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Música para leer
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Música para leer

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Siete notas para amar la música.

El acceso al mensaje poderoso y transformador de la música exige una cierta pedagogía, que no siempre se ha sabido cultivar de la manera adecuada. Desgraciadamente, sucede muy a menudo que el enfoque de la enseñanza musical en las escuelas —e incluso en los conservatorios— no es el correcto. Como consecuencia de esto, una gran parte de la población más joven —y no tan joven— no siente ninguna afinidad hacia la gran música; la consideran una realidad lejana, incomprensible, propia de gente aburrida o extraña. Otros quizás albergan la sospecha de que se trata de un mundo fascinante y enriquecedor, pero les parece que no disponen de las claves para acceder a él; no saben cómo se han de acercar a las grandes creaciones musicales, y pronto se rinden con la amarga sensación de que han perdido ese tren.
Escrito en un registro cercano y amable —tan lejos de la erudición como de la divulgación insustancial—, Música para leer es una guía para iniciarse, profundizar y llegar a amar —hasta la completa adicción— el mundo de la gran música.
IdiomaEspañol
EditorialPlataforma
Fecha de lanzamiento13 mar 2015
ISBN9788416256518
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    Música para leer - Íñigo Pirfano

    2014

    Lo bueno

    es enemigo de lo mejor

    Johann Sebastian Bach

    Pasión según san Mateo

    «Estudie a Bach; en él lo encontrará todo».

    JOHANNES BRAHMS

    Bach

    «No debería llamarse arroyo, sino océano». Con este juego de palabras1 se refería Beethoven a uno de los más grandes compositores que ha dado la historia. En el arranque mismo de nuestra ambiciosa empresa, quisiera que nos adentráramos en la fascinante personalidad que se escondía debajo de esa peluca empolvada que vivió hace más de doscientos cincuenta años. Estoy convencido de que el lector descubrirá que tiene mucho más en común con este gran artista de lo que cree. Sucede con frecuencia que quienes no han escuchado sus obras con el debido interés piensan que éstas son densas y abstractas como pocas. Sin embargo, nada hay más alejado de la realidad. Con estas páginas pretendo que muchas personas lleguen a intimar con este gigante de la composición, que descubran al hombre que era Bach: su fuerte carácter unido a su bondad, su impresionante entereza para afrontar una vida sembrada de adversidades. Y, por encima de todo, que lleguen a enamorarse de la grandeza que transmite su música. Me veré sobradamente recompensado si, a raíz de esta lectura, una sola persona decidiera hacer de la música de Bach una compañera inseparable para el resto de su vida.

    El primer motivo por el que creo que la música de Bach merece que le dediquemos nuestro interés es por el efecto inmediato que produce en nosotros. Si la escuchamos con atención y sosiego, comprobaremos que esa música aquieta el alma como ninguna otra. Su mezcla de dramatismo y de unción, de sobria elegancia y de belleza contenida conduce al oyente, casi sin darse cuenta, a un estado de bienestar tan relajante al menos como el yoga o el taichi. Recomiendo de veras tener siempre a mano una buena versión de sus Suites para violonchelo o de sus Partitas para violín. Serán especialmente adecuadas para aquellas situaciones en que parezca que nuestros nervios se van a romper y no nos resulte fácil adoptar la posición «flor de loto»; por ejemplo, en el transcurso de una apasionante reunión de la comunidad de vecinos o cuando la sombra de un informe urgente e ineludible planee sobre nosotros cuando estábamos a punto de abandonar la oficina.

    En segundo lugar, es asombroso lo actuales que resultan su persona y sus circunstancias. Porque Bach constituye un paradigma del hombre proactivo. Fue alguien a quien no se le ahorró ningún esfuerzo. Tuvo que luchar para abrirse camino y mantener económicamente a su gran familia, desempeñando una profesión para la que estaba dotado como ningún otro. Sin embargo, con no poca frecuencia otros candidatos mucho menos capacitados que él –pero con mejores contactos– accedían a puestos para los que también él se había postulado. Estoy convencido de que este simple hecho hará que algunos lectores se sientan un poco más identificados con él y le empiecen a tomar afecto. ¿Por qué será que este mundo nuestro tiene el fastidioso hábito de reconocer a sus mejores hijos sólo cuando éstos han desaparecido?

    Johann Sebastian Bach (Eisenach, Turingia, 1685-Leipzig, 1750) pasa por ser la figura más importante del Barroco alemán tardío. Sin duda esto se debe a que otras personalidades destacadas de la época –como Telemann– no escribieron tal volumen de obras, ni piezas tan perfectas. El único que en justicia podría equiparársele es Georg Friedrich Haendel. Pero Haendel desarrolló la práctica totalidad de su carrera en Inglaterra, con lo que hay quienes ni siquiera lo consideran un compositor propiamente alemán.

    La primera dificultad que encontramos a la hora de adentrarnos en el perfil psicológico de Bach es que no existen demasiados documentos sobre él. Apenas existen cartas personales, que casi siempre constituyen la fuente idónea para conocer el lado más humano de las personas. Además, los retratos y esculturas que han llegado hasta nosotros no le hacen justicia: nos muestran a un hombre serio y severo, atenazado acaso por el corsé de su profunda y austera fe luterana, en la que había sido educado desde niño. Pero esto no es así. Lejos de convertirlo en una persona apocada o acomplejada, la práctica de su fe le sirvió más bien para afrontar las situaciones dolorosas con serenidad y esperanza. Como queda dicho, Bach es el perfecto ejemplo de hombre hecho a sí mismo en circunstancias adversas: perdió a sus padres cuando apenas contaba diez años de vida, su primera esposa –su prima María Bárbara– murió repentinamente y fue sepultada mientras el compositor se encontraba de viaje; y de los veinte hijos que tuvo entre los dos matrimonios –posteriormente se casó con la joven cantante Anna Magdalena, a la que amó tiernamente–, sólo sobrevivieron diez. Tal vez todos estos golpes de fortuna fueran haciendo de él una persona fuerte –curtida en el dolor–, pero no endurecida o insensible. Como buen padre de familia, disfrutaba en compañía de los suyos. Con frecuencia organizaba reuniones con amigos y parientes en las tabernas locales, en las que se hacía música, se bailaba y se bromeaba con toda normalidad. La honda formación que recibió en la fe luterana –la realidad que posiblemente influyó más poderosamente en su personalidad– le proporcionó una determinada visión del mundo, y marcó decididamente su relación con la música.

    Conviene recordar brevemente que para Martín Lutero (1483-1546), la música dotaba a los textos bíblicos de una fuerza especial. Uno de los puntos más reseñables de su doctrina era precisamente éste: que la Palabra de Dios resultaba aún más enriquecida cuando iba acompañada por una música devota e inspirada. La música le servía, además, como un fantástico instrumento de unidad a la hora de poner en práctica sus planes. Como es sabido, Lutero quiso realizar una reforma en el seno de la Iglesia para salir al paso de los desmanes y la corrupción de algunos eclesiásticos de Roma. Con la astucia de un gran estratega, aprovechó la animadversión que el centralismo político de Carlos V provocaba en los príncipes alemanes para reivindicar una especie de Iglesia nacional alemana. Por este motivo –y conociendo el carácter y la tradición de su país–, Lutero se percató enseguida de la importancia que la música tenía para llevar a cabo su misión. Tanto él como sus seguidores compusieron multitud de himnos y corales –muchos de ellos basados en melodías populares o en canciones amorosas–, adaptados con nuevos textos, para que la comunidad pudiera cantarlos durante el servicio divino.

    Desde niño, Bach estuvo muy influido por el contacto habitual con esta música, así como por el clima de inestabilidad política y religiosa que reinaba a su alrededor. La mencionada Reforma protestante había dividido a los príncipes alemanes entre sí y había generado un clima de violencia y de desajustes sociales. Con la precaria Paz de Augsburgo de 1555, cada príncipe era libre de elegir la religión para su territorio y para sus súbditos. Estas circunstancias históricas –una vez más se comprueba que el arte es hijo de su tiempo– influyeron notablemente en la obra de Bach. No hay que olvidar que en aquella época, los artistas –músicos, pintores– trabajaban siempre por cuenta ajena. Formaban parte del personal de servicio de una corte y gozaban de un reconocimiento no superior al de un cocinero o un cochero. La imagen del artista que crea siguiendo únicamente los dictados de su inspiración no existía en aquella época en absoluto.

    Al componer por encargo, Bach siempre tuvo que supeditarse a la sensibilidad y a los requerimientos de sus respectivos señores. Esto explica que no compusiera prácticamente música religiosa mientras estuvo al servicio de la corte calvinista de Cöthen –de esa época procede la práctica totalidad de su música instrumental– o que escribiera su única misa católica –la impresionante Misa en si menor– como encargo para la católica corte de Dresde.

    La relación de dependencia servil que se establecía con los respectivos señores –sembrada de conflictos, como puede imaginarse– no debía de resultar nada sencilla para alguien dotado de una personalidad tan fuerte. Bach era perfectamente consciente de su genio. Tenía, además, la legítima ambición de crecer y progresar profesionalmente, lo que lo llevó a cambiar de trabajo con relativa frecuencia, con el desarraigo personal y familiar que esto habitualmente comporta. Su vida fue una continua carrera de obstáculos, en busca siempre de la excelencia. Al contrario de lo que recomienda la sabiduría popular –«lo mejor es enemigo de lo bueno»–, Bach hizo suya una idea que convirtió en una especie de programa de vida, y que bien podría servirnos también a nosotros –ciudadanos del siglo XXI– como recordatorio: si te conformas con lo bueno, no alcanzarás lo mejor.

    Después de una primera etapa en su Eisenach natal –y tras la muerte de sus padres–, Bach se trasladó a vivir con un pariente a Ohrdruf, una pequeña localidad cercana. Allí comenzó a recibir lecciones de música, a la vez que cantaba en el coro local. Con quince años, y gracias a sus impresionantes aptitudes, recibió una beca para continuar sus estudios en la ciudad de Luneburgo. Es en esta pequeña y pintoresca localidad de la Baja Sajonia donde adquirió su extraordinaria formación como violinista y organista, y comenzó a tener contacto con la música que se componía tanto en Alemania como en el resto de Europa. Esa etapa en Luneburgo supuso el comienzo de su carrera propiamente dicha, y el arranque de su peregrinaje de una corte a otra. De allí se trasladaría a Arnstadt, Mühlhausen, Weimar, Cöthen y finalmente Leipzig, en donde permaneció más de veinticinco años, hasta su muerte.

    Su carácter, su gran determinación y un sarcasmo a duras penas doblegado le provocaron no pocos conflictos laborales a lo largo de su andadura profesional. Era comprensivo con el error, pero implacable ante la mediocridad. Por eso, siendo director musical en Arnstadt, ridiculizó al negligente fagotista de la orquesta local, componiendo para él un pasaje de una dificultad técnica casi insuperable. Cuando llegó el pasaje en cuestión, el músico lógicamente falló, y Bach lo increpó llamándolo: «¡Fagotista cretino!». El instrumentista no soportó esa humillación y reunió a unos cuantos amigos para propinarle una buena paliza a la salida del ensayo. Al verse sorprendido en la oscuridad, Bach sacó un estilete, con lo que se armó un enorme revuelo que fue la comidilla de la ciudad. El caso fue llevado a juicio, y el concejo se puso de parte del fagotista humillado. La anécdota sirve para rechazar una imagen bastante extendida del compositor, que lo representa como un hombre blando y sin temperamento. Tal vez, parte de culpa la tenga la publicación de unos supuestos recuerdos de su segunda mujer –la famosa Pequeña crónica de Anna Magdalena Bach– que, mediante un lenguaje empalagoso y afectado, nos muestra a un Bach completamente irreal. Pese a que mucha gente aún cree que el libro es original, en realidad es obra de una profesora inglesa llamada Esther Meynell, y fue publicado anónimamente en 1925.

    De la misma época de su estancia en Arnstadt data el viaje que realizó a pie hasta Lübeck –¡más de 400 km!– para escuchar a Dietrich Buxtehude, considerado entonces el mejor organista del mundo. Esto volvió a ocasionarle problemas, aunque en este caso no sin razón: había pedido un permiso para ausentarse cuatro semanas y permaneció allí cuatro meses sin dar explicación alguna. Años más tarde –ya instalado en la elegante ciudad de Weimar–, murió el director musical de la corte y su puesto no le fue ofrecido a él –al que en justicia le correspondía–, sino a un mediocre compositor muy bien relacionado. El enfado de Bach fue tan soberano que se negó a seguir componiendo y presentó su dimisión. Esta reacción exasperó tanto a su señor, el duque

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