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El trauma visto por los niños: Despertar el milagro cotidiano de la curación desde la infancia hasta la adolescencia
El trauma visto por los niños: Despertar el milagro cotidiano de la curación desde la infancia hasta la adolescencia
El trauma visto por los niños: Despertar el milagro cotidiano de la curación desde la infancia hasta la adolescencia
Libro electrónico725 páginas12 horas

El trauma visto por los niños: Despertar el milagro cotidiano de la curación desde la infancia hasta la adolescencia

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Información de este libro electrónico

El trauma visto por los niños describe paso por paso la aplicación práctica de los "primeros auxilios emocionales" en las secuelas de heridas y traumas emocionales en los niños. Se ha escrito para un público general e incluye capítulos específicos que resultarán de especial interés a padres, educadores y profesionales de la salud.

Al comprender que el trauma engendra violencia y la violencia engendra trauma, la intención de los autores es proveer información, ejemplos y actividades que romperán el círculo vicioso. Los niños tienen la libertad de desarrollar un fuerte sentido de identidad cuando la agitación interna se transforma en paz interior, preparando el camino para que sean todo lo que pueden ser. En esta guía completa, Peter Levine y Maggie Kline te invitan amablemente a que te unas a ellos en el sueño colectivo de tejer una nueva tela social a través de las poderosas herramientas de intervención de trauma aquí ofrecidas, para que los niños a través del mundo puedan realmente contar con la libertad de ser niños.
IdiomaEspañol
EditorialEleftheria
Fecha de lanzamiento19 sept 2016
ISBN9788494547751
El trauma visto por los niños: Despertar el milagro cotidiano de la curación desde la infancia hasta la adolescencia

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    El trauma visto por los niños - Peter A. Levine

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    Parte I

    Comprender El Trauma

    CAPÍTULO 1

    ¿Qué es el trauma? Una definición funcional

    La enérgica actitud protectora y territorial del reptil, la orientación afectiva y familiar del mamífero primitivo, y las capacidades lingüísticas y simbólicas de la corteza cerebral pueden multiplicar nuestra perdición o bendecir nuestra salvación.

    – Jean Houston

    ¿Q ué es el trauma? Hoy en día la palabra «trauma» surge por doquier. Títulos tales como «Liberar el trauma» y «En las secuelas del abuso» son titulares destacados tanto de revistas profesionales como de revistas para un público general. Algunos programas de televisión como el de Oprah Winfrey intentan hacer entender a millones de espectadores el poderoso efecto del trauma en el cuerpo y el alma. Por fin hoy en día se está sabiendo qué tan devastador puede ser el impacto del trauma en el bienestar emocional y físico de los niños, así como en su desarrollo cognitivo y su comportamiento. Para los profesionales, abundan los foros disponibles que resaltan las estadísticas de los efectos del trauma en los pequeños y jóvenes. Desde el 11 de septiembre de 2011, ha habido un bombardeo de información sobre cómo salir adelante de las secuelas de una catástrofe.

    Pese al énfasis puesto en escanear y estudiar el cerebro traumatizado, se ha escrito muy poco sobre las causas comunes, y mucho menos sobre la prevención y el tratamiento del trauma. En su lugar, la atención se ha puesto en el diagnóstico y la medicación de sus distintos síntomas. «El trauma es quizás la causa de sufrimiento humano más evitada, ignorada, menospreciada, negada, incomprendida y sin tratar».²

    Afortunadamente ustedes –los padres, educadores y profesionales de la salud que trabajan con niños– pueden prevenir los efectos peligrosos del trauma y hacer el mayor bien posible a aquellos que están bajo su cuidado.

    Con el incremento del número de eventos locales y mundiales perturbadores, así como de la posibilidad de observarlos, queda claro que los padres, educadores, profesionales médicos y terapeutas no pueden esperar un momento más para aprender cómo prevenir el trauma de la mejor manera posible. Resulta fundamental reconocer la raíz de este problema para poder restaurar la resiliencia natural del creciente número de niños que ya están sufriendo. En este capítulo esperamos poder cerrar la laguna informativa a medida que miramos detenidamente el trauma, sus mitos y sus realidades.

    El trauma se encuentra en el sistema nervioso, ¡no en el suceso!

    El trauma sucede cuando cualquier experiencia nos pasma de manera completamente imprevista; nos abruma y nos deja alterados y desconectados de nuestros cuerpos. Cualquier mecanismo de afrontamiento que podamos haber tenido se debilita y nos sentimos completamente indefensos y sin esperanza. Es como si nos dejaran sin estabilidad.

    El trauma es la antítesis del empoderamiento. La vulnerabilidad al trauma difiere de persona a persona, lo que depende de distintos factores que tienen que ver especialmente con la edad y el historial de trauma. Entre más pequeño sea el niño, es más probable que se abrume por hechos comunes que podrían no afectar a un niño mayor o a un adulto.

    Se ha creído de manera generalizada que los síntomas traumáticos son el resultado del tipo y magnitud de un evento externo y que es equivalente a éste. Aunque la magnitud del factor estresante claramente es un factor importante, no define al trauma. Eso se debe a que «el trauma no está en el suceso en sí; más bien, el trauma reside en el sistema nervioso».³ La base de un «único suceso» traumático (en contraposición a una negligencia o abuso continuo) es fisiológica más que psicológica. Dado que no hay tiempo para pensar cuando nos enfrentamos a una amenaza, nuestras respuestas primarias son instintivas. La función principal de nuestro cerebro ¡es la supervivencia!

    Estamos programados para ello. En la raíz de una reacción traumática se encuentra nuestra herencia de 280 millones de años, una herencia que reside en las estructuras más antiguas y profundas del cerebro, conocido como el cerebro reptiliano.

    Cuando estas partes primitivas del cerebro perciben un peligro, automáticamente activan una extraordinaria cantidad de energía; como la descarga de adrenalina que permite que una madre levante el coche debajo del cual está atrapado su hijo para, de esta manera, ponerlo a salvo. Esto a su vez provoca la aceleración del corazón junto con más de veinte respuestas fisiológicas diseñadas para prepararnos para defendernos y protegernos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos. Estos rápidos cambios involuntarios incluyen la redirección del flujo sanguíneo lejos de los órganos digestivos y de la piel hacia los grandes músculos motores de la huida, junto con una respiración rápida y corta y una disminución de la producción normal de saliva. Las pupilas se dilatan para incrementar la capacidad de los ojos para asimilar más información. La capacidad coagulante de la sangre incrementa mientras que la capacidad verbal disminuye. Las fibras musculares se alteran en gran medida, a menudo hasta temblar. O incluso nuestros músculos pueden colapsarse de miedo mientras que el cuerpo deja de funcionar al sentirse abrumado.

    El miedo a nuestras propias reacciones

    Cuando una persona no comprende lo que le está sucediendo internamente, las mismas respuestas que tienen el propósito de otorgar una ventaja física pueden volverse completamente aterradoras. Esto es especialmente cierto cuando, debido al tamaño, edad u otras vulnerabilidades, uno es incapaz de moverse, o bien resultaría perjudicial hacerlo. Por ejemplo, un bebé o niño pequeño no tiene la opción de correr. Sin embargo, un niño más grande o un adulto, quienes normalmente podrían correr, también podrían necesitar quedarse muy quietos, como en el caso de una cirugía, una violación o un abuso sexual. No hay elección consciente. Estamos biológicamente programados para paralizarnos (o perder la fuerza del cuerpo) cuando la huida o la lucha son o imposibles o se perciben como imposibles. La parálisis es la última respuesta, o la respuesta «por defecto» a una amenaza ineludible, aun si esa amenaza es un microbio en nuestra sangre. A causa de la capacidad limitada de los bebés y niños para defenderse a sí mismos, éstos son particularmente susceptibles a paralizarse y, por lo tanto, son vulnerables al trauma. Por eso la ayuda de un adulto es tan esencial en la prevención del trauma y para ayudar a los pequeños a sanar.

    Bajo la respuesta de parálisis hay distintos efectos fisiológicos. Lo que debe comprenderse sobre la respuesta de parálisis es que, aunque el cuerpo parece inerte, los mecanismos fisiológicos que preparan al cuerpo para huir pueden estar todavía «completamente operativos». Paradójicamente, el patrón sensorial-motor-neuronal que se puso en movimiento en el momento de la amenaza pasa a un estado de inmovilidad o «choque». En estado de choque, la piel está pálida y los ojos parecen vacíos. El sentido del tiempo se distorsiona. Por debajo de esta situación de impotencia yace una enorme energía vital. Esa energía queda en espera de terminar lo que ha comenzado. Además, los niños muy pequeños tienden a saltarse las respuestas activas para ir directamente a la inmovilidad. En cualquier caso, necesitan nuestra guía para volver completamente a la vida. Además, muchos niños pequeños no se protegen a sí mismos huyendo, sino corriendo hacia la figura adulta con la que tienen un vínculo. Por lo tanto, para ayudar al niño a resolver un trauma, debe haber un adulto disponible con el que se sienta seguro.

    ¿Cómo nos afectan a largo plazo este flujo de energía y estos diversos cambios en la fisiología? La respuesta a esta pregunta resulta importante para comprender el trauma. La respuesta depende de lo que sucede durante y después del suceso potencialmente abrumador. Lo malo es que, para evitar el trauma, el exceso de energía acumulada para nuestra defensa debe «usarse por completo». Cuando la energía no se descarga por completo, en vez de desaparecer queda atrapada y crea así los síntomas traumáticos potenciales.

    Entre más pequeño es el niño, menos recursos tiene para protegerse. Por ejemplo, un niño en el preescolar o en la escuela primaria es incapaz de escaparse de o luchar contra un perro violento, mientras que los bebés son incluso incapaces de mantenerse a sí mismos calientes. Por estas razones, en la prevención del trauma es de suma importancia la protección de los adultos respetuosos que perciben y satisfacen las necesidades de los niños de seguridad, calor y tranquilidad. Además, los adultos a menudo pueden proporcionar consuelo y seguridad al introducir un juguete como un animal de peluche, una muñeca, un ángel o incluso un personaje fantástico para que actúe como un amigo suplente. Estos objetos pueden ser especialmente consoladores cuando los niños deben separarse temporalmente de sus padres y también como ayuda para dormir cuando están solos en sus habitaciones por la noche. Recursos como éstos pueden parecer poco importantes para un adulto, pero pueden resultar de vital importancia para prevenir que los niños pequeños se sientan abrumados.

    Los adultos que recibieron este tipo de conexión segura cuando sentían miedo de niños pueden pensar que esta información es de «sentido común», lo que implica que es normal que las necesidades de los niños se perciban y se atiendan. Por desgracia, históricamente las necesidades de los niños se han minimizado, e incluso se han ignorado completamente. El psiquiatra del desarrollo Daniel Siegel, autor del aclamado libro La mente en desarrollo, aporta una síntesis de la investigación neurobiológica que subraya exactamente qué tan crucial les resulta a los bebés y a los niños la seguridad y la contención proporcionada por los adultos. El cerebro temprano desarrolla su inteligencia, su resiliencia emocional y su capacidad de regularse a sí mismo por la formación y poda anatómica-neuronal que tiene lugar en el contexto de una relación cara a cara entre un niño y su cuidador. Cuando ocurren eventos traumáticos, la impresión de patrones neurológicos se intensifica radicalmente. Por lo tanto, cuando los adultos aprenden y ponen en práctica las herramientas simples de primeros auxilios que ofrecemos, también están haciendo una contribución fundamental al desarrollo de un cerebro sano y al comportamiento de los niños.

    Ingredientes del trauma

    La probabilidad de desarrollar síntomas traumáticos está relacionada con el nivel de desconexión del cuerpo en el momento del trauma, así como con el nivel de energía de supervivencia no utilizada y originalmente movilizada para una respuesta de lucha o huida. Ahora, este proceso de autoprotección está colapsado. Los niños necesitan apoyo para liberar este estado de sobrecarga, dado que son muy susceptibles a los efectos del trauma. Hay que terminar con el mito de que los bebés y niños «son demasiado pequeños para verse afectados» o que «no importa porque no lo recordarán». Lo que no era tan obvio se hace aparente a medida que aprendemos que los bebés prenatales, los recién nacidos y los niños muy pequeños son los que corren un mayor riesgo de sufrir estrés y trauma debido al poco desarrollo de sus sistemas nervioso, motor y perceptual. Esta vulnerabilidad también se aplica a los niños mayores con movilidad limitada debido a discapacidades permanentes o temporarias, como por ejemplo cuando se tiene una férula, una ortesis o una escayola por una herida o corrección ortopédica. Veamos un ejemplo de la vida real.

    El caso de Jack

    Jack, un scout y estudiante sobresaliente de once años, desarrolló una «fobia a la escuela» después de un terremoto menor; un pequeño temblor según los estándares de California. Sus padres no relacionaron el temblor y la fobia, y les pareció que sus síntomas eran bastante extraños. A Jack también lo desconcertaba su miedo extremo a la escuela. Dijo que recientemente había sido operado de la espalda y que estaba agradecido de no tener dolor y con muchas ganas de regresar a la escuela para estar con sus amigos. Sin embargo, literalmente no podía levantarse de la cama porque las «mariposas en el estómago» eran demasiado intensas. Se quedaba paralizado bajo las sábanas mientras soportaba los sentimientos de pánico. Durante la primera de las tres sesiones, surgió una increíble historia mientras trabajábamos con estas «mariposas» enfocándonos en las sensaciones de miedo de Jack (así como en sus recursos). Lo que apareció fue una aterradora imagen de su estantería sacudiéndose durante el temblor. Sin embargo, ya que la estantería no se vino abajo, ¿qué hacía que la experiencia de Jack fuera tan traumática como para alejarlo de sus amigos en la escuela? Continuamos trabajando juntos y el tema pronto se esclareció.

    Cuando Jack sintió el temblor por primera vez, fue incapaz de predecir el nivel preciso de peligro; lo único que se registró en su cerebro reptiliano fue la «bandera roja» de la amenaza. Su sistema nervioso respondió al peligro percibido poniéndose en un estado de alerta completo y continuó sintiendo el pánico mucho después de que el temblor hubiera terminado. La intensidad de su respuesta se explica cuando nos damos cuenta de que cuando Jack era más pequeño había sido confinado a un corsé de escayola después de una primera cirugía de espalda. Asustado por el procedimiento y luego inmovilizado por la escayola, era incapaz de responder a los peligros que sentía que lo acechaban por doquier, como muchos niños lo sienten después de un evento tan aterrador. No podía llevar a cabo el impulso normal de huir; estaba realmente paralizado. En el caso de Jack, era la escayola la que no le permitían moverse.

    Cuando el cerebro pone en movimiento un impulso sensomotriz, pero los miembros no pueden moverse (o si el movimiento en sí podría ser peligroso, como ocurre en una cirugía o un abuso sexual), probablemente se desarrollarán síntomas. La molestia se puede experimentar como irritabilidad, ansiedad, «mariposas», insensibilidad, etc. Cuando el cuerpo ya no puede soportar los sentimientos abrumadores, se colapsa resignándose al miedo («impotencia aprendida»), lo que hace cualquier animal en una situación en la que una huida activa de la amenaza resulta imposible. Mientras Jack se hacía mayor, lo que había sido una experiencia terrorífica en su infancia temprana parecía «olvidada» a los once años.

    El problema es que, a pesar de que un evento pueda haber desaparecido de la memoria consciente, el cuerpo no olvida. Hay un imperativo fisiológico para completar los impulsos sensomotrices incompletos que se activaron antes de que el cuerpo fuera capaz de regresar a un estado de alerta relajado. Por lo tanto, aun después de que le quitaran la escayola a Jack, la energía no descargada y la «huella» neurológica de la restricción permaneció presente en su sistema nervioso.

    La razón por la cual nuestros cuerpos no olvidan: lo que la investigación cerebral nos ha enseñado

    ¿Por qué no nos liberamos de la amenaza una vez que ésta ha terminado? ¿Por qué se nos quedan, a diferencia de nuestros amigos animales, los vívidos recuerdos y la ansiedad que nos alteran para siempre si no obtenemos la ayuda que necesitamos?

    El reputado neurólogo, Antonio Damasio, autor de El error de Descartes y La sensación de lo que ocurre, descubrió que las emociones literalmente tienen un mapeo anatómico en el cerebro necesario para la supervivencia.⁴ Esto quiere decir que la emoción del miedo tiene un sistema de circuitos neurales muy específico grabado en el cerebro y que corresponde a sensaciones físicas específicas de varias partes del cuerpo. Cuando algo que vemos, escuchamos, olemos, probamos o sentimos da señas de la amenaza original, la experiencia del miedo ayuda al cuerpo a organizar un plan de «huida o parálisis» para así evitar rápidamente el peligro. El detonante produce más que un recuerdo (de hecho, muchas veces no hay un recuerdo consciente del origen, sino solamente una respuesta física). La frecuencia cardíaca se intensifica rápidamente, se produce sudor y aparece angustia porque el cuerpo actúa como si la amenaza todavía estuviera ocurriendo. La fuerte emoción del suceso original dejó una huella igual de fuerte para enseñarnos una lección de supervivencia. Esto resulta útil cuando nos enfrentamos al siguiente peligro. Pero ¿por qué esta respuesta se vuelve inadaptada, apareciendo incluso si no hay un peligro real? Veamos de nuevo la investigación.

    Bessel van der Kolk, un destacado investigador del trauma en la Universidad de Boston, ha estudiado la respuesta del miedo a través de una imagen por resonancia magnética (IRM).⁵ Una pequeña estructura con forma de almendra en el mesencéfalo llamada amígdala es la responsable de activarse rápidamente cuando se percibe una amenaza. Es altamente receptiva a elementos visuales y sonidos y recluta muchas áreas del cerebro para lidiar con la situación. Joseph LeDoux de la Universidad de Nueva York, y autor de El cerebro emocional, lo asemeja a un sistema de alerta temprana que advierte y prepara al cuerpo para el peligro. La corteza frontal, la cual piensa y razona, juega entonces un papel crítico en poder decidir si un perro que ladra es amigo o enemigo, si la sombra es un acosador o un extraño amigable o si el objeto en el camino es una serpiente o una rama. Si resulta que el perro es amigable, el mensaje que la corteza envía de regreso a la amígdala tranquiliza la respuesta de miedo.

    Desafortunadamente, en una persona traumatizada, la corteza es incapaz de apaciguar la respuesta de miedo. Con este «desvío cortical» no podemos usar la razón para liberarnos de este miedo e, inadvertidamente, nos quedamos con la opción de exteriorizarlo a través de una emoción extrema, de sufrir en silencio los sentimientos abrumadores o bien quedarnos en blanco a causa de las angustiantes señales de respuesta al miedo. En palabras de Bessel van der Kolk, «En el TEPT [trastorno por estrés postraumático] la corteza frontal es tomada como rehén por una amígdala volátil. El pensamiento es secuestrado por la emoción. Las personas con TEPT están sintonizadas de manera muy sensible para responder a incluso estímulos muy menores como si su vida estuviera en peligro».

    De vuelta a la historia de Jack

    La explicación científica precedente facilita la comprensión de cómo fue posible que años después, cuando Jack yacía en su cama poco después de su segunda cirugía, el temblor menor disparara las sensaciones (recordadas por la consciencia corporal) de impotencia del residuo traumático de su cirugía anterior. Su cuerpo respondió al peligro presente como si todavía estuviera confinado a la escayola. Como su cuerpo estaba a merced de una amígdala excesivamente sensible, el estallido adicional de adrenalina disparó un torrente de reacciones tan abrumadora como los sentimientos originales de terror. Estos sentimientos de ansiedad impedían a Jack a salir al mundo, a pesar de que en apariencia no tenían sentido. Sin embargo, las sensaciones recién activadas del «antiguo» suceso, cuando era incapaz de protegerse a sí mismo, se habían grabado en su «memoria corporal», debilitando la confianza en sí mismo. Al no poder descifrar la fuente de las sensaciones paralizantes internas, Jack sintió pánico.

    Lo que parecía una fobia a la escuela, en realidad era el «miedo» de la avalancha de sensaciones perturbadoras causadas por la gran cantidad de hormonas de estrés recién liberadas y disparadas por la antigua «huella» de cuando Jack estuvo inmovilizado y era incapaz de correr para ponerse a salvo. Afortunadamente, a medida que Jack aprendía cómo «hacerse amigo» de sus sentimientos aterradores poco a poco, su cuerpo conectaba con el pasado y descargaba las sensaciones paralizantes en sus piernas mientras éstas comenzaban a temblar. Luego, de forma casi milagrosa, ¡Jack sintió que sus piernas querían correr tan rápido como pudieran llevarlo! Para esto precisamente había sido «programado» su sistema sensomotriz en el momento de su primera cirugía, y él no lo había podido hacer.

    Muchos de nosotros hemos tenido algún tipo de suceso «ordinario» aterrador del que no nos hemos recuperado por completo. Y algunas de estas experiencias «hace tiempo olvidadas» han creado los cimientos de varios síntomas emocionales y físicos, e incluso nuestras aversiones y «preferencias». El siguiente ejemplo ilustra que normalmente no los cuestionamos.

    Henry

    La madre de Henry, un niño de cuatro años de edad, empezó a preocuparse cuando él se rehusó a comer (la que había sido) su comida favorita: bocadillo de mantequilla de cacahuate y mermelada con un vaso de leche. Cuando su madre los ponía enfrente de Henry, él se agitaba, se ponía tenso y los apartaba. Lo que resultaba aún más perturbador era el hecho de que comenzaba a temblar y llorar siempre que el perro de la familia ladraba. Nunca se le ocurrió a la madre que esta «manía» por los alimentos y miedo a los ladridos estaban directamente relacionados con un incidente «ordinario» que había ocurrido casi un año antes, cuando Henry todavía usaba la trona.

    Mientras estaba sentado en su trona devorando su comida favorita –mantequilla de cacahuate, mermelada y leche– había tendido su vaso medio vacío orgullosamente hacia su madre para que ella lo rellenara. Como estas cosas pasan, a Henry se le resbaló el vaso de la mano, cayó al suelo y causó un estruendo. Esto sobresaltó al perro, haciéndolo saltar hacia atrás, y derribó la trona. Henry se golpeó la cabeza contra el suelo y se quedó ahí, respirando con dificultad y sin poder recuperar el aliento. La madre gritó y el perro comenzó a ladrar fuertemente. Desde la perspectiva de su madre, la aversión por la comida y el miedo aparente hacia el perro de Henry tenían ningún sentido. Sin embargo, desde el punto de vista del trauma, la simple asociación de haber tomado leche y mantequilla de cacahuate justo antes de la caída, junto con el ladrido salvaje del perro, condicionó su miedo y su aversión hacia esa comida como en una respuesta condicionada de Pávlov.

    Una vez que Henry «practicó» las caídas controladas sobre almohadas (con las sugerencias detalladas en este libro), aprendió a relajar sus músculos mientras se rendía poco a poco a la gravedad. Antes de esto, «simplemente» no comía esos alimentos y le costaba trabajo dormir cuando los perros del barrio ladraban. Afortunadamente, después de un par de sesiones de juego, este niño pequeño devoraba una vez más sus alimentos favoritos y le ladraba de regreso a su perro con un júbilo juguetón.

    Lecciones aprendidas de los animales

    ¿A qué se debe que los animales de presa no domesticados rara vez se traumaticen? Aunque los animales en su entorno natural no sufran procedimientos quirúrgicos ni lleven escayolas como lo hizo Jack, sus vidas se ven amenazadas de manera rutinaria, a menudo varias veces al día. Sin embargo, cuando están en estado salvaje, los animales raramente se traumatizan. Las observaciones de los animales en estado salvaje condujeron a la premisa de que los animales tienen una capacidad innata para recuperarse de una dosis continuada de peligro.⁸ Literalmente se «sacuden» la energía residual al temblar, mover rápidamente los ojos, sacudirse, jadear y completar movimientos motores. Mientras el cuerpo comienza a recuperar su equilibrio, se puede observar al animal «respirando» espontáneamente en profundidad. En realidad, si se observa con cuidado, uno se da cuenta de que la respiración proviene desde un lugar profundo de su organismo. Todo esto forma parte del mecanismo normal de autorregulación y homeostasis. La buena noticia es que compartimos esta misma capacidad con nuestros amigos animales.

    ¿Por qué, entonces, los humanos sufren de síntomas de trauma? Hay varias respuestas a esta pregunta vital. Primero que nada, somos más complejos que otras criaturas. Al estar dotados de un cerebro racional superior, sencillamente pensamos demasiado. El pensamiento se empareja con demasiada frecuencia al juicio. Los animales no tienen palabras para juzgar sus sentimientos y sensaciones. No hay sentimientos de culpa, vergüenza, o reproches. El resultado final es que no impiden el proceso de sanación que lleva de regreso al equilibrio y la homeostasis como lo hacemos nosotros. Otra razón es que no estamos acostumbrados a respuestas físicas tan fuertes. Sin la habilidad de guiar, en vez de impedir, estas reacciones involuntarias, los instintos que los animales dan por hecho pueden ser aterradores, tanto para los niños como para los adultos. Además, nuestros pequeños son dependientes de nosotros en cuanto a seguridad y protección durante mucho más tiempo que las crías de otras especies. Los niños necesitan la seguridad de un cuidador para recuperarse.

    La mayoría de los mamíferos jóvenes, y eso por supuesto incluye a los niños humanos, en vez de huir de la amenaza correrán hacia una fuente de protección adulta, normalmente hacia la madre (o hacia otros adultos). De manera similar, los bebés humanos y niños pequeños se aferran a sus figuras de apego cuando se sienten amenazados. De hecho, los humanos de todas las edades buscan el consuelo de otros cuando sienten miedo o estrés. (Esto es lo que sucedió en Nueva York después del 11-S, cuando las personas pasaron horas en el teléfono hablando con sus familiares y amigos). Pensamos que resulta evidente que se produzca un dilema de consecuencias profundas si las personas que se supone que nos quieren y protegen también son las que nos han lastimado, humillado o violado. Este «doble vínculo» socava un sentido básico de identidad y de confianza en los instintos de uno mismo. De esta manera, el sentido de seguridad y estabilidad de uno mismo se debilita. Por esta razón, si tienes un niño con problemas de apego (como puede ocurrir en adopciones, en familias de acogida y cuando ha habido separación o abuso), la ayuda y el apoyo de un profesional cualificado es generalmente aconsejable, si no fundamental.

    Afortunadamente, este libro te enseñará cómo ayudar a los niños a sentir y moverse a través de las sensaciones sin una angustia excesiva, ¡igual que los animales! Tu nuevo aprendizaje te ayudará a extraer el miedo de la experiencia de estas reacciones involuntarias. No importa si eres padre, profesor, consejero o enfermero; a través del juego, el arte, y juegos y actividades, te guiaremos para que ayudes a tus propios niños y a otros como Jack y Henry. Se incluyen rimas sencillas que usan imágenes de animales (ver el capítulo cinco). Como los animales no son críticos y son instintivos, pueden ser poderosos recursos para ayudar a los niños a conectar directamente con su propio proceso de sanación innato.

    Se incluyen muchos ejemplos de la vida real para ilustrar cómo puedes apoyar a los niños a que se recuperen de experiencias aterradoras y abrumadoras. A pesar de que muchos provienen de sesiones de práctica privada y otros de terapias en entornos escolares, los principios básicos están diseñados como «primeros auxilios emocionales» por cuidadores concienzudos. Este libro está escrito para ayudar a los terapeutas en sus esfuerzos. También tiene el propósito de asistir a los padres y otros cuidadores de niños, como el personal médico, a reconocer las señales de trauma mientras se aprenden habilidades sencillas para aliviar o prevenir síntomas de trauma después de un percance aterrador. Como se mencionó anteriormente, hay situaciones en las que, por supuesto, la terapia profesional es altamente recomendable.

    CAPÍTULO 2

    El alcance del trauma: causas que van desde lo ordinario hasta lo extraordinario

    On and on the rain will fall… like tears from a star… like tears from a star. On and on the rain will say, how fragile we are… how fragile we are.*

    «Fragile» de Sting

    Ahora exploraremos los disparadores del trauma, algunos conspicuos, incluso palpables, mientras que otros son hechos ordinarios. Muchas personas, incluyendo los profesionales, han pasado por alto estos disparadores comunes. Nuestros ejemplos ayudarán a aclarar la importancia de ayudar a los pequeños a afrontar los percances cotidianos así como los eventos más extraordinarios.

    Muchos padres y profesionales definirían el trauma como un horrible suceso inesperado que es relativamente raro, y que afecta sólo a unos cuantos individuos desafortunados. Nosotros (los autores) nos atreveríamos a decir que nadie se escapa por completo del gran alcance de la sombra del trauma en cierta medida y en algún momento u otro durante su vida. Y los que se traumatizan en el frágil período de la infancia llevan la carga de la impronta del trauma como una lucha continua que parece agregar una capa turbia sobre la existencia ordinaria.

    Hay eventos que le resultan abrumadores casi a cualquier niño. Éstos incluyen estar expuestos a violencia, sucesos en torno a robos, tiroteos en escuelas, secuestros, así como abusos físicos y sexuales. Tristemente, este tipo de eventos son una realidad para demasiados niños. Puede ser que otros sucesos no parezcan traumatizantes desde la perspectiva de un adul to. Sin embargo, para un niño, muchos sucesos «ordinarios» pueden tener efectos duraderos.

    Causas comunes de trauma en la infancia

    Las fuentes más universales de posibles reacciones traumáticas, incluyendo caídas, accidentes y procedimientos médico-quirúrgicos invasivos, ocurren con tanta frecuencia que raras veces se vinculan conscientemente los síntomas posteriores y un incidente precipitante. A menudo estos sucesos no tienen efectos negativos duraderos. Dicho esto, la sabiduría de «más vale prevenir que curar» no podría ser más cierta cuando suceden cosas alarmantes. La prevención de efectos negativos después de hechos aterradores es a menudo simple, como ser verá en la parte ii. Para darte una mejor idea de cómo pueden afectar a los niños de manera perjudicial los eventos comunes, veamos distintas situaciones típicas que les suceden a los niños en un día cualquiera y en cualquier ciudad o pueblo.

    Ejemplos de la vida real de niños que hemos conocido

    Al echar un vistazo a los mundos de cinco niños diferentes, se comprenderá mejor el alcance del trauma que puede ocurrir a cualquier edad. Alguna de las situaciones aquí descritas ¡podría incluso hacerte pensar en alguien que conoces! Después de leer los dilemas de los pequeños más abajo, se revelará la fuente de sus dolorosos síntomas.

    Lisa llora de manera histérica cada vez que la familia se prepara para subirse al coche.

    Carlos, un chico de quince años dolorosamente tímido, se ausenta sin permiso de la escuela sistemáticamente. «Ya no quiero estar asustado todo el tiempo –dice–. Lo único que quiero es sentirme normal».

    Sarah se reporta obedientemente y puntualmente a su clase de segundo de primaria todas las mañanas; invariablemente, para las 11 a.m. se encuentra en la enfermería quejándose de un dolor de estómago, a pesar de que no se pueda encontrar una razón médica para sus síntomas crónicos.

    Curtis, un estudiante popular y simpático que va a la escuela secundaria, le dice a su madre que tiene ganas de darle una patada a alguien, ¡a quien sea! No tiene la menor idea de dónde le viene este deseo. Dos semanas después comienza a actuar de manera agresiva con su hermano pequeño.

    Los padres de Kevin, de tres años de edad, están preocupados de su manera de jugar «autista». Se tumba en el suelo de manera repetida y tensa su cuerpo, fingiendo que muere y que resucita, mientras dice, «¡Sálvame…, sálvame!».

    ¿Qué tienen en común estos jóvenes? ¿Cómo se originaron sus síntomas? ¿Desaparecerán éstos con el tiempo, o empeorarán? Para responder a estas preguntas, que les interesarán a las personas preocupadas como profesores, profesionales de la salud y padres, veamos la fuente de sus problemas.

    Comenzaremos con Lisa, la que llora de manera histérica. Cuando tenía tres años, viajaba sentada y atada en su silla de coche cuando a la furgoneta de la familia le pegaron por detrás. Ni ella ni su madre, quien conducía, sufrieron daños físicos. De hecho, el coche apenas se rayó, y se consideró al accidente como un «toque». El llanto de la pequeña Lisa no se asoció con el accidente, ya que fue una reacción tardía. Le tomó varias semanas antes de que se le pasara la insensibilidad producida por el impacto de la colisión. Sus síntomas de un comportamiento silencioso junto con una falta de apetito se transformaron en lágrimas de miedo cuando se acercaba a la furgoneta de la familia.

    Mientras que Lisa experimentó un episodio puntual, la «herida» de Carlos se desarrolló a través del tiempo. Fue físicamente intimidado por más de cinco años por su medio hermano adolescente y emocionalmente perturbado. Nadie intervino. Ningún adulto en la casa lo vio como algo más que un conflicto «normal» fraternal. Carlos se sentía aterrado no sólo por el hermano, sino por miedo de que sus padres se enfurecieran con él por no tener más empatía hacia su hermano mentalmente enfermo. Había intentado expresarle su temor a su madre, pero sus sentimientos fueron descartados; en lugar de ello, se le pidió que fuera más tolerante.

    Nadie más que la hermana mayor de Carlos, quien también estaba alterada a causa de la dinámica familiar, vio su dolor o dilema. Mientras tanto, Carlos fantaseaba noche y día en convertirse en un luchador profesional, aunque apenas tenía la fuerza o la confianza necesarias para salir de la cama e ir a la escuela todos los días, y mucho menos para formar parte de un equipo deportivo escolar. Cuando Carlos reveló un plan de suicidio fue cuando sus padres finalmente reconocieron el profundo impacto perjudicial que el repetido tormento físico y emocional estaba ocasionando en su hijo.

    La siguiente pequeña mencionada arriba era Sarah, quien se había sentido muy emocionada por empezar segundo de primaria. Después de un viaje de compras para elegir ropa nueva para la escuela, se le dijo, abrupta e inesperadamente, que sus padres se iban a divorciar y que su padre se mudaría de la casa ¡en dos semanas! Su alegría por ir a la escuela se emparejó con el pánico y la tristeza mientras que la viveza en su barriga se convertía en apretados nudos. ¡No es de extrañarse que fuera la visitante más frecuente de la enfermería!

    Mientras esperaba al autobús escolar una mañana, Curtis fue testigo de un tiroteo desde un auto que dejó a la víctima muerta en la acera. Se encontraba con un pequeño grupo de compañeros de clase en la parada de autobús, y todos recibieron terapia cuando llegaron a la escuela. Sin embargo, Curtis continuó sintiéndose perturbado y agitado con el paso de los días.

    El último pequeño descrito era Kevin. Había nacido por medio de una cesárea de emergencia y fue operado para salvarle la vida en las primeras veinticuatro horas de su nacimiento. Nació con anomalías que requerían una reparación intestinal y rectal inmediata. A menudo, los procedimientos médicos y quirúrgicos son necesarios, y en efecto hacen que la vida sea posible. Entre el alivio y la celebración de una vida salvada, resulta fácil pasar por alto la realidad de que estos mismos procedimientos pueden infligir un trauma que puede dejar efectos emocionales y conductuales mucho después de que las heridas quirúrgicas han sanado.

    Salvo por el tiroteo presenciado por Curtis y la cirugía mayor que Kevin recibió al nacer, las situaciones arriba no son extraordinarias; de hecho, son típicas. A pesar de que cada «suceso» fue muy diferente, lo que estos jóvenes tienen en común es que cada uno experimentó sentimientos abrumadores. Cada uno se traumatizó por lo que sucedió y por cómo experimentó lo que sucedió. ¿Cómo lo sabemos? La respuesta es bastante simple. Cada niño siguió con su vida, de alguna forma, como si el suceso siguiera ocurriendo. Se quedaron «atorados» o fijados en el tiempo, como si sus cuerpos respondieran a una alarma puesta en el momento traumático. Pese a que la memoria puede no estar conectada de manera consciente al evento, el juego, el comportamiento y las quejas físicas de los niños revelan su lucha para lidiar con su agitación interna.

    Los ejemplos de arriba ilustran perfectamente la amplitud y profundidad de las situaciones comunes que pueden resultar abrumadoras para los niños. Para ayudar a expandir tu conocimiento sobre la gran variedad de «disparadores traumáticos», a continuación se tratan las muestras de causas potenciales en cinco categorías separadas. Mientras que algunas resul tan obvias, puede ser que otras te sorprendan. Son: 1) accidentes y caídas, 2) procedimientos médicos y quirúrgicos, 3) actos y ataques violentos, 4) dolor y pérdida, y 5) factores ambientales estresantes. A lo largo de este libro, se darán ejemplos de casos y sugerencias de primeros auxilios sobre cómo trabajar con distintas situaciones de cada una de las categorías.

    Accidentes y caídas

    Las caídas son comunes y corrientes a medida que los bebés se hacen mayores y negocian con las despiadadas fuerzas de la gravedad por primera vez. Aprender a caminar con piernas inestables y tambaleantes es un desafío. Generalmente, estas pequeñas caídas son inocuas tanto físicamente como emocionalmente. De hecho, este aprendizaje de las habilidades motoras a través del ensayo y error ayuda a los niños a desarrollar competencias y confianza. Sin embargo, los bebés y los niños, en un descuido, pueden caerse por las escaleras, de las camas y de las tronas. Con estos tipos de caídas, las repercusiones físicas y emocionales son probables.

    Una nota de advertencia

    Con ybebés y niños pequeños, los síntomas de contusión cerebral pueden incluir llanto continuo, irritación o incapacidad para calmarse. Otras señales posibles son un cambio en los hábitos de juego, una pérdida de interés en sus juguetes o alimentos preferidos, pérdida de equilibrio o la pérdida de habilidades recién adquiridas como ir al baño solo, caminar o el lenguaje. A pesar de que éstas pueden ser fácilmente señales de trauma, también pueden ser una indicación de contusión cerebral. Si notas que persiste o empeora cualquiera de las señales mencionadas, particularmente si la cabeza del niño pudo haber recibido un impacto, es fundamental buscar asistencia médica profesional después del accidente tan pronto como lo sea posible.

    A medida que los niños maduran, sienten el deseo de probar sus límites en los deportes, la danza y las piruetas. A menudo, dado que un niño no quiere parecer débil frente a sus padres o compañeros, reprimirá sus ganas de llorar. Esta bravuconería de «al mal tiempo buena cara» a menudo interfiere con la liberación de estrés tanto emocional como fisiológico. Otro efecto común en las vidas de muchos niños es verse involucrados en un accidente de un vehículo motorizado, como fue el caso de la pequeña Lisa.

    Otro percance potencialmente significativo para niños de todas las edades tiene que ver con vivir una experiencia en donde casi se ahogan. Esto puede suceder en bañeras, piscinas, estanques en jardines traseros, lagos o en el océano. Los padres que miran hacia otro lado brevemente pueden encontrar a su hijo ahogándose en el agua, o peor aún, que el niño haya desaparecido, momentáneamente, bajo el agua. Los niños mayores y los adolescentes pueden ser jalados por «contracorrientes» o golpeados por las olas. Sentir que uno casi se ahoga es una forma de asfixia, lo cual puede resultar aterrador. Otras formas en las que los niños sienten asfixia tienen que ver con enredarse bajo las sábanas o ser aplastados por almohadas, las caídas en las que «se quedan sin aire», mascotas que se tumban a lo largo de la garganta o el pecho, un juego brusco con hermanos mayores, un cosquilleo agresivo, y el procedimiento médico de intubación, lo que bloquea las vías respiratorias. La siguiente tabla resume estas situaciones.

    Accidentes y caídas

    ●Caídas (escaleras, camas y tronas)

    ●Lesiones deportivas (de equipos deportivos, caídas de bicicletas, monopatines, esquís, etc.)

    ●Accidentes de coche (incluso a velocidades bajas)

    ●Experiencias cercanas al ahogo o la asfixia

    Procedimientos médicos y quirúrgicos

    Esta categoría es quizás la más ignorada y potencialmente problemática, particularmente con las tecnologías modernas para salvar la vida, como hemos visto con Kevin (quien fue operado inmediatamente después de nacer). Estos efectos traumáticos parecer ser intrínsecos a la hospitalización y a los procedimientos médicos invasivos. Es más probable que un trauma de este tipo suceda cuando los niños son separados de sus padres, cuando tienen miedo, cuando son sujetados contra su voluntad y no están preparados para lo que les va a suceder.

    El doctor David Levy, psiquiatra e investigador médico, se dio cuenta en sus estudios de observación (1944) que los síntomas mostrados por los niños que habían sido hospitalizados por procedimientos médicos «de rutina» ¡no eran muy diferentes de aquéllos mostrados por soldados con «neurosis de guerra» (traumatizados) en la Segunda Guerra Mundial que regresaban de los campos de batalla de Europa y el norte de África!¹ Los procedimientos médicos invasivos modernos siguen siendo una de las fuentes de trauma más ignoradas.

    A medida que la medicina moderna se vuelve más sofisticada con ecografías, encefalogramas y otros recursos, hay más posibilidades de que se usen procedimientos estresantes que algunos consideran rutina. Los niños deben estar preparados y sentirse apoyados antes de someterse a exámenes y tratamientos, para que los avances en medicina hagan más bien que daño.

    Procedimientos médicos y quirúrgicos

    ●Cirugía y procedimientos médicos

    (puntos, agujas intravenosas, exámenes exploratorios)

    ●Procedimientos dentales

    ●Enfermedades potencialmente mortales y fiebres altas

    ●Inmovilización prolongada (yesos, tablillas, tracción)

    ●Envenenamiento

    ●Pérdida de bienestar fetal y complicaciones en el parto

    (cordón alrededor del cuello, anestesia, drogas y alcohol, etc.)

    Actos/ataques violentos

    El abuso físico y sexual, así como los efectos de la guerra, han recibido más atención por parte de los profesionales y la prensa desde el movimiento femenino de la década de 1970 y el regreso de los veteranos después de la guerra de Vietnam. Sin embargo, muchos padres todavía desconocen la prevalencia de los ataques en sus propios niños, a menudo en sus propios hogares y barrios. Este libro pretende mostrar cómo se pueden identificar los síntomas en los niños y cómo hablarles a los niños de manera en que se puedan reducir las posibilidades de victimización.

    Una subcategoría de actos violentos que a menudo se pasa por alto tiene que ver con la observación. Nuestros niños ahora pertenecen a la «Generación M» («M»edios electrónicos). Nos guste o no, son bombardeados con imágenes violentas de juegos de video, televisión, ordenadores y música. Al hacer muchas cosas al mismo tiempo, puede ser que reciban múltiples imágenes de diferentes fuentes de manera simultánea. La palabra con «M» para los padres es «Monitorizar» lo que el niño ve y escucha. Por supuesto, a medida que se hacen mayores, esto se vuelve prácticamente imposible. Sin embargo, mantener un diálogo abierto acerca del impacto de las imágenes violentas con los preadolescentes y adolescentes es indispensable.

    Actos/ataques violentos

    ●Acoso psicológico

    (escuela, barrio, hermanos)

    ●Ataques de animales (perro, mordedura de serpiente)

    ●Violencia familiar

    ●Observar violencia (en vivo e indirectamente a través de juegos de video y la televisión)

    ●Abuso físico y sexual y negligencia

    ●Guerra, desplazamiento y sus efectos intergeneracionales

    ●Amenaza de ataque terrorista

    ●Secuestro

    La pérdida

    Ningún niño se escapa de la infancia sin haber sufrido una pérdida. La muerte de algún miembro de la familia o mascota es inevitable. El divorcio afecta aproximadamente a la mitad de las familias en los Estados Unidos. Sin embargo, podemos hacer mucho para ayudar a los niños a salir adelante. Este libro trata las diferencias importantes entre choque y dolor y cómo ayudar a los jóvenes a través de ambas etapas.

    Pérdida

    ●Divorcio

    ●Muerte de un ser querido o mascota

    ●Separación

    ●Perderse (en un centro comercial o en un barrio desconocido)

    ●Posesiones (hogar y otras pertenencias después de desastres o robos)

    Factores ambientales estresantes

    Después del tsunami del océano Índico y los huracanes Katrina y Rita, el impacto devastador de los desastres naturales se hizo obvio para todos nosotros. Otros factores ambientales estresantes, como los ruidos fuertes y las temperaturas extremas que pueden tolerar (aunque no apreciar) niños mayores y adultos, pueden crear síntomas traumáticos en bebés y niños pequeños que aún no tienen la habilidad de autorregulación o de alejarse de factores dañinos. Un bebé puede percibir un coche caluroso o una habitación helada como una experiencia cercana a la muerte.

    Factores estresantes ambientales

    ●Exposición a temperaturas extremas

    ●Desastres naturales (incendios, temblores, inundaciones, tornados, huracanes, volcanes y tsunamis)

    ●Ruidos fuertes repentinos para bebés y niños pequeños (discusiones, violencia, truenos, especialmente si el niño se encuentra solo)

    Es importante comprender que si cualquiera de estas cosas le sucedieron a tu hijo o a algún niño que conozcas, no quiere decir que necesariamente esté traumatizado. Unos cuantos minutos en compañía del niño usando los primeros auxilios descritos en la parte ii puede ayudar a minimizar la posibilidad de efectos duraderos. Los primeros auxilios en trauma también pueden ayudar al niño a ser más resistente al estrés inevitable, una suerte de «inoculación de estrés» de por vida.

    Curtis, a quien conocimos antes y quien fue testigo de un tiroteo desde un auto, es un gran ejemplo de cómo un poco de apoyo por parte de un adulto puede ser muy beneficioso en aliviar la angustia aguda. Después de recibir los primeros auxilios para el trauma, sus síntomas persistentes se resolvieron de noche a la mañana. Afortunadamente, un astuto terapeuta escolar notó la creciente irritabilidad de Curtis y cómo, de manera inusual, «parecía querer provocar una pelea». Después de una sesión, que llevó a su cuerpo fuera del choque y restauró su confianza en sus defensas debilitadas, la angustia de Curtis desapareció. En la sesión de seguimiento varios meses después, continuó estando libre de síntomas. En el capítulo doce, donde se aportan actividades y ejemplos para ayudar a estudiantes traumatizados después de una crisis, miraremos más de cerca la manera en la que se ayudó a Curtis a descargar por completo la irritante energía de «pelea» que se almacenó en su cuerpo cuando fue un inocente testigo de un ataque violento.

    Fuentes obvias de trauma infantil

    Desafortunadamente, no se puede decir que las fuentes obvias y terribles de trauma sucedan de manera mucho menos frecuente que las caídas, lesiones, separaciones y enfermedades «comunes» que forman parte del crecimiento. La violencia en forma de abuso físico, sexual y emocional es prevalente. Las fuentes más extendidas y devastadoras de trauma tienden a encontrarse dentro de las propias familias y en otros adultos conocidos. Cuando un niño sufre de abuso físico o sexual a manos de alguien en quien confiaba para protegerlo, como un miembro de la familia, vecino, profesor o guía religioso, la complejidad de traición, ocultamiento y vergüenza adicional es en sí misma abrumadora. Dada la complejidad, es de suma importancia buscar ayuda profesional para los niños bajo tu cuidado. Este libro tiene el propósito de ayudarte a incrementar tu conocimiento sobre cómo y por qué tu niño está sufriendo por un trauma y cómo ayudarlo a recuperarse. Sin embargo, no es un substituto de la ayuda cualificada de un terapeuta infantil especializado en tratar víctimas de abuso.

    La impactante prevalencia de la violencia en la familia y en la comunidad

    Tristemente, millones de niños son víctimas, o testigos, de violencia en el hogar, la comunidad o la escuela, según la investigación de doctor Bruce Perry y otros.² Se ha dicho que el hogar es el lugar más violento de los Estados Unidos.³ En 1995, el FBI reportó que el 27 % de todo el crimen violento tenía que ver con violencia entre familiares, y el 28 % involucraba a conocidos y la violencia ocurría dentro del hogar.⁴ Si no son las víctimas directas de un crimen violento, los niños a menudo son los testigos.

    Se calcula que se denuncia menos del 5 % de la violencia doméstica. Sin embargo, el abuso familiar que sucede en el hogar –es decir, el abuso infantil y conyugal– representa la mayoría de la violencia física y emocional sufrida por los jóvenes. A veces los niños son atacados directamente por los padres o por la respectiva pareja de sus padres. El abuso físico, emocional y sexual por un padrastro o madrastra es especialmente común. A menudo los niños son humillados, tratados como «propiedad» o se los amenaza con abandonarlos. Ser testigo de violencia puede ser igual de dañino. Un niño que, horrorizado, escucha o ve cómo se maltrata a su padre, madre, hermano o abuelos a menudo sufre más que el que es atacado. Paralizado e impotente, quizás escondido bajo la mesa o pegado a la pared, el niño intenta volverse «invisible». Como consecuencia, incontables adultos han vivido con un continuo miedo de «ser vistos». Para sobrevivir la agitación en sus hogares, la necesidad de permanecer pequeño, callado y quieto era esencial.

    La violencia por parte de otros hermanos, como lo experimentó Carlos a manos de su hermanastro mayor mentalmente perturbado, es otra fuente de abuso que los niños padecen mucho más frecuentemente de lo que los cuidadores imaginan. Straus y Gelles han calculado que más de veintinueve millones de niños en los Estados Unidos son atacados por sus propios hermanos cada año.⁵ Los padres castigan frecuentemente a ambos niños o no hacen caso al niño agredido, quien es considerado un «acusica». La rivalidad y los conflictos entre hermanos son inevitables, pero cuando un niño tiene en sus manos el poder de hacer daño y humillar a su hermano más pequeño o débil de manera cotidiana, es la estructura ideal para consecuencias nefastas. Además, existen razones por las cuales los niños acosan psicológicamente a otros niños; es importante buscar las causas dentro de la familia y el entorno.

    Además, la violencia escolar ha incrementado radicalmente en forma de intimidación, amenazas y ataques directos. Solamente en los Estados Unidos se ha estimado que se ataca a más de 250.000 estudiantes en la escuela por mes. Mientras que la forma más atroz de violencia, los tiroteos en escuelas, ha conseguido una gran publicidad, el acoso psicológico generalizado que infunde miedo en los corazones de los niños a menudo se pasa por alto, se niega rotundamente o no se denuncia a los agobiados directivos escolares.

    Sin embargo, el acoso psicológico existe en las culturas occidentales y orientales, desde Finlandia y Australia hasta Japón y China. En un artículo titulado «Kids Hurting Kids» [Niños haciendo daño a niños] que apareció en una edición de 2001 de la revista Mothering, descubrimos que cada año se reportan tres millones de incidentes de acoso psicológico tan sólo en los Estados Unidos, y al menos 160.000 niños faltan a la escuela cada día por miedo de ser acosados psicológicamente.⁷ En Japón, el acoso psicológico es tan prevalente que ha recibido un nombre: ijime. En 1993 se reportaron más de 21.500 incidentes de acoso psicológico en los patios de las escuelas en Japón, y tres de ellos terminaron en suicidio, lo que llevó el ijime a los titulares.⁸ Mientras tanto, en Toronto, Canadá, Debra Pepler de la Universidad de York, registró 52 horas de video usando micrófonos remotos en el patio de la escuela. Lo que descubrió es sorprendente: se documentaron más de

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