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El cielo de los mentirosos

El cielo de los mentirosos

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El cielo de los mentirosos

Longitud:
513 página
7 horas
Editorial:
Publicado:
Mar 14, 2016
ISBN:
9788416420940
Formato:
Libro

Descripción

"El cielo de los mentirosos", que se centra en la Barcelona de principios de siglo XX, nos ofrece las peripecias y el ocaso de un sabio, de un bohemio que tuvo tus días de fama en Barcelona y en París. Peius, Pompeyo Gener, personaje real y poliédrico que inspira este personaje que es al tiempo erudito y caradura y símbolo de la bohemia decadente y culta de la época y de la ciudad. "El cielo de los mentirosos" es una novela hipnótica que está vertebrada por el humor y por una ciudad que, si bien no ha de volver, Juan Miñana no nos permitirá nunca olvidar.
Editorial:
Publicado:
Mar 14, 2016
ISBN:
9788416420940
Formato:
Libro

Sobre el autor


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El cielo de los mentirosos - Juan Miñana

El cielo de los mentirosos

Juan Miñana

Índice

Cubierta

Portada

Índice

Citas

UNO. Estampa del santo anarquista

1. Noi, un Fernet-Branca...

2. El limbo

3. Vitrine vivante

4. El Theological Palace (anécdota futura)

5. Humo de Armenia

DOS. El biógrafo del diablo

6. El moribundo imaginario

7. Florón

8. El secretario del mundo («todo lo penetra; todo lo registra...»)

9. Paraíso

Peyo

Quimet Tempusfugit

Gloria

10. Sociedad de acreedores del sabio de la azotea

11. Nacimiento de Venus en un mar industrial, con grúas al fondo

Alfileres

El baño del filósofo

Playa de familias

12. El Museo de las Civilizaciones

La Libertad alumbrando el mundo

Cuando le aguanté la mirada al sol

13. Su majestad el rey de las tinieblas

Boudoir

La Mort et le Diable: histoire et philosophie des deux négations suprêmes; précédé d'une lettre à l'auteur de É. Littré

Himno al sol: monólogo del gallo Chantecler

TRES. El evangelio de la vida

14. Epifanía eléctrica

Luz natural

Luz espectral

15. Spiritus Sanctus

16. El país inmóvil

Apuntes de la España pintoresca

Sombra y sol

La noche toledana

Materia imponible

17. Filosofía de la vida ascendente

Libertad para el globo cautivo

18. La impostura infinita

El poeta místico Xavier Viura visita al armero Estruch

Sobre las virtudes milagrosas del Cerebrino Mandri

La literatura, una enfermedad incurable

Canotier

19. De la mortalidad del alma inmortal

Rayos X

Gloria in excelsis Cléo

Templo

20. Libaciones

Vermouth

La Malvasía de Sitges

Guindas con cazalla

Cerveza gótica

21. Utopía íntima

Púlpito

La buena nueva

Expiación

CUATRO. Reformatio in Peius

22. Deus ex machina

23. Purgatorio

Caracoles

La razón combustible

Indulgencia

24. La cama casta

25. Producciones infinitesimales pasajeras

Un pontífice del ocultismo

Noche de difuntos

Unción

Reflexión del doctor Pompeyo Gener, de la Société d'Anthropologie de París, según la cual no es necesario creer en Dios (se incluye una leve réplica de mosén Esteve Monegal)

26. La corte de los milagros

Elogio de la propiedad privada

Aire de esperpento

27. Legado (genio y figura)

El museo imaginario

El ángel del sueño

28. El espectro esquivo

29. Suyo afectísimo...

Créditos

Colofón

Ciò ch’io vedeva mi sembiava un riso

de l’universo; per che mia ebbrezza

intrava per l’udire e per lo viso.

Oh gioia! Oh ineffabile allegrezza!

Dante, Paradiso, canto XXVII

Del cielo, me quedo con el clima; del infierno, con la compañía.

Mark Twain

Así como se conoce al poeta por su bella música, también se reconoce al mentiroso en sus articulaciones rítmicas, y en ningún caso la inspiración fortuita del momento podría bastar. En esto, como en todo, la práctica debe preceder a la perfección.

Oscar Wilde

Hay más verdad en la poesía que en la historia.

Aristóteles

(Cita elegida por Pompeyo Gener

para encabezar su proyecto de memorias.)

UNO

ESTAMPA DEL SANTO ANARQUISTA

1

Noi, un Fernet-Branca...

Un camarero sonámbulo ha asentido al pasar, bandeja en alto, junto a las mesas unidas que forman a esta hora de la madrugada la tertulia del doctor Pompeyo Gener. Sótanos del café-restaurante Refectorium, en la Plaza del Teatre, sur de La Rambla. Disculpen el ruido, el humo rancio y la clientela más bien procaz que lo frecuenta. Y por si alguien se pregunta a qué mentalidad gótica, de capa y espada, devota de un historicismo trasnochado, corresponde atribuir la decoración del local, con sus tapices flamencos, sus panoplias trufadas de armas antiguas, sus armaduras inquietantes como convidados de hierro, que sepa que todo nació de la joint venture entre la crédula generosidad del restaurador Enric Vilalta, y la erudición libresca del viejo bohemio que acaba de pedir un digestivo de alta graduación.

El doctor Pompeyo Gener, savant catalan —así rezan al menos sus tarjetas de visita—, ha dejado de acudir habitualmente al vecino Lion d’Or desde que Vilalta traspasó el negocio. Aquí, Gener, además de materializar sus fantasías en la puesta en escena de esta decoración teatral que hubiese entusiasmado a Alejandro Dumas padre, ha renovado con el propietario su cuenta a fondo perdido, insondable, a cambio de derrochar ante un público menos brillante los últimos réditos de su prestigio cosmopolita. Pompeyo Gener es una leyenda viva, eso está fuera de toda discusión: juventud parisina, títulos y honores académicos, correspondencia con figuras de renombre, viajes exóticos, amantes egregias, condecoraciones militares, un lugar de honor en las enciclopedias europeas y americanas en las que se destaca su labor como filósofo positivista, dramaturgo, crítico de arte y literatura, erudito de civilizaciones antiguas, políglota, científico, utopista social, político federalista, pensador anarquizante, masón, poeta. No se menciona su apetito rabelesiano, ni su bonhomía, ni su adicción al alcohol y al láudano Sydenham. En privado, se celebra su cualidad más preciada, que sin embargo rara vez aparece en las semblanzas que aún se le dedican: su fantasía prodigiosa y su inmenso, impenitente, sentido del humor; ese talento para la mentira creativa, tan alejada del engaño interesado y del burdo embuste, que sus admiradores emparentan con el espíritu griego y sus detractores con la vanidad más inconsistente, con la pura fantasmagoría.

Pompeyo Gener sigue manteniendo su presencia de formidable figurón: come y bebe copiosamente a cuenta de su ingenio inagotable, de su apostura en franca decadencia. Se deja halagar a cambio de cenas, resopones, botellas con que festejar todo lo festejable, hasta que en las altas ventanas ojivales azulea la luz del día. La reciente guerra europea ha supuesto un cisma irreconciliable en el ambiente nocturno de Barcelona: la burguesía ilustrada rara vez amanece cerca del puerto, territorio ganado por los especuladores extranjeros, las cocotas de los cafés-cantantes, los conspiradores, las orquestinas de música negra, los oportunistas locales y los chulos de chaqueta ceñida y botines blancos. Así están las cosas. Pero el doctor Gener, el buen Peius, para los íntimos, sigue reinando, recorriendo cada noche su jurisdicción habitual, hasta que recala en la fraternal pechera almidonada de Vilalta y manda unir dos o tres veladores para dar cabida a sus admiradores falsos y verdaderos. Es cierto que a veces se abstrae y hasta se permite alguna cabezada, pero es un maestro resucitando a tiempo para hacerse cargo de la conversación, especialmente si ha visto la oportunidad de rememorar algún episodio de su fantasiosa vida pasada. Cuando el ambiente es lo bastante propicio, introduce de soslayo alguna verdad, algún hecho cierto, singular, pero no espera que nadie le crea, más bien se complace en advertir el inevitable cruce de miradas cómplices y de guasa contenida que le envuelve, le acompaña. Peius continúa asombrando por su aspecto de villano de opereta: barba y bigotes de mosquetero, ceño fruncido, frente alta, cabeza cana y leonina. Pero su corpulencia ha ido menguando dentro de las mismas ropas que usó hasta hace poco alguien más imponente. Su atildado aspecto de siempre —ha sido uno de los referentes elegantes de la ciudad— se consume dando paso a una deslucida y desaseada estampa de prohombre venido a menos, con solapas polvorientas y uñas de medio luto. Hasta su voz tronante de tiempos mejores le falla a veces con falsetes, carrasperas y trémolos seniles.

Le han servido el fernet en copa de absenta, con varios terrones de azúcar en un platillo. Peius endulza el digestivo, lo prueba con la punta de la lengua y da su aprobación con los bigotes risueños. Cuando el doctor Gener pide su digestivo —eso lo saben bien los camareros del Refectorium, es que la interminable velada está llegando a su fin.

—Así, Peius, usted no ha sido nunca hombre de absenta —pregunta o afirma un contertulio joven con ojos de pescado no demasiado fresco, tan ebrio como el resto del grupo.

Peius tiene unas respuestas siempre muy rodadas y pulidas por el uso, casi inmediatas:

—Pues no, amigo Garriguella, aparte de mí ese cáliz: la absenta es maligna, es una pócima de brujas. Ya sabe lo que dicen los franceses: en cada botella de absenta se esconde un diablo verde que invita a confundir la locura con el paraíso.

—A lo mejor ese diablo verde tiene razón —tercia una cocota que lleva toda la noche quitándose de encima los ocho brazos de pulpo del sobón que la acompaña—. Quizá el paraíso y la locura sean una misma cosa...

—Quizá —admite Peius sin ganas de batalla—. Pero una vez, en París, visité a un amigo ingresado en la sección de bebedores de absenta de un manicomio de las afueras. Si aquello era el paraíso, yo prefiero el amor de la lumbre del mismísimo Satanás...

Más de un tertuliano se ha santiguado, en broma o en serio: y del Espíritu Santo, amén.

Apurados los vasos, y a otra discreta señal de Peius, el mismo camarero que le ha servido el digestivo le lleva la capa española, el bastón y el chambergo de fieltro. El doctor Gener sigue llevando ropas de invierno, aunque las madrugadas de junio empiezan a ser templadas. Entre las tertulias que ya se van disolviendo, del brazo del camarero, Peius cruza los turbios salones como un monarca cansado, saludando aquí y allá. Saluda hasta a las armaduras, a las que conoce familiarmente por su nombre, se deja ayudar escaleras arriba, hasta las puertas abiertas de la calle, y rechaza el ofrecimiento del portero que se brinda a acompañarle, como otras noches, hasta su casa en la Plaza Duc de Medinaceli.

—Mis zapatos ya conocen el camino —dice quedamente—. Gracias, Chaumet.

Golpea varias veces la acera con la punta del bastón y se enfrenta arrastrando los pies a la deriva por las calles oscuras, lubricadas de niebla, como un paquebote sobrecargado al que sólo guían las tenues farolas de acetileno, muy de vez en cuando, o las tétricas hornacinas votivas en las que arden las velas y las mariposas de aceite, para que no se extravíen los viandantes ebrios ni las ánimas del Purgatorio.

Peius rebusca en sus bolsillos por si le quedan frutos secos o caramelos. Le cuesta respirar, y se detiene a menudo. No se ha cruzado ni un gato con él desde que ha entrado en la calle Ample. Ni gatos ni grupos de juerguistas, ya de retiro. Ni obreros de La Maquinista Terrestre y Marítima, camino del trabajo. Sólo la calle vacía y negra como un túnel.

Para conjurar el mal presentimiento que le eriza la nuca, decide ilustrar en voz alta al vecindario proclamando la necesidad imperiosa de instaurar la aristarquía, la meritocracia social. ¡Que despierten las almas dormidas! Su voz va ganando empaque y resuena en el aire, acompañada —o mejor, ratificada— con puntazos de bastón como sentencias de juez.

Desde hace algún tiempo, las melopeas filosóficas en voz alta del doctor Gener se repiten y confunden. Nunca habían tenido excesiva coherencia, dada la hora y el estado del orador, pero últimamente Peius salta de un discurso a otro como una liebre de matorral en matorral. De la proclamación urgente de la aristarquía pasa a rememorar la figura de Miguel Servet, impreca contra la intolerancia de Calvino, describe la dignidad de un humanista radical chamuscándose en la hoguera, pero vuelve a la meritocracia y a la necesidad de una educación justa, universal, gratuita y desde luego laica, desde luego laica: sólo así cabe idealizar sobre el gobierno de los mejores, sin privilegios ni cartas de recomendación. La peor carta que puede jugar una sociedad es la carta de recomendación...

—A dormir la mona, ¡borracho!

A Peius, esta noche más que nunca, le reconforta que le chisten e insulten. Que se agiten las conciencias. Eso es bueno. Se oye llorar a un niño pequeño. Alguna que otra luz más en las ventanas. Peius avanza un poco porque sabe que se arriesga a que le remojen desde la altura con el contenido insano de algún orinal. Gente inculta, ordinaria y desagradecida. Ni siquiera le ha salido hoy al paso el sereno, como un fantasma triste y menestral del orden establecido: «Don Pompeyo, no grite tanto, por el amor de Dios, que luego los vecinos se me quejan y con razón...».

La autoridad no ha comparecido hoy ante la provocación filosófica, así que Peius alcanza solo la primera claridad de la plaza donde vive y se acerca al único local abierto en el que unos aprendices tuestan y muelen café. Suele comprar una bolsa de jamaicano, en previsión de la taza que le apetecerá cuando despierte pasado el mediodía.

—¿Se encuentra usted bien, señor?

Peius ignora la pregunta que le hace el dependiente. Está jadeando, y se nota la frente fría bajo el sombrero. Sólo piensa en los tres pisos sin ascensor que le separan de su cama. Se palpa la holgura de la piel porosa dentro del cuello duro de la camisa. El nudo de la corbata ya había flojeado horas antes. Cruza junto al estanque donde se bañan unos cisnes a los pies de la estatua de un almirante. La plaza forma un anfiteatro recto, lisboeta, frente al mar, que ahora es sólo una grisalla borrosa salpicada de luces amarillas, columnas de humo, mástiles, montañas piramidales de troncos y feas grúas metálicas.

Y acomete su viacrucis vertical, diario, por la escalera que le lleva a su casa en el último piso de la finca; apenas un palomar de la azotea con comuna aparte. Nota el aroma del café de la bolsa que lleva en el bolsillo. En algunas puertas cerradas brilla el latón de sagrados corazones, junto a los picaportes y algunos timbres eléctricos. Sube con la resignación de un Jacob por la intimidante escala de la Gloria, con la capa abierta y recogida sobre los hombros. Tose, sin resuello. La mano izquierda deslizándose por el pasamanos que empieza siendo de mármol y se desprestigia con la altura, hasta ser una superficie relavada de madera. El bastón en la diestra, tanteando peldaños, y por fin el último descansillo, el que da a la azotea y a la entrada de su piso en el séptimo cielo.

Peius busca las llaves, que tintinean con un temblor incontrolado, como un sonajero. Cede la puerta y amanece —nunca mejor dicho— en la sorpresa luminosa de la azotea, llena de sábanas tendidas de los hilos de alambre. Otras veces se detiene a dar un último vistazo a los tejados de la ciudad que se despereza, pero hoy emprende una insensata línea recta a través de la ropa, apartándola con manotazos sin fuerza. Los espectros tienen muchas menos dificultades atravesando muros de piedra. Avanza a trompicones entre la colada. Oliendo a jabón de sosa, a ropa húmeda, a una luz limpia y enemiga que no le deja pasar con su falsa inconsistencia. Le sobreviene el desvarío y la urgencia de tenderse a dormir en su cama, antes de que le fallen las rodillas de algodón, pero las pantallas de luz se suceden, son una trampa, las aparta con el brazo libre, con el bastón, como en una contienda con fantasmas apedazados. Y entonces le vence definitivamente la luz y se queda a oscuras, luchando a ciegas, revolviéndose en redondo hasta que una sábana le envuelve por completo y cae al suelo. A su lado queda el bastón como el cetro de un rey derrocado. Muy cerca, el chambergo negro de alas anchas como un pajarraco muerto. Y Peius permanece tendido como un enorme fardo blanco en el suelo húmedo de la azotea, boca arriba, inerte, de cara a la inmensidad del cielo que ya no puede ver. Se diría que se ha procurado un sudario en el último momento para viajar al más allá.

2

El limbo

El limbo no debería oler a nada, a nada en absoluto, sin embargo huele a caldo de gallina y a desinfectante formaldehído. Qué extraño lugar para acoger almas de paso. Con los ojos entornados, mientras se va acostumbrando a la luz, Peius va dando fe del soso estilo decorativo que adorna las moradas espirituales: blancos el techo y las paredes, blancos los visillos de la ventana, blancas las sillas, el armario, la cama de metal donde está acostado, la cama gemela, lisa y vacía, que ve a su lado derecho. Hasta el orinal que descubre en un rincón, sin ser un elemento propiamente metafísico, es de impoluta porcelana blanca.

Peius tiene la garganta tan seca como si se hubiese tragado un estropajo de esparto. Le duelen todos los huesos del cuerpo, y el galope de un batallón de la caballería cosaca le atormenta bárbaramente las sienes. Trata de decir algo, hacia la puerta abierta de la habitación, porque se oye —y sobre todo, se percibe por el olfato— el trasiego de un carrito transportando soperas de caldo, pero sólo es capaz de emitir un leve gemido que no puede oír nadie. El bulto de su cuerpo, bajo la sábana, prefigura una estatua yacente de mármol.

Y sueña —contraviniendo las costumbres de las estatuas de mármol— con la rebotica de la farmacia de su padre en la calle Petritxol. Hacía muchos años que no entraba allí, a remover entre los cajoncitos y frascos misteriosos, con la curiosidad de un niño. Lo que su padre llamaba pomposamente «el laboratorio», era sólo un almacén de drogas comunes almacenadas en tarros y un largo banco de madera con básculas de precisión, almireces, hornillos de alcohol y algunas retortas de alquimista industrial. Una trastienda oscura y de ambiente denso, dominado también por el carácter intratable del formol. Además de ser un centro de específicos, la farmacia tenía fama por sus golosinas: jarabes, grageas, sodas en polvo, zarzaparrillas. Hubiese vendido su alma en aquel mismo instante por un granizado de grosella, incluso por menos, por un caramelo del doctor Gener de miel y limón, para suavizar la garganta. Pero se sabe atrapado en la pura asepsia blanca del limbo.

Cuando vuelve a abrir los ojos, una eternidad más tarde, su buen amigo Manel Ribé, como un aparecido, le observa desde la silla que ha acercado a la cama. Qué agradable sorpresa del mundo terrenal: la mirada risueña de Ribé, el impecable traje de calle de color marengo, el sombrero duro y pulido sobre las rodillas.

—Ya se va despertando usted, Peius —dice el visitante—. Nos ha dado a todos un buen susto...

—Sáqueme de aquí, Ribé —balbucea Peius con una súbita urgencia—. Usted es mi ángel de la guarda. Aquí me matarán de hambre y de tristeza.

—No exagere usted, hombre de Dios. Sólo lleva aquí desde ayer por la tarde. ¿No recuerda lo que acordamos en su casa? Le están sometiendo a unas pruebas. Le encontraron sin sentido. Tiene usted dislocado un hombro y se golpeó la cabeza al caer. Le vendrá bien pasar una temporada aquí, en La Alianza. Déjese cuidar. Los médicos que le han examinado son bastante optimistas...

—No estoy hecho a la santa clausura. Usted ya lo sabe, Ribé...

—Ahora se impone el sentido común, amigo mío. Vendré a verle todos los días. Y pronto estará usted de nuevo haciendo su vida en la ciudad, ya lo verá. No olvide que ha empezado a redactar sus memorias definitivas.

—No lo olvido, Ribé —dice suspirando Peius—. Créame que no lo olvido. Pero ¿no podrían servirme un poco de ese caldo de enfermo que pasean arriba y abajo en un carrito? ¡Me mantienen vivo a base de suero!

El jefe de Protocolo y de la Guardia Urbana de Barcelona, Manel Ribé, sigue acompañando aún a Peius hasta que una monja se asoma a la puerta de la habitación para anunciarle que se acababa el horario de visitas. El coche oficial que le espera frente a la fachada principal de la Quinta de Salud La Alianza es el mismo con el que acompañó a Peius desde su casa hasta el hospital, la tarde anterior, una vez le dieron aviso del accidente y pudo personarse en el piso de Duc de Medinaceli. Un médico del dispensario de la calle Ample se había ocupado de las curas de urgencia, pero le correspondió a Ribé persuadir al herido de la conveniencia de ser ingresado en La Alianza, en previsión de lesiones internas. Peius, con las barbas mustias, en su desventrada cama, pálido y casi sin voz, se había resistido hasta quedarse sin argumentos. Tenía los ojos vidriosos. El pequeño dormitorio estaba en penumbra, con unas cortinas de arpillera mitigando la luz de la azotea. En un armario abierto colgaban los desamparados trajes de Gener, sobre una montaña de carpetas, libros y hatillos con revistas y periódicos. Encima de una mesilla, dos fotografías enmarcadas: en una se veía a la actriz francesa Sarah Bernhardt disfrazada de Juana de Arco, en pleno éxtasis teatral. En la otra, bajo el retrato de un anciano de barbas blancas y expresión ceñuda, podía leerse a pluma, en francés: «A mi admirado Pompeyo Gener. Victor Hugo».

En la sala que hacía las veces de comedor y estudio, junto a otra ventana, una insólita máquina de escribir, con su etiqueta de alquiler colgada del pulsador del carro, esperaba las sesiones en las que un asistente, contratado por Gener —el poeta místico Xavier Viura, de la vieja tertulia del Lion d’Or—, trataba de ordenar y pasar a limpio el caos de sus memorias definitivas: cuartillas sueltas de cronología barajada, ya mecanografiadas pero casi inextricables por las tachaduras, añadidos y correcciones a mano de Peius, más sus últimas anotaciones manuscritas, recogidas en servilletas, sobres, fichas de cartón, papel de carta con membrete de hoteles: todo con una caligrafía imposible y prodigiosamente parecida a la de Victor Hugo en su fotografía dedicada.

Ribé había sido incapaz de atemperar las costumbres de Gener, que vivía en el puro exceso aunque su salud estaba ya muy deteriorada y su sueldo como funcionario municipal no alcanzaba para grandes alegrías. El propio Ribé, años atrás, había conseguido que el Consistorio nombrara a Peius auxiliar políglota. Su primer sueldo oficial le duró exactamente tres días, el tiempo que tardó en invitar a todo el mundo y fantasear sobre las arduas tareas de traducción que se le encomendaban desde las más altas instancias. Y no hablamos de lenguas modernas, caballeros, que ya dominan hasta los viajantes de comercio, sino de lenguajes tan arcaicos como el sánscrito, el arameo y el acadio, que tenía algo olvidados desde su juventud por falta de uso.

Ribé seguía con su tutela a cierta distancia, para no ofender a un protegido treinta años mayor que él. Las tornas habían cambiado. Ya no era el ilustre doctor Gener, recién llegado de París, quien le acogía en sus tertulias y le presentaba a las personas más influyentes para propiciar lo que más tarde sería una fulgurante carrera administrativa. A medida que se iba apagando la estrella de Peius —sufrió varios ataques cardíacos y se llegó a temer seriamente por su vida—, el jefe de la recién creada Guardia Urbana consiguió convertir en justicia poética lo que no pasaba de ser un acto encubierto de caridad institucional. Peius sólo fue visto una vez en el despacho de traductores. Posó para una foto fingiendo que consultaba unos papeles, junto a un festivo jipijapa achambergado que ocupaba casi todo el escritorio. Acudía a la alcaldía una vez al mes, el día de pagos, pero eso duró apenas unos meses, cuando Ribé optó por administrar sus honorarios y conseguirle una vivienda más adecuada, pues por aquel entonces Peius malvivía a crédito en un cuarto interior de la calle Eures, con vistas a un ahumado patio de ladrillo. Se negoció un alquiler, también modesto pero mucho más digno, en aquella finca de la Plaza Duc de Medinaceli, con recibos a cargo del Ayuntamiento. El jefe de policía entregaba prudentes sumas a Peius cuando éste se lo requería en algún aparte, en la calle o en los cafés, aunque de nada servían los consejos de moderación. Peius se consumía, se encorvaba a ojos vista, pero el genio desaforado de Dionisos formaba parte de su naturaleza.

El médico-director de La Alianza se entrevistó con Ribé horas después de que Peius fuese ingresado. A falta de evaluaciones más completas, el pronóstico no era demasiado halagüeño. El doctor Gener —«¿Puedo hablarle con absoluta franqueza?»—, además de las contusiones de la caída, tenía la tensión por las nubes. Su corazón era como un metrónomo desacompasado. Padecía de reumatismo severo, tenía problemas de próstata y era diabético. Pero lo más preocupante era su hígado inflamado por el alcohol y las comidas pantagruélicas. Sin contar con su adicción a los sedativos de opio.

A Ribé no le gustó escuchar la diagnosis de semejante cuadro. Peius era mucho más que una colección de enfermedades. ¿Acaso no contaba la robusta salud de su imaginación? ¿No era síntoma de fuerza vital su desbordante sentido del humor? Él mismo formuló las preguntas y llegó a una única respuesta sin abrir la boca, ante la mirada neutra y científica del director del hospital que leía los informes. Casi era mejor que no se llevaran a cabo más exploraciones y análisis.

Sentía la satisfacción de haber hecho lo correcto al conseguir el ingreso de Peius en La Alianza, aunque Gener no era mutualista ni probablemente tuviera noción alguna de lo que era un seguro médico: «Acuérdese de cuando frecuentaba los mejores balnearios de Europa», le había dicho para convencerle. «Una temporada de reposo, un buen tratamiento depurativo, y otra vez en plena forma, que es como queremos verle a usted.» No sabía si Peius le había creído o no. En realidad no tenía elección.

Ribé recoge pulcramente sus alas antes de introducirse en la parte trasera del coche que le espera a la entrada del hospital. No puede evitar cierta mala conciencia al ver alejarse el palacete modernista de la clínica, nacido casi como un espejismo entre los descampados y las huertas de esta parte de la ciudad. Más que probablemente la última residencia de Peius.

—¿Vamos a su casa, señor? —le pregunta el guardia de servicio que le acompaña al volante.

—Déjeme en el centro, en la cervecería Múnich —contesta Ribé.

Le apetece una jarra de cerveza fría, un buen habano, gente. Y quizá, más tarde, la visita a una joven amiga, con veleidades artísticas, a la que ofrece su mecenazgo incondicional en un estudio de la calle Platería.

Siempre se siente así —decaído pero con unas ganas infinitas de ponerle remedio— cuando acaba de volver de un funeral.

3

Vitrine vivante

No hace falta ser una gran intérprete trágica para congregar al público de ociosos más escogido del Raval durante las sesiones en que la maniquí viviente, ataviada como una china de teatro, con sus kimonos, pasitos cortos, cara empolvada de arroz y paipái con cerezos en flor, se finge sorprendida en su intimidad desde los escaparates de la casa de muebles El Chino, pagos al contado y a plazos (sin fiador). La actriz —¿cómo llamarla?— tiene ya un público incondicional de vecinos y menestrales de los talleres cercanos, a los que se suman los transeúntes que pasan por allí cuando se iluminan los escaparates y aparece como una desganada y juvenil madame butterfly detrás de un biombo. En realidad, el repertorio no ofrece demasiadas variantes: se ahueca el peinado ante el espejo de un tocador, se da lápiz de carbón para acusar un poco más los falsos rasgos orientales o se recompone los pliegues de su exótica bata de estar por casa cuando se sienta en un canapé a pasar sin demasiado interés las páginas de una revista de modas. El aburrimiento es chic, y la chinita se aburre elegante y sinceramente en su pecera, mirando con disimulo la hora en un reloj de sobremesa, por descontado a la venta, como todo el atrezo de aquella comercial obra de teatro mímico que representa, en sesiones de una hora, cuatro veces al día.

Si al cruzar o descruzar las piernas, el kimono se abre indiscretamente un segundo, le llegan ovaciones y hasta aplausos desde la calle. Distinguido público de papanatas. También tiene éxito asegurado su representación de la lectura de una carta que se ha escrito ella misma, y que alude a alguna supuesta contrariedad amorosa que la empuja a vagar como un alma mandarina en pena por el escaparate, hasta llegar a la cama de matrimonio, con edredón de raso malva, abonable en cómodos plazos semanales, sobre la que se tiende a llorar sin consuelo, con la mano expresivamente abierta cubriéndole la cara.

Milagrosamente, las lágrimas nunca consiguen alterar lo más mínimo su espeso maquillaje blanco.

Esta tarde de sábado, cuando la caída del telón convierte en espejos el cristal de los escaparates, se disgregan poco a poco los curiosos que miraban la representación desde las aceras. Aún queda sol en los balcones altos, llenos de borraja y geranios, pero las campanas de la Iglesia de Betlem han señalado ya las ocho, fin del horario comercial. Sólo un hombre extraño, alto y delgado, vestido con un traje raído, negro, y corbata mustia de plastrón en el pecho, aguarda encogido frente a la tienda de muebles, como un tímido admirador esperando en la salida de artistas de un teatro. No tarda mucho en aparecer la china por la puerta principal, vestida de calle, en el supuesto de que la calle del Carme fuese una calle de Pekín, porque lleva aún el cabello y el maquillaje al estilo oriental, y luce una ceñida casaca de seda amarilla con dragones bordados. A su lado, un hombre maduro se despide de ella y se queda satisfecho en la calle, frotándose las manos. Lleva un pequeño mono, inquieto, saltando ahora sobre un hombro, ahora sobre el otro: lo que da de sí una cadenita. La actriz corresponde el saludo y se queda mirando al hombre que espera, tan sombrío como la calle misma, en la acera de enfrente. Sabe quién es, pero aun así se acerca a él y le pregunta:

—Es usted el poeta Viura, ¿verdad?

—Xavier Viura, para servirle. Aunque creo que ya nos habíamos visto alguna vez. Sé que se llama usted Consuelo, pero tenía entendido que era modelo artística en la escuela de dibujo de la Llotja.

—Llámeme Chelo. Ahora me llama así todo el mundo. En la Llotja están de vacaciones. Esto de los escaparates es sólo provisional...

—¿Y no se cambia usted?

—El kimono y el paipái los dejo en la tienda. Pero me estoy aficionando a la ropa oriental. Es cómoda y tiene mucho colorido...

Chelo tiene un modo de moverse que la hace parecer intranquila o impaciente. Sopla, se da aire con la mano. Mira nerviosa a uno y otro lado. Es muy joven pero tiene una mirada dura, un poco seca, más propia de alguien a quien ya le quedan pocas cosas importantes por descubrir.

El poeta Viura, en cambio, se desenvuelve con ademanes pausados. Tiene un insano color verdoso en la piel, de tan pálida. Y unas pupilas algo desquiciadas, negras y mates, como de azabache sucio.

—¿Es un macaco lo que lleva ese hombre atado a una cadena? —pregunta señalando la otra acera con la nariz húmeda, enrojecida.

—Es un mono tití. Se llama Siscu. El hombre es el encargado de la tienda. Es un señor muy educado, pero cuando me doy la vuelta me repasa de arriba abajo.

—¿Y usted cómo lo sabe, si está de espaldas?

—Pues porque las mujeres tenemos ojos en la nuca, ¿no lo sabía usted?...

Viura se encoge de hombros, un poco más, si cabe. Parece que viva en otra estación del año, estancado en un día desapacible. Las cabriolas del monito sobre los hombros de su dueño lo tienen hipnotizado.

—Tantos años de evolución para acabar así —dice, por fin, con una inmensa tristeza darwiniana.

—A mí ese tití me da mucho asco. Tiene cara de viejo. Y muerde... ¿Fuma usted?

—Sí, pero no tengo tabaco en este momento...

—Pues sí qué... En fin, estoy muerta de sed. No sabe usted el calor que acumulan esos escaparates del demonio. Demos un paseo.

—La acompaño, sí, pero le advierto que ya sé por qué me ha dejado aviso en la biblioteca del Ateneu. Es una cuestión que ya discutimos en su momento Peius y yo. Por cierto, ¿cómo se encuentra? ¿Ha ido a verle a La Alianza? Yo siento verdadero horror por los hospitales...

Es imposible que semejante pareja no llame la atención en la terraza de verano de La Rambla en la que se han sentado. Horchata y café, por favor. Aparte de la diferencia de edad —Viura está aún en la treintena, pero parece mucho mayor—, el contraste es impactante para los paseantes y clientes de las otras mesas. Él parece escapado de un cuadro del Greco, una de esas figuras con golilla y semblante lívido que Peius definió una vez como «caballeros desenterrados». Ella pasaría perfectamente por una bailarina sicalíptica del Paralelo, si no por algo peor —en opinión de las señoras que observan de reojo—. Y el caso es que la estampa que forman, pese a ser chocante, no resulta del todo insólita, salvo por la hora. Viura, además de literato de fama evaporada, suele leer las cartas del tarot a las ingenuas entretenidas y chicas de foyer que acuden de madrugada a las tertulias artísticas. Damas en su mayoría francesas, de vestimenta exótica, cuyo trato se remonta a los tiempos en que Viura compartía veladas con Peius. Habla un francés muy correcto con ellas, porque vivió una larga temporada en París «cambiando mis penalidades de latitud», como él mismo afirma. Por aquellos años había ganado una flor natural en los Juegos Florales de Barcelona y empezaba a colaborar en revistas y diarios. En París esperaba encontrar una especie de fraternidad barcelonesa de artistas desplazados, pero fueron muy escasas las muestras de apoyo que se encontró en la Ciudad de la Luz, salvando la generosidad ocasional de figuras como la de Pompeyo Gener. Es sabido que el hambre reiterada agudiza el misticismo, y sólo era cuestión de tiempo que el joven Viura quedase fascinado, atrapado por los simbolistas. De París volvió a Barcelona, además de con un francés fluido, aprendido por pura supervivencia, con una iniciación esotérica impartida por el célebre zar Péladan, un gurú literario y espiritista, fundador de la llamada Orden Rosacruz Católica y Estética del Templo y del Grial, y creador de la tirada Péladan, una variante en la lectura del tarot que Viura todavía usa en sus sesiones de café.

También regresó a su ciudad natal con las traducciones al francés de los libretos wagnerianos —traducidos del alemán por el propio Péladan—, y que trasladó al catalán para el Liceo, aunque sin mucha recompensa económica. Sus incursiones dramáticas fueron un sonado fracaso de taquilla. No volvió a ganar ninguna distinción poética, y tenía verdaderas dificultades para cobrar sus cada vez más escasas colaboraciones en prensa.

—¿Y así que conoce a Peius desde París? —le pregunta Chelo, que ha pedido unos cigarrillos ingleses al camarero y fuma con mucha prosopopeya pero sin tragarse el humo.

—Bueno, en París le traté un poco. Intimamos más aquí, años después. Tiene la vista muy fatigada pero se niega a usar gafas, no me pregunte usted por qué. Por eso, y porque escribo a máquina, es por lo que me pidió que le ayudara con sus memorias. Supongo que le habrá encargado a usted que me localice para que reanude esa tarea imposible, aunque ya le dejé las cosas claras poco antes de que enfermara.

Está oscureciendo en La Rambla. Se están iluminando los cafés, las ventanas de las casas, las primeras farolas. Chelo sigue con el adorno aromático de sus cigarrillos. Piensa que probablemente Viura, cuando la salud de Peius empezaba a desbaratarse, le vería más de una madrugada emprendiendo penosamente su regreso a casa desde algún café. ¿No le acompañaba a veces un niño limpiabotas de gorra visera muy calada, en cuyo hombro apoyaba la mano para que le guiara por las calles? «Apenas veo sombras», decía Peius entonces. Y se lamentaba también de que acabaría como el pobre Alejandro Sawa, un poeta de origen griego que había frecuentado y que murió ciego y en la ruina, como un Homero de usar y tirar. «Qué malas pécoras son las musas con sus amantes más fieles, vailet», le confesaba a su lazarillo. Llamaba siempre vailet a Chelo porque vestía con ropas masculinas. Sabía que era una manera de que la dejaran en paz cuando lustraba zapatos y hacía recados por los cafés nocturnos. Peius había conocido a su madre, llamada también Consuelo. Era o parecía de raza gitana, muy bella, y había sido modelo de varios pintores renombrados. La genética de Chelo era artística, pues, por partida doble. Por parte de su madre, sin ninguna duda. Y en cuanto a su nebuloso padre, por lo que había averiguado, podía elegir entre tendencias neohistoricistas y un impresionismo tardío, porque contaba con candidatos para abrazar todo el espectro.

—Tenga en cuenta, Viura —le dice achinando aún más los ojos, a modo de confidencia, con los dos dragones de seda inflamándose en su pecho—, que Peius se nos muere. Debería ver lo consumido que está. Le daría una gran alegría si volviera a su casa para ocuparse de las memorias. Me ha pedido que se lo diga. Y también que le anime a usted a visitarle alguna vez...

Viura niega con las manos, como si le estuviera proponiendo un disparate. Sorbe su café como un pájaro bebiendo de un bebedero. Acepta uno de los cigarrillos ingleses y fuma pausadamente, abstraído, como si el humo le dejara la mente en blanco:

—Mire, señorita Chelo —irrumpe por fin—, no hay nadie en esta ciudad que admire más que yo a Pompeyo Gener. Si no fuera por espíritus como el de Peius, Barcelona sería aún más provinciana de lo que es. Ha sido una inspiración para todos los que vivimos (o sobrevivimos) de la pluma, aunque ahora esa prima donna de Eugenio d’Ors le niegue el pan y la sal. Dice que es un fantasma del pasado, y eso cuando no se pone sarcástico. Yo creo que tiene escrita ya su necrológica.

»Peius podrá contarle que acogí de muy buen grado su propuesta de ayudarle a redactar la última versión de su autobiografía. Me aseguró que dispondría de un borrador escrito algunos años atrás, incluso con fichas mecanografiadas, que habría de facilitarme enormemente la tarea. Pero en nuestra colaboración se cruzaron dos escollos insalvables: el primero, la inexactitud o, dicho de otro modo, la incontinencia imaginativa de Peius recreando los episodios de su vida. Es como si su pasado siguiese vivo, en constante ebullición, de modo que corrige una y otra vez lo que ayer daba por definitivo y lo adorna con colores nuevos hasta convertirlo en una anécdota distinta. Creativamente es un prodigio. Memorialísticamente es un desastre, además de un trabajo de chinos, si me

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