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301 Chistes Cortos y Muy Buenos + Se me va + Colección Completa Cuentos. De 3 en 3

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301 Chistes Cortos y Muy Buenos + Se me va + Colección Completa Cuentos. De 3 en 3

Longitud:
377 páginas
3 horas
Editorial:
Publicado:
Aug 14, 2017
ISBN:
9781370687015
Formato:
Libro

Descripción

301 Chistes Cortos y Muy Buenos
Ainhoa Montañez

Una recopilación de chistes cortos y muy buenos. Una muestra:

–Hola, ¿tiene usted una película que se llama "Tu culo está estacionado”?
–¿Sabe el título en inglés?
–Sí. Your ass is park.

Adivina qué es: tiene ojos y no ve, tiene pico y no pica, tiene alas y no vuela, tiene patas y no camina, ¿qué es?
Un pajarito muerto.

Cuando en un hospital se termina la anestesia, se acabó lo que sedaba.

–Le has dicho a tu hermana que es fea y ahora está llorando. Ve ahora mismo y dile que lo sientes.
–Laura, siento que seas tan fea.

¿Qué tienen en común Batman, un submarinista y una persiana?
Que todos son persianas, menos Batman y el submarinista.

Un ratoncito paseaba con su madre por el campo y pasó un murciélago:
–Mamá, mamá... ¡Mira! ¡Un ángel!

En el médico:
–Señora, ¿usted tiene orgasmos?
La mujer se levanta un momento, abre la puerta y le grita al marido, que estaba sentado en la sala de espera:
–¡¡Manolo!! ¿Nosotros tenemos Sanitas, Orgasmos o Adeslas?
No dejes escapar esta oportunidad.

+

Se me va
Elena Larreal

"Soy una persona muy sociable, aunque mis amigas no existan."

Elena, una esquizofrénica no tratada que habla con sus electrodomésticos, conoce a Román, un chico romántico capaz de hablar con los muertos. Pero también conoce a Hombre Misterioso, un joven que asegura haber absorbido durante el embarazo a su hermano gemelo y que tiene la capacidad de ponerla como una moto. Como pasa con todas las cosas buenas de la vida, Elena tendrá que elegir a uno de los dos. O quizá haya otra salida.

El mejor chick lit en vena. Un novela hilarante protagonizada por tres locos de los que te enamorarás.

+

Colección Completa Cuentos

La colección de cuentos de ciencia ficción y misterio de J. K. Vélez. Mentes de cristal, La asombrosa historia de Marcus Sans, Los ojos del pozo o Ayer provoqué el fin del mundo, relatos que nunca podrás olvidar.

Compra este pack con tres lecturas que disfrutarás de principio a fin.

Editorial:
Publicado:
Aug 14, 2017
ISBN:
9781370687015
Formato:
Libro

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COLECCIÓN COMPLETA CUENTOS

J. K. Vélez


Sin título:Users:jkvelez:Documents:Escritor:amazon:Pack ahorra al comprar 2:Pack ahorra al comprar 2 - 008:Coleccion completa cuentos jkvelez - J. K. Velez.jpg

Incluye los siguientes relatos:

Alexa

Los gatos pueden ser muy persuasivos

Ayer provoqué el fin del mundo

Conclusiones erróneas

De vez en cuando...

La inmutable verdad

Mentes de cristal

El Monstruo

La importancia de morir como Ernesto

Un caso para Mr. Thomas

El más puro terror

Preso

Los ojos del pozo

La asombrosa historia de Marcus Sans

Natalia me cuida, Natalia me protege

Acabando


Alexa

—Pueden tomar asiento.

Alexa entró en la clase en aquel momento y mientras buscaba un terminal libre pensó que aquel era el Maestro más joven que había visto nunca. Sabía que era un Maestro por el mono naranja. Los cadetes, como ella, lo llevaban azul.

—Durante el próximo año seré su Maestro de Precepto de no Intromisión. Si han de dirigirse a mí, lo harán por Curio. No quiero ningún tratamiento especial, ni señor, ni Maestro. Sólo Curio. ¿Queda claro?

La clase asintió en silencio.

—Ahora, vayan poniéndose de pie, empezando por esta fila, y digan su nombre, número de identificación y rango.

Los cadetes obedecieron y los nombres empezaron a resonar en el aula. Alexa empezó a ponerse nerviosa. No sabía su rango.

Todos decían ser cadetes, pero unos eran de tercer orden, otros de cuarto y unos pocos de primero. Alexa se preguntaba por qué su hermana no le había hablado sobre eso.

Aún no había decidido cómo iba a solucionar aquello cuando le tocó a ella ponerse en pie. La cogió tan desprevenida que se quedó sentada, fuera de fase.

—Cadete. ¿No tiene piernas?

—Sí, señor —la voz le tembló ligeramente.

—Veo que no ha estado escuchando. Si por algún motivo debe dirigirse a mí, lo hará por Curio. ¿Lo entiende?

—Sí, Curio.

Aquello sonaba fatal.

 —Con un simple sí hubiera bastado —dijo el Maestro.

¿En qué quedamos?, pensó Alexa, molesta.

—Supongo que tampoco ha escuchado la pregunta. ¿No tiene piernas, Cadete?

—Sí. Aún conservo las dos.

Alguien soltó una risa nerviosa por detrás de ella.

—¿Y por qué sigue sentada?

Alexa se puso en pie de un salto arrastrando la silla hacia atrás, lo cual produjo un ruido bastante desagradable.

—Nombre, número, rango —dijo el Maestro, impaciente.

Alexa pensó que era muy guapo, y aquello acabó definitivamente con el poco control que tenía sobre la situación.

—Cadete, ¿qué es exactamente lo que no ha entendido? ¿No sabe su nombre?

—Alexa, señor.

El Maestro se acercó a ella en tres pasos y le clavó una mirada, dura como el acero, pero azul como el mar.

—No me llame señor.

—¿Por qué?

Por un momento el Maestro pareció sorprendido. Alexa se preguntó si había sido demasiado insolente, pero, finalmente, Curio le sonrió.

—Porque lo odio.

—Curio, entonces.

—Perfecto.

—Es que habla como un militar. Si no le gusta que le llamen señor, podría cambiar de tono —ahora estaba siendo insolente por voluntad propia.

Por lo general era demasiado tímida para hablarle así a un Maestro, pero aquel no era un Maestro cualquiera. Era uno joven y atractivo, y Alexa, sin darse cuenta, había empezado a verlo como hombre. Un hombre que le gustaba.

—Alexa… Es su primer día en esta unidad. Y yo soy el Maestro. Por lo menos durante cinco minutos debemos aparentar que nos tomamos esto en serio.

—Lo entiendo.

—Número y rango.

—Tres-Siete-Siete-Nueve-Dos-Cuatro. Del rango no tengo ni idea.

—¿Y eso cómo es?

Alexa se encogió de hombros.

—¿De qué unidad viene?

—De ninguna, señor.

—Creí que habíamos quedado en Curio.

—Y yo creí que íbamos a tomarnos esto en serio.

—Si vuelve a llamarme señor, aunque sea inintencionadamente, me veré obligado a expulsarla.

—Sí, señor.

—¿Está poniendo a prueba mi autoridad?

—No ha sido intencionado.

—No puedo romper mi palabra delante de los nuevos cadetes. Comprenderá que ahora deba expulsarla.

—Lo entiendo, señor.

—Y dale.

La clase empezaba a murmurar. El Maestro miró al resto de cadetes y preguntó:

—¿Qué hacemos con ella?

Los que estaban más cerca esquivaron su mirada. ¿A qué venía aquello?

—Tú —el Maestro señaló a un chico muy bajo que se estaba inspeccionando la uñas con aparente concentración. —Decide tú. ¿La expulsamos?

El chico permaneció mudo.

—Sí o no. Contesta algo o serás tú el que se vaya.

—Yo… No lo sé.

—Tu nombre.

—Sean.

—Sean, solo quiero un sí o un no. Tienes tres segundos, o haré que metas la mano en esa jaula.

Todo el mundo miró hacia la mesa del Maestro. Había una caja cuadrada tapada con un paño negro. A nadie se le había ocurrido que aquello fuese una jaula.

—Sí o no.

—Sí.

—¿Sí, qué?

—¿Cuál era la pregunta?

—Si expulsamos a Alexa.

—Sí.

—Muy bien. Alexa, recoge tus cosas. Vuelves a casa.

Alexa lo miró de hito en hito. El asintió con la cabeza. Así que Alexa cogió su carpeta, que ni siquiera había tenido tiempo de abrir, y se encaminó hacia la puerta, mientras sus compañeros la seguían con la mirada. Antes de salir del aula se volvió hacia el Maestro. Estaba serio. Pero, ¿qué esperaba? ¿Que le sonriera? ¿Que fuera a decir ahora que todo era una broma, que podía sentarse?

Sin embargo, no podía perder la oportunidad de aprender los Preceptos, así que se armó de valor y dijo:

—Curio, si deja que me marche cometerá el peor error de su vida.

—No lo he decidido yo —contestó el Maestro, señalando al cadete al que había preguntado.

Aquél la miró aturdido y se encogió de hombros.

Alexa salió definitivamente del aula y se encaminó al apartamento que le habían asignado. Antes de llegar a la puerta, dos lágrimas habían empezado a rodar por sus mejillas.

Dos horas más tarde recibió una visita. Era una mujer, un alto mando. Alexa había visto fotos suyas en casa de su padre. No sabía muy bien qué rango tenía pero sabía que era alguien importante.

—¿Qué ha pasado?

—Me han echado del aula de Precepto de no Intromisión.

—¿Curio?

Alexa asintió. No tenía ningún sentido explicar la participación del otro cadete.

—No puedes perder ni una sola clase.

—Pues ya he perdido la primera.

—Ven conmigo.

Alexa la siguió. En los pasillos se cruzaron con algunos de los cadetes que había visto en su aula. Una chica le sonrió. Otros apartaron la mirada.

La mujer no llevaba galones, pero muchos se cuadraron a su paso.

Abrió la puerta del aula del Maestro sin llamar antes.

Curio estaba mirando por una de las ventanas. La Tierra, ahí abajo, parecía un balón azul algo desinflado.

—No quiero saber qué ha pasado.

—Buenas tardes, Aftas.

—Pero vas a tener que reincorporar a Alexa.

—Hacía mucho que no te dejabas ver por estos lares.

—Y quiero que le resumas la primera clase.

—Debe de ser alguien importante para que te tomes la molestia de subir aquí.

Alexa sabía que hablaban de ella, pero no se consideraba alguien importante. Al menos, no sabía que lo fuera.

—¿Ha quedado claro?

—Como el agua.

—Ahora, Curio, si me disculpas.

La mujer que ostentaba un alto pero desconocido rango dio media vuelta, pero antes de irse le dedicó a Alexa una enigmática sonrisa. Una vez solos, Curio dijo:

—Me alegro de que te haya traído de vuelta.

—¿De veras?

Curio se puso a pasear por el aula, con los brazos cruzados sobre el pecho. Alexa pensó que el mono, ceñido al cuerpo, le quedaba estupendamente.

—Tengo que hacerte un resumen de la clase de hoy.

—Eso parece.

En ese momento un chico de unos quince años, la edad de Alexa, asomó la cabeza por la puerta entreabierta.

—¿Es usted un Maestro? —Preguntó.

El chico era rubio, no demasiado alto, y llevaba gafas, lo cual era muy desacostumbrado. Nadie usaba ya gafas. La única explicación posible es que sus ojos fueran inoperables, o que lo acabaran de traer del pasado. Algunas veces, por misteriosos motivos, la Unidad Interespacial traía copias temporales de individuos del pasado. Algunos se quedaban a vivir en el presente. Otros no se acostumbraban y eran eliminados.

—En efecto, lo soy —contestó Curio.

—¿Y ésta es la clase de Precepto de no Intromisión?

—Ésta es, sí.

—Creo que he llegado un poco tarde.

Curio cerró los ojos y buscó el reloj. Los números, en amarillo, aparecieron en la esquina inferior izquierda de su Novisión.

—Bastante, diría yo.

—Perdí el transporte. ¿Hay algo que pueda hacer para recuperar la clase? ¿O debo regresar el año que viene?

—Entre. Precisamente hoy tenía que darla dos veces.

El chico se sentó y saludó a Alexa con un gesto de la mano. Parecía contento de no tener que pasar por el trance sólo. Alexa no podía pasar por una ayudante del maestro, el mono azul la delataba cono estudiante.

—Alexa, ¿quiere sentarse junto a él? Cadete, nombre, número de identificación y rango.

—Samuel Cinco-Cinco-Cinco-Cinco-Cinco-Cinco. El rango no… no sé cuál es.

Alexa lo miró sorprendida. ¿Cómo iba a tener semejante número? Miró de reojo al Maestro, esperando una reacción parecida, pero Curio no se mostró extrañado.

—Bien, Samuel. No pasa nada. Ambos son Cadetes de Quinto Orden. No lo olviden. Aunque usted no creo que pueda, con tanto cinco.

—No, señor.

—Por favor, no me llame señor. Sólo Curio. ¿Queda claro?

—Sí, señor.

—En fin… Empecemos. Presten atención. No soy el típico profesor que suelta un sermón y espera que graben en el nodo lingüístico cada palabra que diga. Vamos a tener una conversación, así que espero participación de su parte siempre. Les pido que no levanten la mano para hablar. Quiero que me interrumpan cuando lo deseen y formulen preguntas o aporten su punto de vista cuando se les antoje. Espero que les quede más claro que lo de… señor.

—Sí, señor.

—El Precepto de no Intromisión nos obliga a no interferir en el desarrollo natural de otras formas de vida. Es una ley universal, lo que significa que hay que cumplirla tanto en la Tierra como en el resto de planetas a los que tenemos acceso, los que están en fase de exploración y los que exploremos el día de mañana.

—En la Tierra no se cumple —dijo Alexa.

—Se cumplirá. De todas formas es mucho más preocupante lo que hagamos fuera de casa, ¿no les parece? La Tierra, a fin de cuentas, podríamos decir que es nuestra, pero en la casa del vecino… Verán. Les voy a exponer un ejemplo claro de por qué es necesario cumplir este Precepto. Hace unos años mi padre salió en una misión de exploración al planeta X367. La raza predominante en aquel planeta era humanoide, casi exactos a nosotros. Pero la gravedad y atmósfera del planeta eran tan distintas que costaba imaginar la razón del parecido físico. La teoría de los Criaderos explicaba que en nuestra galaxia hubiera más de un planeta con formas de vida humanoide, pero, hasta la fecha, todos los humanoides descubiertos respiraban oxígeno.

—¿Qué es la teoría de los Criaderos? —Quiso saber Alexa.

—¿No lo sabe?

Alexa negó, sintiéndose muy poco merecedora de estar allí.

—¿Y usted? —Le preguntó el Maestro a Samuel.

—Tampoco —contestó éste.

—¿De donde salís vosotros dos?

¿Ahora ya los tuteaba? Alexa sintió que había bajado un par de peldaños en su escalera particular hacia el Maestro.

—Veamos. La teoría de los Criaderos se formuló hace unos doscientos años, cuando nuestros investigadores empezaron a buscarle un sentido a que distintas razas humanoides habitaran en varios de los diferentes planetas que íbamos descubriendo y estudiando. ¿No habéis oído hablar de Charles Herbert?

Ambos negaron con la cabeza.

—Está bien. Herbert estudió las diferencias entre las razas humanoides alienígenas y los seres humanos. Dedicó su vida a ello, de hecho. Sus descubrimientos fueron asombrosos. Cada una de las razas humanoides parecía haber evolucionado hasta su forma actual en millones de años, cada una de ellas en un ecosistema completamente distinto al resto, con una gravedad diferente. ¿Cómo era eso posible? ¿Por qué la vida finalmente inteligente había acabado por tomar forma humana en todos esos planetas, a través de su propia evolución? ¿Por qué todos cinco dedos? ¿Por qué la misma estatura media, si algunos planetas tenían cuatro veces la gravedad de la Tierra? Sabiendo la diversidad de vida que hay en la Tierra, y que la forma humana es solo una entre los miles de formas de vida que han habitado nuestro planeta, ¿por qué en sistemas ajenos a la Tierra existían seres que evolucionaban de la misma forma a partir de elementos y entorno distintos, hasta alcanzar una forma humanoide tan parecida a la nuestra? ¿Y por qué las formas de vida no humanoides de esos planetas no llegaban al mismo nivel de inteligencia de las formas humanoides? ¿Por qué las formas de vida humanoides eran las que gobernaban en sus planetas, las que aprendían, las que construían, las que querían salir al espacio?

—Puede que sea el modelo más práctico que se le ha ocurrido a la naturaleza para las formas de vida inteligentes —dijo Samuel.

—Pero la naturaleza no es una forma de vida inteligente, ¿verdad? No decide lo que es práctico o lo que no.

—Quizá sí lo sea.

—Dudo mucho que la naturaleza tenga tal poder de decisión. Prefiero pensar que otros seres, humanoides o no, lo tienen. Vosotros y yo somos pruebas vivientes de que hay vida inteligente (o eso me gusta pensar). Hasta que alguien me demuestre que lo que has denominado naturaleza también es inteligente, además de sabia, yo pensaré que hay formas más concretas tras este misterio. Algo parecido pensó Charles Herbert. La teoría de los Criaderos, que, por cierto, no me explico cómo no conocéis ni cómo habéis llegado a mi clase sin conocerla, dice que todos los seres de forma humanoide, incluidos nosotros mismos, hemos sido programados genéticamente para llegar a este estado, a esta forma. Si la evolución en la Tierra fue un proceso por el cual todos los seres vivos del planeta divergieron, por descendencia directa, a partir de un único origen, quizá ese origen contenía en su misma entidad todos y cada uno de los cambios necesarios para, con el paso de millones de años, llegar a nosotros.

—Pero la evolución también la delimita el entorno y la necesidad, ¿no? —Dijo Alexa. —Si todo estaba escrito en el primer ser que habitó en la Tierra, si el programa de lo que iba a ser ya estaba diseñado, la evolución en sí carece de sentido.

—Esto es como los típicos documentales holovisivos —añadió Samuel. —¿Por qué los peces que habitaban en las profundidades marinas perdieron los ojos? Porque en su hábitat no los necesitaban, no porque fuera parte de un programa.

—Una cosa no tiene por qué anular a la otra. Quizá sólo una de las posibles evoluciones era determinante y las demás estuvieran diseñadas para adaptarse.

—Pero el propio ser humano es fruto de adaptaciones, una detrás de otra.

—Pero bajo el mismo camino marcado. Sólo así se explicaría que en el resto de planetas donde hemos encontrado humanoides, ellos sean tan iguales a nosotros y el resto de especies con las que conviven o de las que se nutren, sean tan distintas. No hay perros. No hay caballos. No hay vacas en los otros mundos. Pero sí hay humanoides.

—Entonces la teoría de los Criaderos dice que en todos esos planetas se plantó una especie de semilla que, sea como fuere, acabó evolucionando hacia la forma humana.

—Humanoide. No digo que ellos se parezcan a nosotros, sino que todos nos parecemos. El ser humano sólo es otro del montón. Pero esa es la idea, más o menos. Lo importante ahora es descubrir quién puso en este cuadrante de la galaxia un criadero de seres humanoides, a millones de años vista, y por qué. Pero no era éste el tema de la primera clase. Os decía que en el planeta X367 la raza predominante era humanoide, y que mi padre, William Cuatro-Siete-Nueve-Cero-Cero-Cinco salió en una misión de exploración. Montaron un observatorio oculto en la órbita del planeta, y otro en la superficie. El Precepto de no Intromisión les obligaba a no interferir ni contaminar su cultura, pero les permitía observarlos siempre que ellos no les descubrieran. Mi padre era de los que querían experimentar con aquellos humanoides, y luego borrarles la memoria, pero no consiguió los permisos necesarios. Dado que aún no le han puesto un nombre coherente al planeta en cuestión, me referiré a la raza humanoide de X367, por el nombre de Siete. Los Siete estaban en plena era tecnológica. Eran muy parecidos a los seres humanos. La mayor diferencia estribaba en que no respiraban oxígeno, como el resto de razas humanoides descubiertas hasta la fecha. Pero por lo demás… Cogedme de modelo. Mi estatura, mi color de piel, número de dedos... Al menos exteriormente. Y en cuanto a ambiciones, también eran idénticos a nosotros. Habían empezado a construir las primeras naves capaces de salir de la atmósfera de su planeta. Las naves aún no eran tripuladas. Las mandaban fuera y recogían datos por radio y telemetría, pero luego no tenían forma de recuperarlas. Sin embargo, avanzaban a gran velocidad en este campo gracias a que su mundo se dividía en cuatro súper potencias que competían entre sí por ser las primeras en salir al espacio exterior. La fecha del primer vuelo tripulado se acercaba, y mi padre, desde su observatorio, estaba aún más nervioso que ellos. Aunque los Siete tenían, como nosotros, animales de compañía, (unos bichos de piel rugosa y enormes ojos de color ámbar) los querían demasiado como para enviarlos en un viaje sin retorno. El primer viaje al espacio exterior tripulado del planeta X367 llevaría a tres humanoides. Nada de animales. Nada de Laikas. Llegó el día, se produjo el lanzamiento y en un primer momento todo fue perfecto. La nave salió de la atmósfera sin dificultad. Pero cuando tenía que empezar a virar para regresar al planeta, cumplida la proeza de salir al espacio, ocurrió algo imprevisible. Tanto los organismos oficiales responsables de aquel lanzamiento como mi padre y su equipo, ocultos en su estación de observación, seguían, pendientes, la retransmisión radiada. Algo en el interior de la nave no iba bien. Los tripulantes gritaban, y el traductor electrónico no conseguía convertir aquellos alaridos en nada congruente. Finalmente la nave se perdió en el espacio. En el planeta no tenían forma alguna de averiguar lo que había ocurrido con la tripulación. La radio dejó de emitir y aquel viaje se convirtió para los Siete en una leyenda. Pero nuestros observadores se transportaron a la nave. Y lo que encontraron les sumió en la confusión. Los tripulantes se habían matado unos a otros. Como los Siete no tenían forma de saber lo que había ocurrido con la tripulación, consideraron la idea de enviar otra nave, pero no hasta lograr que funcionara a control remoto para poder recuperarla en caso de que sus ocupantes perecieran o perdieran el control, como parecía haber ocurrido con los primeros. Tres años más tarde salió la segunda nave tripulada, esta vez con cinco Siete. El lanzamiento fue tan perfecto como el primero. Pero de nuevo, al salir de la atmósfera, la tripulación enloqueció y acabaron matándose unos a otros. Esta vez, sin embargo, los Siete lograron recuperar la nave. La carnicería que encontraron en su interior acabó con sus ganas de enviar tripulantes al espacio exterior. Mi padre seguía investigando las posibles causas de aquello, aunque la burocracia de la Tierra aún no le hubiera dado los permisos pertinentes. No había ningún agente externo que les causara aquella repentina demencia. Nada era distinto en el interior de la nave, ya estuviera en la superficie del planeta o en el espacio. Los Siete sabían lo que se hacían, sus naves eran seguras. ¿Por

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