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Estupor y temblores

Estupor y temblores


Estupor y temblores

valoraciones:
4/5 (42 valoraciones)
Longitud:
113 páginas
2 horas
Publicado:
1 sept 2000
ISBN:
9788433936110
Formato:
Libro

Descripción

Una joven belga inicia su vida laboral en una empresa de Tokio. Una mirada irónica y sagaz sobre las diferencias entre Oriente y Occidente.

Esta novela de inspiración autobiográfica, que ha obtenido un enorme éxito en Francia, cuenta la historia de una joven belga que empieza a trabajar en Tokio en una gran compañía japonesa. Pero en el Japón actual, fuertemente jerarquizado, la joven tiene el lastre de un doble handicap: es occidental y mujer, lo cual la convertirá en blanco de una cascada de humillaciones y de una progresiva degradación laboral que la llevará a pasar de la contabilidad a servir cafés, ocuparse de la fotocopiadora y finalmente encargarse de la limpieza de los lavabos masculinos.

Publicado:
1 sept 2000
ISBN:
9788433936110
Formato:
Libro

Sobre el autor

Amélie Nothomb nació en Kobe (Japón) en 1967. Proviene de una antigua familia de Bruselas, aunque pasó su infancia y adolescencia en Extremo Oriente, principalmente en China y Japón, donde su padre fue embajador; en la actualidad reside en París. Desde su primera novela, Higiene del asesino, se ha convertido en una de las autoras en lengua francesa más populares y con mayor proyección internacional. Anagrama ha publicado El sabotaje amoroso (Premios de la Vocation, Alain-Fournier y Chardonne), Estupor y temblores (Gran Premio de la Academia Francesa y Premio Internet, otorgado por los lectores internautas), Metafísica de los tubos (Premio Arcebispo Juan de San Clemente), Cosmética del enemigo, Diccionario de nombres propios, Antichrista, Biografía del hambre, Ácido sulfúrico, Diario de Golondrina, Ni de Eva ni de Adán (Premio de Flore), Ordeno y mando, Viaje de invierno, Una forma de vida, Matar al padre, Barba Azul, La nostalgia feliz, Pétronille, El crimen del conde Neville, Riquete el del Copete y Golpéate el corazón, hitos de «una frenética trayectoria prolífera de historias marcadas por la excentricidad, los sagaces y brillantes diálogos de guionista del Hollywood de los cuarenta y cincuenta, y un exquisito combinado de misterio, fantasía y absurdo siempre con una guinda de talento en su interior» (Javier Aparicio Maydeu, El País). En 2006 se le otorgó el Premio Cultural Leteo por el conjunto de su obra, y en 2008 el Gran Premio Jean Giono, asimismo por el conjunto de su obra.


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Estupor y temblores - Amélie Nothomb

Índice

Portada

Estupor y temblores

Créditos

El señor Haneda era el superior del señor Omochi, que era el superior del señor Saito, que era el superior de la señorita Mori, que era mi superiora. Y yo no era la superiora de nadie.

Podríamos decirlo de otro modo. Yo estaba a las órdenes de la señorita Mori, que estaba a las órdenes del señor Saito, y así sucesivamente, con tal precisión que, siguiendo el escalafón, las órdenes podían ir saltando los niveles jerárquicos.

Así pues, en la compañía Yumimoto yo estaba a las órdenes de todo el mundo.

El 8 de enero de 1990, el ascensor me escupió en el último piso del edificio Yumimoto. El ventanal, al fondo del vestíbulo, me aspiró como lo habría hecho la ventanilla rota de un avión. Lejos, muy lejos, se veía una ciudad tan lejos que dudaba haberla pisado jamás.

Ni siquiera se me ocurrió pensar que fuera necesario presentarme en la recepción. En realidad, no me rondaba la cabeza ninguna ocurrencia, sólo la fascinación por el vacío, por el ventanal.

A mis espaldas, una voz ronca acabó por pronunciar mi nombre. Me di la vuelta. Un hombre de unos cincuenta años, bajo, delgado y feo, me miraba con desagrado.

–¿Por qué no le ha comunicado su llegada a la recepcionista? –me preguntó.

No supe qué contestar y nada contesté. Incliné la cabeza y los hombros, constatando que en tan sólo diez minutos, sin haber pronunciado ni una palabra, ya había causado una mala impresión en mi primer día en la compañía Yumimoto.

El hombre me dijo que se llamaba señor Saito. Me pidió que le siguiera por innumerables e inmensas salas, en las que me presentó a multitud de personas, cuyos nombres yo iba olvidando a medida que él los iba pronunciando.

Luego me hizo pasar al despacho de su superior, el señor Omochi, que era enorme y espantoso, lo cual confirmaba su condición de vicepresidente.

A continuación, me señaló una puerta y, con tono solemne, me anunció que, tras ella, estaba el señor Haneda, el presidente. Ni que decir tenía que no debía pasárseme por la cabeza la posibilidad de conocerlo.

Finalmente, me guió hasta una gigantesca sala en la que trabajaban unas cuarenta personas. Me indicó cuál era mi sitio, situado justo frente al de mi inmediata superiora, la señorita Mori. Esta última asistía a una reunión en aquel momento y se reuniría conmigo a primera hora de la tarde.

El señor Saito me presentó rápidamente a la asamblea. Y a continuación me preguntó si me gustaban los retos. Estaba claro que no tenía derecho a responder con una negativa.

–Sí –dije.

Fue la primera palabra que pronuncié en la empresa. Hasta aquel momento me había limitado a inclinar la cabeza.

El «reto» que me propuso el señor Saito consistía en aceptar la invitación de un tal Adam Johnson para jugar juntos al golf el domingo siguiente. Yo tenía que escribir una carta en inglés dirigida a dicho señor para comunicárselo.

–¿Quién es Adam Johnson? –cometí la estupidez de preguntar.

Mi superior suspiró con exasperación y no respondió. ¿Acaso constituía una aberración no saber quién era Adam Johnson o, por el contrario, mi pregunta había pecado de indiscreción? Nunca lo supe –y nunca supe quién era Adam Johnson.

El ejercicio me pareció fácil. Me senté y redacté una carta cordial: el señor Saito se mostraba encantado con la idea de jugar al golf el próximo domingo con el señor Johnson y le transmitía sus más cordiales saludos. Se la llevé a mi superior.

El señor Saito leyó mi trabajo, soltó un despectivo chillido y la rompió:

–Repítala.

Pensé que quizás había sido excesivamente amable o familiar con Adam Johnson y redacté un texto frío y distante: el señor Saito acusaba recibo de la decisión del señor Johnson y, conforme a sus deseos, jugaría al golf con él.

Mi superior leyó mi trabajo, soltó un despectivo chillido y la rompió:

–Repítala.

Sentí la tentación de preguntarle en qué me había equivocado, pero como su reacción a mi investigación respecto al destinatario de la carta ya había demostrado, parecía evidente que mi jefe no toleraba las preguntas. Así pues, debería averiguar por mi cuenta qué clase de lenguaje utilizar con el misterioso Adam Johnson.

Pasé las horas siguientes redactando cartas dirigidas al jugador de golf. El señor Saito marcaba el ritmo de mi producción rompiéndolas, sin más comentario que aquel chillido a modo de estribillo. Cada vez me veía obligada a inventar una nueva formulación.

Aquel ejercicio tenía un lado «Hermosa marquesa, vuestros divinos ojos me matan de amor» que no dejaba de tener su encanto. Exploré categorías gramaticales mutantes: «¿Y si Adam Johnson se convirtiera en verbo, próximo domingo en sujeto, jugar al golf en complemento directo y el señor Saito en adverbio? El próximo domingo acepta encantado adamjohnsonizar un jugar al golf señorsaitomente. ¡Chúpate ésta, Aristóteles!»

Empezaba a divertirme cuando me interrumpió mi superior. Rompió la enésima carta sin siquiera leerla y me comunicó que la señorita Mori acababa de llegar.

–Esta tarde trabajará usted con ella. Mientras tanto, tráigame un café.

Ya eran las dos de la tarde. Mis ejercicios epistolares me habían absorbido tanto que ni siquiera se me había ocurrido hacer la más mínima pausa.

Dejé la taza sobre la mesa del señor Saito y me di la vuelta. Una chica alta y grande como un arco se dirigía hacia mí.

Siempre que pienso en Fubuki me viene a la mente el arco nipón, más alto que un hombre. Por eso bauticé la empresa «Yumimoto», es decir: «las cosas del arco».

Y cuando veo un arco, siempre me viene a la mente Fubuki, más alta que un hombre.

–¿La señorita Mori?

–Llámeme Fubuki.

Yo ya no escuchaba lo que me decía. La señorita Mori medía por lo menos un metro ochenta, una altura que pocos varones japoneses alcanzan. Pese a la rigidez nipona a la que tenía que sacrificarse, era una mujer esbelta y absolutamente cautivadora. Pero lo que me dejó de piedra fue el esplendor de su rostro. Ella me hablaba, yo escuchaba el sonido de su voz, dulce y rebosante de inteligencia. Me mostraba los expedientes, me explicaba cuál era su contenido, sonreía. No se daba cuenta de que no la estaba escuchando.

A continuación me invitó a leer los documentos que había reunido sobre mi mesa, situada frente a la suya. Se sentó y se puso a trabajar. Dócilmente, hojeé aquellos papeluchos que ella había preparado para que yo los estudiara. Se trataba de liquidaciones de pago, listados.

Dos metros más allá, el espectáculo de su rostro continuaba siendo cautivador. Inclinados sobre aquellas cifras, sus párpados le impedían percatarse de que la estaba observando. Tenía la nariz más hermosa del mundo, la nariz japonesa, esa nariz inimitable, de inconfundibles y delicadas aletas. No todos los japoneses poseen ese tipo de nariz, pero si alguien la tiene sólo puede ser de origen nipón. Si Cleopatra hubiera tenido una nariz así, la geografía del planeta se habría enterado de lo que vale un peine.

Por la tarde, hubiera resultado mezquino pensar que de nada me habían servido las aptitudes por las que había sido contratada. Al fin y al cabo, lo que yo deseaba era trabajar en una empresa japonesa. Y en eso estaba.

Tenía la sensación de haber pasado una excelente jornada. Los días que siguieron confirmaron aquella impresión.

Seguía sin saber cuál era mi misión en la empresa; pero no me importaba. Al señor Saito yo le parecía una persona desconcertante; eso todavía me importaba menos. Estaba encantada con mi colega. Su amistad me parecía una razón más que suficiente para pasar diez horas diarias en la compañía Yumimoto.

Su piel, a la vez pálida y mate, era idéntica a la que con tanto acierto describe Tanizaki. Fubuki encarnaba a la perfección la belleza nipona, con la asombrosa excepción de su altura. Su rostro recordaba el «clavel del antiguo Japón», símbolo de la noble doncella de antaño: culminando aquella inmensa silueta, parecía destinado a dominar el mundo.

Yumimoto era una de las mayores empresas del universo. El señor Haneda dirigía el departamento Import-Export, que compraba y vendía todo lo imaginable a través

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Estupor y temblores

4.0
42 valoraciones / 30 Reseñas
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Reseñas de lectores

  • (2/5)
    Hilarisch is dit zeker te noemen, Nothomb's autobiografische ervaring in een Japans bedrijf. Maar satire is een delicate kunst, en overdrijving schaadt. Nothomb balanceert op de rand van het racisme.
  • (2/5)
    Hilarisch is dit zeker te noemen, Nothomb's autobiografische ervaring in een Japans bedrijf. Maar satire is een delicate kunst, en overdrijving schaadt. Nothomb balanceert op de rand van het racisme.
  • (5/5)
    This book was a very highly entertaining read. Nothomb insightful writing is a good observation of the cultural differences between her western culture and the Japanese culture in the woman's work force. It's full of wry humor, yet compassion for the characters. It's a very short but worthwhile read. I recommend it for those who are interested in modern Japan.
  • (4/5)
    An enjoyable memoir of a western woman (Belgian) taking a job for a large corporation in Tokyo, and how she never does anything right. The corporate cultural differences are hysterical. A quick enjoyable read that opens your eyes to differences. I am glad to live & work in North America,, even though according to the author, the Japanese consider us inferior beings LOL!!!
  • (4/5)
    This book has such a simple premise but happens to contain so much thought behind culture. I enjoy Amelie Nothomb, her writing has a certain dark comic side that I find fits perfect with my taste. This book is her most acclaimed with the awards it won, but I enjoyed "The Stranger Next Door" quite a bit more than this book. Perhaps because this contained more of an upfront cultural debate and the other contained more mystery. What I will be taking from this... I do like this Author very much and will be seeking out more of her work to read.
  • (3/5)
    I read this in the English translation, which apparently does not exist on goodreads.