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Huracán en Jamaica

Huracán en Jamaica


Huracán en Jamaica

Longitud:
253 páginas
4 horas
Editorial:
Publicado:
11 jun 2017
ISBN:
9788490653340
Formato:
Libro

Descripción

En Jamaica, a mediados del siglo XIX, los cinco hijos de la familia inglesa Bas-Thornton y los dos de la familia criolla Fernández viven en «una especie de paraíso». Pero, después de que un terremoto y un huracán hayan reducido a escombros las posesiones de sus familias, son enviados a Inglaterra para su educación. Durante el trayecto, el barco en que viajan es abordado por unos piratas y los niños se encuentran accidentalmente «secuestrados»; sus captores, sin embargo, distan de ser rudos y desalmados marineros y se resignan a navegar con esa inesperada compañía. Huracán en Jamaica ha conservado intacta la temible sugestión de ser una de las novelas más perturbadoras sobre la crueldad infantil, cuya influencia en otros clásicos como El señor de las moscas es indudable.
Editorial:
Publicado:
11 jun 2017
ISBN:
9788490653340
Formato:
Libro

Sobre el autor

Richard Hughes (1900-1976) nació en Surrey y se educó en Oriel College, (Oxford). En sus años de estudiante, editó con Robert Graves la revista de poesía, Oxford Poetry. Trabajó luego como periodista y realizó varios viajes. En 1932 se casó con la pintora Frances Bazley. Hughes escribió solamente cuatro novelas, entre las que destaca sobre todo la primera de ellas, Huracán en Jamaica, publicada de 1929, y que fue llevada al cine por Alexander Mackendrick en 1965. En 1938 apareció su segunda novela, En peligro. A pesar de que su obra más ambiciosa es la trilogía The Human Predicament, Hughes sólo publicó los dos primeros volúmenes, The Fox in the Attic (1961) y The Wooden Shepherdess (1973). El tercer volumen quedó inconcluso tras su muerte. Hughes escribió también poesía, varias obras de teatro y libros para niños, así como el volumen de relatos A Moment of Time (1926).


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Huracán en Jamaica - Richard Hughes

EDITORIAL

CAPÍTULO I

I

Una de las consecuencias de la emancipación de las Antillas es la gran cantidad de ruinas pegadas a las casas o próximas a ellas que todavía se encuentran: viviendas para esclavos en ruinas, molinos de azúcar en ruinas, casas de calderas en ruinas y, con frecuencia, mansiones en ruinas demasiado caras que ya nadie puede mantener. Los temblores de tierra, el fuego, la lluvia y la aún más mortífera vegetación hicieron su trabajo con rapidez.

Conservo una imagen muy clara de una escena de Jamaica. Había una enorme mansión de piedra llamada Derby Hill (donde vivían los Parker). Había sido el centro de una plantación muy próspera. Con la emancipación, como les sucedió a muchas otras, se desmoronó. Los ingenios de azúcar se vinieron abajo. Los arbustos cubrieron la caña y los pastos. Los peones negros dejaron sus casas a la vez y se marcharon a donde les preocupara menos la posibilidad de trabajar. Más tarde se quemaron las dependencias de los negros del servicio doméstico y los tres criados fieles que todavía quedaban ocuparon la mansión. Las dos herederas de todo esto, las señoritas Parker, envejecieron; además, por su educación, eran unas incapaces. Y ésta es la escena: me acerco a Derby Hill para un asunto cualquiera, sorteo los arbustos, que me llegan a la cintura, y llego a la puerta, que estaba siempre abierta por culpa de una planta insalvable. Las celosías de la casa se habían roto y las habían sustituido por parras vigorosas a modo de contraventanas, y en esa penumbra desmoronada y medio vegetal se asomaba una negra vieja, envuelta en un mugriento vestido de brocado. Las dos viejas señoritas Parker vivían encamadas, porque los negros se habían llevado toda su ropa; y estaban a punto de morirse de hambre. Les llevaron agua potable en dos tazas de porcelana de Worcester agrietadas y tres cortezas de coco en una bandeja de plata. En seguida, una de las dos herederas convenció a sus tiranos para que le prestaran un viejo vestido estampado y salió y se paseó con desgana entre aquel desorden: trató de limpiar la sangre y las plumas de unos pollos masacrados de una mesa de mármol de cantos dorados; trató de hablar con sensatez; trató de dar cuerda a un reloj Ormolú y luego se dio por vencida y volvió a la cama dando tumbos. No mucho después, creo, las dos murieron de hambre. O, si esto no es posible en un país tan prolífico, tal vez les dieran vidrio molido –los rumores difieren–. En todo caso, murieron.

Escenas así dejan una profunda impresión, mucho más profunda que el detalle ordinario, menos romántico, que da idea del verdadero estado de una isla desde el punto de vista estadístico. Por supuesto, incluso en períodos de transición sólo se encuentran melodramas como éste en sitios muy raros. Mucho más característica era, por ejemplo, Ferndale, una hacienda situada a unos veinticuatro kilómetros de Derby Hill. Allí sólo se mantenía en pie la casa del capataz –la Casa Grande se había derrumbado por completo y no quedaba nada de ella–. Consistía en una planta baja de piedra, que habían cedido a las cabras y a los niños, y en un primer piso de madera, la parte habitada, a la que se llegaba del exterior por una escalera de madera de dos tramos. Cuando se produjeron los terremotos, la parte alta sólo se desplazó un poquito y pudieron ponerla en su sitio con grandes palancas. El tejado era de tejas planas: tras una temporada muy seca, goteaba como un cedazo, y los primeros días de la estación lluviosa había que pasarlos en un perpetuo cuartel general de camas y otros muebles para escapar de las goteras hasta que la madera se hinchaba.

Durante la temporada que recuerdo habitaban en Ferndale los Bas-Thornton, que no eran oriundos de la isla, sino una familia de Inglaterra. El señor Bas-Thornton gestionaba un negocio en St Anne’s y montaba en mula todos los días. Tenía las piernas tan largas que su aturdida montura le hacía parecer ridículo y, como tenía tan mal genio como la propia mula, normalmente valía la pena contemplar una pelea entre los dos.

Cerca de la hacienda estaban el molino y la casa de calderas. Ambas nunca están demasiado cerca: el molino, que es de agua, suele encontrarse en un terreno más elevado y hace girar los inmensos rodillos verticales de hierro. Desde éstos, el jugo de la caña discurre hasta una pila en forma de cuña en la casa de calderas, y allí un negro lo enjuaga con un poco de lima, ayudándose con un escobón para que quede granulado. A continuación vacían el jugo en grandes depósitos de cobre colocados en hornos donde queman leña y basura o caña aplastada. En la casa de calderas, unos negros de pie recogen la espuma que rebosa con unos cazos de cobre de asa larga, mientras sus amigos se sientan alrededor, comiendo azúcar o mascando escoria en medio de una nube de vapor. La espuma que han limpiado corre por el suelo arrastrando buena cantidad de porquería –insectos, incluso ratas, y todo lo que se pegue a los pies de los negros– hasta otro pilón, del cual se recoge para destilarla y fabricar ron.

Así, al menos, es como solían hacerlo. De los métodos modernos no sé nada. Eso en el caso de que apliquen algún método, porque no he visitado la isla desde 1860, y ha pasado ya mucho tiempo.

Pero antes de ese año, en Ferndale todo había terminado: las grandes cubas de cobre estaban volcadas y, en el molino, los tres grandes rodillos de hierro estaban sueltos. No le llegaba agua: el cauce había seguido su propio camino hacia otra parte. Los hijos de los Bas-Thornton se metían en el pozo arrastrándose a través del conducto, entre hojas secas y los restos de la rueda. Allí, cierto día, encontraron la guarida de una gata silvestre, aunque ésta había salido. Los cachorros eran diminutos y Emily intentó llevárselos a su casa en el delantal, pero no dejaban de morder y arañar con fiereza a través de la fina tela de su vestido; así que le alegró, aunque hiriera su orgullo, que todos escaparan. Todos menos uno. Éste, Tom, creció, aunque nunca llegaron a domesticarlo. Pasado el tiempo dejó preñada a una gata vieja que tenían, Kitty Cranbrook, y el único superviviente de esta progenie, Tabby, se convirtió en un gato famoso a su manera. (Tom huyó a la jungla en cuanto pudo.) Era fiel y un buen nadador. Le gustaba nadar por placer y daba vueltas por el estanque, detrás de los niños, lanzando algún que otro maullido de emoción de vez en cuando. Además, tenía una peligrosa afición a las serpientes: observaba una de cascabel o una negra como si no fueran más que ratones, saltaba sobre ellas desde un árbol o desde alguna otra parte y luchaba hasta la muerte. Una le mordió en cierta ocasión, y todos lloraron amargamente a la espera de una espectacular y definitiva agonía, pero el animal se limitó a internarse en el bosque, y probablemente comiera algo, porque regresó al cabo de pocos días contentísimo y tan dispuesto como siempre a seguir zampando serpientes.

La habitación del pelirrojo John estaba llena de ratas. Solía cazarlas con trampas grandes y luego las soltaba para que Tabby diera buena cuenta de ellas. Cierta noche, el gato estaba tan impaciente que mordió una trampa y, con ella colgando, se alejó dando aullidos, golpeándola contra las piedras, de las que desprendía una lluvia de chispas. Regresó a los pocos días, muy pulcro y ufano, pero John nunca volvió a ver la trampa. Otra de las pestíferas manías de John eran los murciélagos, de los que también su habitación estaba plagada por centenares. El señor Bas-Thornton sabía restallar el látigo, con el que, de un golpe seco, sabía matar a un murciélago en pleno vuelo. Pero el estruendo que armaba en aquella minúscula habitación y a medianoche era infernal: sus latigazos rompían los tímpanos y el aire se llenaba con los penetrantes chillidos de aquellas alimañas.

Con independencia de lo que fuera para sus padres, Jamaica era una especie de paraíso para los niños ingleses, sobre todo en aquella época, cuando en aquella casa nadie vivía de un modo salvaje. Aquí uno tiene que ir por delante de su época: ser decadente, o como lo queramos llamar. De las diferencias entre niños y niñas, por ejemplo, lo mejor era dejar que se cuidasen ellas mismas. El pelo largo habría hecho interminable la búsqueda vespertina de hierbas y liendres. Emily y Rachel llevaban el pelo corto y les permitían hacer todo lo que hacían los chicos: trepar a los árboles, nadar y cazar con trampas pájaros y otros animales; incluso llevaban dos bolsillos en el vestido.

Más que en la casa, la vida se centraba en torno al estanque. Todos los años, al terminar las lluvias, construían una presa para retener el agua; así que, durante toda la estación seca, disponían de una enorme piscina para nadar. Estaba rodeada de árboles: algodoneros enormes y esponjosos con plantas de café entre las garras, y troncos, y gloriosos pimientos verdes y rojos. En medio de tantos árboles, el estanque estaba casi totalmente en sombra. Emily y John pusieron trampas en esos árboles: Sam Pie Cojo les enseñó. Cortad un palo que pueda doblarse y atad una cuerda a un extremo. Luego sacad punta al otro extremo, para poder empalar una fruta como cebo. Justo en la base de la punta, aplanadla un poco y haced un agujero a través de la parte plana. Cortad una estaca pequeña para meterla por el agujero. Luego haced un nudo en el extremo de la cuerda, doblad el palo como cuando se encuerda un arco hasta que el nudo pase a través del agujero, meted la estaca y, sobre ella, a lo largo, colocad el nudo, bastante suelto. Poned un cebo en la punta y colgad la trampa entre las ramas de un árbol: el pájaro se posa en la estaca para picotear la fruta, la estaca cae y el nudo se le cierra sobre las patas. Y ahora salid del agua como monos rosas predadores y decidid con un «Pinto, pinto, gorgorito» o lo que se os ocurra si retorcerle el cuello o soltarlo; y así la emoción, para el niño y para el pájaro, puede durar más que el breve momento de la captura.

Era natural que a Emily se le ocurrieran grandes ideas para mejorar la vida de los negros. Por supuesto, eran cristianos, así que respecto a su moralidad no se podía hacer nada. Tampoco necesitaban sopa, ni prendas de punto, pero era muy triste que fueran tan ignorantes. Después de algunas negociaciones, al final consintieron que enseñara a leer al pequeño Jim. Pero no lo consiguió. Además, Emily era muy aficionada a cazar lagartijas sin que perdieran la cola, que es lo que les pasa cuando están asustadas: hace falta una paciencia infinita para meterlas completas y sin que se asusten en una caja de cerillas. Coger lagartos también era muy delicado. Emily se sentaba y se ponía a silbar, como Orfeo, hasta que salían de su agujero y daban muestras de su emoción enseñando su rosada garganta. Y entonces, con mucha suavidad, los cogía con una larga hoja de hierba. Su habitación estaba llena de estas y de otras mascotas, algunas vivas, otras probablemente muertas. Además, Emily tenía mariquitas domesticadas y un pariente –u oráculo–, el Ratón Blanco de Cola Elástica, siempre dispuesto a resolver cualquier asunto en disputa con una norma que aplicaba con mano de hierro, especialmente con Rachel, Edward y Laura, los pequeños (o «peques», como los llamaban en familia). A Emily, su intérprete, el ratón le permitía, por supuesto, ciertas licencias y en todo lo que tuviera que ver con John, que era mayor que Emily, prefería, muy sabiamente, no intervenir.

Era un ratón omnipresente. Las mariquitas estaban más localizadas: vivían en un agujero de la colina custodiado por dos plantas trepadoras.

En el estanque, lo más divertido era jugar con un gran tronco en forma de tenedor. John se sentaba a horcajadas sobre la rama más gruesa y los demás empujaban las otras dos. Los pequeños, por supuesto, sólo chapoteaban desde la parte que no cubría, pero John y Emily se lanzaban al agua. John, todo hay que decirlo, se tiraba como es debido, de cabeza. Emily sólo saltaba de pie, rígida como un palo. Ahora bien, Emily saltaba desde ramas más altas que su hermano. Cuando cumplió ocho años, la señora Thornton decidió que era demasiado mayor para seguir bañándose desnuda. El único bañador que pudo apañar fue un viejo camisón de algodón. La niña se zambulló como siempre. Primero los globos de aire la pusieron del revés y luego el algodón empapado se le enredó en la cabeza y en los brazos y estuvo a punto de ahogarse. Después de esto, la decencia quedó en suspenso: no merece la pena ahogarse por decencia, eso al menos es lo que parece a primera vista.

En cierta ocasión, sin embargo, un negro sí se ahogó en la presa. Se había atracado de mangos robados y, sintiéndose culpable, aunque también pudiera ser que quisiera refrescarse en el estanque prohibido, con un solo acto de contrición reparó dos delitos. No sabía nadar y con él sólo se encontraba uno de los niños (el pequeño Jim). A causa del agua fría y de su exceso, sufrió una apoplejía: Jim le tocó unas cuantas veces con un palo y salió corriendo asustado. Que el hombre muriera de apoplejía o ahogado fue motivo de pesquisas. Tras pasar en Ferndale una semana, el médico decidió que había muerto por ahogamiento, pero que se había puesto de mangos verdes hasta la gola. La gran ventaja de este incidente fue que, por temor a caer en manos del «primo» o espectro del muerto, ningún negro volvió a bañarse en el estanque. Así que si un negro se acercaba cuando se estaban bañando, John y Emily fingían que el primo los cogía por una pierna y el negro se marchaba terriblemente alterado. En realidad, sólo uno de los negros de Ferndale había visto a un primo una vez, pero con eso era más que suficiente. Es imposible confundirlos con los vivos, porque tienen la cabeza vuelta hacia atrás, es decir, el rostro sobre la espalda, y llevan una cadena. Además, no se les debe llamar primos a la cara, porque eso les da poder. El pobre hombre se olvidó de esto y al verlo exclamó: «¡Primo!». Padeció un reúma terrible.

Sam Pie Cojo contaba muchas historias. Solía pasarse el día sentado en las parrillas de piedra donde secaba pimienta y se quitaba gusanos de los pies. Al principio esto a los niños les parecía horrible, pero Sam se mostraba bastante contento. Luego, cuando aquellos bichos se les metieron a ellos debajo de la piel y dejaron allí sus bolsitas con huevas, la cosa no resultó del todo desagradable. John se lo pasaba en grande frotándose. Sam les contaba historias de Anansi: Anansi y el Tigre, Anansi y los hijos del cocodrilo, etcétera. Además, recitaba un pequeño poema que les impresionaba mucho:

El bueno de Sam

es un hombre sin par

se sabe los bailes que a los negros les gusta bailar

se sabe la danza del bacalao, que baila el escocés,

y baila y baila hasta que se le pelan los pies.

Es posible que fuera así como dejaba traslucir su pena el viejo Sam, que era un hombre muy sociable. Decían de él que tenía muchos, muchos hijos.

II

El riachuelo alimentaba el estanque a través de un cauce que se abría paso entre la vegetación y ofrecía un paisaje tentador para la exploración, pero, nadie sabía por qué motivo, los niños no solían adentrarse por él. Había que levantar todas las piedras con la esperanza de encontrar algún cangrejo. Además, John se llevaba una escopeta de caza que cargaba a cucharadas con agua para disparar en el ala a los colibríes, presa demasiado frágil para cualquier proyectil sólido del tipo que fuera. Porque tan sólo unos cuantos metros corriente arriba había un franchipán, masa de brillantes capullos sin hojas casi oculta bajo una nube de colibríes tan vívida que eclipsaba las flores. Los escritores se han perdido con frecuencia al tratar de explicar por qué el colibrí es una joya tan brillante: es imposible expresarlo.

Construyen sus pequeños y lanudos nidos en el extremo de las ramas, donde no hay serpiente que pueda alcanzarlos. Se concentran en sus huevos y no se mueven aunque los toquen. Son tan delicados, sin embargo, que los hijos de los Thornton nunca se atrevieron a hacer algo así: contenían la respiración y se quedaban mirando fijamente, muy fijamente, hasta que, ante la mirada de los colibríes, apartaban los ojos.

De alguna forma, la viveza celestial de esta frontera solía retenerlos. Pocas veces se atrevieron a explorar más allá. Sólo una, me parece, cierto día en que Emily se sentía particularmente irritada.

Ocurrió el día de su décimo aniversario. Habían pasado la mañana en la penumbra cristalina del estanque, y John estaba sentado en la orilla, desnudo, fabricando una trampa de mimbre. En la parte que no cubría, los pequeños retozaban y reían. Buscando el frescor, Emily se sentó dentro del estanque, con el agua hasta la barbilla, y cientos de pececillos diminutos picotearon con sus curiosas bocas cada centímetro de su cuerpo en una especie de beso leve e inexpresivo.

Desde hacía poco odiaba que la tocaran, pero aquello era espantoso. Por fin, cuando ya no pudo soportarlo más, salió del agua y se vistió. Rachel y Laura eran demasiado pequeñas para un paseo largo y lo último que Emily quería, o eso pensaba, era que uno de los niños la acompañara; así que pasó por detrás de John, mirándolo torvamente sin ningún motivo en particular, y no tardó en perderse de vista entre la vegetación.

Avanzó deprisa, sin fijarse demasiado en cuanto la rodeaba, y remontó el lecho del río unos cinco kilómetros. Nunca había llegado tan lejos. Un claro al que conducía el cauce captó su atención: allí se encontraba el nacimiento del río. Contuvo la respiración con placer. Bajo un grupo de bambúes, el agua burbujeaba, clara y fría, a través de tres manantiales distintos, como debe suceder con todo río que se precie. El mayor hallazgo posible y un descubrimiento privado. Emily dio las gracias a Dios por pensar en un regalo de cumpleaños tan perfecto, sobre todo porque había tenido la impresión de que todo iba mal, y empezó a hurgar en

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