación revisaremos Paisajes peruanos, de José de la Riva Agüero, pues esta obra representa su momento de mayor lucidez. Es la propuesta de una refundación republicana que acabe con la servidumbre indígena e integre realmente al país. Es la radicalización del nacionalismo criollo. Una tarea que tendría que realizar la juventud capaz de desprenderse de sus intereses personales, sensible al llamado de lo grande. Pero estamos hablando de una época donde la formación, y el ejercicio, de una capacidad de pensamiento está solo al alcance de muy pocas personas, de aquellas que no precisan trabajar, pues tienen rentas que les permiten vivir.

Poco después, desde la provincia surge una respuesta desgarrada al nacionalismo criollo. Es una reafirmación de lo indígena, en sus facetas de raza, cultura e historia. El mundo criollo, dice Luis E. Valcárcel, puede ser arrasado por una tempestad de furia y violencia indígenas. Se equivocan quienes piensan que el indio es un ser abyecto que tiene que regenerarse. La cultura indígena que anima las almas de las masas campesinas está plenamente viva y, además, está renaciendo. Tal impulso puede tomar dos caminos: o una guerra de razas o la integración en una comunidad donde la impronta indígena será decisiva.

La situación cambia con el paulatino desarrollo de la prensa y el periodismo a inicios del siglo XX. Desde entonces, es posible vivir de pensar y escribir. Surgen intelectuales entre las clases medias emergentes. Sin olvidar a Valdelomar, Mariátegui es el momento culminante. Y su propuesta es hacer confluir indigenismo y socialismo, imaginar un camino propio hacia un futuro reconciliado. Mariátegui va más allá en el camino abierto por Manuel González Prada y continuado por Luis Valcárcel.

La última estación de nuestro recorrido es José María Arguedas. En su obra, mucho de lo que Mariátegui había planteado como ideas descarnadas se convierte en historias que nos hacen acceder al mundo de la vida de personas concretas. Y aunque Arguedas no se oponga al socialismo, la fuerza de su vida está en el énfasis indigenista, en el logro de una afirmación cultural que haga posible la descolonización del imaginario indígena y criollo. Quizá la prefiguración más lograda de este camino se encuentra en Ernesto, el joven protagonista de Los ríos profundos. Ernesto encarna una figura de inocencia, de rechazo a la doblez de quienes proclaman solemnemente la ley para inmediatamente infringirla. Y también la figura de un mestizo enraizado en el mundo indígena.

El punto de partida, la prehistoria de los proyectos nacionales, está representado por Pancho Fierro, pues el genial pintor mulato nos entrega, en sus imágenes, la visión de un mundo en el que es omnipresente el hecho colonial, donde las ideas de democracia e igualdad no han dado aún lugar a una aspiración por constituirse como comunidad nacional. Y en el medio de nuestro itinerario introducimos el análisis de ciertas historias del manuscrito de Huarochirí, el texto colonial que con mayor fidelidad y entusiasmo recopila la mitología indígena prehispánica. Esta presentación no es arbitraria, pues en estos manuscritos es perentoria la necesidad de fundar un «nosotros», los indígenas. Entonces, se reafirma la pretensión indigenista, aquella que recusa el proyecto criollo, pues se hace evidente que los pueblos nativos sí tienen una historia, una matriz cultural que continúa, transformándose, hasta el día de hoy.

Se podrá observar: ¿solo ocho autores? ¿Por qué no incluir a Víctor Raúl Haya de la Torre, Jorge Basadre, Víctor Andrés Belaunde, Mario Vargas Llosa, Alberto Flores Galindo? ¿Y qué pasa con los peruanos más universales, que han calado hondo en la naturaleza humana, como César Vallejo y Gustavo Gutiérrez? Y ello por no mencionar sino ausencias muy evidentes. No voy a defender mi selección a rajatabla. Hay bastante de arbitrariedad en el sentido de que estas decisiones obedecen en mucho a mis propios límites y no tanto a requerimientos de este estudio. Límites que me han restringido al espectro de los autores presentados. De todas maneras, creo que los intelectuales seleccionados son los que elaboran los horizontes de una posibilidad nacional para nuestra convulsa sociedad.

Y como el lector podrá percatarse, no solo interesa la obra de los intelectuales. También me concierne la vida que la genera. Se trata de investigar cómo así, en una biografía todo confluye hacia la elaboración de un proyecto de vida que resulta sugerente para muchos, ya que pretende incluir a todos. Para empezar, son necesarios la lucidez y el coraje para introducir una ruptura en el sentido común, para hacer hablar a lo que ha sido acallado y que la gente estaría dispuesta a escuchar solo si fuera dicho de una manera realmente persuasiva. El intelectual se encuentra desgarrado entre su cotidianeidad más o menos confortable y su pretensión de santidad y heroísmo, de donde surge el llamado a la acción que formula a sus contemporáneos. Pero al menos los autores que presentamos supieron manejar esa tensión: en realidad todos ellos fueron políticos en el sentido amplio de la palabra, aunque ninguno hizo política partidaria significativa. Se resistieron a crear partidos, o fracasaron en ese empeño. En todo caso, entendieron que lo mejor de sí mismos no estaba en la organización de partidos o en la forja de discursos pedagógicos. Ninguno de ellos fue un líder político de masas; tampoco fueron grandes oradores. De alguna manera, decidieron que la investigación y la escritura eran los medios para producir nuevas, e interpelantes, visiones de futuro. Ese fue su papel. Y ese papel es ya bastante.

II

Como el intelectual, la idea de nación es también distintivamente moderna. Surge cuando el empuje del humanismo universalista del proyecto moderno choca con las múltiples tradiciones locales. Entonces, si en un inicio la Ilustración francesa del siglo XVIII tiende a instituir los derechos del hombre como una realidad universal, la propia dinámica de las circunstancias lleva a restringir esta pretensión a los derechos del ciudadano de un estado-nación. Quedan excluidos de este reconocimiento, en ese momento, los no franceses, las mujeres, los esclavos negros. La lección es clara: el espacio de realización de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad no puede ser, en lo inmediato, la humanidad toda. Esta realización tiene que tener un ámbito predefinido por la historia. Por la conjunción del lenguaje, la memoria, los intercambios económicos y el acotado espacio de la soberanía política. En todo caso, la idea de nación se enraíza específicamente en la fraternidad, en la existencia de un deber moral para con los otros; un deber llamado a convertirse en una costumbre, en un principio cuya validez se da por descontado. Reconocer la dignidad del otro, guardarle una actitud de respeto y simpatía: ese otro es como yo, y me identifico con él, es como mi pariente. Nos unen muchas cosas. Compartimos antepasados, costumbres y tradiciones, y la voluntad de vivir como iguales, ayudándonos, de acuerdo a ley.

La idea nacional impulsa la igualdad. Nadie tiene que reclamarse como más o sentirse como menos, pues todos tenemos los mismos derechos. Un Estado sin nación no puede ser democrático, como lo atestigua en forma contundente la historia peruana. En el Perú, el racismo y el orden colonial continúan marcando la vida cotidiana pese a la legalidad republicana y la consagración formal del principio de igualdad de derechos. Entonces, el sentimiento de conciudadanía, que lleva a respetar al otro como una persona que tiene los mismos derechos que yo, es aún muy débil. La solidaridad y la fraternidad son también actitudes que no están in-corporadas en la conciencia de los peruanos. Esta situación es el caldo de cultivo de la transgresión sistemática de la ley que caracteriza a nuestra vida colectiva.

El nacionalismo es la ideología que impulsa la realización de la idea nacional. Supone la identificación-construcción de un «alma colectiva». Una suerte de «esencia» que no se puede definir con precisión, aunque sí puede reconocerse cuando, por ejemplo, nos encontramos con un compatriota fuera del país. En ese encuentro se toma conciencia de lo mucho que se comparte. Y también de todo lo que separa. En todo caso, la afinidad facilita la comunicación.

El sentimiento de pertenencia a una nación es medular para la formación de la identidad personal en el mundo moderno. Es decir, ser parte de una comunidad nacional es un vínculo que define en mucho a quienes lo comparten. Todo individuo se desarrolla por medio de la afiliación a múltiples grupos. A través de estos vínculos, interioriza, hace suyos, valores y actitudes que caracterizan al grupo y que pasan a ser el «subsuelo histórico» de su individualidad. Entonces, la familia, el barrio, la escuela, y más tarde el trabajo, son espacios sociales concretos que dejan sus marcas en las personas. Pero estos espacios están permeados por una cultura que los vertebra y que corresponde a la comunidad más vasta en la que ellos están inscritos. Esa comunidad puede ser la tribu o el grupo étnico. Pero en el mundo moderno la comunidad que tiende a prevalecer es la nación. Identificarse con la nación a la que se pertenece es algo paradójico, pues supone la aceptación voluntaria de un vínculo que se ha impuesto, que no hemos escogido. Y esta identificación tiende a ser la más gravitante; es una influencia que confluye decisivamente en la estructuración de la subjetividad de los individuos.

De nuestra condición de peruanos, los habitantes de este país no derivamos aún un sentimiento de seguridad y poder. Obsérvese un partido de futbol, una feria de negocios, un encuentro académico: los ciudadanos peruanos no están muy vinculados entre sí, y cada uno no se siente enraizado en una tradición que lo respalda y empodera. Ser peruano no es una situación que se viva con el orgullo que podría merecer. A veces, el alarde chauvinista pretende sustituir a la convicción serena de pertenecer a una comunidad valiosa. Pero la misma exageración propia del alarde pone de manifiesto una debilidad que se quiere ocultar o negar.

Esta inseguridad en torno al valor de lo peruano, que cohíbe y limita, nos remite a la precariedad del nacionalismo peruano, aún en pleno proceso de germinación. Nos remite a una sociedad en la que el colonialismo está muy interiorizado como un modelo, o ideal, que avergüenza y que arrincona lo indígena, el elemento más original y más reprimido de la historia peruana.

Hay muchas clases de nacionalismos. En algunos casos, la función civilizatoria es desfigurada por un desarrollo narcisista. Surge entonces un sentimiento de superioridad, de estar llamado a un destino especial: una vivencia arrogante, de supremacía, que impulsa a la agresión. El nacionalismo adquiere entonces un sesgo regresivo, pues la nación ya no es el espacio inmediato de realización de los ideales universalistas sino una comunidad de gente que se alucina superior. En el caso del Perú esta posibilidad regresiva no representa un peligro mayor. Más bien ocurre lo contrario: en nuestro país el nacionalismo no ha logrado aún cumplir su función civilizatoria. Poca es la solidaridad y mucha la desigualdad. Entonces la reivindicación nacional se vincula a la lucha por la inclusión social y por la cristalización de un orgullo bien fundado, que recoja la originalidad de los aportes que se han hecho desde esta parte del planeta.

El nacionalismo peruano no podrá basarse en una idea mística de raza, ni siquiera en la postulación de un fenotipo «oficial», pues así se marginaría, y se haría invisible, a demasiada gente. Tendrá que fundamentarse en una mezcla entre las tradiciones que compartimos, o que hacemos nuestras, y el propósito de vivir juntos bajo el imperio de una ley y un Estado. Una vida colectiva inspirada en los ideales de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Solo así, desde la imagen de una nación reconciliada con su pasado, y comprometida con su futuro, será posible una colectividad tolerante con su diversidad, capaz de emprendimientos colectivos, y que impulse en sus habitantes un sentido de potencia, pues en estas tierras ya se ha hecho bastante y ello es un buen augurio de que se podrá hacer más.

La reflexión sobre cómo apresurar la cristalización nacional ha sido una constante en la historia peruana, pero los momentos culminantes de esta reflexión han respondido a etapas graves y traumáticas. La post-Guerra del Pacífico enterró las ilusiones de un progreso rápido, basado en las riquezas del guano y el salitre. El mismo conflicto puso en duda la existencia de una nación hizo evidente la fragmentación étnica en la sociedad peruana. En la década de 1920, el tema recobró urgencia con los cuestionamientos indigenistas del proyecto criollo. Otro tanto está ocurriendo en los tiempos que corren a raíz de los cambios sociales masivos traídos por la explosión demográfica y el crecimiento de las ciudades. Y, también, por la sangrienta insurrección de Sendero Luminoso y la respuesta violenta del Estado y de las fuerzas del orden. Aún no somos una nación, pero es dominante la aspiración a serlo. El informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, del año 2003, representa un impulso para no quedarnos en la superficie de las cosas, para hurgar hondo en los males del país. Impulso que se va a generalizar ahora, cuando se aproxima la fecha en que la república peruana cumple doscientos años de fundada. Hay un potente residuo de magia y cabalismo en esta clase de aniversarios. La cifra doscientos nos inquieta a pensar el significado del aniversario que se aproxima. No podemos dejar de hacer un balance de lo hecho y lo pendiente. Sin (auto)flagelaciones ni falsas complacencias. Y este libro quisiera ser parte de tal impulso.

III

Esta investigación se enraíza en mi propia vida. Casi está demás decir que yo también comparto la urgencia por decir «nosotros». Desde niño me estremeció la desigualdad y la injusticia sobre las que se construye la vida cotidiana. Habiendo nacido en el lado de los favorecidos, desde siempre me turbaron los privilegios. Rechacé algunos y he convivido con otros. En todo caso, mi vida ha sido de esfuerzo. Y lo mejor de ella ha estado dedicado a tratar de investigar nuestra realidad. He tenido suerte, pues, aunque no sea yo el llamado a juzgar la significación de lo que pueda haber logrado, sí he tenido la posibilidad de estudiar, leer y conversar. En realidad, he leído y escuchado mucho, muchísimo. Esta pequeña introducción, por ejemplo, se nutre del diálogo con un gran número de autores. De todos he tomado un poco, pero lo que he escrito no lo he leído en ninguno.

Disculparán los lectores que no incluya las referencias en esta introducción. Quizá se me pasó la mano. Pero es también por el cansancio hacia cierta escritura académica que, morosa en el desarrollo de sus ideas, y sin premura por comunicarse con públicos más amplios, hace un uso proliferante pero muchas veces decorativo de las citas. Una escritura dirigida a otros autores eruditos que reconocerán y citarán sus textos, de modo que se conforma una comunidad especializada donde quien comienza a publicar se ve precisado, para ganar estimación, a citar a diestra y siniestra, mientras que aquellos que están en el vértice superior del sistema pueden darse el lujo de elegir sus citas según la conveniencia de su argumentación y su pretensión de hacer escuela, apostando por ciertos jóvenes valores. Entonces cabe hacer un llamado a una escritura más dinámica y esencial.

IV

Y ahora me toca la liberadora felicidad de agradecer. En primer lugar a la Pontificia Universidad Católica del Perú, mi hogar académico. En retrospectiva, me doy cuenta de que ingresar a su planta docente es lo mejor que pudo sucederme. Aquí he encontrado un espacio de diálogo con colegas y estudiantes que ha sido siempre estimulante y comprometedor. También una política de fomento de la investigación que se traduce en la posibilidad de semestres sabáticos y becas postdoctorales. Precisamente mucho de este libro fue escrito en Madrid, en una entrañable y permanente conversación con el doctor Jesús González Requena, profesor de Análisis de la Imagen de la Universidad Complutense de Madrid. Aprovecho para dejar constancia de mi agradecimiento por todo lo que he aprendido junto a él.

El Instituto Riva Agüero, mediante su concurso de ayudas de investigación, me concedió los fondos que me permitieron contar con la colaboración de Silvia Agreda Carbonell, así como realizar viajes a distintas partes del Perú. En esas jornadas entrevistamos a muchos artistas e intelectuales en función de identificar las visiones de futuro insinuadas en sus obras. Toda esta información, en mucho ya procesada, será la materia de un próximo libro. Entonces mi agradecimiento a Silvia y al Instituto, en la persona de su director, José de la Puente Bruncke, por su confianza y apoyo. Además, este apoyo, ofrecido por alguien que proviene de una tradición intelectual distinta a la del Instituto, pone en evidencia la amplitud de quienes lo dirigen, pues no demandan incondicionalidad sino un sincero compromiso con la búsqueda de la verdad.

En la PUCP, la maestría de Estudios Culturales ha sido, en estos últimos años, mi referencia inmediata. Se trata de un emprendimiento interdisciplinario, una apuesta por generar un espacio de convergencia entre las Humanidades y las Ciencias Sociales. El diálogo con Víctor Vich y Juan Carlos Ubilluz, y con los estudiantes, me ha permitido divisar mejor mi camino. Y también debo mencionar al Grupo de los Zorros, reunido en torno a la lectura, primero, de la novela póstuma de Arguedas y, luego, comentando el manuscrito de Huarochirí, en una empresa que felizmente no parece tener término a la vista, pues en el grupo se vive la alegría de compartir encuentros con la antigüedad peruana. En este grupo tengo que mencionar a Rafael Tapia y a Cecilia Rivera. Por otro lado, desde hace mucho tiempo sostengo un diálogo permanente con Carmen María Pinilla. Hemos trabajado, al mismo tiempo, a José Carlos Mariátegui y a José María Arguedas. Mucho me he beneficiado de sus libros y de nuestras conversaciones.

En el laborioso proceso de edición de este libro, he contado con el inestimable apoyo de Eleana Llosa. Sin su prolijidad y profesionalismo, mi vehemencia no hubiera tenido la guía que le ha permitido convertirse en un texto preciso. Le agradezco igualmente las numerosas sugerencias que han mejorado mis planteamientos. En este mismo aspecto hago extensiva mi gratitud a Patricia Arévalo que tomó a su cargo la última revisión de este texto.

Y a mi familia —Patricia, Florencia, Rómulo— le tengo que agradecer el sustento afectivo que me permite mirar con ilusión el futuro.

Finalmente, dedico este libro a la memoria de Alberto Flores Galindo y de Carlos Iván Degregori. Ambos muy cerca de encarnar esa figura idealizada del intelectual que describo en las primeras páginas de esta introducción.

Capítulo 1

Pancho Fierro y la crítica al colonialismo como condición del surgimiento del proyecto criollo

I

Ante todo, presentamos la única foto que tenemos de Pancho Fierro (1807-1879), el gran acuarelista limeño (figura 1). Fue redescubierta en 1986. Aparece elegantemente vestido, con el codo derecho reposando en una mesa y con un libro en la mano. Si los retratos suelen suponer un ajuste de expectativas entre el modelo y el artista, en este caso el acuerdo presenta a Fierro como un hombre digno y vinculado al mundo de la cultura. No obstante, lo que realmente sobresale es su mirada, apacible pero perspicaz, capaz de calar hondo, como lo demuestran las imágenes que nacen de su mano.

¿Qué hace visible esa mirada? ¿Cuál es el discurso sobre Lima implícito en sus acuarelas? La crítica tradicional ha tendido a valorar a Pancho Fierro como uno de los fundadores de la cultura criolla, de ese criollismo que hermana, en el culto al ingenio y la jarana, a una población extremadamente variada. Pero, como veremos, no es tal la conclusión de este ensayo. Por el contrario, la obra de Fierro testimonia una ciudad segregada y heterógenea, lejos aún de la venerada homogenización criolla. Pero una ciudad donde se están dando las condiciones para crear un «nosotros»; una comunidad nivelada por la mezcla, la anarquía y el empobrecimiento general que suceden a la Independencia. Cuando germine ese nosotros, y la tradición criolla sea propuesta como el espejo de lo nacional, entonces las imágenes de Fierro serán postuladas como semilla y modelo de lo peruano. Entonces, aunque la tradición criolla trató de apropiarse de sus imágenes, es un hecho que la obra de Fierro es más ambigua y compleja, pues también revela la jerarquía, la diversidad y lo singular de la Lima de su época.

Figura 1. Pancho Fierro, ca. 1870 (fotógrafo anónimo). Archivo Estudio Courret Hermanos.

En las líneas que siguen trato de reconstruir el camino que me llevó a la conclusión anunciada. Para empezar, este camino significa reconocer en Fierro a un gran artista, un creador capaz de producir obras que son «un vehículo de significado que tiene que ser desempaquetado» (Danto, 2003, p. 12)¹. Es decir, revelar una verdad profunda a través de un conjunto de imágenes que la crítica debe esforzarse por traducir en palabras.

Para hacerlo, el primer paso fue «sumergirme» en sus acuarelas. Verlas una y otra vez. A mi trabajo le es esencial la dimensión intratextual: deletrear las imágenes, como dice Jesús González Requena (2006), describirlas en detalle. Esto no significa ignorar o descuidar la dimensión intertextual pues en necesario colocar la obra de Fierro en el contexto de su época, y reconstruir las influencias que recibió y transformó. Pero empezaremos estudiando algunas de sus imágenes en la idea de calibrar su veracidad; es decir, la hondura con que calan en la vida social. Trataremos luego de definir la mirada, o el deseo, desde donde las elaboró. El siguiente paso será identificar el lugar social, la trayectoria biográfica, que está en la raíz de un arte tan sincero, desprovisto de segundas intenciones. Y continuaremos así, advirtiendo diversas facetas de su obra, hasta regresar, con muchos más elementos, a la conclusión anunciada. En toda esta aproximación se hará evidente la grandeza del genio de Pancho Fierro.

Figura 2. Pancho Fierro, Procesión cívica de los negros (1821). Fierro, 2007, p. 113.

II

Para iniciarnos en el mundo de Fierro, voy a analizar tres acuarelas que testimonian la reacción del mundo de los negros frente a la declaración de la Independencia efectuada por San Martín.

La imagen de la figura 2 fue bautizada por Ricardo Palma (1833-1919) como Procesión cívica de los negros (1821). En realidad, Fierro no solía poner nombre, ni fecha, ni firma a sus acuarelas. Pero es evidente que nos acerca a la posición de los negros frente a la Independencia. Fierro retrata a cuatro personajes que comparten un júbilo festivo y celebratorio que tiene como restricción y trasfondo una actitud que puede calificarse como devota. Una actitud que justifica el nombre de «procesión cívica» que Palma le da a la acuarela de Fierro. La alegría cautelosa de la escena resulta de que el goce de los protagonistas está como frenado por un ritual de inspiración religiosa, un ritual donde se trata de performar la humildad y la sumisión a algo trascendente. La actitud contenida se insinúa en la mirada de los tres primeros personajes, todos ellos observando concentradamente algo que está por encima de ellos. Probablemente el estrado donde San Martín está escenificando el rito fundador de la República: la declaración de la Independencia. O, en todo caso, el rito que en los siguientes años conmemorará el repudio del vínculo colonial. San Martín emplea las siguientes palabras: «El Perú desde este momento es libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende ¡Viva la patria! ¡Viva la Independencia!» El primero de los personajes porta una bandera que es, en realidad, la segunda bandera del Perú, ideada en 1822, y que por tanto no puede haber sido

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