Un cuadrito de sol en la penumbra by Luis Podestá - Read Online
Un cuadrito de sol en la penumbra
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Acerca de

Resumen

Un médico nativo que realiza curaciones milagrosas, muere tras ser torturado por policías que encuentran luego la muerte en trágicas e insólitas circunstancias. Una joven intenta matarse arrojándose a un abismo y despierta en una isla sobre el lago sagrado de los incas.

Publicado: Luis Podestá el
ISBN: 9788793412613
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Un cuadrito de sol en la penumbra - Luis Podestá

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Juvenal

1

Reniega contra su vida y su suerte como todas las mañanas al comprobar que sigue igual, con la vida a medias, con solo un ojo que mira la mitad del mundo que le corresponde, y supone que oye también la mitad de los ruidos del mundo y que la mitad de su cuerpo muerto solo es una condición para que la otra mitad viva, que le permite mirar la mitad del mundo, de su habitación, la mitad del sol que cae en las mañanas por su ventana y dibuja un cuadro de luz en la penumbra que se mueve lentamente como si quisiera regresar a la ventana por donde entró, y piensa que esa mitad derecha de su cuerpo que aún vive, pronto se encontrará en el mismo camino de la otra, la mitad izquierda que no se mueve, que no siente los pinchazos de las inyecciones que le ponen cada día, mañana y noche, y un día, piensa, me despertaré con la muerte en la otra mitad de mi cuerpo, quizá solo mi cerebro sea capaz de percibir que queda un poquito de vida en el fondo del cráneo y quizá ese pedacito de cerebro vivo le permita ver la luz del sol cada mañana o cada tarde y moriré como una piedra, me enterrarán como una piedra y quizá aún tenga vida en ese rinconcito del cerebro y nadie se dará cuenta y como toda sensibilidad habrá desaparecido, será muy fácil enterrarme vivo.

Pero despertó esa mañana nueva y como todas las mañanas de muchos días, comprobó que vivía, que la mitad viva de su cuerpo sentía frío y con la mano de esa mitad válida del cuerpo arrimó las cobijas sobre esa mitad que era capaz de sentir frío y la mitad de su cuerpo hizo crujir los hierros de aquella cama fuerte, que dura tantos años como sus hijos y que, con toda seguridad durará hasta después de que haya muerto la mitad viva de mi cuerpo, oh, Dios mío, pronto vendrá Nora, me dará de comer con una cucharita, partirá el pan con sus dos manos, dirá ¿quieres que lo remoje en el café? y seguirá adelante sin esperar ninguna respuesta porque sabe que cualquier respuesta, a tropezones, esforzadas palabras sin forma, saldrá de mi boca, sin que la mitad izquierda de los labios alcance a dibujarlas y que solo después de largos minutos de esfuerzo, logrará que la entiendan, y por eso prefiere no decir nada, porque sabe que debe acabar esa mazamorra de avena y leche, que ya saben que me jode el estómago, que me hace tronar los intestinos, y después de hacerme beber a cucharaditas el café con el pan remojado, se irá para que su madre venga, y lleve adelante la diaria tarea del aseo, que es otra liturgia, según la cual, Sara, mi esposa se llama Sara, le dará la vuelta a la mitad del cadáver para frotarlo con una toalla húmeda con la que le frotará hasta las partes más escondidas porque, habla mientras frota y limpia, en esas zonas se acumula la suciedad y luego, no solo no habrá cómo sacarla sino que se convertirá en llaga, así, señor Ludeña, ella tiene esa forma de hablarme cuando quiere que la sientan cariñosa, y habrá que ya no solo hacer una limpieza sino una curación, señor Ludeña, así que tranquilo, ayúdeme a darle la vuelta, así, perfecto, ¿no ve qué fácil es cuando hay colaboración, cuando usted no está furioso, porque de los males que lo atacan a uno nadie tiene la culpa sino el destino? y prosigue con el mismo tono amistoso, cariñoso, porque Dios no es capaz de castigar así a un hombre bueno, no, señor, al contrario, Dios debía premiarlo por todos los esfuerzos de su vida, por haber construido solito esta casa, por haber criado a sus hijos para que sean hombres de provecho, para que su hija única, Nora, se convierta en todo lo linda e inteligente que es, porque la educación, señor Ludeña, es la mejor herencia que podemos dejarles a los hijos, para que sepan defenderse en este mundo, así, está bien, ¿necesita algo más, señor Ludeña?, porque me espera una tarea enorme en la cocina y dentro de un rato vendré con su jugo de naranja, dice el doctor que debe tomar mucha naranja y comer mucha cebolla, pero la cebolla le hace picar la lengua, ¿verdad?, favorece la circulación de la sangre y algunas enfermedades como esta, son producto de la mala circulación, eso dice el doctor, pero los doctores de hoy en día no son de fiar, no se preocupe, don Crisanto Ludeña, hemos encargado la búsqueda de un camili, esos saben más que todos los doctores de la ciudad, tienen la sabiduría de los antiguos, don Crisanto, ya verá usted como lo curan sin que usted se dé cuenta, ya está, ayúdeme un poquito para que no le duela el cuerpo, así, así, me arrastra, se ubica como si fuera mi bastón, tira de mi medio cuerpo hasta el comedor, donde me espera el sillón de padre de familia, desde ahí me hacía respetar por mis hijos, y por la misma Sara que tenía temor de mis rabietas, pero era tierna y suave, ya está, bien sentadito en su sillón, nada le dolerá, le caerá el sol en las piernas, luego vendré con su jugo y después de darle un beso en la mejilla no espera que por sus esfuerzos le diga gracias con el lado derecho de la boca y lo deja nuevamente solo con el sol que cae desde la ventana y repta lentamente por el suelo para cruzar la habitación sin llegar a llenarla toda de la claridad de la mañana.

Era cierto. Cuando el médico viene da curso a la misma rutina, es una embolia, señor Ludeña, lo que significa que no hay irrigación en esa parte del cerebro que controla el lado izquierdo de su cuerpo y seguramente se encuentra en el lóbulo derecho de su cerebro, donde se ha bloqueado el flujo de sangre, quizá por la ruptura de una vena o se trata de un aneurisma y un derrame cerebral es un accidente cerebral no tan frecuente en esta ciudad, es posible que usted haya tenido un coágulo o un trozo de sustancia grasa que en un momento dado le haya llegado al cerebro y al encontrarse con un vaso sanguíneo demasiado estrecho lo haya obstruido y repite todos los días lo que el enfermo ya sabía desde el momento en que sintió un dolor agudo en la cabeza y sin darse cuenta se desplomó y al recuperarse estaba en su sillón de padre de familia, Nora y Sara le frotaban las manos con alcohol y ramas de ruda, y más tarde, cuando ya lo vieron con el rostro torcido y escucharon su imposibilidad de pronunciar palabras completas, le pusieron una libretita en el lado de la mesa que ocupaba habitualmente para sus comidas y es probable, seguía el médico, que no se haya producido la rotura de los vasos, porque si así hubiera ocurrido, señor, no podría levantar ni una pestaña, lo cual significa que el cerebro tiene aún suficiente cantidad de oxígeno y es una gran suerte que así haya ocurrido, señor, y el enfermo, mierda, la gran suerte es que no pueda moverme ni pronunciar tres palabras seguidas si no ya lo hubiera mandado a la puta que lo parió y no tenía siquiera fuerzas para decirle que se vaya, que sus visitas le hacían más mal que bien y Nora leyó esa tarde todo lo concerniente a los ataques cerebrales, los aneurismas y esas cojudeces que le ocurren al ser humano por haberse agachado bruscamente, dice el médico, o haber hecho un esfuerzo demasiado violento y luego las mediciones de la presión, estoy perfectamente de la presión, carajo, trece ocho, se preguntó, menos mal, señor, su presión es la de un jovencito de veinte años, adiós, doctor, adiós y quiera Dios que no vuelva a ver su cara delante de mi cara mirándome el fondo del ojo ni mis oídos vuelvan a escucharlo, chau, doctor, que le vaya bien y no vuelva más.

Pero el doctor Alejandro Febres volvía con sus ademanes cariñosos, todos los días religiosamente a las once de la mañana, cuando Nora le ponía el vaso de jugo en los labios, le abría el ojo sano y el ojo medio muerto, le tomaba la presión, el pulso, le metía una paletita de madera en la boca para mirarle las amígdalas, lo jodía un buen rato, mientras el enfermo soportaba todo pensando en que si estuviera sano le hubiera botado las suaves manos médicas a la basura.

El señor Ludeña, dueño del almacén del barrio, que había proporcionado a sus hijos, con su trabajo de toda una vida, el bienestar que él no tuvo, sentía doblemente su impotencia, se desesperaba porque nunca en su vida, en ningún día de su vida dejó de levantarse de la cama muy temprano, a las seis de la mañana, porque nunca lo atacó ninguna enfermedad grande ni pequeña, y a esa hora se dirigía al corral de las gallinas y patos, y aún más allá, hacia el fondo del terreno donde un día, en el pasado, tuvo la idea de montar un chiquero para criar unos lechones, pero la casa se llenó de moscas, de un olor a mierda mientras los chanchitos se revolcaban en el barro. Así que decidió aprovecharlos y durante varios días, toda la familia y no pocos vecinos, comieron chicharrones y chuletas a la parrilla mañana, tarde y noche, con el desayuno, con el jugo de media mañana, con el almuerzo, a media tarde con una gaseosa y en la noche con el té o café habituales, con que algunos días sustituían las comidas fuertes, que no perdonaban Sara, ni Nora, ni los muchachos a quienes educó en el respeto a los demás y a la palabra empeñada, jamás, muchachos, deben empeñar su palabra si no van a cumplirla, porque tener palabra de hombre es conseguir el respeto de los demás y de uno mismo, les hablaba durante el almuerzo, la única comida a la que nadie debía faltar a menos que se encontrara ausente, enfermo o muerto, les decía mientras partía el pan con las dos manos como alguna vez había visto en algunas imágenes lo hacían los apóstoles, y los miraba uno a uno, Gustavo y Marcelo a su derecha, Sara y Nora a su izquierda, y ahora esas reuniones del mediodía eran solo de tres personas, los dos muchachos se fueron, hijos de mierda, al principio escribían una carta por semana, luego cada quince días y ahora pueden pasar meses sin que se acuerden de nadie, no sabrán si uno vive o ha muerto, pude haber muerto el día en que me sufrí el ataque y ellos no lo hubieran sabido, aunque dicen que las malas noticias viajan rápido y llegan solas, comíamos bien en esos tiempos, y debe ser por los años que uno tiene, he renunciado ahora a la comida nocturna, solo la soporto cuando hay algo que me gusta, pero eso de sentir hambre ya es una sensación olvidada y luego se plantaba detrás del mostrador para mirar la calle, la gente que cruzaba por la calle de tierra, y de eso quisiera hablarle, doctor, de mis labios y de mi lengua que no me funcionan sino a la mitad, no me permiten hablar, preguntarle hasta cuándo mierda voy a estar postrado en esta cama o en este sillón donde me caliento las piernas al sol, a languidecer sentado hora tras hora, con la mitad del sueño que me hace dormitar en las horas de calor, cuándo mierda voy a salir a mi mostrador, a ver mis cosas, a ver qué falta para ordenar que compren y remplacen los productos agotados, que las vitrinas exhiban lo que deben exhibir, y que los andamios muestren la mercadería, botellas, tarros, en el orden que he impuesto toda mi vida y no sé por qué me ocurrió esta desgracia, a mí que he procurado mantener lo que se llama una vida normal, sin vicios ni excesos y Sara, adivina Sara, percibía y aplacaba su impaciencia, Nora se ha encargado de todo, le decía suavemente, ella está comprando todo lo que hace falta y todo lo tiene muy arregladito como un anís...

Recordaba que hacía unos veinte años, poco después del advenimiento del siglo, que las autoridades anunciaban como el comienzo de una época de creciente felicidad, celebrado en toda la ciudad con luminosas fiestas, desfiles y conjuntos musicales, él y su familia, él, su papá y su mamá porque su único hermano se fue un día y nunca más se supo, vivían en dos cuartos alquilados en un gigantesco conventillo de Puente Bolognesi, cuyas casas empezaban a nivel de la calle y descendían hasta la orilla del río en medio de un complicado laberinto de callejones y construcciones levantadas al azar por la necesidad de la gente de tener un sitio dónde vivir.

Entonces él vino a descubrir la tierra, estos terrenos, una pampa enorme cubierta de sedientas flores silvestres, son del estado y podemos levantar en ellos nuestras casas, le dijeron otros que también estaban empeñados en la misma búsqueda, instalaron unas chozas de cartones, compraron algunos alimentos para pasar las dos primeras noches, y a la tercera madrugada vino un centenar de policías con sus cascos de acero, con sus abrigos azules con el cuello rojo subido hasta la mitad de la cara, con sus largos bastones, sus escopetas para disparar perdigones, y avanzaron paso a paso, primero lentamente, nos dieron con las justas el tiempo de levantarnos, salir a lo que llamábamos calles, aunque todo era una inmensa llanura de tierra y piedras y solo las habíamos dibujado con polvo de sillar, intentamos defendernos a pedradas, nos golpearon durante las dos horas que duró el enfrentamiento, gritábamos no corran, carajo, estas tierras son del estado, son nuestras, nos reagrupábamos y volvíamos a tratar de instalarnos en lo que creíamos era nuestra tierra, hasta que el comandante que dirigía la operación tuvo el gesto de interrumpir el ataque, acercarse con la mano en alto, en son de paz, pensó, tuvo la gentileza de invitarnos a formar una delegación que fuera elegida por el grupo, después de la cuarta o quinta arremetida, señores, todo se hace en orden, vayan a la municipalidad y reclamen estos terrenos, nosotros tenemos órdenes de no permitir esta invasión, no la vamos a permitir, y no la permitieron y pasaron semanas y semanas antes de que una comisión municipal se acercara a los terrenos, los agrimensores midieran las manzanas, los lotes que habrían de ser entregados por riguroso sorteo, dijo uno a quien le decían ingeniero, y pasaron más semanas hasta que un día en la casa de un vecino de la zona baja de Miraflores dejaron el aviso, el domingo serán repartidos los lotes y a mí, Crisanto Ludeña, de 22 años, le dieron este terreno y recordaba que para nivelarlo inclinó el lomo muchos días, que don José López, un constructor vecino de la parte baja del barrio, quien ya tenía levantada su casa de sillares blancos y veía su empeño en tener casa propia, le prestó una lampa y una carretilla y a las dos semanas el terreno estaba nivelado, compró una camionada de sillar y cercó el lote con sillares superpuestos y luego alquiló un cuarto con puerta a la calle a diez cuadras de su terreno, para tenerlo vigilado, visitarlo todos los días, plantar unos arbolitos en la parte del fondo, vigilarlo de aquella gente que lo quería todo fácil e invadía los terrenos descuidados, y más tarde abrí las puertas de mi casa de un solo y amplio ambiente, convertida en una tiendecita para vender a los vecinos lo que necesitaran, azúcar, arroz, pan, bebidas… y quise traer a mis padres pero ellos se negaron, queremos morir aquí, dijeron, y en efecto, se murieron uno tras otro, un mes de mayo de hace muchos años, y así fue aquel tiempo, así fue como construimos este barrio.

Para que no hiciera tantos esfuerzos al tratar de hablar pusieron en su sitio de la mesa una libretita y un lápiz y él escribía hay que pagar la luz tal día del mes, el agua tal otro día, y Sara no te preocupes tanto por esas cosas, Nora se ha encargado del negocio, administra la tienda y lo hace mejor que nosotros y Nora se acomodaba de codos en el mostrador, leía una revista o un periódico, atendía a la gente que acudía a comprar al almacén de don Ludeña, decían, que tiene de todo, hasta que a las seis o siete de la noche, los estudiantes adolescentes del barrio venían a contar sus centavos para comprarse unas gaseosas y un cigarrillo y ella misma les proporcionaba un fósforo, por favor, y uno de ellos, Emilio Rosado, vecino de su misma calle, trataba de rozar mi mano, pero ella se daba cuenta, la retiraba, y él la miraba fijamente y durante un instante yo le resistía la mirada, arrojaba el humo del cigarrillo hacia el techo, miraba cómo se esfumaba, gracias, Nora, decía tímido, se daba la vuelta y volvía a la mesita donde lo esperaba su amigo Samuel, que se divertía como un conejo viendo su confusión, algunas veces me decía al oído estás rojo como un camarón, vete a la mierda, le respondía en voz baja para que Nora no fuera a escuchar la grosería, bebíamos lentamente la gaseosa que pedíamos, a veces pedíamos una más y Samuel la miraba y decía no es mala moza, con razón te tiene agarrado, decía y le gustaba reírse porque en realidad, Nora era la colegiala más bonita del barrio, y cuando se ponía ropa de calle para salir con sus amigas al cine o a algún compromiso, la gente la miraba pasar con los ojos muy abiertos, es la hija del Crisanto Ludeña, decían por lo bajo, como si ella pudiera escuchar y responder algo y Nora, como una diosa adolescente, erguida, caminaba como si la calle de tierra no fuera digna de sus pasos y al llegar a la zona asfaltada, se detenía un momento, ponía el pie en la base de alguna puerta y con un trapito se limpiaba los zapatos, y muchas veces la veíamos de lejos, agacharse, mostrar las pantorrillas bien formadas dedicada a aquella operación, y ahora, de codos en el mostrador donde leía o fingía leer un cuaderno o un libro, miraba de vez en cuando la mesita del almacén donde nosotros tomábamos gaseosas y algunos otros, mayores, a veces nos ganaban el lugar y tomaban cerveza y ella sabía que cuando los parroquianos estaban a punto de comenzar la tercera botella de cerveza debía retirarse y era entonces el padre, el grueso don Crisanto Ludeña, quien se acodaba en el mostrador y escuchaba las historias que se contaban los bebedores cuando ya el trago les subía a la cabeza, sentía que le llegaban al corazón, qué mierda, las penas y alegrías ajenas de que debía enterarse, y en algún momento ella decía sin dirigirse a nosotros, ya es hora de cerrar la puerta, y así nos invitaba a irnos y salíamos al frío de la calle, a comentar mientras vagábamos por la noche cada vez está más linda, hermano y cada vez tú estás más templado de ella, hermano, respondía Samuel y nos contábamos chismes y chistes del colegio arrimados a un poste de la luz, y mientras avanzaban los meses hacia el fin de año, la alegría se iba convirtiendo en una angustia difícil de explicar, no por los exámenes finales que vendrían en diciembre sino por algo indefinido, desconocido, un qué pasará después, hasta que ¡mierda, las once de la noche! y cada uno volaba a su casa, pero Emilio pasaba ante la puerta de la tienda, caminaba lentamente, Nora, pensaba, regresaba, se arrimaba a un poste de la luz, se preguntaba si a esa hora estaría durmiendo o estudiando y ensayaba cómo decirle que la amaba en mil formas diferentes, hasta que el frío le hacía doler la espalda y se iba paso a paso hacia su casa.

Don Crisanto Ludeña llevaba una semana en aquel estado hemipléjico cuando llegó el curandero, ¿de dónde habrán sacado a este cholo?, se preguntó y con el ojo derecho le dio una mirada y el curandero respondió a esa mirada desde tres pasos de distancia, se acercó sin ruido, le levantó el párpado izquierdo, le miró largo rato también el ojo sano, le levantó el párpado como para verlo en toda su profundidad, le abrió la boca con su mano fuerte y huesuda, ¿cuántos años tendrá?, se preguntaba el enfermo y se respondía que a estos hombres no se les nota la edad, pero no parecía viejo, más joven que maduro y a su edad no debe haber acumulado tanta sabiduría, le tomó casi se diría con cariño la mano derecha que percibió su calor, luego la izquierda que no sintió nada, le miró largamente las palmas de las manos, parecía que contaba los dedos del enfermo una y otra vez y no se convencía de cuántos eran, le acarició luego la cabeza, le palpó el cuello, detrás de la cabeza, se apartó y lo miró como si fuera a decirle algo, pero solo en un momento cerró los ojos, como si rezara, después se sentó en el suelo frente a él arrimado a la pared del comedor, de una de sus numerosas bolsitas tejidas que traía atadas al interior de su chaleco de colores, extrajo algo que puso en un pocillo, pidió un poco de agua hervida, y Nora corrió a la cocina, trajo el agua en una taza y Sara se la alcanzó, el brujo sacó algo de otra bolsita de colores y con una cucharita de palo removió todo, don Crisanto, esto no le va a gustar, dijo con toda claridad y don Crisanto, tomó el lápiz que siempre tenía a la mano, y con la mano derecha, procurando sujetar la libreta con el puño escribió tembloroso cúrame, te daré lo que me pidas si me curas, me cueste lo que me cueste, arrancó la hojita y se la mostró, el curandero miró el papel, lo dobló en cuatro y lo guardó en alguno de los bolsillos de su chaleco, mientras Nora, detrás de su padre, le acariciaba la cabeza, le pasaba la mano suavemente desde la frente hasta la nuca y repitió muchas veces la caricia.

Entonces el curandero se acercó, abrió la boca del paciente con una extremada suavidad, le hizo echar la cabeza atrás y Nora le ayudó a mantenerla firme, luego depositó entre los labios un líquido espeso y verdoso, páselo lentamente, le decía en un susurro, no arroje nada, don Crisanto, páselo todo, todo y don Crisanto sintió el río de fuego que le invadió la boca, le pasó por la garganta y bajó por el esófago como un torrente de lava, como un hierro candente, y se depositó en el estómago, desde donde parecía crecer y distribuirse hacia todos los rincones de su cuerpo y quiso gritar me han envenenado, carajo, porque sintió que el ojo sano se le nublaba en una angustiosa desesperación que le hizo ver la muerte, como si él se hubiera convertido entero en una enorme tea, pero no podía gritar, escuchó la voz de Nora, papá, ¿papá?, cuando sintió el estertor que salía del pecho de su padre y miró al curandero que con toda serenidad, mantenía firme la cabeza del paciente para que no se inclinara y arrojara el fuego líquido que le acababa de suministrar.

–Hay que hacerlo reposar– dijo luego.

Nora y Sara ayudaron al brujo a levantar al paciente de aquel sillón de padre pero el brujo impuso la lentitud de todos los movimientos, puso de pie casi él solo el cuerpo de don Crisanto Ludeña y lo llevó a su cama, lo desnudó con la ayuda de la señora, le untó todo el cuerpo, no solo la parte enferma, con una pomada viscosa, lo convirtió en una momia con sábanas que aseguraba con tiras de tejidos y le dejaban con las justas rendijas para los ojos, la nariz y la boca, lo acostó, lo cubrió con varias frazadas mientras el enfermo se retorcía con todo ese fuego que le corroía las entrañas.

Eran las cuatro o cinco de la tarde y el sol de noviembre tostaba la tierra y se aplastaba contra las calaminas del techo a dos aguas en cuyas uniones y huecos de los clavos, don Crisanto, previsor, había hecho poner unas gotas de plomo derretido, para que el agua de las lluvias no pasara al interior de lo que comenzó a ser su casa.

El enfermo, incapaz de moverse sentía que la muerte se posaba sobre él y solo su ojo sano, a través de la rendija que le dejaba su envoltura, se fijaba en los tijerales del techo que sostenían las planchas de zinc que armaban un concierto disonante cuando se desencadenaban las tempranas lluvias del verano y evocaba el día en que su casa comenzó a tomar forma porque sobre las cuatro primeras paredes fue colocado el techo y aunque todo lo demás fuera el campo yermo, donde aún no habían crecido sino amarillas flores silvestres, y hacían lo posible por crecer los escasos cuatro endebles eucaliptos del fondo, se sentía dueño de algo, de un pedazo del mundo, de un techo que pocos tenían y ya podría haber traído a sus padres si para entonces los hubiera tenido, que vinieran a vivir aquí, que por fin había en la familia un dueño de casa porque toda su vida anterior había vivido en cuartos alquilados, allá, en ese inmenso conventillo que comenzaba en la calle Puente Bolognesi y bajaba en una desigual pendiente de tierra endurecida, de tramos sucesivos de escalones de sillares dispersos, con trozos empedrados y tierra desnuda, para ramificarse luego en callejones, cada vez más estrechos hasta llegar a las casitas de uno, de dos o hasta tres pisos que sin embargo, jamás alcanzaron el nivel de la calle y más parecía que un día caerían sobre el río en cuya orilla estaban, y después, con el paso de los meses y los años levantó sillar sobre sillar aquella tienda que le daría cómo vivir y dejó al lado de ella un amplio zaguán porque algún día si yo no lo logro, alguno de mis hijos tendrá un camión, un automóvil y este será el lugar para guardarlo y cuando abrí la tienda invité a los vecinos a tomarse un trago, a comerse unos cuyes y esa fue una de las fiestas que muchos recordaban porque don Crisanto, a pesar de su carácter ahorrador que no se olvidaba de la existencia del futuro, era generoso cuando se lo proponía y en ocasiones había ofrecido créditos a las madres que lo solicitaban, sobre todo en aquellos meses que siguieron al gran aluvión que arrasó decenas de casas del barrio y que, como si hubieran estado protegidas por la mano de Dios, decía, no llegó hasta sus paredes. Pero su forma de ayudar al prójimo fue dar crédito a las madres que prometían pagarle en la quincena y se llevaban pan, azúcar, arroz, fideos para tener algo que poner en la boca de sus hijos y una tarde, hijos míos, les contaba alguna vez en una sobremesa, se presentó Sara, esbelta adolescente vestida con ropas típicas de las alturas de Arequipa, a buscar trabajo, porque las heladas habían destrozado sus cultivos en algún lugar de la cordillera donde vivía, mientras su madre y su padre esperaban apoyados en la pared del frente la respuesta del dueño de la tienda.

Sara le dijo que necesitaba trabajar porque habían perdido todas las cosechas y había muerto el escaso ganado que tenían, solo quería un sitio donde dormir y un plato de comida, solo para ella, acentuó, quizá para que el dueño de la tienda no creyera que a partir de su llegada tendría que alimentar otras bocas, y don Crisanto le respondió está bien, diles a tus papás que trabajarás aquí, que tendrás la obligación de echar agua a la frentera y barrerla, limpiar todo lo que esté sucio en la cocina y en resto de la casa, tener todo en orden y si quieres podrás matricularte en el colegio nocturno y por el momento dormirás en un cuartito de la huerta donde guardo las herramientas, y ella salió, habló con sus padres, la besaron, la abrazaron y el padre alzó la mirada en un momento, puso los ojos agradecidos sobre el rostro de don Crisanto y levantó la mano para despedirse, y en ese tiempo todo el mundo andaba jodido, cuando no eran las heladas eran las lluvias y los aluviones y cuando ellas no llegaban era la sequía que lo mataba todo y cuando la naturaleza se olvidaba de golpear a los más pobres, era el gobierno el que con medidas que no favorecían a nadie provocaba la reacción de los trabajadores que hacían largas huelgas que aumentaban el hambre de sus familias, y los campesinos venían a rondar por las calles de la ciudad a pedir limosna y a mostrar a sus hijos vestidos con las coloridas ropas raídas de sus pueblos, y así fue cómo llegó Sara, quien aprendió bien pronto a pesar en una balanza atornillada en un extremo del mostrador los productos que la tienda ofrecía y a cobrar por ellos las sumas indicadas.

Por las noches se ponía a escribir cartas a sus padres, contándoles todo lo que aprendía cada día y un día fuimos al mercado central, enorme mercado, mamá y papá, con montañas de fruta en los puestos, y le pregunté a don Crisanto por qué no comprábamos fruta para vender en la tienda y me dijo buena idea, y le dije también podemos vender queso y compraron dos moldes de queso que vendieron por trozos, don Crisanto estaba contento porque concurría más gente a la tienda y porque las ganancias aumentaban y podía emprender mejoras en la casa.

Pero no perdió sus anteriores costumbres de soltero cuando los sábados, luego de dejar cerrada con candados y trancas las puertas de la tienda, se iba al centro para encontrarse con amigos, jugar a los dados y beber cerveza durante unas dos o tres horas, tanta que a veces se entusiasmaba y pedía un fardo, el montón de botellas que contenía un enorme costal de yute e invitaba a todos cuantos se hallaran en el establecimiento.

Pedía comida, mucha comida, decía con exageración, y cuando juzgaba que era suficiente se despedía para hacer una visita al burdel de la Ricardina, adonde había ido tantas veces y tan regularmente cada semana o quince días, que se había hecho conocido de las prostitutas entre las que había hecho amistad con una, Sirena la llamaban, con quien tomaba unos tragos y tenía encuentros en la cama y más tarde volvía nuevamente a la casa,

Ahora, con la presencia de Sara en la casa, mantuvo su costumbre sabatina pero la dejaba a ella a cargo de la tienda. Construyó un nuevo cuarto porque había una persona más en la casa, y compró una cama para que Sara descansara, ya que durante un tiempo ocupó lo que fue el depósito de las herramientas, le obsequió un mueble con espejo y cajoncitos donde ella podía guardar su ropa y las cositas que había traído de su pueblo, baratijas que cuando lo acompañaba al mercado se ponía en las manos y las orejas.

Don Crisanto veía que cada día Sara se convertía en una muchacha muy hermosa a la que no se le quitarían nunca las sonrosadas mejillas que se volvían casi rojas cuando el clima se enfriaba y trataba de quitarse los malos pensamientos de la cabeza y solo la miraba desde el mismo lugar de la cabecera de la mesa mientras comían, y también lo sabían sus amigos de los sábados y alguna vez uno se aventuró a decirle hermano no debes decir que eres soltero con tan bello pimpollo en la casa y quién sabe qué pasará entre los dos y don Crisanto que rara vez perdía la paciencia lo miró fijamente a los ojos, no vuelvas a decir cojudeces de esa chica que no es tema de conversación en esta mesa, y el otro, quizá envalentonado por los tragos le aventó a la cara un desafiante y si no, ¿qué? y el pacífico don Crisanto no tuvo más remedio que replicar, porque si vuelves a decirlo te sacaré la mierda a patadas y el otro ¿a ver?, preguntó con un nuevo, agresivo y desafiante tono y adoptó una actitud defensiva, y entonces don Crisanto, sin levantarse del asiento, le propinó tal puñetazo que el hablador rodó por el suelo con silla y todo, ante el escándalo y sorpresa de los demás, estuvo unos instantes caído y luego se levantó lentamente auxiliado por los amigos que nunca habían imaginado una reacción de tal naturaleza en el amistoso y tranquilo Crisanto Ludeña, a quien conocían desde hacía muchos años, y el agredido mostró la cara enrojecida por la sangre que le chorreaba profusamente de la nariz, mientras don Crisanto, ahora de pie, esperaba, le mostró las manos empuñadas, y allí quedó todo zanjado, llevaron fuera del establecimiento al lesionado, y don Crisanto no volvió nunca a ese lugar, prefirió juntarse con otro grupo de conocidos.

Con Sara hablaban del negocio, de lo que sufría la gente, de las deudas que algunas madres no podían pagar, pero sus maridos se emborrachan, comentaba don Crisanto, y ella, con una comprensión de adulta lo miraba, inclinaba la cabeza, debe ser por su desesperación, porque quieren olvidarse un momento de todo lo que sufren, y don Crisanto, creo que debemos borrar las deudas de algunas familias, pero de eso te encargarás tú, no quiero que la gente crea que estoy regalando mis ganancias, y Sara comenzó la mañana siguiente, borró la cuenta de una madre de tres niños, la llamó como si sintiera una emoción especial, tome, le dijo, olvídese de esto y le alcanzó el papelito donde estaban anotados sus pedidos y la cantidad que adeudaba y la mujer gracias, mamacita linda, muchas gracias, no sabía cómo pagarte y ahora no sabré cómo agradecerte, y Sara le puso un dedo en la boca, solo le pido que no se entere don Crisanto, esto es entre usted y yo y nadie más, recalcó y nadie más, sacó una bolsita de un kilo de azúcar y otra de un kilo de arroz, las puso en la canasta que la mujer llevaba al brazo y la vio irse, feliz por aquel gesto y ella también se quedó satisfecha de su buena obra y por la tarde, durante el almuerzo le contó lo ocurrido a don Crisanto que un día, repentinamente pensativo, levantó la cabeza para mirar el techo, cuánto tiempo ha pasado desde que llegaste, Sara, le preguntó y ella, contó con los dedos, uno, dos, tres, cuatro, en abril cumplí cinco años en su casa, don Crisanto, y él, sentado a la cabecera de la mesa, cinco años, meditó, cinco años, eras una chiquilla y ahora eres toda una señorita y ella solo me falta un mes para terminar mi secundaria, don Crisanto, sí, es verdad, y luego querrás seguir una carrera, dijo con el pensamiento puesto en un futuro inminente y Sara comprendió que entonces, cuando terminara sus estudios se presentaría la hora de la despedida y vio el rostro de don Crisanto ensombrecerse y él también sintió algo desconocido en su pecho, o fue su estómago, una fatiga, que atribuyó a que su vida estaba a punto de cambiar dentro de un mes o mes y medio, quién sabe.

Como nadie lo había previsto, ni Sara ni don Crisanto Ludeña, unos meses después del fin de sus estudios secundarios, Sara recibió una oferta de trabajo en una tienda del centro, a cuyo administrador le había dicho que tenía cierta experiencia en ventas y que había terminado la secundaria con notas altas y el funcionario la miró, la examinó, si tienes experiencia en ventas podrías trabajar en la tienda, sí, ¿ves a esas chicas que atienden a los clientes? y ella volvió los ojos y sí, las veía, pues bien, te unirás a ellas.

La sometieron a un breve curso de entrenamiento de tres días y cuando volvió en la noche a la casita de Miraflores encontró a don Crisanto en el mostrador y quiso sentirse alegre, don Crisanto, conseguí un empleo, trabajaré en una tienda enorme donde venden de todo, desde ropa hasta radios y cocinas eléctricas, le dijo y don Crisanto Ludeña volvió a sentir aquel dolor en el pecho que lo atacó cuando ella, semanas atrás, comenzó a pedirle permiso para ir al centro con una amiga que venía a buscarla y con quien salía, probablemente a buscar el trabajo que ahora había conseguido.

Acodado en el mostrador la miró, qué bien, le dijo, y Sara solo le ruego que me permita vivir unos meses en la casa, le pagaré un alquiler por mi cuarto, y al ver la media sonrisa del dueño de casa, añadió seguiré haciendo las cosas que usted me encargue, y don Crisanto Ludeña, con esa maldita presión que le atenazaba el pecho, se puso de pie, se buscó algo en los bolsillos, le alcanzó una llave, es la del portón, la del garaje que no tiene ningún carro, le dijo fingiendo una sonrisa que estaba lejos de mostrar, puedes vivir aquí todo el tiempo que quieras, para cuando vengas y la puerta de la tiendecita esté cerrada, le dijo y ella lo miró, sintió que sus ojos amenazaron con humedecerse, Dios mío, pensó, esto es muy diferente a cómo había creído que las cosas se desarrollaran, se mordió los labios, levantó la mirada y se encontró con los ojos de don Crisanto Ludeña que no le decían nada, te felicito, hay pocas personas que consiguen trabajo tan rápido, murmuró, pero a ti no te iba a fallar, eres muy bonita, eres bien educada y mereces otros círculos, luego se dio la vuelta para alcanzar algo del andamio donde estaban alineadas las botellas de aguas minerales y gaseosas, ¿no tienes sed?, le preguntó y le alcanzó la botella que acababa de bajar, y ella la recibió en silencio, le pareció que no tenía nada que decir y escuchó de nuevo la voz de don Crisanto Ludeña, en la mesa del comedor está tu comida, la envolví en unos manteles para que no se enfriara y ella escuchó luego creo que voy a cerrar la tienda de una vez, no creo que alguien venga a buscar nada a esta hora.

Sara destapó el envoltorio y se sirvió la comida, don Crisanto se sentó a la cabecera de la mesa como le era habitual y en un momento dijo me serviré un café para acompañarte y ella se levantó velozmente, yo iré, dijo, caminó con rapidez hacia la cocina y volvió con una taza humeante, la puso ante él, le alcanzó el azúcar, desea usted pan, don Crisanto, preguntó y él movió la cabeza negativamente, así está bien, solo café, dijo y ella comió en silencio y él bebió su café en silencio, hasta que Sara se levantó, buen provecho, don Crisanto, levantó su plato, se fue a la cocina.

Desde entonces comenzaron a pasar días agobiados por una monotonía extraña, en la que don Crisanto Ludeña abría la puerta de la tienda a las siete de la mañana y Sara se iba media hora más tarde, luego de servir el desayuno que ambos tomaban y no volvía hasta las ocho o nueve de la noche, por lo que encontraba cerrada la puerta de la tienda y debía entrar por el portón del garaje, veía que la casa estaba a oscuras, se dirigía al comedor y encontraba la comida que don Crisanto le había separado envuelta en manteles o periódicos para que no se enfriara y ella sonreía llena de ternura por aquel gesto. Comía en silencio y algunas veces escribía cartas a sus padres, otras se iba a dormir a su cuarto. De modo que desde que comenzó a trabajar eran pocas las veces que se veían y eso era todos los días de la semana, porque Sara también trabajaba los sábados, salía con sus amigas los domingos pero siempre se daba tiempo los fines de semana para lavar su ropa que dejaba secarse al sol en los cordeles tendidos en la huerta entre los árboles.

Fueron semanas en que ambos hablaban poco porque no era muy frecuente que se encontraran y cuando eso ocurría atravesaran pocas frases, como los saludos habituales, ¿estás bien?, sí muy bien, ¿y usted, don Crisanto?, también, no me quejo y cada uno se dedicaba a sus tareas y él