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El Perú visto desde las ciencias sociales

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El Perú visto desde las ciencias sociales

Longitud:
614 página
8 horas
Publicado:
Feb 1, 2017
ISBN:
9786123172190
Formato:
Libro

Descripción

Aportes desarrollados por la Facultad de Ciencias Sociales desde el punto de vista de cada una de sus especialidades: Antropología, Ciencia Política y Gobierno, Economía y Sociología.

La Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP fue fundada en 1964 con tres áreas de especialización: Sociología, Ciencias Políticas y Desarrollo Económico —que más adelante se transformó en Economía—, y en 1967 se agregó la especialidad de Antropología. Aunque Ciencias Políticas solo duró hasta 1971, en el año 2005, luego de más de tres décadas, se incorporó a la facultad la especialidad de Ciencia Política y Gobierno.

Este libro está conformado por artículos de profesores representativos de cada una de estas disciplinas. En ellos aportan perspectivas diversas que promueven la excelencia académica y amplían la producción de conocimientos, contribuyendo
—como ha sucedido a lo largo de cincuenta años— al progreso y desarrollo del país.

El volumen incluye investigaciones emblemáticas realizadas a lo largo de la historia de la facultad, así como trabajos recientes que responden a los problemas actuales del país, a los retos del escenario internacional y los avances en la academia mundial, en el marco de la internacionalización y la interdisciplinariedad.
Publicado:
Feb 1, 2017
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9786123172190
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Libro

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El Perú visto desde las ciencias sociales - Alan Fairlie Reinoso

978-612-317-219-0

Introducción

Durante sus cincuenta años de existencia, la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú ha realizado un aporte fundamental a las ciencias sociales y al desarrollo del país, pues se ha enfocado en buscar la excelencia académica, ampliar el conocimiento de las disciplinas que la conforman y en aplicar diversas teorías y metodologías a la reflexión sobre la realidad social que permitan plantear políticas e iniciativas adecuadas para el Perú.

Este libro tiene como objetivo presentar al lector una primera aproximación a los diversos aportes desarrollados por la Facultad de Ciencias Sociales desde el punto de vista de cada una de sus especialidades: Antropología, Ciencia Política y Gobierno, Economía y Sociología. Así pues, esta publicación constituye un paso clave para evaluar con mayor profundidad la trayectoria de estas ciencias en nuestro entorno, así como para proponer una mirada hacia el futuro de estas disciplinas. En este sentido se publicó anteriormente el libro El Perú desde las aulas de ciencias sociales de la PUCP resultado de una investigación impulsada por el profesor Carlos Contreras, en la que se plasmaban reflexiones y balances de varios catedráticos de la facultad. En los artículos que siguen se ha optado por complementar esta valiosa contribución, con un enfoque disciplinar.

A continuación presentamos cuatro secciones que corresponden a cada especialidad. La primera incluye tres artículos a cargo de Alejandro Diez, Óscar Espinosa, Gerardo Damonte y Luis Espinoza, investigadores de la especialidad de Antropología. Estos trabajos muestran la trayectoria académica de esta disciplina desde sus inicios entre los años 1967 y 1970. Sus recuentos empiezan elaborando los enfoques propuestos por los profesores Juan Ossio, Manuel Marzal S.J. y Fernando Fuenzalida acerca de la realidad social y cultural del campesinado andino, territorio y etnicidad y la religión en el Perú. Luego los artículos dan cuenta de los cambios ocurridos a raíz de la incorporación de nuevas generaciones de profesores. La especialidad va incorporando acercamientos como los estudios culturales y el posmodernismo, se enfrenta a nuevos retos relativos a la globalización, la organización autónoma de los pueblos andinos y amazónicos, la expansión y embate del mercado, el creciente interés del Estado por los programas sociales y la inclusión social. Así, el artículo de Damonte y Espinosa se centra en el conjunto de estudios vinculados al territorio, el medio ambiente y la etnicidad.

En la segunda sección se presentan tres artículos a cargo de profesores de la especialidad de Ciencia Política y Gobierno, que aspiran a presentar y discutir dos temas centrales: el Estado y la participación política, así como los debates teóricos sobre procesos políticos que protagonizaron docentes de la facultad. Estos capítulos exploran el desarrollo, características y motivaciones de la disciplina en los últimos cincuenta años y subrayan cambios y continuidades interesantes en los temas tratados y en los enfoques teóricos utilizados, lo que permite a los autores discutir las preocupaciones teóricas y prácticas que los llevaron a realizar un balance sobre el producto. Jorge Aragón analiza la producción académica sobre la participación política de los sectores populares en el Perú con el fin de reconstruir un itinerario intelectual a partir de sus principales contribuciones y limitaciones. En el texto de Martín Tanaka se analizan algunos de los debates más importantes protagonizados por profesores de la facultad referidos a la interpretación de los acontecimientos políticos del país. Se concluye que los aportes más significativos lograron un equilibrio entre una ciencia social «comprometida» políticamente y el desafío de construir un conocimiento «científico» de la realidad social y política. Asimismo, dichos aportes dieron cuenta del contexto y de las particularidades del Perú, dentro de marcos conceptuales más sofisticados y desde una perspectiva comparada. Finalmente, se tocan cinco temas vinculados a la autonomía y la capacidad del Estado; la descentralización y gobiernos locales; la incorporación y ciudadanía; y el Estado y la interculturalidad.

En la tercera sección se presentan cuatro artículos de la especialidad de Economía, los que buscan comprender analíticamente los problemas de la economía peruana en los últimos cincuenta años y explorar posibles soluciones desde el ámbito público y privado. En un primer artículo, a cargo de Gustavo Ganiko, Patricia Leguía y Liu Mendoza —con el apoyo de Oscar Dancourt— se presentan discusiones en torno a los problemas macroeconómicos y monetarios que son analizados desde diversas perspectivas e inferencias de política que incluyen el debate, el diseño y la implementación de políticas macroeconómicas relativas a políticas fiscales y monetarias. En el artículo del profesor Mario Tello se presenta un balance de las investigaciones publicadas en los últimos quince años referidas a la economía internacional y al desarrollo económico nacional y local. Tello concluye que con estos estudios se ha permitido mejorar la comprensión de los procesos de regionalización, descentralización y desarrollo económico nacional, regional y local, así como el impacto de los acuerdos regionales y las políticas comerciales. El tercer artículo, a cargo del profesor Efraín Gonzales de Olarte, se centra en los documentos elaborados sobre problemas económicos de distribución, desigualdad y pobreza en el Perú, partiendo de una reflexión sobre su naturaleza controvertida y su dimensión normativa, además de un posible dilema entre desigualdad y crecimiento. Gonzales de Olarte infiere que esta producción académica lleva a postular hipótesis aún válidas. El último capítulo, elaborado por la profesora Janina León, reúne estudios de temas variados, no cubiertos en capítulos anteriores, a los que organiza desde perspectivas microeconómicas, históricas o metodológicas. León presenta los principales aportes de los trabajos en temas sobre mercados, equilibrio y regulación, consumo y demanda, unidades económicas de producción, finanzas, mercados de trabajo, pensiones, bienestar, pobreza y desigualdad, políticas sociales, educación y salud, bienes públicos, recursos naturales y medio ambiente. También trabaja sobre perspectivas desde la historia económica, y temas varios incluidos ética y economía, la economía como disciplina científica y la investigación académica en economía.

En la cuarta sección se presentan dos artículos de balance desde la especialidad de Sociología con los que se busca promover la discusión intergeneracional en torno a cuatro temas que han sido claves en la discusión y producción del conocimiento de esta especialidad en la PUCP. Estos artículos exponen la evolución de los debates entre distintos enfoques para acercarse a los temas de desigualdad social, discriminación, imaginarios urbanos, desarrollo y política pública. Se exploran en detalle las tendencias de cambio sobre nuestra ciudad y en otras ciudades latinoamericanas, así como diversos acercamientos para abordar la discriminación racial, étnica y social en las ciencias sociales peruanas. Así, en estos artículos se intenta dar cuenta de las transiciones más importantes que ocurrieron en temas sociales claves, además de contextualizar la aparición de distintos enfoques y distintas maneras de acercarse a asuntos que han estructurado los estudios sociológicos desde la PUCP.

Finalmente, quiero agradecer a los colegas que brindaron su tiempo y su esfuerzo para realizar estos artículos que implican movilizar una visión de procesos de producción del conocimiento. A los coordinadores de cada sección va nuestro reconocimiento: Norma Correa, Eduardo Dargent, Janina León y Silvana Vargas, ya que sin su apoyo no hubiera sido posible la realización de esta publicación. Asimismo, agradezco a los comentaristas de los artículos que fueron presentados durante sesiones públicas: los profesores Sinesio López, Guillermo Rochabrún, Myriam Quispe, Carlos Eduardo Aramburú y a los estudiantes que apoyaron este proceso: Milagros Rejas y Sebastián Arguelles.

Especialidad de Antropología

Trayectorias académicas compartidas: haciendo antropología en la PUCP

Alejandro Diez Hurtado

Elementos para una introducción

Existen varios balances sobre la trayectoria de la especialidad de Antropología en la Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP, elaborados precisamente en las celebraciones por los aniversarios, más o menos con una década de diferencia (Osterling, 1979; Marzal, 1986; Altamirano, 1995, 1996; Diez, 2008), aunque también hay algunos análisis en el escenario de las ciencias sociales peruanas y latinoamericanas (Aramburú, 1978; Ossio, 1990). Nos insertamos en dicha trayectoria de autoanálisis y sumamos en años, pero también en la lectura académica de nuestra trayectoria. Todos estos balances —incluido el presente— son textos reflexivos sobre la antropología en la PUCP y se inscriben en dos tipos de consideraciones analítico-metodológicas.

En primer lugar, existe una serie de estudios analíticos sobre el desarrollo de la antropología peruana y la enseñanza en la antropología en particular. Se cuentan entre ellos trabajos que ensayan balances generales que incluyen artículos sobre temas específicos (Rodríguez, 1985; Diez, 2008), en los que se consideran trabajos de balance sobre las diversas escuelas de antropología del país. Degregori (2009) y Romero (2008) han publicado también algunos balances sobre las condiciones del desarrollo de nuestra disciplina en el Perú, así como sobre su enseñanza (Degregori, 2001)¹. Todos estos trabajos, a su vez, se inscriben en una línea de reflexión sobre la producción de conocimiento en la periferia (Lander, 2000) y, en particular, sobre las posibilidades de desarrollo de nuestra disciplina fuera de los centros hegemónicos tradicionales (EE.UU., Francia e Inglaterra, en particular). Se desarrollan así una serie de trabajos sobre antropologías «propias», «periféricas», «del sur» (Krotz, 2011) que han convergido en un grupo de reflexión y análisis sobre «antropologías del mundo» (Lins & Escobar, 2008).

En segundo lugar, se trata de un texto «autoetnográfico» pues busca analizar y describir procesos vividos por los propios protagonistas y discutidos entre nosotros mismos. Sin ser precisamente la etnografía de una sociedad específica, buscamos un análisis de procesos hecho desde adentro y, de alguna manera, tomando partido en el convencimiento de la calidad del trabajo disciplinario realizado por nosotros mismos. Ello plantea, obviamente, el problema de la distancia, o más precisamente de su ausencia, y aun así buscamos inscribir este trabajo como análisis institucional antes que como testimonio.

Pero, además, el marco del desarrollo de la Antropología en la PUCP —y en el Perú— se vincula a los procesos y contextos cambiantes del país, con mayor o menor grado de implicación, pero nunca desvinculado de aquellos. Sin desmerecer voces y balances más autorizados sobre los cambios en el país, nos atrevemos a señalar tres grandes «momentos» que han condicionado el desenvolvimiento académico y profesional de la antropología en los últimos cincuenta años. El primero corresponde al periodo de reinstauración de la democracia seguida de su ruptura con el gobierno militar reformista. Se trata de una etapa marcada por la imperiosidad de las reformas y las políticas voluntaristas para transformar y modernizar el país. Es entonces cuando se crea la Facultad de Sociales de la PUCP y cuando las ciencias sociales se conciben como instrumentos orientados a facilitar los cambios sociales necesarios para el país. El segundo periodo corresponde al viraje del Estado hacia las agencias privadas de desarrollo como agentes principales del desarrollo del país. Se consolidan las ONG que se convierten en uno de los principales destinos laborales de los antropólogos, transformados en «especialistas sociales» en la promoción rural y urbana. Esta etapa es interrumpida por los años de guerra interna que generan cierto alejamiento del trabajo de campo por su peligrosidad, al mismo tiempo que se introduce una serie de nuevas perspectivas analíticas. El tercer periodo corresponde a la segunda mitad de la década de 1990, cuando cambia la orientación económica del país y con ello se diversifica sensiblemente el espectro laboral, al abrirse a múltiples escenarios y posibilidades: Estado, empresa o sociedad civil; en múltiples campos del desarrollo, pero también del ejercicio profesional. Corresponde también al periodo de intensificación de las comunicaciones: teléfono e internet, que facilitan la circulación de conocimiento y aceleran la circulación de la producción y el conocimiento académico global, pero también se desarrollan las vías de comunicación internas, que «acercan» de alguna manera el campo antropológico.

La especialidad de Antropología se integra a la Facultad de Ciencias Sociales algunos años después de su creación. A principios de la década de 1960 existía en el Instituto Riva-Agüero un pequeño núcleo de investigadores vinculados a la Sección de Etnología, que formaban parte de la Sección Doctoral de Etnología de la entonces Facultad de Letras. En 1967, la Universidad decide trasladar la sección a la recientemente creada facultad, con el nombre de Departamento de Antropología, cuyo primer plan de estudios fue encargado a Aída Vadillo de Romaní, en colaboración con el profesor Emiliano Aguirre, antropólogo físico de la Universidad Complutense de Madrid (Osterling, 1979). Es a partir de este núcleo fundador que se desarrolla posteriormente la especialidad y cuyo proceso pretendemos desplegar en este capítulo.

Nuestro recorrido por la trayectoria de la especialidad de Antropología en la Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP supondrá el recuento de tres procesos paralelos y concomitantes: primero, el de la creación y las transformaciones en el plan de estudios y en la formación en Antropología, entre 1968 y el 2014. Al respecto es necesario describir los cambios producidos y sus motivaciones, para mostrar la voluntad de ajuste, transformación y adaptación a nuevas evoluciones de la especialidad y las actuales exigencias del trabajo antropológico. Luego, abordaremos las generaciones de docentes y alumnos, los agentes que han hecho la antropología en la PUCP, para lo cual mostraremos el proceso de creación y renovación de un cuerpo docente bastante estable, así como las fluctuaciones en el alumnado y la graduación, a lo largo del tiempo. Finalmente, se muestra un balance general del trabajo de investigación en Antropología, a partir de las publicaciones de los docentes y las tendencias en los temas de investigación en memorias de bachillerato y tesis de licenciatura. Cerramos el capítulo con una breve reflexión del balance del proceso, las trayectorias y sobre todo, las continuidades en la formación de la Antropología en la Facultad de Ciencias Sociales.

La formación en los planes de estudio

El actual plan de estudios de la especialidad es el resultado de un largo proceso de creación y ajuste de cursos y contenidos durante cuatro décadas. Si bien se puede decir que los planes de estudios experimentan continuamente una serie de modificaciones, desde los años de su creación podemos hablar de un conjunto de cuatro grandes procesos de ajuste y cambio, con el fin de adecuarlos a las exigencias del desarrollo de la especialidad, al contexto en el que esta se desenvuelve, así como a los cambios en las orientaciones de la formación y la preocupación por sus resultados.

El plan original se fue armando hacia finales de la década de 1960, conforme se sucedían los primeros ingresos de los estudiantes en la facultad y la especialidad (1967-1969). El primer plan era, por así decirlo, generalista y muy marcado por la formación general en ciencias sociales. Por esos años, la formación teórica y metodológica era en Sociología y Métodos Sociológicos y Estadísticos. La formación básica en antropología dependía de una secuencia de cursos de Antropología Cultural y Antropología Física (1 al 4 en ambos casos), así como de una serie de cursos de Etnografía de Áreas Culturales (Mesoamérica, ibérica, mundial), que se completaba con cursos temáticos disciplinarios (Prehistoria, Demografía, Lingüística y otros); los espacios geográficos eran tratados en cursos de Sociología Rural y Urbana. Se incluía, finalmente, un seminario de Trabajo de Campo.

En 1972 y hasta 1975 se suceden una serie de cambios en el plan de estudios que le darán por primera vez un carácter exclusivamente «antropológico», con lo que se establecieron las bases de una formación propiamente disciplinaria. Teóricamente, el modelo se estructura a partir de tres cursos sucesivos de teoría (Durkheim, Marx y Weber) y tres cursos de Pensamiento Antropológico (por transformación de los cursos de Antropología Cultural y Estructuralismo, que duraron poco tiempo) y por una serie de cursos metodológicos que incluían Metodología, dos cursos de técnicas y métodos y un curso de estadística. A ello se suman cursos etnográficos como Etnografía Andina, Antropología del Bosque Tropical y Antropología de la Ciudad, y una serie de cursos de antropología comparativa, además de los ya existentes de Religión, Folclor y Parentesco (Economía, Política, Simbolismo y ritual, Campesinado). La formación en investigación se organizaba sobre la base de seminarios (rural, selva y urbano). Esta formación se realizaba en dos años de facultad, tras los dos de Estudios Generales establecidos para toda la Universidad. La licenciatura suponía un año más de estudios, consistente en un semestre de trabajo de campo, de 15 créditos, y una serie de cursos regionales etnográficos (Mesoamérica, África, otras regiones). Este plan ha proporcionado, en gran medida, el canon de la formación de antropología en la PUCP: aun cuando ha experimentado una serie de cambios, buena parte de la formación actualmente existente (particularmente el conjunto de cursos comparativos así como el trabajo de campo) proviene de esos años, así como las categorías de cursos con los que actualmente contamos.

Entre 1975 y 1989 ocurren pequeños cambios que no alteran ni la estructura ni las categorías de cursos que se imparten en la disciplina: se modifica varias veces el número de créditos (se suman más cursos a la formación); se crean cursos nuevos como Antropología y región y Antropología del desarrollo (1985), que reemplazarían a los cursos etnográficos de otras partes del mundo; varios cursos pasan del bachillerato a la licencia y viceversa —entre ellos la exigencia del trabajo de campo que pasa al bachillerato en 1985—. El cambio más significativo fue la transformación de los seminarios «geográficos» por seminarios orientados a la elaboración de las tesis: se crean así un Seminario 1 (Proyecto de investigación) y un Seminario 2 (Supervisión de tesis) hacia 1979; en 1985 se elimina de la currícula el curso de Metodología.

A instancias de los alumnos, en 1990 se introducen algunos nuevos cursos y se hace una serie de cambios en la estructura: los cursos se clasifican formalmente en categorías (teóricos, etnográficos, comparativos, metodológicos y profesionales); se busca fortalecer el proceso de elaboración de tesis y se cambia la orientación de los seminarios convirtiéndolos en «Seminario de teoría» y «Diseño de trabajo de campo»; se incrementa el número de créditos de técnicas y métodos, se reducen los del Trabajo de campo de 12 a 6, y se considera la posibilidad de desarrollar el trabajo de campo durante un semestre lectivo o en dos periodos vacacionales. Además, se crea el curso de Técnicas de promoción para fortalecer el componente profesional de la formación. Varios años más tarde (1996) se introduce el curso de Ética y Deontología.

Hacia finales de la década de 1990 se inicia un nuevo ajuste al plan, que sienta los principales componentes del currículo vigente. Se hace un primer cambio en la secuencia de cursos teóricos, al reducir las tres teorías existentes a solo dos: una para teorías clásicas y otra para teorías contemporáneas. En la secuencia metodológica se eliminan los seminarios y se reorganizan los cursos en una secuencia de tres cursos de métodos, independientes del proceso de elaboración de tesis. El trabajo de campo se ubica como último curso de la formación y se introducen las Prácticas de campo, para entrenamiento y experiencia previa (2000). Los cursos electivos se clasifican en profesionales y temáticos, y se crea un conjunto de nuevos cursos: Diseño y evaluación de proyectos, Educación, Antropología peruana y Análisis de discursos; además se ubica el Trabajo de campo en el ciclo 11, instituyendo como parte del plan lo que para entonces era ya práctica habitual entre los estudiantes². El proceso de ajuste continuaría en años sucesivos. En 2003 se crea el curso de Diseño de proyecto y, sobre todo, se introducirían las modalidades colectivas de evaluación para los cursos orientados a la elaboración de la tesis de licenciatura. Este ciclo de reformas del plan, iniciado en 1998, tiene su último episodio en 2011 cuando los tres cursos de pensamiento se integran a los de teoría, lo que genera una única secuencia teórica de cinco cursos.

Más allá de los diversos cambios, el programa de formación en Antropología ha mostrado una serie de constantes a lo largo del tiempo. Entre estas se cuentan: 1) una secuencia de cursos teóricos; 2) el perfeccionamiento constante de la línea de cursos metodológicos; 3) la formación etnológica, por una serie de cursos de carácter temático comparativo; y, 4) la insistencia y persistencia en el trabajo de campo como parte central de la formación. A ellos les podemos sumar dos características más recientes, generadas en los procesos de cambio en los planes de estudio: 5) la introducción de cursos para la formación profesional; y, 6) la generación de una secuencia ordenada de cursos orientados a la elaboración de una tesis³. Lo particular del plan de estudios no se fundamenta en la existencia de estos tipos de cursos, sino en el proceso continuo de revisión, perfeccionamiento y ajuste, orientado a una mejor formación antropológica y a la disponibilidad de un cuerpo docente especializado, con capacidad suficiente para hacerlo efectivo.

Hacia el futuro, tenemos una serie de ajustes pendientes. En primer lugar, revisar y mejorar los contenidos de las secuencias teóricas; luego regular y revisar los cursos de prácticas de campo, vinculándolos más con la secuencia metodológica. Asimismo, perfilar la secuencia de cursos orientada al ejercicio profesional —actualmente, la principal ocupación de nuestros egresados—; revisar la secuencia de cursos orientada a la graduación para mejorar la tasa, además de ajustarla a la nueva Ley Universitaria. También es preciso mejorar la articulación entre los cursos del pre y posgrado, orientando la formación hacia la maestría como nivel de graduación —de la misma manera como las lógicas de graduación pasaron del bachillerato a la licencia en la década de 1990—. Parte del proceso pasa por la consolidación de las líneas de investigación y trabajo de elaboración de tesis.

Docentes y estudiantes

La historia de la Antropología en la PUCP es indisociable de la historia de su cuerpo docente y de sus estudiantes. Una de las fortalezas de nuestra especialidad en la PUCP es haber podido atraer y consolidar un cuerpo docente estable y productivo, renovándolo e integrándolo como un equipo de trabajo para la investigación y la formación. La historia de la institucionalización de la disciplina corresponde a los procesos de reclutamiento y renovación de la plana docente.

En sus primeros años, la especialidad contaba con los profesores integrantes del taller de Etnología del Instituto Riva-Agüero, Aída Vadillo y Jean Vellard, a quienes se suman una serie de profesores visitantes como Emiliano Aguirre y Jürgen Riester. Sin embargo, serían los profesores incorporados en los años siguientes los que darían a la especialidad su sello distintivo. A lo largo del tiempo, encontramos cinco «ciclos» de incorporación de docentes. El primero con la creación de la especialidad, cuando se incorporan Manuel Marzal, Fernando Fuenzalida, Enrique Mayer y Luis Millones. Este grupo de profesores involucraría pocos años después a Juan Ossio, Teófilo Altamirano, Alejandro Ortiz, Alejandro Camino y Carlos Eduardo Aramburú (los dos últimos egresados de la especialidad). Estas dos generaciones constituían un cuerpo docente joven, lo que explica, en parte, que siete de los nueve se mantengan como profesores de Antropología en el transcurso de veinte, treinta e incluso cuarenta años⁴, hasta que a inicios del nuevo siglo empiezan a jubilarse.

Hacia finales de la década de 1980 e inicios de la siguiente, aproximadamente quince años después de la primera generación, se incorpora un tercer grupo de docentes: una combinación, como en la anterior década, de profesores formados en otras universidades, como Juan Ansión, Jeanine Anderson y John Earls, con profesores egresados de la PUCP, como Norma Fuller, José Sánchez y Cecilia Rivera. Con ellos crece el cuerpo docente, que se compone de cerca de una docena de profesores nombrados a tiempo completo. Con los nuevos docentes llegan también nuevos temas de investigación. Hacia la segunda mitad de los años noventa se inicia un cuarto ciclo de incorporaciones y crecimiento en la disciplina, con la incorporación de Alejandro Diez, Gisela Cánepa y Alexander Huerta-Mercado, seguidos pocos años después por Óscar Espinosa. Finalmente, en los últimos cinco años se han venido incorporando a la planta profesoral una serie de jóvenes antropólogos, con los que el cuerpo permanente de profesores se aproxima a la veintena. Todos ellos son egresados del pregrado de la facultad, con posgrados en el extranjero.

A este cuerpo profesoral habría que añadirle un número bastante grande de profesores contratados que han pasado en diversas épocas por la facultad, algunos de ellos por varios años, aunque sin ser contratados a tiempo completo o sin ser nombrados de manera permanente; el trabajo de formación y de investigación en antropología ha sido siempre tarea compartida entre el cuerpo de profesores nombrados a tiempo completo o medio tiempo y los profesores especialistas invitados.

Generaciones de profesores de Antropología PUCP

(nombrados y a tiempo completo), 1968-2014

Todos estos profesores, en distintas décadas y de diversas generaciones, han sido y son habitualmente identificados como «antropólogos de la Católica», una suerte de marca de afiliación que es sinónimo de calidad antropológica en medios académicos nacionales y extranjeros.

Los profesores de Antropología exhiben un conjunto importante de características recurrentes que explican el tipo de formación que se imparte. La primera tiene que ver con la estabilidad del cuerpo docente: la formación ha reposado básicamente en la duración de un mismo cuerpo de profesores a lo largo de varias décadas; la convivencia y la estabilidad docente han sido y siguen siendo una fortaleza de la especialidad. La segunda ha sido su capacidad para incorporar nuevos miembros, lo que produce intercambio y reemplazo generacional, además del crecimiento del cuerpo docente de manera ordenada y programática. Ello está relacionado con la organización interna del cuerpo docente, que más allá de las tensiones y diferencias, se organiza para trabajar colectivamente.

Una tercera característica es el alto grado académico y la diversidad de escuelas en la formación del cuerpo de profesores. La mayor parte de los docentes en Antropología son doctores graduados tanto en universidades norteamericanas como europeas, lo que asegura la diversidad y complementariedad de enfoques. Con ello, se alcanza la categoría de una serie de academias antropológicas que comparten la ventaja de contar con docentes de diversas orientaciones, lo que enriquece la enseñanza y la investigación⁵. Todos los docentes incorporados durante la última década y media tienen una formación de base en la PUCP, pero estudios de posgrado en distintas universidades; se aprecia también un incremento en el número de docentes con posgrados obtenidos en Estados Unidos con respecto a aquellos que lo han obtenido en Europa.

El conjunto de profesores tiene además cierta especialización, tanto en sus temas de investigación como en las materias que enseñan, con lo que existe, dentro la plana docente, cierta estabilidad y consistencia en la asignación de la carga docente. Si bien es ideal que haya más de un profesor susceptible de dictar una materia, lo cierto es que hay recurrencias que han durado décadas, como el dictado de los tres cursos de Pensamiento por Manuel Marzal, o los cursos de Antropología Económica y Campesinado dictados sucesivamente por Enrique Mayer, Carlos Eduardo Aramburú y luego por Alejandro Diez, o cursos como Etnografía Andina por Juan Ossio o de Simbolismo y Ritual dictados por Alejandro Ortiz por casi tres décadas. En cambio, otros cursos —como los metodológicos— muestran una gran diversidad y rotación de docentes.

Finalmente, la Escuela de Antropología se ha caracterizado siempre por una relativa cercanía entre profesores y alumnos, favorecida en parte por el limitado número de estudiantes pero también por las dinámicas de «producción» de la disciplina, como en el trabajo de campo así como —y quizá sobre todo— por las características identitarias —etológicas— de la disciplina.

Los alumnos, egresados y graduados

Históricamente, la especialidad de Antropología ha tenido pocos estudiantes. Habitualmente y hasta años recientes, las generaciones de antropólogos estaban constituidas por grupos pequeños; solo con el nuevo siglo empezamos a contar con más de una centena de estudiantes activos. Los registros de matrícula dan cuenta de una veintena de estudiantes de Antropología en los años setenta y una treintena en los ochenta, llegando en algunos momentos a números bastante reducidos de alumnos por promoción. Sin embargo, en la década de 1990 el número de estudiantes crece primero a sesenta hasta llegar a la centena. Con alguna pequeña disminución coyuntural, en el siglo XXI, la población se estabiliza entre los 110 y los 130 estudiantes en los tres años y medio de carrera en la facultad.

Número de estudiantes de Antropología, rangos por quinquenios

Quizá por su número reducido, los estudiantes de Antropología son un conjunto relativamente bien organizado. Cuentan con representantes ante la coordinación de la especialidad y frente a los profesores, asimismo, eligen recurrentemente —aunque no siempre— uno o dos delegados de clase. Habitualmente se organizan en la «asamblea de Antropología». A lo largo del tiempo han animado dos revistas estudiantiles: primero Qantu (1981-1993) y luego Anthropía (desde el 2002), organizadas por comités editoriales entre generaciones. También suelen realizar una serie de actividades anuales, como, por ejemplo, el Coloquio de Estudiantes que se realiza desde 2003, La Semana Amazónica —desde el 2002— y la Semana Afroperuana desde 2011, todas ellas con el apoyo de la Coordinación de Antropología y la Facultad de Ciencias Sociales.

El número de egresados corresponde a la población estudiantil activa, que fluctúa generalmente en la misma proporción, salvo en la primera mitad de la década de los años noventa, cuando varios egresados antiguos regularizaron su condición, al aprovechar el régimen del bachillerato automático. La graduación sigue también las mismas tendencias: la especialidad graduaba en promedio han sido cinco bachilleres por año, durante sus primeros veinte años (entre 1971 y 1990); diez entre 1991 y el 2005; y veinte durante la última década, lo que totaliza, hasta octubre de 2014, casi 500 bachilleres en Ciencias Sociales, con mención en Antropología. Los primeros bachilleres optaban el grado con la presentación de una memoria-tesis, que fue la única forma de graduación durante los 25 años iniciales de la especialidad. Con el decreto ley 23733⁶ la graduación se hizo automática: el 77% de los bachilleres optaron el grado por esta vía y el 53% de ellos, en los últimos quince años.

Bachilleres en Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, 1971-2014, por decenios

El número de licenciados es menor, siendo la suma total algo menos de la mitad del número de bachilleres. Hasta diciembre de 2014 se contabilizaba un total de 225 licenciaturas obtenidas por diversas modalidades. La forma más frecuente ha sido la tesis (79,9%), menos habituales han sido los exámenes de grado —particularmente durante los años ochenta— (6,7%) y más recientemente los cursos de titulación (9,4%).

Licenciados en Antropología. Facultad de Ciencias Sociales, 1971-2014, por decenios

Durante los primeros 25 años, la facultad licenció muy pocos antropólogos, apenas 37 entre 1971 y 1990. En esos años, las tesis eran relativamente escasas; la mayor parte de los estudiantes se contentaba con el bachillerato y dejaban la tesis pendiente. El bachillerato significaba un esfuerzo de investigación junto a la redacción de una tesina: se elaboraron 104 memorias en los mismos años, tres veces más que el número de tesis. La baja producción de tesis se fue revirtiendo progresiva pero lentamente: dos por año en la primera mitad de los noventa y cuatro a cinco por año en la década siguiente. No es sino hasta la última década que se aprecia una escalada significativa: más de diez por año en promedio, después de 2006 hasta la actualidad y aparentemente con tendencia al alza.

Cuando miramos estas cifras en términos de graduación —que solo podemos hacer desde 1991 gracias al registro de egresados—, apreciamos con más claridad el incremento. Si el número de egresados aumenta con el crecimiento del alumnado, el número de tesis de licenciatura se incrementa significativamente en términos absolutos, y crece progresivamente el promedio de tesis por año de 2.2 entre 1991 y 1995 a 13.75 entre 2011 y 2014.

Graduados y licenciados con y sin tesis, 1991-2014

Ello se aprecia también en las cifras de graduación y las cifras relativas al número de tesis sobre los egresados. Los porcentajes de graduados por año exceden el registro de egresados, incluso en el acumulado, lo que responde a la cantidad de egresados de años anteriores que no completaron sus trámites de graduación y que usualmente por exigencias laborales retornan a la universidad y se acogen a la modalidad de bachillerato automático al haber completado cinco años de cursos. En todo caso, el bachillerato es alcanzado por casi la totalidad de los egresados. En cambio, las cifras de la licenciatura exhiben aún un retraso aunque también progreso. Si a principios de los años noventa licenciábamos a menos del 20% de los egresados, esas cifras alcanzan hoy casi dos tercios de los egresados, y cerca de la mitad con la modalidad de tesis.

Tasa de graduación bachilleres y licenciados, 1991-2014, en porcentajes

El incremento del número de tesis responde al crecimiento de la población de estudiantes, pero es sobre todo producto de una serie de cambios sucesivos en los procedimientos, en el proceso de elaboración de la tesis: la asesoría personalizada, la importancia del curso de diseño de tesis y su avance progresivo y pautado, la disminución del periodo del trabajo de campo a dos meses y la exigencia de la presentación de un avance sustantivo para aprobar el curso, la práctica del «repechaje» —conceder un mes para hacer mejoras al trabajo presentado—, además de la formación, capacidades y dedicación de los estudiantes. Todo ello ha significado y equivale a un esfuerzo sostenido, solidario —con los alumnos pero también entre profesores y el trabajo colegiado del cuerpo docente, nombrado y no nombrado—, que significa una carga laboral adicional, asumida con responsabilidad. Han contribuido sin duda, también, la conciencia de una mayor competencia en el mercado laboral, así como los apoyos de la Universidad en los concursos de iniciación a la investigación (Programa de Apoyo a la Iniciación de la Tesis, PAIN) y de elaboración de tesis (Programa de Apoyo a la Iniciación en la Investigación, PADET), ganados por más de una decena de estudiantes de Antropología cada año desde el 2012. Cabe señalar que varios de los alumnos graduados y titulados integran los diversos talleres conducidos por los profesores de la especialidad (Cultura Política, Amazonía, Cultura y Poder).

Las tesis de licenciatura constituyen un aporte importante a la investigación en antropología en el Perú. El número de las tesis y memorias de bachillerato alcanzan un total de 293 trabajos originales de investigación en antropología. A lo largo del tiempo, ello supone cerca de sesenta trabajos por década y cerca de cincuenta en el último cuatrienio.

Memorias de bachillerato y tesis de licenciatura en Antropología, 1970-2014

La investigación en sus ciclos y productos

Durante su paso por la Facultad de Ciencias Sociales, el conjunto de profesores y egresados de Antropología constituyen, indudablemente, uno de los núcleos más importantes de investigación en esta disciplina en el Perú, en las últimas décadas. Ciertamente no es el único pero, con certeza, el más constante y uno de los más productivos. La especialidad de Antropología en la Facultad de Ciencias Sociales ha sido y es probablemente uno de los núcleos de producción del nuevo conocimiento y un referente en la disciplina en el ámbito nacional. Es necesario acotar que el esfuerzo de la investigación del conjunto de los antropólogos PUCP no se ha realizado estrictamente desde la facultad, sino que involucra un conjunto de estudios realizados, en el marco de los trabajos de bachillerato y licenciatura, así como también desde la maestría —que no retomamos en este balance—, el Departamento de Sociales y el CISEPA, y por los diversos talleres que reúnen a profesores, estudiantes y egresados.

Otros artículos en este volumen se ocupan de desarrollos temáticos en investigación de los antropólogos. Aquí solo proporcionamos una imagen del conjunto, del proceso, de los cambios y continuidades en los temas e intereses en la investigación antropológica. Ello supone un esfuerzo de clasificación complejo, porque la investigación antropológica es el resultado del interés y la vocación de profesores, investigadores y estudiantes a lo largo del tiempo, más que un esfuerzo planificado y sistemático. Por ello, presentaremos la investigación en Antropología de la PUCP desde un triple registro: 1) por décadas, 2) por grandes temas y 3) por espacios y lugares antropológicos. Incluimos en este inventario tanto los trabajos de los docentes durante los años que enseñaron e investigaron desde la PUCP⁸, como los trabajos de investigación en tesis y memorias de bachillerato.

La investigación antropológica de la PUCP, entre finales de la década de 1960 y en el transcurso de los años setenta se compone, principalmente, de artículos de los docentes en diversas revistas, del conjunto de tesis sustentadas en el periodo y de un conjunto de libros publicados en su mayor parte fuera de la Universidad. Las revistas Humanidades, primero, y Debates⁹, después, recogen una serie de trabajos de docentes y estudiantes de maestría durante la década.

Es característica del periodo la existencia de cierta distancia entre los temas de investigación de los docentes y los temas de las tesis. Las investigaciones de los docentes se inclinaban, por un lado, al análisis de estructuras sociales y agrarias, formas históricas de construcción de la etnicidad y la articulación entre sociedades tradicionales y modernas, como en los trabajos de Fuenzalida o Mayer, que se publican, principalmente, en el Instituto de Estudios Peruanos (IEP), contribuyendo, ambos, al corpus de trabajos «clásicos» en antropología: El Indio en el Perú (1970), Reciprocidad e intercambio en los Andes (1974), Sistemas agrarios en la cuenca del río Cañete (1979), Land use in the Andes (1979) y Parentesco y matrimonio en los Andes (1980). Por su parte Millones y Osterling trabajan sobre espacios urbanos, el primero sobre los ambulantes y emigrantes, De campesinos a profesionales (1980); y por otro lado, los que tratan sobre los espacios marginales, que se publican con el Instituto Nacional de Cultura (INC): Tugurio (1978).

Más conocidos son los trabajos sobre temas religiosos, entre los que destacan la compilación clásica de Ossio, Ideología mesiánica del mundo andino (1973), los trabajos etnográficos sobre religión de Marzal, El mundo religioso de Urcos (1971), y Estudios sobre religión campesina (1977). En la década de 1970 se publican también los dos primeros trabajos de Ortiz, De Adaneva a Inkarrí (1973), y Huarochirí 400 años después (1977).

En cambio, los trabajos de tesis de los estudiantes se orientaban mayoritariamente al análisis de dos de los principales cambios sociales de la década: la reforma agraria y los vínculos entre el Estado y la sociedad peruana con las poblaciones y espacios amazónicos. Gran número de tesis y memorias de bachillerato se han ocupado de las cooperativas agrarias o las SAIS y de sus procesos en el marco de la reforma agraria. Otro conjunto importante de trabajos se ha ocupado de los procesos de colonización en la selva, de las relaciones entre nativos y colonos, así como el análisis de las comunidades nativas. Hacia finales de la década de 1970 se suman también trabajos de historia y etnicidad en y de poblaciones nativas. Un tercer, pero menor, conjunto de estudios se orienta al análisis de espacios urbanos marginales o periféricos. Estos temas correspondían al trabajo en los talleres de investigación (agraria, amazónica y urbana), en los que participaban estudiantes de todas las especialidades de la facultad.

Para la década de 1980 se produce cierta confluencia entre trabajos de investigación de docentes y estudiantes. En 1983 se empieza a publicar anualmente la revista Anthropologica¹⁰; también se consolida el Fondo Editorial que se convierte en el más importante medio de difusión de las investigaciones de los profesores de Antropología.

Durante aquellos años se publican los principales trabajos de síntesis de Manuel Marzal, como La transformación religiosa peruana (1983), El sincretismo iberoamericano (1985) y Los caminos religiosos de los inmigrantes (1988). Es en esta década cuando perfila y perfecciona su definición de religión y de religiosidad popular. Una serie de trabajos de tesis asesoradas por él tratan sobre religiosidad popular, fiestas y organización religiosa y fiestas patronales y peregrinaciones, con lo que se conforma un conjunto de trabajos etnográficos sobre la religión y la fiesta. Por su parte, Ortiz publica una serie de artículos sobre el análisis de los mitos en la revista Anthropologica. Ansión, que se incorpora a fines de la década, venía trabajando sobre el análisis estructural de los mitos. Es así como publica El árbol y el bosque en la sociedad andina (1986), Desde el rincón de los muertos (1987) y Pishtacos (1989).

Mayer publica en esta misma década —ya desde fuera de la PUCP— parte de los resultados de su investigación sobre la cuenca del Cañete: Comunidad y producción en la agricultura andina (1988) y Cooperación y conflicto (1989), en tanto que Ossio y Medina publican Familia campesina y economía de mercado (1985). Los temas sobre agricultura campesina y comunidades reemplazan a los trabajos sobre el agro reformado.

Altamirano inicia sus trabajos sobre migración a través de Presencia andina en Lima metropolitana (1984) y Migración de retorno en los Andes (1985), Cultura andina y pobreza urbana (1988), lo que da inicio a un conjunto importante de trabajos centrados en las estrategias migratorias, las motivaciones y sobre todo la organización de los migrantes en sus ciudades de destino. Una serie de trabajos de los estudiantes se enfocan también en temas de migración, sobre todo en Lima y algunos elementos de su adaptación en la ciudad. Hay otros trabajos paralelos a los estudios de corte más demográfico realizados por Aramburú, como Migración, campesinado y colonización en Puno (1979), Colonización en la

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