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Amor perdurable

Amor perdurable

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Amor perdurable

valoraciones:
4/5 (50 valoraciones)
Longitud:
308 página
7 horas
Publicado:
Jun 22, 2012
ISBN:
9788433933805
Formato:
Libro

Descripción

Joe y Clarissa son una pareja feliz. Él se dedica a escribir sobre temas científicos, tras haber abandonado la investigación; ella es una profesora de literatura inglesa que regresa a Inglaterra tras un breve período de investigación en Harvard. Joe ha ido a esperarla al aeropuerto, y desde allí han marchado directamente a los verdes prados de las colinas de Chiltern, a un delicioso almuerzo campestre que aúna los refinados placeres del vino francés, la naturaleza y el reencuentro amoroso. Pero en medio de aquel sensato, civilizado paraíso, y casi sin que ellos se den cuenta, se introducirá una serpiente, inesperada e inocente, pero no por ello menos terrible. Los tripulantes de un globo, un anciano y su nieto, se ven en serias dificultades. El aerostato, incontrolado, sube en el aire con el niño dentro, y Joe y otros hombres presentes en el lugar corren a socorrerlo. Todo es cuestión de segundos, y en aquel extraño nudo de encuentros urdido por el destino, el muy racional Joe conoce a Jed Parry, un fanático religioso, un «Jesus freak» que se enamorará obsesiva e implacablemente del cada vez más horrorizado Joe... Ian McEwan, con una sutil ironía y su peculiar gusto por la comicidad más ominosa, urde una ambigua fábula moral, un thriller apasionante acerca de la naturaleza misma del amor, y su localización en la encrucijada entre la racionalidad y la locura.

Publicado:
Jun 22, 2012
ISBN:
9788433933805
Formato:
Libro

Sobre el autor

Nacido en 1948, es uno de los miembros más destacados de su muy brillante generación. En Anagrama se han publicado sus dos libros de relatos, Primer amor, últimos ritos (Premio Somerset Maugham) y Entre las sábanas, así como las novelas El placer del viajero, Niños en el tiempo (Premio Whitbread y Premio Fémina), El inocente, Los perros negros, Amor perdurable, Amsterdam (Premio Booker), Expiación (que ha obtenido, entre otros premios, el WH Smith Literary Award, el People?s Booker y el Commonwealth Eurasia), Sábado, En las nubes y En Chesil Beach.

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Amor perdurable - Ian McEwan

Annalena

1

El principio es fácil de señalar. Estábamos al sol junto a un roble, parcialmente protegidos de un viento fuerte, racheado. Yo estaba arrodillado en la hierba con un sacacorchos en la mano y Clarissa me pasaba el vino, un Daumas Gassac de 1987. Aquél fue el momento, la marca en el mapa del tiempo: yo tenía el brazo extendido y, en cuanto sentí en la mano el cuello frío de la botella y su negra cápsula, oímos el grito de un hombre. Nos volvimos a mirar al campo y vimos el peligro. Un instante después, corría en su dirección. Fue una transformación absoluta: no recuerdo el momento de soltar el sacacorchos, ni de ponerme en pie, ni de tomar una decisión ni oír la advertencia que Clarissa gritó a mis espaldas. Qué idiotez, entrar corriendo en esta historia y sus laberintos, alejarse a toda prisa de nuestra felicidad entre la fresca hierba de primavera junto al roble. Volvió a oírse el mismo grito, y el de un niño, debilitados por el viento que rugía en los altos árboles a lo largo de los setos. Aceleré el ritmo. Y entonces, de pronto, desde diferentes puntos del campo, otros cuatro hombres convergieron en la escena, corriendo como yo.

Lo veo desde cien metros de altura, con los ojos del aguilucho que habíamos observado antes ascender, planear en círculos, bajar entre el tumulto del aire: cinco hombres corriendo en silencio hacia el centro de un campo de cuarenta hectáreas. Yo me acercaba por el sureste, con el viento de espaldas. A unos doscientos metros a mi izquierda dos hombres corrían uno junto a otro. Eran labriegos que arreglaban la cerca por el extremo sur del campo, al borde de la carretera. A la misma distancia por el otro lado iba John Logan, cuyo coche estaba ladeado sobre la hierba del arcén, con la puerta o las puertas abiertas de par en par. Sabiendo lo que ahora sé, resulta extraño recordar la figura de Jed Parry a unos quinientos metros delante de mí, cuando salió de una línea de hayas al otro extremo del campo, corriendo de cara al viento. Para el aguilucho, Parry y yo éramos formas diminutas, con nuestras camisas blancas resaltando contra el verde, apresurándonos el uno hacia el otro como amantes, ignorando el dolor que aquel contacto iba a traer. El encuentro que nos desquiciaría estaba a unos minutos de distancia, su enormidad velada para nosotros no sólo por la barrera del tiempo sino por el coloso del centro del campo que nos atraía con la fuerza de su tremenda envergadura, inversamente proporcional a la insignificante angustia humana de su base.

¿Qué hacía Clarissa? Dijo que echó a andar deprisa hacia el centro del campo. No sé cómo resistió el impulso de correr. En el momento en que pasó –el hecho que voy a describir, la caída–, casi nos había alcanzado y estaba bien situada como observadora, sin el agobio de la participación, de las cuerdas y los gritos, ni de nuestra fatídica falta de coordinación. Lo que describo también está configurado por lo que Clarissa vio, por lo que nos dijimos durante la obsesiva reflexión que siguió: la recolección de los hechos, adecuada expresión para lo que ocurrió en un campo que aguardaba su siega de principios de verano. La recolección de los hechos, la segunda cosecha, el crecimiento impulsado por la primera recogida de mayo.

Estoy ocultando algo, retardando la información. Me entretengo en los momentos previos porque entonces aún eran posibles otras consecuencias; la convergencia de seis figuras en un espacio liso y verde ofrece una geometría reconfortante desde la perspectiva del aguilucho: el plano cognoscible, limitado, de la mesa de billar. La situación de partida, el impulso y su dirección definen la trayectoria consiguiente, los ángulos de impacto y retroceso, y en lo alto, con tranquilizadora claridad, la luz baña el campo, el paño y todos los cuerpos en movimiento. Creo que mientras aún convergíamos, antes de entrar en contacto, nos encontrábamos en un estado de gracia matemática. Me entretengo en nuestras posiciones, en las respectivas distancias y en los puntos cardinales, porque, en lo que se refiere a los hechos, ésa fue la última vez que llegué a entender algo con claridad.

¿Hacia qué corríamos? No creo que ninguno de nosotros lo supiera exactamente. Pero en apariencia la respuesta era hacia un globo. No el espacio simbólico que encierra las palabras o pensamientos de un personaje de tebeo ni, por analogía, el simplemente impulsado por aire caliente. Se trataba de un enorme globo relleno de helio, ese gas elemental forjado con hidrógeno en el horno nuclear de las estrellas, el primer paso en la generación de la multiplicidad y diversidad de la materia en el universo, incluidos nosotros y todos nuestros pensamientos.

Corríamos hacia una catástrofe, que también era una especie de horno, a cuyo calor identidades y destinos se fundirían para cobrar nuevas formas. El globo tenía en la base una barquilla en la que iba un niño, y junto a la barquilla, colgado de una cuerda, había un hombre que necesitaba auxilio.

Aquel día habría estado marcado para el recuerdo incluso sin el globo, aunque de la más agradable de las formas, pues se trataba de un reencuentro después de una separación de seis semanas, la más larga que Clarissa y yo habíamos pasado en los siete años que llevábamos juntos. De camino a Heathrow me había desviado a Covent Garden y, tras encontrar un sitio medio permitido, aparqué cerca de Carluccio’s. Entré e improvisé un almuerzo campestre cuyo elemento central era una enorme bola de mozzarella que el empleado sacó de una tinaja con unas tenazas de madera. Compré también aceitunas negras, ensalada mixta y focaccia. Luego me apresuré por Long Acre hacia Bertram Rota’s para recoger el regalo de cumpleaños de Clarissa. Aparte del piso y el coche, era lo más caro que había comprado en la vida. Y a la vuelta, mientras iba por la calle, sentí el calor que el carácter excepcional de aquel librito desprendía a través del grueso papel marrón del envoltorio.

Cuarenta minutos después escrutaba las pantallas de información de llegadas. El vuelo de Boston acababa precisamente de aterrizar y calculé que me quedaba media hora de espera. Si alguien quería una prueba de la tesis de Darwin de que las diversas expresiones de la emoción son universales y están genéticamente grabadas en los seres humanos, le habría bastado unos minutos frente a la puerta de llegadas de la Terminal Cuatro de Heathrow. Vi la misma alegría, la misma sonrisa incontrolable en el rostro de una madraza nigeriana, una abuelita escocesa de labios finos y un pálido y serio hombre de negocios japonés cuando salían empujando sus carros y reconocían a alguien entre la expectante multitud. El observar la variedad de la especie humana es una fuente de placer, pero también puede serlo su uniformidad. No dejaba de oír el mismo suspiro emitido en una nota descendente, acompañada muchas veces de un nombre cuando dos personas se abrían paso para abrazarse. ¿Era una segunda mayor, una tercera menor, o un tono intermedio? ¡Pa-pá! ¡Yolanta! ¡Ho-bi! ¡Nz-e! También había una nota ascendente, canturreada sobre los solemnes y cansados rostros de niños pequeños por padres o abuelos largo tiempo ausentes, zalamera, llena de súplica por una inmediata respuesta de cariño. ¿Hann-ah? ¿Tom-ee? ¡Abrázame!

La variedad estaba en los dramas particulares: un padre y un hijo adolescente, quizá turcos, permanecieron inmóviles en un largo abrazo silencioso, perdonándose mutuamente, o llorando la pérdida de un ser querido, ajenos a los carritos que se atascaban a su alrededor; gemelas idénticas, cincuentonas que se saludaban con evidente aversión, sólo rozándose las manos y besándose sin tocarse; un niño americano izado a hombros de un padre al que no reconocía, gritando para que lo bajara, provocando un acceso de cólera en su cansada madre.

Pero sobre todo eran sonrisas y abrazos, y en treinta y cinco minutos presencié un montaje de más de cincuenta finales felices, cada uno de ellos con la apariencia de estar un poco peor representado que el anterior, hasta que empecé a sentirme emocionalmente agotado y sospeché que ni siquiera los niños eran sinceros. Me estaba preguntando lo convincente que resultaría yo al recibirla, cuando Clarissa, que no me había encontrado entre el gentío, me dio unos golpecitos en el hombro y me volví. Inmediatamente desapareció mi distanciamiento y grité su nombre, en sintonía con todos los demás.

Menos de una hora después estábamos aparcados junto a un sendero que discurría entre un bosque de hayas en las colinas de Chiltern, cerca de Christmas Common. Mientras Clarissa se cambiaba de zapatos metí el almuerzo en una mochila. Echamos a andar cogidos del brazo, aún eufóricos por nuestro reencuentro; lo que me resultaba familiar de ella –el tamaño y el tacto de su mano, la dulzura y la calma de su voz, su piel pálida y sus verdes ojos celtas–, también era novedoso y relucía bajo una luz extraña, recordándome nuestras primeras citas y los meses que pasamos enamorándonos. O acaso, imaginé, me había convertido en otro hombre, mi propio rival sexual, que había venido a quitármela. Cuando se lo conté se echó a reír y dijo que era la persona más simple y a la vez más complicada del mundo, y cuando entonces nos paramos a besarnos y a preguntarnos en voz alta si no debíamos habernos ido derechos a casa, a la cama, atisbamos entre el fresco follaje el globo de helio, que se movía vagamente en el aire al oeste del arbolado valle. No se veía ni al hombre ni al niño. Recuerdo que pensé, aunque no lo dije, que como medio de transporte resultaba precario, ya que era el viento, y no el piloto, quien marcaba el rumbo. Entonces se me ocurrió que en eso debía de consistir precisamente su encanto. Y al momento se me fue la idea de la cabeza.

Atravesamos College Wood hacia Pishill, deteniéndonos para admirar las reverdecidas hayas. Las hojas parecían brillar con una luz interior. Hablamos de la pureza de aquel color, la hoja de haya en primavera, y de cómo se despejaba la mente al mirarla. Al adentrarnos en el bosque empezó a levantarse viento y las ramas crujieron como un mecanismo oxidado. Conocíamos bien el camino. Sin duda era el paisaje más bello que había a una hora del centro de Londres. Me encantaban el perfil y la ondulación de los campos, con sus notas dispersas de caliza y pedernal, y los senderos que bajaban por ellos para sumergirse en la oscuridad de los hayedos, abandonados algunos, valles muy húmedos donde un musgo iridiscente cubría los corroídos troncos y donde a veces se vislumbraba algún ciervo perdido entre la maleza.

Mientras caminábamos en dirección oeste hablamos casi todo el rato de la investigación de Clarissa: la muerte de John Keats en Roma, en la casa al pie de la escalinata de la Plaza de España donde se alojaba con su amigo Joseph Severn. ¿Era posible que aún existieran tres o cuatro cartas de Keats sin publicar? ¿Podía estar una de ellas dirigida a Fanny Brawne? Clarissa tenía razones para pensarlo y había pasado parte de su año sabático viajando por España y Portugal, visitando casas donde habían estado Fanny Brawne y Fanny, la hermana de Keats. Ahora volvía de Boston, donde había trabajado en la Biblioteca Houghton de Harvard, buscando correspondencia de parientes lejanos de Severn. La última carta conocida de Keats fue escrita casi tres meses antes de su muerte a su antiguo amigo Charles Brown. Es de tono más bien ceremonioso, y de modo típico en él, casi como en un paréntesis, intercala una brillante descripción de la creación artística: «el conocimiento del contraste, la percepción de la luz y la sombra, toda esa información (en sentido primitivo) necesaria para un poema son grandes enemigos de la recuperación del estómago». Es la de la famosa despedida, tan desgarradora dentro de su reserva y cortesía: «Me resulta difícil decirte adiós incluso por carta. Nunca se me han dado bien las reverencias. ¡Que Dios te bendiga! John Keats.» Pero las biografías convienen en que cuando escribió esa carta su tuberculosis entraba en remisión, proceso que continuó durante diez días más. Visitó la Villa Borghese y paseó por el Corso. Escuchó con agrado a Severn tocando a Haydn, tiró la cena maliciosamente por la ventana para protestar por la calidad de la cocina e incluso pensó en empezar un poema. Si existían cartas de ese período, ¿por qué había querido Severn o, más probablemente, Brown hacerlas desaparecer? Clarissa creía haber encontrado la respuesta en algunas referencias dispersas en cartas de parientes lejanos de Brown escritas en la década de 1840, pero necesitaba más pruebas, otras fuentes.

–Sabía que nunca volvería a ver a Fanny –aseveró Clarissa–. Escribió a Brown y le dijo que no soportaría ver su nombre escrito. Pero nunca dejó de pensar en ella. Se encontraba bastante fuerte en aquellos días de diciembre, y la quería muchísimo. Es fácil imaginarle escribiendo una carta que nunca tuviera intención de enviar.

Le apreté la mano y no dije nada. Poco sabía de Keats y de su poesía, pero creí posible que en su desesperada situación no hubiese deseado escribirle precisamente porque la quería mucho. Últimamente le había dado vueltas a la idea de que el interés de Clarissa por esas cartas hipotéticas tenía algo que ver con nuestra propia situación, y con su convencimiento de que el amor que no encuentra expresión epistolar no es perfecto. En los meses siguientes a nuestro primer encuentro, y antes de que compráramos el piso, me escribió cartas muy bonitas, apasionadamente abstractas, en las que exploraba los aspectos en que nuestro amor era distinto y superior a cualquiera que hubiese existido jamás. Quizá sea ésa la esencia de una carta de amor, la celebración de lo único. Yo intenté igualar las suyas, pero lo único que la sinceridad me permitía eran los hechos, y a mí me parecían bastante milagrosos: una hermosa mujer estaba enamorada y quería ser amada por un individuo alto, torpe y medio calvo, que no podía creer en su suerte.

Al llegar a Maidensgrove nos detuvimos a observar el águila. Puede que el globo volviese a cruzar nuestro camino mientras estábamos en el bosque que cubre los valles que rodean la reserva natural. A primera hora de la tarde nos encontrábamos en Ridgeway Path, caminando en dirección norte delante del barranco. Luego atravesamos uno de esos anchos campos que se extienden al oeste desde las Chiltern hasta las fértiles tierras de labranza de la parte de abajo. Al otro lado del Valle de Oxford distinguimos el contorno de la sierra de Cotswold y, más allá, lo que posiblemente eran los Brecon Beacon alzándose en una tenue masa azulada. Pensábamos almorzar justo al extremo del campo, donde la vista era mejor, pero el viento ya era demasiado fuerte. Volvimos a cruzar el campo y nos refugiamos entre los robles que bordean el lado norte. Y aquellos árboles fueron la razón de que no viéramos el descenso del globo. Después me pregunté por qué el viento no lo había arrastrado a kilómetros de distancia. Pero más tarde descubrí que aquel día el viento no era el mismo a ciento cincuenta metros de altura que a ras del suelo.

La conversación sobre Keats decayó con los preparativos del almuerzo. Clarissa sacó la botella de la mochila y me la tendió sujetándola por la base. Como ya he dicho, cuando sentí el cuello en la mano oímos el grito. Era un barítono, en una aguda nota de miedo. Señaló un principio y, por supuesto, un final. En aquel momento se cerró un capítulo, o, mejor dicho, toda una etapa de mi vida. De haberlo sabido, y si me hubieran sobrado unos segundos, me habría permitido un poco de nostalgia. Llevábamos siete años viviendo como un matrimonio enamorado y sin hijos. Clarissa Mellon estaba enamorada también de otro hombre, que casi llegado a su doscientos aniversario no suponía un gran problema. En realidad me ayudaba en los combativos diálogos que formaban parte de nuestro equilibrio, de nuestra manera de hablar del trabajo. Vivíamos en un edificio art déco en la zona norte de Londres con un índice de preocupaciones por debajo de la media –escasez de fondos durante un par de años, un susto de cáncer sin fundamento, divorcios y enfermedades de amigos, la irritación de Clarissa ante mis ocasionales y maníacos accesos de insatisfacción por mi trabajo–, pero sin nada que amenazase nuestra libre e íntima existencia.

Lo que vimos al abandonar el almuerzo y ponernos en pie fue lo siguiente: un gigantesco globo gris, del tamaño de una casa, en forma de lágrima, había bajado al campo. El piloto debía de estar medio fuera de la barquilla cuando el globo tocó el suelo. La pierna se le había enganchado en una cuerda atada al ancla. Ahora, mientras el viento arreciaba, levantando el globo y empujándolo hacia el barranco, el piloto iba medio a rastras, medio en volandas por el campo. En la barquilla había un niño, un crío de unos diez años. En una calma repentina el hombre se incorporó, agarrándose a la barquilla, o al niño. Luego hubo otra ráfaga y el piloto cayó de espaldas, golpeándose contra el duro terreno, tratando de afirmarse con los pies o impulsarse hacia atrás para coger el ancla y asegurarla en el suelo. Aunque hubiera podido, no habría intentado desenredarse de la cuerda del ancla. Necesitaba que su peso mantuviera el globo sobre el suelo, y el viento le habría arrancado la cuerda de las manos.

Mientras corría, oí que gritaba al niño para que saltara de la barquilla. Pero el niño se bamboleaba de un lado a otro mientras el globo daba sacudidas por el campo. Recobró el equilibrio y sacó una pierna por el borde de la barquilla. El globo subía y bajaba, chocó contra un montículo y el niño cayó de espaldas, desapareciendo de la vista. Entonces volvió a levantarse, extendiendo los brazos hacia el hombre y gritando algo a su vez: palabras de miedo inarticulado, no sabría decir.

Yo debía de estar a cien metros de distancia cuando la situación quedó dominada. El viento había cesado, el hombre estaba en pie, inclinado sobre el ancla mientras la clavaba en tierra. Se había desenredado la cuerda de la pierna. Por algún motivo, complacencia, agotamiento o simplemente porque hacía lo que le habían dicho, el niño permanecía en el mismo sitio. El gigantesco globo oscilaba, caía hacia atrás, daba tirones, pero la bestia estaba domada. Aflojé la marcha, aunque no me detuve. El hombre se irguió, nos vio –o al menos a los campesinos y a mí– y nos saludó con la mano. Seguía necesitando ayuda, pero yo sentí alivio caminando ahora a paso ligero. Los labriegos también habían dejado de correr. Uno de ellos tosía con fuerza. Pero el hombre del coche, John Logan, sabía algo que nosotros ignorábamos y siguió corriendo. En cuanto a Jed Parry, el globo que se interponía entre nosotros lo ocultaba de mi vista.

El viento renovó su furia en las copas de los árboles antes de que yo lo sintiera en la espalda. Luego sacudió el globo, que cesó su inocente y cómico balanceo y quedó súbitamente quieto. Su único movimiento era una titilante tensión que ondulaba por su estriada superficie debido a la acumulación de energía retenida. Ésta se liberó de golpe, el ancla voló entre una lluvia de polvo y el globo y la barquilla se alzaron tres metros en el aire. El niño volvió a caerse, dejamos de verlo. El piloto, que empuñaba la cuerda, se elevó setenta centímetros del suelo. Si Logan no lo hubiera alcanzado sujetando una de las muchas cuerdas que colgaban, el globo se habría alejado llevándose al niño. En cambio, arrastró por el campo a los dos hombres y los campesinos y yo echamos a correr otra vez.

Llegué antes que ellos. Cuando agarré una cuerda la barquilla me llegaba a la altura de la cabeza. Dentro, el niño gritaba. Pese al viento, me llegó el olor a orina. Jed Parry sujetaba otra cuerda unos segundos más tarde, y los dos labriegos, Joseph Lacey y Toby Greene, cogieron otras inmediatamente después. Greene sufría un acceso de tos, pero siguió agarrado a la cuerda. El piloto nos gritaba instrucciones, pero estaba fuera de quicio y nadie le hacía caso. Llevaba mucho tiempo luchando, ya estaba agotado y no dominaba sus emociones. Con los cinco colgando de las cuerdas, el globo estaba asegurado. Sólo teníamos que mantenernos en pie y poner una mano encima de otra para bajar la barquilla, y eso, pese a lo que gritaba el piloto, fue lo que empezamos a hacer.

Para entonces ya estábamos en el barranco. El terreno descendía bruscamente en una pendiente de un veinticinco por ciento, que luego se suavizaba convirtiéndose en una cuesta poco pronunciada hasta llegar abajo. En invierno es un sitio frecuentado por los chavales para deslizarse en tobogán. Todos hablábamos a la vez. Dos, el del coche y yo, queríamos alejar el globo del borde del barranco. Alguien consideraba prioritario sacar al niño. Otro abogaba por bajar el globo para que pudiéramos anclarlo firmemente. Yo no veía la contradicción, porque podíamos bajarlo al tiempo que lo llevábamos otra vez hacia el campo. Pero la segunda opinión prevaleció. El piloto tenía una cuarta idea, pero nadie se enteró ni se preocupó de en qué consistía.

Debo aclarar algo. Quizá hubo un vago objetivo común, pero no llegamos a actuar en equipo. No tuvimos oportunidad, ni tiempo. Coincidencias de momento y lugar y la predisposición a ayudar nos habían reunido bajo el globo. Nadie estaba al mando, o todos lo estábamos y gritábamos a la vez. Al piloto, con la cara colorada, desgañitado y sudoroso, no le hacíamos caso. Exudaba incompetencia como si fuese calor. Pero nosotros también intercambiábamos instrucciones a gritos. Estoy convencido de que si hubiese mandado yo, la tragedia no habría ocurrido. Después oí que otros decían lo mismo, refiriéndose a sí mismos. Pero no hubo tiempo ni ocasión de mostrar firmeza de carácter. Cualquier dirigente, cualquier plan sólido habría sido preferible a ninguno. Los antropólogos no han observado ninguna sociedad humana, desde el cazador-recolector al hombre posindustrial, en la que no haya habido dirigentes y dirigidos; y jamás se ha abordado ninguna emergencia de manera eficaz sin un proceso democrático.

No resultó muy difícil bajar la barquilla de los pasajeros lo suficiente para mirar en su interior. Teníamos un nuevo problema. El niño se había acurrucado en el suelo. Tenía el rostro cubierto con los brazos y se tiraba del pelo.

–¿Cómo se llama? –preguntamos al hombre de la cara colorada.

–Harry.

–¡Harry! –gritamos–. ¡Vamos, Harry! ¡Harry! Dame la mano, Harry. ¡Sal de ahí, Harry!

Pero Harry se encogió más. Se estremecía cada vez que pronunciábamos su nombre. Nuestras palabras eran como piedras lanzadas contra su cuerpo. Tenía paralizada la voluntad, un estado conocido como impotencia inducida, muchas veces observada en animales de laboratorio sometidos a tensiones fuera de lo común; todos los impulsos para solucionar problemas desaparecen, se pierde todo instinto de supervivencia. Bajamos la barquilla y conseguimos mantenerla en el suelo, y nos estábamos inclinando para tratar de sacar al niño cuando el piloto nos apartó de un empujón e intentó subir. Más tarde aseguró que nos había explicado lo que trataba de hacer. No oímos nada salvo nuestros propios gritos y juramentos. Lo que estaba haciendo parecía ridículo, pero sus intenciones, según resultó, eran absolutamente sensatas. Quería desinflar el globo tirando de un cordón que estaba enredado dentro de la

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Amor perdurable

3.9
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Reseñas de lectores

  • (4/5)
    A solid novel I will never read again.
  • (3/5)
    Without a doubt, I regard the opening 60 pages as sublime,so evocative and precise. As with most of "McCabre's" novels, there is a falling off, a twitch away from focus and, sadly, the magic is gone.
  • (4/5)
    A youngish married couple is picnicking near Oxford when they see a huge hot-air balloon being swept along the ground, a young boy in the basket and an older man on the ground twisted in the lines. The husband, Joe, and several other men in the park run towards the balloon, at first having success keeping it on the ground but finally being pulled up into the air in a strong gust of wind. All but one of them drops off as the balloon ascends with the boy still aboard and one rescuer dangling from a rope, hundreds of feet up. As the onlookers watch helplessly, the man loses his grip and plummets to the ground, and the balloon floats away. Joe and a second man, Jed, approach the body, and what they find is described in vivid and horrifying detail and, I'm sorry to say, will haunt me for many a day. Joe, from whose viewpoint the story is told, is wracked with guilt, convinced that if they had held on for a only few seconds longer the gust would have passed and no one injured. But a more serious situation arises as Jed becomes obsessed with him and begins to stalk him, convinced it's their destiny to be together and for Jed to bring Joe to his God. Here we arrive at the central problem with the plot: even while he tries to convince his wife of the seriousness of the stalker, Joe erases 30+ phone messages left by Jed instead of having her, or the police, listen to them. This seemed really implausible to me, and to the wife. Jed changes his tactics frequently so that the wife never sees him, and she begins to think her husband is imagining the situation. I found it interesting, and an indication of how good a writer McEwan is, that as a reader even I began to wonder if Joe was crazy. More and more isolated, Joe decides that only he can protect himself from Jed, and he takes a desperate step that brings the story to its climax.
  • (5/5)
    The only type of love that endures is that which is not reciprocated.Unlike most novels whose story rises to a culmination, McEwan uses the big event as an opener. And what an unforgettable opener! The account that follows is a disturbing story of obsession: sinister, ominous, but utterly compelling.Joe is a frustrated scientist, now reduced to writing popular science journal articles. His thought processes, of rationalizing in the scientific way is eluding him, and the occupational hazard of "popularizing" has taken over. Is Joe an unreliable narrator? There is so much that can be read into the story that the reader is never quite sure of the veracity of Joe's version. The scene where he tries to acquire a means of defence may be dark but is pure comedy, that somehow fits with the creepiness factor.Another excellent, beautifully written tale from McEwan.
  • (4/5)
    Fantastic beginning, impressive pace, great structure, strong, wonderful writing, interesting emotions and several more or less estranged characters. How easy it is to disturb thing, how readily a relationship gets off course, how fickle is life's substance. Or was a disaster inevitable to start with? Quote: Far back in some nasal cave, chance had fashioned out of mucus two-note panpipes, and we were forced to listen.
  • (4/5)
    Aangrijpend verhaal van het begin tot eind. Over wetenschapsjournalist Joe en Keats-onderzoeker en universitair docent Clarissa. Over hun verborgen emoties waartegen logica en ratio niet bestand zijn. Als het er op aan komt drijven Joe en Rose uit elkaar omdat ze op het moment dat het er echt toe doet, elkaar niet kunnen steunen in hun gevoel. Een ijzersterke passage: "no one could agree on anything. We lived in a mist of half-shared, unreliable perception, and our sense data came warped by a prism of desire and belief, which tilted our memories too. We saw and remembered in our own favour and we persuaded ourselves alont the way. Pitiless objectivity especially abour ourselves was always a doomed social strategy. We're descended from the indignant passionate tellers of half truths who in order to convince others simultaneously convinced ourselves. Over generations success has winnowed us out and with success came our defect, carved deep in the genes, like ruts in a cart-track when it didn't suit us we couldn't agree on what was in front of us. Believing is seeing" (...).
  • (4/5)
    One relationship grows and endures while another slowly disintegrates. Of course it is well written and the use of imagery was an aspect I really enjoyed. My first McEwan and I look forward to many more.
  • (3/5)
    I really got into it for a while, but was disappointed by the ending - didn't seem worth the suspense!
  • (5/5)
    This book scared the bejesus out of me! I love a lot of what McEwan writes, and didn't know anything about this book before I started into it. I didn't even read the blurb on the cover, and I'm so glad I didn't as everything was a delicious surprise. It's the type of book where I don't think it's fair to even hint at what it's about. He makes it seem so real it's downright alarming.Suffice to say this is a fantastic psychological thriller, and I couldn't help but regularly marvel at how good the writing was. McEwan is fabulous at taking a small, fateful occurrence from a seemingly normal day and letting it snowball it into something positively heart-wrenching. He's the book equivalent of the movie 'Sliding Doors' - what if the character hadn't decided to go here that day, or what if they hadn't said those words at that time.I loved it. McEwan at his best, which is great as I felt a little bit lukewarm about Atonement. I loved The Cement Garden and On Chesil Beach.4.5 stars - Gripping, gripping, gripping. I dropped half a star as it got slightly far-fetched at one stage, but loved it nonetheless.
  • (2/5)
    Joe and Clarissa are picnicking when they hear cries from a hot air balloon that was descending nearby. The man controlling it had tried to get out, the rope had caught round his leg and it was rising again dragging him with it. A few men converge on the balloon, grabbing hold of the ropes hanging down to try to hold it down, but one by one they drop off. One man, John Logan, hangs on for as long as he can before he drops off at a height that can only be fatal. They rush to him to see if they can help, but it is too late.
     
    In this intense moment, the other man who got to the body at the same time asks him to pray about the situation, but Joe flatly refuses. Jed Parry though is a man possessed, he thinks that something has passed between him and Joe and in the moment that they shared that Joe has fallen deeply in love with him. He thinks nothing more of it and heads home but is slightly disturbed when he receives the first phone call from Parry at 2 am. From this moment Parry begins stalking Joe, writing letters to him, leaving countless messages on his answerphone and standing outside his flat. Joe is severely unnerved by it and Clarissa thinks he is losing his mind but the police aren't interested as he has done nothing wrong
     
    He meets with Parry briefly, but it only exacerbates the situation. Pushed to that absolute limit, Joe snaps and sets about taking matters into his own hands. Then he gets a phone call from Clarissa; Parry is with her and wants Joe to come home to talk.

    McEwan has written a book about those suffering from de Clerambault's syndrome a delusional disorder where an individual thinks that person is infatuated with him or her, thankfully it is rare, but as McEwan does in this book when coupled it with religious fervour, it has a deeply sinister edge. There is plenty of tension in the plot as Parry becomes more extreme in his actions to be with Joe. It is very creepy, as McEwan manages to convey just how disturbing stalking is for any victim of it. There are a couple of sub-plots that really didn't add much to the story either. However, there were several details that I couldn't get along with, in the book; I didn't quite understand as all these men ran to save the balloon with the child in, how they knew each other almost immediately, the balloon is described as a helium balloon later in the book too. Not bad, but could have been so much better.
  • (4/5)
    The human mind is a wonderful and baffling thing. Its capabilities amazes even ourselves while its misfunctions and illnesses destroy our lives and sometimes the lives of others. This book digs deeply into the psychology of its characters, describing in vivid and earnest detail the functioning of a mind which has beheld a horrific event, the ecstasies of a mind in love, the despair of a mind confronting a lost love, and most significantly, the dangers created when a mind goes astray creating for itself a reality that cannot co-exist with the actual realities of our lives.
    I have always been partial to book where the psychology of the characters dominates the storyline of the book. The psychological insights found in so many novels by 19th and 20th century Russian novelists, the terrors wrought in the minds of characters created by Edgar Allan Poe, the tortures the mind endures from a character in love, the pain experienced when a person experiences tragedy and every other human emotion novelists explore as they tell their stories all offer depth and reality to the fictional accountings of the novels, these are the things I most enjoy finding in a book. "Enduring Love" is rich in explorations of the human mind. It demonstrates excellently that the novelist often understands people and the workings of their minds better than highly trained psychologists.
    This is a good book, a worthwhile read and a good example of what Faulkner meant when he said that all good literature "explores the human mind in conflict with itself."
  • (4/5)
    A good book that uses a McGuffin to great effect.
  • (3/5)
    Wellicht ben ik be?nvloed door de reviews die ik op deze site las, maar dit boekje doet inderdaad een beetje aan als een gefictionaliseerd psychologisch experiment, met personages die in een bepaalde framing zijn gezet en blind hun rol spelen. In dit geval heeft McEwan verschillende experimenten bij elkaar gevoegd: dat van een door een klinisch omschreven obsessie gestoorde kerel (Jed), dat van het koppel (Joe en Clarissa) waarin de man en de vrouw gevoelsmatig heel uiteenlopend in elkaar zitten en door een drama hun harmonisch bestaan uit elkaar zien spatten, dat van een volkomen rationeel ingestelde man (Joe) die geconfronteerd wordt met een ogenschijnlijk onzinnige bedreiging en daar uiteindelijk heel extreem op reageert, enzovoort. Heel die framing maakt dat het geheel erg kunstmatig overkomt, alsof de draadjes waaraan de poppetjes van McEwan hangen op de duur wel erg zichtbaar worden.Dit neemt niet weg dat dit boek absoluut de prijs verdient van ??n van de meest bloedstollende intro-hoofdstukken die ik ooit gelezen heb, qua compositie is dat hoofdstuk echt een meesterwerkje; en dat neemt ook niet weg dat er op geregelde tijdstippen erg interessante beschouwingen te lezen zijn over de psychologie van de personages. Maar het geheel overtuigt niet, en dat is spijtig.
  • (4/5)
    Although slightly outside my preferred genre range, I found this to be an excellent read. Having just recently finished "The Children Act" I was in the mood for more of McEwan's brilliant portrayal of relationships under tension - and I was not disappointed. After all, don't we each live with some amount of tension in our relationships, no matter how close and long-standing they are? Anything which sheds light on such situations is grist to my mill. Although the story has the shadow of a particular pathological condition hanging over it, I reckon there's a lot here that we can generalize to the broader realm. Next McEwan please!
  • (2/5)
    This is the third McEwan book that I've read and the third book that has left me feeling under-whelmed.I found the opening couple of chapters very good and had such high hopes for this book but in the end unlike the balloon it thereafter sank and failed to rise again which is a real shame as I felt that the germ of the story was a good one based as it is around the seemingly new phenomenon of stalking. My main problem with this book is the main character and narrator Joe Rose. No matter how hard I tried I just could not make myself like him, he seemed shallow, self-obsessed and seemingly always right. Even his love affair with Clarissa failed to ignite my interest. The book is not poorly written and I enjoyed McEwan's writing style but personally I felt that this would have been a far better novel if Clarissa and Jed Parry had added their voices to it, in so far as it would have helped to give Joe himself some added depth as well as really fleshing out the central ideas of love and obsession not to mention McEwan's usual hobby horses science and religion.Initially I was unsure whether or not to read the two Appendixes at the end of the book as I was unsure as to whether or not there was any real point to them but I must admit that they did finish the novel in a rather neat and interesting way. Which all in all seems a real shame, a high beginning and end but a sorry thump to ground in the middle. Just like the balloon really.
  • (5/5)
    One of my all time favourites. A masterclass of writing and storytelling. What a great, imaginative story. Loved it. He even subtly wove in some witty in-joke references to the craft of writing (eg the crucible).
    [Not a spoiler, so fear not:]
    Interesting thing is that the film rendered a much improved climax. It obviated the need for the awkward and unnecessary earlier episode of obtaining a certain 'means of self-defence', which was the only (slight) flaw in the whole book.
    If I were McEwan, I'd have kicked myself silly at seeing the better film rendering of the climax.
    Still a brilliant, brilliant book, though, and I heartily recommend it.
  • (4/5)
    Again, McEwan showed what a good writer he is. This is one is beautifully written. "Enduring Love" has a faster pace than "Atonement". However I prefer "Atonement" over this one. The story itself was okay but not exactly phenomenal. I felt that the characters was detached to the readers. I do love how McEwan has incorporated elements of science and John Keats life. McEwan is such a holistic writer. I might pick up more books written by him. I'm intrigued by his writing style and I feel and I will enjoy him immensely.
  • (4/5)
    Joe Rose and his girlfriend are enjoying a lovely picnic in the park, when a elderly balloonist attempts to land his hot air balloon near them. The older man falls while getting out, leaving his grandchild alone in the balloon.Immediately a group of onlookers, including Joe, rush to secure the balloon. But they are unable to meet the task and the balloon with the child inside and one lone rescuer who was able to hang on, suddenly goes airbound in a fierce wind gust.Tragedy follows. While each of the rescuers question their role in the death, it's obvious from the beginning that one man, Jed Parry, whose mental health is already questionable, is completely undone by it.Jed becomes obsessed with Joe, follows him, lurks outside his home, sends passionate letters and phone messages and believes that Joe is not only in love with him, but that Joe is the one that initiated the affair.The police say they can't help Joe and Joe's girlfriend isn't even sure that Jed exists.It's an interesting look at obsession. According to [1001 Books You Must Read Before You Die], it also involves “rooting out meaning from chaos. Trust and doubt are also central”. p. 875I found this entertaining, but not groundbreaking and am rather puzzled why it is on the 1001 list.
  • (3/5)
    Wellicht ben ik beïnvloed door de reviews die ik op deze site las, maar dit boekje doet inderdaad een beetje aan als een gefictionaliseerd psychologisch experiment, met personages die in een bepaalde framing zijn gezet en blind hun rol spelen. In dit geval heeft McEwan verschillende experimenten bij elkaar gevoegd: dat van een door een klinisch omschreven obsessie gestoorde kerel (Jed), dat van het koppel (Joe en Clarissa) waarin de man en de vrouw gevoelsmatig heel uiteenlopend in elkaar zitten en door een drama hun harmonisch bestaan uit elkaar zien spatten, dat van een volkomen rationeel ingestelde man (Joe) die geconfronteerd wordt met een ogenschijnlijk onzinnige bedreiging en daar uiteindelijk heel extreem op reageert, enzovoort. Heel die framing maakt dat het geheel erg kunstmatig overkomt, alsof de draadjes waaraan de poppetjes van McEwan hangen op de duur wel erg zichtbaar worden.Dit neemt niet weg dat dit boek absoluut de prijs verdient van één van de meest bloedstollende intro-hoofdstukken die ik ooit gelezen heb, qua compositie is dat hoofdstuk echt een meesterwerkje; en dat neemt ook niet weg dat er op geregelde tijdstippen erg interessante beschouwingen te lezen zijn over de psychologie van de personages. Maar het geheel overtuigt niet, en dat is spijtig.
  • (3/5)
    I now understand the love - hate relationship some readers have with McEwan's works. Yes, he is a master at capturing the personalities of obsession, compulsion, mania, etc. As much as I loved [Amsterdam], [Enduring Love] really came across to me as nothing more than a deep dive, self-absorbed navel gazing experience, even if it was a disturbing read. McEwan has a gift for capturing the minutiae of personal life but I kind of question why I require this level of detail to appreciate the subject of obsession and obsessive love. Yes, McEwan's details of Erotomania or de Clérambault's syndrome, is an interesting presentation and it works, but seemed like a bit of a slog to wade through the minor details just to comprehend the story arch and plot development. Just a little on the heavy detail / minutiae side. I am still not totally turned off from any further McEwan reading but I will be reserving the books I still need to read for when I am in the mood for the rather depressive topics McEwan writes about.
  • (3/5)
    I'm not the world's biggest fan of Ian McEwan, thus far. I didn't particularly enjoy Saturday, and I didn't get into Atonement the first time I picked it up, and so he has to work against quite a bit of scepticism from me.

    Still, there is something compelling about his writing, and more so when he's not writing two pages all about the modern improvements in kettle technology, as he memorably did in Saturday. His narrators strike me as a bit pompous and over-talkative, but it usually works with their characters -- I didn't like a single character much, in this book, I have to say. I think I felt most about Jed Parry, and his hopeless obsession.

    I think Ian McEwan writes reasonably well about the way people approach events like the ones he writes about here, and there is a frustrated sense of suspense here. On the other hand, I found some of his tricks to prolong suspense transparent and wearing, and while he does his research well, the layers of detail also got wearing.

    I'm still not a convert, but I did like it more than Saturday.
  • (4/5)
    Everything I've read from McEwan's pen had that certain way of drawing universal themes from the circumstances of the characters. Here's one about guilt and attachment to it. It's suspenseful, the prose is marvelous and if I was a little let down at the end (it's no Atonement) it's all peachy.
  • (5/5)
    Ian McEwan has an amazing capacity to write the moment and then build moment upon moment to a storied crescendo. The main character creates a word picture that might just as well be used to describe the author's writing, "Imagine the smallest possible bit of water that can exist." And later, "Now think of billions, trillions, of them, piled on top of each other in all directions, stretching almost to infinity. And now think of the river bed as a long shallow slide, like a winding muddy chute, that’s a hundred miles long stretching to the sea ..." It takes my breath away.I was flinching for so much of the story that I didn't hope for a outcome, with which I could rest. But Enduring Love shone through for so many of the characters. I can live with that.
  • (5/5)
    I thin the more you read, the more you realise how little you have read and how much there is out there to discover. I have never read anything quite like Ian McEwans Enduring Love. Considered as a modern literary great, he proves that subtlety can be just as enthralling as the modern paunch-ant for fast paced drama. For those who enjoy the subtle interplay of words, the psychology of suspense and the cerebral intimacy of human relations, this book will be a revelation.Unlike the critics I do not see this as a conflict between science and religion. It is the consequences of obsession and its influence on the psychology of the main character Joe and through him the reader.Written in the first person we feel an intimate bond between the reader and the protagonist. Everything we see, hear and feel is from Joe's perspective. Dialogue is minimal as we concentrate on how events are affecting Joe, his relationship with Clarissa, his interactions with Jed Parry, the police and his own feelings about his work and career.It is interesting that Clarissa is the literature scholar and Joe the rational scientist. She specialises in the romantic poems of Keats, who extolled the love of nature and beauty. Yet throughout the book she is portrayed, as the logical, rational one, open to dialogue and understanding. Joe in contrast descends into guilt, fear, irrationality and paranoia when faced with Jed's obsession. When Jed first speaks to him, he adopts an over familiarity to which Joe reacts with hostility. Jed demonstrates his persistence when he asks Joe to pray with him at the scene of the accident and refuses to take no for an answer. The chapter ends with Jed ringing Joe at home and when Clarissa asks he dismisses it as a wrong number.When he thinks he sees Jed in the Library it is Clarissa he comes home to and reinforces his love for her. She is his rock, his normality. When he tells her about Jed's call she laughs, she assumes Joe is embarrassed by another man's affection. His first confrontation with Jed is by the phone box where Jed is quiet, shy, awkward, almost submissive. This makes Joe's reaction seem more unreasonable , aggressive and paranoid. He gives us Clarissa's point of view by telling us about an incident in the third person, revealing her frustration with him. Jed's viewpoint is given through the obsessive letters he writes to Joe.When he meets Jean Logan, the deceased widow, we learn something of the dead man's life and her suspicions that he was having an affair. There is a lot more dialogue between the characters in order to establish prior events. This becomes a mystery that Joe is charged to clear up. We are also given a clue to an obsessive condition which helps to explain Jed's fascination with Joe.When he suggests that Jed may have a psychotic condition she accuses him of trying to read his way out of things and it is him that has the problem. This changes the dynamic of their relationship and puts a degenerating distance between them. When he goes to the police they think he is mad as well and point out that no crime has been committed.The shooting in the restaurant makes Joe think Jed is trying to kill him. Clarissa asks him not to mention his previous thoughts to the police and just to give them a statement of what has happened. This incident causes Joe to take matters into his own hands and seek out a gun for his own protection. His ineptitude at obtaining this weapon shows how alien this kind of world is to him, but sets the scene for the books dramatic conclusion. The last chapter brings all the loose ends together, ending in a picnic and explanations. This is an author whose writing deserves further exploration.
  • (4/5)
    Joe Rose and his wife, Clarissa, are settling down to enjoy their picnic lunch when they hear cries of distress and discover a hot air balloon with a young boy trapped in the gondola struggling to lift off as men strain on the tie-ropes to restrain it. In the attempt to save the child, a man falls to his death and at the scene a stranger named Jed Parry tries to get Joe to pray over the body, but joe will not.Thus begins the obsessive relationship, or “erotomania,” [aka de Clerambault’s syndrome] of Jed for Joe – the love that never dies because it’s born out of madness and unreasonable worship. It's a story of spiraling tension, violence, and terror that threatens to destroy the happy marriage of Joe and Clarissa.Written in prose that progresses in microscopic but charged moments, the reader must live each nuance of emotion and experience the reiteration of memory that heightens suspense and makes one feel like she is inhabited by Joe or inhabiting his fictional person. McEwan takes the common man and places him in a situation where he will have to behave in an extraordinary way to overcome horrific circumstance.Terrific read. Powerful, emotionally charged, horrible, wonderful, and utterly original.
  • (5/5)
    I am glad that I have read other works by Ian McEwan before "Enduring Love" - my confidence/trust in the author got me through an early part of the book where I my only thought was "what?" (or WTF?). This novel turned out to be masterful - An unforgettable opening scene - an event etched into my memory as if I was there to witness it; a unique relationship between protagonist vs antagonist; scenes of grief and wounding; a crazy vindication of fact that shines a bright light on how to act in a trusting relationship (how to be absolutely right and mostly wrong at the same time). Really good book, but the reader has to be patient!
  • (2/5)
    Amazingly, I LOVED other books by Ian McEwan, but was inexplicably irritated by the main character in this. The plot dragged on for me and I really didn't enjoy reading it. Unbelievable because I think "Atonement" is one of my favourit books of all time.
  • (4/5)
    This novel opens with a bizarre accident in which five men, including our main character, Joe, rush to help a distressed balloonist. The attempt, alas, ends in tragedy. It also serves as the catalyst for a strange, disturbing obsession that one of the other would-be rescuers develops for Joe, which in turn threatens Joe's heretofore happy relationship.I really do love McEwan's writing. He has an incredibly keen grasp of human psychology, and especially the unreliability of human perception and memory, and at his best he makes most other fiction feel like a gross oversimplification of human complexity. Which, let's face it, it is. I'm also impressed by how scientifically literate his writing is. The main character here is a science writer with a PhD in physics, and McEwan gets him, and his scientific subject matter, absolutely right. This is a guy who thinks in well-chosen scientific metaphors, who often stops to analyze his experiences in terms of anthropology, neurology, or evolutionary psychology. He thinks, in other words, exactly the way I do, and I can't tell you how refreshing it is to see that done in a believable and nuanced way (as opposed to being presented with yet another clueless version of what most people think a smart, science-y guy is supposed to be like). It's particularly unexpected and wonderful in this kind of mainstream literary writing, where I don't often encounter characters I can identify that fully with, in all their good and bad points.My one complaint about this book, and the reason it didn't rate another extra half-star from me, is that the climax is a little unsatisfying, somehow, a little... anti-climactic. Although the book does at least end on a rather effective note. (A tip for the reader: don't skip the appendices. They are very much part of the story.)I should also add that I was a little trepidatious about the subject matter, because this kind of story could have very easily come across as unpleasantly homophobic, whether consciously or unconsciously, but thankfully it never does.
  • (4/5)
    Science writer Joe Rose and his wife Clarissa are enjoying a day out in the Chilterns when a hot air balloon is about to crash. Joe becomes involved in attempts to save the balloon, but also unwittingly becomes involved with another would be rescuer, Jed Parry. Believing it is God’s way of reaching him, Jed becomes obsessed with Joe, making phone calls, writing letters, waylaying him in the street; all the time declaring his love for Joe. Jed’s irrational love and obsession reach dangerous levels, threatening the stability of Joe’s marriage, and eventually driving Joe to taking extreme measures. Clarissa however has a different view of events, and questions Joe’s sanity.A tense and dramatic tale that keeps one guessing throughout; is Joe’s perception of events to be believed, or is all in his mind, or even his own fabrication? The first chapter is especially gripping, and the element of surprise is maintained as the story unfolds.
  • (4/5)
    A well-written, accurate and understated novel about the behaviour of an obsessive and its effect on the lives of others. It combines excellent psychological portraiture, of inner thoughts and external action and the dissonances between them, with tense plotting.In keeping with the insidious nature of its subject, even the plot itself initially unfolds as almost a side-text to what initially appears to be the drama of the novel. Like the novel's protagonist we are taken unawares by something which initially seems odd but inconsequential until it becomes all-enveloping.The novel closes with appendices which are reminiscent of devices used by Michael Creighton in novels such as "The Andromeda Strain". To say more might reveal plot details best savoured in the reading, but in this case I think they're effective in both lowering and heightening the tension that the book creates in a way that a simple continuation of the narrative might have struggled to do.Unsettling but essential reading. Possibly not if you've been the victim of something like this in the recent past; it may then feel too close to home.