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Las cosas que perdimos en el fuego

Las cosas que perdimos en el fuego

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Las cosas que perdimos en el fuego

valoraciones:
4.5/5 (54 valoraciones)
Longitud:
191 página
3 horas
Publicado:
Feb 10, 2016
ISBN:
9788433936875
Formato:
Libro

Descripción

El mundo de Mariana Enriquez no tiene por qué ser el nuestro, y, sin embargo, lo termina siendo. Bastan pocas frases para pisarlo, respirarlo y no olvidarlo gracias a una viveza emocional insólita. Con la cotidianidad hecha pesadilla, el lector se despierta abatido, perturbado por historias e imágenes que jamás conseguirá sacarse de la cabeza. Las autodenominadas «mujeres ardientes», que protestan contra una forma extrema de violencia doméstica que se ha vuelto viral; una estudiante que se arranca las uñas y las pestañas, y otra que intenta ayudarla; los años de apagones dictados por el gobierno durante los cuales se intoxican tres amigas que lo serán hasta que la muerte las separe; el famoso asesino en serie llamado Petiso Orejudo, que sólo tenía nueve años; hikikomori, magia negra, los celos, el desamor, supersticiones rurales, edificios abandonados o encantados... En estos once cuentos el lector se ve obligado a olvidarse de sí mismo para seguir las peripecias e investigaciones de cuerpos que desaparecen o bien reaparecen en el momento menos esperado. Ya sea una trabajadora social, una policía o un guía turístico, los protagonistas luchan por apadrinar a seres socialmente invisibles, indagando así en el peso de la culpa, la compasión, la crueldad, las dificultades de la convivencia, y en un terror tan hondo como verosímil. Mariana Enriquez es una de las narradoras más valientes y sorprendentes del siglo XXI, no sólo de la nueva literatura argentina a cargo de escritores nacidos durante la dictadura sino de la literatura de cualquier país o lengua. Mariana Enriquez transforma géneros literarios en recursos narrativos, desde la novela negra hasta el realismo sucio, pasando por el terror, la crónica y el humor, y ahonda con dolor y belleza en las raíces, las llamas y las tinieblas de toda existencia.

Publicado:
Feb 10, 2016
ISBN:
9788433936875
Formato:
Libro

Sobre el autor

Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) es periodista, subeditora del suplemento Radar del diario Página/12 y docente. Ha escrito novelas, relatos de viajes, perfi­les –como La hermana menor, acerca de la escritora Silvina Ocampo: «Enriquez ha sabido recrear una épo­ca especialmente interesante de la vida cultural de Buenos Aires» (J. A. Masoliver Ródenas, La Vanguar­dia); «Un libro revelador» (J. E. Ayala-Dip, El País)– y colecciones de cuentos: en Anagrama han aparecido dos de ellas, Los peligros de fumar en la cama: «Rela­tos espléndidos. (...) Una gran escritora» (Nadal Suau, El Mundo); «Unos cuentos impresionantes» (Llucia Ramis), y Las cosas que perdimos en el fuego, publica­da en veinte países y galardonada en 2017 con el Pre­mi Ciutat de Barcelona en la categoría «Literatura en lengua castellana»: «La escritura posee cualidades como la condensación y una sugerente frialdad (Car­los Pardo, El País); «Se apoya con inteligencia en los maestros para crear un mundo narrativo muy propio» (Edmundo Paz Soldán); «Excepcional» (Marta Sanz). En 2019 ganó el Premio Herralde de Novela con Nuestra parte de noche, galardonada también con el Premio de la Crítica: «Una prosa que no da respiro» (Leila Guerriero); «Un universo oscuro y fascinante que atra­pa y no te suelta. Una novela llena de poesía» (Guadalu­pe Nettel); «Un logro pavoroso. (...) Enriquez reinventa la narrativa de terror» (Ricardo Menéndez Salmón); «Novela ambiciosa y enorme» (Aloma Rodríguez, Letras Libres). Su obra ha recibido un aplauso unánime: «Una escritora fascinante que exige ser leída... Su ficción nos impacta con la fuerza de un tren de mercancías» (Dave Eggers); «Una maestra de lo macabro» (Anne Meadows, Granta).

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Las cosas que perdimos en el fuego - Mariana Enriquez

Índice

PORTADA

EL CHICO SUCIO

LA HOSTERÍA

LOS AÑOS INTOXICADOS

LA CASA DE ADELA

PABLITO CLAVÓ UN CLAVITO: UNA EVOCACIÓN DEL PETISO OREJUDO

TELA DE ARAÑA

FIN DE CURSO

NADA DE CARNE SOBRE NOSOTRAS

EL PATIO DEL VECINO

BAJO EL AGUA NEGRA

VERDE ROJO ANARANJADO

LAS COSAS QUE PERDIMOS EN EL FUEGO

CRÉDITOS

I wish I were a girl again, half-savage and hardy, and free.

EMILY BRONTË, Wuthering Heights

I am in my own mind.

I am locked in the wrong house.

ANNE SEXTON,

«For the Year of the Insane»

EL CHICO SUCIO

Mi familia cree que estoy loca porque elegí vivir en la casa familiar de Constitución, la casa de mis abuelos paternos, una mole de piedra y puertas de hierro pintadas de verde sobre la calle Virreyes, con detalles art déco y antiguos mosaicos en el suelo, tan gastados que, si se me ocurriera encerar los pisos, podría inaugurar una pista de patinaje. Pero yo siempre estuve enamorada de esta casa y, de chica, cuando se la alquilaron a un buffet de abogados, recuerdo mi malhumor, cuánto extrañaba estas habitaciones de ventanas altas y el patio interno que parecía un jardín secreto, mi frustración porque, cuando pasaba por la puerta, ya no podía entrar libremente. No extrañaba tanto a mi abuelo, un hombre callado que apenas sonreía y nunca jugaba. Ni siquiera lloré cuando murió. Lloré mucho más cuando, después de su muerte, perdimos la casa, al menos por unos años.

Después de los abogados llegó un equipo de odontólogos y, finalmente, fue alquilada a una revista de viajes que cerró en menos de dos años. La casa era hermosa y cómoda y estaba en notables buenas condiciones teniendo en cuenta su antigüedad; pero ya nadie, o muy pocos, querían establecerse en el barrio. La revista de viajes lo hizo sólo porque el alquiler, para entonces, era muy barato. Pero ni eso los salvó de la rápida bancarrota y ciertamente no ayudó que robaran en las oficinas: se llevaron todas las computadoras, un horno a microondas, hasta una pesada fotocopiadora.

Constitución es el barrio de la estación de trenes que vienen del sur a la ciudad. Fue, en el siglo XIX, una zona donde vivía la aristocracia porteña, por eso existen estas casas, como la de mi familia –y hay muchas más mansiones convertidas en hoteles o asilos de ancianos o en derrumbe del otro lado de la estación, en Barracas–. En 1887 las familias aristocráticas huyeron hacia el norte de la ciudad escapando de la fiebre amarilla. Pocas volvieron, casi ninguna. Con los años, familias de comerciantes ricos, como la de mi abuelo, pudieron comprar las casas de piedra con gárgolas y llamadores de bronce. Pero el barrio quedó marcado por la huida, el abandono, la condición de indeseado.

Y está cada vez peor.

Pero si uno sabe moverse, si entiende las dinámicas, los horarios, no es peligroso. O es menos peligroso. Yo sé que los viernes por la noche, si me acerco a la plaza Garay, puedo quedar atrapada en alguna pelea entre varios contrincantes posibles: los mininarcos de la calle Ceballos que defienden su territorio de otros ocupantes y persiguen a sus perpetuos deudores; los adictos que, descerebrados, se ofenden por cualquier cosa y reaccionan atacando con botellas; las travestis borrachas y cansadas que también defienden su baldosa. Sé que, si vuelvo a mi casa caminando por la avenida, estoy más expuesta a un robo que si regreso por la calle Solís, y eso a pesar de que la avenida está muy iluminada y Solís es oscura porque tiene pocas lámparas y muchas están rotas: hay que conocer el barrio para aprender estas estrategias. Dos veces me robaron en la avenida, las dos, chicos que pasaron corriendo y me arrancaron el bolso y me tiraron al suelo. La primera vez hice la denuncia a la policía; la segunda vez ya sabía que era inútil, que la policía les tenía permitido robar en la avenida, con límite en el puente de la autopista –tres cuadras liberadas–, como intercambio de los favores que los adolescentes hacían para ellos. Hay algunas claves para poder moverse con tranquilidad en este barrio y yo las manejo perfectamente, aunque, claro, lo impredecible siempre puede suceder. Es cuestión de no tener miedo, de hacerse con algunos amigos imprescindibles, de saludar a los vecinos aunque sean delincuentes –especialmente si son delincuentes–, de caminar con la cabeza alta, prestando atención.

Me gusta el barrio. Nadie entiende por qué. Yo sí: me hace sentir precisa y audaz, despierta. No quedan muchos lugares como Constitución en la ciudad, que, salvo por las villas de la periferia, está más rica, más amable, intensa y enorme, pero fácil para vivir. Constitución no es fácil y es hermoso, con todos esos rincones que alguna vez fueron lujosos, como templos abandonados y vueltos a ocupar por infieles que ni siquiera saben que, entre estas paredes, alguna vez se escucharon alabanzas a viejos dioses.

También vive mucha gente en la calle. No tanta como en la plaza Congreso, a unos dos kilómetros de mi puerta; ahí hay un verdadero campamento, justo frente a los edificios legislativos, prolijamente ignorado pero al mismo tiempo tan visible que, cada noche, hay cuadrillas de voluntarios que le dan de comer a la gente, chequean la salud de los chicos, reparten frazadas en invierno y agua fresca en verano. En Constitución la gente de la calle está más abandonada, pocas veces llega ayuda. Frente a mi casa, en una esquina que alguna vez fue una despensa y ahora es un edificio tapiado para que nadie pueda ocuparlo, las puertas y ventanas bloqueadas con ladrillos, vive una mujer joven con su hijo. Está embarazada, de unos pocos meses, aunque nunca se sabe con las madres adictas del barrio, tan delgadas. El hijo debe tener unos cinco años, no va a la escuela y se pasa el día en el subterráneo, pidiendo dinero a cambio de estampitas de San Expedito. Lo sé porque una noche, cuando volvía a casa desde el centro, lo vi en el vagón. Tiene un método muy inquietante: después de ofrecerles la estampita a los pasajeros, los obliga a darle la mano, un apretón breve y mugriento. Los pasajeros contienen la pena y el asco: el chico está sucio y apesta, pero nunca vi a nadie lo suficientemente compasivo como para sacarlo del subte, llevárselo a su casa, darle un baño, llamar a asistentes sociales. La gente le da la mano y le compra la estampita. Él tiene el ceño siempre fruncido y, cuando habla, la voz cascada; suele estar resfriado y a veces fuma con otros chicos del subte o del barrio de Constitución.

Una noche, caminamos juntos desde la estación de subte hasta mi casa. No me habló pero nos acompañamos. Le pregunté algunas tonterías, su edad, su nombre; no me contestó. No era un chico dulce ni tierno. Cuando llegué a la puerta de mi casa, sin embargo, me saludó.

–Chau, vecina –me dijo.

–Chau, vecino –le contesté.

El chico sucio y su madre duermen sobre tres colchones tan gastados que, apilados, tienen el mismo alto que un somier común. La madre guarda la poca ropa en varias bolsas de basura negras y tiene una mochila llena de otras cosas que nunca alcanzo a distinguir. Ella no se mueve de la esquina y desde ahí pide plata con una voz lúgubre y monótona. La madre no me gusta. No sólo por su irresponsabilidad, porque fuma paco y la ceniza le quema la panza de embarazada o porque jamás la vi tratar con amabilidad a su hijo, el chico sucio. Hay algo más que no me gusta. Se lo decía a mi amiga Lala mientras ella me cortaba el pelo en su casa, el último lunes feriado. Lala es peluquera, pero hace rato que no trabaja en un salón: no le gustan los jefes, dice. Gana más dinero y tiene más tranquilidad en su departamento. Como peluquería, el departamento de Lala tiene algunos problemas. El agua caliente, por ejemplo, que llega de manera intermitente porque el calefón le funciona pésimo y a veces, cuando me está lavando el pelo después de la tintura, recibo un chorro de agua fría sobre la cabeza que me hace gritar. Ella pone los ojos en blanco y explica que todos los plomeros la engañan, le cobran de más, nunca vuelven. Le creo.

–Esa mujer es un monstruo, chiquita –grita mientras casi me quema el cuero cabelludo con su antiguo secador de pelo. También me hace doler cuando acomoda las mechas con sus dedos anchos. Hace años que Lala decidió ser mujer y brasileña, pero había nacido varón y uruguayo. Ahora es la mejor peluquera travesti del barrio y ya no se prostituye; fingir el acento portugués le resultaba muy útil para seducir hombres cuando era puta en la calle, pero ahora no tiene sentido. Igual, está tan acostumbrada que a veces habla por teléfono en portugués o, cuando se enoja, levanta los brazos hacia el techo y le reclama venganza o piedad a la Pomba Gira, su exú personal, para quien tiene un pequeño altar en el rincón de la sala donde corta el pelo, justo al lado de la computadora, que está encendida en chat perpetuo.

–A vos también te parece un monstruo, entonces.

–Me da escalofríos, mami. Está como maldecida, yo no sé.

–¿Por qué lo decís?

–Yo no digo nada. Pero acá en el barrio dicen que hace cualquier cosa por plata, que hasta va a reuniones de brujos.

–Ay, Lala, qué brujos. Acá no hay brujos, no te creas cualquier cosa.

Me dio un tirón de pelo que me pareció intencionado, pero pidió perdón. Fue intencionado.

–Qué sabrás vos de lo que pasa en serio por acá, mamita. Vos vivís acá, pero sos de otro mundo.

Tiene un poco de razón, aunque me molesta escucharlo así, me molesta que ella, tan sinceramente, me ubique en mi lugar, la mujer de clase media que cree ser desafiante porque decidió vivir en el barrio más peligroso de Buenos Aires. Suspiro.

–Tenés razón, Lala. Pero quiero decir, vive frente a mi casa y está siempre ahí, sobre los colchones. Ni se mueve.

–Vos trabajás muchas horas, no sabés qué hace. Tampoco la controlás a la noche. La gente en este barrio, mami, es muy... ¿cómo se dice? Ni te das cuenta y te atacaron.

–¿Sigilosa?

–Eso. Tenés un vocabulario que da envidia, ¿o no, Sarita? Es fina ella.

Sarita está esperando que Lala termine con mi pelo desde hace unos quince minutos, pero no le molesta esperar. Hojea las revistas. Sarita es una travesti joven, que se prostituye en la calle Solís, y es muy hermosa.

–Contale, Sarita, contale lo que me contaste a mí.

Pero Sarita frunce los labios como una diva de cine mudo y no tiene ganas de contarme nada. Mejor. No quiero escuchar las historias de terror del barrio, que son todas inverosímiles y creíbles al mismo tiempo y que no me dan miedo; al menos, de día. Por la noche, cuando trato de terminar trabajos atrasados y me quedo despierta y en silencio para poder concentrarme, a veces recuerdo las historias que se cuentan en voz baja. Y compruebo que la puerta de calle esté bien cerrada y también la del balcón. Y a veces me quedo mirando la calle, sobre todo la esquina donde duermen el chico sucio y su madre, totalmente quietos, como muertos sin nombre.

Una noche, después de cenar, sonó el timbre. Raro: casi nadie me visita a esa hora. Salvo Lala, alguna noche que se siente sola y nos quedamos juntas escuchando rancheras tristes y tomando whisky. Cuando miré por la ventana a ver quién era –nadie abre la puerta directamente en este barrio si suena el timbre cerca de la medianoche– vi que ahí estaba el chico sucio. Corrí a buscar las llaves y lo dejé pasar. Había llorado, se le notaba en los surcos claros que las lágrimas habían marcado en su cara mugrienta. Entró corriendo, pero se detuvo antes de llegar a la puerta del comedor, como si necesitara mi permiso. O como si tuviera miedo de seguir adelante.

–¿Qué te pasó? –le pregunté.

–Mi mamá no volvió –dijo.

Tenía la voz menos áspera pero no sonaba como un chico de cinco años.

–¿Te dejó solo?

Sí, con la cabeza.

–¿Tenés miedo?

–Tengo hambre –me contestó. Tenía miedo también, pero ya estaba lo suficientemente endurecido como para no reconocerlo frente a un extraño que, además, tenía casa, una casa linda y enorme, justo enfrente de su intemperie.

–Bueno –le dije–. Pasá.

Estaba descalzo. La última vez que lo había visto, llevaba puestas unas zapatillas bastante nuevas. ¿Se las habría quitado por el calor? ¿O alguien se las habría robado durante la noche? No quise preguntarle. Lo hice sentarse en una silla de la cocina y metí en el horno un poco de arroz con pollo. Para la espera, unté queso en un rico pan casero. Comió mirándome a los ojos, muy serio, con tranquilidad. Tenía hambre pero no estaba famélico.

–¿Adónde fue tu mamá?

Se encogió de hombros.

–¿Se va seguido?

Otra vez se encogió de hombros. Tuve ganas de sacudirlo y enseguida me avergoncé. Necesitaba que lo ayudase; no tenía por qué saciar mi curiosidad morbosa. Y, sin embargo, algo en su silencio me enojaba. Quería que fuera un chico amable y encantador, no este chico hosco y sucio que comía el arroz con pollo lentamente, saboreando cada bocado, y eructaba después de terminar su vaso de Coca-Cola que sí bebió con avidez, y pidió más. No tenía nada para servirle de postre, pero sabía que la heladería de la avenida iba a estar abierta, en verano atendía hasta después de la medianoche. Le pregunté si quería ir y me dijo que sí, con una sonrisa que le cambiaba la cara por completo; tenía los dientes chiquitos y uno, de abajo, se le estaba por caer. Me daba un poco de miedo salir tan tarde y encima hacia la avenida, pero la heladería solía ser territorio neutral, casi nunca había robos ahí, tampoco peleas.

No llevé cartera y guardé un poco de plata en el bolsillo del pantalón. En la calle, el chico sucio me dio la mano y no lo hizo con la indiferencia con que saludaba a los compradores de estampitas en el subte. Se aferró bien fuerte: a lo mejor todavía estaba asustado. Cruzamos la calle: el colchón sobre el que dormía con su madre seguía vacío. Tampoco estaba la mochila: o ella se la había llevado o alguien la había robado cuando la encontró ahí, sin su dueño.

Teníamos que caminar tres cuadras hasta la heladería y elegí la calle Ceballos, una calle extraña, que podía ser silenciosa y tranquila algunas noches. Las travestis menos esculturales, las más gorditas o las más viejas elegían esa calle para trabajar. Lamenté no tener zapatillas para calzar al chico sucio: en las veredas solía haber restos de vidrios, de botellas rotas, y no quería que se lastimara. Él caminaba descalzo con gran seguridad, estaba acostumbrado. Esa noche, las tres cuadras estaban casi vacías de travestis pero estaban llenas de altares. Recordé lo que se celebraba: era 8 de enero, el día del Gauchito Gil. Un santo popular de la provincia de Corrientes que se venera en todo el país y especialmente en los barrios pobres –aunque hay altares por toda la ciudad, incluso en los cementerios–. Antonio Gil, se cuenta, fue asesinado por desertor a fines del siglo XIX: lo mató un policía; lo colgó de un árbol y lo degolló. Pero, antes de morir, el gaucho desertor le dijo: «Si querés que tu hijo se cure, tenés que rezar por mí.» El policía lo hizo porque su hijo estaba muy enfermo. Y el chico se curó. Entonces, el policía bajó a Antonio Gil del árbol, le dio sepultura y, en el lugar donde se había desangrado, se fue levantando un santuario, que existe hasta hoy y que todos los

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Las cosas que perdimos en el fuego

4.3
54 valoraciones / 75 Reseñas
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Calificación: 0 de 5 estrellas

Reseñas de lectores

  • (5/5)
    The stories in Things We Lost in the Fire by Mariana Enriquez are more than eerie or creepy. They are disturbing, upsetting, and some are even repulsive.A Goblin-like creature sinks its teeth into a cat. A woman's husband conveniently disappears. A woman obsesses over a skull, driving her boyfriend from her life. Women walk into bonfires to be deformed, or starve themselves to be thin, or are 'ordered' to cut themselves. A priest working in the barrio becomes suicidally insane.In 1970 an Argentinian exchange student stayed with my family for a weekend exchange. His father owned a prosperous shoe factory. We felt his disdain for our blue collar life. He was used to maids and servants and a large home. I learned that his was a country of wealth and poverty.Reading theses stories I realized how Argentina's bloody political past has left its imprint on the Argentinian people's souls. I shuddered while reading about the street children of poverty, six-year-olds turning tricks to feed their addiction, the hopeless barrios with their shrines to cults or Expeditus, the unofficial patron saint of speedy cases. The ghost of a violent past is ever present.In the story Under the Black Water cops are charged with beating and killing two teens, dumping their bodies in the polluted Riacheulo river that runs through Buenos Aries. Only one body has been found. The cops are jaunty and sure they are untouchable. The DA on the case decides to visit the scene of the crime. The taxi driver won't even take her inside the boundary of the dangerous slum.The children who live along the river are mutants from the lead, chromium, and toxic waste dumped into the river. They are born with extra arms and deformed faces."It was the most polluted river in the world, experts affirmed, Argentina had taken the river winding around its capital, which could have made for a beautiful day trip, and polluted it almost arbitrarily, practically for the fun of it."She is looking for the priest of the church, who she has been unable to contact."The building was no longer a church...The crucifix had disappeared...In place of the altar there was a wooden pole stuck into a common metal flower pot. And impaled on the pole was a cow's head."The priest tells her that the missing boy "woke up the thing sleeping under the water." Outside a procession is carrying something on a mattress."You know, for years I thought that rotten river was a sign of our ineptitude. How we never think about the future," the priest tells her. But now he realizes the pollution and filth was intended to cover "something up, something they didn't want to let out, and they buried it under layers and layers of oil and mud!"The story concludes open-ended. The reader can decide what evil lurks, and if it is physical or spiritual.I see these stories as warnings of the evil we can unleash, the psychic and spiritual deformities.I received a free book through Blogging for Books in exchange for a fair and unbiased review.
  • (3/5)
    This was a quick read. Some stories were interesting, some were not.
  • (4/5)
    The first story in a collection has to set the tone for the rest. This book opens with one of the grimmest crimes imaginable - but, mercifully, it doesn’t get worse from there. Still, the sense of dread hangs over every scenario that follows. A great, weird, spooky set of stories that mixes ghosts and grisly gang murders with South American politics. Definitely worth a look.
  • (3/5)
    A collection of 12 short stories set in Argentina. From the description of the book, I was expecting horror stories. I guess these could be classified as such, but not in the traditional sense. Some of these stories have a paranormal element to them. Others rely on the horror of humanity acting badly. The stories were all fairly short and very readable. I thought all were interesting, but I was left with an overall feeling of disappointment. I wanted more from the book. I wanted to feel invested in the characters, and I wanted to feel scared. This did not happen.

    My favorite stories in the collection were Adela's House, Spiderweb and Things We Lost in the Fire.

    I received a free ARC from Penguin's First to Read program.
  • (4/5)
    This is an incredibly striking short story collection! Every single one was memorable, vivid and many were terrifying, and yet I couldn't stop reading. This collection is a unique mix of dark magic, ghosts, psychology and horror, but often the punchline of the story is weaved in very subtly and only strikes at the very end. The language is so strong and the imagery is so creative and intense every story stays with you. Definitely a must for anyone who loves intense powerful short stories within the horror genre.
  • (5/5)
    Argentina has a beguiling reputation as a country. Visit and you might think you’re somewhere in Europe with its Instagram-worthy architecture and alluring cafe culture. But it also has a dark past, which isn’t so obvious on the surface. Memory is so short but in the seventies and early eighties, Argentina witnessed an incredible purge. People were abducted, tortured in killed in the thousands, political enemies of Pinochet’s military dictatorship. It’s this brutal past that you see in Things We Lost in the Fire, the short story collection by Mariana Enriquez.I’ve always wondered how you write against a background of such brutality. Enriquez takes an interesting approach, mixing that history with the supernatural, in a kind of harsh magical realism mode. Be warned, children are murdered in this as they were under the regime, but in the stories they are caught up in something supernatural.Things We Lost in the Fire is dark is a cathartic read. Lit nerds will see it written in a tradition of Latin American fiction, channeling Borges, Cortazar, and others. But it is couched in social and political themes that are sobering. They cast a light on historical violence, trauma, issues of inequality and injustice and live side by side with folklore. What is real, what isn’t? In an upside down world, there is no difference between the horror of real life and the horrors of the supernatural because it’s all heightened. Like a fever dream. A unique voice and fantastic read.
  • (3/5)
    So much of the grotesque here; it was not to my taste even though many of the narratives were striking. Very well written and powerful, but disturbing.
  • (5/5)
    Gothic with a frisson of Lovecraftian terrorThere is a slow burn in this book of a dozen short stories that simmers from reserved beginnings to more explicit terror by the end. Each of the stories still has its intimations of ghosts and lurking menace in them but these are not always in the forefront. I'm not going to go into spoilers here except to say that when you see wording and phrasing such as "YAINGNGAHYOGSOTHOTHHEELGEBFAITHRODOG" and "In his house, the dead man waits dreaming." in the story Under the Black Water, there is no way to ignore the hint of the Lovecraftian Cthulhu Mythos. Lovecraft's saying "ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn" (In his house at R'lyeh, dead Cthulhu waits dreaming) is a regular catchphrase in the mythos. Another Lovecraftian touch occurs in several stories where the final sentence packs the largest impact of horror even though it may seem innocuous if quoted out of context.This first English language book by Mariana Enriquez is an excellent collection of creepy stories that is well translated by Megan McDowell (also the translator of Samantha Schweblin's "Fever Dream") who provides historical context about Argentinean history and Argentinean gothic fiction in a translator's afterword note.
  • (4/5)
    Dark and creepy short stories set in Argentina that are very well done but too disturbing for my taste. The author was compared to Shirley Jackson and George Saunders but I enjoy those authors' stories a lot more. A pretty good collection but just not for me.
  • (4/5)
    A dark and sometimes macabre collection of stories set in Argentina reminiscent of Shirley Jackson. Descriptive, enthralling, and deeply human, Enriquez evokes a range of emotions from fear to suspense to sympathy and disgust. The author explores the underbelly of human nature with a variety of psychological and physical horrors. A wonderful collection from a Latin American author that is certainly not for the faint of heart.
  • (4/5)
    Haunting and dark yet an engrossing collection of stories from Argentina. Don't be surprised if you find yourself double checking your windows and doors after reading. Well worth the read.
  • (4/5)
    Super creepy (sometimes over-the-top creepy). These 12 stories are probably some of the darkest horror stories I've read in awhile. I'd compare them to things you'd see published by Cemetery Dance--darker than Stephen King. Many of the stories seem so dark because they make the reader think about the choices one makes, morality, and consequences in the most horrific ways.
  • (5/5)
    Disturbing, interesting, and an eerie set of stories. A lot of these lingered with me after I had read them. Most of these stories are open ended, allowing you to draw your own conclusions.I enjoyed having the opportunity to read these.
  • (4/5)
    Gorgeous and unsettling are the best ways to describe this collection of short stories set against the hot, everyday backdrop of Argentina. The writing and pacing are excellent and compel you to finish these all in one sitting but are best enjoyed slowly, story by story.
  • (4/5)
    Things We Lost in the Fire was a great book of short stories, perfect for reading in the month of October! Each story more haunting and unsettling than the last. Mariana Enriquez has a great writing style for short stories, she reels you in, scares you a little bit, and then ends the story with you wanting more. But do you really want more? Perhaps continuing the story would be more terrifying than what she has already given us. I look forward to reading more by this author and will probably see pieces of her stories in my dreams/nightmares for a little while.
  • (4/5)
    Dark and creepy short stories set in Argentina that are very well done but too disturbing for my taste. The author was compared to Shirley Jackson and George Saunders but I enjoy those authors' stories a lot more. A pretty good collection but just not for me.
  • (3/5)
    This was an interesting but uneven collection of stories. They had a certain creepiness that was appealing, but some of them fell a bit flat by the end. Still, Enriquez is an author I'd look for again.
  • (5/5)
    Things We Lost in the Fire is a dark, disturbing, and page turning read that everyone should check out.This is a collection of short stories by Mariana Enriquez set in contemporary Argentina. From the very realistic story of 'The Dirty Kid,' to the creepier-than-your-average-horror-movie 'Adela's House,' to the don't-read-in-public-because-it-might-make-you-really-uncomfortable creepazoid story of 'Green Red Orange,' there are plenty that will make you shudder in horror. At the same time, they're very real commentaries on the state of Argentina at this point. It brings up memories of the Disappeared during the late 20th century, alluding to the stories through horror-esque plots. Likewise, relationships, depression, and phantasmagoria are all aspects that grant this collection of short stories a second look at the hidden meaning behind the words.If you like this book, you might also like Japanese Tales of Mystery & Imagination by Rampo Edogawa.This is definitely a book that should be read.
  • (5/5)
    Maria Enriquez has written what I found to be a captivating collection of short stories. They are set in her native Argentina, with characters and circumstances that exist in the margins of society. In each story there was something completely unexpected, a turn of events that could never have been anticipated. Once I began reading this book I found it hard to put down.
  • (4/5)
    I set out to read the first couple of stories to get a feel for the author's work, the next thing I knew the afternoon was gone and I had finished an amazing collection of short stories. The backpage blurbs describe Mariana Enriquez's works as surreal and disturbing, and I couldn't agree more. Haunting and addictive are appropriate as well. Don't go into these stories expecting unicorns and happy endings as they don't exist. Yes, a couple of the stories left me scratching my head wondering "??" but overall this is one of the best short story collections I have read in a long time and I am looking forward to reading more of Enriquez's work in the future.
  • (5/5)
    I received this book almost 2 months ago and had all intentions of reviewing it soon after. Yet, I was so close to finishing the shortlist for The Morning News' Tournament of Books. When that was over I had to read something light and easy. And then my wife and I had a kid and my reading life has been noticeably changed. This poor book has been pushed back so much that when I finally got around to reading it I had very little enthusiasm. But it won me over in spite of myself.The first story ("Dirty Kid") was a slow starter for me, but portrayed a few of the common themes (e.g. the mysterious/supernatural). When later stories focused around creepy locales or buildings ("The Inn", "Adela's House", "The Neighbor's Courtyard") I was sold. I kept thinking that the stories all had a simmering creepiness that reminded me of Shirley Jackson (think about the way "The Lottery" saunters along in grim reality until the shocking climax) and Kelly Link (and not just because she blurbed the book). And the stories have that classic horror movie strategy of avoiding the monster reveal; I'm still picturing "Under the Black Water" two weeks later. The stories are fun and do not depend on any particular knowledge of Argentina (or any of Latin America). However, a reader with some knowledge of the Peron's or of the "desaparecidos" (among other possible socio-political fixtures in Argentinian/Lat. American history) become aware of a more disturbing reality within the stories: a reality with even more relevance for Americans in Trump's US. Without spending too much time trying to explain all the features of these stories, let me just say that you should read them. Read them because they are twisted and scary and even fun - even if they hit too close to home at times re political disillusionment. Thanks to LibraryThing and Hogarth for this ARC.
  • (5/5)
    These are dark stories, built from poverty, fear, heartbreak, and in some cases the supernatural. And yet, they are also built from beauty. For all of the darkness and violence built into the hearts of these stories of Argentinian struggle and poverty, the voice of the author is flawless and careful, and the characters are far too believable to be easily left behind or forgotten.This won't be a collection for everyone--the stories are located closer to horror than to general fiction if we're talking about genre. But they are also smart, beautifully written, and worth of reading, and re-reading.If you don't mind the dark side of literary, you should find them.Recommended.
  • (4/5)
    Dark tales from Argentina; some with a supernatural leaning, but all highlighting a disturbing side of humanity. First short story compilation where I've enjoyed the entire collection."The city didn't have any great murderers if you didn't count the dictators -- not included in the tour for reasons of political correctness.""She didn't want to be beautiful; she wanted to be strong, razor sharp."
  • (5/5)
    Wow....just .....wow. Mariana Enriquez has written in a voice that is both timeless and unique. She has infused the short stories contained in this collection with culture, youth and feminism. To read one of the stories in Things We Lost In The Fire, is to be immersed into the culture of Argentina, the way of life in the poorer areas of the countries bigger cities and into the heart of a young woman. I am unfamiliar with this part of the world but a little less so now. Ms. Enriquez captures the dark under tow of life lived close to the bone, where superstitions still are part of everyday life. These tales are what I would call atmospheric.....Mariana Enriquez sets a time and place....the reader is drawn into that setting swiftly and totally. It is a testament to Ms. Enriquez's talent that these stories do this while containing so much magic realism....or perhaps that isn't it....maybe it's more like fantasy horror, or perhaps a mixture of the two. Not sure which it is but this author does it well. I am glad to have had the opportunity to read this book. Not sure I would have picked it up on my own. It sounded interesting and I was lucky enough to win a copy. It is a book I can recommend to other readers.
  • (4/5)
    Things We Lost in the Fire is a collection of 12 intense, short stories. Most of these stories have underlying themes. Great horror and scary in more ways than one.
  • (4/5)
    A fascinating, dark, and intriguing glimpse into the modern day lives of Argentinians. Told in short stories, Mariana Enriquez, brings the mundane, the dark, the unimaginable, and the supernatural to the forefront. Each story is unique; the characters flawed, questioning, and wholly real. From a haunted house, jealous friends, river monsters, to burning women. This collection is not for the faint of heart, but it is so very rewarding and beautifully written and translated. In the same vein as Stephen King and Joe Hill, these haunting short stories will have readers hooked and questioning. Definitely looking forward to reading more by this author.
  • (5/5)
    This is a tough book to review. The writing? Topnotch. Characters? Incredible and memorable. Stories themselves? Riveting and unforgettable. But maybe it's the memorable aspects of the characters and the stories that keep me from giving this collection of stories five stars. I'm not much of a horror reader, but I've read my share of weird/disturbing works. However, if you've never strayed beyond Stephen King, stay far away from this collection. If Chuck Palahniuk makes you feel a little uneasy...this collection isn't going to end well for you.Enriquez makes King's horror seem ordinary, Palahniuk's work, something shown for kids on Saturday mornings. It's darker than King and it's more subdued in its sinisterness than Palahniuk, making it all the more believable. I saw the incredible talent Enriquez has, but I felt like I needed a shower afterward and there's no soap that's going to wash away the disquiet.Recommended(?)
  • (4/5)
    Deliciously disturbing stories full of the dark side of the moon situations. Great characters and plots, well written, Enriquez writes with a precision that makes every word count. And in a short story format, the story needs to remain tight and efficient. The graphic situations in some of the stories left me morally queasy, but I can still appreciate the talent.Nice collection.
  • (4/5)
    These 12 dark stories were quite the page turner even if sometimes by the end of the story there was a bit of a let down. The majority of the stories were strong, 8 out of 12. There was nothing really new about the stories and I with a few I could already guess the direction of the story. However, Ms. Enriquez' writing is very fluid so I never got bored and I remained curious. I would definitely read another collection by her.
  • (4/5)
    Some of these short stories end abruptly and as a result you don't quite get what her point was. But the writing is very good and the stories are very creepy for the most part.
    One thing I am curious about...the male characters in these stories are some of the most unlikable I have ever read. Was she trying to make a point with this? If so, what?
    I gave it four stars because I genuinely enjoyed the stories.