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Un precioso milagro

Un precioso milagro

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Un precioso milagro

valoraciones:
5/5 (2 valoraciones)
Longitud:
195 páginas
2 horas
Publicado:
13 jul 2017
ISBN:
9788491700616
Formato:
Libro

Descripción

Creían que no volverían a verse y resultó que iban a tener un hijo...
Lucas Halliday llevaba meses sin ver a Reba Grant, y le esperaba una gran sorpresa: Reba estaba embarazada... y el niño era suyo. Además estaba a punto de dar a luz.
Reba no podía creerlo, el bebé se había adelantado. Lucas no debía ser su compañero de parto, de hecho ella había creído que no volvería a ver al millonario empresario a pesar de todo lo que había ocurrido entre ellos. Ahora, mientras su pequeña trataba de sobrevivir, Reba descubrió sorprendida que Lucas era en realidad un padre cariñoso y entregado. Y eso le dio esperanzas de que quizá también pudiera ser un buen marido...
Publicado:
13 jul 2017
ISBN:
9788491700616
Formato:
Libro

Sobre el autor

Lilian Darcy has now written over eighty books for Harlequin. She has received four nominations for the Romance Writers of America's prestigious Rita Award, as well as a Reviewer's Choice Award from RT Magazine for Best Silhouette Special Edition 2008. Lilian loves to write emotional, life-affirming stories with complex and believable characters. For more about Lilian go to her website at www.liliandarcy.com or her blog at www.liliandarcy.com/blog


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Vista previa del libro

Un precioso milagro - Lilian Darcy

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2005 Melissa Benyon

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un precioso milagro, n.º 1576- julio 2017

Título original: Their Baby Miracle

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-9170-061-6

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

EN Biggins, Wyoming hacía frío en marzo.

Lucas, mientras se bajaba del todoterreno que su padre había comprado a finales del año anterior para desplazarse por el nuevo rancho de la Corporación Halliday, percibió la amenaza de nieve en el aire. Al otro lado de la calle, el asador de carne a la plancha y la parrilla Longhorn atraía por su calidez; así que ignoró su titubeo respecto a entrar.

Reba Grant seguramente estaría trabajando en la enorme parrilla de la cocina, tras las puertas de vaivén. Había ido con la esperanza de verla, «necesitando» verla, pero no lo atraía la idea. Iba a ser una reunión espinosa y emocional; incómoda para ambos.

Abrió la puerta y lo recibió una oleada de aire cálido que olía a buena comida y café fresco; era viernes por la noche, y la multitud podía camuflar su llegada un rato, si necesitaba tiempo. Una camarera pelirroja lo condujo a una pequeña mesa que había en la esquina. Le ofreció una carta y le preguntó si quería beber algo.

—Sólo agua, gracias.

—Enseguida —sonrió, esquiva, y giró con prisa. Reba le había sonreído así la última vez que se vieron, antes de navidades. Había sido una conversación corta e incómoda. Había percibido su hostilidad. Una semana después la había visto en la ciudad y estaba casi seguro de que ella también a él, pero cruzó la calle rápidamente y entró en la ferretería, sin saludarlo.

Tenían que hablar esa noche.

Había pasado los dos últimos meses y medio en Nueva York, trabajando quince horas al día en los negocios de la empresa Halliday. Lucas había tardado en tomar una decisión, pero se había convencido.

Tenían que hablar.

Reba no tenía derecho a ser hostil, pero lo estaba siendo, eso sólo podía significar una cosa. Ella no tenía ni idea de hasta qué punto Lucas había compartido su dolor por lo que habían perdido en noviembre.

Necesitaba explicarle su dolor allí, en su territorio, y ambos tenían que llegar a un entendimiento y una forma de manejar los encuentros superficiales que pudieran tener en el futuro, dado que él pensaba pasar más tiempo en el rancho Seven Mile.

Se dijo que quizá «superficiales» no era la palabra correcta. Reba Grant nunca había tenido nada de superficial, y tampoco era una palabra que la gente soliera aplicarle a Lucas. No había habido nada de superficial en cómo habían conectado seis meses antes, en septiembre. Que ninguno de ellos hubiera deseado o considerado que su atracción pudiera tener futuro, no implicaba que hubiera sido una relación superficial.

Miró de nuevo a la camarera, atendiendo a las mesas ocupadas. Era de estructura fuerte y compacta y debía tener veintitantos años, como Reba. Antes de sonreír lo había mirado con curiosidad, como sugiriendo que sabía exactamente quién era, pero que aun así tardaría un rato en atenderlo, a pesar de que era un Halliday.

Si Reba trabajaba esa noche, también estaría muy ocupada. Se dijo que quizá debería esperar para verla, pero no quería. Había volado desde Nueva York esa tarde y quería solucionar ese asunto lo antes posible.

Decidió lo que iba a pedir y observó a la camarera desaparecer tras la puerta de vaivén con un montón de platos vacíos. Sujetó la puerta con un codo para darle paso a una camarera que salía. Observó el caos que había alrededor de la parrilla y vio la espalda de Reba. La reconoció sin dificultad: su postura expresaba una extraña mezcla de gracia y dureza, realzada por la brillante cascada de pelo oscuro.

El recuerdo del deseo lo invadió como una ola.

Y también el del deseo satisfecho.

Sabía cómo se movía ese cuerpo llevado por el éxtasis. Recordaba su piel cremosa y suave como la seda como si la hubiera visto y tocado el día anterior. Conocía el olor de su pelo, sencillo y fragante, y el sonido rasposo de su risa.

Era Reba, sin duda alguna.

La puerta se cerró y ella se dio media vuelta para alcanzar algo. Por un momento pensó…

No. Era imposible.

Pero siguió mirando la puerta y se puso de pie, para ver mejor. La puerta se abrió de nuevo unos segundos después y no le quedó ninguna duda.

Reba estaba embarazada. Todavía.

Hasta ese momento había creído que ella había perdido al bebé en el primer trimestre de embarazo.

—Alguien quiere hablar contigo —oyó decir Reba, pero no se fijó en qué camarera había hablado.

Levantó la cabeza y vio a Lucas Halliday, inmóvil como una estatua, justo como habría sabido que ocurriría cuando volvieran a verse. Ejerció el mismo efecto instantáneo y poderoso en sus sentidos; lo recordaba con tanta intensidad que era casi doloroso.

Parecía tan enfadado como había esperado, aunque pensaba disputar su derecho a sentirse así con toda su energía.

—No es un buen momento, Lucas —afirmó con voz tranquila.

—Puede que no lo sea desde tu punto de vista. Desde el mío, es perfecto —miró su abultado vientre con frialdad—. Tienes muchas cosas que explicar, Reba, desde que nos vimos en navidades, y no veo por qué habría de esperar más.

—Estamos muy liadas —su cuerpo llevaba protestando más de una hora. Le dolía el estómago, bajo la curva abultada y dura del embarazo. Era un dolor sordo que sentía como un incómodo cinturón a ratos, luego se calmaba y lo olvidaba hasta que volvía.

—Tómate un descanso —dijo su mejor amiga, Carla, tocándole el brazo con gesto de preocupación. Debía haber visto a Lucas y había estado cerca, esperando para aparecer cuando Reba la necesitase.

Las dos se conocían desde el colegio. Carla trabajaba allí como camarera; tenía dos hijos, uno de ellos aún bebé. Reba se preguntó si ella también había sentido ese incómodo dolor a esa altura de sus embarazos. Las dos veces había trabajado hasta un par de semanas antes del parto y nunca había mencionado problemas ni dolores.

—No me toca descanso —contestó Reba.

—Tienes que hablar con él —dijo Carla en voz baja—. Será mejor que lo hagas ahora. El tipo parece debatirse entre dar un puñetazo a la pared o desmayarse.

—Carla…

Lucas seguía allí, rígido y enfadado, dispuesto a saltar en cuanto estuvieran solos.

—Pensaste dos veces que todo había acabado entre vosotros, ¿no? —masculló Carla—. Una en septiembre, por acuerdo mutuo, otra cuando perdiste al gemelo, en noviembre. Tienes una historia con él Reba.

—Y un futuro también —Reba cerró los ojos. Un futuro, fuera bueno o malo. Era el padre del bebé, y resultaba obvio que no iba a dejarlo correr—. De acuerdo, Carla, lo sé.

—¿Gordie no ha venido esta noche, Reba? —preguntó la nueva camarera risueña, sin notar que la tensión que había en el ambiente no tenía nada que ver con Gordie McConnell. La larga relación de Reba con Gordie había terminado hacía más de ocho meses, aunque ni Gordie ni media población de Biggins parecían haberlo asimilado aún. Reba apretó los dientes.

—No lo he visto, Dee —contestó.

—Vete. Ahora. Al despacho del gerente —siseó Carla en su oído—. O a tu casa. Habla con Lucas. Antes de que aparezca Gordie y las cosas se pongan aún más difíciles —le quitó la espumadera de la mano y la empujó hacia la puerta—. Alguien te sustituirá.

—Tengo una mesa en la esquina —ofreció Lucas con voz fría y el cuerpo tenso.

—No. No voy a hablar de esto aquí, delante de medio Biggins —contestó Reba—. Iremos al despacho del gerente —empezó a ir en esa dirección y él la siguió.

—Me alegra que entiendas que tenemos que hablar —dijo él.

—No tendría sentido negarlo, a estas alturas.

—Pero lo habrías hecho si no hubiera aparecido.

—No, sabía que tendrías que enterarte antes o después. Esperaba que no fuese hasta después del nacimiento del bebé. Y quiero dejarte claro, Lucas, que no te considero involucrado.

—¿Cómo diablos no voy estar involucrado? ¿Por eso fuiste tan fría en Navidades? Temías que lo adivinara?

—No. Entonces no lo sabía. Estaba enfadada y tenía buenas razones.

—¿No lo sabías? Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá enseguida —abrió la puerta del despacho.

—Bien, estoy deseando oírlo —farfulló con dureza. Entró en el atiborrado despacho y cerró la puerta—. Lo que veo me parece imposible. Empieza desde el principio. Dime cómo conseguiste montar esa escena en el restaurante de Cheyenne, y en el hospital. ¿Cómo convenciste a un médico de que habías perdido al bebé?

—No sé cómo puedes creerme capaz de algo así.

—No lo haría, sin la evidencia. Pero suelo confiar en los hechos, no en los sentimientos.

—No fue ningún montaje, Lucas —se volvió hacia él, volviendo a sentir el dolor rodeando su estómago y espalda. Desapareció enseguida. Deseó sentarse en un sillón cómodo con una almohada en la espalda.

Lucas Halliday seguía pareciéndole demasiado guapo y seguía llenándola de emociones contradictorias, igual que casi seis meses antes y, de nuevo, en noviembre. Ira y resentimiento, interés involuntario en lo que le gustaba, atracción y respeto.

—Además, eso no fue el principio, y tú lo sabes —le reprochó.

—Entonces, empieza con lo que defines como principio —dijo él—. ¿Esa primera tarde en la cabaña? ¿La noche que intentamos despedirnos en la puerta de mi habitación del motel? ¿El día que viniste a verme al rancho, en noviembre?

—Ninguna de esas veces.

—No, supongo que no. Supongo que se remonta más atrás, ¿verdad?

Sus ojos se encontraron. Los de él parecían oscuros y nublados con múltiples capas de recuerdos; ella supo que él tendría que definir «el principio» de la misma forma que ella: ese día de septiembre que se vieron por primera vez…

Capítulo 2

PARA Lucas Halliday no era problema comprar un rancho para su padre. Ya había comprado cuatro en los últimos dos años. Los cuatro habían resultado buenas inversiones; él los visitaba para supervisar cómo iban y contrataba a gente capaz para dirigirlos.

Pero la nueva compra era distinta. La última esposa de su padre, la tercera desde que se divorció de la madre de Lucas, tenía la fantasía de comprar un auténtico rancho ganadero como cuarta vivienda. Quinta, si se contaba el yate.

Raine quería paisaje de cuento, una cabaña de madera digna de Vogue, ganado como el de las películas, sin olor, y un arroyo para pescar. A su padre le parecía bien, siempre y cuando el rancho diera beneficios.

Lucas tenía que encontrar esa combinación imposible. Había reducido la búsqueda al sur de Wyoming, porque estaba cerca de las pistas de esquí de Colorado y de Denver, que tenía aeropuerto. Ya había eliminado dos propiedades. Si no podía dar a Raine y a su padre un informe favorable de Seven Mile, les diría que buscaran ellos. Prefería ocuparse de adquirir empresas a satisfacer las fantasías de madrastras mimadas.

Le dijo al agente inmobiliario que dedicaría tres días a ver la propiedad, pero volvería a Nueva York en medio día si Seven Mile no cumplía sus expectativas.

Llegó a Denver en un vuelo tardío, alquiló un coche y condujo hasta Biggins. Después de registrarse en el mejor motel de la ciudad y cenar sorprendentemente bien en el asador Longhorn, estaba convencido de que se iría al día siguiente.

Biggins no tenía boutiques, ni tiendas de artesanía o antigüedades. Sólo había tres moteles, dos restaurantes y un salón de belleza. Raine esperaba las atracciones de la ciudad cerca de la belleza rural, y allí no las tendría.

Jim Broadbent recogió a Lucas a las ocho y media de la mañana, y fueron juntos a Seven Mile. El camino era bonito. Se veía la sierra de Medicine Bow en la distancia y la hierba de las praderas parecía dorada a la luz de la mañana.

Jim habló de ganado, cosechas y derechos de riego. Era un agente inmobiliario experto, de unos cincuenta años, y daba la impresión de que le resultaría fácil vender el rancho, incluso si Empresas Halliday Continental no lo quería. Lucas supuso que era una estrategia comercial y no lo tuvo en cuenta.

Se aproximaron a las montañas. Cruzaron un arroyo ancho y poco profundo, de agua plateada. Lucas supo que, tuviera o no las cualidades apropiadas,

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