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Martes de Horror
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Libro electrónico232 páginas3 horas

Martes de Horror

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Información de este libro electrónico

Impactante relato del obrero puertorriqueño William Rodríguez, quien laboraba como aseador de las escaleras de la torre norte del World Trade Center y por razón de su oficio poseía una llave maestra que le permitía acceso a todos los pisos de la edificación.
Cuando el segundo avión impacto contra la torre norte, y el caos se apoderó de quienes estaban allí, Rodríguez subió abriendo puertas hasta el piso 39 con un oficial de policía y un equipo de bomberos, recorrido dentro del cual salvó a cientos de personas.
Por esta razón fue declarado héroe de la luctuosa jornada. Luego ayudó a muchos inmigrantes indocumentados que no hablaban inglés y ejercían labores domésticas en las torres gemelas, para que les tramitaran los beneficios de ley.
Su ejemplo de servicio a la humanidad es digno de imitar.

IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento3 mar 2017
ISBN9781370966486
Martes de Horror
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Autor

Luis Alberto Villamarin Pulido

Luis Alberto Villamarín Pulido, natural de Fusagasugá - Cundinamarca, coronel retirado del Ejército colombiano, con 25 años de experiencia militar (1977-2002), más de la mitad de ellos dedicado a las operaciones de combate contra grupos narcoterroristas en Colombia, y después de su retiro del servicio activo, profuso investigador de temas relacionados con la geopolítica del Medio Oriente, el Asia Meridional y el continente americano; el terrorismo internacional islámico y comunista, historia y proyección estratégica de grupos islamistas como Al Qaeda, Isis, Hizbolá, el conflicto árabe israelí y la Primavera Árabe, así como la amenaza nuclear del régimen chiita de Teherán.Sus obras Narcoterrorismo la guerra del nuevo siglo, Conexión Al Qaeda, Primavera Árabe: Radiografía geopolítica del Medio Oriente, ISIS: la máquina del terror yihadista, el Proyecto Nuclear de Irán y Martes de Horror (atentados terroristas del 9-11), son referentes para el estudio, conocimiento de la complejidad política, geopolítica y geoestratégica del convulso Medio Oriente.Algunas de sus obras han sido traducidas a inglés, francés, alemán, portugués y polaco. Su libro En el Infierno traducido a inglés como In Hell, es base para una película en Hollywood-California, y los demás textos son utilizados como material de estudio en diversas universidades del mundo.

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    Martes de Horror - Luis Alberto Villamarin Pulido

    INDICE

    COMENTARIO

    PRELUDIO

    CAPITULO I

    CAPITULO II

    CAPÍTULO III

    CAPÍTULO IV

    CAPÍTULO V

    CAPÍTULO VI

    EPÍLOGO

    ALGUNAS CIFRAS Y DATOS

    OTRAS OBRAS DEL AUTOR

    COMENTARIO DE WILLIAM RODRÍGUEZ R.

    Perpetrados los ataques terroristas contra las torres gemelas, quedaron más de 35.000 sobrevivientes dueños de igual cantidad de historias, todas muy valederas, algunas de las cuales, inclusive afectaron vidas futuras de bebés que todavía no habían nacido.

    En ese orden de ideas, no soy un héroe por el singular hecho de encarnar al último sobreviviente hispano2 de la tormentosa tragedia, ni por haber facilitado la salvación de miles de seres humanos de diversas nacionalidades.

    El único héroe es Dios, a quien todo debemos. Diría que por coincidencias del destino, determinadas por el Creador para cada persona en particular, fui el personaje específico con la herramienta perfecta en un instante crucial, pues si no hubiera estado y actuado en el lugar y en el momento oportunos, de seguro habrían muerto muchos inocentes, encerrados dentro de los pisos de la torre norte del World Trade Center. Tampoco podría vivir tranquilo, con el terrible cargo de conciencia a cuestas, derivado de una eventual inacción pese a haber podido actuar.

    En reiteradas veces, estuve a punto de morir acorralado por las calamitosas circunstancias del angustioso trance, acaecido aquel fatídico Martes de Horror. Pero no fue así, lo cual indica que alguien superior al hombre, tenía una misión prevista para los sobrevivientes de la publicitada tragedia.

    Reconozco que era agnóstico antes que ocurriera el terrible suceso, pero con lo experimentado aquel luctuoso día, recibí un mensaje patente en forma de sacudida espiritual, mediante el cual percibí que Dios tocó las fibras de mi alma, pues por las características del sinnúmero de acontecimientos escenificados, concluyo y estoy convencido que tuve un encuentro personal con Él.

    En el terrorífico episodio, todos hicimos historia. Unos en el lacerado corazón del Bajo Manhattan, y otros dónde escucharon o recibieron la horrenda noticia. Con el paso de los años cada habitante del planeta con uso de razón en aquel instante, relatará el recuerdo del infernal suceso, y las consecuencias que el demoledor ataque terrorista trajo para su país e particular, para explicar cómo cambiaron las relaciones de poder en el globo terráqueo y muchas especulaciones acerca de la cara oculta de los agresores, que a menudo actúan en diferentes partes del orbe, para retar la capacidad operativa de los organismos de seguridad y la estabilidad de los gobiernos del denominado mundo occidental.

    Por lo demás, destinados a engrosar las ilimitadas páginas de la historia universal, libros, películas, documentales, artículos especializados, aproximaciones teóricas, recortes de prensa, archivos electrónicos, bibliotecas públicas y particulares; creadores del cine, investigadores científicos, conferencistas, analistas, testigos directos e indirectos y escritores, consignarán voluminosos resúmenes de lo sucedido.

    Durante siglos, la tragedia perdurará grabada en la mente de la humanidad. Al colapsar las torres gemelas, se derrumbaron los anhelos de miles de personas, que en forma cíclica y repetitiva, por razones políticas, sociales, étnicas o económicas, arriban legal o ilegalmente a los Estados Unidos, en busca de oportunidades laborales tras el llamado sueño americano, en este caso por desgracia convertido en pesadilla neoyorquina.

    Sin embargo la Divina Providencia confirió a algunos supervivientes, la posibilidad de vivir para servir. Y en eso estamos comprometidos.

    Al contestar la detallada entrevista realizada por el escritor colombiano Luis Alberto Villamarín Pulido, y aportar todos los documentos, fotografías y audiovisuales, para enriquecer las fuentes de la investigación, pretendo rendir un sensato testimonio de las horas de zozobra e incertidumbre de aquella jornada infausta, y describir para la historia con la mayor exactitud posible, los sucesos tal como los viví.

    Además deseo articular una reconstrucción sistemática, sin ficción ni fantasía en torno a hechos reales y verificables, con el propósito de ubicar en el plano merecido, los aportes en calidad humana de los inmigrantes hispanos en el conjunto global, del permanente progreso de la pujante economía norteamericana.

    En segunda instancia, aspiro inducir una guía de motivación personal dirigida a todos los lectores, para demostrar con base en lo vivido, que siempre es posible avanzar hacia adelante y alcanzar grandes logros, aun en los momentos de crisis; inclusive aquellos de los cuales jamás hubiéramos pensado, o siquiera sospechado, poseer facultad alguna. En los episodios de suprema tribulación salta a la vista la vocación, de quien decide aportar lo mejor de sí mismo al servicio de la humanidad.

    Jersey City, agosto de 2004.

    PRELUDIO

    BOSQUEJO DE UN SENDERO

    Nací sietemesino el 17 de febrero de 1961, en un vecindario residencial, habitado por pobladores humildes de ascendencia hispana, residentes en la localidad de Santurce, cerca de Bayamón en la isla caribeña de Puerto Rico. Provengo de padres divorciados.

    No obstante tal dificultad inherente al destino particular, con acendrado fervor religioso mi madre Olga Rivera, cuidó de sus tres hijos. En contraste con las limitaciones económicas, fui un estudiante normal, que transitó una infancia feliz, fruto de los desvelos de una amorosa progenitora y años más tarde de mi padrastro Carlos Rodríguez, de quienes siempre recibí respaldo, estímulo y comprensión, en todas y cada una de las actividades emprendidas.

    Aunque la niñez fue limitada por algunas estrecheces económicas, tampoco faltó lo esencial para llevar una vida digna, rodeado de cariño y confraternidad. En las aulas escolares disfruté las clases de historia y ciencias sociales, pero no las de matemáticas. En el orden de las aficiones personales, quería ser mago, sueño acumulado desde los siete años de edad, cuando asistí a un acto de presdigitación, realizado por un ventrílocuo conocido con el nombre artístico de Digmer.

    Entrené solitario. Autodidacta, aprendí secretos de la magia por medio de libros enviados a la isla desde Estados Unidos, razón impositiva que me obligó a estudiar inglés, para comprender mejor los contenidos e instrucciones. Con los cursos y textos, conocí técnicas de esoterismo, hipnosis, y poder de sugestión.

    Al mismo tiempo, fui buen lector. Reconozco que me causó profundo impacto la acuciosa lectura de la colección literaria titulada El Tesoro de la Juventud, enciclopedia compuesta por 24 tomos que leí de cabo a rabo. También ejercieron mucha influencia en subsiguientes inclinaciones lúdicas, otros libros tales como el Manual de Hipnotismo, Los 13 pasos para un nuevo poder personal publicados en 1969, pero sobre todo el texto Marzo II: Una voz para los siglos, obra maestra del irreverente escritor puertorriqueño Guillermo Venegas Lloveras.

    Por actitudes y comportamientos, fui y he sido diferente al promedio común. Por ejemplo, no practiqué deporte alguno y casi siempre anduve solo. A menudo estuve al margen de los demás muchachos de la misma edad. No hice parte del grupo ni compartí el ocio generalizado de los corrillos juveniles, pues prefería permanecer encerrado en la alcoba, para leer durante horas y horas, o perfeccionar la secuencia de los actos de magia.

    Hubo épocas en que solo salí de la habitación a consumir los alimentos diarios, pero pronto regresaba a practicar una y mil veces los trucos aprendidos, e inclusive construía nuevas ideas y formatos de presentación, hasta formalizar la propia rutina.

    Tal vez la espontánea creatividad, posicionó la capacidad laboral desplegada con creces años después, ante magos reconocidos en todo el mundo. Actué con dedicación obsesiva, porque quería ser famoso y diferente a los ilusionistas existentes, pero a la vez preparado en los diversos campos del quehacer humano, con el particular ingrediente que siempre tuve compasión con las personas necesitadas de algún tipo de ayuda, pues eso aprendí desde niño, pero también es algo que nace de las entrañas.

    En contraste con la tierna edad, sin vacilaciones ni titubeos, rebautizado con el seudónimo el mago Roudy, decidí que la magia sería mi profesión y con dicho objetivo en la mira de las aspiraciones juveniles, trabajé para conseguir dinero. Embetuné zapatos, llené bolsas en los supermercados y limpié vidrios de casas o automóviles. Inclusive, realicé trabajos varios en los barrios donde residen personas pudientes, tales como hacer mandados, cortar grama, o botar la basura.

    Al final de cada jornada entregaba a mi mamá la mitad del dinero recaudado, e invertía el otro 50% en la compra de libros de magia o material necesario para llevar a cabo los trucos.

    Creé y sostuve la propia dinámica laboral especializada. Con la ayuda funcional de mi hermanita Gilmarie, organicé shows de magia en la marquesina de la casa materna, por cuya entrada cobraba 50 centavos de dólar a cada asistente. Los niños del vecindario concurrían puntuales a la convocatoria artística.

    Esa respuesta positiva, estimuló la formulación de nuevos proyectos. Con el paso de los meses, incrementé los precios de entrada a los shows, pues eran evidentes los avances en lides histriónicas y la tecnificación de los trucos.

    A los 13 años de edad adelanté el primer curso informal por correspondencia, diseñado para aprender a actuar y mantener ocupada la atención del espectador. Perfeccioné conocimientos con el Tarbell Course in Magic, luego completé otra capacitación con el Mark Wilson Course in Magic.

    En el medio artístico de la ilusión óptica, conocí a los magos Richardine, Richard Suey y Samper, de quien aprendí nuevos trucos, e inclusive con Gilmarie, fuimos sus ayudantes en muchas presentaciones. Gracias al apego por la magia e inclusive con el visto bueno de mis padres, viajé varias veces desde el borinquen querido hasta New York, por siempre polo de atracción para los inmigrantes hispanos, con el fin de participar en seminarios, talleres, concursos y diferentes eventos de ilusión óptica.

    Con la dinámica propia de las aspiraciones y ejecutorias, centré el interés principal de los viajes a la Gran Manzana, en conocer las técnicas más refinadas del escapismo de una camisa de fuerza.

    Actué en clubes nocturnos como El Taquito, donde realicé trucos con chicas, flores, barajas, billetes monedas, conejos, palomas, e inclusive, ideé la aplaudida ilusión óptica en un bar denominada el sueño de un borracho en el cual nunca se acaba la bebida que hay dentro del jarro. Algo que me enorgulleció mucho fue haber ganado un Agüeybana de Oro en el festival anual de Cedazos, pues este premio siempre era concedido a distinguidos artistas de la farándula puertorriqueña, y en el caso particular fue la primera vez que se otorgó a un mago.

    A comienzos de 1976 conocí en New York a James Randi, famoso mago canadiense hoy nacionalizado en Estados Unidos, con quien tuvimos excelente compatibilidad de caracteres, producto de la cual viajamos hasta Europa para efectuar diversas presentaciones, pero a la vez con la particular intención de mejorar conocimientos en actividades escénicas, enseñados o transmitidos por un verdadero maestro.

    Con Randi visité el Círculo de Magia de Londres, considerado como la crema y nata de los ilusionistas ópticos. Para un principiante en el extenso campo de la magia, llegar al corazón de esa especie de logia, significaba un triunfo tempranero, representado en el súbito y torrentoso acopio de experiencias y conocimientos sistematizados de un solo tajo, a la vez que interactuaba con los mas famosos magos de la época.

    Enfrenté algunas dificultades, pues para culminar estudios secundarios y cumplir el pénsum académico total, interrumpido por el viaje al Viejo Continente, fui forzado a estudiar por mi cuenta durante muchas horas, para recuperar el terreno perdido. No obstante, con éxito sustentado en la buena memoria o las nemotecnias, presenté exámenes de materias pendientes por evaluar durante buena parte del periodo escolar.

    De Randi recibí entrenamiento teórico y práctico con adiestramientos específicos en ilusionismo, presdigitación, escapismo, hipnotismo y parasicología. Fue la mejor escuela que hubiera podido tener, para perfeccionar las destrezas adquiridas con anterioridad, en el arte de la por siempre admirad ilusión óptica.

    Con base en los conocimientos acumulados y la práctica permanente, efectué presentaciones de magia en los cruceros Angelina Lauro, Island Princess, Cunard III, Carla C, así como en Prive Televisión de Ámsterdam Holanda, la BBC de Londres Inglaterra, Concordia TV de Hamburgo Alemania, RAI de Roma Italia y el Canal 47 de New York.

    Desde el principio tuve inclinaciones por el ilusionismo, no tanto por las investigaciones atinentes a las actividades parasicológicas, especialidad particularizada de connotados magos como James Randi. Por esa razón no viajé para el Estado de La Florida al lado del prestigioso mago11 .

    De manera jocosa y muy amable, Randi dice que en aquella época suplí el mal uso del idioma inglés, con la sonrisa permanente, la expresión y la habilidad manual para ejecutar los trucos que aprendía. Según sus palabras pretendo lo imposible a toda hora. Coincido con él. Gusto de los grandes retos para superar las dificultades y servir al prójimo. No puedo pasar desapercibido. Es cuestión de honor y orgullo propio en el buen sentido de la palabra.

    El señor Randi es un crítico avezado de los embaucadores que se autodenominan curanderos de la fe. En diversos escenarios, Randi recalcó que no existen los milagros pero si actos de magia, e inclusive ofreció pagar de su propio peculio, una gruesa suma de dólares, a cualquier mago o parasicólogo que pudiera demostrar que posee poderes sobrenaturales.

    Gracias a la cercanía con Randi, fui su asistente en una campaña contra los charlatanes y estafadores. Dentro de ese proyecto, efectué serias averiguaciones acerca de reconocidos curanderos de la fe12, verbigracia William V. Grant. Realicé tales indagaciones, porque no tenía nada que perder y si mucho que ganar. Es como si hubiera tenido una iglesia propia para hacer milagros específicos.

    Se rumoró en aquella época que en la década de los setenta, más de 30.000 engañados enfermos puertorriqueños, muchos de ellos con afecciones terminales, viajaron hasta las Islas Filipinas en pos de tratamientos curativos milagrosos, e inclusive circulaban versiones de isleños ansiosos por curarse, que pagaron hasta 250.000 dólares, por recibir falsos tratamientos médicos, que desde luego no impidieron las muertes de los pacientes.

    El parasicólogo boricua Carlos Busquets insistió en que la Asociación Médica Puertorriqueña, había examinado en laboratorios tejidos extraídos a los pacientes supuestamente operados, hasta esclarecer que los muestrarios eran partes de organismos de animales domésticos, e inclusive corroboraron al regreso de los enfermos que los tumores cancerígenos, seguían fijos dentro de los cuerpos, pero en contraste con la evidencia científica, más gente incauta caía en la trampa.

    Los curanderos de la fe, realizaban supuestas intervenciones quirúrgicas, en las que mediante ilusiones ópticas, hacían creer al observador engañado, que el seudo-cirujano penetraba las manos dentro del cuerpo del paciente, con el subsiguiente brote de sangre y el consecuente cierre mágico de la herida sin dejar cicatriz. Los médicos estaban seguros que se trataba de una engañifa, pero no podían explicar el supuesto proceso operatorio, porque su especialidad no era la ilusión óptica, habilidad manual del parasicólogo o del mago.

    Concerté un acuerdo con James Randi y Carlos Busquets para desenmascarar a los farsantes, gestores del que luego fuera llamado fraude de la década, mediante una falsa operación quirúrgica sin anestesia ni instrumental médico, similar a la que realizaban los filipinos, en la que obré como cirujano y Carlos como paciente.

    El 25 de septiembre de 1.979, trescientos espectadores aglutinados en los estudios de grabación del Canal 7 de televisión estatal, ubicado en el barrio Puerta Tierra de San Juan, sumados a los miles de televidentes que vieron por la pantalla chica el tan anunciado programa denominado ¿Ilusión o realidad?, quedaron convencidos de las bondades de la supuesta operación de un paciente con hernia.

    Después del programa en televisión, recibimos más de 150 llamadas telefónicas de personas, que querían ser operadas por diversas enfermedades. Una semana después demostramos y explicamos a los televidentes, que el fantástico procedimiento era un artificioso manejo de ilusiones ópticas, y de paso desenmascaramos a los embaucadores filipinos.

    Para incrementar la fama ganada en el arte de la ilusión óptica, mediante un comentario puntual, el escritor y periodista Guillermo Venegas Lloveras del diario El Vocero de San Juan, describió así una presentación realizada en Radio Aeropuerto Internacional, el 7 de abril de 1.980, prevista a propósito, para desvirtuar a un charlatán que osaba poseer poderes sobrenaturales:

    — Willy hizo una serie de cosas maravillosas, unas de carácter malabarista y otras del dominio de la mente, con la que dobló cucharas, alteró una brújula a su antojo, luego colocó un trozo de papel metálico de una cajetilla de cigarrillos en la palma de mi mano, lo presionó con un dedo, hasta que desarrolló tal calor que no pude resistir más y tuve que tirarlo a la mesa, donde se incendió y se convirtió en cenizas. Me hizo tomar una cuchara por los extremos que luego estalló tocándola con el dedo en el centro —

    — Para ridiculizar el espiritismo comercial se puso en aparente trance y no supimos de donde, pero empezaron a escucharse una serie de ruidos extraños por todas partes—

    Por aquellos días reflexioné mucho en torno a que si el célebre escritor español Manuel Martínez Azorín, dijo que quien no haya pronunciado un discurso en público no merece una estatua, le agregaría que tampoco es digno de

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