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Betsabé
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Libro electrónico288 páginas11 horas

Betsabé

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Iniciamos la colección Letras Nórdicas con uno de los libros más interesantes de la literatura europea de las últimas décadas: Betsabé. Torgny Lindgren escribió esta novela impresionado por el recuerdo de los tiempos en que su abuela le contaba la historia de David y Betsabé. La Biblia se narraba oralmente en su pueblo natal.
El Rey David, cautivado por la belleza de la joven Betsabé, querrá deshacerse de su esposo, el guerrero Urías, situándolo en primera línea de batalla. La novela recrea con mano maestra los avatares que permitirán que el hijo de Betsabé, Salomón, sea designado por David para sucederle en el trono.
A través de un lenguaje sublime y de una sencilla técnica, Lindgren realiza un minucioso estudio de la psicología humana. No se trata sólo de un pasaje bíblico narrado de una manera cautivadora, sino que en este libro se abren caminos para reflexiones filosóficas mucho más profundas: los conflictos humanos, el deseo de poder y la dificultad del hombre de todos los tiempos para entender los designios de los dioses.
Lindgren ganó con Betsabé el prestigioso premio Fémina étranger en el año 1986.

La traducción es de Francisco J. Uriz, Premio Nacional de Traducción.
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento29 mar 2015
ISBN9788416112982
Betsabé
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Autor

Torgny Lindgren

Torgny Lindgren nació en 1938 en Norsjö, en el norte de Suecia. A su debut literario en 1965 le sigue una carrera como escritor con numerosos galardones y premios. Considerado como uno de los grandes narradores contemporáneos, ha publicado varias novelas entre las que destacan: Betsabé, El camino de la serpiente sobre la roca, En elogio de la verdad y Miel de abejorro. En 1990 fue nombrado Doctor honoris causa por la Universidad de Linköping (Suecia). Desde 1991 es miembro de la Academia Sueca.

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    Betsabé - Torgny Lindgren

    BETSABÉ

    Torgny Lindgren

    Traducción de Francisco J. Uriz

    Título original: Bat Seba

    © Del texto: Torgny Lindgren, 1984.

    Publicado originalmente por Norstedts, Suecia. Publicado por acuerdo con Pan Agency

    © de la traducción: Francisco J. Uriz

    Edición en ebook: marzo de 2015

    © Nórdica Libros, S.L.

    C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)

    www.nordicalibros.com

    ISBN DIGITAL: 978-84-16112-98-2

    Diseño de colección: Marisa Rodríguez

    Corrección ortotipográfica: Ana M.ª Patrón Zapata

    Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico

    Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

    A mis hijos.

    Esta historia es la primera

    que oí en mi vida.

    Ahora os la he contado.

    TORGNY LINDGREN

    Contenido

    Portadilla

    Créditos

    Dedicatoria

    Autor

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    Contraportada

    Torgny Lindgren

    (Norsjö, 1938)


    Nació en 1938 en Norsjö, en el norte de Suecia. A su debut literario en 1965 le sigue una carrera como escritor con numerosos galardones y premios. Considerado como uno de los grandes narradores contemporáneos, ha publicado varias novelas entre las que destacan: Betsabé, El camino de la serpiente sobre la roca, En elogio de la verdad y Miel de abejorro.

    En 1990 fue nombrado Doctor honoris causa por la Universidad de Linköping (Suecia).

    Desde 1991 es miembro de la Academia Sueca.

    1

    Safán era criado del rey David. Era bajo de estatura, pero ancho de espaldas y rápido corredor, tenía el pelo largo y solía tocar la lira para el rey.

    Estaban los dos en la terraza del palacio. En el mismo instante en que el rey descubrió a Betsabé, la vio también Safán. Había entrenado sus ojos en el arte de moverse de la misma manera caprichosa, pero, sin embargo, calculadora que los penetrantes ojos del rey.

    Ella había salido al jardín que había entre las casas de los quereteos y los pelteos, se acababa de bañar, se estaba secando con un gran lienzo de lino, su cabello ondeaba. Hasta Safán, que aún no sabía lo que era el deseo, vio inmediatamente que era casi aterradoramente hermosa. El rey adelantó la pesada y voluptuosa cabeza como tratando de llegar a sus olores y captar los suaves sonidos de sus miembros cuando se frotaban unos contra otros; respiraba pesada y entrecortadamente.

    La distancia de un tiro de flecha, pensó Safán sin saber muy bien por qué. Hija, prepárate: olvídate de tu pueblo, de tu gente y de tu casa, para que el rey pueda gozar en tu belleza. Porque él es tu señor y tienes que rendirte ante él.

    ¿Tiene alas?, dijo el rey. ¿Está su cabeza rodeada de una aureola de luz?

    No, dijo Safán, que estaba acostumbrado a que el rey hiciese preguntas que no eran naturales ni evidentes para un hombre corriente. No tiene alas. Es, en todas sus partes, tal como tú la ves.

    Tráemela, dijo el rey. Seguía en la misma posición, agachado, en cuclillas, inclinado hacia adelante, mirando intensamente.

    ¿Qué le digo?, dijo Safán.

    Pero el rey no le contestó, simplemente movió la cabeza impaciente; ello significaba: Dile lo que quieras, dile que al verla se ha apoderado del rey una enfermiza ternura y debilidad, dile que el rey va a mandar azotarla y lapidarla y quemarla si no viene, ¡dile la verdad!

    Safán se llevó a dos hombres de la guardia real con él. Sabía que las mujeres desprecian a los muchachos. Si ella tenía un marido en casa, tal vez tendría que mandarlo matar; si tenía en casa un hombre al que amaba, seguro que lo tendría que matar. El rey es como un niño, pensó lleno de afección. Desborda de sentimientos. En su corazón hay demasiado calor y amor. Tiene treinta años más que yo; sin embargo, a veces siento como si fuese mi hijo.

    Esta atolondrada búsqueda de santidad.

    Betsabé se peinó, se puso un jazmín en la sien, se colocó una cadena de oro en el cuello y se vistió con un velo y una túnica roja de lino. Safán y los dos guardias esperaron en la puerta. Les hizo esperar; ella, hizo esperar al rey David.

    Finalmente salió. Ella se volvió hacia los hombres, llevaban cubiertos los poderosos hombros con láminas doradas, sus espadas colgaban como penes contras sus muslos.

    ¿Estoy hermosa?, preguntó ansiosa y sinceramente.

    Eres aterradoramente hermosa, contestó Safán con su vocecilla infantil ridículamente chillona.

    El rey estaba sentado en el taburete de marfil cuando llegaron ante él Safán y Betsabé; las cintas de cuero del asiento rechinaron cuando se movió.

    La miró largamente, no sólo con voluptuosidad, sino también atemorizado o tal vez valorándola, igual que contempló a los filisteos antes de la batalla de Queilá; ella se había quitado el velo y lo había enrollado en torno a su mano derecha.

    ¿Cómo te llamas?, dijo al fin.

    Se llama Betsabé, dijo Safán obsequiosamente. Su marido es Urías, el campeón. El hitita.

    Despidió a los guardias con un gesto, quería estar solo con ella. Safán se quedó dos pasos detrás de Betsabé, vio que ella estaba temblando.

    ¿Eres muda?, dijo el rey.

    No está acostumbrada a hablar, dijo Safán. Es una mujer tímida y honesta.

    ¿Qué ordenas que te diga?, dijo Betsabé.

    Levantó la cabeza cuidadosamente y lo miró; su cabello hirsuto y rizado le colgaba sobre los hombros; estaba sentado, inclinado hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas, la cabeza adelantada, como la suelen tener las aves rapaces: parecía una rapaz.

    Di que es un honor incomprensible para ti verte con el rey, dijo Safán.

    Es para mí infinitamente glorioso poder estar cara a cara con mi señor, el rey, dijo. Tenía una voz oscura profunda, casi un poco bronca; el sorprendente tono cantarín indicaba que había nacido en la zona montañosa del sur o que su madre procedía del sur.

    ¿Cuántos años tienes?, dijo el rey, y su voz sonó extrañamente tensa y apagada.

    Tengo diecinueve, dijo Betsabé. Urías me compró a mi padre, Eliam, a los trece. Entonces él no sabía lo hermosa que iba a ser.

    ¿Sabes bailar?, dijo el rey.

    Ella trataba de encontrar la mirada en los ojos entrecerrados del rey, pero la abertura era demasiado angosta; parecía cuidar mucho su mirada, como si tuviese un valor inapreciable.

    Suelo bailar para Urías, dijo. Él bebe vino y yo bailo.

    Vas a bailar para mí, dijo el rey con voz ronca y turbia.

    Entonces Safán trajo su lira, se colocó junto al taburete del rey recostado en una columna. Apoyó el instrumento contra la cadera, con la mano izquierda sostenía el marco triangular, marcaba un ritmo lento con las cuerdas, la música brotaba como aceite sagrado y trino de pájaros de su mano derecha. Mientras tocaba miraba al rey, el pobre rey tan impresionable. Se veía claramente que algo le había pasado, algo le había afectado; parecía una fiera capturada en la red. Safán sintió un deseo casi irreprimible de acercarse a él y acariciarle el cabello y acunar su cabeza contra su pecho; tenía casi la sensación de que la ternura estaba a punto de ahogarlo.

    No, realmente no era bailarina. Se movía lenta, casi torpemente; sus pies se arrastraban por los tableros de cedro, una y otra vez levantaba los brazos y metía los dedos por entre la brillante y espesa cabellera como tratando de que su pelo consiguiese interpretar la danza con la ligereza y la ingravidez que ella no podía alcanzar; su vientre y sus caderas parecían entumecidas de castidad.

    Pero cuando Safán aceleró el ritmo con su mano derecha y cuando hizo que los dedos tañesen rápidamente en los intestinos de camello retorcidos, ella dejó por fin caer la túnica al suelo con un sonido silbante que pareció repetido y amplificado por la garganta y la boca entreabierta del rey. Safán, que era el único que tenía capacidad de ver en los ojos del rey y comprender su mirada, vio cómo primero contemplaba intensamente el rostro de Betsabé y luego su sexo, cómo su atención se desplazaba entre esos dos polos, yendo y viniendo: el rostro cubierto de un profundo rubor y el sexo cubierto de brillantes rizos negros; en su ardiente interior, anegado de sentimientos, parecía buscar una línea de unión entre el rostro y el sexo, el espíritu y la carne, una manera de unirlos y de fundirlos.

    De repente, con una vehemencia que tal vez dependía del miedo a que la tremenda presión interior lo hiciese estallar, le gritó a Betsabé que dejase de bailar. Paró inmediatamente, jadeante; parecía una niña avergonzada, pero, al mismo tiempo, llena de esperanza, levantaba con las palmas de las manos sus pechos, que en realidad no necesitaban ser levantados.

    La voz del rey seguía siendo opaca y forzada y torturada cuando dijo:

    ¿Has hecho tus sacrificios?

    Sí, mi rey, dijo. Creo.

    Todo el que entre en contacto con algo impuro, pensó Safán, quedará impuro; él debe lavar sus ropas y bañarse en agua y ser impuro hasta la tarde.

    ¿Impuro?

    Entonces el rey ordenó a Safán que se ocupase de que se ofreciesen y sacrificasen dos palomas al Señor como una precaución especial. El Señor vivía en una tienda en el jardín. Debía comprar las palomas a un ciego que las criaba junto a la casa de los fenicios y llevarlas él mismo a los sacerdotes. El sexo de la mujer no puede nunca, nunca, llegar a estar suficientemente limpio.

    Cuando se quedaron solos él le ordenó que se acercase; se agachó y le separó las rodillas y metió la cabeza entre sus desamparados muslos, como tratando de buscar frescor o calor, o simplemente refugio, seguridad y abrigo. Así quedaron un momento inmóviles; ella pensó que tal vez eso era todo lo que el rey pretendía; tal vez no tuviese necesidad de nada más, pero luego sintió cómo él, con su pesado torso, la empujaba hacia atrás. Trató de evitar la caída, inclinándose rápidamente hacia adelante; sobre todo, lo que quería era evitar que el rey cayese encogido en una postura tan degradante. Pero su resistencia fue muy débil, la caída fue inevitable; mientras caían, él liberó su cabeza y dio una celérea vuelta, de manera que cuando llegaron al suelo quedaron tendidos uno al lado del otro, él con la cabeza en los brazos angustiosamente extendidos de ella y ella con los ojos y la boca entremezclados y cubiertos del hirsuto pelo rizado de él. Ella oyó lo impaciente y brutalmente que él se arrancó las vestiduras; en sus ansias murmuraba una y otra vez el nombre del Señor. La tela cedió y se rasgó; ella ya sentía el olor del sudor de él.

    Justo entonces volvió Safán. Había pensado gritarle al rey que ya había comprado las palomas y que los sacerdotes las habían aceptado. Se quedó cerca de la puerta, medio escondido detrás de una columna. No tuve tiempo, pensó; no corrí con suficiente rapidez; los sacerdotes aún no han sacrificado las palomas.

    Luego el rey se lanzó sobre ella, rápido e implacable, como si fuese un enemigo más al que derrotar. Pesaba tanto y la abrazaba con tal fuerza, que ella sentía cómo se le doblaban los huesos, cómo casi se le rompían en el interior de su cuerpo. Al penetrarla, él gritó de dolor, como si hubiese sido el perforado. Ella se esforzó para adaptarse y aguantar; quería que el rey lograse lo que se había propuesto; ella era solamente un objeto del amor descontrolado de él. Esa es la esencia del amor: ser objeto del amor de alguien.

    Ella extendió sus manos y las apretó contra las nalgas ralas, tensamente palpitantes, de él; con sus palmas iba explorando los movimientos de su cuerpo. El rey David me quiere, pensó; por eso hace esto. Como hace esto conmigo, me ama.

    Finalmente él abrió la boca en un grito terrible, casi insoportable; gritó como se suele gritar sobre un enemigo caído, sobre un gigante o un pueblo que tiene un dios extranjero o una ciudad llena de oro y perlas. Luego se bajó de ella dando una vuelta, pesado, y relajado, y agotado.

    Ella oyó cómo él se puso inmediatamente a hablar con el Señor. Sonaba monótono, triste y quejumbroso; recordaba las canciones que había oído del interior de la tienda donde vivía el Señor; de su barba colgaba una gota de saliva gris, pero, a pesar de ello, resplandeciente.

    Cuando por fin se calló, ella dijo:

    ¿Has hablado con el Señor?

    Yo estoy siempre hablando con el Señor, dijo. Es el único que me comprende.

    ¿Cómo es el Señor?, dijo Betsabé.

    Es como yo, dijo el rey David.

    Como yo.

    Y Betsabé pensó en lo cerca que había estado de aplastarla en su deseo desbocado.

    El Señor es bueno, dijo el rey pedagógicamente. Su amor no tiene límite.

    ¿Es como yo?, pensó Betsabé. ¿Qué va a hacer con Urías? ¿Qué me va a pasar?

    Sin embargo, yo no logro comprenderlo, dijo ella. Aunque su amor no tenga límite. El amor es también incomprensible.

    Sí, dijo el rey David; también el amor es incomprensible. El amor es inseguridad, incertidumbre. La más terrible incertidumbre.

    ¿Y así es el Señor?, dijo Betsabé.

    Sí, dijo el rey. Así es.

    Y con la boca hundida en el cabello de ella, cantó, murmuró, susurró una de las canciones con las que él solía regocijar al Señor y a Safán:

    Señor, tú me sondeas y me conoces.

    Si estoy sentado o de pie: tú lo sabes,

    desde lejos comprendes mis pensamientos.

    Si camino o descanso, tú lo averiguas,

    y te son conocidos todos mis caminos.

    Tú me rodeas por todos los lados

    y me tienes en tu mano.

    Tal conocimiento me es demasiado maravilloso,

    es excesivamente alto para mí, no puedo entenderlo.

    Safán los miraba. Estaban los dos muy juntos, tumbados, susurrándose algo; oía sus voces, pero no las palabras. El rey acababa de salir trepando del profundo pozo de sus sentimientos; ahora estaba tumbado completamente inmóvil, con los labios pegados a la oreja de la mujer. Safán hubiese querido estar allí en el lugar de Betsabé; pensaba en la enorme seguridad que hubiese sentido si hubiese podido abandonar su cabeza en el brazo del rey o haber ofrecido su delgado y frágil brazo a la pesada cabeza del rey. Era extraño que él, que todavía era un niño, pudiese sentirse como un padre para el rey. Al mismo tiempo que podía parecerle que el rey era como un padre para él.

    Entonces el rey volvió la cabeza y lo vio. Las aberturas de los ojos se angostaron de tal manera que ni siquiera Safán pudo ver su mirada. Un violento estremecimiento contrajo su rostro. ¡Debería tocar para él!, pensó Safán. Toda la figura del rey se convirtió súbitamente en una figura imposible de interpretar; desapareció en su propia incomprensibilidad.

    ¡Safán!, gritó. ¿Cuánto tiempo llevas ahí detrás de la columna?

    He estado aquí todo el tiempo, dijo Safán, y su voz temblo de calor y complicidad. ¡He visto todo!

    Entonces el rey se irguió sobre el codo y llamó a los guardias con una voz extraña y desgarrada. Y cuando al instante llegaron corriendo les gritó:

    ¡Llevaos a ese crío! ¡Sacadlo al patio y matadlo! ¡Y arrancadle los ojos!

    Y todo lo que Safán consiguió pensar fue: También esto es posible, el amor es incierto como el viento, la incertidumbre es lo único que existe. Me envuelve por todos los lados, abre los ojos de los ciegos.

    Y se volvió hacia el rey, cogió su alma en la mano y la extendió hacia él; no podía dejar al rey sin decirle algo de todo lo que lo embargaba. Pero no pudo pronunciar una sola palabra, ni siquiera un quejido.

    Y Betsabé no dijo nada.

    Después de un momento, el rey David se levantó, no la miró, volvió su ancha espalda, ligeramente encorvada, hacia ella, mientras se arreglaba la ropa. Se movía pesadamente y con seguridad, como para demostrar lo liberado que estaba de toda pasión. Su enmarañado cabello rojizo descansaba sobre sus hombros.

    Acababan de estar casi fundidos; era el sudor de él lo que humedecía y refrescaba la piel de ella, y era un pelo de su barba lo que se había quedado entre los labios de ella; pero ahora el cuerpo de él parecía de repente tan lejano que ella no hubiese podido alcanzarlo con el grito más angustioso. Para su mirada él parecía tan extraño como una de las estatuas de los canteros fenicios; ella apenas podía discernir ya que él era un ser humano.

    Cuando luego también Betsabé se levantó para recoger y arreglarse sus vestiduras, imitaba, sin saber exactamente por qué, la manera de moverse del rey: ella inclinó la espalda como si la aplastase el peso de un reino; movía y avanzaba los pies como si cada paso exigiese una decisión definitiva, y levantaba sus brazos torpemente como si estuviesen cubiertos de láminas de cobre.

    Y fugaz, vertiginosamente fugaz, le pasó por la cabeza la angustiosa idea de que el rey se había apoderado de ella y que era él quien se movía dentro de su cuerpo, que ella se había dejado llenar de él, como si hasta ese momento hubiese sido una vasija vacía, no usada. Un doloroso retortijón le agarró sus entrañas cuando el rey, de pronto, se dio la vuelta y la miró; ella, como autodefendiéndose, agachó la cabeza y se puso a arreglarse con dedos nerviosos su cabello revuelto.

    No debía ocurrir que ella perdiese su control, que ella vomitase sobre el suelo del rey David, el suelo de cedro.

    2

    Pero Betsabé volvió a la casa de Urías. Los hombres de las largas espadas la acompañaron, el pegajoso semen del rey se le escurría por el interior de los muslos, ella pensó en los prisioneros y los esclavos y los derrotados con las cabezas gachas, todos los que ella había visto llevar subiendo las escaleras camino del palacio del rey. Prisionera, derrotada, así se sentía. El derrotado ya no tiene designios, pensó; ningún objetivo ni ninguna aspiración. El derrotado está libre de esperanzas y sueños, abandonado y libre. Libre de ser prisionero.

    Si no quería que este estado durase por toda la eternidad, ella tenía que derrotar al rey David.

    Cada tarde llovía, era primavera, en el mes de abib; Joab y los campeones y sus hombres habían cercado la ciudad imperial de los amonitas, Urías era uno de los treinta y siete campeones de David. El rey de Rabá, Janún, había humillado a los súbditos que el rey David había enviado a su coronación. Urías había sido uno de ellos, él los había acusado de ser espías y les había afeitado la mitad de la barba y les había cortado sus túnicas por encima de las nalgas. Por eso el Señor le había ordenado al rey David conquistar el país de Amón y aniquilar a los hijos de Amón; en este momento estaba Joab y su tropa delante de la muralla de la capital, habían saqueado y arrasado el país en torno a Hesbon y Medeba según la voluntad divina; habían acuchillado a diez mil hombres y enviado tres mil esclavos a Jerusalén, la ciudad del Señor; pronto se iban a abalanzar sobre las murallas y aplastar la ciudad y aniquilar al dios de los amonitas, Milcon, de manera que él no pudiese sostener jamás que era el mismo dios que el Señor, cuyo verdadero nombre era Yahvé.

    ¿Urías?, dijo David. ¿El campeón? ¿El hitita?

    ¡Id a traérmelo! ¡Enviad un mensajero al campamento de las afueras de Rabá; está allí! ¡Decidle al campeón Joab que es la voluntad de Dios que Urías se presente inmediatamente ante el rey en Sión!

    Después ordenó a Sebanya, el trompeta que estaba destinado a quehaceres sagrados, bajar a la casa de Urías, al lado de Betsabé.

    Tú montarás guardia, dijo. ¡Tú la cuidarás como si fueses un pastor y ella la cordera más valiosa de todo Israel!

    Cuando Sebanya ya había salido del salón, cuando ya estaba dispuesto a bajar corriendo las escaleras, el rey le gritó:

    No puede salir de su casa; me pertenece, la he conquistado, es mi prisionera, ¡es insustituible!

    Cuando hubo oído desaparecer los pasos de Sebanya sintió la nostalgia anegar su interior, deseó haber estado en el lugar del joven trompeta, haber podido bajar corriendo hacia su casa y cuidarla, libre de toda exigencia excepto la de la obediencia: verla prepararse para la noche, llevarle un vaso de agua a la cama, hacerle patente su

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