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Yámana, Tierra del Fuego
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Libro electrónico241 páginas3 horas

Yámana, Tierra del Fuego

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Si ya no descendemos del mono, como afirmó Charles Darwin, ¿de dónde venimos? ¿Por qué desapareció el Homo de Neanderthal sin solución de continuidad allá por el 28.000 a.C.?...
En 1923, tras dos años de convivencia con las tribus fueguinas, el joven antropólogo polaco, Krzysztof Wazyck, se despide de sus amigos nómadas del mar, llevándose consigo a Europa, además de su afecto y amistad, un supuesto gran hallazgo capaz de comprometer seriamente los cimientos de la ciencia moderna e incluso creencias y dogmas milenarios; y una gran experiencia introspectiva "El Kina", paralelismo entre sueño y realidad, que lo transformó para siempre en Mank´ácen: "el cazador de sombras"… Dejando atrás una tierra fría y hostil, impresionantemente bella, y el gran amor de su vida: la india Kamanakar.
Una historia fascinante de principio a fin, inspirada en hechos reales y en las vivencias del antropólogo y filántropo Martin Gusinde en la Tierra del Fuego.
Una invitación a la búsqueda de lo que ignoramos de nosotros mismos.
"Una novela que cuestiona nuestros orígenes en una hermosa
llamada hacia la paz y el hermanamiento."
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento23 sept 2016
ISBN9788416900091
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    Yámana, Tierra del Fuego - Emi Zanon

    Weber

    PRELUDIO

    Oslo (Noruega)

    10 de diciembre de 1946

    Ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz

    Apenas si respiran. Ni un solo movimiento, ni un solo gesto, ni tan siquiera la levedad del movimiento de una pestaña interrumpe el silencio previo a las palabras del Presidente, como si en el milagro de un segundo, el millar de almas hubiera salido de sus cuerpos quelonios para superponerse y converger en un solo punto al otro lado del escenario. Una sola y única fuerza casi impersonal llena la sala de un aire ninfálido de paz.

    <<…Sus Majestades, Su Alteza Real, Laureados, Excelencias, Señoras y Señores… El Comité Noruego del Premio Nobel de la Paz ha decidido, por unanimidad, conceder este año el Premio Nobel de la Paz, al Doctor en Antropología, Kryzsztof Wazyk, Presidente de la Liga Internacional de Antropólogos, Historiadores y Sociólogos por la Paz y la Libertad Mundial, por sus inestimables esfuerzos en crear una vía para la consecución de la paz y libertad de todos los pueblos oprimidos de la Tierra.

    Cuando el pasado mes de octubre anunciamos, después de un largo proceso de selección, que el Premio Nobel de la Paz iría al Doctor Kryzsztof Wazyk, natural de Polonia… políticos, periodistas y gran parte del mundo, aplaudieron en gran medida esta decisión. Muchos dijeron que había sido el hecho más grande que le sucedía al país desde tiempos inmemoriales. Y que Polonia, nación intensa e inherentemente pacifista, a través de su hijo, el Doctor Kryzsztof Wazyk, recibía entonces el reconocimiento a su implacable labor por la paz llevada a cabo durante los últimos años, dentro y fuera de sus fronteras; labor que, honorablemente… ha realizado nuestro laureado, el Doctor Kryzsztof Wazyk, a través de la Liga Internacional de Antropólogos, Historiadores y Sociólogos por la Paz y la Libertad Mundial, que preside desde su fundación en el año 1925.

    No obstante, este Comité, que honrosamente presido, quiere dejar manifiesto que su misión es elegir anualmente a la persona o institución que se distinga por ser la que más y mejor actuó por la fraternidad de los pueblos, la abolición de la esclavitud, la reducción de los ejércitos existentes y la creación de congresos de paz, lejos de trasfondos políticos y de intereses internacionales, como así se ha demostrado a lo largo de su trayectoria, siguiendo, fielmente, las premisas y los deseos de su honorable fundador, el Excelentísimo señor don Alfred Bernhard Nobel.

    El Doctor Kryzsztof Wazyk ha luchado fervorosamente contra la guerra y la esclavitud en los países africanos. Ha pasado gran parte de su vida en las regiones más apartadas del planeta para rescatar la memoria y la dignidad de tantos y tantos pueblos olvidados, marginados y maltratados por la mano insaciable del poder. Ha vivido con los pigmeos del Congo, con los hombres de la selva en Namibia, los indios Yupa en Venezuela, los Ayom en Nueva Guinea; pero sin lugar a dudas, la huella más profunda e indeleble, que le transformó por siempre, hasta ser el hombre PACIFISTA, con mayúsculas, que es hoy, fue su convivencia con los pueblos de la Tierra del Fuego, y en especial, como él ha indicado muchas veces, con el pueblo del mar, Yámana.

    Ha publicado más de doscientos trabajos científicos. Ha dado innumerables conferencias por radio y ha enseñado como profesor invitado de antropología en varias universidades de Europa, Japón y EE.UU.

    El Doctor Kryzsztof Wazyk nació en Kraków, Polonia, en el año 1892. Hijo del catedrático de literatura medieval, Juljus Wazyk y de la profesora de piano Ewa Messal, ha recibido…>>.

    Sus oídos, tras escuchar la palabra Yámana, se han cerrado paulatinamente al discurso del honorable Presidente del Comité, Olaf Österlin, que atendía con interés moderado. Tiene la sensación de que esas palabras no van dirigidas a él, personalmente, sino a la gran cantidad de seres humanos que han conquistado, conquistan y seguirán conquistando el difícil, pero no utópico camino de la Paz. Y a tantas gentes que en su intento perdieron la vida…

    TIERRA DE MAGALLANES

    América del Sur

    Punta Remolino (Isla Grande de la Tierra del Fuego)

    67º 54’ Latitud Oeste, orilla Norte del Canal de Beagle

    IX — CUADERNO DE CAMPO

    Marzo de 1923

    La lluvia ha dejado de caer. Durante estos últimos días era menos densa que de costumbre. El verano está muy avanzado en Tierra del Fuego; el lugar donde se dice comienza el mundo y convergen montañas, glaciares, bosques y mar formando una gran puerta de ingreso hacia la desconocida perla blanca, hacia la desconocida Antártida.

    Tomo mis últimas notas antes de partir mientras observo, extasiado, los colores purpúreos del atardecer que se mezclan con el rojo intenso, resplandeciente, del fuego de múltiples hogueras encendidas a lo largo de la costa. Hogueras que explayan con fuerza, en la inconmensurable bóveda celeste, esbeltas columnas de humo. Me imagino, sin embargo, como tantas veces había hecho antes de mi llegada a la Tierra del Fuego, que son pequeños y preciosos surtidores de lava que brotan de respiraderos recién abiertos en las laderas de las altas montañas, frente al canal de Beagle; y que la lava, impulsada por los enérgicos gases, se eleva buscando el cielo y, en su frustración, desciende rápida a la tierra hostil, fría y gris, donde al enfriarse forma grandes conos semejantes a grandes chimeneas industriales.

    El nombre de Tierra del Fuego había evocado siempre en mi mente una tierra hermosa sembrada de volcanes. Fernando de Magallanes debió de sentir lo mismo que yo cuando vio llamear cientos de pequeños fuegos en las orillas de estas tierras desconocidas hasta entonces para el hombre europeo. Cientos de pequeños fuegos que no eran sino las hogueras vivificantes de los indígenas del lugar. Nunca hubiera imaginado que tras un nombre tan cálido y lleno de fuerza, se escondía uno de los lugares más fríos e inhóspitos del planeta. Y, a su vez, impresionantemente bello. Muy bello.

    El espectáculo es sublime. Lo disfruto con fruición con todo mi ser. Despierta en mí un profundo amor hacia esta tierra y sus gentes. Me hace vibrar y sentir la vida en todas sus dimensiones. Me hace vivir, respirar y ser feliz, aunque sea por unos instantes. Me hace Yámana.

    No deseo partir. Pero mis obligaciones morales y mi salud, así lo exigen. Mi corazón pertenece ahora a esta tierra. Mi alma y mi espíritu han encontrado lo que buscaban.

    Acaba de salir el sol. Un tenue rayo se ha filtrado entre la masa de nubes purpúreas que cubre el cielo y me ha acariciado el rostro. Siento la mano cálida del Creador dándome su apoyo. Me ha hecho estremecer. El mar se ha iluminado. La belleza extrema de esta bahía se expresa en sus numerosas caletas y puntas que caracterizan a las playas y acantilados de la Tierra del Fuego. Desde esta roca en la que estoy sentado puedo ver a un joven león marino danzando en el vientre ingrávido del mundo subacuático. Encarna el espíritu de libertad. ¡Es hermoso! ¡Bello! ¡Es la vida que me habla! ¡Prístina, pura, inmaculada!

    ¡La amo! Sí.

    ¡Amo la vida en toda su dimensión!

    ¡Sé que mi sueño es posible!

    La temperatura es ahora más agradable; ha alcanzado los nueve grados centígrados. Temperatura muy elevada teniendo en cuenta los últimos meses en los que apenas se alcanzaba algunos grados sobre cero. Mi cuerpo enfermo lo agradece. No está acostumbrado a soportar la rigurosidad de estas latitudes. Me he quitado la ropa y he expuesto mi pecho al sol. Lo necesito. Necesito absorber cada partícula de sol, de energía, de alimento sutil, para poder sobrellevar esta enfermedad hasta que vuelva a Europa. Una vez allí, sé que me recuperaré pronto de este incipiente escorbuto que he intentado detener con infusiones de hojas y corteza de canelo, y que pretende ganarme la batalla con cada segundo que permanezco más en esta tierra. El clima húmedo y frío no es soportable si no se ha nacido en estas tierras heladas. Necesito fuerzas para sostenerme en pie durante algún tiempo. Me reservaré para el momento de la despedida de mis hermanos Yámana. No tardarán en llegar. Vienen con sus canoas ligeras, construidas con varillas y planchas de corteza de lenga, remando desde el laberinto de islas y brazos de agua del archipiélago de Cabo de Hornos; el lugar donde se abrazan los dos océanos, el Atlántico y el Pacífico, con el ímpetu y la efusión de dos enamorados. Este gran esfuerzo no lo olvidaré nunca; como tampoco olvidaré que les debo la vida.

    Mi mirada ha quedado perdida en la lontananza durante algún tiempo esperando su llegada. Ahora ya puedo verles a lo lejos. Sus canoas se recortan en silueta contra el cielo. Pronto alcanzarán la orilla. Debo hacer acopio de mis fuerzas y aproximarme a ellos. ¡Dios, dame fuerzas! Siento una congoja profunda que me estruja el corazón y la garganta. No sé si voy a poder decir una palabra. Camino despacio hacia la orilla; temo que voy a desmayarme. Respiro hondo y retengo el aire tibio en mis pulmones unos segundos. Vuelvo a sentir las fuerzas para avanzar hacia ellos. Están anclando las canoas entre las algas cercanas a la orilla. De ellas descienden hombres, mujeres y niños. Van desnudos. Para ellos esta temperatura es calurosa. Puedo calcular alrededor de sesenta personas. ¡Oh! ¡Señor! ¡Han venido todos, o casi todos! Mi corazón empieza a palpitar agitadamente. Deseo tanto que ella haya venido con su familia. Me gustaría ver de nuevo sus pequeños ojos, vibrantes, negros y profundos, aunque sea por última vez. Me gustaría tanto verla de nuevo sonreír, alargando sus carnosos y sensuales labios y elevando sus pómulos cobrizos al cielo mientras se peina los cabellos, largos y lacios, con aquella mandíbula de delfín que guarda como un tesoro bajo su manto de guanaco. ¡Cuánto lo deseo! ¡Es lo último que pido antes de mi partida! Si pudiera hablarle a solas por unos instantes, y decirle que la amo más que a mi vida. Que desde el día que la vi no he sentido otra cosa que deseo, pasión y un profundo amor que no tiene traducción en nuestras lenguas; ni tan siquiera en la lengua Yámana infinitamente más rica y expresiva que mi propia lengua. Que a pesar de que nos separan nuestros distintos mundos, mi corazón le pertenece. Que debo partir porque soy un hombre de principios, íntegro y por encima de todo me debo a la Humanidad. Que debo investigar y publicar todo el trabajo de campo que he realizado durante estos meses para elevar a la condición que se merece este pueblo amoroso, noble, sensible, con carácter, que ha sido maltratado, humillado y exterminado por la avaricia y la crueldad del hombre blanco. Y que con él, con la casi desaparición de uno de los pueblos más antiguos del planeta, se extingue también una parte importante de nosotros. Y además, me gustaría decirle que debo partir porque me espera una esposa angustiada por mi ausencia y un retoño fruto de nuestro amor. Y además... además... me gustaría decirle que si el destino, si la voluntad divina nos hace libres algún día para nuestro amor... entonces volveré a la Tierra del Fuego y permaneceré junto a ella hasta el día que nuestros cuerpos no puedan cobijar por más tiempo a nuestras almas. ¡Sólo deseo volverla a ver una vez más antes de partir! ¡Dios, dame esa oportunidad!

    Ya estoy frente a ellos. La emoción me sobrepasa. En primera línea diez o doce hombres jóvenes. Entre ellos, mi gran amigo Shikz y Tesk, el chamán. Han pintado su humor sobre la piel. Los Yámana decoran sus cuerpos con colores naturales que preparan con tiza, arcilla y carbón vegetal, simulando vestidos, y es una demostración simbólica de su estado de ánimo. Las líneas verticales y puntos oscuros, que recorren hoy todo su cuerpo, revelan su tristeza; como también ese halo de amargura que flota en sus ojos. Pretenden simular una sonrisa pero no pueden. Yo intento discriminar su cara entre las altas diademas de piel de guanaco, que se elevan desde sus cejas hasta un palmo por encima de sus cabezas, terminando en punta. Pero no la encuentro. Vuelvo a recorrer fugazmente con la mirada todos sus rostros. Ella no está. No ha venido. Cierro los ojos y me tambaleo. Shikz se aproxima a mí y me abraza como yo le he enseñado. Los demás nos rodean lentamente y comienzan a entonar un canto monótono con cadencia arrastrada y lenta.

    —Mank´ácen — me dice cariñosamente al oído.

    —Sí, Mank´ácen, el cazador de sombras debe partir —respondo yo con voz opaca, estrechándolo con todas mis fuerzas. De mis ojos brotan unas lágrimas que humedecen y calientan nuestros rostros. Seguimos abrazados largo rato y mi mente se traslada, rápidamente, al primer día que conocí a Shikz y a su pueblo.

    I

    Primer contacto con los indios Yámana

    —Es el cazador de sombras —dijo Felipe Antonio Álvarez de Balboa en el dialecto fueguino de los Yámana.

    —Mank´ácen —asintió ligeramente con la cabeza Shikz que soslayó su mirada hacia mí y, tras una breve respiración, profirió—. Sí, le conocemos. Hemos oído hablar de él. Sabemos que ha estado conviviendo con los Shelk´nam.

    Mi popularidad era notoria, evidentemente. Mi cámara fotográfica, que siempre me acompaña donde quiera que vaya, había causado una gran conmoción entre los primeros fueguinos con los que tuve contacto. Al principio no fue tarea fácil conseguir algunas exposiciones. La temían y me temían. Pero, poco a poco, con suma paciencia y con mi discreción y respeto, los indios fueguinos consiguieron paliar su miedo e incluso llegar a la extrema diversión. Nunca les hice una foto instantánea muy a mi pesar; me mantuve, en todo momento, respetuoso con su sentir. En la mayoría de ellas, sobre todo en los retratos, posaron los modelos eligiendo sus vestimentas, sus adornos e incluso la postura adecuada ante el ojo de ese artefacto que captaba sus sombras. Y que la mayoría de las veces provocaba en ellos tanta admiración como hilaridad. No me extrañaba, por lo tanto, lo más mínimo, que ya hubiesen oído hablar de el cazador de sombras.

    Inmediatamente, Felipe Antonio continuó dándole detalles sobre mí.

    —Tiene un permiso de investigación del Gobierno Chileno. Su Excelencia, El Presidente de la República, señor don Juan Luis Sanfuentes y el señor Ministro de Instrucción Pública, don Alcibíades Roldán, le han proporcionado las autorizaciones y recomendaciones necesarias para su libre desenvolvimiento en territorio de Magallanes. Conoce bien la lengua de los Shelk´nam pero todavía no la lengua Yámana. Yo le acompañaré durante su estancia aquí en Punta Remolino hasta que ya no me necesite. El cazador de sombras aprende rápido —terminó diciendo.

    Felipe Antonio Álvarez de Balboa era un huérfano Shelk´nam criado y educado en Viamonte, al norte de la Isla Grande, en un campamento propiedad actual de los hermanos Bridges, hijos del pastor anglicano Thomas Bridges, un hombre valiente que durante toda su vida fue protector de los indígenas y supo defenderlos, con audacia, contra las despiadadas persecuciones y crueldades del hombre blanco llevadas a cabo unas décadas antes del nuevo siglo. Felipe Antonio había aprendido todas las lenguas fueguinas, además de la lengua inglesa —con la que él y yo nos comunicábamos la mayoría de las veces— y española, a la perfección; y trabajaba ahora para el gobierno chileno como guía a expedicionarios e investigadores de la Isla del Fuego. Con su ayuda y con la subvención de cuatro mil pesos que había conseguido del Ministerio de Finanzas Chileno, a través de las buenas relaciones habidas con la Universidad de Kraków —mi ciudad natal— pude alquilar dos caballos para el viaje, comprar provisiones y todo el material de campo necesario para mis investigaciones; a excepción de mi cámara fotográfica y un fonógrafo con los accesorios indispensables para fijar el lenguaje y los cantos de estas tribus, que me regaló con mucho afecto, momentos antes de mi partida, el decano de la Universidad: Ilustrísimo señor don Leopold Reymont, aludiendo a que el dinero para el pasaje del buque trasatlántico —que me llevaría a la tierra de mis sueños— y estos presentes eran todo lo que la Universidad podía ofrecerme, pues bien conocía yo los motivos de tanta escasez. También pude comprar algunas medicinas y regalos para poder establecer buenos contactos con estos aborígenes del Estrecho de Magallanes, que habían sido mi acicate desde que iniciara mis primeras investigaciones sobre los Araucanos del Sur de Chile y posteriormente los Shelk´nam, una de las dos ramas de indios Onas, originarios de Tierra del Fuego y nómadas dedicados a la caza por la zona interior de la isla, con los que he convivido durante los últimos meses.

    —Nosotros somos nómadas del mar. Nuestra casa y nuestro pueblo, son nuestras canoas. Va a ser difícil para Mank´ácen —el cazador de sombras— convivir con nosotros.

    Se dirigió de nuevo Shikz a Felipe Antonio con el deseo de que éste me tradujera. Pero Felipe Antonio conocía muy bien mis intenciones y, después de cruzar unas cuantas frases en la lengua yámana con Shikz, me resumió:

    —Shikz me dice que, dado que son nómadas del mar y salen todos los días a navegar por el laberinto de islas y canales en busca de alimento y allí donde lo encuentran establecen su campamento nocturno, va a ser difícil para ti convivir con ellos; como ya te había advertido yo durante nuestro viaje. No obstante, le he dicho a Shikz que tú establecerás tu campamento permanente en Punta Remolino y desde aquí intentarás llevar a cabo tu trabajo.

    —Me parece perfecto —alegué mientras buscaba entre los bolsillos de mi chaqueta una de las fotografías tomadas a los Shelk´nam días antes de partir, para mostrársela a Shikz. La foto era espectacular porque, por primera vez, había conseguido reunir a más de un centenar de indios ante el objetivo de mi cámara.

    Shikz no era el jefe de la tribu. Descubrí luego. Daba la sensación de serlo por su

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