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Cambia de ritmo, séptima edición

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Cambia de ritmo, séptima edición

valoraciones:
1/5 (1 clasificación)
Longitud:
994 página
11 horas
Publicado:
Dec 9, 2016
ISBN:
9781496422545
Formato:
Libro

Descripción

Esta séptima edición ha sido completamente revisada y actualizada.

Este es un libro devocional para todo el año, con lecturas especializadas en la acción, retos, desempeño y emoción del deporte actual. Cada página trae un versículo para memorizar, una guía de lectura bíblica para leer la Biblia en un año, la historia de un deportista o equipo deportivo destacado a nivel mundial, un pensamiento para reflexionar y una oración sugerida para enfocar nuestro espíritu en la obra del Señor.

This seventh edition has been completely revised and updated.

This is a yearlong devotional with readings that focus on the action, challenges, achievements, and excitement of today’s sports. Each page features a memory verse, a guide to reading the Bible in one year, the story of a world-famous athlete or team, a reflection, and a suggested prayer to focus our spirit on the work of the Lord.
Publicado:
Dec 9, 2016
ISBN:
9781496422545
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Cambia de ritmo, séptima edición - Tyndale

AGRADECIMIENTOS

Amis padres, Jaime y Carmiña, por haberme enseñado con su ejemplo y sus palabras a amar al Señor Jesús sobre todas las cosas.

A mi esposa Miriam: gracias por estar siempre a mi lado. Si Dios me hubiera regalado cien vidas, iría a buscarte en cada una de ellas. Le agradezco profundamente a Dios el tiempo que nos regala para disfrutar juntos con nuestras niñas, Iami, Kenia y Mel.

A todos los deportistas que aman al Señor Jesús y tienen el valor para decirlo públicamente e intentar llevar una vida de acuerdo a la voluntad de Dios, haciendo del deporte uno de los medios evangelísticos más importantes de este momento. La lista sería muy larga, pero se irán descubriendo a lo largo de algunas historias de este devocional. Dios nos ha regalado la amistad de muchos de ellos y de sus familias, y sin su ayuda no sería posible de ninguna manera que este libro se hubiera editado. Lo mejor de todo es que la gracia de Dios hace que esa amistad pueda durar por toda la eternidad.

A Juan Carlos Caride: saber que siempre contamos con tu amistad, tu ayuda y tus oraciones es una de las cosas que más agradezco a Dios de mi vida.

A todo el equipo de Editorial Tyndale: me siento privilegiado de trabajar con vosotros y aprender cada día de vuestro amor al Señor y vuestro servicio para Él.

CONTENIDOS

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AGRADECIMIENTOS

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ÍNDICE DE NOMBRES

CRÉDITOS

ENERO

Todos hemos escuchado alguna vez la noticia de un llamado «traspaso del año». Nos referimos al cambio de un jugador «estrella» por varios de otro equipo o por mucho dinero. Durante el año 2013 una de las noticias más comentadas por la prensa fue la compra del joven futbolista brasileño Neymar por el FC Barcelona. El precio total: más de cien millones de euros por el jugador que todos querían tener en su equipo.

Pero no ha sido en el mundo del deporte donde se ha dado el caso del traspaso de un jugador por la mayor cantidad de dinero: el precio más grande de la historia se pagó por ti. ¡Menuda sorpresa! Eso sí que no lo esperabas, ¿verdad?

Dios dejó escrito que dio «naciones enteras por tu vida». ¡Tan importante eres para Él! La Biblia dice que Dios se interesa por cada una de las personas que viven en el universo, y está dispuesto a hacer todo lo posible para que nosotros le conozcamos a Él.

Alguien dijo que no existe mayor amor que cuando uno da su vida por sus amigos. Pero Dios demuestra un amor mucho mayor, por cuanto Jesús murió por nosotros ¡cuando éramos sus enemigos! Sí, Dios dio no solo naciones enteras por ti, sino que dio lo mejor que tenía: a su propio hijo Jesucristo, para que todos los que creamos en Él tengamos vida para siempre. Ese es el precio tan especial que nosotros merecemos para Dios, dar a su propio hijo para ganarnos a nosotros. ¿Cómo puedes seguir creyendo que para Dios no eres importante? Tan grande demostración de amor no puede ser ignorada. No puedes quedarte insensible delante de Aquel que fue capaz de darlo todo por ti.

No hay nada que pueda compararse con el amor de Dios. Recuerda que TODO lo que hizo fue por amor a cada una de las personas de este mundo y, por lo tanto, por amor a ti. Él está dispuesto a dar lo que sea para ganarte y regalarte la vida para siempre.

Ahora viene la pregunta más importante: ¿cómo vamos a reaccionar ante ese amor? Estamos comenzando un nuevo año, ¿cómo vamos a vivir? Si Dios nos ha dado todo, lo suyo es que le respondamos de la misma manera: dándole todo lo que somos y lo que tenemos. No porque tengamos que pagarle (¡es imposible!), sino que lo hacemos como agracedimiento a su amor.

Todo le pertenece a Él. Mi propia vida es suya: nadie dio tanto a cambio de ella.

El descenso, o eslalon gigante, es una de las pruebas más importantes y espectaculares del esquí. Es impresionante la velocidad que llegas a alcanzar, «volando» a más de 100 km/hora por encima de la nieve. La verdad es que no puedes ser un buen esquiador si te da miedo acercarte al límite en el cual no dominas las circunstancias y casi no puedes controlar tu propio cuerpo. Muchos deportistas no llegan a triunfar por este miedo, porque prefieren reducir la velocidad, realizando tiempos superiores a los demás.

No solo en el esquí el miedo puede «obligarnos» a dejar escapar la victoria: a veces ese temor al fracaso, llamado «miedo a ganar», hace que los deportistas pierdan facultades justo cuando más las necesitan, en los últimos momentos de la competición. A veces puedes reconocer con anticipación quién va a caer derrotado, porque ya comienza a verse derrotado cuando las fuerzas flaquean.

Uno de los secretos de la vida cristiana tiene que ver con nuestra mentalidad: hay muchos cristianos que viven derrotados. El miedo les vence: miedo a los demás, miedo a lo que digan de nosotros, miedo a que nos consideren «raros», miedo al enemigo, miedo al futuro... ¡miedo por todas partes! Y eso es lo más paradójico que existe, porque nosotros somos los hijos del ser más victorioso que existe en el universo, pero a veces vivimos vencidos por el miedo.

En la vida cristiana no existe el llamado «término medio». La Biblia no habla de cristianos de segunda categoría, o personas que pueden vivir como si lo fueran pero no lo son. Dios nos llama los hijos del Rey. El problema es que muchas veces en nuestra vida nos conformamos con vivir de «migajas» cuando Dios quiere darnos grandes banquetes. En muchas ocasiones estamos tristes y solos, pero Dios nos ha dado cientos de promesas para que las hagamos nuestras ¡No tengas miedo a ganar!

¿Cómo hacerlo? Muchos han dado infinidad de respuestas; mil y una fórmulas sobre cómo tener una vida victoriosa; mil y un mandamientos que es imprescindible recordar. Creo que en el fondo todo es mucho más sencillo y podemos limitarlo a una sola actitud: luchar con el poder de Dios y no con el nuestro. Vivir la vida de Dios, sentir y pensar como Él siente y piensa ¡Ser como nuestro Padre!

Puede que en muchas ocasiones todo lo que podamos ofrecer a Dios sea nuestro miedo, pero Él lo transforma y nos llena de poder, ¡PODER DEL VENCEDOR! ¡Tenemos derecho a una vida de victoria! Puede ser que, aparentemente, todo siga igual: los mismos problemas, las mismas situaciones difíciles, las mismas frustraciones. Pero hay una diferencia, una gran diferencia: las enfrentamos con el poder de Dios.

Un jugador de la selección de fútbol de Brasil estuvo a punto de dejarlo todo cuando estaba en lo mejor de su carrera deportiva. Estamos hablando de Zé María, al que los médicos aconsejaron que dejara el deporte profesional debido a una lesión grave en su rodilla. Afortunadamente, Zé oró a Dios para que pusiese su mano sobre él y Dios le sanó. Hoy, ya retirado, es entrenador y ayuda a los más jóvenes para que puedan triunfar no solo en el fútbol, sino en la vida, ¡que es mucho más importante!

Las lesiones son uno de los mayores enemigos de los deportistas y mucho más cuando son tan graves que pueden dejarte «tirado» durante meses. Da la impresión de que lo único que nos queda es llorar. ¡Todos nos encontramos así en algún momento de la vida! Quizás no sean múltiples operaciones, o problemas físicos los que nos hacen sufrir (¡o quizás sí!), pero lo cierto es que hay circunstancias, problemas, desilusiones y una lista de innumerables «enemigos» que nos pueden llenar de tristeza. Nos sentimos de la misma manera que el escritor del Salmo: «Día y noche mis lágrimas son mi alimento».

¿Sabes? A veces tenemos una idea equivocada de Dios. Creemos que Él solo va a aceptarnos cuando todo va bien, o cuando reaccionamos como héroes ante todo lo que nos ocurre. Llegamos a pensar que solo cuando nos hacemos los fuertes Dios está con nosotros, y esa es una gran equivocación.

¡Dios quiere que seamos sinceros! Él nunca disciplina a sus hijos por sentirse desalentados, Dios no «escapa» de nosotros cuando lloramos delante de Él. ¡Todo lo contrario! La Biblia dice que cuando las lágrimas son nuestras compañeras, Dios está con nosotros haciéndonos comprender que hay una salida y que el sufrimiento nunca es el final.

¿Hay una situación tan dura en tu vida que crees que no vas a poder soportarla? ¿Tienes a tu alrededor personas que no entienden lo que estás pasando? ¡No te preocupes! Puedes venir a tu Padre celestial y derramar tu corazón delante de Él. No hay ningún amigo que pueda comprenderte como Él, no hay ninguna persona que pueda ayudarte de la misma manera. No hay nadie que pueda hacer resplandecer su rostro delante de ti y hacerte «volar» por encima de las circunstancias, por muy duras que sean.

La razón por la que Dios es la fuente de nuestro consuelo es muy sencilla, tanto, que muchas veces la olvidamos. Él sufrió en nuestro lugar mucho más de lo que nosotros podamos comprender jamás. Él llevó sobre sí mismo toda nuestra tristeza, nuestras equivocaciones, nuestra maldad, nuestro pecado… y supo, más que ninguna otra persona en el mundo, lo que significaba vivir despreciado y solo. ¡Lo hizo por amor a nosotros!

Dios solo permite en nuestras vidas lágrimas que podamos vencer y lo hace con una condición: que se las llevemos a Él. Él sabrá consolarnos.

Hansie Cronje fue uno de los más grandes jugadores de toda la historia del críquet. Campeón del mundo con la selección de la República Sudafricana, era todo un símbolo para el país y para los jóvenes. Desgraciadamente se vio envuelto en un turbio asunto de apuestas ilegales, aunque realmente nunca recibió dinero para dejarse ganar, solo por informaciones de los partidos. Aun así, pasó de ser un ídolo a ser despreciado por la federación de su propio país. Pero cuando parecía no haber salida, Hansie volvió al Señor, fue perdonado y, con el tiempo, considerado como una de las quince personas más influyentes de la historia de su nación. ¡Él había sido creyente desde niño! Dos años más tarde murió en un accidente de aviación, y hoy es considerado un héroe.

No hay nada malo en ganar mucho dinero: el problema siempre está en nuestra mentalidad. Cuando buscamos ganar dinero en primer lugar, este se convierte en el «rey» de nuestra vida. ¡Y eso nos puede ocurrir teniendo mucho o teniendo poco! La Biblia dice que el mal está en la búsqueda de dinero por encima de todas las demás cosas, en el afán de tener y poseer; un deseo que NUNCA se sacia.

Muchas veces las personas no nos damos cuenta de que todo lo que tenemos y poseemos, ¡en realidad ni lo tenemos ni lo poseemos! No es un juego de palabras: la vida nos enseña que todo aquello que creemos que es nuestro puede desaparecer en un momento, ¡incluso nosotros mismos podemos desaparecer también! De ahí la necedad de «buscar tener más» como única motivación en la vida. Cuando todo se acabe y tengamos que dejarlo todo aquí, un día, cuando pidan nuestra alma, ¿de quién será?

Dios dice que el amor al dinero es la raíz de todos los males, y lo es por una razón muy sencilla: nuestra propia ambición de tener más gobierna la vida de tal manera que el dinero termina siendo nuestro señor. Por otra parte, ese deseo de aparentar ante los demás y querer ser más que ellos es pecado. La necesidad de que los demás vean cuánto tenemos es pecado. La avaricia y la envidia son pecado. Y recuerda que casi siempre el lujo, la avaricia y la envidia suelen ser los compañeros de nuestro dinero. Puede que tú, lector, seas una persona con mucho dinero. Quizás has confiado en él toda tu vida y piensas que con dinero se puede comprar todo. Incluso crees que puedes tener salud, amigos, retrasar tu propia muerte o ¡comprar el cielo! (Hay personas que creen que con sus limosnas y ayudas están comprando a Dios, lo cual es imposible). Desengáñate... Puede que esta noche vengan a buscar tu alma, y todo lo que ahora tienes ¿para quién será?

Uno de los más conocidos atletas en la historia de los Juegos Olímpicos es Paavo Nurmi, ganador de nueve medallas (siete de ellas de oro) en carreras de fondo durante las Olimpiadas de los años 1920 al 1928. Cuando Paavo corría, una característica suya llamaba la atención inmediatamente: llevaba siempre un cronómetro en la mano; sin que nadie le dijese nada, él ya sabía si estaba corriendo bien o mal.

Es un ejemplo genial para la vida cristiana: no quiere decir que llevemos un cronómetro de verdad, sino que debemos a juzgarnos a nosotros mismos. No existe ninguna otra forma de «correr bien» sino examinar detenidamente lo que hacemos, nuestras motivaciones y la meta a la que nos dirigimos. ¡Desde el mismo momento en el que nos ponemos delante de Dios y reconocemos nuestros errores, ya hemos hecho mucho más de lo que imaginamos!

¿Sabes? Uno de los riesgos más importantes en nuestra vida es estar más preocupados de los demás que de nosotros mismos; siempre es mucho más fácil ver lo que otros hacen mal, pero muy difícil reconocer aquellas cosas en las que nos equivocamos nosotros.

Dios no nos permite que juzguemos a otros: solo somos jueces de nosotros mismos. ¡Toda la energía que gastamos mirando hacia afuera debemos utilizarla en examinarnos y comprobar lo que nosotros hacemos mal para rectificarlo. Cuando no nos miramos a nosotros mismos y no corregimos nuestros errores, sufrimos las consecuencias de nuestro pecado. Incluso yendo al extremo más grave, ¡el resultado de nuestras acciones puede llevarnos a la muerte! La Biblia dice que si no nos juzgamos a nosotros mismos, y culpamos a los otros de nuestros errores, estamos «comiendo» nuestro propio juicio. Y por lo tanto, los culpables somos nosotros.

Nuestra vida cambiará radicalmente cuando seamos capaces de aprender esta lección. Debemos confrontar nuestros deseos y nuestras acciones con lo que Dios nos dice. Nuestras relaciones, el trabajo, el servicio, las motivaciones en la vida… ¡Todo lo que hacemos debemos llevarlo a los pies del Señor para ver si es correcto!

Solo así podremos aprender, reconocer lo que hacemos bien o mal, rectificar y ¡llegar a la meta!

El diario Los Angeles Times relató la anécdota de una mujer que invitó a su casa a un jugador de la NBA para tener relaciones sexuales con él con la condición de que le dejara de recuerdo un par de zapatillas. Cuando el jugador estaba en casa de la mujer, en un momento en que esta se había ido a otra habitación, descubrió que ella tenía más de un centenar de zapatillas guardadas en su armario. La verdad es que todo tipo de historias relacionadas con el sexo comenzaron a hacerse públicas cuando Magic Johnson, el célebre jugador de baloncesto, reconoció delante de la prensa que estaba infectado por el sida como consecuencia de alguna de sus «aventuras».

Los problemas sexuales han sido la razón para la caída de no pocas estrellas del deporte. De la misma manera ocurrió en la historia: desde los reyes hasta el más humilde de sus súbditos, muchos han visto destrozadas sus vidas al desobedecer las normas de Dios respecto a algo tan maravilloso que Él mismo ha creado: el sexo. Fíjate en la conclusión a la que llega Salomón ¡después de haber tenido más de mil mujeres! «Goza de la vida con LA mujer que amas». Es obvio que el sexo fue creado para la total realización y satisfacción del hombre y la mujer dentro del matrimonio única y exclusivamente, disfrutando tanto del placer como de la fidelidad. Esa es la ley que Dios ha establecido.

Prácticamente todas las civilizaciones que se conocen han sido destruidas a causa de la promiscuidad sexual y la pérdida de la unión familiar. Estos dos problemas son la base (junto a la mala utilización del dinero) de la mayoría de las situaciones conflictivas en el día de hoy. Dios estableció el matrimonio porque dentro de él debe existir una unidad espiritual, intelectual, emocional y física completa. No es bueno tener relaciones físicas con alguien con quien no estás unido espiritual, intelectual y emocionalmente, y esto solo es posible dentro de un compromiso estable y fiel.

En la actualidad, muchas voces reclaman una libertad sexual que, aparte de ir en contra de la ley natural, lo único que trae consigo es la destrucción de las relaciones dentro de la sociedad. Esta libertad sexual está patente en situaciones que van en contra de la dignidad de la mujer y del hombre. La pornografía es una de estas situaciones. Es triste comprobar cómo se fundan grandes imperios económicos basados en falsear el apetito sexual de las personas, sobre todo de adolescentes y jóvenes. La literatura play boy es solamente eso, una literatura para chicos [boy: chico] y no para hombres y mujeres cuya mente sepa lo que es bueno y no admita engaños fraudulentos. Esa manera de ver las cosas está pensada para ir directamente contra la dignidad de las personas, y detrás de los imperios pornográficos se encuentra el mal que quiere introducir la infidelidad dentro de las familias.

Lo único que ganas teniendo basura en tu mente es vivir lleno de desperdicios y no de gloria.

St. Andrews es, quizás, el club de golf más famoso del mundo. Cuenta con uno de los torneos más admirados por los jugadores profesionales, porque todo aquel que gana en St. Andrews disfruta de una bien merecida fama en la historia de ese deporte. Lo que era una injusticia manifiesta (y una discriminación intolerable) era una de sus normas que no fue abolida ¡hasta el año 2014! Todos la conocían, pero muy pocos fueron capaces de luchar contra ella: «Prohibidos perros y mujeres». Lo que es impresionante es que ese mismo machismo continúa en otros clubs actualmente.

Muchas veces nos encontramos en situaciones en las que la injusticia es tan clara que nos gustaría hacer algo para remediarlo. Cuando no es posible, lo único que nos queda es gritar: ¡no hay derecho! ¡Eso no se hace! Todos hemos vivido momentos así: en el trabajo, en la escuela, en la política, en la sociedad... y siempre terminamos diciendo «algún día Dios hará pagar por todo esto».

Es cierto: Dios es omnisciente, lo ve todo y lo sabe todo. Sabe cuándo nos engañan, cuándo hablan mal de nosotros, cuándo nos persiguen... Dios sabe cuántos pequeños dictadores hay en el mundo que viven y obran solo de acuerdo con lo que a ellos les viene en gana. Dios sabe de las injusticias de esta tierra, de todas y cada una de ellas. Dios un día tuvo la primera palabra en el mundo cuando lo creó, y también tendrá la última. Nadie puede olvidarse de eso: no habrá injusticia que no sea reparada ni mal que no sea juzgado; no habrá nada que escape a la grandiosa justicia de Dios.

Aun así, todavía hay una gran lección que tenemos que aprender: los tres amigos de Daniel fueron injustamente señalados y enviados a la muerte, y en lugar de quejarse dijeron «¡Sabemos que Dios nos librará!». Eso lo podríamos decir todos, ¿verdad? Pero ¿y la segunda parte de su contestación? «Si Dios no nos libra, nosotros seguiremos obedeciéndole y confiando solo en Él». ¡Esa sí es una lección de confianza!

Es relativamente fácil creer que Dios hará justicia un día, pero es difícil dar el siguiente paso y pensar que «aunque Dios no resuelva esta situación, yo seguiré confiando en Él». Cuando formamos parte del equipo «perdedor» a causa de una injusticia es cuando todos deben comprobar nuestra confianza en Dios. Él lo sabe todo y su justicia triunfará un día, no hay ninguna duda de eso; pero mientras tanto, voy a seguir confiando en Él, porque tiene poder para librarme.

Rafa Nadal es el tenista que más veces ha sido campeón del Roland Garros en toda la historia. Durante el año 2014 ganó su noveno título a pesar de tener que enfrentar problemas físicos y agotamiento en los partidos finales. «Luchando, las soluciones llegan», dijo después de la victoria.

A veces desechamos grandes logros por no saber que están al alcance de la mano. Pensamos que no tienen importancia y llegamos a la conclusión de que hay poca diferencia entre ganar o perder, porque nos hemos cansado de luchar. En cierta manera ocurre algo parecido en nuestra relación personal con Dios: a veces nos da la impresión de que todo es lo mismo, que es igual vencer o caer derrotado. Y no estoy hablando de nuestra salvación, sino del tiempo que pasamos a solas con nuestro creador, de las ganas que tenemos de escucharle y hablar con Él. ¿Hemos decidido buscar a Dios y no «soltarlo»? ¿Le hemos buscado con todas las fuerzas de nuestro ser para que nos bendiga?

¿Lo has hecho ya?

Ningún cristiano triunfa en su vida si no entrena de rodillas. Ninguna persona puede conocer a Dios si no pasa horas en comunión con Él. Ninguna situación tiene sentido si no la vivimos en la presencia de Dios. ¿Cómo están tus rodillas? ¿Cómo está tu comunión con Dios? ¿Cuántas veces has estado en su presencia?

No hay ninguna disculpa. No existen razones que puedan disimular nuestra necesidad de Dios. Nunca nadie habló con Dios y lo encontró ocupado. Nunca nadie se acercó a Dios y Él le dijo: «No tengo tiempo para ti». Más bien suele ocurrir todo lo contrario: ¡cuántas veces nosotros sí estamos ocupados! ¡Cuántas veces le hemos dicho a Dios, directa o indirectamente, que no teníamos tiempo para Él! Desechamos la victoria y la bendición; desechamos los mejores momentos de la vida.

Es algo que TODOS necesitamos aprender. Si estamos tan ocupados que no tenemos tiempo para Dios, entonces estamos demasiado ocupados. Dios no quiere que vayamos de actividad en actividad destrozando nuestro cuerpo, sin tiempo para renovar nuestro espíritu. Sufrir una crisis nerviosa, una depresión, un colapso mental o un problema familiar grave por culpa de nuestro «trabajo» no es espiritual: es mucho más carnal de lo que parece.

Necesitamos aprender lo que significa la renovación espiritual de nuestra mente y la restauración de nuestra alma y de nuestro cuerpo. Hoy mismo debes apartar un tiempo para que Dios te restaure y te renueve en su presencia. «No te soltaré si no me bendices»; esa es la actitud de alguien que sabe lo que es realmente importante en la vida. ¿Te identificas con esas palabras?

Todos los jugadores que llegan a ser importantes en cualquier deporte pasaron primero por la «escuela» de jugar menos tiempo y ser sustituidos. Cuando llegas a un equipo grande, los «famosos» disponen de muchos minutos y tú tienes que salir como sustituto para aprovechar los pocos momentos que tienes hasta demostrar lo que puedes hacer. Eso ocurrió al comienzo de la carrera de excelentes jugadores como Rafinha (con una calidad impresionante) y Sergi Roberto (que tuvo que adaptarse a jugar de lateral); e incluso le sucedió a Rakitic, un jugador ya consagrado y conocido en toda Europa, en sus primeros meses en el Barcelona FC.

Normalmente, a nadie le gusta ser sustituido. Hoy, sin embargo, vamos a hablar de alguien que salió voluntariamente en nuestro lugar y ¡lo hizo para regalarnos la vida! Él fue nuestro sustituto. ¿Leíste el texto? Me gustaría que volvieras a leer el capítulo 53 de Isaías y subrayases todos los «nosotros», «nuestros» y «Él».

Es impresionante todo lo que Cristo ha tenido que pasar en nuestro lugar. Nosotros sí éramos los únicos culpables y merecíamos la muerte por nuestra rebeldía contra Dios. Sin embargo, Jesús fue nuestro sustituto y recibió en su propio cuerpo el pago y el castigo de nuestra maldad.

No existe una sola persona en el mundo que se pueda presentar como perfecta delante de Dios. La Biblia dice que todos hemos pecado y por lo tanto estamos lejos de la presencia de Dios. El único pago que merece nuestra culpa es la muerte, por eso todos tendríamos que morir y ¡morir para siempre! El panorama es desalentador ¿no? NADIE puede salvarse por sí mismo, todos merecemos morir.

Pero aunque merecíamos lo peor, Dios nos regaló lo mejor: nos amó tanto, que Jesucristo llevó en la cruz todo nuestro pecado. Él cargó con nuestros dolores y el castigo de nuestra paz fue sobre Él. Por eso cuando creemos que Él lo hizo por nosotros, estamos aceptando ser sustituidos en el juicio de Dios por nuestro pecado. Eso no quiere decir que ahora seamos justos, sino que Dios nos ve como justos porque alguien pagó nuestra deuda: Jesús. Él fue nuestro sustituto, y gracias a esa sustitución tenemos vida para siempre.

Necesito recordarte solo una cosa más: Jesús murió y resucitó por ti también, pero debes hacer tuya esa muerte y resurrección. Si no lo haces, es porque quieres seguir «jugando» por ti mismo sin darte cuenta de que es imposible que llegues a salvarte. Si no quieres ser sustituido, tú mismo cargas con tus errores y sus consecuencias. Si no quieres aceptar que alguien pagó por ti, tendrás que ir a juicio y morir. Muchos no quieren creer que Jesús murió por ellos en la cruz y por lo tanto la culpa sigue pesando sobre sus vidas. ¿Y tú?

Habla con Dios y pídele que lo que Jesús hizo en la cruz tenga valor para ti. Dile que te sustituya en el juicio. Pídele que Él sea tu Salvador.

Casi todos recordamos la gran catástrofe del Titanic. Pocas veces en la historia ocurrió un naufragio de tales dimensiones: 1.513 personas muertas y un número muy grande de heridos. Muchos pensaron que para los pasajeros del Titanic la vida había perdido todo el sentido, y para muchos de ellos fue cierto. Sin embargo, solo unos años después, Norris Williams, uno de los supervivientes, ganó una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de París (1920). Norris aprendió que una carrera no se pierde sino hasta el final, y él había salido vivo del naufragio ¡para no dejar de luchar nunca!

Pocas personas en la historia cayeron tan hondo como Pedro: negó al Señor y gritó a todos los que le rodeaban que nunca le había conocido. Juró que no tenía nada que ver con aquel nazareno que era condenado a muerte. Se puso a sí mismo bajo maldición asegurando que no le había visto nunca. Cuando el gallo cantó y el Señor le miró, recordándole que le seguía amando, Pedro lloró amargamente. ¡Había defraudado a su mejor amigo en el momento más importante! Le había faltado a su Salvador cuando más necesitaba tenerle a su lado.

Pedro se marchó, apostató de sí mismo y creyó que Dios no le iba a perdonar nunca. Su vida ya no tenía sentido. Aunque lo había dado todo por seguir a Jesús, le había negado cuando más le necesitaba. Pedro nunca más fue el mismo. En los días siguientes a su negación, las sombras le recordaban su miedo; todos los sonidos murmuraban aquellas palabras: «Me negarás tres veces»; cada recuerdo hacía imposible que pudiera conciliar el sueño… Pasaba las noches llorando, recordando a su maestro, a aquel que había ido completamente solo a la cruz porque él le había negado y prácticamente todos le habían abandonado.

Tres días después sus amigos vienen a buscarlo. Pedro piensa que vienen a reprocharle lo que había hecho, pero no es así. ¡Le hablan llenos de felicidad, rebosando alegría! Le dicen: «El Señor ha resucitado, se ha presentado a las mujeres, ha dicho que va a volver otra vez, y quiere que tú estés con nosotros» (Marcos 16:7). Pedro no puede creerlo, corre lleno de alegría para llegar al sepulcro en donde dejaron a Jesús y ve que el cuerpo no está allí. Y cuando aquella misma noche se encuentra con el maestro (Juan 21), Pedro no sabe qué hacer para pagar su pecado: trabaja, trae los peces, quiere preparar cada detalle, ¡lo quiere hacer todo! Pero Jesús, con su sabiduría divina, le hace solo una pregunta: «¿Me amas?». Y se la hace tres veces, ¡tantas como él le había negado! En ese momento, comprendió que Jesús le perdonaba. ¡El Señor nunca nos abandona!

¿Has negado al Señor? ¿Le has desobedecido? ¿Estás en un camino lejano al que Él te ha trazado? «Quita los dioses ajenos que tienes junto a ti y VUELVE al Señor». ¿Has ido demasiado lejos? ¿Tienes miedo de Dios? ¡Échate en sus brazos! No encontrarás otro lugar más seguro y más amoroso.

¿S e puede ganar un partido que se está perdiendo por 0-3 en un Campeonato Mundial de fútbol? Muchos de nosotros diríamos que no, pero la respuesta es ¡sí! Cuartos de final, Inglaterra, 1966: juegan Portugal y Corea, la gran revelación del torneo. El partido se pone 0-3 en contra de Portugal, pero Eusebio (máximo goleador de ese campeonato) marca cuatro goles en pocos minutos y Portugal gana por 5-3. Eusebio sería más tarde elegido Bota de Oro durante los años 1967 y 1973 (ya había sido Balón de Oro en 1965). A lo largo de su carrera futbolística marcó más de mil goles.

Una tendencia generalizada entre los deportistas es la de lamentarse. Cuando te marcan un gol «tonto», tienes un fallo que todo el mundo ha visto o estás perdiendo un partido por 0-3, lo único que se nos ocurre es quejarnos, lamentarnos y escondernos. ¡Todo el mundo lo hace!

Si escuchas una conversación normal entre dos personas, gran parte de sus palabras son quejas: lamentos por las circunstancias, por la familia, por el trabajo, por el estudio, por el gobierno, por la comida, quejas por lo que otro ha hecho o por lo que ha dejado de hacer... Si quieres tener un «amigo» comienza a quejarte y enseguida tendrás compañía; podría decirse que todos obedecen al mandamiento de «Estad siempre quejosos».

Dios dice que las quejas producen desaliento, y si en el mundo deportivo tener un compañero de equipo que siempre se queja puede arruinar a todos, en la vida nos pasa lo mismo. A veces tenemos casi que huir de la compañía de ciertas personas porque sabemos que lo único que vamos a escuchar son quejas. ¡Son especialistas en encontrar todo lo que va mal!

¡Claro que hay cosas que no van bien! Pero no ganamos nada con quejamos siempre. Prueba a ver qué da más resultado: quéjate siempre de lo que una persona hace y estarás continuamente enfadado con ella; dale las gracias por las cosas que hace bien y notarás que esa misma persona aprenderá a apreciarte.

Una vida amargada nunca ha ayudado a cambiar este mundo, sino que contribuye a hacerlo más triste. Las quejas nos hacen estar cansados, nos obligan a verlo todo oscuro, nos atan porque no nos dejan reaccionar, nos hacen perder de vista las bendiciones de Dios. ¡Nos obligan a renunciar y a caer derrotados! Como cristianos tenemos que vencer la tendencia a lamentarnos. ¡Tenemos que rectificar y seguir jugando! ¡Tenemos que dar gracias a Dios por todas las cosas!

Y no olvidemos que también es nuestra obligación ser agradecidos con los demás. Las quejas producen desaliento y nos llevan a la derrota. ¡Ni un solo día más quejándote!

La NBA tiene una costumbre que ha ido traspasando las fronteras de la propia competición y se ha implantado en otros deportes: hablamos de la «retirada» de dorsales. Cuando un jugador ha sido muy importante para su club, su número se retira y nadie más puede utilizarlo en las siguientes temporadas. Los Sixers retiraron el dorsal número 6 en honor de Julius Erving; los Celtics también retiraron su número 6 en homenaje a Bill Russell, el 33 por Larry Bird y el 35 por Reggie Lewis entre otros. Los Chicago Bulls retiraron el 23 en honor a Michael Jordan; los Cleveland Cavaliers, el 25 por Mark Price; los Dallas Mavericks, el 22 por Rolando Blackman; y los New Orleans Pelicans, el 7 por Pete Maravich (al igual que los Utah Jazz). En total, más de un centenar de números retirados en toda la NBA: hombres que dejaron huella en el baloncesto.

Dios también ha retirado sus «números» en el cielo. Allí se recordarán para siempre páginas llenas de gloria escritas por miles de personas en toda la historia y en todos los países del mundo. Mujeres y hombres que, con el poder de Dios, conquistaron los reinos del mal llevándolos a la luz del evangelio. Personas que no temieron ni a las autoridades terrenales ni a los sicarios espirituales del mal cuando decidieron obedecer la voz de Dios por encima de todas las cosas. Muchos han estado trabajando en un rincón ignorado con el fin de que todos llegasen a conocer el glorioso amor de Dios. La gran mayoría eran personas sencillas, pero dispuestas a pagar el precio para ayudar a otros y llevar la gloria de Dios a todos, allí donde se encontrasen.

Sí, un día en el cielo encontraremos infinidad de personas que, como los valientes de David, no tuvieron miedo de perder su propia vida con tal de obedecer a su Rey.Hombres y mujeres escogidos por Dios, muchos de ellos ignorados por sus semejantes, pero señalados por el dedo del creador de los cielos y la tierra. Personas con visión que conocieron la perdición del mundo y entregaron sus vidas para llevar la salvación a todos. Muchos de ellos renunciaron a todo lo que tenían y a todo lo que eran para ayudar a los demás. Quizás ni siquiera son conocidos hoy, pero tienen su gloria escrita en el mismo cielo, y miles de ángeles gritan de júbilo delante de Dios cuando los ven llegar allí.

Dios sigue necesitando personas dispuestas a reclamar la herencia que Él les ha prometido y a luchar por la victoria en todos los aspectos de la vida. Mujeres y hombres dispuestos a trabajar para honrar a Dios y a luchar para ayudar a los demás, ¡dispuestos a arrancar de los lazos del mal a millones de personas que se pierden para siempre!

Dios está buscando hombres y mujeres que dejen huella. ¿Serás tú uno de ellos?

Falcao fue elegido el mejor jugador de la Europa League 2011-12 además de ser el máximo goleador y campeón de la competición con el Atlético de Madrid. La temporada anterior lo había sido también con el Oporto. Cuando recibió el trofeo en el campo de juego, llevaba una camiseta que decía: «Si crees verás la gloria de Dios»; y no solo él, sino también su mujer, Lorelei, y varios miembros de su familia. El futbolista colombiano siempre habló de la trascendencia del Señor Jesús en su vida y la vida de su familia junto con Lorelei, quien además es una gran cantante de música góspel-pop.

Quizás puedes decir: «Muy bien, pero ¿y los miles de ejemplos contrarios?». Conocemos a muchas personas que viven «desesperadas» en su casa, jugadores que no rinden en sus equipos porque sus relaciones familiares van mal y ellos casi ni se dan cuenta: piensan que todo puede ir bien aunque uno se lleve mal con los suyos.

Piensa por un momento: si estás mal con los de tu familia, ¿cómo puedes estar bien con los de afuera? A algunos les encanta aparentar: de vez en cuando salen con su familia, ponen buena cara cuando todos los ven, dicen cosas que quizás no sienten para que los demás les oigan… pero en el fondo el vacío, la sensación de cansancio y las ganas de que termine todo son las que les arrastran. Piensan que con el fin de las relaciones llega el fin de los problemas, pero eso no es cierto.

Pocas cosas influyen tanto en nuestro rendimiento como los problemas personales. Y lo hacen en todas las facetas de la vida: trabajo, relaciones, tiempo libre, proyectos y, ¡cómo no!, en la vida espiritual. Muchas veces buscamos las causas de nuestros fracasos en muchos lugares diferentes hasta darnos cuenta de que el problema está dentro de nosotros. Si tenemos conflictos con nuestra familia, los tendremos con todas las demás personas.

Déjame que te haga una pregunta: ¿cómo van tus relaciones? Con tus padres o progenitores, relaciones con tu marido/mujer o con tus hijos y con tu familia en general. ¿Cómo es tu hogar? ¿Es un lugar de confianza, al que todos desean llegar? En muchas ocasiones, algunos sienten pánico al tener que regresar a casa. Por eso hay tantas personas por las calles, en las cafeterías y en los centros de diversiones, esperando a que el tiempo pase. Y no podemos echar la culpa a los demás: en un problema de relación siempre hay parte de culpa en cada uno.

Dios desea que en nuestro hogar reine el amor. Somos nosotros, en primer lugar, los que tenemos que amar a los demás. Dios nos dice que si las cosas van mal, nuestras oraciones son estorbadas por nuestro comportamiento. No tenemos excusa. No podemos decir que la culpa es de nuestros padres, o de los hijos, o del marido, o de la mujer... Si nosotros no ponemos TODO de nuestra parte, la culpa también es nuestra. Recuerda que no podemos ir bien en la vida si estamos mal en nuestra casa.

No cabe duda de que la concentración es uno de los elementos más importantes en el juego. No importa el deporte que uno practique, muchas veces los resultados dependen de la mayor o menor intensidad con la que actuamos en el momento de la prueba. Cuanto más tiempo y concentración dediques a prepararte desde muy joven, más posibilidades hay de que puedas llegar muy lejos, como Luca Giovanella, que con 15 años ya jugaba en el equipo cadete del Celta de Vigo, al igual que otros jóvenes de su edad. La diferencia en la vida de Luca es su decisión de no dejar pasar un solo día sin orar y leer la Biblia: el deporte es muy importante, pero la vida lo es mucho más.

Todos los días necesitamos buscar el rostro de Dios: orar, hablar con Él, leer su Palabra, escucharle, aprender a pensar y sentir como Él, buscar su voluntad en todas las situaciones...

Muchas veces salimos al «campo» (nuestro campo es la vida de cada día) y no estamos concentrados. Caemos en el «activismo» de hacer muchas cosas, incluso para el servicio a Dios y a los demás, sin haber buscado el rostro de Dios. A veces pasan días sin que hayamos escuchado al Señor y Él nos haya escuchado a nosotros, y así no hay manera de que nuestra vida sea completa. Nos falta concentración.

Yo creo que algunas personas no buscan el rostro de Dios porque no le conocen. Sí, ya sé que puedes decirme que lees la Biblia, oras, vas a la iglesia, etc. Pero ¿conoces a Dios? ¿Sabes cómo es? Te voy a proponer algo muy importante y que puede ser trascendental para tu vida: leer con calma el libro de los Salmos para «buscar» el rostro de Dios.

Hay más de setenta características de la personalidad de nuestro creador en ese libro. Solo hay que leerlo con atención después de haber orado y escribir todo lo que has ido aprendiendo. Por ejemplo, encontrarás que:

Dios pone alegría en nuestro corazón

Dios es fiel

Dios es justo

Dios es santo

Dios es maravilloso por su creación, etc.

Encontrarás muchísimas razones por las que dar gracias y alabar a Dios y llegarás a conocerlo mucho mejor. Aunque nunca debemos olvidar que, por mucho que sepamos de Él, es imposible llegar a agotar toda su majestad. Dios es infinito y siempre descubrirás algo nuevo al acercarte a Él.

Paul Azinger fue uno de los mejores jugadores de golf de toda la historia. Hace unos años, su vida pareció entrar en un callejón sin salida cuando le diagnosticaron cáncer, pero él confió en Dios y volvió a jugar. Explicó en una entrevista que él siempre quería enseñar a sus hijos a «mirar hacia atrás y decir que vieron una confianza real en Dios por parte de sus padres». A pesar de todas las circunstancias, no existe ningún tipo de amargura en su vida.

Nuestro mundo está lleno de resentimientos. Muchas veces decimos que sabemos perdonar y seguir adelante, pero la verdad es que en lo profundo de nuestra mente queda guardada casi siempre una pequeña amargura que va a salir a flote cuando menos lo esperamos.

Cuando algo va mal es porque alguien ha tomado una mala decisión, a veces nosotros, a veces otras personas. Siempre necesitamos preguntarnos: ¿sobre quién echamos nuestras equivocaciones y nuestros errores? ¿Los llevamos nosotros o culpamos a los demás? David nos da una gran lección en el capítulo que leímos hoy cuando dice: «Tu castigo caiga sobre mí». Él sabía que se había equivocado y reconoció que solo él tenía que llevar la culpa y enfrentar las consecuencias. Cuando no obramos así, los resentimientos aparecen porque no sabemos reconocer nuestras equivocaciones o no queremos perdonar la culpa de otro.

Es fácil olvidar que Dios nos perdonó a nosotros cuando nuestra culpa era inmensamente grande (¡tanto, que no podíamos pagarla!) y Él no guardó ningún resentimiento contra nosotros. Somos nosotros los que no sabemos perdonar, y con ello llenamos de amargura nuestra vida.

Delante de cualquier situación existen tres formas de reaccionar:

1. Devolver mal por bien (así actúa el diablo)

2. Devolver mal por mal (es lo que hacemos nosotros)

3. Devolver bien por mal (así actúa Dios)

Cuando reaccionamos de la segunda manera, nuestra vida se llena de resentimientos al mismo tiempo que amargamos la vida de los demás. Si devolvemos bien por mal, por lo menos quitamos el mal de nosotros y ¡quién sabe si habremos ganado a quien nos quiere mal! Dios dice que debemos orar y bendecir a aquellos que nos persiguen, a los que hablan mal de nosotros y a los que nos causan problemas.

No sigas coleccionando rencores ni los guardes en el álbum de recuerdos de tu mente como enemigos que tienes que vengar. Deja todo lo que haya en tu corazón al Señor y pídele que te ayude a bendecir aunque algunos no lo comprendan. Si quieres olvidar resentimientos reconoce lo que es tu culpa y aprende a perdonar la culpa de otros como Dios te perdonó a ti.

Costa Rica impresionó al mundo durante el Mundial de fútbol celebrado en Brasil (2014) cuando fue capaz de ganar a selecciones como Uruguay, Italia o Inglaterra y eliminar en octavos de final a Grecia para caer (solo por penaltis) en cuartos frente a Holanda. Desde su portero, el gran Keylor Navas, hasta su máximo goleador, Campbell, pasando por el medio campo con jugadores como Celso Borges, dieron la imagen de un equipo realmente impresionante.

Una fábula: son las diez de la mañana, hora del entrenamiento. El entrenador ve que falta uno de los jugadores, Felipe. ¿Dónde está Felipe? Alguien le responde: «Entrenador, Felipe tenía mucho sueño y se quedó en la cama. Dice que estará con nosotros en espíritu». «Bien, denle un saludo de mi parte». ¿Y Sebastián? ¿Dónde está Sebastián? «Parece que tenía un buen negocio entre manos y no podía dejarlo; de todas formas, él ya entrenó bien la semana pasada», comenta otro jugador. El entrenador sigue mirando y ¡también falta Antonio! ¿Dónde está Antonio? Otro de los jugadores responde: «Como hace muy buen tiempo dijo que iba a dar una vuelta por el campo, vendrá con nosotros la próxima semana». «Vale», dice el entrenador, «vamos a trabajar».

Uno de los jugadores se queda sentado. No hace nada. El entrenador le pregunta: «Por qué no entrenas?». Él responde: «Señor, usted sabe que no me cae bien Eulogio. Mientras él esté en el equipo, yo no voy a jugar más». El entrenador forma dos equipos (con los pocos jugadores que le quedan) y comienza el «partidillo». En la primera jugada Andrés sale del campo. «¡Eh! ¿Qué ocurre?», pregunta el entrenador. Andrés responde: «Siempre hablamos antes de jugar y hoy no lo hemos hecho; no me gusta la gente que cambia las costumbres que hemos mantenido durante años».

«¡Pues cada vez somos menos! ¡En el próximo partido nos van a dar una buena paliza!», dice el entrenador. En ese momento Julio piensa: «Tengo que decírselo ahora. Entrenador, yo no voy a jugar el domingo. Mi familia dice que los colores rojo y

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Lo que piensa la gente sobre Cambia de ritmo, séptima edición

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