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San Juan Noir (Spanish-language edition)
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Libro electrónico173 páginas4 horas

San Juan Noir (Spanish-language edition)

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Información de este libro electrónico

  • This is Akashic's first fully Spanish-language publication. It will be published simultaneously with a English-language edition of San Juan Noir. Both editions should be sold in both the US and Puerto Rico.
  • All the stories are originally written in Spanish, except for 3 in English.
  • Brand-new stories by: Wilfredo J. Burgos Matos, Ernesto Quiñonez, Myra Santos-Febres, José Rabelo, Luis Negrón, Yolanda Arroyo Pizarro, Ana María Fuster Lavin, Janette Becerra, Manolo Nuñez Negron, Tere Dávila, Edmaris Carazo, Alejandro Álvarez Nieves, Charlie Vázquez, and Manuel Meléndez.
  • Publication to coincide with the Festival de la Palabra, held in both Puerto Rico and New York City in the fall of 2016.
  • Puerto Ricans living in mainland US make up the second largest Latino group; the largest residing in New York City with Philadelphia being second; Chicago also has a significant number of Puerto Rican residents.
  • Roughly 1/2 of the Puerto Rican population residing in the US are bilingual.
  • Puerto Ricans have strong national pride and should celebrate the release of this anthology dedicated to their home island and available in both Spanish and English.
  • IdiomaEspañol
    EditorialAkashic Books
    Fecha de lanzamiento4 oct 2016
    ISBN9781617755071
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    • Calificación: 3 de 5 estrellas
      3/5
      After reading San Juan Noir I was left wanting. Wanting that one story that just touched my heart and soul. The closest I came to finding that feeling was in Death on the Scaffold by Nanette Becerra and A Killer Among Us by Manuel A. Melendez. Both contained the mysterious, edge of your seat, what's going to happen next aspect of the Akashic noir series I have come to love.What I was not left wanting for was the dirty, poor and often (in my opinion) over sexually explicit aspects of the stories in this book. While that is to be expected in a noir book, to some degree, I felt the sex was over done and not necessary to many of the stories.
    • Calificación: 4 de 5 estrellas
      4/5
      San Juan Noir is a collection of crime stories edited by Mayra Santos-Febres. Most were written originally in Spanish and there is a Spanish language edition available. This collection is slenderer than the other books in this series, but Santos-Febres has made up for this by choosing stories that are relentless dark. The stories, like in most anthologies, an uneven group and having a single translator for all the stories makes all but a few sound as though they were written by the same person. Still, there were several memorable stories.Death on the Scaffold details the narrator's unrest at losing their privacy when their apartment building is undergoing renovation and a scaffolding is erected that passes in front of the living room window. In A Killer Among Us, a schoolboy and his friends join a group of neighbors who have found the body of a murdered man. Y tells the story of a teacher's search for his missing student, and Death Angel of Santurce narrates the final hours of a woman's life. The Akashic Noir series is strongest when the subject matter is somewhere off the beaten path. This edition has provided me with a half dozen authors to keep an eye out for.
    • Calificación: 3 de 5 estrellas
      3/5
      Anthologies. Hit or miss with me, sometimes in-between. This was the latter. First half was fab, second half didn't appeal to me. That doesn't mean it won't to a different reader. Noir is grim, no levity for the most part. Gritty and grimy. That definitely describes the stories in this book. Gut-wrenching, sad, angry.
    • Calificación: 3 de 5 estrellas
      3/5
      This latest installment in the Akashic Noir series did not seem to deliver the same punch as some of the earlier collections. A couple of the stories stood out, but many fell flat. Overall, not a bad collection, just not one of the better ones.
    • Calificación: 3 de 5 estrellas
      3/5
      San Juan Noir is another entry into the Noir series published by Akashic Books. I found these stories less compelling than others in the series because almost all of them dealt with the same topics, prostitution and drugs. After a while, one story blended into another and the only surprise was whether or not the prostitute or the client would end up dead. The book was sad more than noir. Grinding poverty and desperate people are caught in hopeless situations where they survive only by selling their bodies or getting high.
    • Calificación: 5 de 5 estrellas
      5/5
      After the slight disappointment of Brussels Noir, Akashic rebounds quickly with San Juan Noir. Mayra Santos-Febres has assembled 14 excellent short stories showcasing the darker side of Puerto Rico's capital featuring everything we've com to expect and love in these volumes - murder, deceit, humor and great writing.This is a great addition to this series
    • Calificación: 4 de 5 estrellas
      4/5
      When I first started reading this book the first word that came to my mind was "beautiful", the writers had me laughing out loud and in others just sitting back and watching from my minds eye. I love this book!

    Vista previa del libro

    San Juan Noir (Spanish-language edition) - Akashic Books

    PARTE I

    Ángeles caídos

    Muerte en el andamio

    de Janette Becerra

    Santa Rita

    Solo me interesé en aquel suceso porque llegué a verle los ojos. Lo tuve cerca, le vi los ojos. Esa aparente nadería, para quien conozca mis hábitos, hace un mundo de diferencia. Verán: fuera de la meticulosa contemplación de lo que ocurre en el interior de mi apartamento, estoy consagrada a no ver. Desde mi piso, Río Piedras es apenas un mosaico en tonos sepia, con unos pocos azulejos de matices chillones salpicados aquí y allá. La lechada, agrietada y gris, la componen avenidas y callejuelas de trayectoria nerviosa, transitadas por insectos mecánicos y organismos de dudosa especie que marchan día y noche con propósitos —para mí, al menos— indescifrables. Allá, a lo lejos, la borrasca de San Juan: un cuadro impresionista de inquietas pinceladas, trazos plomizos con punteados blancos que nunca he podido identificar y, luego, el mar. Una franja azul cobalto a la que llaman mar. Allá, a lo lejos. Acá arriba no importa nada de eso. Bajo cuando mucho una vez a la semana para reabastecerme de lo esencial. Hay un colmado en el primer piso donde consigo lo que requiero, que es poca cosa. El resto de mi vida transcurre entre estas cuatro paredes; digamos, mi centro privado de control y mando. Quizás el mundo fue preparándose para este regreso del hombre a su cueva primigenia, desde donde hoy puede ordenarlo y pagarlo todo, pensarlo y resolverlo todo, ganarlo y perderlo todo, hasta la vida y todo, sin bajar.

    Y así resulta que, a principios de esta semana (el lunes, para ser precisa), me sobresaltó la inesperada presencia de un hombre en mi ventana. Había olvidado por completo que estarían pintando el condominio. Sí, habían convocado a asamblea. Sí, habían aprobado derrama. Sí, habían dejado avisos por debajo de la puerta. A todo ese tirijala en que se ocupan los otros yo consiento y digo laissez faire.

    Decía que estaba sentada en mi butaca, de espaldas al ventanal, haciendo entonces lo mío, que es lo que suelo hacer a esa hora temprana. La sala retumbaba al compás de un cuarteto en la mayor de Haydn. No serían las nueve aún y disfrutaba del efecto tornasol que irradian mis orquídeas durante su baño de sol matutino. Por eso me extrañó la súbita sombra. Digo súbita por decir inesperada, porque para ser honesta, recuerdo bien que fue gradual. Era un espectáculo curioso, más digno de la naturaleza que del hombre: el apartamento en general, sombreado; una esfera de luz, a modo de perseguidor, sobre las flores; y en el seno de la luz, como un amanecer a la inversa o un astro entrando en eclipse, otra esfera de sombra alzándose de a poco hasta proyectarse sobre las catleyas. No sé si pueden apreciar lo extraño de aquella visión: un círculo de ausencia de luz en medio del círculo de luz en medio de la claridad a medias. Me quedé observando el fenómeno con esa atención hipnótica que prestamos a lo que nos parece delirio o fruto de la imaginación, cuando nos sabemos propensos a tales visiones. Y no me hubiera volteado de no ser porque aquella cabeza de sombra, que al principio se fingió tan perfecta que parecía cosa celestial, comenzó a revelar según ascendía un cuerpo contrahecho de colgajos y embelecos que le brotaban más abajo. Entonces sí que me volteé y lo vi. Él también me vio.

    Era apenas un muchacho, no debía rebasar los veinte; llevaba una camiseta atascada en la cabeza a modo de kufiya palestina, y sobre ella la diadema de unos audífonos que —fuese lo que fuese que estuviesen transmitiendo— lo hacían asentir frenética, hiperbólicamente. Me sobresaltó, ya lo dije, lo admito; pero ando tan lenta de reflejos que ni siquiera intenté ocultar lo que ya, sin duda, era evidente para él, sobre todo por los segundos de ventaja que llevaba observándome de espaldas.

    Fueron entonces unos cuantos —no sé cuántos— instantes de una mirada sostenida y consciente. Porque ascendía a paso de tortuga en su andamio motorizado y hundía el botón que activaba el mecanismo y no tenía nada que hacer —no había nada que pudiera hacer— mientras subía lentamente su mundo vertical. Recuerdo que cuando vio lo que yo sostenía en la mano (porque para eso sí que desvió un segundo sus ojos de los míos, casi nada, solo una fracción de instante), hizo amago de sonreír. Supongo que entienden a qué me refiero, ¿no?: a esa intención de sonrisa que vemos a veces en la comisura de los labios de quien no está sonriendo en lo absoluto, no, pero empolla una sonrisa detrás, más atrás de los labios, tal vez incluso más adentro, detrás de los dientes o en la bóveda del paladar, así con todo y su forma de arco, aguardando ese momento a solas cuando pueda por fin despegársela del cielo de la boca y empujar la sonrisa con la lengua boca afuera, libre ya, al derecho. Así fue. Me vio y lo vi. Hecho estaba.

    El martes fue cosa distinta: estaba prevenida. Nunca he tenido cortinas porque a esta altura, francamente, la privacidad deja de ser una consideración. Pero ahora que por breve tiempo me veía expuesta a la mirada de un intruso, ahora que se iniciaba esta convivencia imprevista entre el pintor y yo, tuve que quedarme a resguardo en la habitación. Como allí no tengo equipo de música, pude escuchar el leve chirrido de las poleas según ascendía el andamio. Desde el filo de la puerta entreabierta de mi cuarto lo vi mirar hacia adentro, primero fingiendo desinterés y luego, al suponerse no visto, escrutando el interior de mi apartamento con tal intensidad que incluso se hizo visera con las manos y pegó el rostro al cristal para mirar, mirar buscando. Esta vez se permitió sonreír, por supuesto, porque se pensaba a solas. Hizo un gesto así como de sarcasmo o de murmuración sonreída. Y siguió ascendiendo lenta, histriónicamente, igual que un mediodía.

    Ya para el miércoles yo llevaba un itinerario de sus subidas y bajadas: ascendía inicialmente a un cuarto para las nueve; bajaba a las doce como un reloj; volvía a subir pasada la una y, a las tres, cosa de tres y media, descendía para no regresar hasta el día siguiente. Deduje que los condominios se pintan de arriba hacia abajo: debía haber comenzado el lunes por el penthouse, que es la planta dos niveles sobre la mía. Ya para ese día le tocaba pintar mi piso. Fue un miércoles largo, encerrada en mi habitación, sin música. Tenía que mantener la puerta entornada, porque los ventanales de la sala dan vista franca hasta el fondo de la recámara. Crucé en algunas ocasiones hacia la cocina, claro está. Pasaba de largo sin mirarle y regresaba con mi cubeta de hielo, y a las dos y cinco (lo recuerdo porque el reloj digital de mi componente, que contemplé en su silencio con no poca nostalgia, mostraba la hora) percibí con el rabo del ojo que me hacía un gesto con el brazo, como saludando. Fingí no haberlo visto y me encerré de nuevo.

    A las tres, desesperada porque terminara su trabajo del día para poder retomar el dominio de mi casa, me instalé en el resquicio de la puerta a espiarlo. La plancha de su andamio rebasaba por mucho el ancho de mi apartamento, por lo que había largos ratos en los que no tenía visibilidad de sus movimientos. Veía su torso cruzar frente a alguna de mis ventanas y desaparecer tras la pared contigua, para luego reemerger en mi campo visual. Le tomó no sé si quince o veinte minutos más dar por concluida la faena del día. Como solía colocar los materiales en un segmento del andamio que coincidía con el gran ventanal de mi sala (aquel por el cual lo vi la primera vez), pude observar cuando empezó a preparar sus cosas para marcharse. Selló la paila de pintura y comenzó a limpiarse las manos con un trapo que se extrajo del bolsillo trasero del overol. En vez de fijarse en lo que hacía, mientras se frotaba se entretenía en mirar hacia el interior de mi sala vacía. Sonreía entre dientes como recordando, reviviendo aquella mañana del lunes, y fisgoneaba con sus ojos cada rincón que pudiera alcanzar con la vista. Así había sido desde el lunes: él, apenas un niño, habitante de una vida aún vertical; nosotros, viejos ocupantes de universos horizontales, donde tienen espacio los vicios para esparcirse a sus anchas. Quizás era demasiado joven, ahora ni siquiera estoy segura de que alcanzara la veintena. Tenía todavía deseos de ver, y eso, después de cierta edad, ya no interesa.

    Cuando se sintió satisfecho de haber devorado mi lasca de mundo, retornó a mirar lo que había estado haciendo con el trapo y con sus manos, y entonces lo vi hacer gestos de disgusto, maldecir, lanzar el paño con furia contra el piso del andamio y mirarse con desconsuelo el anverso y el reverso de aquellos dedos que, a juzgar por su rabia, habían quedado más embadurnados de pintura que antes, seguramente porque ya había usado el mismo paño demasiadas veces. Entonces, con el codo accionó un interruptor que hasta entonces no le había visto usar y, a continuación, con el mismo codo presionó un instante el botón del motor y retiró el brazo. El andamio comenzó su descenso automático, mientras él se frotaba las manos contra el pecho, contra las nalgas, contra los muslos, como determinado a terminar de embarrarse cuanto fuera posible, si ya total.

    No habrían transcurrido ni diez segundos —yo apenas había tenido tiempo de dar tres pasos hacia el salón— cuando volví a sentir el chirrido de las poleas y vi que el andamio regresaba. Me escabullí a toda prisa de vuelta hacia el cuarto y lo vi rebasar mi piso en su ascenso. Recuerdo que en esos momentos me extrañó, porque ya debía haber terminado de pintar la planta superior desde el día antes. Me interné tímidamente en el salón y fui acercándome al cristal, a ver qué averiguaba, pero mi punto de observación solo revelaba el fondo inferior del andamio. Levanté la ventana —las ventanas aquí son de guillotina— y asomé la cabeza cuanto pude, pero no vi gran cosa. Un bamboleo, nada más. Observada desde abajo, aquella plataforma resultaba convertirse en un telón de acero, perfecto para ocultar las intimidades en que incurrieran sus habitantes (buena ventaja sobre mi apartamento, recuerdo que pensé). Noté que el mecanismo iba flanqueado por soportes metálicos, cables, sogas y poleas que se proyectaban como tentáculos del condominio desde la azotea hasta el primer nivel. Cerré la ventana y regresé a mi puesto de observación desde la puerta entornada de mi habitación, decidida a no reintegrarme al proscenio que era mi sala por aquellos días hasta que el andamio hubiera descendido definitivamente.

    Pasaron... no sé, ¿quizás cinco minutos? Me parecieron más, de lo inquieta que estaba. El inusual silencio de mi apartamento, de corriente sumergido en música, exacerbaba la percepción de mis sentidos. Quizás imaginé ruidos, quizás. Eran más de las tres y media. A esa hora el mundo se me ha vuelto una especie de concierto bajo agua, ¿saben?, todo ensordecido, lento, majestuoso. Lo cierto es que sentí golpes secos en el techo: vibraciones, como truenos ahogados, en el suelo de arriba. Uno aquí, otro allá. Se sucedían. No es raro en un condominio, ni suele importunarme: enciendo la música y ya. Pero ese día, en el silencio y junto a la espera angustiosa, llamaban mi atención. Desvié la vista hacia arriba: buscaba el origen de aquellos ruidos, intentaba descifrar un patrón. No eran sonidos que ameritaran alarma, eran solo eso: una forma de matar la espera. Pero los retumbes cesaron, y aunque me quedé en suspenso unos instantes más con la vista perdida en el cielo raso de mi habitación, luego volví a la observación de lo que más me importaba: a la quieta y silenciosa observación del descenso del andamio. Y en efecto bajó, creo que uno o dos minutos después, y ya me sentí liberada de aquella prisión de un día.

    Encendí mi música a todo volumen. Hice fiesta. Habrá quien me entienda cuando digo que hice fiesta. Tanta fue la celebración, que me vi precisada a bajar al colmado del primer piso, no sé si una hora después. Entré al ascensor y recuerdo que al hundir el botón del vestíbulo se me figuró que había sobre él una mancha, algo como una opacidad con textura a relieve. Me pareció curiosa no porque suela fijarme en detalles de este tipo: nada más ajeno a mi personalidad. Es que me hizo recordar el reciente espectáculo del eclipse sobre las catleyas. Porque los botones de los ascensores son iluminados, ¿cierto?, y aquel círculo de luz tenía en su interior una media luna de sombra, algo como una imperfección que obstruía la irradiación luminosa. No estaba centralizada, más bien se formaba a la izquierda, y le robaba un pedazo a la iluminación de la parte superior de la G. Me acerqué a traspiés y la toqué, como un ciego leería el sistema Braille. Tenía relieve, textura. Regresé a la pared posterior del ascensor y recliné la cabeza: tarareaba mentalmente una tonada de Brahms. Cuando se abrieron las compuertas me abalancé hacia delante y me apoyé en el

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