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Formas de volver a casa

Formas de volver a casa

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Formas de volver a casa

valoraciones:
4.5/5 (11 valoraciones)
Longitud:
134 página
1 hora
Publicado:
Apr 8, 2011
ISBN:
9788433933041
Formato:
Libro

Descripción

Formas de volver a casa habla de la generación de quienes, como dice el narrador, aprendían a leer o a dibujar mientras sus padres se convertían en cómplices o víctimas de la dictadura de Augusto Pinochet. La esperada tercera novela de Alejandro Zambra muestra el Chile de mediados de los años ochenta a partir de la vida de un niño de nueve años.

El autor apunta a la necesidad de una literatura de los hijos, de una mirada que haga frente a las versiones oficiales. Pero no se trata sólo de matar al padre si no también de entender realmente lo que sucedía en esos años. Por eso la novela desnuda su propia construcción, a través de un diario en que el escritor registra sus dudas, sus propósitos y también cómo influye, en su trabajo, la inquietante presencia de una mujer.

Con precisión y melancolía, Zambra reflexiona sobre el pasado y el presente de Chile. Formas de volver a casa es la novela más personal de uno de los mejores narradores de las nuevas generaciones. Un libro que ratifica lo que Ricardo Piglia ha dicho sobre Alejandro Zambra: «Un escritor notable, muy perceptivo frente a la diversidad de las formas.»

Formas de volver a casa ha recibido el Premio Altazor y el Premio del Consejo Nacional del Libro de Chile en 2012.

«Con rabia y melancolía, este valioso libro pone en cuestión la crisis de un país, de la familia y de un hombre desgastado que a pesar de todo no claudica ante la soledad. Formas de volver a casa es una novela que logra configurar de manera formidable la politicidad de la sobrevivencia en un día a día que reposa en la fragilidad de la utopía individual, ligada a los afectos y a la concepción de una literatura en conjunción con la vida, al modo de un registro de los fracasos y, principalmente, de los aguantes» (Patricia Espinosa, Las Últimas Noticias).

«Zambra utiliza en esta novela un magnífico lenguaje, a la sombra de Carver: precisión, tristeza, crueldad, ternura» (Joaquín Arnáiz, La Razón).

«Zambra escribe con sutileza y habilidad, con un estilo que parece aprendido en la escuela de Hemingway, y posee la destreza suficiente para mantener la atención del lector» (Ricardo Senabre, El Cultural, El Mundo).

«La novela es un ajuste de cuentas con una época especialmente infame en Chile, la de los años 80. Y claro, los padres no podían quedar fuera de un ajusticiamiento que se precie de serlo. A veces, o más bien casi siempre, el simple acto de volver a casa se convierte en una empresa complicada y dolorosa» (Juan Manuel Vial, La Tercera).

«Formas de volver a casa -quizás como debe ser una buena novela- cruza por varios géneros y no pertenece a ninguno: posee algo de novela política (porque las circunstancias históricas coinciden con los años posteriores al golpe militar del 73), pero no es una novela acerca de la dictadura; en ambos relatos, hay una historia de amor, aunque sería inexacto señalar que se trata tan sólo de eso; es una novela de formación de un escritor, de las dificultades de escribir, del compromiso y, a la vez, de su malestar con respecto a la literatura y su condena a seguir en enlazado a ella... La estructura de la novela es clara y sólida y, sobre todo, no parece fruto sólo de un ardid. Zambra transmite una sinceridad real: no puede contar una historia sino que, además, quiere contar la historia de la historia. Ambas le interesan, no se sabe cuál más cuál menos. Ya en una, ya en la otra, es sensible, perceptivo, inteligente y atento a los detalles significativos y, en muchos momentos de la obra, el lector siente, como el narrador mismo le dice a un amigo escritor: "Eso no lo inventaste, ocurrió así"» (Pedro Gandolfo, El Mercurio).

«El juego metaliterario y autográfico recuerda al mejor Coetzee, una resonancia que se extiende al rasgo más distintivo del estilo de Zambra, que -como el del mismo Coetzee, aunque de muy otra forma- viene a ser la frugal

Publicado:
Apr 8, 2011
ISBN:
9788433933041
Formato:
Libro

Sobre el autor

Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) ha publi­cado, en Anagrama, las novelas Bonsái (2006), La vida privada de los árboles (2007), Formas de volver a casa (2011) y Poeta chileno (2020), el libro de cuen­tos Mis documentos (2014) y las colecciones de en­sayos No leer (2018) y Tema libre (2019). Sus novelas han sido traducidas a veinte lenguas, y relatos suyos han aparecido en revistas como The New Yorker, The Paris Review, Granta, Harper's y McSweeney's. Ha sido becario de la Biblioteca Pública de Nueva York y ha recibido, entre otras distinciones, el English Pen Award, por la edición inglesa de Formas de volver a casa, y el Premio Príncipe Claus, en Holanda, por el conjunto de su obra. Actualmente vive en la Ciudad de México.


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Formas de volver a casa - Alejandro Zambra

Índice

Portada

I. Personajes secundarios

II. La literatura de los padres

III. La literatura de los hijos

IV. Estamos bien

Créditos

Para Andrea

Ahora sé caminar; no podré aprender nunca más.

W. BENJAMIN

En lugar de gritar, escribo libros.

R. GARY

I. Personajes secundarios

Una vez me perdí. A los seis o siete años. Venía distraído y de repente ya no vi a mis padres. Me asusté, pero enseguida retomé el camino y llegué a casa antes que ellos –seguían buscándome, desesperados, pero esa tarde pensé que se habían perdido. Que yo sabía regresar a casa y ellos no.

Tomaste otro camino, decía mi madre, después, con los ojos todavía llorosos.

Son ustedes los que tomaron otro camino, pensaba yo, pero no lo decía.

Mi papá miraba tranquilamente desde el sillón. A veces creo que siempre estuvo echado ahí, pensando. Pero tal vez no pensaba en nada. Tal vez sólo cerraba los ojos y recibía el presente con calma o resignación. Esa noche habló, sin embargo –esto es bueno, me dijo, superaste la adversidad. Mi madre lo miraba con recelo pero él seguía hilvanando un confuso discurso sobre la adversidad.

Me recosté en el sillón de enfrente y me hice el dormido. Los escuché pelear, al estilo de siempre. Ella decía cinco frases y él respondía con una sola palabra. A veces decía, cortante: no. A veces decía, al borde de un grito: mentira. Y a veces, incluso, como los policías: negativo.

Esa noche mi madre me cargó hasta la cama y me dijo, tal vez sabiendo que fingía dormir, que la escuchaba con atención, con curiosidad: tu papá tiene razón. Ahora sabemos que no te perderás. Que sabes andar solo por las calles. Pero deberías concentrarte más en el camino. Deberías caminar más rápido.

Le hice caso. Desde entonces caminé más rápido. De hecho, un par de años más tarde, la primera vez que hablé con Claudia, ella me preguntó por qué caminaba tan rápido. Llevaba días siguiéndome, espiándome. Nos habíamos conocido hacía poco, la noche del terremoto, el 3 de marzo de 1985, pero entonces no habíamos hablado.

Claudia tenía doce años y yo nueve, por lo que nuestra amistad era imposible. Pero fuimos amigos o algo así. Conversábamos mucho. A veces pienso que escribo este libro solamente para recordar esas conversaciones.

La noche del terremoto tenía miedo pero también me gustaba, de alguna forma, lo que estaba sucediendo.

En el antejardín de una de las casas los adultos montaron dos carpas para que durmiéramos los niños. Al comienzo fue un lío, porque todos queríamos dormir en la de estilo iglú, que entonces era una novedad, pero se la dieron a las niñas. Nos encerramos a pelear en silencio, que era lo que hacíamos cuando estábamos solos: golpearnos alegre y furiosamente. Pero al pelirrojo le sangró la nariz cuando recién habíamos comenzado y tuvimos que buscar otro juego.

A alguien se le ocurrió hacer testamentos y en principio nos pareció una buena idea, pero al rato descubrimos que no tenía sentido, pues si venía un terremoto más fuerte el mundo se acabaría y no habría nadie a quien dejar nuestras cosas. Luego imaginamos que la Tierra era como un perro sacudiéndose y que las personas caían como pulgas al espacio y pensamos tanto en esa imagen que nos dio risa y también nos dio sueño.

Pero yo no quería dormir. Estaba, como nunca, cansado, pero era un cansancio nuevo que enardecía los ojos. Decidí que pasaría la noche en vela y traté de colarme en el iglú para seguir conversando con las niñas, pero la hija del carabinero me echó diciendo que quería violarlas. Entonces yo no sabía bien lo que era un violador y sin embargo prometí que no quería violarlas, que sólo quería mirarlas, y ella rió burlonamente y respondió que eso era lo que siempre decían los violadores. Tuve que quedarme fuera, escuchándolas jugar a que las muñecas eran las únicas sobrevivientes –remecían a sus dueñas y rompían en llanto al comprobar que estaban muertas, aunque una de ellas pensaba que era mejor porque la raza humana siempre le había parecido apestosa. Al final se disputaban el poder y aunque la discusión parecía larga la resolvieron rápidamente, pues de todas las muñecas sólo había una barbie original. Ésa ganó.

Encontré una silla de playa entre los escombros y me acerqué con timidez a la fogata de los adultos. Me parecía extraño ver a los vecinos, acaso por primera vez, reunidos. Pasaban el miedo con unos tragos de vino y miradas largas de complicidad. Alguien trajo una vieja mesa de madera y la puso al fuego, como si nada –si quieres echo también la guitarra, dijo mi padre, y todos rieron, incluso yo, que estaba un poco desconcertado, porque no era habitual que mi papá dijera bromas. En eso volvió Raúl, el vecino, con Magali y Claudia. Ellas son mi hermana y mi sobrina, dijo. Después del terremoto había ido a buscarlas y regresaba ahora, visiblemente aliviado.

Raúl era el único en la villa que vivía solo. A mí me costaba entender que alguien viviera solo. Pensaba que estar solo era una especie de castigo o de enfermedad.

La mañana en que llegó con un colchón amarrado al techo de su Fiat 500, le pregunté a mi mamá cuándo vendría el resto de la familia y ella me respondió, dulcemente, que no todo el mundo tenía familia. Entonces pensé que debíamos ayudarlo, pero al tiempo entendí, con sorpresa, que a mis padres no les interesaba ayudar a Raúl, que no creían que fuera necesario, que incluso sentían una cierta reticencia por ese hombre delgado y silencioso. Éramos vecinos, compartíamos un muro y una hilera de ligustrinas, pero nos separaba una distancia enorme.

En la villa se decía que Raúl era democratacristiano y eso me parecía interesante. Es difícil explicar ahora por qué a un niño de nueve años podía entonces parecerle interesante que alguien fuera democratacristiano. Tal vez creía que había alguna conexión entre el hecho de ser democratacristiano y la situación triste de vivir solo. Nunca había visto a mi papá hablar con Raúl, por eso me impresionó que esa noche compartieran unos cigarros. Pensé que hablaban sobre la soledad, que mi padre le daba al vecino consejos para superar la soledad, aunque debía saber más bien poco sobre la soledad.

Magali, en tanto, abrazaba a Claudia en un rincón alejado del grupo. Parecían incómodas. Por cortesía pero tal vez con algo de insidia una vecina le preguntó a Magali a qué se dedicaba y ella respondió de inmediato, como si esperara la pregunta, que era profesora de inglés.

Era ya muy tarde y me mandaron a acostar. Tuve que hacerme un espacio, a desgana, en la carpa. Temía quedarme dormido, pero me distraje escuchando esas voces perdidas en la noche. Entendí que Raúl había ido a dejar a las mujeres, porque empezaron a hablar de ellas. Alguien dijo que la niña era rara. A mí no me había parecido rara. Me había parecido bella. Y la mujer, dijo mi madre, no tenía cara de profesora de inglés –tenía cara de dueña de casa nomás, agregó otro vecino, y alargaron el chiste por un rato.

Yo pensé en la cara de una profesora de inglés, en cómo debía ser la cara de una profesora de inglés. Pensé en mi madre, en mi padre. Pensé: de qué tienen cara mis padres. Pero nuestros padres nunca tienen cara realmente. Nunca aprendemos a mirarlos bien.

Creía que pasaríamos semanas e incluso meses a la intemperie, a la espera de algún lejano camión con alimentos y frazadas, y hasta me imaginaba hablando por televisión, agradeciendo la ayuda a todos los chilenos, como en los temporales –pensaba en esas lluvias terribles de otros años, cuando no podía salir y era casi obligatorio quedarse frente a la pantalla mirando a la gente que lo había perdido todo.

Pero no fue así. La calma volvió casi de inmediato. En ese rincón perdido al oeste de Santiago el terremoto había sido nada más que un enorme susto. Se derrumbaron unas cuantas panderetas, pero no hubo grandes daños ni heridos ni muertos. La tele mostraba el puerto de San Antonio destruido y algunas calles que yo había visto o creía haber visto en los escasos viajes al centro de Santiago. Confusamente intuía que ése era el dolor verdadero.

Si había algo que aprender, no lo aprendimos. Ahora pienso que es bueno perder la confianza en el suelo, que es necesario saber que de un momento a otro todo puede venirse abajo. Pero entonces volvimos, sin más, a la vida de

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Formas de volver a casa

4.3
11 valoraciones / 10 Reseñas
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Reseñas de lectores

  • (4/5)
    Ways of Going Home is told from the point of view of a Chilean novelist who grew up during Pinochet's dictatorship. It alternates between excerpts from his novel and what is happening in his real life. The novel within the novel is fairly autobiographical, and by using this structure, Zambra illustrates how using writing can help someone process their past and their present. I liked that the book wasn't overtly political. The book isn't exactly about Pinochet's dictatorship, but rather about what it is like to be a child in such a turbulent period in Chile's history, the relationship between parents and their children, and how this affects adulthood. I found the book to be really well written (and/or well translated, I suppose). I can't think of the word to describe his writing. I want to say it was somehow slow and simple, but in a very positive way. I want to say that every paragraph packed a punch (a very gentle punch) far greater than the words contained in the paragraph. I'll just say I liked the writing. I saw this book at the library, and found the cover appealing and it is short, so I decided to read it for a reading challenge as a book I found at the library by browsing. I didn't vet the book on Goodreads at all and this unusual, as I like to know what I'm getting into. I'm glad I found it, it was a nice, quick read.
  • (5/5)
    Autobiography and fiction are intermingled in this short novel to the extent that by the end they have nearly blended into one story. It is about the past and about living with the past and making sense of it. It's about explaining parents' inexplicable behavior. It's about dictatorships and the scars they leave, even on those who on the surface, seem to have come through unscathed. It is beautifully translated by Megan McDowell, and her imprint is so light that it is almost as if it was written as intended in English. Highly recommended.Quotes:If there was anything to learn, we didn't' learn it. Now I think it's a good thing to lose confidence in the solidity of the ground, I think it's necessary to know that from one moment to the next everything can come tumbling down.To read is to cover one's face, I thought. To read is to cover one's face. And to write is to show it. Parents abandon their children. Children abandon their parents. Parents protect or forsake, but they always forsake. Children stay or go but they always go. And it's all unfair, especially the sound of the words, because the language is pleasing and confusing, because ultimately we would like to sing or at least whistle a tune, to walk alongside the stage whistling a tune. We want to be actors waiting patiently for the cue to walk onstage. But the audience left a long time ago.I knew little, but at least I knew that: no one could speak for someone else. That although we might want to tell other people's stories, we always end up telling our own.
  • (4/5)
    There was a lot that was good in Ways of Going Home, and it was generally very readable, but ultimately it seemed a little thin and did not fully work for me. The postmodernism became somewhat wearying, in part because it did not have enough else to sustain ones interest.

    The novella is divided into parts. The first is the story of a boy meeting a girl in the wake of the 1985 earthquake and his agreeing to spy on his neighbor for her. The second part is the author himself writing the first part. The third part returns to the story when the boy/author meets the girl again twenty years later and has an affair with her. The final part returns to the writer talking about writing the book.

    One of the recurring themes in the book is dictatorship and the impact it has on children and how it is perceived by them. It is also about writing and remembering and creating characters. Overall it seems ambitious and only partly successful--but I would be interested in reading more by Alejandro Zambra.
  • (4/5)
    This was a very interesting and enjoyable read. It was the right blend of "literary writing" with story-telling for me; there was a flow to it and I was never distracted by contrived or over-done writing.

    The story itself was not what the story was, if that makes sense... I thought it was a lot like "The Sense of an Ending", in its questioning of memories and the relationship between past and present - but unlike it in that it lacked the questions of guilt and accountability (although that is present in the book, but mainly as a question about the comportment of his parents and their generation during the Pinochet regime).

    Compared to "The Sense of an Ending", "Ways of Going Home" is more about the way we handle the present under the weight of the past. There is also the additional element of comparing an actual present to a fictional past - this is a clever way to write a book. There are two parts: one is about a young writer wrestling his life and the book he's working on, and the other is his semi-autobiographical novel.

    This is a writer's novel, with insight to the writer's mind and observations, if not the writing process; lots of intertextuality, references to other writers, even direct quotes. I love books that quote other authors (unless they become overdone, overworked, intellectual to the point of pretentiousness).
  • (5/5)
    I am quickly falling in love with Spanish speaking authors. Zambra, who is from Chile, weaves a poetic story about the earthquake that hit Santiago, Chile when he was a kid. It's also a story about how he grows up and searches for Claudia, a girl he knew when he was young. He writes about what it's like to leave home and go home and, I think, elaborates poetically on the feeling of never being able to go back to your childhood home the same way again.
  • (3/5)
    Alejandro Zambra is a Chelian novelist who writes in Spanish. This is a translated book. The book starts with an earthquake and ends with one. The author in first person narrates his experience of writing a novel. As a child of nine he meets Claudia on his front lawn after the earthquake. She is the niece of his neighbour, Raul. This is 1985 when Chile was under a dictatorship. Claudia asks the author to keep an eye on her uncle. Later as the story unravels Raul is really Claudia's father who had to change his identity because of his political affiliations. After many years the author meets Claudia and the story is revealed.This is a novel which stutters in its course. The author thinks about abandoning the project but prods on. Painfully. Though there are some good passages there is no real story and the novel is a bore. 
  • (4/5)
    "Instead of screaming, I write books" R. Gary This is a redemptive tribute to those who went missing during the Pinochet regime. To all those unknown names whose blood still runs through the veins of the silenced generation which was growing up during this elusive period in Chile.Zambra’s unpretentious voice gets irretrievably tangled with the one narrating the story, a nameless writer, who simultaneously mirrors his life through his characters, creating a perfecty circled metanarration, overflowing with complex yet sophisticated symbolism."The novel belongs to our parents," the narrator says, understanding that his childhood experience of censorship and brutality was indirect, diluted by his infancy. Zambra plays a magic trick in creating an evocative past even in such a distressing time, where children played to be either war correspondents or secret spy agents or, if you prefer, secondary characters, as the metafiction kicks in with force. The passage of time gives perspective to the ones now remembering. Zambra and his narrator dare to speak in an attempt to relieve the painful hungover which comes from a violent past and the arduous task of coming to terms with a disorienting history. The once oblivious child has no choice but to carry the heavy burden of guilt on behalf of his parents, who were passive supporters of Pinochet, and learn to live with the increasing tension and estrangement towards them. I felt disturbed with recognition about the way Zambra faced his conflicting emotions when evoking his parental figures. The abstract need, the unquestionable respect for his parents in his youthful days as opposed to the embarrassment and disapproval he feels for them in the present. It rings a bell.“You went a different way,” my mother said later, angry, her eyes still swollen. You were the ones who went a different way, I thought, but I didn’t say it.”The different ways of remembering which try to ease the anguish of knowing that you have become an orphan when you decided to start writing.“I thought about my mother, my father. I thought: What kinds of faces do my parents have? But our parents never really have faces. We never learn to truly look at them.”This novel is also a hymn to the vocation of writing, and it’s precisely this calling which urges the narrator to write down the slippery scenes of a long gone past to give first names to these secondary characters, to explain, in the end, his own story."Although we might want to tell other people's stories we always end up telling our own." The courageous catharsis of giving up the fictional framing to write about oneself, to finally speak out loud. That is what pierced right through me. To see these survivors of a lost world dealing with their present the best they can. Some stay, some fly away.And the shock which comes with the understanding that it’s just because you want them to stay that you have to let them go. And that it really doesn’t matter. Either staying or going, each one has to find its own way of going back home.
  • (4/5)
    This is less a traditional novel than a work of post-modern exploration about the legacy of growing up in Pinochet's Chile, and the more general relationship between parents and children.This slim volume is beautifully written and translated. It was a pleasure to read and makes one want to explore Zambra's other work.
  • (4/5)
    There was a lot that was good in Ways of Going Home, and it was generally very readable, but ultimately it seemed a little thin and did not fully work for me. The postmodernism became somewhat wearying, in part because it did not have enough else to sustain ones interest.The novella is divided into parts. The first is the story of a boy meeting a girl in the wake of the 1985 earthquake and his agreeing to spy on his neighbor for her. The second part is the author himself writing the first part. The third part returns to the story when the boy/author meets the girl again twenty years later and has an affair with her. The final part returns to the writer talking about writing the book.One of the recurring themes in the book is dictatorship and the impact it has on children and how it is perceived by them. It is also about writing and remembering and creating characters. Overall it seems ambitious and only partly successful--but I would be interested in reading more by Alejandro Zambra.
  • (4/5)
    This is a novel within a novel, in that it is from the viewpoint of a young boy that the first part of the novel is written, the second part is narrated by the author of the first past. Confused? Meta fiction is a style that is fantastic when the prose is but that can alos be confusing. I liked this book but at times I was confused. Chile, during Pinochet's dictatorship, the novel take place between two big earthquakes, a first love, and the changing perspective between what is seen and thought as a child and than remeasured as a adult are all emcompaased in this small book. There is no detailed information on really anything, just glimpses and yet the book works.