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Extraños en un tren

Extraños en un tren

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Extraños en un tren

valoraciones:
3.5/5 (27 valoraciones)
Longitud:
417 páginas
6 horas
Publicado:
Jan 10, 2015
ISBN:
9788433935564
Formato:
Libro

Descripción

La intriga de esta novela está basada en la idea de un crimen sin móviles, un crimen perfecto: dos desconocidos acuerdan asesinar cada uno al enemigo del otro, forjando así una coartada indestructible. Bruno viaja en el mismo tren que Guy. Empiezan a conversar y Bruno, demoníacamente, fuerza a Guy a desvelar su punto débil, la única grieta en su ordenada existencia: Guy quisiera librarse de su mujer, que le traicionó y que puede obstaculizar su prometedor futuro. Bruno le propone un pacto: él matará a la mujer y Guy, a su vez, al padre de Bruno, a quien éste odia. Guy rechaza el plan, pero no así Bruno, quien, una vez cumplida su parte, reclama al horrorizado Guy que cumpla con la suya. Adaptada al cine por Alfred Hitchcock, Extraños en un tren lleva a cabo una indagación escalofriante en la perturbada mente de Bruno, pero lo que más le interesa a Patricia Highsmith es la relación entre éste y Guy. Y es ahí donde la novela prefigura la obsesión de su obra futura: ¿hasta qué punto no está la insania de Bruno agazapada también en Guy? ¿Cuán cercana es la amenaza de la irracionalidad en todos nosotros?

Publicado:
Jan 10, 2015
ISBN:
9788433935564
Formato:
Libro

Sobre el autor

(1921-1995), una de las escritoras más originales y perturbadoras de la narrativa contemporánea, ha publicado en Anagrama las novelas El talento de Mr. Ripley (Premio Edgar Allan Poe y Gran Premio de la Lite­ratura Policíaca), La máscara de Ripley, El amigo americano, Crímenes imaginarios, El juego del escondite, Extraños en un tren, Tras los pasos de Ripley, Un juego para los vivos, Rescate por un perro, Gente que llama a la puerta, El hechizo de Elsie, Mar de fondo, El cuchillo, Carol, Ripley en peligro, Small g: un idilio de verano, El diario de Edith, Ese dulce mal, El temblor de la falsificación, El grito de la lechuza, La celda de cristal y Las dos caras de enero; los libros de relatos Sirenas en el campo de golf, Catástrofes, Los cadáveres exquisitos, Pájaros a punto de volar, Una afición peligrosa, Pequeños cuentos misóginos y Crímenes bestiales; así como el libro de ensayos Suspense.


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Extraños en un tren - Patricia Highsmith

Índice

Portada

Extraños en un tren

Notas

Créditos

A todas las Virginias

1

El tren avanzaba impetuosamente, con ritmo furioso y entrecortado. Tenía que detenerse, cada vez con mayor frecuencia, en estaciones de poca monta donde permanecía unos momentos esperando con impaciencia la señal para volver a embestir la pradera. Pero su avance apenas se notaba. Diríase que la pradera ondulaba solamente, como una inmensa manta, rosada y ocre, que alguien estuviese sacudiendo. Cuanto más rápido iba el tren, más vivaces y burlonas eran las ondulaciones.

Guy desvió la mirada de la ventanilla y se retrepó en el asiento.

Miriam daría largas al divorcio en el mejor de los casos, pensó. Tal vez ni siquiera deseaba divorciarse, sólo dinero. ¿Llegaría realmente a concederle el divorcio alguna vez?

Se dio cuenta de que el odio empezaba a paralizar sus pensamientos, a convertir en simples callejones sin salida los caminos que su sentido de la lógica le había hecho ver en Nueva York. Podía sentir la presencia de Miriam más allá, ya no muy lejos ahora, sonrosado y pecoso el rostro, irradiando una especie de calor malsano como el de la pradera al otro lado de la ventanilla. Hosca y cruel.

Automáticamente alargó la mano para coger un cigarrillo y, por décima vez, recordó que estaba prohibido fumar en los coches Pullman. Lo cogió, de todos modos, y lo golpeó ligeramente dos veces contra la esfera del reloj, consultando la hora al mismo tiempo: eran las 5.12. Cualquiera diría que la hora importaba algo hoy, pensó. Se puso el cigarrillo en un ángulo de la boca y luego le prendió fuego, ocultando la cerilla en el hueco de la mano. Entonces el cigarrillo pasó a ocupar el sitio de la cerilla. Fumaba lentamente, con chupadas regulares. Sus ojos descendían una y otra vez hacia el terreno, difícil y fascinador, que se deslizaba al lado del tren. Se le estaba levantando una de las puntas del cuello blando de la camisa. La luz del crepúsculo hacía que su imagen se reflejara en el cristal de la ventanilla y el retazo de tela blanca al lado de la mandíbula hacía pensar en alguien vestido a la usanza del siglo pasado, lo mismo que su pelo negro, alto y lacio en la coronilla y pegado a la nuca. La elevación del pelo y la inclinación de su larga nariz le daban un aire de gran resolución y, de algún modo, sugerían un movimiento hacia adelante, aunque, vistas de frente, las cejas y la boca, rectilíneas y gruesas, daban la impresión de quietud y reserva. Llevaba unos pantalones de franela que necesitaban un buen planchado, una chaqueta oscura que cubría holgadamente su delgada figura y que mostraba unas desvaídas tonalidades carmesíes a efectos de la luz, y una corbata de lana color tomate, anudada descuidadamente.

No creía que Miriam fuese a tener un hijo a no ser que lo deseara. Lo que querría decir que su amante pensaba casarse con ella. Pero ¿por qué le habría hecho venir? Ella no le necesitaba para obtener el divorcio. Y él, ¿por qué estaría ahora pensando en las mismas cosas que habían pasado por su mente cuatro días antes, al recibir la carta? Las cinco o seis líneas de letra redonda decían solamente que Miriam iba a tener un hijo y que deseaba verle. El que esté embarazada me garantiza el divorcio, razonó Guy. ¿Por qué ponerse nervioso, entonces? Por encima de todo le atormentaba la sospecha de que, en lo más profundo y recóndito de su ser, se sentía celoso porque ella iba a dar a luz al hijo de otro hombre cuando, tiempo atrás, había abortado un hijo suyo. No, no era más que vergüenza lo que le estaba irritando, se dijo a sí mismo. La vergüenza de pensar que una vez había amado a alguien como Miriam. Aplastó el cigarrillo en la rejilla que cubría el radiador de la calefacción. La colilla cayó rodando a sus pies y de una patada la arrojó debajo del radiador.

Tenía tantos motivos para esperar el futuro con ilusión. Su divorcio, el trabajo en Florida (era prácticamente seguro que la junta aprobaría sus proyectos y que sabría el resultado aquella misma semana) y Anne. Él y Anne podrían empezar ya a hacer planes. Llevaba ya más de un año esperando, impacientándose en espera de que sucediese algo... esto... que le devolviera la libertad. Sintió en sus entrañas como una agradable explosión de felicidad, y se arrellanó en una esquina del asiento afelpado. Durante los últimos tres años, realmente, había estado esperando que pasara esto. Claro que con dinero hubiera podido pagarse el divorcio, pero jamás había logrado reunir el suficiente. Tratar de hacerse un nombre como arquitecto, sin contar con la ventaja de trabajar con un grupo de profesionales, no le había resultado fácil, ni se lo estaba resultando ahora. Miriam nunca le había exigido una pensión alimenticia, pero le había importunado de otras maneras: hablando de él en Metcalf como si sus relaciones no dejasen nada que desear, como si él estuviera en Nueva York solamente para labrarse una posición y, una vez conseguida, fuese a llamarla a su lado. De vez en cuando ella le escribía pidiéndole dinero, cantidades pequeñas pero molestas que él no dudaba en mandarle porque a ella le hubiera resultado muy fácil (y tan propio de su forma de ser) montar una campaña para difamarle en Metcalf, donde, además, vivía la madre de Guy.

Un joven alto y rubio, vestido con un traje marrón rojizo, se dejó caer en el asiento vacío delante de Guy y, con una sonrisa vagamente amistosa, se acomodó en un rincón. Guy miró de soslayo su rostro, pálido y más pequeño que lo normal. Había un grano enorme exactamente en el centro de la frente del desconocido. Guy volvió a mirar por la ventanilla.

El joven sentado frente a Guy parecía estar reflexionando sobre si entablar conversación o descabezar un sueñecillo. Su codo resbalaba por el antepecho de la ventanilla y cada vez que se abrían sus espesas pestañas sus ojos grises e inyectados en sangre le estaban mirando y en su rostro volvía a dibujarse una sonrisa meliflua. Probablemente estaba algo borracho.

Guy abrió su libro, pero a media página su mente empezó a divagar. Alzó la vista cuando titilaron los tubos fluorescentes del techo del vagón, dejó vagar los ojos hasta que se detuvieron en el cigarro, aún sin encender, sostenido por una mano huesuda que se agitaba siguiendo la conversación, detrás de uno de los respaldos, y luego sus ojos siguieron su curso hasta detenerse nuevamente, esta vez en el monograma que colgaba de la fina cadena de oro que cruzaba la corbata del joven sentado delante de él. El monograma decía CAB, y la corbata era de seda verde, decorada a mano con unas palmeras de un ofensivo color anaranjado. El largo cuerpo, enfundado en el traje marrón rojizo, estaba tendido ahora, vulnerable, con la cabeza echada hacia atrás de tal modo que el voluminoso grano o divieso de la frente parecía una cumbre que hubiese entrado en erupción. Era un rostro interesante, aunque Guy no sabía por qué. No parecía joven ni viejo, inteligente o estúpido del todo. Entre la estrecha y abultada frente y la prominente mandíbula inferior, el rostro se ahuecaba anormalmente, hundido allí donde se dibujaba el fino trazo de la boca y aún más hundido en las azuladas concavidades que daban cobijo a aquellos pequeños festones que eran las pestañas. La piel era tersa como la de una muchacha, pálida como la cera incluso, como si todas sus impurezas hubiesen sido desviadas para alimentar la erupción del grano de la frente.

Guy volvió a leer durante unos breves momentos. Las palabras tenían sentido y empezaban a disipar su ansiedad. Pero ¿de qué te va a servir Platón cuando veas a Miriam?, le preguntó una voz interior. Ya se lo había preguntado en Nueva York, pero, pese a todo, se había traído el libro consigo, el viejo libro de texto que conservaba del curso de filosofía de su segunda enseñanza. Era una pequeña satisfacción que se había concedido a sí mismo, tal vez para que le sirviera de compensación por tener que hacer aquel viaje para ver a Miriam. Miró por la ventanilla y, al ver su imagen reflejada en el cristal, se arregló el rebelde cuello de la camisa. Anne siempre lo hacía por él. De pronto se sintió indefenso sin ella. Cambió de postura y sin querer rozó el pie del joven dormido. Vio fascinado cómo sus pestañas se agitaban y finalmente se abrían. Diríase que los ojos inyectados en sangre habían estado clavados en él todo el rato detrás de los párpados cerrados.

–¡Perdón! –murmuró Guy.

–No tiene importancia –dijo el otro.

Se incorporó en el asiento y agitó la cabeza vivamente.

–¿Dónde estamos?

–Entrando en Texas.

El joven rubio sacó una petaca dorada de uno de los bolsillos interiores de la americana, la abrió y alargó el brazo con ademán amistoso.

–No, gracias –dijo Guy.

Guy observó que la mujer al otro lado del pasillo, que no había levantado la vista de su labor de calceta desde St. Louis, les miraba ahora furtivamente al oír el ruido metálico de la petaca.

–¿Cuál es su destino?

La sonrisa se había convertido en una media luna, delgada y húmeda.

–Metcalf –respondió Guy.

–Oh. Hermosa ciudad, Metcalf. ¿Negocios?

Sus ojos tristones parpadearon cortésmente.

–Sí.

–¿De qué clase?

Guy levantó a regañadientes la vista del libro.

–Arquitecto.

–Oh –dijo el otro con interés afectado–. ¿Construye casas y todo eso?

–Sí.

–Me parece que no me he presentado.

Se levantó a medias.

–Bruno. Charles Anthony Bruno.

Guy le estrechó la mano brevemente.

–Guy Haines.

–Encantado de conocerle. ¿Vive en Nueva York?

La voz, ronca y abaritonada, sonaba a falso, como si estuviera hablando para despertarse.

–Sí.

–Yo vivo en Long Island. Voy a Santa Fe, a pasar unas breves vacaciones. ¿Ha estado alguna vez en Santa Fe?

Guy negó con la cabeza.

–Gran ciudad para descansar.

Sonrió mostrando unos dientes en mal estado.

–Casi todo es arquitectura india allí, me imagino.

Un revisor se detuvo a su lado, en el pasillo, manoseando un taco de billetes.

–¿Éste es su asiento? –preguntó a Bruno.

Bruno se arrellanó en el asiento con gesto posesivo.

–El coche salón, en el vagón contiguo.

–¿La suite número tres?

–Eso creo. Sí.

El revisor prosiguió su camino.

–¡Esos tipos! –murmuró Bruno.

Se inclinó hacia adelante y se puso a mirar fijamente por la ventanilla, con expresión divertida.

Guy reemprendió su lectura, pero el importuno aburrimiento del otro, la sensación de que iba a decir algo de un momento a otro, le impedían concentrarse en el libro. Guy pensó en marcharse al vagón restaurante, pero sin saber por qué se quedó sentado. El tren volvía a aminorar su marcha. Cuando le pareció que Bruno iba a decir algo, Guy se puso en pie y se retiró al vagón contiguo, desde donde saltó la escalerilla y se halló de pie sobre el crujiente suelo, antes de que el tren se hubiese detenido por completo.

El aire, más orgánico y agobiante, de la noche le golpeó el rostro como un almohadón asfixiante. Flotaba un olor a grava polvorienta y recalentada por el sol, a petróleo y metal caliente. Tenía hambre y se entretuvo cerca del vagón restaurante, caminando con pasos lentos y las manos en los bolsillos, aspirando profundamente el aire aunque no le gustase. Una constelación de luces rojas, verdes y blancas cruzó zumbando el cielo en dirección al sur. Ayer mismo, pensó, Anne podría haber pasado por esta misma ruta, camino de México. Él podría haber ido con ella. Anne había deseado que fuesen juntos hasta Metcalf, y él podría haber aprovechado para pedirle que se quedara un día y conociese a su madre de no haber sido por Miriam. O, a pesar de Miriam, si él fuese otra clase de persona, si hubiese sido capaz simplemente de mostrarse indiferente. Había hablado de Miriam con Anne, y se lo había contado casi todo, pero la idea de que ambas se encontrasen le resultaba insoportable. Había querido viajar solo en tren para poder pensar. ¿Y en qué había pensado hasta ahora? ¿Es que alguna vez el pensar y la lógica le habían servido de algo cuando se trataba de Miriam?

Se oyó la voz del revisor llamando a los pasajeros, pero Guy se quedó paseando hasta el último minuto y luego se encaramó al vagón que iba detrás del coche restaurante.

El camarero acababa de anotar su encargo cuando el joven rubio apareció en la puerta del restaurante. Se tambaleaba y su aspecto era un tanto truculento debido a la colilla que llevaba pegada a los labios. Guy había logrado olvidarse de él y ahora, al ver su figura alta y vestida de marrón rojizo, le pareció que se trataba de un recuerdo vagamente desagradable. Vio que sonreía al divisarle.

–Creía que se le había escapado el tren –dijo Bruno alegremente, acercándose una silla.

–Si no le importa, míster Bruno, me gustaría estar a solas un rato. Hay algunas cosas en las que debo pensar.

Bruno aplastó el cigarrillo, que le estaba quemando los dedos, y le miró inexpresivamente. Estaba más bebido que antes y su rostro se hacía borroso en los contornos.

–Podríamos estar tranquilos en mi compartimiento. Y también podríamos cenar allí. ¿Qué me dice?

–Gracias, pero preferiría quedarme aquí.

–Oh, insisto. ¡Camarero!

Bruno dio unas palmadas.

–¿Me hará el favor de mandar la cena de este caballero a la suite número tres?... y tráigame un bistec, no muy cocido, con patatas fritas, y una tarta de manzana. Ah, y dos scotchs con soda, tan rápido como pueda, ¿eh?

Miró a Guy con una sonrisa meliflua y pensativa.

–¿De acuerdo?

Guy reflexionó un instante, entonces se levantó y se fue con él. ¿Qué más daba, bien pensado? ¿Acaso no estaba ya absolutamente asqueado de sí mismo?

Los scotchs no hacían ninguna falta a no ser por los vasos y el hielo. Cuatro botellas de scotch, con sus etiquetas amarillas, alineadas dentro de una maleta de piel de cocodrilo eran el único vestigio de orden dentro del pequeño compartimiento. Maletas y baúles roperos obstaculizaban el paso por todos lados a excepción de un espacio exiguo y laberíntico situado en medio de la habitación, y, desparramados sobre todo ello, había prendas y utensilios de deporte, raquetas de tenis, una funda con palos de golf, un par de cámaras fotográficas y una cesta llena de fruta y botellas de vino medio hundidas en papel rojo cortado a tiras. Todo un muestrario de revistas de actualidad, publicaciones humorísticas y novelas cubría el asiento junto a la ventanilla. Había también una caja de bombones con una cinta roja de un extremo a otro de la tapa.

–Esto parece una carrera de obstáculos, me imagino –dijo Bruno con un inesperado tono de excusa.

–No importa.

Lentamente, Guy empezó a sonreír. El compartimiento le hacía gracia y le provocaba una grata sensación de aislamiento. Al sonreír, sus oscuras cejas se relajaron, transformando toda su expresión. Sus ojos miraban ahora hacia fuera. Con ágiles movimientos se abrió paso por los pasadizos bordeados de maletas, examinándolo todo con aire de gato fisgón.

–Nuevecita. Aún no ha probado pelota –le informó Bruno tendiéndole una raqueta de tenis para que la palpase–. Todo esto es obra de mi madre. Cree que así no me acercaré a los bares. De todos modos, siempre puedo empeñarlo cuando se me acaba el dinero. Me gusta beber cuando voy de viaje. Es un buen aliciente, ¿no cree?

Llegaron los whiskies con soda y hielo y Bruno los reforzó con el contenido de una de sus botellas.

–Siéntese y quítese la americana.

Pero ninguno de los dos se sentó ni se quitó la americana. Pasaron varios minutos embarazosos sin saber qué decirse. Guy tomó un trago de su bebida, que parecía consistir exclusivamente de scotch, y contempló el desorden del suelo. Se fijó en que Bruno tenía unos pies extraños, aunque quizá fuese debido a los zapatos, pequeños y de color marrón claro, con puntera alargada y sin adornos cuya forma se parecía a la prominente mandíbula inferior de Bruno. Por alguna razón, aquellos pies parecían anticuados, de otra época. Y Bruno no estaba tan delgado como había creído. Sus largas piernas eran gruesas y tenía un cuerpo rechoncho.

–Espero no haberle molestado –dijo Bruno cautelosamente– cuando he entrado en el restaurante.

–Oh, no.

–Me sentía solo. Ya sabe.

Guy dijo algo sobre cuán solitario debía de ser el viajar solo en un compartimiento y entonces estuvo a punto de caerse al enredarse los pies con algo que había en el suelo: la correa de una cámara Rolleiflex. Había un arañazo reciente, de color blanco, en una de las caras del estuche de piel. Se daba cuenta de que Bruno le miraba tímidamente. Voy a aburrirme mortalmente, está claro, pensó. ¿Por qué habré venido?

Sintió un remordimiento que le hacía desear volver al vagón restaurante. Entonces se presentó el camarero con una bandeja cubierta con una tapadera de peltre y en un instante les instaló la mesa. El aroma de la carne asada sobre carbón vegetal le dio ánimos. Bruno insistió tanto en pagar la cuenta que Guy accedió a ello sin oponer más resistencia. Para Bruno había un enorme bistec cubierto de setas; para él, una hamburguesa.

–¿Qué está construyendo en Metcalf?

–Nada –dijo Guy–. Es que mi madre vive allí.

–Oh –dijo Bruno con interés–. ¿Va a visitarla? ¿Es usted de allí?

–Sí. Allí nací.

–No tiene mucho aspecto de ser tejano.

Bruno inundó su bistec y sus patatas fritas con salsa de tomate, después extrajo delicadamente el perejil y lo sostuvo en el aire con perfecto equilibrio.

–¿Hace mucho que no va por casa?

–Unos dos años.

–¿Su padre vive allí también?

–Mi padre murió.

–Oh. ¿Se lleva bien con su madre?

Guy dijo que sí. El sabor del scotch, pese a no gustarle demasiado, le resultaba agradable porque le recordaba a Anne. Cuando bebía, tomaba siempre scotch. Era como ella: dorado, lleno de luz, hecho con cuidadoso arte.

–¿En qué parte de Long Island vive?

–Great Neck.

Anne vivía en una zona de Long Island más alejada.

–En una casa que llamo La Perrera –prosiguió Bruno– porque todos quienes la habitan, hasta el chófer, llevan una vida de perro.

De pronto se echó a reír con verdadero gusto y volvió a inclinarse sobre el plato.

Al mirarle ahora, Guy podía ver solamente la parte superior de su estrecha cabeza, escasamente cubierta de pelo, y el abultado grano. No se había fijado en el grano desde que Bruno se había dormido, pero ahora volvía a reparar en él y le parecía algo monstruoso, ofensivamente llamativo.

–¿Y por qué? –preguntó Guy.

–Por culpa de mi padre. ¡El muy cerdo! Mi madre y yo hacemos buenas migas también. Mi madre vendrá a Santa Fe dentro de un par de días.

–Eso está bien.

–Así es –dijo Bruno como si le contradijese–. Lo pasamos muy bien juntos... haraganeando por ahí, jugando al golf. Hasta asistimos juntos a las fiestas.

Se rió, avergonzado y orgulloso a la vez, repentinamente inseguro e infantil.

–¿Le parece que eso es gracioso?

–No –dijo Guy.

–Ojalá tuviera dinero propio. Verá, tenía que empezar a recibir mi renta este año, sólo que mi padre no quiere que la reciba. Se está forrando los bolsillos con ella. Tal vez no me crea, pero ahora no tengo más dinero del que tenía cuando estaba en el colegio, con todos los gastos pagados. De vez en cuando tengo que sablearle un centenar de dólares a mi madre.

Sonrió con aire de perdonavidas.

–Debió permitirme que pagase la cena.

–¡Ni pensarlo! –protestó Bruno–. Lo único que quiero decir es que es una vergüenza que a uno le robe su propio padre, ¿no cree? Ni siquiera se trata de dinero suyo, sino que procede de la familia de mi madre.

Hizo una pausa esperando un comentario de Guy.

–¿Es que su madre no pinta nada en todo ello?

–¡Mi padre puso el dinero a su nombre cuando yo era un crío! –gritó Bruno con voz ronca.

–Ya veo.

Guy se preguntó a cuántas personas habría invitado a comer Bruno para largarles la misma historia sobre su padre.

–¿Por qué lo hizo?

Bruno alzó las manos con gesto desesperado, luego las escondió rápidamente en los bolsillos.

–Ya le dije que era un cerdo, ¿no? Roba a todo el mundo si tiene ocasión de hacerlo. Ahora dice que no quiere darme mi dinero porque yo me niego a trabajar, pero eso es mentira. Cree que mi madre y yo nos lo pasamos demasiado bien con lo que ya tenemos. Siempre está tramando cosas para meterse en nuestros asuntos.

Guy podía imaginárselo en compañía de su madre, una dama de la buena sociedad de Long Island, de aspecto aún juvenil, que usaba demasiado maquillaje y a quien, al igual que a su hijo, le gustaba mezclarse con gentes de dudosa reputación de vez en cuando.

–¿A qué universidad fue usted?

–Harvard. Me echaron al segundo año. Por beber y jugar.

Hizo un gesto de indiferencia retorciendo sus estrechos hombros.

–No soy como usted, ¿eh? No importa. Soy un golfo, ¿y qué?

Sirvió más scotch para los dos.

–¿Quién le ha acusado de serlo?

–Mi padre. Le hubiera gustado tener por hijo a un buen chico, como usted. Entonces todo el mundo hubiera estado satisfecho.

–¿Qué le induce a pensar que yo soy un buen chico?

–Quiero decir que usted es una persona seria, que ha escogido una profesión. La arquitectura. Pero yo..., yo no tengo ganas de trabajar. No tengo por qué hacerlo, ¿comprende? No soy escritor, ni pintor, ni músico. ¿Hay alguna razón por la que deban trabajar quienes no lo necesitan? Prefiero que mis úlceras las produzca la buena vida. Mi padre tiene úlcera. ¡Ja! Todavía no ha perdido la esperanza de que yo ingrese en su negocio de hierros. Yo le digo que su negocio, como todos los negocios, no es más que una degollina legalizada, de la mismísima forma que el matrimonio no es otra cosa que la fornicación legalizada. ¿No tengo razón?

Guy le miró torcidamente, espolvoreando con un poco de sal la patata frita ensartada en su tenedor. Comía despacio, saboreando la compañía de Bruno, como hubiera disfrutado viendo un número de variedades cómodamente sentado en su butaca. En realidad, estaba pensando en Anne. La débil imagen de la muchacha a veces le resultaba más real que todo cuanto le rodeaba, de lo cual no tenía más que una noción fragmentaria, una serie de imágenes inconexas que incluían el arañazo en el estuche de la Rolleiflex, el largo cigarrillo que Bruno había clavado en la mantequilla, el cristal, ahora hecho añicos, que había cubierto el retrato del padre de Bruno y que, según éste le estaba refiriendo, había acabado estrellado contra el suelo del vestíbulo... A Guy se le había ocurrido que tal vez le quedaría tiempo para ver a Anne en México después de entrevistarse con Miriam y antes de partir para Florida. Si conseguía terminar pronto la entrevista con Miriam, podría tomar un avión hasta México y desde allí otro hasta Palm Beach. Antes no se le había ocurrido porque no disponía de medios suficientes. Pero si el contrato de Palm Beach le salía bien, podría permitirse el gasto.

–¿Se imagina algo más insultante que cerrar con llave el garaje donde guardo el coche, mi propio coche?

La voz de Bruno se había enronquecido y ahora parecía un quejido prolongado.

–¿Por qué? –preguntó Guy.

–Simplemente ¡porque sabía que aquella noche me iba a hacer muchísima falta! De todos modos, me recogieron mis amigos; así que ¿de qué le sirve hacerme esto?

Guy no sabía qué decirle.

–¿Se ha quedado las llaves?

–¡Cogió mis llaves! ¡Las cogió de mi habitación! Por eso me tenía miedo. Se marchó de casa aquella noche, de tanto miedo como le daba.

Bruno estaba sentado de lado, respiraba con dificultad y se mordía una de las uñas. Algunos mechones de pelo, oscurecidos por el sudor, se le movían sobre la frente, como las antenas de un insecto.

–Mi madre no estaba en casa, de lo contrario nunca hubiera sucedido, claro está.

–Claro –dijo Guy, haciéndole eco sin querer.

Toda la conversación no ha sido más que el prólogo de esta historia, pensó, de la que he oído sólo la mitad. Ahí estaba, acechando detrás de los ojos inyectados en sangre que me miraban en el Pullman, detrás de la sonrisa tristona, otra historia de odio y de injusticia.

–¿Así que arrojó el retrato en el vestíbulo? –preguntó Guy por decir algo.

–Lo arrojé de la habitación de mi madre –dijo Bruno, recalcando las últimas tres palabras–. Mi padre lo había colocado allí, en la habitación de mi madre. A ella el Capitán le gusta tan poco como a mí. ¡El Capitán! ¡Yo no le llamo de ningún modo, colega!

–Pero ¿qué tiene él en contra de usted?

–¡En contra de mí y de mi madre también! ¡Es distinto de nosotros o de cualquier otro ser humano! Todo el mundo le cae mal. No le gusta nada, sólo el dinero. Ya ha degollado a suficientes personas como para amasar una fortuna, eso es todo. ¡Si será listo! ¡Muy bien! ¡Pero estoy seguro de que la conciencia le está devorando ahora! Por eso quiere que yo entre en el negocio, ¡para que tome parte en la degollina y me sienta tan cochino como él!

Bruno cerró su rígida mano, luego la boca, después los ojos.

Guy creyó que estaba a punto de echarse a llorar, pero los hinchados párpados se abrieron y la sonrisa volvió a aparecer, vacilante.

–Se aburre, ¿eh? Sólo trataba de explicarle por qué salí de la ciudad tan pronto, adelantándome a mi madre. ¡No tiene usted idea de lo alegre que soy! ¡De veras!

–¿No puede marcharse de casa si le apetece hacerlo?

Al principio pareció como si Bruno no hubiese entendido la pregunta, pero luego, calmosamente, respondió:

–Claro que sí, pero es que me gusta estar con mi madre.

Y ella, a su vez, no se marcha a causa del dinero, pensó Guy.

–¿Un pitillo?

Bruno lo cogió, sonriendo.

–¿Sabe? La noche que se marchó de casa fue la primera vez que salía, puede que en diez años. Me pregunto adónde diablos iría. Estaba tan furioso que le hubiese matado, y él lo sabía. ¿Alguna vez ha tenido ganas de matar a alguien?

–No.

–Yo sí. A veces estoy seguro de que podría matar a mi padre.

Bajó la mirada hacia el plato, sonriendo reflexivamente.

–¿Sabe cuál es el hobby de mi padre? ¡Adivínelo!

Guy no deseaba adivinar nada. Le había acometido un aburrimiento repentino, un deseo de estar solo.

–Pues ¡colecciona moldes para hacer galletas!

Bruno se rió burlonamente.

–¡En serio! Tal como se lo digo. Los tiene de todas clases... de Pennsylvania, de Baviera, de Inglaterra, de Francia, una gran cantidad de Hungría. Los hay por toda la habitación. Sobre el escritorio tiene unos moldes para hacer galletas de animales... ¡enmarcados! ¿Sabe a qué me refiero? De esas que comen los niños. Escribió al presidente de la compañía que los fabrica y le mandaron un juego completo. ¡La era de las máquinas!

Bruno se rió, bajando la cabeza rápidamente.

Guy le miraba fijamente. Bruno le estaba resultando más divertido de lo que él mismo se figuraba.

–¿Los utiliza alguna vez?

–¿Eh?

–Que si alguna vez hace galletas.

Bruno lanzó un alarido de risa. Se retorció para quitarse la chaqueta y la arrojó sobre una de las maletas. Durante unos instantes pareció demasiado excitado para poder hablar, entonces, calmándose repentinamente, comentó:

–Mi madre siempre le está diciendo que se vaya con sus moldes y sus galletitas.

Su rostro se cubrió de un sudor fino como una capa de aceite. Lanzó una sonrisa solícita hacia el otro lado de la mesa.

–¿Qué tal la cena? ¿Le gusta?

–Muchísimo –dijo Guy sinceramente.

–¿Ha oído hablar de la Compañía de Transformadores Bruno, de Long Island? Fabrica chismes para corriente alterna y continua.

–Me parece que no.

–Bueno, ¿y por qué iba a conocerla? Gana dinero a espuertas, sin embargo. ¿Le interesa a usted hacer dinero?

–No exageradamente.

–¿Le importa que le pregunte qué edad tiene?

–Veintinueve.

–Ah, ¿sí? Le hacía mayor. ¿Qué edad cree que tengo yo?

Guy le examinó cortésmente.

–Tal vez veinticuatro o veinticinco –contestó, tratando de halagarle porque, de hecho, parecía más joven.

–Sí, así es. Veinticinco. ¿Lo dice en serio..., que parezco tener veinticinco años con esta..., esta cosa en medio de la cabeza?

Bruno se mordió el labio inferior. En sus ojos brilló un destello de cautela y de pronto se tapó la frente con la mano, con gesto de intensa y amarga vergüenza. Se levantó de un salto, acercándose al espejo.

–Quería cubrírmelo con algo.

Guy dijo algo para tranquilizarle, pero Bruno siguió mirándose en el espejo, desde varios ángulos, con ganas de atormentarse.

–No podía ser un simple grano –exclamó, nasalmente–. Tenía que ser un divieso... nacido de todo el odio que llevo dentro. ¡Es como una de las llagas de Job!

–Oh, vamos –dijo Guy, riendo.

–Empezó a salirme el lunes por la noche, después de la discusión. Y cada vez está peor. Apuesto a que me dejará una cicatriz.

–No, no lo hará.

–Le digo que sí. ¡Vaya modo de presentarme en Santa Fe!

Se había sentado otra vez, apretando los puños, con una de sus piernas echada hacia atrás, como un personaje folletinesco.

Guy se acercó a la ventanilla y abrió uno de los libros que estaban sobre el asiento. Era una novela policíaca. Como todos los demás. Trató de leer unas cuantas líneas, pero las letras le bailaban en los ojos y cerró el libro. Pensó que debía de haber bebido mucho, pero aquella noche le daba igual.

–En Santa Fe –dijo Bruno– quiero de todo. Vino, mujeres, canciones. ¡Ja!

–¿Qué es lo que quiere?

–Algo.

Bruno torció la boca hacia abajo, con una desagradable mueca de indiferencia.

–Todo. Tengo la teoría de que una persona debería hacer todo cuanto sea posible hacer antes de morirse, y tal vez morir tratando de hacer algo que sea realmente imposible.

Algo dentro de Guy reaccionó súbitamente ante la afirmación, y luego se retiró cautelosamente. Con voz queda preguntó:

–¿Como por ejemplo?

–Ir a la Luna en

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Extraños en un tren

3.6
27 valoraciones / 38 Reseñas
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Reseñas de lectores

  • (4/5)
    It's been a long time since I've seen the movie, but as I recall, the book is very different, much more psychological. The premise is that two men meet on a train and get to talking, and one proposes that they each commit a murder, someone the other person wants to get rid of. Since the murderer has no ties to the victim, it would be the perfect crime. I think that next to The Talented Mr. Ripley, this is Highsmith's best book, and it explores similar themes of obsession and the capability every person has to abandon our moral conscience. Highsmith's writing is good, but her outlook on humanity is certainly bleak.
  • (4/5)
    Review pending but boy was it different from the Hitchcock movie!
  • (2/5)
    It’s the 1940s and there’s this guy named Guy, who’s not a stand-up guy, and another named Bruno, who’s this weird, whiny psycho-brute with a bogus heart and sizable mommy issues. When introduced, a big boil decorates the middle of Bruno’s forehead to clue us he has an ugly mind and ugly soul, something his heavy drinking and disposition to be irresponsible and immature do little to improve. But Bruno would like to kill for you and you needn’t even ask.So, suppose a guy meets a stranger like Bruno on a train. What might happen? That’s the story Patricia Highsmith tells in her novel Strangers on a Train. Highsmith is skilled at engineering such a story, the plot points falling infallibly into place.Well, I have complaints.The book is claustrophobic. We always are in the company of Guy and/or Bruno. Other characters don’t pop onto the scene unless at least one of these two men is present, or is about to be, and those others have little dimension. One of the intended victims is a prop, filtered to us as a shadow only through Bruno’s mind. This staging might intensify for some readers the emotional travails to be suffered but to me it just felt cramped.And then there’s the detective, a fellow named Gerard. He frequently comes up with important intel, but so far as we’re allowed to see (except at the end) he does almost nothing to acquire it. His competence or methods, as interesting as these could be, are not interesting to Highsmith. Gerard is present mostly to annoy Bruno and to weigh on Guy’s mind. Fine—that’s the author’s wish. But dull it is.Also, we have a trial. Our author glosses over that trial with little said about what happens in the courtroom. It comes across as an exercise in how to avoid writing such a scene. Nor is Guy’s character sufficiently explored during this time of stress and ethical consequence. It’s as if the trial is a hindrance to moving on with the plot.Finally, does a novel really have any suspense if the reader comes to wish a dire fate for almost everyone? If a desire to put an end to one’s association with these characters trumps everything else? Highsmith uses the word “boredly” several times, a word I’ve never heard spoken and don’t recall having read elsewhere. It’s a kind of small gift because now I can say I read most of Strangers on a Train most boredly.
  • (3/5)
    much darker than the Hitchcock Movie. Two men meet on a train - one proposes that each kills the other's troublesome family member.
  • (4/5)
    3.5 stars When Guy is on a train from New York to Texas, in order to obtain a divorce from his wife, he meets Bruno. While in conversation, Bruno makes a proposal: if Bruno kills Guy’s wife, Guy should kill Bruno’s father, in return. They don’t really know each other, so neither would be suspected of murder. Guy is rightly horrified with the thought, but Bruno won’t give up that easily. This was good. Very much a psychological novel, as we are mostly in Guy’s mind as he tries to deal with Bruno, and at the same time, move on with his life. It does switch to a couple of other perspectives, as well, but mostly we follow Guy. Good book.
  • (4/5)
    I picked this up because it was referenced as the inspiration for another book I recently enjoyed, The Kind Worth Killing. In this novel Bruno and Guy meet by chance on a train. After a brief conversation they realize that they both have people that they hate in their lives and if they each killed the other person's problem then they couldn't be caught because there is no connection between them. Guy and Bruno leave the train with Guy, at least in his mind backing out of the deal and thinking that he will never see Bruno again. Alas for poor Guy his problems have just begun because Bruno is one loose cannon. As the pressure on him ramps up Guy begins to pyschologically unravel and althought the end is not that surprising it is enjoyable none the less. I love books that capture a period of time like a snapshot. The food, and the drinks, and the social smoking are so specific to the 1950's. It was like an episode of Mad Men. The book is a real time trip back to 1950. I can easily see why this book is such a classic and a touchstone for pop culture. It's a very enjoyable pyschological thriller.
  • (4/5)
    My first introduction to Highsmith was through the film The Talented Mr. Ripley which made me literally feel bad, as in "I am a worse person for having watched this." I had a similarly visceral response to Strangers on a Train and its eerily banal depiction of moral vacuity. As one of the "Strangers" points out, "Any kind of person can murder. Purely circumstances and not a thing to do with temperament!"
  • (3/5)
    I've been on an older mystery kick lately. Thus this comes in as my second in a row. I had difficulty throughout the book with having any connection or sympathy with any of the primary characters. My sympathy stayed with the same character, Ann. Guy and Bruno both are rather self absorbed and whiny.Bruno is a sociopath and is driving Guy insane. This details about a third of the book. Then again, labeling Bruno a sociopath might have been me being nice. Can't stand that character. He's a momma's boy and a person who never resolved his Oedipus complex. Guy seems rather wishy washy and easily manipulated. Can't stand him either. Gerard is an arse. Don't care for him either. For a while I kept wondering when Guy would get off his behind and do SOMETHING. Lots of "Woe is I" and very little action from him. I honestly expected him to push Bruno off the boat. The fact that Bruno fell... karma. The ending actually seemed predictable to me. Don't know why.Decent enough, though not one I'd read again.
  • (3/5)
    Guy meets Bruno on a train, and finds himself confiding in the stranger about his troubles with his hopefully soon to be ex-wife. Bruno explains that he has issues with his father, and suggests a pact to commit the perfect murder--Bruno will murder Guy's wife, and Guy will kill Bruno's father. No one will ever know there was a connection between them.This is a really excellent, suspenseful presence, and one that works very well in a two hour movie, but unfortunately dragged some within this novel. Guy's agonies, Bruno's desperation, all became a bit repetitive as they continued chapter to chapter. This is still a good read, but not quite as suspenseful as I had hoped, particularly given how much I enjoyed the movie, and Highsmith's The Talented Mr. Ripley.
  • (4/5)
    I've liked other Highsmith books more than I liked this one, but I still thought this book was good, although some parts of it definitely could have been shortened. I listened to the audiobook and that may be why my chief impression of Bruno is that he was a whiny, self-pitying drunk. Maybe the narrator did too good a job. Bruno was nothing like the charismatic sociopath that Highsmith created in her Ripley series. I saw the movie based on this book eons ago and all I remember is that both actors were extraordinarily handsome, so I have no idea how closely the movie followed the book. The book is worth reading, but if you're new to Highsmith I would recommend starting with "The Talented Mr. Ripley".
  • (3/5)
    I read Strangers on a Train because it was a book club choice in the office. The synopsis gives an intriguing premise, and I sometimes read crime stories (I've just downloaded the first four Cadfael stories, and I enjoyed the Ian Rankin novels I've read). Strangers on a Train was a contemporary crime novel when it was fit published in 1950. So I thought I'd give it a go.

    The premise is of two strangers on a train who get talking and eventually agree to murder someone for the other person. The idea is that because they aren't linked to the murder victim then they'll get away with the crime. It's set about 1950, so forensic science doesn't come into the equation.

    The writing is crammed with detail, and there is a lot of description going on. That makes it lack pace, to a modern reader it seems to beat about the bush and go off on diversions a lot. I felt a lot of the description could have been edited out quite safely. That said it probably helped with visuals, which would account for it becoming a film very soon after publication.

    Frankly, I didn't really get gripped by Strangers on a Train. It took some effort to read it. If it hadn't been for the book club meeting I wouldn't have persevered with it. However it developed well in the second half of the story. It was a typical 1950 crime story, in that you could see that the two protagonists suffered as a result of their crime. Guy slowly falls apart after his wife is killed by Bruno, even though he'd refused to take part in the deal. Bruno helps this along with his prodding and stalker-ish behaviour. This mental breakdown leads to Guy fulfilling his part of the 'bargain'.

    Guy is a fairly ordinary character, but seems to lack any common sense or logic. He's an architect, so ought to be well enough educated that he could think his way through things. It isn't clear why Guy doesn't just tell the police about Bruno when he begins to suspect that he killed his wife. There would have been a little unpleasantness for Guy, but he's unlikely to have been convicted given that he hadn't agreed to the murder. Especially if he was the one that identified Bruno.

    Bruno is a drunk dilettante waiting to inherit. He's a spoilt kid that has turned into a sociopath. He is the real criminal in the book, the one that has the idea, carries it through and haunts Guy to murder his father. Even when the deed is done, Bruno's erratic behaviour is what leads to them being caught.

  • (3/5)
    It's perhaps ironic that, having read all of the Ripley novels years ago and loved them, that I would only now get around to reading (listening, actually) to Strangers on a Train. The basic plot must, by now, be well-known to just about everyone. For the three of you who don't know the story, two men meet while having drinks on a train and discuss their respective complaints about Bruno's father and Guy's ex-wife, both of whom are making their respective lives miserable.Bruno, hatches a one-sided plan for each of them to commit the perfect murder by having each one take care of the other's problem. Guy, an up-and-coming architect with a new girl friend wants nothing to do with the crazy idea. Bruno assumes it's a deal and eliminates Miriam, Guy's ex. He then begins to hound Guy to fulfill the other side of the "bargain."The suspense comes from watching the effect on Guy of Bruno's incessant badgering for him to complete his end of the "bargain." As others have noted, this is not your standard mystery, but it's a marvelous "why done it," and examination of the human mind's capacity for guilt and evil.
  • (4/5)
    The premise of this classic 1950 noir mystery is that two strangers meet on a train. Both are dissatisfied with someone in their lives. Guy Haines desperately wants to divorce his unfaithful wife and Charles Bruno wants to be rid of his controlling father. Bruno suggests that the should kill Guy's wife, Miriam, and that Guy, in return, should murder his father. Because they are strangers and have never been linked to one another means that they will be able to get away with murder. Even though Guy declines the plan, Bruno decides to kill Miriam while Guy is away in Mexico. Guy begins to suspect Bruno is Miriam's murderer and tries to avoid him. Bruno hounds Guy, even making an uninvited appearance at Guy's wedding. After Bruno starts writing anonymous letters to Guy's friends and colleagues, the pressure becomes too much for Guy and he eventually murders Bruno's father.This novel is a literary classic and an amazing psychological thriller. It's incredible that this was the author's first novel. It's well written and the plot was very original at the time it was written in 1950. Alfred Hitchcock turned it into a wonderful movie but the book provides so much more depth and tension. If you enjoy noir mysteries and haven't read Strangers on a Train, you definitely should find a copy of this tense and gripping story.
  • (3/5)
    I think I'll give this one 3.5*sIt is about two gentlemen who meet on a train, they discuss murder, the excitement and mystery of it, and some people they might like to be rid of. One the the gentlemen takes the situation into his own hands, and the other man gets dragged along (making many poor decisions along the way, IMO!). The book has an interesting ending. However, since it is a 1951 Alfred Hitchcock movie, I'm thinking the movie may have a more climactic and exciting ending. I think I'll watch it soon and compare the book to the movie version to see which I like best.I was also interested to know that the author, Patricia Highsmith, also wrote "The Talented Mr. Ripley" (1999, Matt Damon) and "Carol" (2015, Cate Blanchett). I may have to look into more of hers :)
  • (5/5)
    Strangers on a Train was an excellent 1950's debut for 29 year old Patricia Highsmith. It is a tour de force of social satire and psychological drama. Charles Bruno and Guy Haines meet on a train and Bruno manipulates Guy into swapping murders with him. "Some people are better off dead," Bruno remarks, "like your wife and my father, for instance." Bruno's plan shows Guy that anyone can become a murderer. This novel was an inspiration for a classic Alfred Hitchcock film and provides a thorough examination of guilt and obsession of murder. The reader gets a good taste of Highsmith's remarkable range of psychological insight. It is a tangled web of murder, desperation and manipulation and should not be missed if you like psychological thrillers. I look forward to reading more of Patricia Highsmith's novels in the near future.
  • (4/5)
    This was an excellent read - dark, disturbing and compelling, a real psychological thriller not so much focussed on the act of murder but on what drives people to it and the aftermath of guilt and psychological effects.
  • (4/5)
    This is one of those books I thought I knew a lot about going in, only to find out that I really didn't. Somehow I had imagined that the actual "strangers on a train" part was a much more substantial part of the plot, and also that the agreement between Guy and Bruno was more explicit. I wasn't disappointed to discover I was wrong in either case, but it's interesting the false impressions we form over the years.I didn't much like either of the main characters, which is not a negative for me, and the psychological torment that Highsmith shows us in both men was quite interesting. I'm not sure the actual crimes were super plausible but they were never really the point; it was all about the ongoing mental breakdowns suffered by the characters when it came to holding my attention.I'd like to see the movie someday.
  • (3/5)
    Psychologically creepy and dark. The premise and the characters are fascinating but I felt the read to be a bit choppy. I get that there is an urgency to the writing and, perhaps a strategy to have the prose mimic the up and down aspects of Guy's state of mind...but the flow of the narrative still felt a bit clunky to me. As a first novel though - holy cow! I wonder how creeped out the publisher was upon receiving the manuscript?
  • (4/5)
    I think I have seen the Hitchcock movie, Strangers on a Train but I can't really remember it except for the basics (strangers, train, murder, chaos ensues). I'm a bit ashamed to say I had no idea Patricia Highsmith wrote the novel. I am also ashamed to say this is the first time I've read anything by Patricia Highsmith. I plan on correcting that in 2013.

    So the double murder/perfect crime thing has been done before. As my friend Jess pointed out, it's been done in an episode of Castle and most likely an episode of Law & Order: SVU. The book was able to delve into the characters much more than those shows or even the movie, I imagine.

    Guy is a man with some problems...he has this wife he wants to divorce and is dating a woman who he doesn't always feel worthy of. He is a good architect but hasn't yet broken out to be someone famous. Charles Bruno is another man who has some issues. His relationship with his mother is inappropriate, he hates his father, and he's a 20 something man who doesn't have any goals or anything. The 2 men meet on a train and start talking about their various problems while drinking. Charles has the great plan of him murdering Guy's wife and Guy would murder Charles' father. Then all of their problems would go away!

    Guy passively dismisses Charles and goes on his way with his life. Until his wife is murdered. Then Charles figures it's Guy's turn to make due on "their" plan. Charles uses all methods to get Guy to see how much sense his plan makes including blackmail, begging, flattery, and alcohol. Guy starts to go crazy trying to keep all of this secret. Does he go to the police? Does he tell his fiancee? Does he tell Charles to bugger off? Or does he go through with it?

    Even though there were some things I didn't really buy into in this book, I have to say it wasn't predictable. I had no idea what was going to happen and that made it and enjoyable, creepy read. It wasn't a fast paced thriller but it definitely kept me guessing until the end. I could have done without the multiple typos that were prevalent throughout.
  • (4/5)
    Hot on the heels of The Talented Mr Ripley, I borrowed this book from my local library. I enjoyed it and found it well-written and gripping. Two men meet on a train and become bound together in a complicated pact tied up with a crime but more interestingly with complex feelings of guilt, brotherhood and friendship, overtures of homosexuality, lies and secrecy. The destructiveness of guilt (rather than the crime itself) is played out brilliantly and almost unbearably.
  • (4/5)
    Interesting and compelling.
  • (4/5)
    The book was published in 1950, but it wears its years lightly. The plot is familiar to modern day readers, not only because of film versions but there have been many variations on the theme. Two strangers meet on a train. Bruno is a sociopath, hopelessly in love with his mother and willing to murder his step father to have her to himself. Guy is an up and coming architect who is desperately trying to free himself from his estranged wife Miriam so that he can marry Anne his girlfriend. Bruno suggests that he should murder Miriam and in return Guy should murder his step father; it would be the perfect crime because both murders would be motiveless as long as Bruno and Guy hide any connection between the two of them.Bruno proves to be a skillful manipulator and the weaker Guy soon finds himself hopelessly entangled in his machinations. The murders are committed and the plot line revolves around the possible discovery of the murderers by a dogged detective who feels sure that Bruno is involved in some way with his step fathers death. There is plenty of suspense and Highsmith handles the excitement of the murders well. The focus is on Guy who oscillates between extreme guilt and a feeling of freedom to get on with his life. The characters of both Guy and Bruno are very well drawn and the readers sympathy is with the weak willed Guy, but only up to a point because there is more to this novel than Guys guilt.The strong characters are the women; Bruno's mother and Guys girlfriend Anne, both men commit the murders so that they are free to seal their relationships with their women. It is Highsmith's skill to depict her female characters to be both very human and very strong without bearing any responsibility for the actions of their men. Although they do not figure very much in the plot the readers sympathy is also with them. Another major theme is the relationship between the two men. Bruno becomes obsessed with Guy. He appears to be all that Bruno is not. A successful career man and artist, a man able to forge successful relationships with women and admired by his peer group. There is more however and a sexual frisson develops, which both men feel, but can hardly contemplate:Guy felt an unpleasant twitch in his upper lip. He might have been Bruno's lover, he thought suddenly, to whom Bruno had brought a present, a peace offering.Highsmith tentatively explores this aspect of their relationship and it made me think of Enduring Love by Ian McEwan where the idea of obsessional love drives the plot of this novel. Highsmith's novel is a toned down but more subtle expose of obsession and its consequences. There is more to this novel than a clever murder story.
  • (3/5)
    The premise is fascinating, but something about the way this was written made it hard for me to get into. Two gentleman meet on a train. One, Guy, latches on to the other and after a bit of conversation learns that he wants to divorce his wife and marry his mistress. Guy suggests that since he too has someone he would like to get rid of (his father) the perfect solution would be for each to murder the others nemesis--since each woud have no obvious motive there would be no way they would be suspected. The other gentleman passes this conversation off as Guy's drunken blather, but when Guy keeps contacting him after their chance meeting and then suddenly his wife dies he realizes that Guy really meant it--and that now ihe is in the worst trouble of his life. Guy's tremendous ability to sway this gentleman is brilliantly portrayed, but some of the detailed musings and descriptions of the characters inner angst was not the most thrilling thing to read. If you like wordy introspection combined with suspense, give it a try--otherwise skim over it and just read the action scenes or watch the movie.
  • (4/5)
    This book is very serious I thought. And I felt Guy is the most unlucky person. He strayed from the path of success and happy life. I thought we must collect right friends. Or we maybe become like him. It is very scary!!
  • (3/5)
    A rather morbid story of murder and guilt that meanders too much in the trivial.
  • (4/5)
    A really good book. Enjoyed the whole Alfred Hitchcock-y feel (have not seen the movie though). It is quite a journey into the psyche of two men. Their thoughts to their words to their actions. Psych and Comm students will enjoy seeing theories and models come to life. Certainly makes me want to read other Highsmith books.
  • (3/5)
    While this book certainly has it's weaknesses, I feel it's worth reading for it's cultural impact. Obviously there's the classic Hitchcock film, as well as references/homages/ripoffs in countless other shows. Comparisons to Crime and Punishment is probably inevitable, particularly when one compares the detectives.As with Crime and Punishment, though, the book kind of falls at the end for me. It ends rather abruptly for my taste, but I don't really know how else it could have ended.While I do prefer Highsmith's other novels, I feel it's still worth reading. If I could give half stars, I'd probably give it a 3.5, but it's not quite to a four for me.
  • (3/5)
    I've been reading a lot of Patricia Highsmith this past year, and I have to say I was a little disappointed with this one, her first novel and still one of her most famous.The premise is quite good. When I heard the basic plot summary, I thought it was going to be about two people conspiring together for mutually beneficial murders. That's actually not at all how the story goes, it's really more than one of the strangers (Bruno) is borderline insane, and not only does he do a murder without the other person's (Guy's) consent, he then coerces, blackmails, and basically haunts Guy until he commits the murder he imagines he's earned in exchange.Bruno doesn't have any problem with what he's done, but a lot of the last third of the book is about Guy's conscience and how his deed weighs on him. The pace slows way down through these sections, and I found myself wondering where the story was going while Guy continued to deal with his guilt and the continued insistence by Bruno that the two are friends. I liked Bruno a bit for that, he was a very believable borderline crazy.The investigations catch up to the two and then fizzle out, but I have to admit the ending was quite good, even if it took me forever to get through the large sections immediately before it. I probably would have liked it a lot more without Guy's lengthy diatribes about the dichotomy of good and evil within the self. It was still a good book though, a very enjoyable read, but just not as fantastic as everything else I've read by Highsmith.
  • (4/5)
    I have the feeling I have read this book before. Now I am listening to it, unabridged, of course.Scary that sociopaths can go unnoticed in society, but that is no surprise. Guy meets Charles Bruno on a train, confides in Bruno about his wife (whom he has discarded and wants a divorce from pronto). Bruno is then unleashed, creating in his own mind an unnaturally intimate relationship with Guy. He executes "the perfect crime" seemingly without a motive when he kills Guy's wife. But, of course, there is a motive--Bruno wants Guy to kill his father. How far will Guy go? I will have to listen on.....
  • (5/5)
    Two people meet on a train; they make a pact to kill each other's victims, so that noone can suspect them.