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El Noveno Huérfano

El Noveno Huérfano

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El Noveno Huérfano

Longitud:
352 página
5 horas
Publicado:
Jan 22, 2018
ISBN:
9781507171417
Formato:
Libro

Descripción

Un huérfano criado para convertirse en el asesino de una organización de alto secreto. Cuando intenta liberarse y llevar una vida normal, su mentor y figura paterna, junto a una huérfana con la que pasó su infancia, se unen para darle caza.

Cuando se da a la fuga, la vida del misterioso hombre se ve entrelazada con la de su hermosa rehén francoafricana, y se revela un pasado estremecedor acribillado por la más oscura de las conspiraciones.

¿Pero podrá el noveno huérfano en orden de nacimiento salir de la red? Para descubrirlo tendrás que adentrarte en un tumultuoso viaje por el mundo hacia regiones tan remotas como China, Francia, las Filipinas, Andorra, EE. UU., Inglaterra, Alemania y la Polinesia Francesa.

La frenética cacería entre el ratón y el gato va desde aeropuertos a estaciones de tren y recónditas prisiones de tortura, transportando al lector por una impactante travesía hacia el armario de esqueletos del mundo, que va más allá de las teorías conspiratorias a la dolorosa realidad.

Publicado:
Jan 22, 2018
ISBN:
9781507171417
Formato:
Libro

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El Noveno Huérfano - James Morcan

Epílogo

PRÓLOGO

Una cierva pastaba en la abundante hierba en un claro del bosque. A su alrededor, la niebla matinal se adhería a las copas de las píceas y los abetos típicos del Parque Nacional Custer, en Montana. Sacudió las orejas cuando el chillido de un halcón Merlín le llegó con el aire tranquilo de la montaña. La cierva miró hacia arriba, pero la niebla ocultaba cualquier visión de la pequeña y relativamente rara ave de presa. Siguió pastando.

La cierva no lo sabía, pero su esperanza de vida podía medirse en minutos.

A unos ciento ochenta metros en la dirección del viento, una partida de caza sorprendentemente grande se acercaba. Era una partida de caza diferente. Solo uno de los cazadores iba armado: el líder, Tommy Kentbridge. Los otros eran todos niños de entre diez y doce años. Chicos y chicas: todos provenían de diversos trasfondos raciales. Caminaban en silencio en fila india a lo largo de un rastro del bosque, siguiendo a Kentbridge.

Kentbridge, hombre alto de complexión fuerte a mitad de la treintena, se movía sin esfuerzo a través del terreno montañoso. Los más jóvenes seguían sus pasos en desbandada. Las condiciones fangosas del suelo se añadían a sus dificultades. A pesar de los desafíos que ponía el seguirle el ritmo a su rápido líder, los niños lo hacían admirablemente bien. Sus caras sonrojadas de la emoción.

Kentbridge, que al principio del día había llevado a los niños desde el Orfanato Pedemont de Chicago, mantenía un ojo en los que estaban a su cargo mientras el rastro los llevaba por el borde de un precipicio. Notó con satisfacción que ninguno de ellos parecía pasmado por la altura de la caída. Parecían sobrellevar el peligro con todo el aplomo de adultos, o al menos de adultos jóvenes.

Mientras seguía observando a los huérfanos, los ojos de Kentbridge no se perdían nada. Un recuento de cabezas confirmó que los veintitrés seguían con él. Extrañamente, solo se refería a ellos con números. El mayor de los niños era Número Uno; el más joven Veintitrés.

Directamente detrás de Kentbridge, siguiéndolo como una sombra, venía un niño de 12 años de mirada seria. Número Nueve, que fue el noveno huérfano en nacer, tenía unos llamativos ojos verdes que parecían saberlo todo y le aportaban un aire de madurez que no se correspondía con su edad. La inteligente cara de Nueve estaba enmarcada por ondas de pelo negro. Llevaba un collar de plata del que colgaba un rubí. La piedra preciosa, que rebotaba contra su pecho mientras caminaba, tenía un brillo rojo sangre a la luz del sol.

Una niña rubia algo menor los seguía de cerca. Número Diecisiete era, por supuesto, la decimoséptima huérfana en orden de nacimiento. Escudriñaba el mundo a través de sus ojos azules como el hielo. Esos mismos ojos que ahora estaban fijos en el centro de la espalda de Nueve. A la competitiva Diecisiete le fastidiaba que Nueve se hubiera instalado entre Kentbridge y ella. Se sentía como si siempre estuviera siguiendo los pasos del chico.

Kentbridge aminoró el paso cuando el rastro los alejó de la cima del precipicio. El chillido de un halcón Merlín captó su atención. Así como la niebla había ocultado al halcón de la vista de la cierva, también lo ocultaba de la de Kentbridge.

Su sexto sentido le hizo sacar su rifle, un arma de tipo militar, semiautomática y poderosa que manejaba con la familiaridad de un francotirador.

De pronto, el líder de los huérfanos se paró en seco. Detrás de él, los niños se quedaron inmóviles. A noventa metros en la dirección del viento, una hermosa cierva estaba pastando, superpuesta al follaje verde. Continuó, sin darse cuenta de que había humanos en las inmediaciones.

Rápidamente, Kentbridge hizo señales con las manos de estilo militar a sus jóvenes a cargo. Los huérfanos se echaron al suelo al unísono. Justo detrás de Kentbridge, Nueve y Diecisiete observaron con asombro cómo su líder se puso sobre una rodilla y apuntó a la cierva con el rifle. En el último segundo, bajó un poco el arma y disparó. El disparo rompió el silencio, y la cierva se desplomó.

Los huérfanos y su líder corrieron hacia la cierva solo para descubrir que aún no había muerto. A su costado, el animal temblaba, y una espuma blanca le cubría la nariz y la boca. La espuma se volvió rosa y luego roja según sus órganos internos reaccionaban al trauma causado por una bala mal ubicada. Respiraba en cortos quejidos. El animal moribundo pateaba el aire mientras los huérfanos se reunían a su alrededor.

Kentbridge le pasó el rifle a su sombra, Número Nueve, y señaló con la cabeza al tembloroso animal. De todos los huérfanos, Nueve era su alumno más brillante. Era terco e insolente, pero también muy listo. En muchos aspectos, a Kentbridge le recordaba a sí mismo.

Los otros veintidós huérfanos sintieron diversos niveles de celos mientras veían a Nueve prepararse mentalmente para cumplir la orden de su profesor. Aunque todos eran muy inteligentes y tenían sus propios dones, los demás sentían que Nueve tenía un factor indefinible que le daba ventaja. Lo diferenciaba de ellos, y lo sabían.

Ni siquiera Kentbridge podía decir qué le daba al noveno huérfano esta ventaja. No es que Nueve fuera necesariamente más listo que los demás. Solo parecía ser más sensible, y quizá fuera ahí, Kentbridge razonó, donde yacía la genialidad del niño. A veces Nueve sentía la vida con tal profundidad, que parecía poseer una consciencia extrasensorial.

Por supuesto, Kentbridge sabía que ese tipo de consciencia agudizada, o intuición del hemisferio derecho del cerebro, era el elemento común de los grandes pensadores. Era la frecuencia mental a la que esperaba que todos sus huérfanos acabaran sintonizando.

Mientras sostenía el rifle, que era casi tan largo como él era alto, Nueve miró a la cierva y se preparó para liberar al animal de su sufrimiento. Los demás observaron atentamente cómo se llevaba el arma contra el hombro y apuntaba. Con la mira del rifle, vio los ojos aterrorizados de la cierva devolverle la mirada. El niño dudó.

—Acaba la misión, Nueve —le ordenó Kentbridge.

Nueve levantó la mirada hacia su maestro para luego mirar a la cierva, que temblaba con violencia.

—¡Es una orden! —dijo Kentbridge, levantando la voz.

Nueve empezaba a sentirse cada vez más angustiado. Diecisiete se puso detrás de él, como si quisiera alentarlo a darle el arma. Incapaz de llevar a cabo la hazaña, Nueve bajó el rifle.

—Completa la misión, Diecisiete —Kentbridge le arrebató el rifle y se lo dio a la niña rubia.

Diecisiete estaba encantada. Había esperado toda la vida a tener una oportunidad para superar a Nueve. Sin embargo, ocultó su alegría mientras levantaba el rifle y apuntaba.

Nueve se alejó de la escena, incapaz de mirar. Kentbridge observó que el niño tenía la misma mirada torturada de la cierva en ese momento.

Sonó un único disparo, cuyo eco resonó por las colinas que los rodeaban, reverberando en la cabeza de Nueve, como si le taladraran el cerebro.

Nueve se adentró en el bosque sin mirar atrás. Empezó a llorar al internalizar el dolor de la cierva. Casi sin ser consciente, Nueve tocó el rubí que colgaba de su collar. Como siempre, sin un motivo aparente, su tacto lo reconfortó.

1

El pequeño lápiz de memoria le parecía lo suficientemente inocuo al hombre que lo observaba. Lo maravillaba que la llave de semejante riqueza y las respuestas a tantas historias sin resolver pudieran contenerse en algo tan pequeño.

El hombre se preguntó si su decisión de no adelantar el contenido del lápiz de memoria a sus superiores lo llevaría a la libertad, o a la muerte. Estaba seguro de que eran las únicas consecuencias posibles.

Sabiendo que le quedaban unas horas antes de que los secuaces de su maestro llegaran a Filipinas para darle caza, el hombre se levantó con rapidez. Metió el lápiz de memoria en la mochila y atravesó su abarrotada habitación de hotel.

Se movía con elegancia, como un gato. Esa sombra de más de metro ochenta tenía el físico fibroso de un experto en artes marciales, que es lo que era, y parecía que pudiera correr kilómetros sin cansarse, cosa que podía. Aún así estaba tenso, igual que un muelle enrollado.

Se quitó la camiseta y empezó a restregarse, lavándose las manos y enjabonándose los brazos hasta los codos en el lavabo del baño. Hacía solo unos minutos, había convertido la habitación en una improvisada sala de operaciones, extendiendo sábanas y toallas sobre una mesa y depositando encima de ellas el contenido de un kit de cirugía. Mientras se frotaba con vigor, el rubí que le colgaba del cuello en un collar de plata atrajo su mirada.

Trató de acallar las voces de su infancia que hacían eco en su cabeza. Podía oír a los otros huérfanos decir su nombre. ¡Nueve! Los recuerdos reprimidos del tiempo que pasó en el Orfanato Pedemont se asomaron desde las profundidades de su mente.

Nueve observó su reflejo en el espejo de una pared cercana. Unos ojos verdes perplejos lo observaban desde un rostro pálido, serio, enmarcado por una melena más o menos larga, oscura y rizada. La suya era una cara sin vida.

Con una especia de belleza peligrosa, tenía la apariencia de un hombre que vive en lucha constante con sus demonios interiores. A pesar de todo, no aparentaba los treintaiún años que tenía. Solo sus ojos revelaban signos de su edad: estaban poseídos, como si hubieran visto demasiadas tragedias.

Tras secarse, Nueve se acercó a la mesa, escogió un escalpelo y se hizo una incisión de unos ocho centímetros en la parte carnosa del antebrazo izquierdo. Aunque nunca se había operado a sí mismo, la incisión fue rápida y pulcra. La sangre fluyó con libertad e inmediatamente empapó las toallas que tenía bajo el brazo.

Apretando los dientes por el dolor, cortó la carne hasta que la horriblemente afilada hoja del escalpelo dio contra algo metálico.

—¡Te tengo! —siseó con los dientes apretados.

Con un par de pinzas, sujetó el objeto metálico y lo extrajo. El objeto, que medía casi cinco centímetros de largo, era un rastreador en miniatura con forma de microchip.

Tras dejarlo en una toalla, cogió una aguja e hilo quirúrgicos y empezó a coserse. Nueve encontró esta parte la operación más dolorosa incluso. El sudor le corría por la frente mientras intentaba coserse con una mano, cuya falta solo era capaz de compensar apretando el brazo herido entre la cadera y la mesa. Tras diez minutos y treinta puntos, había acabado.

Finalmente, se vendó la herida. Como estaba limitado a usar una mano, le llevó varios intentos antes de conseguirlo. Nueve se enderezó y respiró hondo varias veces para luchar contra el dolor y las náuseas que sentía. Se estremecía involuntariamente.

Nueve sabía lo suficiente de anatomía humana y medicina para entender que la hipersensibilidad era un síntoma completamente normal del posoperatorio.

A pesar del dolor y del mareo, recogió sus cosas, incluido el dispositivo de rastreo, los instrumentos quirúrgicos y las toallas manchadas de sangre; lo metió todo en la mochila y salió del hotel de Montaña Baguio. En el aparcamiento, se dirigió a un coche de alquiler y se subió. Tras poner en marcha el motor, envolvió el microchip en varias capas de papel de aluminio antes de irse.

Más tarde, Nueve conducía con una mano por una de las zigzagueantes carreteras de Montaña Baguio. El brazo izquierdo no dejaba de palpitarle y la altitud parecía empeorarlo. Esperaba que la herida no se infectara. Sabía que eso era siempre un riesgo en los trópicos.

A pesar del dolor, se sentía eufórico. Por fin, intentaba liberarse de su encubierto y misterioso empleador, la agencia Omega.

Mientras conducía, Nueve observó a los filipinos seguir con sus vidas. Niños que volvían a casa del colegio. Monjas que entraban a la iglesia. Campesinos que trabajaban en los campos de arroz. La ventosa carretera dejaba entrever en ocasiones detalles del frondoso bosque que se extendía hasta el horizonte.

Nueve condujo rápido, ignorando el dolor tanto como podía. Sabía que era cuestión de tiempo antes de que sus superiores en Omega mandaran a alguien a buscarlo. Para empezar, desde que acabó su encargo en Filipinas, no les había mandado los mapas y planos cruciales que estaban esperando.

Además, ya que había envuelto su rastreador en papel de aluminio, sabía que sus superiores se darían cuenta de que se había ausentado sin permiso. Pensaba rectificar el problema pronto.

A medida que conducía por una extraña extensión de la carretera, pensó en el contenido del lápiz de memoria que llevaba en la mochila. La imponderable información representaba la oportunidad que llevaba esperando toda la vida: escapar de los tentáculos de la organización que destrozó su infancia y le arrebató su identidad.

Otra media hora conduciendo por las abruptas carreteras de la provincia de Benguet lo llevó a su destino: una granja de avestruces cerca del lago Ambuklao. Esta gran finca rodeada de vallas altas era el hogar de quinientas avestruces rojas.

El huérfano condujo hacia la finca. Gracias a las averiguaciones que había hecho antes por teléfono, sabía que estaba en las afueras de la granja. La casa estaba a kilómetros. No pensó que lo molestarían durante el rato que esperaba estar en la propiedad.

Pronto, Nueve encontró lo que había ido a buscar: media docena de avestruces que pastaban en una esquina de la granja. Detuvo el vehículo, buscó bajo el asiento y sacó un par de alicates para cortar alambre y una pistola de dardos. Abrió la guantera, sacó dos dardos y cargó uno en la pistola. También cogió el rastreador envuelto en papel.

Se acercó con cuidado a las avestruces semidomesticadas para no asustarlas, escogió al macho más grande, una bonita criatura de unos dos metros setenta. Sin perder el tiempo, apuntó al avestruz y le disparó el dardo en sus firmes cuartos traseros. El sorprendido avestruz se encabritó y embistió la valla más cercana, haciéndola temblar. Las demás avestruces salieron disparadas del susto.

La droga del dardo no tardó en hacer efecto, y el avestruz se tambaleó unos pasos antes de caer al suelo. Por suerte, estaba cerca de la valla. Nueve se acercó con cautela al ave caída. Había usado la dosis mínima para hacer lo que pretendía y esperaba haber calculado bien.

—Tranquilo —murmuró. No voy a hacerte daño.

Nueve se sacó el paquete de papel de aluminio del bolsillo. Al desenvolverlo, pegó el microchip a un trozo de cinta adhesiva que envolvió con firmeza a una pata del avestruz. Una vez hecho esto, sacó los alicates y empezó a abrir un agujero en la valla. En apenas tiempo había hecho un agujero del tamaño de una puerta.

Poco a poco, el avestruz recuperó el conocimiento. Nueve se interpuso entre esa y las demás avestruces mientras el gigantesco pájaro se ponía de pie, aún grogui.

—¡Corre! —le gritó.

El avestruz salió corriendo por el agujero de la valla. Satisfecho, Nueve lo vio escapar hasta que desapareció de la vista. Lo último que vio fue cómo huía hacia el lejano lago Ambuklao.

Nueve se sentía desnudo sin el microchip, un dispositivo que le habían implantado en el brazo, cortesía de la agencia Omega, hacía muchos años. Desde entonces, sus maestros habían sabido dónde estaba a cualquier hora, fuera de día o de noche, en cualquier lugar del planeta.

Sonrió para sí al imaginarse a Kentbridge estudiando el punto rojo que representaba su localización en las Filipinas y preguntándose por qué su noveno huérfano vagabundeaba por las provincias montañosas del país.

2

Veintitrés puntos rojos parpadeaban en varios lugares de un mapamundi digital. Los puntos representaban las localizaciones de los agentes de campo de Omega. Entre los veintitrés, se incluían hombres y mujeres de casi todas las razas, que llevaban a cabo operaciones clandestinas de alto nivel en todos los continentes.

Según los puntos, solo dos agentes se encontraban en Asia. Diecisiete, una mujer rubia, había aterrizado en Luzón, la isla principal de las Filipinas, hacía poco. El punto de Nueve, que había desaparecido misteriosamente para luego reaparecer hacía solo unos minutos, indicaba que él también estaba allí.

El director de Omega, Andrew Naylor, y el veterano Tommy Kentbridge estudiaban con gravedad el mapa digital. Ninguno parecía contento mientras observaban cómo los dos puntos en las Filipinas convergían con rapidez.

Al menos físicamente, los dos oficiales eran como el día y la noche. Naylor era un hombre bajo pero sofisticado que pasaba de los cincuenta. Tenía la piel con marcadas cicatrices y un ojo vago que la gente encontraba desconcertante, pues nunca estaban seguros de los estaba mirando a ellos o a otros. Por desgracia para él, su personalidad cazaba con su apariencia.

A sus cincuenta y tres años, Kentbridge parecía alguien que pudiera tomar el control de cualquier situación. Con su metro ochenta y cinco y su presencia imponente, se ganaba con rapidez el respeto de todo el que se le acercaba.

El notorio quejido de Naylor confirmó lo que Kentbridge ya sabía. El director estaba furioso por el último giro de los acontecimientos.

Kentbridge había visto suficiente. Los resultados de las últimas horas le habían provocado dolor de estómago. Haciendo girar la silla para ocultar su preocupación, inspeccionó la sede central de la agencia Omega. Como siempre, era una colmena rebosante de actividad. Científicos, especialistas informáticos, analistas políticos y otros oficiales de alto rango estaban de servicio. Cada uno era el mejor en su campo, con juramento de secreto.

Aunque parecía el interior de una sede central corporativa cualquiera, Kentbridge sabía que en este caso las apariencias engañaban. Para empezar, esta sede se encontraba a mil quinientos metros bajo tierra, escondida bajo una presa hidráulica que llevaba largo tiempo abandonada, en el suroeste de Illinois.

La instalación secreta no solo estaba fuera de los límites del público en general, sino que también se escapaba del control del Gobierno de los Estados Unidos. De hecho, como todo lo relacionado con Omega, el conocimiento de su existencia estaba más allá de cualquier gobierno.

Kentbridge volvió de golpe al presente cuando una taza de café se estrelló contra la pared cercana y dejó una fea mancha marrón en la pintura. Se giró en la silla y vio al culpable: un airado Naylor que ahora se paseaba arriba y abajo.

—Sabía que algo no iba bien cuando Nueve no nos mandó las coordinadas de Yamashita —maldijo Naylor.

Kentbridge no podía ofrecerle ninguna solución. Apenas unas horas antes, le había asegurado a Naylor que su protegido no los apuñalaría por la espalda. Ahora tenían un traidor entre sus filas, el primero en la historia de la agencia.

Cuando el punto rojo de Nueve desapareció en el hotel de la montaña Baguio, Kentbridge había sentido que su agente estrella estaba intentando lo impensable. Si Nueve hubiera muerto, o incluso si lo hubieran enterrado, la señal de su microchip habría revelado su ubicación. Cuando su punto reapareció en el mapa en una granja de avestruces una hora después, quedó claro que Nueve los había traicionado.

—Creí que conocías a tus huérfanos, Tommy —siguió Naylor.

—Debe haberle pasado algo —dijo Kentbridge.

—Algo le ha pasado, claro. ¡Se ha vuelto codicioso!

Kentbridge no pudo discutírselo. Cuando Nueve reparó en que solo él sabía el paradero de uno de los mayores tesoros descubiertos de los últimos tiempos, debió de haber sucumbido a la tentación, reflexionó Kentbridge.

Aunque la ira de Naylor se dirigía a Nueve, Kentbridge entendía que la situación tampoco lo dejaba a él en buen lugar. Después de todo, los veintitrés agentes eran su responsabilidad. Lo atravesaron sentimientos de humillación, traición e ira.

¡Maldito seas, Sebastian!

Kentbridge se puso rígido cuando le vibró el móvil. Según el identificador de llamadas, era Diecisiete, a quien habían mandado a las Filipinas para rastrear a Nueve. Kentbridge le echó un vistazo al director de Omega antes de contestar.

—Dime, Diecisiete.

#

—La cosa se complica —dijo Diecisiete al teléfono.

Mientras la agente rubia hablaba con Kentbridge, se paró con un pie plantado con firmeza sobre el cuello del avestruz al que Nueve drogado con un dardo horas antes. Diecisiete, que era una tiradora excelente, había disparado al animal momentos antes desde un helicóptero alquilado que ahora la esperaba al borde del lago Ambuklao.

Ahora el avestruz se desangraba con rapidez, tan débil que no podía resistirse ni siquiera a la bota que le sujetaba el cuello contra el suelo. A sus veintinueve años, Diecisiete tenía una vena cruel: le gustaba herir de muerte a los animales, y a veces a la gente, para ver cuánto tardaban en morir.

—He encontrado el rastreador de Nueve. Pegado a un avestruz.

Se alejó el móvil de la oreja por un instante mientras Kentbridge soltaba una retahíla de insultos. Estudió el rastreador que sujetaba en la otra mano con aparente despreocupación; así le daba tiempo a Kentbridge para digerir las malas noticias.

—Repítemelo —dijo Kentbridge, más calmado.

—Nueve se quitó el microchip y lo ató a la pata de un avestruz.

—¿Dónde estás? —Esa no era la voz de Kentbridge. Diecisiete reconoció a Naylor, que debía de haberle arrebatado el teléfono a su jefe.

—A dieciséis kilómetros de la granja que visitó Nueve, señor. —Oyó una conversación amortiguada entre los dos hombres al otro lado de la línea.

Esta vez fue Kentbridge el que le contestó.

—Diecisiete, sabes lo que tienes que hacer, ¿no? —Era más una afirmación que una pregunta.

—Sí. —Diecisiete sabía que tenía que encontrar a Nueve, recuperar toda la información importante y deshacerse del huérfano traidor. Cortó la llamada y corrió de vuelta al helicóptero. Detrás de sí, el avestruz herido solo podía observar mientras la veía alejarse. Ni siquiera podía levantar la cabeza.

—¿Qué hacemos con el avestruz? —preguntó el piloto filipino cuando Diecisiete se subió.

La agente no respondió enseguida. Sus ojos azul hielo estudiaban las ondas que se formaban en la superficie del lago.

—Olvídate del pájaro —respondió al final —. Llévame a Manila, rápido.

El piloto miró extrañado a su pasajera y, sin más discusión, hizo despegar al aparato y puso rumbo a la capital filipina. La luz decreciente del atardecer no ayudaba a la visibilidad.

Mientras el helicóptero volaba a velocidad constante hacia Manila, Diecisiete sintió una retorcida satisfacción por saber que la habían autorizado para dar caza y acabar con Nueve. Había querido hacer algo así toda la vida.

Eres hombre muerto, Sebastian.

#

Sebastian, también conocido como Nueve, tenía muchos otros alias, de los cuales el último era Jaime Ortega. Lo había elegido cuando se puso el disfraz con el que se había distanciado de la agencia Omega.

Hacía mucho que Nueve había salido de la provincia de Benguet, y ya había recorrido más de la mitad del camino hacia el Aeropuerto Internacional Ninoy Aquino, en Manila, a buen ritmo en un jeep. Había «tomado prestado» el vehículo de una de las minas por las que había pasado en su ruta. Desde que se había deshecho del rastreador, el coche alquilado era el último rastro que podía dejar, así que se había deshecho de él también.

El agente fugitivo encendió las luces del coche cuando los últimos rayos de sol empezaron a ocultarse tras una lejana cordillera. Se echó un vistazo en el retrovisor mientras aceleraba en la semioscuridad. Vio a un mestizo, o filipino eurasiático, devolverle la mirada.

Jaime Ortega era el personaje que había creado apenas unas horas antes. Una fea cicatriz le recorría la cara, de la frente a la barbilla. Tenía el pelo y los ojos negro azabache, y su cara era algo más morena que la de Nueve, todo gracias a su manejo del tinte, las lentillas y el maquillaje.

Llevaba puestas botas y un mono, y un casco en el asiento del copiloto. Nueve sabía que, si alguien importante lo veía, lo tomarían por un empleado de una de las muchas empresas mineras de la región.

Era el disfraz perfecto, ya que lo hacía tan indistinguible como irreconocible entre los millones de mestizos descendientes de hispanos que poblaban el país.

Nueve no se hacía ilusiones: si sus compañeros de Omega lo encontraban, acabarían con él. Sus maestros no lo perdonarían a pesar de los millones de dólares que habían invertido en él a lo largo de los años. Además, sabía que la información contenida en el lápiz de memoria era mil veces más valiosa para Omega que él mismo.

De ahora en adelante, Nueve concluyó que no podía permitirse ser dos veces la misma persona, y menos aún ser él mismo.

Por suerte, era un maestro del disfraz. Como resultado de la avanzada educación que había recibido en el Orfanato Pedemont, era un experto en técnicas de maquillaje y prótesis faciales, así como en acentos e idiomas.

Para cualquier meta, Nueve era un camaleón humano, como Kentbridge solía decir. Una aversión rayana en el odio le brotó del estómago al pensar en Kentbridge. Rápidamente se sacó a su mentor de la cabeza.

De pronto, Nueve giró las ruedas de dirección asistida con desafío. Se sentía como una abeja obrera que hubiera dejado la colmena sin intención de volver. Por primera vez, experimentó un indicio de lo que significaba ser una

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