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Murmullo de brisa

Murmullo de brisa

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Murmullo de brisa

Longitud:
235 páginas
2 horas
Publicado:
22 may 2017
ISBN:
9781370935840
Formato:
Libro

Descripción

Éste es el primer libro de una colección titulada ‘La Palabra del Domingo’.

Con base en alguno de los textos bíblicos proclamados en la Misa dominical, por lo general tomado de la Primera Lectura, el Salmo, o la Segunda Lectura del año litúrgico que corresponde al ciclo A, Alejandra María Sosa Elízaga presenta reflexiones breves y profundas, para que la Palabra de Dios no solamente sea leída o escuchada el domingo en la iglesia, sino aterrizada y vivida en la propia vida cotidiana.

Publicado:
22 may 2017
ISBN:
9781370935840
Formato:
Libro

Sobre el autor

Alejandra María Sosa Elízaga, es mexicana, licenciada en Comunicación Social, pintora y escritora, católica, autora de 22 libros que reflejan su gran amor por la Palabra de Dios, su apego al Magisterio de la Iglesia, presentan temas profundos escritos en un lenguaje muy accesible, no exento de humor, y tienen siempre como objetivo ayudar a los lectores a vivir y disfrutar su fe. Entre sus obras más gustadas están ‘Para orar el Padrenuestro’, ‘Por los caminos del perdón’, ‘Ir a Misa ¿para qué? Guía práctica para disfrutar la Misa’, ‘Desempolva tu Biblia’, ‘¿Qué hacen los que hacen oración?’ y ‘Docenario de la infinita misericordia del Sagrado Corazón de Jesús’. Todos sus libros cuentan con Nihil Obstat e Imprimatur concedidos por la Cancillería de la Arquidiócesis de México.Desde 1990 se dedica a escribir, a dar cursos de Biblia (dos de los cuales ofrece gratuitamente en www.ediciones72.com), charlas y retiros.Desde 2003 escribe cada semana en ‘Desde la Fe’ Semanario de la Arquidiócesis de México.


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Murmullo de brisa - Alejandra María Sosa Elízaga

Este es el primer libro de una colección titulada ‘La Palabra del Domingo’.

Con base en alguno de los textos bíblicos proclamados en la Misa dominical, por lo general tomado de la Primera Lectura, el Salmo, o la Segunda Lectura del año litúrgico que corresponde al ciclo A, la autora presenta reflexiones breves y profundas, para que la Palabra de Dios no solamente sea leída o escuchada el domingo en la iglesia, sino aterrizada y vivida en la propia vida cotidiana.

Paz entre los que te aman

I Domingo de Adviento

Conozco una familia de tres hermanas en la que cuando dos se pelean entre sí y se dejan de hablar, cada una se porta el doble de afectuosa, detallista y ‘buena onda’ con la hermana con la que no está peleada, como para darle celos a la hermana con la que se peleó. Y la que recibe las atenciones de ambas las disfruta tanto que no mueve ni un dedo para que las otras dos se contenten entre sí, incluso hasta inconscientemente alienta que sigan enojadas.

Es muy común que cuidemos nuestra relación personal con los demás, que procuremos llevarnos bien con todos e incluso perdonar a quien nos ofende y hacer lo posible por contentarnos con quien hemos ofendido, pero que tal vez no nos ocupemos con el mismo afán y prontitud en buscar que los demás se reconcilien entre sí, sobre todo cuando el que estén peleados nos beneficia aparentemente.

Pero la reconciliación, propia y ajena, es una tarea fundamental que no deberíamos evadir, porque mientras haya pleito en una familia o en una comunidad, aun cuando no estemos directamente involucrados, es imposible que reine la paz.

Y ahora que estamos iniciando el Adviento, estas cuatro semanas para disponernos a celebrar el Nacimiento de Aquel que fue llamado ‘Príncipe de la paz’ (Is 9,5), de Aquel que lo primero que hizo cuando se presentó a Sus apóstoles luego de que resucitó, fue comunicarles Su paz (ver Jn 20, 19-21), la Primera Lectura que se proclama en Misa nos habla de un ideal: que de las espadas se forjen arados, y de las lanzas podaderas (ver Is 2, 4), y el Salmo pide: "que haya paz entre aquellos que te aman, que haya paz dentro de tus murallas y que reine la paz en cada casa" (Sal 122, 6-7)

En esta primera semana de Adviento, asumamos el compromiso de no pensar: ‘mientras conmigo estén bien, qué me importa que entre sí los demás estén peleados’, sino hagamos lo que esté (prudentemente) a nuestro alcance para que quienes nos rodean puedan reconciliarse y se recupere así la paz.

Para ello podemos emplear dos medios muy concretos:

El primer medio es no ceder a la tentación de ir a decirle a uno lo malo que dijo el otro, no llevar y traer chismes, como se dice popularmente, ‘no echarle leña al fuego’, al contrario, procurar recordar a cada uno lo bueno del otro, y hacerle saber, eso sí, lo bueno que el otro ha dicho de él.

El segundo es el medio más poderoso y eficaz, y se suele usar sólo en Cuaresma, pero no veo por qué no pueda usarse en el Adviento, que es también un tiempo fuerte de purificación y preparación espiritual: el binomio oración y ayuno. Además de encomendarle a Dios a aquellos que están distanciados, pedirle a María, Reina de la paz, que interceda por ellos, hay que privarnos de algo para ofrecerle este pequeño sacrificio amorosamente a Dios, por aquellos por quienes oramos.

Quede pues, como primera tarea en esta primera semana de Adviento: esforzarnos por ser constructores de paz.

Hagamos nuestra la oración del salmista que dice: "Por el amor que tengo a mis hermanos, voy a decir: ‘La paz esté contigo’. Y por la casa del Señor, mi Dios, pediré para ti todos los bienes’..." (Sal 122, 8-9).

Paciencia y consuelo

II Domingo de Adviento

¿Se relacionan la paciencia y el consuelo?

A esta pregunta probablemente responderíamos que no.

Solemos considerar que la paciencia consiste en tener que esperar que suceda algo que para nuestro gusto está tardando demasiado tiempo, o tener que soportar una situación o a una persona que nos parece insoportable, y entonces levantamos los ojos al cielo y decimos entre dientes: ‘¡Señor dame pacienciaaaaaa!’

En ese sentido, jamás pensaríamos que la paciencia se relaciona con el consuelo, todo lo contrario, consideramos que el consuelo sería no vernos forzados a tener paciencia, no esperar nada sino que las cosas se nos resuelvan pero ¡ya!

Y sin embargo, en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Rom 15, 4-9), san Pablo menciona juntos la paciencia y el consuelo. Y de lo que dice al respecto podemos descubrir por qué se relacionan.

Dice que las Escrituras nos dan "la paciencia y el consuelo (Rom 15,4), y que Dios es la fuente de toda paciencia y consuelo" (Rom 15,5).

Ello nos permite recordar que la paciencia, es uno de los frutos del Espíritu Santo (ver Gal 5, 22), y que el consuelo nos viene de Dios (ver 2Cor 1, 3-4). Significa que ninguno de los dos proviene de nuestras solas míseras fuerzas; que la paciencia no consiste en pensar ‘qué remedio’, y aguardar malhumorados poniendo los ojos en blanco, suspirando ruidosamente o tamborileando los dedos, ni el consuelo consiste en buscar un momentáneo alivio en la evasión que ofrece el alcohol, la droga, las compras, el pasar horas con la mirada en una pantalla...

San Pablo nos revela que una manera de obtener verdadera paciencia y consuelo es a través de la Palabra de Dios, ¿por qué? porque en la lectura atenta de la Biblia nos enteramos de cuánto nos ama Dios; descubrimos que nos tiene en la palma de Su mano; comprobamos que hace hasta lo imposible por nosotros, y aprendemos que en todo interviene para nuestro bien.

Y vamos captando que Sus pensamientos, Sus caminos, Sus tiempos, no son como los nuestros, son mejores, y que aunque parezca que tarda en resolver lo que nos preocupa o que ya se olvidó de nuestro asunto, está pendiente de todo y se encarga de todo siempre y oportunamente, aun de las cosas más pequeñas, de las más ordinarias y cotidianas.

Por ejemplo, te comparto que el otro día tenía mucha prisa pero frente a mí iba un automovilista muy despacio.

Bajábamos por una calle que atraviesa una gran avenida. Vi a lo lejos que el semáforo se puso en verde y confieso que me impacientó pensar que por ir tan lentos perderíamos el siga, pero me resigné. En eso, justo antes de que el coche frente a mí atravesara la calzada, un camión cruzó veloz frente a nosotros, sin respetar que él tenía el semáforo en rojo. ¡Fiuf! Si no hubiera sido por ese auto lento frente a mí, en aquella bajada yo hubiera acelerado para cruzar la avenida, aprovechando mi semáforo en verde, y entonces ¡con toda seguridad me hubiera embestido aquel camión!

El Señor quiso enseñarme una lección: aun en lo detalles aparentemente más triviales está la mano de Dios, así que no hay que perder la paz ni la paciencia por nada.

Aquel día vino a mi mente la anécdota del bombero que por ayudar a una viejita a bajar muy despacito de una de las torres gemelas de Nueva York, salvó su vida y la de sus hombres (puedes ver la historia en ‘Sólo Él’, libro electrónico gratuito de Ediciones 72, en este link: bit.ly/19qSlNk en la pag. 96).

Así pues, la paciencia que proviene de Dios y de Su Palabra nos permiten aceptarlo todo sabiendo que Él lo causa o lo permite, por lo cual podemos amoldar nuestra voluntad a la Suya, quedar en paz y experimentar así un verdadero consuelo.

Nos queda de tarea, en esta segunda semana de Adviento tener paciencia en todo y para todos.

Démosles a quienes nos rodean un regalo de Navidad adelantado: no apresurarlos, no hacerlos sentir lentos, no desesperar cuando las cosas no salgan tan rápido como querríamos.

Ejerzamos la verdadera paciencia, la que proviene de Dios, la que nos viene de ponerlo todo en Sus manos, como María, y dejémonos consolar por Su Palabra y Su presencia en nuestra vida.

Dudas

III Domingo de Adviento

Uno no hubiera esperado que le surgieran dudas a él, pero le surgieron, y ¡qué bueno! porque podemos identificarnos con él y considerar como dirigida a nosotros la misma tranquilizadora respuesta que recibió.

Me refiero a Juan el Bautista, del que en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 11, 2-11), nos enteramos que le mandó preguntar a Jesús: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?"

De entrada nos puede parecer muy extraño que Juan, el primo de Jesús, el que lo conoció desde chico, salga con esa pregunta, si él mismo dijo que Jesús es el Cordero de Dios (ver Jn 1, 35-36), si él mismo vio al Espíritu Santo descender sobre Jesús en forma de paloma (ver Jn 1, 31-34), si no intentó detener a sus discípulos cuando éstos se fueron a seguir a Jesús (ver Jn 1, 37), si él afirmó que debía disminuir para que Jesús creciera (ver Jn 3,30). ¿Por qué de pronto ahora le entran dudas? Cabe dar al menos tres razones:

1. Ha sido injustamente encarcelado por Herodes. Tal vez esperaba que Jesús, que es capaz de calmar tempestades y revivir muertos, lo hubiera liberado milagrosamente de la cárcel, y lo desconcierta que no sea así, ¿será que no tiene poder?

2. Ha estado predicando que ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles y que el que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego (ver Lc 3,9). Su discurso es amenazador e incendiario, y de pronto viene Jesús que habla del amor y el perdón de Dios, que invita a poner la otra mejilla. Eso lo hace preguntarse, ¿será él o hay que esperar a otro?, porque no coincide con su idea de lo que el Mesías debía ser.

3. De seguro le han llegado rumores de que Jesús no respeta la Ley, no cumple lo que pide, por ejemplo, que no respeta el descanso del sábado, que no ayuna, etc. Nuevamente esto rompe los esquemas que tenía Juan acerca del mesías, al que consideraba que como caudillo de su pueblo, sería absolutamente respetuoso y cumplidor de la Ley.

Se comprende pues que a Juan le entren dudas.

Y tal vez se parece a nosotros, que también a veces nos preguntamos si Dios realmente nos ama, si de veras se preocupa por nosotros. Cuando sufrimos esperamos que nos rescate, como esperaba Juan, y si no lo hace nos desconcierta.

Y también nos descontrolamos cuando nos pide lo opuesto a lo que esperamos, lo opuesto a lo que querríamos hacer.

Ahora bien, si nos identificamos con Juan en las dudas, también hemos de identificarnos con él en lo que hizo

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