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Nada que temer

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Nada que temer

valoraciones:
4/5 (20 valoraciones)
Longitud:
318 página
8 horas
Publicado:
Feb 1, 2010
ISBN:
9788433934871
Formato:
Libro

Descripción

Julian Barnes creció en una familia de tenues experiencias religiosas. Su hermano filósofo, Jonathan Barnes, después de ir a un par de servicios religiosos recuerda haberse sentido como un «niño antropólogo entre antropófagos». Julian Barnes tampoco cree en Dios, pero dice que le echa de menos. Y así comienza esta irónica y divertida memoria familiar –con vívidos retratos de sus abuelos, sus padres, y su hermano filósofo, pero también de los escritores que le acompañan cada día–, una meditación sobre nuestra condición de mortales y una intensa celebración del arte y la literatura.

Publicado:
Feb 1, 2010
ISBN:
9788433934871
Formato:
Libro

Sobre el autor

Julian Barnes (Leicester, 1946) se educó en Londres y Oxford. Está considerado como una de las mayores revelaciones de la narrativa inglesa de las últimas décadas. Entre muchos otros galardones, ha recibio el premio E.M. Forster de la American Academy of Arts and Letters, el William Shakespeare de la Fundación FvS de Hamburgo y es Chevalier de l'Ordre des Arts et des Lettres.


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Índice

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NADA QUE TEMER

NOTAS

CRÉDITOS

a P.

No creo en Dios, pero le echo de menos. Es lo que digo cuando se aborda el asunto. Pregunté a mi hermano, que ha enseñado filosofía en Oxford, Ginebra y la Sorbona, qué le parecía esta declaración, sin revelarle que era mía. Contestó con una sola palabra: «Sensiblera.»

Hay que empezar por una persona: mi abuela materna, Nellie Louisa Scoltock, de soltera Machin. Era profesora en Shropshire hasta que se casó con mi abuelo, Bert Scoltock. No Bertram ni Albert, Bert a secas: bautizado, llamado e incinerado así. Era un director de escuela con ciertas dotes para la mecánica: un hombre de motocicleta y sidecar, más tarde propietario de una Lanchester y, después de jubilado, de un deportivo Triumph Roadster bastante pretencioso, con un asiento delantero para tres personas y dos individuales cuando se bajaba la capota. Cuando les conocí, mis abuelos se habían afincado en el sur para estar cerca de su única hija. La abuela fue al Women’s Institute; encurtía y envasaba, desplumaba y asaba las gallinas y gansos que criaba el abuelo. Era menuda, de apariencia transigente, y tenía los nudillos gruesos de la vejez; necesitaba jabón para sacarse la alianza de casada. En el ropero conyugal abundaban los cárdigan tejidos en casa, y el abuelo solía ponerse suéters de ochos. Tenían citas periódicas con el callista y pertenecían a la generación a la que los dentistas aconsejaron extraer todos los dientes de una sentada. Esto era por entonces el rito de tránsito normal: pasar de un salto de una dentadura desastrosa a una enteramente de porcelana, a todo aquel deslizamiento y tableteo bucal, a la vergüenza social y al vaso espumeante en la mesilla de noche.

La sustitución de los dientes por dentaduras postizas nos parecía a mi hermano y a mí tan grave como procaz. Pero en la vida de mi abuela había habido otro cambio enorme al que nunca se aludía en su presencia. Nellie Louisa Machin, hija de un obrero de una fábrica química, se había criado como metodista; los Scoltock, por el contrario, eran anglicanos. En algún momento de su vida adulta, aún joven, mi abuela había perdido de repente la fe y, en el conciliador relato de la tradición familiar, encontró un sustituto: el socialismo. Ignoro lo firme que había sido su fe religiosa, o cuál era el credo político de la familia; lo único que sé es que la derrotaron cuando se presentó como candidata del partido socialista para el cabildo local. Cuando la conocí, a principios de los años cincuenta, había evolucionado hasta el comunismo. Debió de ser uno de los pocos pensionistas ancianos del Buckinghamshire suburbano que compraba el Daily Worker y –como nos repetíamos mi hermano y yo– distraía dinero de casa para enviar donaciones al fondo de campaña del periódico.

A finales de los cincuenta tuvo lugar el cisma chino-soviético, y comunistas de todo el mundo tuvieron que elegir entre Moscú o Pekín. Para la mayoría de los fieles europeos no fue una elección difícil; tampoco lo fue para el Daily Worker, que recibía tanto fondos como directivas de Moscú. Mi abuela, que no había pisado el extranjero en su vida, y que vivía en una cómoda casa de una planta, por motivos no declarados decidió sumarse al bando de los chinos. Yo acogí esta decisión misteriosa con un franco interés personal, ya que al Worker lo complementaba ahora el China Reconstructs, una revista herética enviada directamente por correo desde el lejano continente. La abuela me guardaba los sellos de los sobres, de un color amarillo grisáceo. Las revistas solían festejar logros industriales –puentes, embalses hidroeléctricos, los camiones fabricados en las cadenas de producción– o bien mostrar diversas variedades de palomas en pacífico vuelo.

Mi hermano no competía por esos donativos, porque unos años antes había habido en casa un cisma filatélico. Él había decidido especializarse en el Imperio Británico. Yo, para reafirmar mi diferencia, anuncié que en consecuencia me especializaría en una categoría que denominé, como me pareció de lo más lógico, «resto del mundo». Se definía exclusivamente en función de lo que mi hermano no coleccionaba. Ya no recuerdo si fue una iniciativa agresiva, defensiva o puramente pragmática. Lo único que sé es que condujo a algunos trueques frustrantes en el club de filatelia del colegio entre coleccionistas que acababan de ponerse pantalones largos. «Entonces, Barnesy, ¿de qué haces colección?» «Del resto del mundo.»

Mi abuelo usaba Brylcreem, y el antimacasar en su butaca Parker Knoll –un modelo de respaldo alto, con brazos sobre los cuales dormitar– no era meramente decorativo. El pelo se le había encanecido antes que el de la abuela; tenía un bigote recortado, militar, una pipa con boquilla de metal y una petaca que ensanchaba el bolsillo de su cárdigan. También usaba un audífono voluminoso, otro aspecto del mundo adulto –o, más bien, del mundo de la más lejana madurez– del que a mi hermano y a mí nos gustaba burlarnos. «¿Cómo dices?», nos gritábamos satíricamente, ahuecando las manos sobre los oídos. Los dos aguardábamos ansiosos el apreciado momento en que el estómago de nuestra abuela produjera un estruendo suficiente para que el abuelo sordo preguntara: «¿Teléfono, mamá?» Después de un gruñido avergonzado, volvían a enfrascarse en sus periódicos. El abuelo, en su butaca masculina, con el audífono silbando de vez en cuando y el borboteo de la pipa cuando la chupaba, meneaba la cabeza al leer el Daily Express, que le describía un mundo donde la amenaza comunista ponía constantemente en peligro la verdad y la justicia. En su butaca, más mullida y femenina –en el rincón rojo–, la abuela criticaba el Daily Worker, que le describía un mundo donde el capitalismo y el imperialismo ponían constantemente en peligro la verdad y la justicia, en sus respectivas versiones actualizadas.

Por aquella época, el abuelo había reducido su práctica religiosa a ver Songs of Praise en la televisión. Hacía trabajos de carpintería y jardinería; cultivaba su propio tabaco y lo secaba en el desván del garaje, donde también almacenaba tubérculos de dalia y ejemplares viejos del Daily Express atados con un cordel. A mi hermano, que era su favorito, le enseñó a afilar un formón y le dejaba su caja de herramientas de carpintería. No recuerdo que a mí me enseñara (o me dejara) nada, aunque una vez se me permitió presenciar cómo mataba una gallina en el cobertizo de su jardín. Se puso el animal debajo del brazo, lo acarició para que se calmase y después le colocó el cuello encima de una máquina escurridora de metal verde atornillada a la jamba de la puerta. Al bajar la manija, sujetó con más fuerza todavía el cuerpo de la gallina en sus últimas convulsiones.

A mi hermano no sólo le dejaban mirar, sino también participar. En varias ocasiones tuvo que tirar de la palanca mientras el abuelo sujetaba al ave. Pero nuestros recuerdos sobre las matanzas en el cobertizo difieren hasta ser incompatibles. Para mí, la máquina se limitaba a retorcer el cuello de la gallina; para él era una guillotina juvenil. «Tengo una imagen clara de un pequeño cesto debajo de la cuchilla. Tengo una imagen (menos clara) de la cabeza cayendo, de la sangre (no mucha), del abuelo depositando en el suelo a la gallina decapitada y de que seguía corriendo un momento...» ¿Está mi recuerdo desinfectado o el suyo infectado por películas sobre la Revolución Francesa? En ambos casos, el abuelo presentó a mi hermano la muerte –y su lado chapucero– mejor que a mí. «¿Te acuerdas de cómo el abuelo mataba a los gansos antes de Navidad?» (No me acuerdo.) «Perseguía por el corral al ganso elegido, con una barra de hierro en la mano. Cuando por fin lo enganchaba, por si acaso lo tumbaba en el suelo, le colocaba la barra encima del cuello y tiraba de la cabeza.»

Mi hermano recuerda un rito –que yo nunca presencié– que llamaba la «lectura de los diarios». Los abuelos llevaban un diario cada uno, y algunas noches se entretenían leyéndose en voz alta lo que habían anotado la misma semana de varios años antes. Al parecer, las reseñas eran de una banalidad notable, pero a menudo discrepantes. El abuelo: «Viernes. Trabajo en el jardín. Planto patatas.» La abuela: «Tonterías. Llueve todo el día. Demasiada agua para trabajar en el jardín.»

Mi hermano también recuerda que una vez, siendo él muy pequeño, entró en el jardín del abuelo y arrancó todas las cebollas. El abuelo le propinó tal tunda que mi hermano aullaba y luego se puso blanco, lo que era muy raro en él, se lo confesó todo a nuestra madre y juró que nunca volvería a levantar la mano contra un niño. En realidad, mi hermano no recuerda nada de esto: ni las cebollas ni la zurra. Se limitaba a repetir la historia que nuestra madre le había contado muchas veces. Y, en efecto, si la recordara, más le valdría ser cauteloso. Como filósofo, cree que los recuerdos son con frecuencia falsos, «hasta el punto de que, de acuerdo con el principio cartesiano de la manzana podrida, no hay que fiarse de nada que no tenga algún apoyo externo». Como yo soy más confiado, o me engaño más, continuaré con mis recuerdos como si fueran verdaderos.

A nuestra madre la bautizaron con el nombre de Kathleen Mabel. Detestaba el nombre de Mabel y se quejó al abuelo, cuya explicación al respecto fue que «una vez había conocido a una chica encantadora que se llamaba Mabel». Ignoro los avances o retrocesos de las creencias religiosas de mi madre, aunque tengo su devocionario, encuadernado junto con Himnos antiguos y modernos en ante flexible de color marrón, y los dos tomos están firmados con una tinta sorprendentemente verde y con su nombre y la fecha: «Dic: 25th.1932.» Admiro su puntuación: dos puntos seguidos y dos puntos, con el punto debajo del «th» colocado exactamente entre las dos letras. Ya no se puntúa así hoy día.

En mi infancia, los tres temas que no se podían mencionar eran los tradicionales: la religión, la política y el sexo. Cuando mi madre y yo empezamos a hablar de estos asuntos –es decir, de los dos primeros, porque el tercero estaba permanentemente excluido de la agenda–, ella era «conservadora pura» en política, como yo intuía que siempre había sido. En cuanto a la religión, me dijo firmemente que no quería «ninguna de esas paparruchas» en su funeral. De modo que cuando el hombre de la funeraria me preguntó si quería que quitasen los «símbolos religiosos» de la pared del crematorio, le dije que creía que era lo que habría deseado mi madre.

Por cierto, el condicional perfecto es un tiempo verbal del que recela muchísimo mi hermano. Mientras aguardábamos a que comenzase el funeral tuvimos no una discusión –habría sido algo opuesto a la tradición familiar–, sino un diálogo que demostró que si bien yo, según mis criterios, soy un racionalista, según los suyos soy un racionalista muy débil. Cuando un primer ataque incapacitó a nuestra madre, accedió alegremente a que su nieta C. utilizase su coche: el último de una larga serie de Renault, la marca a la que mi madre había demostrado una lealtad francófila durante cuatro decenios. De pie con mi hermano en el aparcamiento del crematorio, yo estaba buscando la conocida silueta francesa cuando mi sobrina llegó al volante del coche de su novio, R. Comenté (con suavidad, estoy seguro): «Creo que a mamá le habría gustado que C. viniera en su coche.» A mi hermano, con la misma suavidad, mi comentario le pareció una ofensa a la lógica. Puntualizó que existen los deseos de los muertos, es decir, cosas que la gente ahora difunta quiso en otro tiempo, y existen los deseos hipotéticos, esto es, cosas que la gente habría o podría haber querido. «Lo que mamá habría deseado» era una combinación de ambas: un deseo hipotético de los muertos y, por consiguiente, doblemente cuestionable. «Sólo podemos hacer lo que nosotros queremos», explicó; permitirnos el hipotético materno era tan irracional como si él mismo fuera a prestar atención a sus propios deseos pretéritos. Le respondí argumentando que deberíamos hacer lo que a ella le habría gustado que hiciéramos, a) porque tenemos que hacer algo, lo cual, en ocasiones (a no ser que simplemente dejemos que su cuerpo se pudra en el jardín trasero), implica elegir; y b) porque confiamos en que cuando muramos otras personas hagan lo que a nuestra vez habríamos querido.

No veo a mi hermano con mucha frecuencia y por lo tanto me asombra a menudo el modo en que trabaja su cerebro; pero es totalmente sincero en lo que dice. Después del funeral, cuando le llevé en mi coche a Londres, tuvimos una conversación aún más singular –para mí– sobre mi sobrina y su novio. Llevaban mucho tiempo juntos, aunque durante un periodo de distanciamiento C. había salido con otro chico. A mi hermano y a su mujer les había desagradado al instante aquel intruso, y mi cuñada, por lo visto, sólo había necesitado diez minutos para «disuadirle». No pregunté cómo lo había hecho. Pregunté, en cambio:

–Pero ¿apruebas a R.?

–Es intrascendente si le apruebo o no –respondió mi hermano.

–No, no lo es. C. quizá quiere que le apruebes.

–Al contrario, quizá quiera que no le apruebe.

–Pero, de todos modos, no es intrascendente para ella que tú apruebes o desapruebes.

Se lo pensó un momento.

–Tienes razón –dijo.

Tal vez se vea en estas conversaciones que es el hermano mayor.

Mi madre no había expresado su voluntad sobre la música que quería en su funeral. Elegí los primeros movimientos de la sonata para piano en mi bemol mayor K282 de Mozart, una de esas largas que se despliegan y se rebobinan majestuosamente, graves incluso cuando se vuelven vivaces. Pareció que duraba unos quince minutos en vez de los nueve que se indicaba en la carátula, y me pregunté a veces si era una de las repeticiones mozartianas o el reproductor de CD del crematorio que giraba hacia atrás. El año anterior yo había participado en Desert Island Discs, donde el Mozart que yo había escogido era el Réquiem. Posteriormente mi madre me telefoneó para discutir el hecho de que yo me había declarado agnóstico. Me dijo que así se declaraba mi padre: ella, por el contrario, era atea. Oyéndola, parecía que la agnóstica era una posición liberal de chichinabo, comparada con la realidad de verdad-y-fuerzas-del-mercado del ateísmo.

–¿Qué es todo eso sobre la muerte, por cierto? –continuó. Le expliqué que no me gustaba la idea de la muerte.

–Eres como tu padre –contestó ella–. Quizá sea por tu edad. Cuando llegues a la mía no te importará tanto. Lo mejor de mi vida ha pasado, a fin de cuentas. Y piensa en la Edad Media: entonces la esperanza de vida era cortísima. Hoy día vivimos setenta, ochenta, noventa años... La gente sólo cree en la religión porque tiene miedo de la muerte.

Era una típica declaración de mi madre: lúcida, dogmática, explícitamente intransigente con opiniones opuestas. Su dominio de la familia y sus certezas sobre el mundo aclararon las cosas en mi infancia, las volvieron restrictivas en mi adolescencia y machaconamente repetitivas en mi madurez.

Después de su incineración, recuperé el CD de Mozart del «organista», que, me paré a pensar, debía de cobrar actualmente sus honorarios íntegros por meter y sacar una sencilla grabación en CD. Cinco años antes, mi padre había sido despedido, en un crematorio distinto, por un organista activo que se ganó su dinero honradamente tocando a Bach. ¿Era «lo que él habría querido»? No creo que hubiese puesto reparos; era un hombre discreto, de mentalidad liberal, que no se interesaba mucho por la música. En esto, como en la mayoría de las cosas, delegaba en su mujer, aunque no sin numerosos comentarios aparte calladamente irónicos. La ropa que él se ponía, la casa en que vivían, el coche que conducían: todas estas cosas las decidía ella. Cuando yo era un adolescente implacable juzgué débil a mi padre. Más tarde le consideré dócil. Más tarde aún, autónomo en sus opiniones pero reacio a polemizar por ellas.

La primera vez que fui a la iglesia con mi familia –para la boda de un primo–, observé asombrado que mi padre se postraba de rodillas en un banco y a continuación se tapaba la frente y los ojos con una mano. Me pregunté de dónde procedía aquello, antes de hacer un desganado gesto emulador de piedad, acompañado de atisbos furtivos a través de los dedos. Fue uno de esos momentos en que los padres te sorprenden, no porque hayas aprendido algo nuevo sobre ellos, sino porque has descubierto otra zona de ignorancia. ¿Estaba siendo mi padre simplemente educado? ¿Pensaba que si se limitaba a caer de rodillas le tomarían por un ateo shelleyano? Lo ignoro.

Tuvo una muerte moderna, en el hospital, sin su familia, atendido por una enfermera en sus minutos postreros, meses –años, de hecho– después de que la ciencia médica hubiese prolongado su vida hasta el punto de ofrecerle unas mediocres condiciones de supervivencia. Mi madre le había visto unos días antes, pero después sufrió un acceso de herpes. En aquella visita última, él se había mostrado muy confuso. Mi madre le había hecho una pregunta muy propia de ella: «¿Sabes quién soy? Porque la última vez que vine, no sabías quién era yo.» Mi padre había contestado algo muy propio de él: «Creo que eres mi mujer.»

Llevé a mi madre en coche al hospital, donde nos dieron una bolsa de plástico negra y una especie de petate de color crema. Ella clasificó el contenido muy rápidamente, sabiendo exactamente lo que quería y lo que había que dejar para –o al menos en– el hospital. Era una pena, dijo, que él no llegara a ponerse nunca las grandes zapatillas marrones con los cómodos cierres de velcro que ella le había comprado unas semanas antes; inexplicablemente para mí, se las llevó a casa. Expresó su horror a que le preguntaran si quería ver el cadáver de papá. Me dijo que cuando murió el abuelo, la abuela no había hecho «nada» y que ella tuvo que encargarse de todo. Salvo que en el hospital había surgido una necesidad conyugal o atávica y la abuela insistió en ver el cuerpo de su marido. Mi madre intentó disuadirla, pero ella se mostró inflexible. Las llevaron a un espacio de observación mortuorio y les mostraron el cuerpo del abuelo. La abuela se volvió hacia su hija y dijo: «¿No tiene un aspecto horrible?»

Cuando mi madre murió, en la funeraria de un pueblo vecino nos preguntaron si la familia quería ver el cuerpo. Yo dije que sí; mi hermano dijo que no. En realidad, su respuesta –cuando le telefoneé para preguntárselo– fue: «Dios Santo, no. Estoy de acuerdo con Platón en esto.» Yo no tenía inmediatamente en la cabeza el texto al que se refería. «¿Qué dijo Platón?», pregunté. «Que no era partidario de ver cadáveres.» Cuando me presenté solo en la funeraria –que no era más que una ampliación en la trastienda de una empresa local de transportes–, el director se disculpó diciendo:

–Me temo que por el momento ella sólo está en la trastienda.

Le dirigí una mirada interrogante y él completó su explicación:

–Está en un carrito.

–Oh, no era amiga de ceremonias –dije, sin pensarlo, aunque no podía afirmar lo que ella habría querido o no en aquellas circunstancias.

Yacía en un cuarto pequeño y limpio, con una cruz en la pared; estaba, en efecto, en un carro, con la cabeza vuelta hacia mí cuando entré, evitando de este modo un cara a cara instantáneo. Parecía, bueno, muy muerta: con los ojos cerrados y la boca entreabierta, más abierta en la comisura izquierda que en la derecha, lo que era muy típico de ella: con un cigarrillo colgado de la comisura derecha, hablaba por el otro lado hasta que la ceniza entraba en un equilibrio precario. Traté de imaginar su conciencia, tal como podría haber sido, en el momento del fallecimiento. Había sobrevenido un par de semanas después de su traslado desde el hospital a una residencia de ancianos. Para entonces ya sufría una demencia completa, de dos fases alternadas: en una de ellas creía aún que estaba al cargo de cosas y reñía continuamente a las enfermeras por errores imaginarios; en la otra reconocía que había perdido el control y se convertía de nuevo en una niña, y todos los familiares muertos estaban todavía vivos y tenía una importancia apremiante lo que acababa de decir su madre o su abuela. Antes de su demencia yo desconectaba muchas veces durante sus monólogos solipsistas; de repente, se había vuelto dolorosamente interesante. Yo no paraba de preguntarme de dónde salía todo aquel material y cómo el cerebro fabricaba aquella realidad falsa. Ahora tampoco podía reprocharle que sólo quisiera hablar de sí misma.

Me dijeron que había dos enfermeras con ella en el momento de la muerte, y que estaban ocupadas en darle la vuelta cuando ella acabó de «marcharse». Me gusta imaginar –porque habría sido característico, y la gente debería morir como ha vivido– que su último pensamiento fue para sí misma y algo como: «Oh, pues adelante.» Pero esto es sentimentalismo –lo que ella habría querido (o más bien lo que yo habría querido para ella)– y quizá, si es que pensó algo, se imaginó que volvía a ser niña y que, postrada por una fiebre molesta, le daban la vuelta un par de familiares muertos hacía mucho tiempo.

En la funeraria le toqué la mejilla varias veces y luego la besé en el flequillo. ¿Estaba tan fría porque había estado en el congelador o porque es natural que los muertos estén tan fríos? Y no, no tenía un aspecto horrible. No había nada exagerado en ella, y le habría complacido saber que tenía el pelo decentemente arreglado («Por supuesto que nunca me lo tiño», se jactó una vez ante la mujer de mi hermano. «Es todo natural.»). Admito que querer verla muerta obedecía más a una curiosidad de escritor que a sentimientos filiales; pero tenía que despedirme de ella, a pesar del largo tiempo que me había exasperado. «Bravo, mamá», le dije en voz baja. Efectivamente, había muerto «mejor» que mi padre. Él había sobrellevado una serie de ataques y su decadencia se prolongó durante años; ella había pasado del primer ataque a la muerte de una forma en conjunto más rápida y eficiente. Cuando recogí la bolsa con su ropa en la residencia (una palabra que me indujo a preguntarme qué sería una residencia «no residencial»),¹ pesaba más de lo que me esperaba. Primero descubrí una botella de Harvey’s Bristol Cream, y luego, en una caja de cartón cuadrada, un pastel de cumpleaños intacto, comprado en una tienda por amigos del pueblo que la habían visitado en su ochenta y dos y definitivo aniversario.

Mi padre había muerto a la misma edad. Yo siempre me había imaginado que la suya sería para mí la muerte más dura, porque yo le había querido más, mientras que a lo sumo sentía un cariño irritado por mi madre. Pero sucedió al revés: lo que había esperado que fuese la muerte menor resultó más complicada, más peligrosa. La muerte de mi padre sólo fue su muerte; la de mi madre fue la muerte de ambos. Y la posterior limpieza de la casa se convirtió en la exhumación de lo que habíamos sido como familia; no constituíamos una de verdad desde los primeros trece o catorce años de mi vida. Ahora, por primera vez, inspeccioné el bolso de mi madre. Aparte de los objetos habituales, contenía un recorte del Guardian donde se enumeraban los veinticinco mejores bateadores ingleses de la posguerra (aunque ella nunca leía el Guardian); y una foto de nuestro perro de la infancia, Max, un golden retriever. Con una letra desconocida, estaba escrito en el reverso «Maxim: le chien», y P., uno de los assistants franceses de mi padre, debió de sacar la foto, o al menos escribir la nota, a principios de los años cincuenta.

P. era de Córcega, un tipo de trato fácil y que poseía el rasgo, para mis padres típicamente galo, de ventilarse el sueldo del mes en cuanto lo cobraba. Vino a pasar varias noches en casa hasta que encontrase alojamiento, y acabó quedándose un año entero. Mi hermano entró en el cuarto de baño una mañana y descubrió a aquel desconocido afeitándose delante del espejo. «Si te vas de aquí», le informó el hombre con la cara cubierta de espuma, «te contaré la historia de Beezy-Weezy.» Mi hermano se marchó y resultó que P. sabía una serie completa de las aventuras que le habían sucedido a Beezy-Weezy, ninguna de las cuales recuerdo. También poseía una vena artística: hacía estaciones de tren con paquetes de cornflakes, y una vez regaló a mis padres –quizá en lugar del alquiler– dos pequeños paisajes que había pintado. Colgaron de la pared durante toda mi infancia y me parecían increíblemente habilidosos, pero entonces me lo habría parecido el cuadro más remotamente figurativo.

En cuanto a Max, o se había escapado o –ya que no podíamos imaginar que nos hubiese abandonado– nos lo habían robado, poco después de que le hicieran la foto; y estuviera donde estuviese, debía de llevar más de cuarenta años muerto. Aunque a mi padre le habría gustado, mi madre nunca quiso tener otro perro.

Habida cuenta de mi historial familiar de fe atenuada, combinada con irreligión enérgica, yo podría, como parte de la rebeldía adolescente, haberme convertido en un devoto. Pero ni el agnosticismo de mi padre ni el ateísmo de mi madre tuvieron nunca una expresión plena, y mucho menos fueron presentados como actitudes ejemplares, por lo que quizá no justificaban la rebelión. Supongo que de haber sido posible podría haberme hecho judío. Fui a una escuela en que, de novecientos chicos, unos ciento cincuenta eran judíos. En conjunto, tanto en el atuendo como socialmente, parecían más avanzados; llevaban mejor calzado –uno de mi edad hasta tenía un par de botas de caña corta, con los lados elásticos– y sabían de chicas. También tenían más días de vacaciones, un privilegio obvio. Y hubiera causado un provechoso escándalo a mis padres, que profesaban el antisemitismo moderado propio de su edad y de su clase. (Cuando pasaban los títulos de crédito de una obra de teatro para televisión y aparecía un nombre como Aaronson, uno de los dos comentaba irónicamente: «Otro galés.») Pero no observaban una conducta distinta con mis amigos judíos, uno de los cuales se llamaba –al parecer con motivo– Alex Brilliant. Hijo de un estanquero, Alex

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Nada que temer

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Reseñas de lectores

  • (5/5)
    Laying my cards firmly on the table I must make declarations. I have to declare, first, that I had never heard of Julian Barnes when I wandered into a Barnes and Noble’s, largesse and credit card in hand, eager to expand my universe. Second, I bought this book (amongst a plethora of others) on a whim because the cover was interesting, somehow. Third I do not share Barnes’ a-theological/a-gnostic worldview. On the other hand, I didn’t know he had one, because I didn’t know who he was. Oh – and this was two years before he won the 2011 Man Booker Prize. I have read nothing else of his. Eventually I drew the book down from a shelf, randomly, to read. As I began it my heart sank: here was another Hitchens-Dawkins-Hawkins (McGrath refers to the first two as ‘Ditchkens) somewhat self-satisfied ‘my parents, grandparents and great-grand-marsh-amoeba grew out of theism/deism/christianity millennia ago and I thank the non-existent god that I was was brought up without that nonsense. Now let’s deliver the death-blow to its meaningless ramblings'. I braced myself for my inevitable defensive response: ‘oh shit - here goes another Ditchkins “all Christians are dumb fuckers” tirade about the death of superstition and the birth of superior knowledge created in the image of Hawkins or Dawkins or Hitch-whoever-he-is/they are.’ Sure enough by page seven religious liturgy, at least in the context of funeral rites, was ‘mumbo-jumbo. Five pages later I found myself reading a book I could barely part from (Barnes has clearly generated a precedent for preposition abuse!). In a thanatologically-obsessed interior monologue, sort of Louis-Ferdinand Céline meets James Joyce, Barnes takes us in labyrinthine circles around the history of his and his family’s fear of death. His family? His biological family, especially his much-almost-maligned brother, who in fact is Jonathan Barnes, but who is here never given a name, appear often; so too does a wider, broader, and arguably more influential family of literary, philosophical, musical and other artistic giants: Flaubert, Turgenev, Shostakovich, Rachmaninov, Renard, Wittgenstein, Dawkins (whose thanatological certainties are treated with disdain), even (of course) Kübler-Ross, dance around in what theologians (who he doesn’t cite) might call a perichoretic dance. Like the bar of soap in Ullyses, references appear, disappear and reappear in seemingly, but perhaps actually, random sequences. Barnes’ lack of exposure to the reality of death undoubtedly mars his approach to the universal experience. His obsession borders, at least in the authorial voice of this book, on pathology (he thinks about death ‘at least once each waking day’, he tells a friend – ‘and then there are the intermittent nocturnal attacks’, 24). He cites case after case of macabre or cruelly inappropriate deaths – with one or two cruelly appropriate deaths to counterbalance eternity’s brutality (Pavel Apostolov, anyone, who died in a performance of his political prey Shostakovich’s ‘death-haunted 14th Symphony’? - see 201-202). He confesses to rarely ever having seen a dead body, nor watched a person die. He and I differ not only in our religious perspectives, but in our life experience (no doubt our bank accounts, too!): death and dying, dead bodies and dying bodies: these have been a routine part of my life for two or three decades. We differ, but I would not dare to offer him a sample from ‘the theological bowl of pistachio nuts’ (27). Barnes is too big for insipid pseudo-answers, and in any case is not asking for an answer. And I am not so silly as to forget that my peculiar form of religiosity dwells in the realm of choice, perhaps even absurd choice, rather than in the unchosen company of that brute universal, death. Besides, I have seen Christian believers approach death in terror, and determined atheists approach it with benevolent good will. No: Barnes deserves better than the myriad evangelistic letters he received when first he went public about his thanatological fears. Besides, who is Barnes, and who is the voice of Nothing to be Frightened Of – and who can tell or should tell? Barnes writes beautifully, never so much as threatening a dull or clichéd moment, writes (so far as I can tell) with brutal honesty, writes with death-delaying (in my dreams!) humour. Barnes has written a book that cuts to the quick of biological existence, simultaneously laying down a gauntlet, a misère, and a white flag at the personified feet of that universal ultimate word, Thanatos. For that I am grateful, even if in my own private idiocies I shall march, hobble, crawl, writhe, fall or snore to my own death claiming confidence not only that Thanatos is terminally mortal, but that Barnes will be amongst the frustrated a-theists and a-gnostics – the hyphenization is no accident – who provide God with ‘ludic pleasure’ (208) and who discover that the words ‘the end’ are followed not with a full-stop but an ellipsis. In my naïve faith-filled idiocies God’s ludic pleasures will be toasted with a celestial beer, and Barnes will at last laugh long on the benevolent side of his terminal question mark, where tears (and fears) shall be no more.
  • (5/5)
    This book is a mediation on mortality. Is is not to be feared? Is it a nothingness, which we face with dread? Like Barnes, I'm an agnostic, without either the certainty of belief or the certainty of unbelief. Like Pope's Essay on Man: "In doubt to act or rest/In doubt to judge himself a god, or beast." If you can stand to hang between, this book is for you.
  • (2/5)
    Tedious brief. Plenty of anecdotes worth reading the first time they are mentioned, but not subsequently. Most of the book is wondering digression, repetition without elaboration, and inexpert/inaccurate speculation. Could have been wonderful if it had more seriousness/focus/heart/editing. A disappointment.
  • (4/5)
    I loved Julian Barnes's recent novel, THE SENSE OF AN ENDING, so thought I'd try his semi-autobiographical meditation on death and dying, NOTHING TO BE FRIGHTENED OF. In it he talks of his progression from being a young atheist to an older, if not wiser, agnostic. There is much in here about his parents, who were both teachers of French. His older brother Jonathan, a philosopher, is also in here, as well as frequent references and quotes from an early ancestor, Jules Renard, who, Proust-like, kept a years-long journal. I found this book to be entertaining, in a rather black-humor sense. It IS about death, after all. But Barnes displays a robust sense of humor about it all, and I especially enjoyed the notes from that long ago ancestor, Renard. Here is one -"It is when faced with death that we turn most bookish." Hmm ... But I've ALWAYS been 'bookish.' Will I become even more so when death approaches?Here's a quote from Barnes's mother about her two sons, the philosopher and the author -"One of my sons writes books I can read but can't understand, and the other writes books I can understand but can't read." (She considered many of Julian's books to be 'filthy.')And there was Faulkner's comment that "a writer's obituary should read: 'He wrote books, then he died.'" Again, Hmm ... Not a bad description, actually. Or there's this comment - pretty relevant to today's Trump times, actually - about the "papal states" in the 1840s -"Education was so discouraged that only two percent of the population could read; priests and the secret police ran everything; 'thinkers' of any kind were held a dangerous class ..."Barnes also speculates about a hypothetical operation that could take away the fear of death -"... the operation will also take away your desire to write, but many of your colleagues have opted for this treatment and found it most beneficial. Nor has society at large complained about there being fewer writers."Chuckles. And there are many such humorous snippets sprinkled throughout the book. But, I have to admit that, finally, one can handle only so much talk of death and dying, despite the witticisms. Eventually it just became a trifle tedious, and I figured out that this whole thing really wasn't going anywhere significant. So I gave it up after nearly two hundred pages, skipped ahead to THE END, which was just that. I enjoyed NOTHING TO BE FRIGHTENED OF, but only up to a point. Recommended, but with a warning that it does wear thin eventually. - Tim Bazzett, author of the memoir, BOOKLOVER
  • (5/5)
    Excelente libro, buena redacción, frases altamente memorables y muy conmovedoras.
  • (3/5)
    If you manage to read a larger number of books by Julian Barnes you may agree with my conclusion that he is a bit of a slacker if he thinks he can get away with it, and Nothing to be frightened of is a prime example. After about 50, 60 pages he turns to the reader suggesting that this book is NOT all just self-indulgent navel staring, a natural thought which he rightly assumes the reader to develop after having read that many pages, and it IS. The book utterly lacks depth and scope, it's just all about Barnes willy-nilly, highly personal insignificant musings. The prerogative of the author, yes, to "essai" but also very self-indulgent, sheer egotism to pollute 244 pages with useless ink splattering. Perhaps Barnes' whimsicality is to emphasize that he knows as little about the topic as you, me and the milkman do, but then what's the point of the book in the first place? Yes, perhaps simply for him to make money, and for readers to while away the time uselessly; after all, Nothing to be frightened of is no more or less useful than a piece of fiction. It is just a clever ploy of the author and / or his publisher to make buyers believe they pick up a philosophical book. And, that in itself is probably postmodern irony, if you don't know what you are buying: Either you do, or you don't, the book is just the book: a fairly useless pile of paper.
  • (2/5)
    I finished this meditation on mortality out of stubbornness, but there's no reason anyone else should. Barnes's stated theme, "I don't believe in God, but I miss Him," accurately captures the sappy nostalgic navel-gazing to come.
  • (4/5)
    A challenging book to read. Not because of the writing, which is conversational and straightforward enough, but because of the subject matter. That is with Death. What he thinks about death, what others think about death and dying, how any of it makes or doesn't make sense. I'm very glad I read this book and would recommend it highly but only to people who would be open to reading an honest view on the pit into which we are all descending.. It is certainly not for everyone.
  • (4/5)
    Musings on belief (or not) in God; acceptance (or not) of death; the accuracy (or not) of memory; and the comfort (or not) of family. Spiced with little-known (to me) stories from literary history, this was an entertaining and sometimes enlightening piece on facing up to death. Reminded me of Kundera books I've enjoyed. My first Barnes, but I'll read more.
  • (5/5)
    Novelist Julian Barnes’s 2008 memoir, Nothing to Be Frightened Of, offers a fascinating look at a variety of topics, including aging, death, and the existence of God. The author wrote the book just as he was turning 60, the point in life that so many of us begin to comprehend in more than just general terms how short life really is. Interestingly, he declares that, as a young man, he was an atheist, but that his views on religion have somewhat softened now, and today he considers himself to be an agnostic. Barnes admits that he fears death. His fear, however, is based on the idea that he will forever cease to exist, not from any apprehension that he will have to face some kind of final judgment to determine where he will spend eternity. As he puts it, “I don’t believe in God, but I miss him.” Why does he miss Him? Because God, who has evolved all the way from the vengeful God of the Old Testament to the merciful God of the New Testament, seems open to “negotiation.” Death, on the other hand, “simply declines to come to the negotiating table.”As Barnes explores his own feelings about life, death, and the existence or nonexistence of an afterlife, he recalls the members of his immediate family, his childhood and adolescence, and his current relationship to friends and family. Barnes and his brother were not raised in a religious household and, partly as a consequence, their views on life and death are similar. If anything, the views of the author’s brother seem to be even more firmly felt than his because, at least according to Barnes, his brother (philosopher Jonathan Barnes) is an avowed atheist who does not fear death in the least. Despite its general theme, Nothing to Be Frightened Of is not some somber declaration of one man’s pessimistic take on the end of life. Barnes, in fact, uses a surprising amount of humor to make his points and balance the tone of his book. Some of that humor is his own, some of it he attributes to others (such as William Faulkner’s declaration that a writer’s obituary should read simply: “He wrote books, then he died.” Page 129).Representative of Barnes’s own sense of humor is this bit from page 220 in which he realizes that every writer, no matter how great his fame, will one day have a “last reader”:“At some point – it must logically happen – a writer will have a last reader…At some point, there will be a last reader for me too. And then that reader will die. And while, in the great democracy of readership, all are theoretically equal, some are more equal than others…Indeed, I was about to make some authorial gesture of thanks and praise to the ultimate pair of eyes…to examine this book, this page, this line. But then logic kicked in: your last reader is, by definition, someone who doesn’t recommend your books to anyone else. You bastard! Not good enough, eh?” Bottom Line: Nothing to Be Frightened Of is a thoroughly enjoyable memoir guaranteed to entertain while leaving the reader with plenty to ponder.
  • (3/5)
    Memoir, of necessity, treads old ground, well-worn paths. For those ruminants transfixed by a particular idea or motif, these routes can get very rutted indeed. Julian Barnes claims to be an inveterate death idler, concerned with his own death, with the deaths of his family members, the deaths of 19th century French writers, and death in general. His brother, the Aristotelian philosopher Jonathan Barnes, would say he is soppy. It is a rebuke that Julian takes to heart, both because he suspects it of himself already but also because he imagines it might mark the division between himself and his histrionically rational brother. And so his thoughts meander here and there without clear direction bounded only by death as an overarching theme, God as a (probably) non-existent delimiter of existence, and a storage box of quotations, literary historical anecdotes, and epitaphs.The best of the book is probably the opening 70 pages. Here Barnes is reflecting on his family history, often with cutting interjections from his older (and wiser?) brother. The tone is light and self-deprecating, and the effect is utterly charming. Then the book moves into God-bothering. Does he exist or doesn’t he? And if he does, what’s he like? But probably he doesn’t, right? It’s an unfortunate turn because it has no viable means of taking us forward. Barnes instead is forced to dip into his box of quotes and anecdotes as the work takes on a workmanly tone - one damn word after another. But don’t give up on it. Eventually Barnes winds his way back to his family and his earlier thoughts. He walks the same paths again and again, even to the point of reusing numerous personal anecdotes and literary quotations. But then those reuses themselves begin to take on a special character as Barnes’ native talent for narrative, as opposed to research and philosophical argument, takes hold. And so the end of the book causes you to reconsider the opening, not least because Barnes learns that a number of his family stories were just wrong. Memory played false is corrected by narrative.Julian Barnes is a fine writer, so nearly any topic he turned his hand to would have made compelling reading. Here, your reaction may depend upon whether you share his affinity for dread in the face of his own death. (He admits to a creeping suspicion that this might be an unacknowledged ‘writerly’ preoccupation.) I don’t. But I suspect for those who do, this book will be even more pleasurable than it was for me. Gently recommended.
  • (5/5)
    With his usual wit and wisdom, Barnes manages to take the reader through a thorough exploration of the subject, which is ‘the elephant in the room’ of humanity, death. It is what everyone wants to talk about and no one wants to talk about. It gets us all in the end and death can work backwards effecting our everyday approach to life. In what can only be described as a writer's understanding of how to tell a story in which the end is always present, Barnes takes us through the history of great thinking about death. He covers philosophy, art, tells us what great people have said about death and their last words. Barnes also shares his own observations about the life and death of his parents, his non-belief in God and the longings, which effect his perception of what death, and dying might be like. In the end, one wonders if the sibling rivalry between himself (a novelist) and his brother (a philosopher) might be symbolic of the struggle between our desires for some kind of emotional closure, perhaps even some kind of salvation and the cold logic that there can be no other life when life expires. I’ll take Barnes as guide on any tour and any subject, even one as illusion busting and morose as death, because, by golly, it feels like I’m more ALIVE when in the company of this great writer.
  • (5/5)
    Julian Barnes' reflections on death, God, the art of fiction, memory and his family history is a wonderful book, both thoughtful and funny. I especially like his ruminations on the art of narrative.
  • (3/5)
    Most personal nonfiction is addressed clearly outwards; as if the writers need the assurance of public eyes to validate their experience. One thing I quite liked about this book was how internal it was: it's like eavesdropping on a conversation Barnes is having with himself, attempting to console himself of his existential fear of death. I go through phases of grappling with the very same questions--is there a God? what is death?--and found this book to be a genial retread of many of my own hamster wheels, with the added bonus of neat (if navel gazing about the meaning of death & existence can ever be neat) quotes and anecdotes. Alas, there are no answers, but who would go into such a book expecting any? I am actually devoutly grateful that Barnes never does have an epiphany; it would profoundly disrupt the sense of internal conversation, of good-natured anxiety, that makes this a surprisingly worthy little read.
  • (4/5)
    Wonderful wandering essay on Death. Packed with insight irony and surprise. Provokes many a dry laugh and the occasional shudder. Wide reference to lives, and more particularly deaths, anticipations of death, graves and epitaphs, of mainly French literary figures including much of Jules Renard (new name to me). Also fine reflections on art, the (non) existence of God, the pitfalls of personal memory and of course, the art of fiction. Bonus in listening to Barnes own voice delivering it - he whispers in your ear and seems to tumble afresh on his apercus.Particularly liked his reflections on the last person to read this book, who might be a totally different kind of being and who, by definition, will fail to recommend it. Not me.
  • (5/5)
    Laying my cards firmly on the table I must make declarations. I have to declare, first, that I had never heard of Julian Barnes when I wandered into a Barnes and Noble’s, largesse and credit card in hand, eager to expand my universe. Second, I bought this book (amongst a plethora of others) on a whim because the cover was interesting, somehow. Third I do not share Barnes’ a-theological/a-gnostic worldview. On the other hand, I didn’t know he had one, because I didn’t know who he was. Oh – and this was two years before he won the 2011 Man Booker Prize. I have read nothing else of his. Eventually I drew the book down from a shelf, randomly, to read. As I began it my heart sank: here was another Hitchens-Dawkins-Hawkins (McGrath refers to the first two as ‘Ditchkens) somewhat self-satisfied ‘my parents, grandparents and great-grand-marsh-amoeba grew out of theism/deism/christianity millennia ago and I thank the non-existent god that I was was brought up without that nonsense. Now let’s deliver the death-blow to its meaningless ramblings'. I braced myself for my inevitable defensive response: ‘oh shit - here goes another Ditchkins “all Christians are dumb fuckers” tirade about the death of superstition and the birth of superior knowledge created in the image of Hawkins or Dawkins or Hitch-whoever-he-is/they are.’ Sure enough by page seven religious liturgy, at least in the context of funeral rites, was ‘mumbo-jumbo. Five pages later I found myself reading a book I could barely part from (Barnes has clearly generated a precedent for preposition abuse!). In a thanatologically-obsessed interior monologue, sort of Louis-Ferdinand Céline meets James Joyce, Barnes takes us in labyrinthine circles around the history of his and his family’s fear of death. His family? His biological family, especially his much-almost-maligned brother, who in fact is Jonathan Barnes, but who is here never given a name, appear often; so too does a wider, broader, and arguably more influential family of literary, philosophical, musical and other artistic giants: Flaubert, Turgenev, Shostakovich, Rachmaninov, Renard, Wittgenstein, Dawkins (whose thanatological certainties are treated with disdain), even (of course) Kübler-Ross, dance around in what theologians (who he doesn’t cite) might call a perichoretic dance. Like the bar of soap in Ullyses, references appear, disappear and reappear in seemingly, but perhaps actually, random sequences. Barnes’ lack of exposure to the reality of death undoubtedly mars his approach to the universal experience. His obsession borders, at least in the authorial voice of this book, on pathology (he thinks about death ‘at least once each waking day’, he tells a friend – ‘and then there are the intermittent nocturnal attacks’, 24). He cites case after case of macabre or cruelly inappropriate deaths – with one or two cruelly appropriate deaths to counterbalance eternity’s brutality (Pavel Apostolov, anyone, who died in a performance of his political prey Shostakovich’s ‘death-haunted 14th Symphony’? - see 201-202). He confesses to rarely ever having seen a dead body, nor watched a person die. He and I differ not only in our religious perspectives, but in our life experience (no doubt our bank accounts, too!): death and dying, dead bodies and dying bodies: these have been a routine part of my life for two or three decades. We differ, but I would not dare to offer him a sample from ‘the theological bowl of pistachio nuts’ (27). Barnes is too big for insipid pseudo-answers, and in any case is not asking for an answer. And I am not so silly as to forget that my peculiar form of religiosity dwells in the realm of choice, perhaps even absurd choice, rather than in the unchosen company of that brute universal, death. Besides, I have seen Christian believers approach death in terror, and determined atheists approach it with benevolent good will. No: Barnes deserves better than the myriad evangelistic letters he received when first he went public about his thanatological fears. Besides, who is Barnes, and who is the voice of Nothing to be Frightened Of – and who can tell or should tell? Barnes writes beautifully, never so much as threatening a dull or clichéd moment, writes (so far as I can tell) with brutal honesty, writes with death-delaying (in my dreams!) humour. Barnes has written a book that cuts to the quick of biological existence, simultaneously laying down a gauntlet, a misère, and a white flag at the personified feet of that universal ultimate word, Thanatos. For that I am grateful, even if in my own private idiocies I shall march, hobble, crawl, writhe, fall or snore to my own death claiming confidence not only that Thanatos is terminally mortal, but that Barnes will be amongst the frustrated a-theists and a-gnostics – the hyphenization is no accident – who provide God with ‘ludic pleasure’ (208) and who discover that the words ‘the end’ are followed not with a full-stop but an ellipsis. In my naïve faith-filled idiocies God’s ludic pleasures will be toasted with a celestial beer, and Barnes will at last laugh long on the benevolent side of his terminal question mark, where tears (and fears) shall be no more.
  • (4/5)
    Musings on belief (or not) in God; acceptance (or not) of death; the accuracy (or not) of memory; and the comfort (or not) of family. Spiced with little-known (to me) stories from literary history, this was an entertaining and sometimes enlightening piece on facing up to death. Reminded me of Kundera books I've enjoyed. My first Barnes, but I'll read more.
  • (4/5)
    Julian Barnes' prose is described as fastidious or meticulous in two of the reviews comprising the blurb for this book. And that is right, Barnes is an excessively clean, hygienic writer. Nothing to be Frightened Of is a contemplation of death and plays on the ambiguity of the title. It is less an after dinner speech than an amiable conversation with a dinner partner who is too polite and sympathetic to be offended by your dumbness and inability to respond. Essentially a dialogue as a monologue. It is a tender rather than tendentious consideration of our relationship to mortality. There are no frightening figures but plenty of literary allusions. A comfortable rather than comforting read, perhaps a little indulgent. There is a slight feeling, one that I get a lot with Barnes, that the book is written more for the author than the reader. Nevertheless there are some laugh out loud funny pieces which help to lighten the overall fairly downbeat approach.
  • (2/5)
    On page 39 Barnes writes, “Perhaps I should warn you (especially if you are philosopher, theologian, or biologist) that some of this book my strike you as amateur, do-it-yourself stuff,” and on page 165 he warns that his mind “lollops from anecdote to anecdote.” No kidding, Joolz. On the backcover Kate Summerscale claims this book is a “disquisition” on death. Uh, not quite. This book is an assortment anecdotes and quotes from a gang of Frenchmen that Barnes was unable to pull together into a coherent whole---and his “lolloping“, coincidental expository style is rather maddening (just try to follow the “argument” on pages 144-149).A strange book. He is an unbeliever that cant stop talking about the Big G. I should have thought after reflecting on the thoughts of Newton, Darwin and Freud Barnes would have, like other intellectuals, adopted some mechanistic view of universe or the self. None apparent here. Of course neither Barnes nor the parade of Frenchmen have an answer about death or God. How could they? Since there is nothing conclusive to say about death other than it concludes life as we know it, Barnes brings in other subjects to discuss: his family, memory (curiously he makes no mention of Proust) and some observations on writing that I will delve into a little further. “Fiction...balances precise observation with the free play of imagination.” Nice. “Literature can tell us best what the world consists of. It can also tell us how to live in that world, though it does it most effectively when appearing not to do so.” Interesting, although it would be better to say that some literature makes suggestions of how one might live in the world; but keep going, tell me how. (I end disappointed). “...[the novelist] wants to tell the one true story.” Losing interest, there isnt one true story. “....novelists conspire to present human life as a story progressing toward a meaningful conclusion” Okay, I’m done. I would argue Chekhov and Joyce, for instance, are counterexamples to that statement. In any event, it is pretty silly to try to say what “the novelist” is attempting to present, it would seem to be as varied as there are authors.Oh! He did write a very funny bit about his last reader. I should like to extend my arms across the years and embrace that man as my brother.
  • (5/5)
    It went on a little too long, and got a bit too flip at the end, but for the most part I very much enjoyed Barnes' thinking, writing, and sensibility. Musings on death and consciousness and philosophy, intermingled with personal stories.
  • (4/5)
    I liked this book, Julian Barnes, near my age early 60's, is reflexing on dying, death and the existance of God. Does our life have any meaning that trancends time. He doesn't know, he doubts it. I agree