Encuentra tu próximo/a libro favorito/a

Conviértase en miembro hoy y lea gratis durante 30 días
Devocional en un año--De día y de noche: Encuentros diarios con el Dios de la Palabra

Devocional en un año--De día y de noche: Encuentros diarios con el Dios de la Palabra

Leer la vista previa

Devocional en un año--De día y de noche: Encuentros diarios con el Dios de la Palabra

valoraciones:
1/5 (1 clasificación)
Longitud:
1,088 página
18 horas
Publicado:
Aug 8, 2017
ISBN:
9781414399690
Formato:
Libro

Descripción

Este Devocional en un año—De día y de noche utiliza 365 reflexiones sustentadas por la convicción que meditar en las Verdades de Dios es un ejercicio fundamental para el crecimiento espiritual. Invita al lector a detenerse cada día, frente al texto de la Palabra, para identificar los principios eternos que pueden enriquecer nuestro peregrinaje en Cristo. El proceso invariablemente busca que el lector responda a la reflexión de manera práctica y concreta. Solamente cuando existe el esfuerzo por vivir conforme a los principios del Reino de los Cielos se puede producir esa profunda transformación que claramente proclama la presencia de Dios en nuestra vida.

Los temas y los textos que aborda este devocional son tan variados como la vida misma, porque fueron elaborados conforme a los temas, las cargas y las ocupaciones que acompañan la vocación de servir en los asuntos del Rey. El hilo que une cada devocional es el anhelo, profundo y permanente, de vivir una vida que agrada a Dios en todo momento y lugar.

Devocional en un año—De día y de noche [The One Year Day and Night Devotional] uses 365 reflections rooted in the conviction that meditating in God’s truths is a fundamental exercise for genuine spiritual growth. This devotional invites readers every day to enter into the Word of God and identify the eternal principles that can help them enrich their earthly pilgrimage in Christ. Through this unique process, readers will be able to respond to a practical and concrete meditation. It is only when there’s a true desire to live according to the principles established in the Kingdom of Heaven that it is possible to experience a profound transformation that reveals the presence of God in our lives.

The topics and content of this devotional are as diverse as life itself, because they were prepared in accordance with topics, burdens, and worries that are associated with serving in the King’s affairs. Every daily devotional expresses the yearning, depth, and eternal hope to live a life that is pleasing to God at all times and in all places.
Publicado:
Aug 8, 2017
ISBN:
9781414399690
Formato:
Libro

Sobre el autor


Relacionado con Devocional en un año--De día y de noche

Libros relacionados


Dentro del libro

Mejores citas

  • Algún comentarista ha observado que la razón por la que Dios condujo a Israel al desierto, cuando pudo haber llegado a la Tierra Prometida en menos de dos semanas, se debe a la necesidad de que Israel atravesara por este proceso de purificación.

  • Cada súplica, cada ruego, cada expre-sión de alabanza es el fruto de las inquietudes que el mismo Espíritu va manifes-tando en nuestro ser inte-rior. De esta manera, enton-ces, la oración comienza a convertirse en un diálogo.

  • La llave que desata el poder de la Palabra es la disposición nuestra de abrazarnos a ella aun cuando toda la evidencia pareciera indicar que la proclamación es una locura.

  • El término «destruido» significa que algo llegó a su fin, que fue invalidado; que su dominio fue desbaratado. Es decir, el pecado ya no tiene la última palabra acerca de cómo vivo.

  • Las personas pueden llegar a ser los instru-mentos que emplea el adversario, pero ellas no deben constituirse en el blanco de nuestra batalla.

Vista previa del libro

Devocional en un año--De día y de noche - Christopher Shaw

2017

enero

1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11   12   13   14   15   16   17   18   19   20   21   22   23   24   25   26   27   28   29   30   31

1 DE ENERO

¡Bienaventurado!

Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores.   Salmo 1.1 NBLH

Este salmo bien podría ser el prefacio al libro de los Salmos. Mediante un contraste entre la vida del piadoso y la del impío, el Señor expone los beneficios que acompañan a quien se alinea con los principios que él ha compartido con su pueblo. A esta persona se la designa ¡bienaventurada!

Ser bienaventurado se refiere a la alegría que resulta de estar bajo el favor de Dios. Por eso, la Nueva Traducción Viviente opta por la frase: «Qué alegría para los que no siguen el consejo de malos, ni andan con pecadores, ni se juntan con burlones». Se trata de ese espíritu de celebración que acompaña a quienes disfrutan a diario de las más abundantes bendiciones de lo alto.

¿Quiénes son estas personas? El salmista comienza describiendo primeramente aquello de lo que se abstienen y allí podemos observar algo muy interesante. Los tres verbos que emplea poseen una progresión: andar, detenerse y sentarse. La persona estaba caminando, pero luego se detuvo y, finalmente, se sentó. De un estado de movimiento pasa a un estado de inmovilidad. La acción de sentarse indica que no tiene intención, en el futuro inmediato, de volver a caminar.

Esta progresión no es accidental. Comunica de manera muy clara el proceso por el cual caemos en pecado. Quien anda caminando puede estar expuesto al pecado, pero su mismo movimiento no le permite quedar atrapado en él. Cuando se detiene, sin embargo, se expone de otra manera al entorno en el cual está. Y en el momento en que se sienta, queda en evidencia que ya está cómodo allí.

Es la misma enseñanza que ofrece Santiago, cuando echa mano de la genial analogía del embarazo para explicar de qué manera se engendra un acto pecaminoso en nuestra vida (Santiago 1.14-15). El pecado se inicia con una idea; si la misma no es descartada inmediatamente, la mente comienza a darle forma y eventualmente engendra una acción, que constituye la consumación del pecado.

El principio que se desprende de esta observación es que el pecado es el fruto de un proceso. Nadie cae repentinamente en pecado. El salmista dice que es bienaventurada la persona que está atenta a este proceso, para evitar sus malas consecuencias. No juega con fuego. Sabe que ciertas cuestiones no le convienen, porque lo arrastrarán hacia otras de las cuales será mucho más difícil salir.

Es en ese primer paso donde se libran las batallas más eficaces contra el pecado. Cuando escojo no caminar con los impíos, estoy cerrando la puerta a la posibilidad de acomodarme a sus principios y construir mi vida basada en sus valores.

HACIA LA PRÁCTICA

¿Cómo convertimos en realidad este principio? Existen ciertas conversaciones de las cuales es mejor no participar. Existen ciertas imágenes sobre las cuales me conviene no hacer clic. Existen ciertos programas de televisión que no me conviene mirar. No se trata de una lista de prohibiciones, sino de la sabiduría que viene de saber que ciertos procesos, una vez iniciados, no pueden ser detenidos. La persona bienaventurada evita aquello que, indefectiblemente, lo va a conducir hacia el pecado.

2 DE ENERO

Delicia cotidiana

¡Sino que en la ley del SEÑOR está su deleite, y en Su ley medita de día y de noche!   Salmo 1.2 NBLH

El primer salmo comienza describiendo a la persona bienaventurada. Lo es, en primer lugar, porque ha escogido no amigarse con la cultura maligna y perversa que lo rodea. Esto no quiere decir que ha optado por vivir aislada, pues su función es diseminar el bien entre aquellos que aún no han gustado de él. No obstante, los valores que rigen su vida no provienen de la cultura en la que está inmersa.

No obstante, para avanzar con victoria en la vida no alcanza con saber qué caminos no transitar. Las personas cuya existencia está regida por una larga lista de prohibiciones, generalmente se caracterizan por su postura amarga y legalista en la vida, siempre atentas a señalar el mal que ven en los demás.

El salmista ha descartado valerse de las costumbres y los valores de la cultura porque ha encontrado algo mejor para guiar su vida: la ley del Señor. Declara que encuentra su deleite en las palabras de la ley. Es decir, le producen una sensación de profundo placer y satisfacción.

Conozco a muchas personas que son sumamente disciplinadas a la hora de estudiar la Palabra, pero no podrían decir que se deleitan en ella. Más bien cumplen estrictamente con una disciplina que, entienden, es parte de los «deberes» de un buen cristiano.

Debemos preguntarnos, entonces, ¿dónde se encuentra el secreto que permite convertir una formalidad religiosa en algo de lo cual disfrutamos plenamente? La respuesta, en parte, la encontramos en el mismo salmo, que señala los beneficios que acompañan a quienes escogen vivir conforme a la ley del Señor. La razón de la delicia no está en las minucias de la ley, sino en la convicción de que una vida direccionada por la Palabra es una vida que gozará de abundantes beneficios.

El Salmo 19 describe algunos de ellos. «Las enseñanzas del SEÑOR son perfectas, reavivan el alma. Los decretos del SEÑOR son confiables, hacen sabio al sencillo. Los mandamientos del SEÑOR son rectos; traen alegría al corazón. Los mandatos del SEÑOR son claros; dan buena percepción para vivir. La reverencia al SEÑOR es pura, permanece para siempre. Las leyes del SEÑOR son verdaderas, cada una de ellas es imparcial. Son más deseables que el oro, incluso que el oro más puro» (vv. 7-10, NTV).

La dulzura de la Palabra, sin embargo, encuentra su explicación en algo más profundo que estos beneficios. Es dulce como la miel, porque proviene del objeto de nuestra devoción. Así como disfrutamos de cada palabra en una carta de amor, el salmista se deleita en meditar sobre la Palabra, porque expresa los tiernos cuidados del Señor hacia su pueblo. Entiende que los mandamientos y las ordenanzas que contiene la ley son una de las formas en que Dios expresa su compromiso de guiarnos por los mejores caminos, aquellos que conducen a lugares de verdes prados junto a arroyos tranquilos.

REFERENCIA

«¡Cuánto me deleito en tus mandatos! ¡Cómo los amo! Honro y amo tus mandatos; en tus decretos medito». Salmo 119.47-48 NTV

3 DE ENERO

De día y de noche

¡Sino que en la ley del SEÑOR está su deleite, y en Su ley medita de día y de noche!   Salmo 1.2 NBLH

Para el salmista, la lectura de la ley no es un fin en sí mismo, sino un medio para acceder a los misterios que conducen hacia la persona de Dios. Es sabrosa porque ha entendido que la misma es fuente de vida. En ella encuentra todo lo que necesita para vivir una vida plena y fructífera, y es esa convicción la que lo ha llevado a vivir enamorado de la ley, de tal manera que medita en ella de día y de noche.

Resulta difícil para nosotros leer este texto sin pensar en el devocional matutino que se ha vuelto tan parte de nuestra cultura evangélica. Nos separan 3600 años del concepto que transmite el salmista. Para entender cabalmente a qué se refiere, debemos descartar nuestra noción moderna de un tiempo prolijo y limitado en la Palabra.

El salmista no conocía la gran mayoría de los libros que componen las Escrituras. Cuando habla de la ley, se refiere a los preceptos y mandamientos que entregó Moisés al pueblo, mayormente contenidos en los libros del Pentateuco. Es muy probable, también, que no tuviera acceso a la ley escrita pues los pergaminos que la contenían generalmente estaban en manos de los sacerdotes.

Meditar en la ley, entonces, claramente se refiere a una actividad completamente diferente al concepto nuestro de «devocional». La interacción del salmista con la ley no está restringida a un horario ni tampoco a un lugar. Más bien, meditaba una y otra vez sobre la Palabra que conocía, para que esta se convirtiera en parte esencial de su persona. De esta manera, se aseguraba de que la Palabra de Dios estuviera siempre a mano para no pecar contra el Señor.

La meditación nos permite movernos más allá de la simple lectura de la Palabra. Cuando escogemos meditar en ella decidimos llevarla con nosotros a los lugares donde desarrollamos nuestra actividad cotidiana. Caminamos por la vida con una actitud interna que busca percibir lo que el Espíritu nos pueda mostrar. Reflexionamos sobre ella a lo largo del día, aun mientras estamos ocupados en otras tareas. Quien persevera en este proceso descubrirá que las Escrituras comienzan a revelar tesoros que no hubiera descubierto por ningún otro camino.

El corazón de este proceso radica en renunciar al espíritu de apuro que tanto atormenta nuestra cultura frenéticamente activista. Leemos dos o tres versículos, a las apuradas, y nos disponemos a atender las múltiples actividades que nos esperan en el día. La persona que ha escogido meditar en la Palabra ha descubierto que el Señor no les habla a los que están apurados. Es necesario asumir una postura de aquietado reposo frente a la Palabra, tal como el que asumió María cuando se sentó a los pies del Señor. La lectura de las Escrituras no es la actividad principal, sino el proceso de considerar cuidadosamente, en lo secreto del corazón, el verdadero sentido de lo que se lee.

ORACIÓN

«Abre mis ojos, para que vea las verdades maravillosas que hay en tus enseñanzas». Salmo 119.18 NTV

4 DE ENERO

Conectados a la fuente

Será como árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo y su hoja no se marchita; En todo lo que hace, prospera.   Salmo 1.3 NBLH

En mi país existe una zona muy árida por la que pasa un camino conocido como la «ruta del desierto». El paisaje es absolutamente plano y la vegetación es muy pobre, porque allí llueve muy poco. El resultado es que solamente crecen las plantas mejor adaptadas a este microclima.

Un proyecto del gobierno ha consistido en plantar un pequeño número de árboles, cada diez kilómetros. Por medio de un sistema de riego por goteo, los mismos crecen, verdes y robustos, en medio del desolado paisaje desértico. La idea es que el conductor, en este largo trecho del camino, tenga un lugar donde detenerse y descansar, a la sombra de hermosos árboles, antes de proseguir con su viaje.

Cuando uno circula por esa ruta puede ver que aparecen, sobre el horizonte, estos árboles, que se distinguen por el vigor que despliegan en medio del opaco paisaje patagónico.

La razón por la que se ven tan llenos de vida es sencilla: tienen acceso al agua que no cae sobre las áridas tierras a su alrededor. El agua, para estos árboles, es fuente de vida.

El salmista compara la persona bienaventurada a un árbol plantado junto a corrientes de agua. Las raíces de estos árboles se extienden hacia el río o arroyo donde encuentran cuantiosa provisión del agua que necesitan para crecer hacia la plenitud de su estatura. Por esto, los ríos siempre poseen abundancia de árboles en sus orillas. Es el lugar más propicio para que crezcan sanos y vigorosos.

La persona bienaventurada tiene las raíces de su vida firmemente arraigadas en la ley de Dios, la cual alimenta su espíritu y dirige sus pasos. El resultado es una vida que no se marchita, ni siquiera bajo el sol abrasador del verano. En las estaciones apropiadas produce un fruto maravilloso del cual se pueden alimentar otros.

En contraste a esta figura, robusta e inconmovible, se encuentran los impíos, que son como paja. Esta se caracteriza por no poseer raíces. El resultado de esta condición es que cualquier brisa los mueve de lugar. No poseen la estabilidad ni la firmeza que posee el árbol. La paja tampoco produce ninguna clase de fruto, pues por definición la paja es lo que queda de una planta que ha muerto.

La bendición de Dios reposa sobre la vida de la persona bienaventurada, que no posee aptitudes o cualidades superiores al impío, sino que, sencillamente, ha respondido a la iniciativa de Dios, que lo ha invitado a ser parte de su pueblo. El impío también recibió esta invitación, pero decidió no responder a ella porque escogió hacer su propio camino.

Si escogemos hacer de la Palabra de Dios nuestro deleite, brillaremos con una singular belleza en medio de una sociedad opaca y apagada.

CITA

«La Palabra de Dios, bien entendida y cuidadosamente puesta por obra, constituye el camino más corto para alcanzar la perfección espiritual». A. W. Tozer

5 DE ENERO

Mensajes contradictorios

Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas (proclamas) que no se debe robar, ¿robas?   Romanos 2.21 NBLH

Parte del desafío al que se enfrenta el buen maestro de la Palabra es trabajar cuidadosamente el texto de manera que no existan contradicciones entre un pasaje bíblico y otras porciones de las Escrituras. A medida que crezcamos en el conocimiento de la Verdad revelada buscaremos que cada enseñanza posea coherencia con el mensaje general de la Palabra. De esta manera, nuestro aporte siempre se sujetará a la revelación que el Señor ha escogido compartir con su pueblo.

Existe otro mensaje, sin embargo, en el que es más difícil lograr coherencia. Este es el que proclamamos por la forma en que vivimos. A veces, el contraste entre nuestras acciones y nuestra enseñanza es tan marcado que acaba neutralizando el impacto de la Palabra. De hecho, esta es una de las formas en las que más a menudo pierde efectividad el ministerio al que hemos sido llamados. Nuestra vida simplemente no respalda las verdades que pretendemos compartir con otros.

No tenemos que hacer más que hablar con nuestros vecinos y compañeros de trabajo para percibir los efectos de esta contradicción. La mayoría de ellos poseen actitudes de sumo escepticismo hacia los funcionarios públicos y los políticos típicos de nuestro entorno. La razón es que el discurso público de estas personas rara vez coincide con la realidad de su vida personal. En muchos casos, las contradicciones son tan marcadas que pareciera tratarse de dos personas diferentes.

El apóstol Pablo señala, en el pasaje de hoy, que esta contradicción es inherente a nuestra condición humana. Conocemos la ley, pero no siempre la guardamos. Sabemos bien lo que nos conviene, pero no siempre lo practicamos. Nos resulta fácil identificar los errores y pecados de nuestros semejantes, pero es mucho más difícil resolver esos temas en nuestra propia vida.

El líder que aspira a ser eficaz debe trabajar incansablemente para cerrar la brecha que existe entre el comportamiento y las palabras. Cuanta más coherencia exista entre la forma en que vivimos y el mensaje verbal que compartimos con los demás, mayor será el impacto que lograremos en la vida de aquellos a quienes acompañamos en el ministerio que nos ha sido confiado.

Esta es una de las razones por las que Jesús ganó el corazón de las multitudes. Ellos percibían que era un hombre que vivía lo que enseñaba, y por eso «las multitudes quedaron asombradas de su enseñanza, porque lo hacía con verdadera autoridad» (Mateo 7.28-29, NTV). La autoridad es el fruto de una vida que gira en torno de una sola verdad.

Ante este desafío se nos presenta una solución relativamente sencilla: hablemos menos y vivamos más. Es decir, pongamos el acento en nuestras acciones y disciplinemos nuestros labios, para que no hagan alarde de realidades que no reflejan lo que somos.

REFERENCIA

«No solo escuchen la palabra de Dios; tienen que ponerla en práctica. De lo contrario, solamente se engañan a sí mismos. […] Si miras atentamente en la ley perfecta que te hace libre y la pones en práctica y no olvidas lo que escuchaste, entonces Dios te bendecirá por tu obediencia». Santiago 1.22, 25 NTV

6 DE ENERO

Pisadas que bendicen

Tú has coronado el año con Tus bienes, Y Tus huellas destilan grasa.   Salmo 65.11 NBLH

No acostumbramos atribuirles mucha importancia a los pies; por el contrario, la mayor parte del tiempo ni siquiera pensamos en ellos. A la mañana los calzamos y durante el día no hacen más que trasladarnos de un lado a otro. No nos detenemos a considerar si están a gusto, ni tomamos en cuenta sus necesidades, a menos que hayamos caminado una gran distancia. No les damos nunca la importancia que les podemos dar a los ojos, los oídos o las manos, porque pareciera que no la merecen. Es que apenas los consideramos una extensión del cuerpo. Los pies son, efectivamente, una de las partes más olvidadas del cuerpo.

El texto de hoy nos ofrece un interesante contraste. Es tal el nivel de abundancia y plenitud que existe en el Señor que hasta sus pies bendicen. «Tus huellas destilan grasa», declara el salmista. Es decir, el paso del Señor por un lugar deja, literalmente, un rastro de vida. Quienes le siguen no tienen más que estirar las manos para cosechar una abundancia de paz, gozo, alegría, provisión y comunión. ¡Y esto es solamente lo que sale de los pies del Señor!

La imagen de un Dios que, con el solo hecho de caminar, deja una huella que bendice, revela un importante concepto. En el reino de los cielos bendecir a los demás no es algo que se programa, ni está separado de la vida cotidiana que desarrollamos. No apartamos momentos puntuales en los que nos proponemos bendecir a los demás, aunque a veces somos conscientes de que el Señor nos está dirigiendo de manera particular para el bien de nuestros semejantes.

Cuando el Señor irrumpe en la vida de una persona la redime absolutamente en todos los aspectos. La plenitud que derrama en ella pasa a ser parte de lo que esa persona es, de manera que ahora su esencia es enteramente diferente a lo que era antes. En cada acción, cada palabra y cada gesto se percibe la nueva identidad que posee, porque resulta imposible esconderla. Por esto, sin proponérselo, el paso de esa persona por cualquier lugar produce bendición. El movimiento mismo de la vida lleva a que la sobreabundancia de bien que ha recibido «rebalse», y «salpique» a todos aquellos con quienes entra en contacto.

Nuestro desafío es caminar bien cerca de Dios, cuyos pasos destilan grasa. No podremos evitar ser alcanzados por la exuberancia de bien que acompaña su andar. Y cuánta más sea la abundancia de riquezas en nosotros, mayor será la bendición que reciben aquellos con quienes compartimos la vida.

ALABANZA

«Así que, ¡gracias a Dios!, quien nos ha hecho sus cautivos y siempre nos lleva en triunfo en el desfile victorioso de Cristo. Ahora nos usa para difundir el conocimiento de Cristo por todas partes como un fragante perfume. Nuestras vidas son la fragancia de Cristo que sube hasta Dios». 2 Corintios 2.14-15 NTV

7 DE ENERO

Ejercicio poco productivo

Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.   Juan 11.21 NBLH

Cuando Jesús llegó a Betania la primera persona que salió a su encuentro fue Marta. No sabemos si existió en sus palabras un reproche hacia el Señor. Pero sí muestran que Marta había entrado en esa espiral sin salida que todos recorremos en tiempos de profunda crisis.

Se trata de ese proceso mental en el que, una y otra vez, especulamos acerca de lo diferente que habría sido el presente si tal o cual situación del pasado no hubiera ocurrido. El lamento de Marta era aún más intenso porque sus palabras eran cien por ciento acertadas. Si Jesús hubiera estado presente en el momento de la enfermedad de Lázaro no cabe duda alguna que lo podría haber sanado. No era esta una expresión profunda de fe por parte de Marta, sino la conclusión lógica de quien sabía que Jesús había sanado a cientos a lo largo y ancho del país.

Marta no estaba sola en su lamento. Cuando María llegó, esgrimió exactamente la misma frase: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto» (v. 32). Los judíos que acompañaban a las hermanas pensaban de igual manera: «¿No podía Este, que abrió los ojos del ciego, haber evitado también que Lázaro muriera?» (v. 37).

La tentación de volver la mirada hacia el pasado y hundirse en inútiles especulaciones es universal. Los israelitas volvieron, una y otra vez, los ojos hacia Egipto cuando las circunstancias en el desierto se volvían desfavorables. Lo mismo sucedió con Josué cuando su entusiasmo lo llevó a atacar la ciudad de Hai sin consultar al Señor (Josué 7). Ante la inesperada derrota que sufrieron sus hombres, la asombrosa victoria lograda en Jericó pasó al olvido y Josué quedó atrapado en un inútil lamento: ¿para qué se le había ocurrido cruzar el río Jordán? Aun Cristo, en Getsemaní, preguntó al Padre si no existiría algún otro camino que no fuera el de la cruz. No obstante, afirmó su absoluta disposición de sujetar su mente, su espíritu, sus emociones y aun su integridad física a la voluntad de Dios.

En esta decisión encontramos la clave para superar los momentos más duros de la vida. La palabra que mejor describe esta actitud es rendirse. El que ha escogido rendirse ha decidido dejar de luchar. Y esta decisión no solamente alcanza las circunstancias particulares que atraviesa, sino que también impone una quietud sobre aquel lugar donde se libran nuestras más feroces batallas: la mente.

No hay lamento que pueda cambiar la dura realidad que nos toca vivir. Pero nosotros sí podemos cambiar. De un estado de angustia y agitación podemos pasar a la quietud que nos permite declarar: «Bendito Dios, todo está en tus manos. Me rindo ante tu soberana majestad».

REFLEXIÓN

«Mientras perdure el resentimiento por aquello que habríamos deseado que no ocurriera, por las relaciones que nos habría gustado que fueran diferentes, por errores que habríamos preferido no haber cometido, una parte de nuestro corazón permanecerá aislada, incapaz de producir el fruto de la nueva vida que tenemos por delante». Henri Nouwen[1]

8 DE ENERO

Un paso necesario

Si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios Lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación.   Romanos 10.9-10 NBLH

La combinación del acto de creer con el hecho de confesar es una a la que debemos prestar atención. Revela uno de los principios que sostiene la vida en el reino de los cielos. Toda convicción espiritual abrazada con el corazón debe, necesariamente, traducirse en una acción concreta. Esto permite que se libere todo el potencial de esa verdad en la vida de quien la cree. En este caso, la acción es la confesión, y Pablo considera necesario aclarar que esta acción debe ser realizada «con la boca».

¿Cuál es la razón por la que añade este detalle? Sencillamente, porque una convicción invisible debe, necesariamente, traducirse en una acción visible. La convicción de que hemos sido llamados a la reconciliación, por ejemplo, debe gestar un proceso en el que nos acercamos a la persona con quien estamos enemistados y pedimos perdón por las actitudes o hechos que han generado esta postura. Del mismo modo, cuando creemos en el corazón que Jesús es el Señor, alguna manifestación visible de esta convicción es necesaria. En este caso, una confesión audible es la acción que debe acompañar lo que hemos creído.

La confesión saca mis convicciones del plano de lo privado y las inserta en el ámbito público, a vista de los que están a mi alrededor. Este proceso robustece mi fe en forma inmediata, porque me obliga a adoptar una postura que puede ser censurada por los demás. Me veré obligado, ahora, a permanecer firme y, si fuera necesario, a defender mis convicciones, lo cual es sano para mi propio desarrollo espiritual.

La confesión, sin embargo, posee otra ventaja. Es necesario que yo mismo escuche, de manera audible, mi propia confesión. Esto rescata mis convicciones de los confusos y enredados procesos de pensamiento que ocurren en la intimidad de mi corazón, y las clarifica por medio de declaraciones puntuales. Yo soy el primer beneficiado cuando decido confesar, en voz alta, las convicciones que he abrazado en la intimidad de mi corazón. Cuando escucho mis propias declaraciones, la fe en mi corazón también crece.

Por esto, el ejercicio de declarar continuamente a mí mismo, con la boca, las verdades de Dios es algo sumamente provechoso. Afirma las verdades que he escogido para guiar mis pasos por la vida y me salva de las interminables especulaciones que son propias de una mente desordenada.

MEDITACIÓN

El salmista también cree que es necesario expresar algunas verdades en forma audible. Acosado por el desánimo, se atreve a dialogar con su corazón: «¿Por qué te desesperas, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, pues Lo he de alabar otra vez. ¡Él es la salvación de mi ser, y mi Dios!». Salmo 42.11 NBLH

9 DE ENERO

Andar libres

Entonces Jesús gritó: «¡Lázaro, sal de ahí!». Y el muerto salió de la tumba con las manos y los pies envueltos con vendas de entierro y la cabeza enrollada en un lienzo. Jesús les dijo: «¡Quítenle las vendas y déjenlo ir!».   Juan 11.43-44

Pocas escenas en los Evangelios poseen tanto dramatismo como el momento en el que Lázaro salió de la tumba. Las palabras que Jesús había hablado a Marta, hacía apenas unos momentos, se habían cumplido con exactitud: «Tu hermano resucitará» (v. 23). La absoluta improbabilidad de que esto tuviera un sentido literal llevó a Marta a interpretar las palabras del Mesías en términos simbólicos. Pero estaba equivocada. Poco tiempo después, Lázaro apareció, en persona, ante el atónito asombro de todos los presentes.

Quisiera que nos detengamos ante esta figura que ha regresado de la muerte. Sin duda, su aspecto era extraño en extremo, pues emergía de la tumba en la misma condición que había sido enterrado. Percibo, sin embargo, que la imagen nos ofrece una fuerte simbología de la vida, tal cual la experimentamos muchos de los que estamos en la iglesia. Lázaro estaba vivo, pero no estaba en condiciones de afrontar aun los desafíos de la vida. Sus pies y manos estaban atados con vendas, y su rostro cubierto por un sudario. Por más que hubiera intentado echarse a andar, no habría llegado muy lejos con semejantes limitaciones. Por esto, Cristo vio necesario instruir a los presentes: «¡Quítenle las vendas y déjenlo ir!».

Muchos hemos pasado, en Cristo, de muerte a vida. Recuperamos, tras conocerlo a él, una perspectiva sana y un propósito loable. Nuestra existencia ahora tiene sentido. No obstante, no hemos avanzado grandes distancias por el camino que Jesús nos señala, porque son muchas las ataduras que aún arrastramos de nuestro estado de muerte. Aunque hemos vuelto a vivir, nuestra condición sigue siendo muy similar a la que teníamos cuando estábamos muertos.

Las vendas y ataduras que restringen se refieren a esos aspectos de la vida pasada a los cuales aún no le hemos dado acceso a Cristo: relaciones que no han sido sanadas, ofensas que no han sido perdonadas, hábitos que no han sido abandonados, reclamos a los que no hemos renunciado. Todo esto constituye un bagaje demasiado pesado para arrastrar en la nueva vida que hemos recibido. Atados y restringidos por estas cuerdas invisibles, acabamos estancados en el mismo lugar. Pasan los años, pero no experimentamos la vida victoriosa de la cual habla, con tanto entusiasmo, el apóstol Pablo.

¿No será este un buen momento para que sean quitadas esas ataduras? Al igual que Lázaro requerimos la ayuda de otros para salir adelante. No te demores en pedir auxilio. No podemos vivir todo lo que Cristo tiene para nuestra vida hasta que lleguemos a ser genuinamente libres.

ORACIÓN

Señor, por demasiado tiempo he caminado cargando la mochila del pasado. Creo que mi herencia, como hijo de Dios, es ser libre de toda atadura. Hoy decido tomar el primer paso hacia esa libertad. Te pido la gracia y la valentía para enfrentarme, finalmente, a los fantasmas que tanto tiempo me han atormentado. En tu nombre, ¡soy libre!

10 DE ENERO

Claro mensaje

Abraham le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se persuadirán por más que alguno se levantara de los muertos».   Lucas 16.31

La historia de Lázaro y el hombre rico demuestra, de manera dramática, la necesidad de tomar decisiones acertadas en esta vida. El rico, en este relato, estaba demasiado ocupado en acumular bienes como para pensar en la vida más allá de la muerte. Así que mucho menos le podría llegar a interesar el fijarse en un sucio mendigo. Tristemente, entendió que había errado el camino cuando ya era demasiado tarde. Sufría tales tormentos en el lugar de los muertos que deseaba que ese mismo mendigo viniera ahora siquiera a mojarle la lengua con un poco de agua. ¡Pero era demasiado tarde!

El hombre pensó, entonces, en los cinco hermanos que había dejado en la Tierra. Quizás, si lograba advertirles a ellos, podrían evitar el espantoso destino que él padecía. ¿Podía acaso Abraham enviar a Lázaro para que les advirtiera? ¡Cómo no escucharían a un hombre quien, en este caso, volvería de la muerte con semejante mensaje!

El error del hombre rico fue creer que la razón por la que no había creído era por la falta de eficacia de los mensajeros con que se había cruzado en la vida. Si hubiera llegado alguien que hablara con mayor convicción, que poseía mayor claridad o que demostraba mayor unción, entonces —estaba convencido— habría aceptado el mensaje. Creía que los mensajeros que había conocido a lo largo de su peregrinaje terrenal no habían sido lo suficientemente persuasivos.

Tales fantasías no constituyen más que una distracción del verdadero problema que todos padecemos: un corazón incrédulo. No es la ineficacia del mensajero la responsable de nuestra falta de convicción, sino la dureza de nuestro espíritu.

Para entender cuán acertada es esta realidad no tenemos más que considerar la historia de Israel. En su gran bondad Dios proveyó al pueblo mensajeros de la talla de Moisés, Josué, Samuel, Isaías, Oseas, Jeremías, Amós y aun la persona de su propio Hijo. No obstante, ninguno de ellos logró mellar el espíritu de incredulidad en el que estaban sumergidos. No hacían falta más mensajeros. Era necesario recorrer el camino del arrepentimiento.

¿Existirá esta abundancia de mensajeros en nuestra propia vida? ¡Claro que sí! Inclusive corremos con mayor ventaja, pues nos acompaña el testimonio de dos mil años de historia de la iglesia. Aun así, muchas veces escogemos no creer.

La próxima vez que dudes ante una verdad anunciada, no justifiques tus dudas mirando al mensajero. Examina tu propio corazón. Seguramente encontrarás allí el obstáculo que impide el ejercicio de la fe. Si te arrepientes, habrás dado un gran paso hacia la vida abundante.

REFLEXIÓN

«Cristo nunca dejó de trazar una distinción entre la duda y la incredulidad. La duda exclama: No puedo creer. La incredulidad exclama: No quiero creer. La duda es honestidad. La incredulidad es obstinación. La duda busca la luz. La incredulidad se satisface con la oscuridad». Henry Drummond

11 DE ENERO

Perdonar

Aun si la persona te agravia siete veces al día y cada vez regresa y te pide perdón, debes perdonarla.   Lucas 17.4

El ejercicio de perdonar a quienes nos han ofendido o lastimado es uno de los que más desafía nuestra fe. Quizás nos condiciona el vivir en una sociedad donde la agresión y la venganza son los caminos predilectos para resolver conflictos. Con seguridad, carecemos de modelos a imitar, pues en nuestra cultura pedir perdón es considerado como una señal de debilidad. Y nuestro propio orgullo no deja de ser nuestro amo más implacable, siempre buscando justificar aun los comportamientos más groseros y desconsiderados.

No obstante todas estas limitaciones, la exhortación del Señor a ser generosos a la hora de perdonar permanece. La expresa en términos que, francamente, nos resultan escandalosos. Si resulta difícil perdonar una sola vez, ¿cómo lograremos volver a recorrer este camino siete veces en un solo día?

Seguramente, uno de los elementos que dificulta tanta generosidad es nuestra tendencia a evaluar si el «arrepentimiento» de la otra persona es genuino. Cuando regresa una y otra vez en un mismo día, exclamamos: «¡Tiene que ser una broma!». Ante la indignación que nos genera la reiteración del pecado, optamos por no perdonar más. Resulta más que obvio que el pedido de la otra persona no es serio, y por eso no deseamos siquiera considerarlo.

Hemos confundido, en este punto, nuestro llamado. La exhortación de Cristo es que extendamos el perdón al prójimo cuantas veces lo solicite. Nada más que esto. No nos llama a analizar si la acción de la otra persona es genuina, si es merecedora de nuestro perdón, o a contar las veces que volvió a cometer el mismo atropello. Nada de esto nos incumbe. Nuestra parte en este proceso es sencilla: cada vez que la misma persona se acerca a pedir perdón debemos estar dispuestos a perdonarla.

¿Cuál es la razón por la que se nos pide transitar este camino? Hemos sido llamados a esta alocada generosidad por una sencilla razón: esta es la forma en que el Padre procede con nosotros. ¿Cuántas veces nos hemos acercado a pedir perdón por el mismo pecado? Son muchas las ocasiones en las que prometemos no volver a pecar. Sin embargo, caemos de nuevo, y una vez más nos acercamos al trono de gracia, con corazón contrito. Cada vez que lo hacemos, el Padre nos extiende misericordia.

Ante las reiteradas ofensas de nuestros hermanos, nos pregunta: «¿No deberías tú hacer lo mismo?».

No te preocupes por la transformación que debe vivir el otro. No es asunto tuyo, sino del Señor. Tú, sé abundantemente generoso en perdonar, una y otra vez, a la misma persona.

PENSAMIENTO

Extender perdón se vuelve infinitamente más fácil cuando soy consciente de la abundante bondad a la que accedí por medio del sacrificio de Cristo. Cuando nos resulta difícil transitar el camino del perdón es tiempo de hacer memoria de los muchos pecados por los que Dios nos ha ofrecido misericordia en lugar de juicio.

12 DE ENERO

Quítate las sandalias

Entonces Dios le dijo: «No te acerques aquí. Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar donde estás parado es tierra santa».   Éxodo 3.5 NBLH

El encuentro de Moisés con el Señor, mientras cuidaba ovejas en el desierto, nos deja algunas interesantes observaciones sobre el tema de la santidad. En primer lugar, es necesario aclarar que lo sagrado de la tierra sobre la que estaba parado no radica en las particularidades geográficas del lugar. Seguramente Moisés, en sus andanzas por el desierto, había visto muchos lugares similares a este. Este no poseía ninguna característica que lo distinguiera del monótono paisaje de la zona; que fuera, en este instante, «tierra santa» indica que la diferencia radicaba en la presencia de Dios. De modo que podemos afirmar que el lugar donde el Señor está es siempre «lugar santo».

En segundo lugar, quisiera señalar que Moisés no sabía que estaba en un lugar santo. No obstante el desconocer los atributos que le impartía la presencia de Dios al lugar, no dejaba de ser un sitio santo. Es posible, entonces, que en más de una ocasión nos encontremos de cara a una visitación celestial y no seamos conscientes de ello. Nuestra ignorancia no nos exime de la responsabilidad de asumir una actitud que honre la manifestación divina. Es necesario, entonces, que le pidamos al Señor esa particular sensibilidad de espíritu para percibir los espacios y los momentos que han sido tocados por la radiante presencia de Dios.

El hecho de que el Señor se manifestara mientras Moisés cuidaba las ovejas de su suegro nos deja una lección adicional. El Señor no se limita a los horarios ni a los lugares que nosotros hemos designado para su manifestación. Él irrumpe, de manera sorpresiva, allí donde estamos ocupados en nuestras actividades diarias.

Por esto debemos transitar por la vida atentos a esas situaciones en las que el Señor puede tocar nuestra vida. Puede ser ese instante de introspección en el que Dios susurra una palabra a nuestro espíritu, o una conversación en la que percibimos que el Señor nos habla claramente por medio de la otra persona. Quizás se trate de ese momento en el que pareciera que escucháramos por primera vez la letra de una canción más que conocida, o aquellas situaciones en las que, en medio de una lectura, el texto parece saltar de las páginas con un mensaje vivo y real.

¿Por qué es necesaria esta capacidad de percibir? Porque no queremos perdernos la riqueza espiritual que posee ese momento. En el caso de Moisés, su actitud de respeto preparó el camino para que Dios le hablara. En nuestro caso estas situaciones ameritan un oído atento, un espíritu humilde y un corazón obediente.

La zarza que ardía nos recuerda que cualquier lugar y momento puede convertirse en «lugar santo». Lo importante es que no acabemos exclamando como Jacob: «¡Ciertamente el SEÑOR está en este lugar, y yo ni me di cuenta!» (Génesis 28.16, NTV).

ORACIÓN

Abre los ojos de mi corazón, Oh Dios, para que te pueda ver en medio de mis ocupaciones cotidianas. Que la consciencia de tu presencia me motive a vestirme de santidad, como conviene a los de tu casa.

13 DE ENERO

Mentes disciplinadas

Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado.   Isaías 26.3 RVR95

Me gusta la forma en la que se traduce en la versión Reina Valera 1995. Me ayuda, de manera muy clara, a entender que las batallas más intensas de la vida se ganan o se pierden en el plano de la mente. Es un tema que aborda con frecuencia el apóstol Pablo. En Romanos 8, por ejemplo, señala que «los que viven conforme a la carne, ponen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz. La mente puesta en la carne es enemiga de Dios porque no se sujeta a la Ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo, y los que están en la carne no pueden agradar a Dios» (vv. 5-8, NBLH).

La completa paz que describe Isaías está condicionada a una realidad: debemos encontrar la forma en que nuestros pensamientos perseveren en Dios. La palabra que escoge el profeta —perseverar— nos anima a creer que el estado caótico de nuestros pensamientos puede ser alterado.

Esta observación comunica una enorme sensación de alivio. La falta de disciplina que caracteriza nuestros pensamientos revela con cuánta facilidad la mente se acostumbra a deambular de aquí para allá, sin que nosotros logremos imponerle alguna restricción. Nos sentimos tentados a rendirnos ante la ilusión de que nuestra mente posee vida propia, separada de nuestra voluntad. La obstinación de ciertos patrones de pensamiento solamente sirve para afianzar en nosotros la sensación de que esta es una batalla que no podemos ganar. No obstante, el profeta sostiene que es posible anclar con tal firmeza nuestros pensamientos a la persona de Dios que la intensa lucha que normalmente acompaña nuestra vida interior se vea desplazada por un estado de deliciosa quietud y paz.

El proceso que debemos recorrer para alcanzar este estado no es sencillo. La ley de la vida indica que sujetar la mente requiere la misma disciplina y esfuerzo que son necesarios para alcanzar un buen estado físico. No existen aquí los atajos ni las fórmulas mágicas.

Nada ilustra mejor esta realidad que la imagen de Jesús, en agonía de espíritu, en Getsemaní. Allí, Cristo busca resistirse a la tentación de ceder a los impulsos de su propia voluntad, para sujetar el espíritu a la soberana voluntad de su Padre. La batalla fue tan fuerte que debió regresar tres veces, y «ofreció oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía rescatarlo de la muerte» (Hebreos 5.7, NTV).

Cuando Jesús se encaminó hacia la cruz, lo hizo en completa paz. Su lucha había terminado. El Señor se revistió de esa mansedumbre que es el fruto inequívoco de haber escogido fijar los pensamientos en Dios.

MEDITACIÓN

«Lo que ocupa nuestros pensamientos cuando tenemos tiempo para pensar en lo que queremos, es lo que somos o lo que pronto seremos». A. W. Tozer[2]

14 DE ENERO

Valiosa revelación

Y te acordarás de todo el camino por donde el SEÑOR tu Dios te ha traído por el desierto durante estos cuarenta años, para humillarte, probándote, a fin de saber lo que había en tu corazón, si guardarías o no sus mandamientos.   Deuteronomio 8.2 NBLH

En este versículo encontramos resumido el accionar de Dios hacia Israel durante los cuarenta años en los que el pueblo vivió en el desierto. Las pruebas, que siempre parecían ser fortuitas, eran orquestadas por el Señor con un propósito muy claro: saber si existía en el corazón de ellos la disposición de guardar o no sus mandamientos a pesar de las pruebas y dificultades que transitaban.

Siempre que he leído este versículo he interpretado que este conocimiento era algo que procuraba el mismo Señor. Hace poco, sin embargo, percibí que posiblemente el texto tiene un sentido diferente.

El salmista declara: «Oh SEÑOR, Tú me has escudriñado y conocido. Tú conoces mi sentarme y mi levantarme; Desde lejos comprendes mis pensamientos. Tú escudriñas mi senda y mi descanso, Y conoces bien todos mis caminos. Aun antes de que haya palabra en mi boca, Oh SEÑOR, Tú ya la sabes toda» (139.1-4, NBLH). Dado el extraordinario nivel de conocimiento que Dios posee acerca de quiénes somos, queda claro que él no requiere una prueba para descubrir qué es lo que hay en nuestro corazón. Tal como el Señor le señaló a Samuel, cuando este fue a ungir a uno de los hijos de Isaí: Dios no se guía por lo que es visible a los ojos humanos, sino por aquello que está escondido en el corazón (1 Samuel 16.7).

El sentido de la palabra «saber», en el texto de Deuteronomio, es: traer a la luz, mostrar, dar a conocer. Es decir, en la prueba el Señor nos permite descubrir el verdadero estado de nuestro propio corazón, algo que él ya conoce. Por esto resulta más acertada la frase que emplea la Nueva Traducción Viviente: Dios «te puso a prueba para revelar tu carácter».

¿Por qué tiene importancia para nosotros este conocimiento? Porque el Señor busca que seamos colaboradores con él en el proceso de transformación que lleva adelante en nuestra vida. Si desconocemos la realidad de nuestro corazón, creeremos que es innecesario su trato hacia nosotros. Pero cuando descubrimos actitudes y convicciones atrincheradas que lo deshonran, entendemos que necesitamos ser cambiados por el poder de su accionar en nuestro hombre interior. Cuando él comienza ese proceso de transformación, ofrecemos menos resistencia a su trato. Entendemos que, aunque resulte dolorosa, su disciplina es necesaria. Y por ser necesaria, al final abrazamos el proyecto de Dios.

Cuando te encuentres en medio de una intensa prueba, considérala como tu mejor oportunidad de conocerte a ti mismo. Al presentarte delante de Dios, puedes hacerlo con plena luz sobre las esferas de tu vida que necesitan ser transformadas.

REFERENCIA

«El sufrimiento me hizo bien, porque me enseñó a prestar atención a tus decretos». Salmo 119.71 NTV

15 DE ENERO

En el desierto

Por tanto, voy a seducirla, llevarla al desierto, y hablarle al corazón.   Oseas 2.14 NBLH

El mensaje del profeta Oseas es para una nación que se ha prostituido con muchos amantes. Dios llamó a Oseas a padecer el adulterio en carne propia, para entender la gravedad del pecado de Israel. Podía proclamar de corazón el mensaje recibido porque él mismo había convivido con una esposa entregada a la prostitución. Entendía lo que era amar sin ser correspondido, o sacrificarse por alguien solamente para cosechar ingratitud o indiferencia. Para su infiel esposa, otros hombres siempre resultaban más apetecibles que el infeliz Oseas.

En medio del reiterado adulterio de Israel, el Señor se acerca con este sorprendente mensaje: «Voy a seducirla, llevarla al desierto, y hablarle al corazón». El plan, que contradice todos los impulsos de nuestro mezquino corazón, mantiene la coherencia con el insistente amor de un Dios que rehúsa darse por vencido. Él es el más obstinado de los amantes; no entiende de desagravios, ofensas, insultos o escarnios.

En lo personal, me llama la atención esta frase: «Voy a... llevarla al desierto». ¿Por qué al desierto? ¿Por qué no a un lugar más romántico y bello? Precisamente, porque anda en pos de una mujer que continuamente se distrae, diciendo: «Iré tras mis amantes, que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mi bebida» (v. 5). El desierto es un lugar árido, infecundo, desprovisto de lo más esencial para sustentar la vida. Carece del pan, del agua, de la lana, del lino, del aceite y de las bebidas que tan rápidamente seducían a esta mujer en la ciudad. Allí no tendrá más opción que prestarle atención a su verdadero marido.

Algún comentarista ha observado que la razón por la que Dios condujo a Israel al desierto, cuando pudo haber llegado a la Tierra Prometida en menos de dos semanas, se debe a la necesidad de que Israel atravesara por este proceso de purificación. Debían no solamente salir de Egipto físicamente, sino también vivir esa experiencia que les permitiría desalojar a Egipto de sus corazones. Y no resultó innecesario el camino que había escogido el Señor. Cada vez que se encontraban en problemas, volvían la mirada, con nostalgia, hacia el país donde habían sido esclavos.

En ocasiones, nosotros también somos conducidos al desierto. Vienen a nuestra vida tiempos en los que todo aquello que nos entusiasmaba y seducía pierde su atractivo, y la vida se torna gris e insulsa. Nos identificamos con la multitud de figuras, en la historia del pueblo de Dios, que fueron también purificadas intensamente en el desierto.

El Señor mismo ha tocado nuestro entorno para que elevemos la mirada hacia la fuente de vida. Si descubrimos que estábamos perdiendo el tiempo en vanidades, habremos accedido a una valiosa revelación. Si lo abrazamos a él, habremos comenzado a vivir.

ORACIÓN

Señor, dame la capacidad para escuchar tus tiernas invitaciones en cada una de las pruebas que me toca atravesar. Concede que las dificultades sean mis mejores aliadas en la búsqueda de una vida de mayor confianza en ti.

16 DE ENERO

Infructuosa comparación

El fariseo, de pie, apartado de los demás, hizo la siguiente oración: «Te agradezco, Dios, que no soy como otros: tramposos, pecadores, adúlteros. ¡Para nada soy como ese cobrador de impuestos!».   Lucas 18.11

Si te detuvieras a reflexionar sobre las ocasiones en que criticas a otros, podrías observar un interesante patrón. Tú siempre sales bien parado en esas críticas. Es decir, puedes darte el gusto de criticar a los demás porque tú definitivamente no padeces los errores y egoísmos que te parecen tan despreciables en la vida de otros. Si tuvieras consciencia de su existencia, tus críticas no tendrían ese aire de confiada denuncia que percibimos en la oración del fariseo. Él «gracias a Dios» no era para nada como aquel cobrador de impuestos.

Es necesario señalar que el hecho de que tú y yo no percibamos en nuestra propia vida las mismas debilidades que notamos en otros, no es un indicador confiable de que las mismas no existan. Lo único que revela esta percepción es lo eficaz que es el pecado a la hora de ocultar su presencia en nuestro corazón. No nos fiemos de la lectura que podamos hacer de nuestra propia vida. Tal como señala el profeta Jeremías, el corazón es más engañoso que todas las cosas y, para colmo de males, no tiene remedio (17.9).

Existen al menos tres razones por las que es poco fructífero usar a los demás como punto de referencia para evaluar nuestra propia vida. En primer lugar, tú y yo no poseemos la capacidad de una lectura acertada del corazón. Esto no solamente nos entorpece a la hora de mirar la vida de nuestros semejantes, sino que también complica la mirada que dirigimos hacia nuestro propio corazón. Nuestras conclusiones invariablemente van a estar enturbiadas por la miopía de nuestra visión. El único que lee correctamente los corazones es el Señor.

En segundo lugar, la perversidad del corazón lleva a que siempre escojamos compararnos con aquellos que nos dejarán bien parados a nosotros. Es decir, somos sumamente selectivos a la hora de escoger con quien compararnos. Si queremos saber si somos sacrificados, jamás escogeríamos compararnos con la Madre Teresa, por ejemplo, porque invariablemente saldríamos perdiendo.

En tercer lugar, el hecho de que tú y yo descubramos errores en la vida de los demás no nos ayudará en el día en que tengamos que rendir cuentas ante el Señor. Ese día no habrá a quién señalar ni con quién compararse. Cada persona deberá asumir responsabilidad por su propia vida. No tendremos a quién echarle la culpa, ni tampoco a quién señalar, para que nuestra falta de brillo no se note tanto. Seremos evaluados pura y exclusivamente conforme a la vara que usa Dios. Por esto, es bueno que nos acostumbremos a hacer silencio a la hora de señalar con el dedo a la persona que está a nuestro lado. Invertimos mejor nuestro tiempo cuando nos esforzamos por identificar y remediar nuestras propias flaquezas.

MEDITACIÓN

Por esas perversas vueltas de la vida quizás te sientas tentado, al finalizar esta lectura, a dar gracias por no ser como el fariseo. Sin darte cuenta, habrás caído otra vez en la trampa de la comparación. Renuncia a ese proceso, que de nada aprovecha.

17 DE ENERO

Levadura

Es terrible que se jacten sobre dicho asunto. ¿No se dan cuenta de que ese pecado es como un poco de levadura que impregna toda la masa? Desháganse de la vieja «levadura» quitando a ese perverso de entre ustedes. Entonces serán como una nueva masa preparada sin levadura, que es lo que realmente son.   1 Corintios 5.6-7

En el texto de hoy Pablo advierte a una congregación, excesivamente tolerante, acerca de los peligros que implica la presencia de personas, dentro del cuerpo de Cristo, que deliberadamente andan en pecado. Lejos de sufrir ellos un proceso de transformación por la acción de sus hermanos, la iglesia acabará contaminada por las perversas convicciones que ellos tienen.

La iglesia ha olvidado, insistentemente, que esta exhortación no se refiere a los que no están en Cristo, sino a los que están dentro del cuerpo. Al aislarnos de los que aún no han sido redimidos perdemos los valiosos puentes necesarios para llegar hasta ellos con la Buena Noticia de salvación. Por esto, Pablo mismo se siente en la necesidad de aclarar: «No me refería a los incrédulos que se entregan al pecado sexual o son avaros o estafadores o rinden culto a ídolos. Uno tendría que salir de este mundo para evitar gente como esa» (1 Corintios 5.10).

No obstante esta aclaración, quisiera hablar de otra dimensión que encierra este problema. Nuestra relación con los incrédulos debe ser dirigida por un claro anhelo: despertar en ellos hambre y sed por la persona de Dios. Observo, sin embargo, que en un mundo gobernado por los medios de comunicación, muchos hijos de Dios sostienen relaciones permanentes con personajes del mundo del espectáculo que no se prestan para sembrar los valores del reino en ellos. Estas relaciones se viven de manera artificial por medio de las ubicuas pantallas que han invadido cada espacio de nuestra vida personal. De esta manera, millones de cristianos andan en «compañía» de personas cuyos códigos morales son diametralmente opuestos a los del reino. No se pierden un solo programa de sus animadores favoritos o de las series que siguen con tanta devoción. Al no permitir un contacto genuino con estos gerentes del espectáculo, el camino de influencia acaba siendo unidireccional, de la pantalla hacia la vida del espectador.

El hecho de que muchos creyentes repitan todas las frases, los chismes y los modismos que giran en torno de estos personajes revela con cuánta facilidad logran leudar la masa de la iglesia. No debe sorprendernos el hecho de que pasar veinticinco, cuarenta o sesenta horas por semana en compañía de personas de dudosa moral acaba sembrando en nuestro corazón las mismas cuestionables convicciones que ellos poseen.

Lo alarmante del proceso de la levadura es que es invisible. Actúa escondida, en el interior de la masa. Del mismo modo, una dieta permanente de espectáculos televisivos con escaso valor moral también actuará de manera invisible en los recovecos más escondidos de nuestra alma.

EXHORTACIÓN

«Que la inmoralidad, y toda impureza o avaricia, ni siquiera se mencionen entre ustedes, como corresponde a los santos. Tampoco haya obscenidades, ni necedades, ni groserías, que no son apropiadas, sino más bien acciones de gracias». Efesios 5.3-4 NBLH

18 DE ENERO

Intenciones puras

Pues hablamos como mensajeros aprobados por Dios, a quienes se les confió la Buena Noticia. Nuestro propósito es agradar a Dios, no a las personas. Solamente él examina las intenciones de nuestro corazón.   1 Tesalonicenses 2.4

Una de las marcas de este período incierto que transitamos ha sido el infortunado derrumbe de las estructuras que durante siglos han mantenido en pie a la familia. En una cultura en la que somos testigos de un notable deterioro en la capacidad de construir relaciones sanas con el semejante, las bases que sustentan la sociedad se ven seriamente comprometidas.

El resultado de esta insuficiencia es que llegamos a la adultez sin poseer las herramientas necesarias para edificar relaciones robustas y maduras. Nuestro acercamiento al prójimo está viciado por el egoísmo y la urgencia de encontrar en otros lo que deberíamos haber recibido en el entorno de nuestro propio hogar de origen.

Este apremio muchas veces yace escondido en lo más profundo del subconsciente. Enturbia, de manera inevitable, las aparentes buenas intenciones con las que nos acercamos a los demás. Nos conduce hacia relaciones donde el objetivo siempre es sacarle algo a la otra persona. El beneficio anhelado puede ser la aprobación de los demás, el cultivar vínculos que apacigüen el dolor subyacente que atormenta nuestra existencia o, incluso, el sacarle un rédito económico al prójimo.

El apóstol Pablo no desconocía esta tendencia, tan antigua como la existencia del ser humano mismo. Por esto, se siente en la necesidad de aclararle a la iglesia de Tesalónica: «Como saben, nunca fuimos a ustedes con palabras lisonjeras, ni con pretexto para sacar provecho. Dios es testigo. Tampoco buscamos gloria de los hombres, ni de ustedes ni de otros, aunque como apóstoles de Cristo hubiéramos podido imponer nuestra autoridad» (vv. 5-6, NBLH).

Sus explicaciones son llamativas por el contraste que revelan frente al comportamiento de muchos líderes y pastores en estos tiempos, personas que emplean palabras lisonjeras para sacar provecho de sus congregaciones, y que muchas veces manipulan de manera descarada a la gente para construir sus propios reinos. Su ambición es rodearse de un pueblo que los adula y los obedece ciegamente. Aunque aparentan ser libres, están atados a los de su alrededor porque han construido sus ministerios en base a la respuesta que consiguen de los hombres.

¡Qué maravillosa es la preciosa libertad que alcanzamos cuando el Señor nos libra de la necesidad de agradar o usar a los hombres! No necesitamos que los demás piensen bien de nosotros. No requerimos su aprobación, porque hemos decidido vivir buscando agradar a Aquél que está por encima de todo imperio humano. Hemos entendido que toda valoración humana está construida sobre presupuestos frágiles y apreciaciones defectuosas. Solamente nuestro buen Padre celestial ve con absoluta nitidez las intenciones y las motivaciones escondidas de nuestro corazón. Por esto, su opinión es la única que realmente tiene peso. Saberlo nos hace libres de la aprobación o desaprobación de los demás.

PLEGARIA

Señor, reconozco que mi egoísmo pone en riesgo las relaciones que disfruto con las personas que más amo. Líbrame de las maniobras que tienen como objetivo conseguir que las cosas sean siempre como yo quiero. Enséñame a amar como tú amas, buscando lo mejor para los demás, aun cuando signifique que yo deba sacrificar mis más profundos anhelos.

19 DE ENERO

Premio a la obstinación

Les digo, ¡él pronto les hará justicia! Pero cuando el Hijo del Hombre regrese, ¿a cuántas personas con fe encontrará en la tierra?   Lucas 18.8

En la vida espiritual la perseverancia es una de las cualidades indispensables para alcanzar la victoria. Tiene un peso incalculable porque la mayoría de las conquistas en el reino son lentas y trabajosas; solamente las disfrutamos luego de un prolongado período de esfuerzo. Requieren la disposición de persistir en caminar en una misma dirección aun cuando veamos, en lo inmediato, pocos frutos por nuestro esfuerzo.

Cristo sabía que el desánimo sería uno de los enemigos a derrotar en la vida de sus discípulos. La disparidad entre el esfuerzo invertido y los frutos cosechados los llevaría a cuestionar si un proyecto realmente valía el sacrificio que exigía. Por esto, en varias oportunidades les advirtió que debían perseverar en el camino que les había señalado.

Compartió la parábola de la viuda con el juez injusto, en Lucas 18.1-8, como parte de ese proceso de formar en ellos esta característica. Su intención, según el autor, era «enseñarles que ellos debían orar en todo tiempo, y no desfallecer» (v. 1, NBLH). La viuda, que es el personaje

Has llegado al final de esta vista previa. ¡Regístrate para leer más!
Página 1 de 1

Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Devocional en un año--De día y de noche

1.0
1 valoraciones / 0 Reseñas
¿Qué te pareció?
Calificación: 0 de 5 estrellas

Reseñas de lectores