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301 Chistes Cortos y Muy Buenos + Se me va + El Misterio de los Creadores de Sombras. De 3 en 3

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301 Chistes Cortos y Muy Buenos + Se me va + El Misterio de los Creadores de Sombras. De 3 en 3

Longitud:
694 páginas
9 horas
Editorial:
Publicado:
Aug 12, 2017
ISBN:
9781370998388
Formato:
Libro

Descripción

301 Chistes Cortos y Muy Buenos

Ainhoa Montañez

Una recopilación de chistes cortos y muy buenos. Una muestra:

¿Qué le dice un muerto a otro?
¿Quieres gusanitos?

–¿Y cómo está tu novio?
–Ya no es mi novio.
–Menos mal, era un imbécil y un tarado.
–Ahora es mi marido.
–Hace frío, ¿no?

–¿Cómo te va por el gimnasio?
–¡Brutal! Me salen músculos que ni siquiera conozco. Mira... ¿cómo se llamará este?
–Trapecio.
–Yo a ti también, tío, ¡trapecio mucho!

–Me he liado con una sevillana y me ha llevado a ese sitio de bailar zapateaos.
–¿Tablao flamenco?
–No, no. Hablaba en español. Raro, pero español.

–Papá, ¿puedo usar el coche?
–No, no puedes sin mi supervisión.
–¡Uy, uy! Perdón por no tener superpoderes como tú...

¿Qué es un circuito?
Es un lugar donde hay elefantuitos, caballuitos, payasuitos...

–Camarero, ponga una de calamares a la rumana.
–Perdón, señor, será a la romana.
–Irina, cariño, dile al gilipollas éste de dónde eres...

–Robin, ya va siendo hora de que te dé mi bat-móvil.
–¡Ostras, Batman! ¡Mooooola!
–A ver, apunta: 655...

–Mi novia me dejó, y para colmo, se fue con mi mejor amigo.
–Te entiendo perfectamente.
–¿Te pasó a ti lo mismo?
–No, pero hablo castellano.

–Línea Directa, dígame.
–¡Que me he hecho Gótico!
–Y a mí qué me cuenta.
–Ah, no sé. ¿No había que dar parte por siniestro?

No dejes escapar esta oportunidad.

+

Se me va
Elena Larreal
"Soy una persona muy sociable, aunque mis amigas no existan."
"Dicen que es mejor no prometer nada a nadie porque cuando le dices a alguien que vas a hacer tal cosa, tu cerebro te da la recompensa inmediatamente, sólo por decirlo, y como ya te has premiado ya no sientes la necesidad de hacerlo y no lo haces. Que lo mejor es no prometer nada, sino hacerlo directamente. Es la mejor forma de que ocurran las cosas.
En mi caso, lo de hablar con mis trastos tiene un efecto parecido. Consigo que las cosas pasen antes de que tengan que pasar. Quizá por eso corté tan rápidamente con Román. Cuando no paras de hablar durante todo el santo día con tus cosas, tu cerebro no deja de premiarte. Siento que las cosas dichas son ya cosas hechas y paso al siguiente punto de la lista. Así, mi vida suele ir más rápida que la del resto de la gente."

Elena, una esquizofrénica no tratada que habla con sus electrodomésticos, conoce a Román, un chico romántico capaz de hablar con los muertos. Pero también conoce a Hombre Misterioso, un joven que asegura haber absorbido durante el embarazo a su hermano gemelo y que tiene la capacidad de ponerla como una moto. Como pasa con todas las cosas buenas de la vida, Elena tendrá que elegir a uno de los dos. O quizá haya otra salida.

Un novela hilarante protagonizada por tres locos de los que te enamorarás.

+

El misterio de los creadores de sombras
J. K. Vélez

El libro que estás a punto de comprar ha tardado veinticinco años en completarse. La historia transcurre en los años ochenta porque el escritor comenzó a escribirla en los ochenta, cuando aún era un niño. Si, como a él, te entusiasmaron Los Goonies, no deberías perderte esta novela.

Sinopsis: Un grupo de amigos empieza a darse cuenta de que a su alrededor están pasando cosas extrañas. Los animales parecen vigilar sus movimientos, hay terremotos cuyo epicentro es su instituto y reciben una carta del tío de uno de ellos, un espeleólogo que al parecer puede prever el futuro y que les pide que emprendan una arriesgada misión de rescate. Por si fuera poco hay un asesino en serie pululando por el condado y pronto empezarán a sospechar que algo aún más terrible e inimaginable acecha en las sombras...

Tres lecturas que disfrutarás de principio a fin

Editorial:
Publicado:
Aug 12, 2017
ISBN:
9781370998388
Formato:
Libro

Sobre el autor


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EL MISTERIO DE LOS CREADORES DE SOMBRAS

J. K. Vélez


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AGRADECIMIENTOS

A Sue, lectora ideal y prioritaria. Sin su participación, este libro jamás hubiera podido ver la luz, ni sería lo que es hoy. Ni el libro ni yo mismo. Gracias por esas madrugadas.

A Skippy, por esa mente brillante capaz de diseccionar y corregir cada detalle. Fue él quien pulió esta novela.

Y a mi pareja de entonces, quien creó un lugar en el mundo perfecto para escribir y contribuyó a que hiciera realidad mis sueños.


En un universo infinito,

cualquier cosa que se pueda imaginar

puede existir en algún lugar.

DEAN KOONTZ

1. SINCRONÍA DEL ASOMBRO


LA APUESTA

I

Aquella mañana de 1985, en la tristemente famosa localidad de Bruceville, ambos despertadores sonaron simultáneamente. Había comenzado la carrera. Alice saltó de la cama. Con una velocidad que no la caracterizaba en absoluto buscó sus pantalones y la camisa, a la vez que se deshacía del pijama. Los pantalones habían desaparecido. ¿Dónde diablos estaban? Estaba segura de haberlos dejado junto a la cama, sobre la silla, para no tener que buscarlos cuando empezara la carrera. Se apartó el pelo de los ojos. A veces detestaba ese incordio de melena rubia. Bufó enfadada, pensando seriamente en la posibilidad de raparse la cabeza al cero. Kiwi, su gato, la miraba con aire de culpabilidad desde la puerta.

—¿Me has escondido tú los pantalones? ¡Contesta!

—Roñeu.

Se asomó al pasillo mientras el gato salía disparado. Allí estaban.

—¡Te voy a arrancar los bigotes uno a uno! ¿Me oyes?

Ken sabía que tenía algo importante que hacer. Echó un vistazo a lo que estaba soñando y no vio nada interesante. Paró el pip-pip-pip de su despertador y entonces lo recordó. Echó una ojeada a la mesita. El aparatejo quita-sueños-provoca-ataques-cardiacos le informó visualmente de que llevaba todo un minuto de retraso. Se puso la camisa, los pantalones, el reloj, las za... las za... Las zapatillas no estaban en su sitio. Y eso que lo había dejado todo preparado la noche anterior para no perder la apuesta. Se rascó la cabeza, pensativo. Advirtió el poco pelo que le había quedado tras el corte de su madre la tarde anterior. Le gustaba esa sensación de extrañeza que producía cualquier cambio al principio. Había leído en alguna parte que un ganador es alguien capaz de sentirse cómodo en situaciones nuevas y desde entonces abrazaba todos los cambios con entusiasmo. Resopló enfadado, las zapatillas no aparecían. Por un momento se imaginó a Gandalf escondiéndolas bajo alguna cama. Pero aquel perrillo saltarín de pelo gris estaba en el cielo de los canes desde hacía una semana. Había cambios de los que no se podía alegrar uno.

Finalmente las encontró bajo un montón de ropa sucia y se las puso mientras se preguntaba cómo habrían ido a parar allí. Aunque lo más seguro es que la precaria montaña de ropa se cayera encima de ellas mientras dormía.

Alice se estaba lavando la cara con agua fría. Pensó que él ya estaría desayunando. Se desenredó la mata de pelo de un rubio casi albino y salió a escape hacia la cocina. De camino, Kiwi se le enredó en los pies y estuvieron a punto de matarse los dos. Examinó su relojillo de muñeca. No andaba mal de tiempo, siempre que él no hubiera hecho trampas, aunque estaba convencida de que no las haría.

Ken salió de su cuarto tropezando con un montón de trastos y estuvo a punto de dejar su silueta incrustada en una pared. Intentó acceder al baño. Ocupado. Bajó las escaleras para ir al de la planta baja. En ese momento su padre salía del de arriba.

—¡Ken, ¿tienes que hacer siempre tanto ruido?!

—Tropecé. Lo siento.

—Si limpiaras tu cuarto, pongamos, una vez al año, no te pasaría eso.

El baño de abajo estaba vacío. Se lavó la cara, las manos, se arregló la camisa y fue directo a la cocina. No andaba mal de tiempo y dudaba de que ella se hubiera saltado las normas. Incluso era posible que le llevara ventaja. Alice era tan despistada... Lo olvidaba todo, perdía las llaves continuamente, jamás hacía los deberes. Tenía memoria de pez.

Alice atravesó el umbral de la puerta y se topó con su tía Wanda.

—Buenos días —le plantó un beso en cada mejilla.

—¿Qué tal has dormido?

—Bien, bien. ¿Qué desayunamos?

—Lo que quieras.

—¿Qué? ¿No has preparado nada? Pero si te dije...

—Ay, es verdad... Tu apuesta. Bueno, un segundo. Te hago unos huevos fritos en un plis-plas. No tardo.

Alice se sentó a la mesa de la cocina algo molesta y enchufó una pequeña radio que llevaba allí encima media vida y aguantaba con las mismas pilas desde la edad de piedra. Buscó una emisora local y trató de pillarla bien. Estaban hablando de los últimos movimientos sísmicos, para variar. En un par de minutos se cansó y la apagó. Poco después Wanda le plantaba delante dos huevos fritos entomatados, el paquete de pan de molde y un zumo de naranja recién exprimido, según ponía en el tetrabrik. Alice dio buena cuenta de ello en unos segundos mientras su tía la miraba con una mezcla de admiración y estupor.

Ken abrazó a su madre por sorpresa y ella estuvo a punto de echarse el aceite hirviendo por encima.

—¡Cuidado, cebollo!

—Perdón.

—¿Qué te ha dado esta mañana?

—Nada. ¿Qué haces? ¿Huevos fritos?

—¿No lo ves?

—¿Cuánto les falta?

—Poco. ¿Les echo tomate?

—No, cojo la mahonesa.

—Hay ajonesa, si quieres.

Ken estaba examinando la nevera.

—¿Dónde?

—En la despensa, creo. La compró tu padre ayer. No creo que me lo imaginara.

Ken se sentó a la mesa y encendió una pequeña tele en blanco y negro del año de la pera. Estaban hablando del criminal de la carretera, para variar.

—Apaga eso —su madre le puso delante un par de huevos fritos, dos rebanadas de pan y un vaso de leche recién ordeñada, según rezaba el tetrapack.

—No la apagues —dijo su padre, entrando en la cocina.

—Apágala, Ken. No son noticias para ver desayunando —dijo su madre, en tono tajante.

Una locutora muy repeinada decía algo sobre un tipo que asesinaba de forma horrible y muy irreversible a sus víctimas.

—No la apagues. Cuanto más sepamos de ese loco, mejor podremos defendernos de él —dijo su padre.

—Apaga la tele, Ken. No pienso repetirlo.

—No la apagues, Ken. Que lo haga ella.

—Richard...

—Nellie...

La locutora parecía cansada de la discusión y Ken se acabó el desayuno y se escabulló de la cocina sin llamar la atención. En alguna parte de la casa Patty estaba berreando. Ken subió a su cuarto en busca de la cartera.

Alice revolvía entre sus libros.

—Tía Wanda, ¿me has tocado la cartera?

—¿Con qué propósito iba a perpetrar yo semejante ultraje?

—Me falta un libro.

—El de sociales. Está en el salón, en el revistero. Lo cogí para ver qué os enseñan ahora en la escuela.

—Te aburres mucho, ¿verdad?

—En absoluto.

—Deberías quedar con más hombres.

—¿Siete en el último mes te parecen pocos?

—Mmmm, no. Está bien. Libro recuperado, me voy, tía.

—Chao.

—Chao.

—Diviértete por mí.

—Lo haré.

—Mamá, ¿has visto mi bloc de plástica?

—Richard, apaga esa televisión ahora mismo.

—No pienso hacerlo.

—Mira que te la desenchufo de la pared.

—No te atreverás.

—Da igual, ya lo busco yo.


II

Tras una rápida inspección, Ken encontró el bloc en el revistero del salón. Lo metió en la bolsa deportiva que utilizaba como cartera, se echó la bolsa a la espalda y se despidió de sus padres, que seguían discutiendo en la cocina. Salió al porche, bajó los cinco peldaños y entonces escuchó la voz de su madre a su espalda.

—¿Te he dado el dinero del almuerzo?

—No, pero llevo suficiente.

—Pero tu alimentación entra en el presupuesto familiar.

—Da igual, mamá, tengo prisa. Luego me lo das.

—No te muevas de ahí.

—¡Mamá!

Miró impaciente calle abajo. A duras penas se divisaba la farola de la esquina, pero no parecía que Alice hubiera llegado todavía.

Escuchó la voz de su madre dentro de la casa.

—Richard, ¿has visto mi monedero?

Alice estaba llamando al ascensor, pero éste no llegaba. Finalmente optó por bajar los siete pisos por la escalera, en saltos desesperados de tres, tres y cuatro escalones por rellano. Miró su reloj de pasada. Vaya, Ken debía estar esperándola ya en la frutería.

Ken corría hacia la farola. No estaba dispuesto a perder la apuesta por las ínfulas banqueras de su madre. Cuando llegó se sentó en un portal a esperar a Alice, quien había vuelto a perder la carrera. Pasado un minuto Alice seguía sin dar señales de vida pero en su lugar Richard dobló la esquina, resoplando por el esfuerzo.

—¡Papá!

—Toma, el dinero del almuerzo.

—No hacía falta, yo llevaba dinero.

—Bueno, ya sabes cómo es tu madre.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

—¿Te ha dado flato?

El padre quitó automáticamente la mano que tenía en un costado.

—No. Estoy fenomenal.

—Ya.

—Tu madre me ha dicho que si te traía el dinero me dejaba ver las noticias en la cocina sin protestar una semana.

—Parece un buen negocio pero es mentira.

—Bueno, me vuelvo a casa.

—Ve caminando.

—Descuida.

En ese momento una melena al viento pasó por delante de ellos como una exhalación. Ken se puso en pie de un salto.

—¡¿Dónde vas, idiota?! —Gritó.

Alice le contestó sin dejar de correr.

—¡Quedamos en la frutería, so memo!

Ken se dio una palmada completamente innecesaria y teatral en la frente, muy de anuncio de donuts, y salió en su persecución, mientras su padre trataba de recuperar el resuello y pensaba seriamente en ponerse a dieta.

Por lo general quedaban en la farola, pero el día anterior, Alice se había quejado de que ella tenía que bajar siete pisos y él sólo tenía que salir a la calle. Si quedaban más lejos aún podría tratar de adelantarle, aunque dejó bien claro que él seguía teniendo ventaja. Ken le había sugerido entonces que ella adelantara su despertador un minuto y medio por lo de los siete pisos, pero Alice se había negado en redondo. Tenían, además, algunas reglas tácitas. No valía acostarse vestido y debían desayunar.

Alice llegó a la frutería pero llevaba tal impulso que siguió corriendo hasta el final de la calle para poder ir frenando. En el ínterin estuvo a punto de comerse un árbol.

Ken se paró en la puerta del establecimiento, que aún no había abierto, y se sentó en la acera.

—¿Qué haces? —Le gritó Alice, que después de la carrera parecía toda pelo.

—Se trataba de llegar hasta y esperar en, no de pasar de. He ganado.

—No digas sandeces —Alice volvió hasta él medio corriendo medio saltando.

—¿Sandeces? ¿Desde cuándo eres tan fina?

—No seas gilipollas.

—Ah, eso está mejor. Ya creía que te habían poseído.

—¿Nos vamos o piensas quedarte todo el día ahí sentado?

—No me pienso levantar hasta que admitas que tú pasaste de, y que yo esperé en, y por lo tanto, gané.

—Pues te puedes quedar en, que yo me voy a. Ta luego.

—Vale, vale. Espera.

—He estado pensando...

—Me extraña, la verdad.

—...que mañana podemos quedar en el parque, para completar las tres efes.

—¿Tres efes? —Preguntó Ken, temiéndose lo peor.

—Farola, frutería, y fanco del parque.

—Tú eres tonta.

—¿Nos famos?

Sonrieron y emprendieron el camino hacia la escuela. A simple vista, al tener los dos catorce años, la misma estatura y el mismo color de pelo parecían hermanos mellizos, y aunque no lo fueran de alguna forma se sentían así.

Hacía unos meses habían participado conjuntamente en una de las nuevas clases de expansión personal. Era algo que se habían inventado en su distrito escolar para cubrir el horario de las clases creacionistas una vez que el claustro consiguió expulsar al anterior director del centro. El trabajo en el que participaron incluía una búsqueda de señales distintivas en el compañero de equipo. Según Alice, lo que más llamaba la atención en Ken era su energía y el tono de su voz, que ya sonaba como el de un adulto. Para Ken, lo primero en que uno se fijaba de Alice era en sus ojos, de un azul casi transparente salpicado de puntitos oscuros, y en una sonrisa a medio formar que nunca abandonaba la comisura de sus labios. Por otra parte, su pelo llamaba poderosamente la atención y Ken pensaba que, en conjunto, Alice tenía una gracia especial, aunque no la consideraba la más guapa de la clase.

Estudiaban en una escuela pública y estaban en primero de secundaria. Ella sobresalía en Lengua, era una apasionada de la lectura y de vez en cuando escribía artículos para el periódico de la escuela. Ken, sin embargo, no compartía su pasión por los libros. Prefería pasar el tiempo viendo películas de vídeo y escuchando música. En el colegio sólo destacaba en dibujo.

Era una hermosa mañana de mayo. Regresaba el calor y el buen tiempo. Precisamente la noche anterior habían caído cuatro gotas, pero ahora el cielo aparecía despejado, de un increíble azul, y sólo la estela blanca de un avión lo deslucía.

Pasaron por delante de la casa de Thomas. La ventana redonda de su habitación en el ático estaba cerrada.

—Está cerrada. ¿Eso significaba que está o que no está? —Preguntó Alice.

—Cerrada, que no está.

—¿Seguro?

—Seguro. Antes tiraba piedrecillas para que bajara pero su padre pilló un rebote. Entonces acordamos que cuando estuviera abierta simplemente gritara y si estaba cerrada ya se habría ido para la escuela.

—¿Tan pronto?

Ken se encogió de hombros y siguieron caminando.

—Entonces, ¿quién ha ganado? —Preguntó el chico al rato.

—Yo, pesado. Quedamos en la frutería y yo he sido la primera en llegar hasta la frutería. No hay más tu tía.

Cuando llegaron a la escuela se sentaron en los bancos de la entrada. Tenían casi cuarenta minutos para hablar, cosa que les encantaba porque los dos hablaban por los codos. Thomas no estaba tampoco allí. Poco después aquello empezó a llenarse de gente. Llegó el director y desapareció en el interior del edificio.

—¿Han dicho algo sobre el criminal esta mañana?

—Pues no lo sé, mis padres no me han dejado oír las noticias.

—Yo he oído un rato la radio. Parece que va a haber más temblores.

—Yo el último no lo noté.

—Porque tú vives a ras del suelo. En mi edificio, a partir del tercer piso se fue notando más y más.

—¿Crees que hay peligro esta vez?

—Con estas cosas nunca se sabe. Desde que puedo recordar ha habido temblores y nunca ha pasado nada gordo.

—Porque no ha habido ninguno gordo.

Los minutos pasaban volando cuando estaban juntos y pronto se hizo la hora de entrar. Ken vio pasar a unos amigos y miró su reloj.

—Está a punto de sonar el timbre.

Se iba a poner de pie, pero Alice lo detuvo cogiéndolo del brazo.

—Esperemos aquí hasta que suene.

Ken miró por un momento a sus amigos que ya estaban entrando pero volvió a dejar la cartera en el suelo. Sonrió para sus adentros. A veces Alice era un poco acaparadora, pero eso lo halagaba.

—¿Acabaste el trabajo de historia? —Preguntó ella.

—No, ¿tú?

—Casi. Pero tendré que pasarme por la biblioteca esta tarde, no estoy suficientemente documentada.

Entonces Alice advirtió algo que le había pasado desapercibido hasta el momento.

—¡Si te han rapado! —Lo dijo tan alto que algunas alumnas se giraron para mirar el nuevo look de Ken. —Ya decía yo que te veía algo extraño.

Ken se pasó una mano por el pelo pincho que le había dejado el corte de Nellie.

—Mi madre se empeñó.

—No te queda mal. Pero ahora tus orejas dicen ¡eh, que estamos aquí!

—Ja, ja.

Entonces sonó el timbre. Se levantaron y entraron juntos en la escuela, en dirección a su aula.


PLAN NOVIAZGO REPENTINO

I

Al entrar en clase se llevaron una desagradable sorpresa. Las mesas estaban separadas en formación de a uno. Eso sólo podía significar examen sorpresa de Mark Bloomfield, el profesor de Geografía. Bloomfield pasó lista y fue anotando los que faltaban. Cuando llegó a...

—Thomas Barnes.

... la puerta se abrió y un chico alto, delgado como un palo y con el pelo negro y rizado dijo:

—Presente.

Y se apresuró a sentarse en su sitio ante la mirada de fastidio del profesor.

—Señor Barnes, la próxima vez se lo anotaré como falta.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué?

—Usted pasa lista y yo estoy aquí, éstas son mis cosas, ésta es mi mesa, éste soy yo.

Se oyeron algunas risas por el fondo de la clase.

—Señor Barnes, recuérdeme que después del examen tengamos usted y yo una pequeña charla.

—¿Dónde ha oído eso?

—¿Dónde he oído qué?

—Esa frase tan manida y recurrente. Me resulta usted completamente previsible. Utiliza todos los tópicos de las películas. Es la perfecta copia del perfecto profesor de instituto que se copia a sí mismo.

—No tengo tiempo para esto, señor Barnes.

—Y se copia, y se copia...

—Haga el favor de callarse. Por si no se ha percatado, tenemos examen.

—Muy bien. Perfecto.

—Muy bien. Perfecto.

—Y se copia... ¡Y me copia!

—Ya que lo menciona, señor Barnes, espero que no vuelva a copiar.

—¿Ve a lo que me refiero? No tiene alma propia. Es usted un guión.

—¿De esos que usted escribe? —Se burló el profesor.

Thomas lo miró, ceñudo.

—Touché. Esa es nueva. No me la esperaba.

Bloomfield fue repartiendo fotocopias con las preguntas de su examen sorpresa. Thomas buscó las miradas de Ken y Alice y les guiñó un ojo.

La primera hora fue pasando lenta y tediosa. Ken no solía prestar atención en clase de Geografía e invariablemente suspendía los exámenes sorpresa, aunque Thomas tenía razón. El profesor se estaba volviendo demasiado previsible y si uno andaba despierto podía averiguar cuándo intentaría sorprenderlos con un examen.

La siguiente clase no tuvo nada de particular, pero en la tercera hora, durante la clase de Ciencias, Alice captó un intercambio que ya empezaba a ser familiar y un poco molesto.

Rachel, la chica con más pretendientes de toda la escuela, le pasaba disimuladamente una notita a Ken, que se sentaba tras ella. Ken la leía, hacía una cruz y se la devolvía. Alice dudaba mucho de que estuvieran haciendo una quiniela a medias. Pero no podía rebajarse a preguntarle a Ken de qué iba aquella comedia, aunque si la curiosidad pincelada de celos fuera un tinte para el pelo, Alice, a esas alturas, ya hubiera sido morena.

A la hora del almuerzo se las apañó para quedarse un momento a solas con Ken y sondearlo. Aún no sabía cómo iba a plantear el tema cuando Thomas se les unió y acabó arrastrándolos a una mesa de la cafetería.

—Cómo te pasas con Bloomfield. Al final no te ha dado la pequeña charla, ¿no?

—En el fondo le he hecho un favor. Ahora tiene algo en lo que pensar.

—¿Te refieres a descubrir si es una copia de sí mismo?

—Por cierto, Ken. He visto que Rachel te pasaba una nota —dejó caer Thomas. —¿Qué os traéis entre manos?

Alice agradeció no tener que sacar ella el tema.

—Nada. Me ha invitado a una fiesta.

—¿A una fiesta? —Preguntó Alice como si no le interesara en absoluto.

—No me quedó claro si es su cumpleaños, el de alguna amiga suya o un banquete para celebrar que se han comprado otra casa. Pero me da igual, no pienso ir.

—¿Por qué? —Preguntó Thomas. —Tienes suerte de que te invite. Cualquier otro estaría encantado de que Rachel le invitara a una de sus fiestas.

—Eso mismo piensa ella. Y precisamente por eso no la soporto.

Alice sonrió para sus adentros.

—¿Y tú por qué has llegado tarde? Pasamos por delante de tu casa y el ventanuco estaba cerrado.

—Estoy repartiendo periódicos. Mi economía está a tres metros bajo tierra y escarbando.

—¿Qué ha pasado con tu semanada?

—Congelada. A mi padre lo han vuelto a echar y mi madre está trabajando en dos sitios. Paso de pedirle dinero.

—Si te hace falta algo, no tienes más que decírmelo —se ofreció Ken.

—¡Anda éste! ¿Es que a ti te sobra?

—Más o menos. Mis padres no se llegaron a poner de acuerdo sobre cuánto debían darme y al final cada uno me da lo que cree que debo tener, así que estoy cobrando doble.

—Yo quiero unos padres como los tuyos —deseó Thomas.

Alice sabía que daría mal rollo a sus amigos pero no pudo evitar decir:

—Yo quiero unos padres.

Como siempre que soltaba una de esas se hizo un silencio pesado que finalmente rompió ella misma.

—Creo que tendrías que decirle a Rachel lo que piensas de ella. Así dejaría de molestarte.

—Yo no he dicho que me moleste.

—Pero insiste demasiado. Yo estaría molesta.

—¿Por qué lo dices?

—Bueno... No es la primera vez que te pasa notitas.

—¿Qué pasa, que las lees?

—No, no. Yo...

—¿Las recoges de la papelera para ver qué me cuenta?

—... me he fijado en clase, no es la primera vez que te pasa papelitos.

—Bueno, yo me voy que creo que se aproxima tormenta.

Thomas los dejó solos.

—¿Tiene razón? —Dijo Alice, muy seria.

—¿Quién?

—Él. ¿Se aproxima tormenta?

—No, que yo sepa.

—Me ha dolido.

—¿El qué?

—Que pensaras que cogía vuestras notitas de la papelera.

—No son nuestras notitas, son sus notitas. Yo me limito a marcar el recuadro del No.

—¿Sabes?

—Sé algunas cosas.

—A mí me pasa algo parecido con Rudolf, el de tercero.

Por un momento la mirada de Ken se ensombreció.

—Vamos a pedir, que se nos va a pasar la hora del almuerzo sin haber comido nada.

—¿Pides por mí?

—¿Lo de siempre?

Ella asintió con la cabeza, y Ken se acercó a la barra de la cafetería. Al cabo de unos minutos volvía con el almuerzo de los dos.

—¿Oíste lo que te dije antes? —Dijo Alice.

Ken se hizo el loco.

—Te dije que me pasa algo parecido con Rudolf.

—Ah.

—Cada vez que me lo cruzo me pide para salir.

—Dile que sí.

—¿Estás loco?

—¿No es tu tipo de hombre?

—Para ser mi tipo de hombre debería ser antes un hombre.

—¿No lo es? ¿Le falta algún atributo?

—Ni lo sé ni se lo voy a preguntar.

—Si no empiezas a comer, tendrás que zamparte el bocadillo en clase y compartirlo con la tutora, a quien seguro también le gusta el atún.

—Se me ha ocurrido algo para que nos dejen en paz.

—Come.

Alice pegó un bocado con el que se llevó medio bocadillo para tenerlo contento. Le llevó un par de minutos poder tragarlo y media lata de Fanta para que bajara. Ken se comía el suyo a mordisquillos, convirtiendo el bocadillo en algo parecido a un queso de gruyere.

—Podríamos decirles que ya salimos con alguien.

—Tú y tus historias.

—¿No te parece buena idea? Podrías responderle a Rachel diciéndole que si te invita a su fiesta tendrá que invitar también a tu novia. Y Rudolf no volverá a interponerse en mi camino.

—¿Y a quién vamos a buscar que quiera salir con nosotros, o que quiera aparentarlo?

Alice miró al techo de la cafetería preguntándose si era así de tonto o sólo se lo hacía.

—¿A quién demonios quieres buscar, idiota?

—Oye, sin ofender.

—Tú le dirás a Rachel que sales conmigo y yo a Rudolf que salgo contigo. Todo el mundo nos ve siempre juntos. ¿Quién va a ponerlo en duda?

—Alice, me preocupas.

—Dime que no es una buena idea.

—No es una buena idea.

—Pero no me hagas caso.

—No pensaba hacerlo.

—¡Arggggg!

—La gente te está mirando.

—¡Basta!

—Mira, Alice. Si quieres le diré a Rachel que salgo contigo. Pero te prohíbo que le sueltes a Rudolf que soy tu novio. Ese tío es cinco veces más grande que yo. ¿Ves las falanges de mis deditos?

—Están dentro. Son huesos. ¿Cómo voy a verlas?

—Exacto. Quiero conservarlas y que sigan sin estar a la vista. Las amo. Las adoro. Y lo mismo puedo decir de todo lo demás.


II

El plan se puso en marcha al día siguiente, día en que no hubo apuesta ni carrera matinal. Alice y Ken ultimaban los detalles de camino a la escuela, aunque era más bien Alice la que le decía a Ken lo que debía contarle a Rachel y lo que le diría ella misma a Rudolf.

A mitad de trayecto Thomas se les unió y Alice dejó el tema.

—¿Hoy no repartes periódicos? —Le preguntó Ken.

—Ya lo he hecho. Pero creo que lo voy a dejar. Con esto no gano ni para pipas. Tendré que pensar algo más.

—Siempre puedes recurrir a la trampa, al farseo y al chantaje, que deberían ser tus apellidos —dijo Alice.

—¿Qué le pasa hoy a ésta?

Nada más entrar en clase el profesor de biología les mandó un ultimátum. Era un hombre mayor, de pelo y barba blancos y unas gafas antiquísimas que ensombrecían aún más su dura mirada.

—¡Sentaos! ¡Silencio! Queda muy poco... ¡A callar! ...para que acabe el curso. Este año no hemos hecho disecciones... ¡Silencio!... ni ha habido tiempo para desarrollar... ¡Todo el mundo a su sitio! ... el plan de estudio que me fijé. Como ya no vale la pena empezar nada de lo que tenía preparado, las últimas clases de biología de este curso servirán para fomentar la investigación individual. Quiero que me entreguéis mañana a primera hora un estudio de diez folios sobre el murciélago común.

Se armó un gran revuelo. Gritos. Sorpresa. Indignación. Enfado.

—¡Silencio!

Asco.

—¡Pero es muy poco tiempo!

—¡Que tío más exagerado!

—¿Quién ha dicho eso?

—Sois idiotas. Mañana es sábado. Tenemos todo el fin de semana.

—Anda, es verdad.

—De eso nada. He dicho mañana a primera hora. No os pasará nada por venir a las ocho y media a entregar el trabajo. Os llevará cinco minutos...

—Yo vivo en la otra punta de la ciudad.

—...y tendréis la ventaja de haber madrugado en sábado, lo que os permitirá aprovechar mejor el día.

—Menudo coñazo.

—Yo vengo todos los sábados de ocho a once y no me he muerto.

—Poco le falta.

—¿Quién ha dicho eso?

—...

—En fin. Pasaré lista. —Y tras ello: —¿Cuánto tiempo hace que Ruben Aubery falta a clase?

El delegado tomó la palabra.

—Una semana.

—¿Sabes si vuestra tutora se ha puesto en contacto con sus padres?

—Ni idea.

—Así no se puede llevar una clase. Qué desastre. Bien. Los que tengáis diccionario enciclopédico podéis ir buscando lo poco que digan sobre los murciélagos, el resto podéis ir haciendo la portada.

—¿Podemos utilizar la biblioteca?

—Sí.

Un montón de gente salió disparada hacia la puerta.

—¡Alto ahí! ¡Sólo de cinco en cinco! Todos los que se han levantado irán los últimos. A ver, tú, tú, tú, tú y Rachel. Podéis ir los primeros.

Rachel miró al resto de la clase como diciendo: ¿Habéis visto? Soy la única que tiene nombre para el profesor, los demás sois sólo pronombres personales.

—Señor.

—¿Sí, Ken?

—¿Puedo ir con ellos? Creo que sé dónde encontrar mucha información sobre murciélagos. Luego puedo dejar el libro para los que vengan detrás.

—Puedes ir, pero nada de dejar el libro para los otros, que se busquen la vida. ¡Vamos! ¡Largaos!

Ken se unió al grupo de tús y Rachel, y Alice sonrió para sí.

La biblioteca se hallaba en un aula tres veces más grande que el resto de las clases, al final de un largo pasillo. Cada cual se puso a buscar un libro. En ese momento sólo había una profesora, leyendo en la mesa central, y los seis recién llegados. Ken buscó el libro que se había inventado y como no encontró nada parecido acabó eligiendo la Enciclopedia del Mundo Animal, se sentó en la mesa más alejada y esperó a que Rachel picara el anzuelo mientras hacía ver que leía.

Pasado un minuto, Rachel se sentó a su lado.

—¿Has encontrado algo?

—Aún no. ¿Tú?

Ella negó con la cabeza. Luego se produjo un incómodo silencio. Ken esperó a que ella volviera al recurrente tema de las fiestas que organizaba para poder soltarle lo que habían preparado. Pero, cuando Rachel habló, no fue para decir lo esperado.

—Ha sido un bonito gesto.

—¿El qué?

—Lo de mentir al viejo para poder venir en mi grupo y poder hablar conmigo a solas.

Ken se había quedado con la boca abierta y Rachel se la cerró, aprovechando para acariciarle brevemente el mentón.

—No te preocupes, estoy preparada para escuchar cualquier cosa que debas decirme.

Malo. Aquella no era la Rachel de siempre.

—Bueno. Yo... —empezó Ken, dubitativo.

—Es sobre Alice, ¿no?

—Esto... Sí. Mira, no es nada fácil de ocultar. Ya debes saber que ella me gusta.

—Lo sabe todo el mundo.

—¿Ah, sí? Eh...  Y... para ser sincero... ayer se lo dije.

—A las claras, supongo.

—A las claras.

—Y estáis saliendo.

—Desde ayer, sí.

—Qué rico.

—¿Eh?

—Que eres muy rico. Te has preocupado por mí y por mis sentimientos. Y yo que pensaba que te daba asco...

—¿...?

—En fin. Supongo que eso significa que no vendrás a mi fiesta.

—Pues...

—Porque debes saber que te invitaba porque estaba interesada en ti, pero como estás ocupado, supongo que debo dejarte en paz.

—Sería lo mejor.

—Pues ya está todo dicho.

—Pues eso parece.

Rachel se levantó y antes de irse a otra mesa añadió:

—Gracias por el tacto.

—Gracias por lo de rico —contestó el chico.


III

Ken se quedó pensativo, pasando las páginas de la enciclopedia sin darse cuenta. La actitud de Rachel lo había dejado fuera de juego. ¿Tan transparente resultaba para la chica? ¿Realmente todo el mundo pensaba que él y Alice estaban liados? Y ya que estamos, ¿sentía algo más que amistad por Alice? Encima, Rachel le había dicho que si lo invitaba a las fiestas era porque estaba interesada en él, y, aunque eso ya lo había notado, no esperaba escucharlo de sus labios. Ken se preguntó cómo Rachel había ocultado tanto tiempo que podía ser la chica madura y sincera que acababa de ver.

Estaba tan enfrascado en sus pensamientos que le costó volver a la realidad cuando la profesora lo obligó a ponerse en pie y lo arrojó debajo de la mesa del centro de la sala.

—¿Qué... qué pasa? —Acertó a balbucir.

Había sido el primero en ser arrastrado por la profesora. Ahora el resto de sus compañeros se metían bajo la mesa a hacerle compañía. Estaba tan confuso que sólo se le ocurrió que la profesora se había vuelto loca y quería que jugaran con ella a algún juego estúpido. Luego pensó que quizá se tratara de algún simulacro de algo, y luego ya no pensó nada más porque vio como las estanterías de libros empezaban a balancearse peligrosamente, y eso que la mayoría estaban fijas al suelo desde la primera vez que se habían caído por un temblor. Sólo entonces lo sintió en todo su cuerpo.

Un vaso se hizo añicos cerca de él y le salpicó de agua y pequeños fragmentos de cristal. La profesora acabó de reunir a los seis y les pidió que se mantuvieran abrazados al mismo tiempo que abría los brazos y se unía a ellos. Ken sintió la respiración de Rachel en el cuello. Ella le había pasado un brazo por los hombros y ocultaba su cara entre la mandíbula y el hombro de él, como si fuera una vampiresa y fuera a darle un mordisco y a relamerse con su sangre. El pelo de Rachel le hacía cosquillas y le pareció extraño sentirse tan a gusto en mitad de un terremoto.

Los libros empezaron a caer por todas partes. Aunque tenía una reducida visión desde aquel improvisado refugio se podía hacer una idea de lo que estaba pasando. Entre el estrépito, Ken pudo oír a la profesora, unas cabezas más allá. Estaba rezando. Él no creía en Dios. En realidad, no creía en ningún tipo de divinidad. Y aun así se encontró pidiéndole a alguien que aquello parase pronto. Los dientes se le entrechocaban en la boca. Se sentía como si se encontrara dentro de una campana que estuvieran golpeando con un mazo una y otra vez.

Una estantería se desprendió de sus fijaciones y la parte superior se estrelló contra la mesa que protegía al grupo formado por los seis alumnos y la profesora. Ken supo que Rachel estaba gritando y poco después descubrió que él también lo hacía.

Y de pronto se hizo el más absoluto silencio.

Se miraron unos a otros. Escucharon.

Nada.

—¿Ha parado?

—Parece que sí.

—¿Salimos?

—Todavía no —dijo la profesora. —Puede estar esperando a que nos confiemos para empezar otra vez.

—Señorita, ¿está confiriéndole cualidades humanas a un simple movimiento sísmico?

Rachel se rio nerviosamente y al poco todos estaban riendo, excepto Ken. Por algún extraño motivo, no le parecía del todo descabellado lo que había dicho la profesora.

—¿Quién se atreve a asomar la cabecita?

—Usted es la única adulta.

—Pero recordad que soy una adulta que espera que el terremoto sea conscientemente vengativo.

—Ya me asomo yo.

La cabeza de uno de los compañeros de Ken salió de debajo de la mesa y luego la siguió todo el cuerpo.

—Vaya, qué desastre.

Poco a poco fueron saliendo los demás. Rachel y Ken pusieron en pie la estantería caída sobre la mesa. Los otros se les unieron y empezaron a poner un poco de orden y la profesora miró preocupada el techo de la sala.

—Esas grietas no estaban ahí antes. Creo que deberíamos salir cuanto antes del edificio.

—No se oye ningún ruido —dijo Ken.

Todos lo miraron, inquietos.

—Debería haber un griterío monumental y no se oye nada.

—Bueno, esta sala está más aislada que el resto de las aulas —dijo la profesora.

Ken abrió la puerta y se asomó. Uno de los tablones de anuncios estaba cruzado en medio del pasillo. Más allá, un armario de taquillas había caído sobre la puerta del aula de segundo y había roto el cristal.

No se oía una mosca.

Una inquietante grieta cruzaba el techo del pasillo de principio a fin.

Ken avanzó hacia la clase más cercana.

—Chico —oyó que decía la profesora a su espalda. —¿Dónde te crees que vas?

—No se oye a nadie.

—Debieron evacuar el edificio en cuanto empezó el temblor.

—Quizá hemos sido los últimos en enterarnos —dijo Rachel.

—Quizá estén todos muertos —murmuró otro compañero.

—Seguidme. Ya veréis como están todos en la calle, esperando a ver si se cae la escuela.—La profesora se dirigió a la salida más cercana, procurando que ninguno de los alumnos se quedara atrás. Justo cuando llegaba a la puerta que daba al exterior cayó un polvillo blanco del techo, cubriéndole el pelo y las gafas. —¡Corred! ¡Salid, salid!

Pese a lo que acababa de decirles, ninguno la adelantó. La empujaron para que saliera la primera, aunque con las gafas llenas de yeso no veía dónde ponía los pies.

Al primero que vio Ken fue al profesor de biología. Tenía despeinado todo su blanco cabello, hasta la barba parecía desaliñada, y había perdido las gafas. Detrás de él los alumnos habían sido separados por cursos y los tutores estaban contándolos y recontándolos.

—¡Aquí están los que me faltaban a mí! —Gritó el de biología.

No hubo acabado de decirlo y el resto de alumnos y de profesores rompieron en calurosos aplausos.


IV

Alice apareció de la nada, echó una furibunda mirada a Rachel, que estaba demasiado cerca de Ken para su gusto, y abrazó a éste con emoción, porque había pasado unos minutos de extrema ansiedad pensando que a Ken le había pasado algo.

Rachel, para sorpresa de Alice, le sonrió, y luego se mezcló con el resto de compañeros.

—Rachel me ha sonreído.

—Podrías preguntarme si estoy bien antes de hacer otro tipo de observaciones.

—Que estás bien ya lo estoy viendo. No veo heridas, parece que coordinas, y tus orejas siguen diciendo ¡eh, que estamos aquí!

—¿Por qué no has venido a rescatarme a la biblioteca?—Le echó el chico en cara.

—Lo intentamos. Thomas y yo. Pero nos obligaron a salir del edificio.

—Creo que ha sido el más fuerte hasta la fecha.

—Por estos lares.

—Claro, por estos lares.

—Estoy preocupada por mi tía. Estas cosas la asustan muchísimo, y si la ha pillado en el piso puede que le haya entrado un ataque de pánico. Desde que vino a vivir a casa está convencida de que el edificio va a caerse a la primera de cambio y hoy tiene la excusa perfecta para agobiarse.

—Deberías llamar a casa cuanto antes. Que es un séptimo... Este temblor ha sido de hecatombe. El techo del pasillo ha crujido de parte a parte.

—En cuanto la tutora y el director se pongan de acuerdo en dejarnos marchar, vamos a las cabinas, yo llamo a mi tía y tú a tus padres.

Thomas tocó el brazo de Alice con tres golpecitos, como si estuviera llamando a una puerta.

—¿Vas a dejarme que yo también lo abrace o lo quieres para ti sola?

Alice se apartó de Ken como si se hubiese quemado. No se había dado cuenta de que seguía aferrada a él hasta el comentario de Thomas.

Mientras Thomas y Ken se ponían a contarse sus respectivas batallitas sísmicas, Alice echó una ojeada por el patio, buscando a Rachel, aún sorprendida por su sonrisa en respuesta a la mirada más iracunda que jamás hubiera practicado frente al espejo. Había echado una mirada a lo Angela Channing y había recibido una sonrisa a lo Maggie Gioberti. Algo no encajaba.

Rachel parecía haberse esfumado, pero Alice vio a Rudolf en un grupito. Aún no sabía si Ken había cumplido su parte del plan o el seísmo se lo había impedido, pero si ella quería cumplir la suya, o lo hacía ahora, o tendría que esperar al lunes, porque era casi seguro que en unos minutos los mandarían a casa. Dudó un instante, cuestionándose por primera vez la validez de su plan, pero se persuadió a sí misma diciéndose que, uno, has involucrado a Ken, ahora no puedes echarte atrás, y dos, tía, que es Rudolf, el tío más pesado y plasta que te puedas echar en cara. Si todo sale bien te va a dejar tranquila de una vez por todas.

Sin pensarlo más echó a caminar hacia el grupito de Rudolf, de un curso superior, muy estirada. Él le daba la espalda. Estaba peleando en broma con un amigo. Se daban empujones. Rudolf tenía unas espaldas de impresión. Realmente hacía cinco Kens.

Alice iba a tocarle el hombro para llamar su atención, aún sin saber muy bien qué iba a decir, cuando el otro chico, que en algún momento había dejado de jugar y había empezado a enfadarse, le dio a Rudolf tal empujón que le hizo perder el equilibrio, atropellando a Alice en la caída.

Fue algo parecido a ser arrollada por una manada de elefantes asustados.

Cuando Rudolf cayó en la cuenta de que esa cosa blandita que le había amortiguado la caída era su adorada Alice se deshizo en disculpas, logró levantar del suelo su enorme mole corporal y le tendió la mano. Alice optó por ponerse en pie ella sola. Se sacudió los vaqueros y lo miró con muy mala cara.

—¡Podías mirar por dónde te caes, so bruto!

—Perdona, no te vi. Si

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