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Delincuentes chapuceros
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Libro electrónico193 páginas2 horas

Delincuentes chapuceros

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Información de este libro electrónico

Léalo, especialmente si tiene intención de estafar a su Compañía de Seguros.

El objetivo de este libro es hacer reír y sonreír. Con un estilo sin concesiones a la retórica, el autor pretende que cada lector sea director de sus episodios. Dieciséis historias independientes, todas de humor e intriga, varias con divertidas gotas de erotismo y siempre de sorprendente final, en las que interviene un detective privado, de medio pelo, cuarentón y solitario, que utiliza métodos de dudosa ética.

IdiomaEspañol
EditorialCaligrama
Fecha de lanzamiento18 dic 2015
ISBN9788491122609
Delincuentes chapuceros
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Autor

Gerardo Ramírez Barjacoba

Nacido en Cádiz, aunque sus padres y abuelos eran de Toledo, Zamora, Valencia y Orense. Casado, ha vivido catorce años en Cataluña, de donde son sus tres hijas, y casi treinta en su vuelta a Madrid donde han nacido sus dos hijos. Ha estudiado ciencias políticas en Madrid, investigación de mercados en Barcelona y es además mediador de seguros titulado. Ha trabajado en seguros, investigación cualitativa, docencia, sanidad, venta domiciliaria y tarot telefónico. Ha escrito artículos en Hermano Lobo y otros periódicos y revistas. Además, novelas, ensayos, teatro y poesía, aunque esta es la primera novela que publica.

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    Vista previa del libro

    Delincuentes chapuceros - Gerardo Ramírez Barjacoba

    Título original: Delincuentes chapuceros

    Primera edición: Diciembre 2015

    © 2015, Gerardo Ramírez Barjacoba

    © 2015, megustaescribir

    Ctra. Nacional II, Km 599,7. 08780 Pallejà (Barcelona) España

    Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta novela son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados en esta obra de manera ficticia.

    Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a Thinkstock, (http://www.thinkstock.com) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

    ÍNDICE

    Introducción

    El incendio

    Falsa muerta

    La broma pesada

    Tontina

    Explosión controlada

    Solución salomónica

    Doble robo

    Falsa esposa

    Abuelita cenicienta

    El cambiazo

    Pies ¿para qué os quiero?

    La doble vida

    Victoria Pírrica

    ¿Uxoricidio?

    Avería Gruesa

    Por amor al arte

    Epílogo

    Nota Del Autor

    A Irene, mi mujer.

    INTRODUCCIÓN

    Lo primero que tengo que hacer, es desengañar a quienes hayan comprado este libro, pensando, como consecuencia de su título, que se trata de un ensayo sobre algunos políticos actuales. No soy tan insensato.

    Se trata simplemente de unas historias de actuaciones delictivas, realizadas por personas que no eran malhechores profesionales, y que, por ello, así les salen las cosas.

    Asevera un dicho popular, que de cerdo y de señor se ha de venir de casta, no me atrevería yo a decir lo mismo de los facinerosos, pero sí parece como que, para ser un habilidoso y eficaz delincuente, fuera necesaria, o bien contar con unos ancestros especialistas del ramo, o al menos, haber recibido una enseñanza en la actividad, desde la infancia más tierna.

    Me llamo Leopoldo Beút y soy detective privado. Reconozco, que no soy Sherlock Holmes, ni Hércules Poirot ni Philip Marlowe, aunque no es que tenga inferiores capacidades que cualquiera de ellos para el ejercicio de mi profesión, que no es el caso, sino que aún no me ha llegado la oportunidad de demostrar mí valía en un asunto verdaderamente complicado y llamativo.

    Hasta ahora no me ha quedado más remedio que, en muchas ocasiones, intervenir en lúgubres asuntos domésticos, motivados por mezquinas disputas hereditarias, o bien, causados como consecuencia de extramaritales relaciones lujuriosas, lascivas y concupiscentes, ocultas e incontroladas.

    Afortunadamente, en bastantes ocasiones, también me han sido encomendadas investigaciones que algunas compañías de seguros consideraban que podía evitarles el pago de indemnizaciones injusta o perversamente solicitadas.

    Esas investigaciones, me ponían en contacto con historias desde luego más interesantes que las sórdidas de camas ilícitas o de cónyuges hastiados. Me he decidido a contarlas porque algunas pueden ser de utilidad para soportar el aburrimiento de las salas de espera de los aeropuertos, o de esos ratos de intimidad en la soledad del excusado.

    Las que relato a continuación no son reales del todo, pero varias están basadas en hechos que sí que ocurrieron en alguna ocasión, o que supongo que puede que hayan ocurrido en alguna ocasión. Como siempre, los diálogos y las escenas que describo son, en buena medida, imaginadas, pero creo que bastante cercanas a la posible realidad y basadas en las conversaciones que siempre tengo que mantener durante mis investigaciones, con implicados, vecinos y clientes o proveedores cuando de negocios se trata. A estas informaciones, he añadido algunas más, recabadas con posterioridad a dichas investigaciones sobre los sucesos expuestos, con el fin de mejorar y ampliar mi conocimiento de la personalidad y comportamiento privado de sus protagonistas para que el relato se acerque lo más posible a como en realidad pudo ocurrir.

    Lo que no me gustaría, es que, como consecuencia de la lectura de las mismas a alguien se le ocurriera que podría hacer algo parecido y salir beneficiado del envite.

    No, chicos, no, haced bondad, no vaya a ser que luego me quieran cargar a mí el muerto.

    EL INCENDIO

    Esta historia podría repetirla parecida, con diferentes protagonistas y diferentes clases de negocio. Lo que en ella cuento, ocurre con preocupante frecuencia en épocas de recesión económica. Lo que me ha inducido a escoger esta en concreto, y no otra similar, es naturalmente el resultado final de la misma y sus consecuencias un poco, por decirlo así, pintorescas.

    * * *

    Teodora y Tomás llevaban ya veintiséis años casados, pocos más de los que así mismo llevaban gestionando, entre los dos, aquel negocio: D. A. M. S.: distribución y almacenamiento de marroquinería selecta, y, si el matrimonio, aunque había pasado peores épocas, ahora funcionaba aceptablemente bien, la empresa, otrora floreciente, en la actualidad estaba atravesando una etapa de dificultades.

    En la habitación que tenían como oficina, un pequeño cuartucho tabicado con mamparas situado nada más entrar al gran almacén, revisaban facturas y cuentas. Sus caras, desde luego, no reflejaban precisamente satisfacción.

    —Es ese asqueroso que está inundando el barrio con sus bolsos y sus carteras falsificadas —comentó Teodora. —Así no podemos continuar. Las ventas han bajado un cincuenta por ciento.

    —Pero si esos productos son una porquería. Si no hay posibilidad de confusión – replicó Tomás.

    —Sí, pero al principio, dan el pego. Mucha gente los ve, y a no ser que conozcan el material, como lo conocemos nosotros, les pueden parecer iguales. A los pocos días, se darán cuenta, y en unos meses, todo lo comprado estará hecho una birria, pero de entrada… Tomás, no nos queda más remedio que denunciarlo. Que lo detengan y por lo menos que le requisen toda la mercancía y se la quemen.

    Tomás se quedó un rato pensativo. Luego, con expresión enigmática se dirigió a su mujer.

    —Me acabas de dar una idea, mi amor. Antes de denunciarlo, le vamos a hacer un favor, le vamos a hacer una importante compra.

    —¿Una compra nosotros? En eso estaba yo pensando, ¡faltaría más!

    —Te lo explicaré. Verás, ¿a qué precios vende ese sinvergüenza sus productos?

    —Pues no sé muy bien —dijo Teodora, —en la calle valen menos de la cuarta parte que los auténticos. Los manteros que se los compran a él, tal vez los consiguen por menos de un diez por ciento del valor de los de verdad.

    —Pues nosotros vamos a ganar ese noventa por ciento de diferencia. Verás, se me acaba de ocurrir. Llenamos nuestro almacén con sus productos; sacamos primero los nuestros, claro, luego les prendemos fuego y cobramos del seguro, como si lo que hubiera ardido fueran los de verdad.

    —Te has vuelto loco.

    —No, de loco nada. Estoy harto de que nos hagan la competencia ilegal sin que nadie nos proteja. Si aquí el más golfo es el que más gana, vamos a ser más golfos que los demás. Verás, se me ha ocurrido, porque precisamente, Santiago Núñez, me ha llamado para decirme que el jueves próximo viene a nuestra ciudad el director regional de su compañía de seguros, su jefe, y que, con ese motivo, nos invitan a los dos a cenar. Supongo que quieren enredarnos, para que nos hagamos algún seguro de esos de ahorro que han sacado nuevos y no sé que más.

    —Eres un mal pensado. Lo que pasa es que Santiago es buen amigo, somos sus clientes desde hace muchos años y le apetece tener con nosotros un detalle.

    —Me da igual. Lo que vamos a hacer es citarlos aquí, en el almacén, a las nueve. Le enseñamos al jefe todo el material, luego delante de él cerramos, nos vamos juntos a cenar y mientras que cenamos, el sistema eléctrico de temperatura y humedad se estropea y sale todo ardiendo. No quedan más que unas cenizas. No hay mejor coartada.

    —Y, ¿qué ganamos? Se queman nuestros productos. A además, ¿por qué va arder el sistema? Funciona muy bien.

    —Se van a quemar las falsificaciones que vamos a comprar, y que en las dos horas que van, desde las siete que cerramos para los clientes, hasta las nueve a las que los citaremos, yo habré cambiado por los auténticos y me los habré llevado al sótano de la casa de Andrea.

    —¿De nuestra hija?

    —Sí, porque va a ser Nazario quien va a comprar las falsificaciones.

    —No sé porque tienes que implicar a nuestro yerno en ese asunto.

    —Porque es negro, y ese que vende los bolsos falsos, se los vende a los negros, para que, a su vez, ellos los vendan en los mercadillos o en la calle. No se fía de los blancos.

    —Nuestro yerno, no es uno de esos negros que tú dices. Nuestro yerno es ingeniero de caminos, gana un excelente sueldo y además nació aquí. No es un inmigrante ilegal. Su padre también nació aquí, lo que pasó es que se casó con una profesora de una universidad de Míchigan, que es de raza negra. ¿O ya se te ha olvidado?

    —Sí, pero es negro.

    —Vale, sí, es negro. Pero en cualquier caso no sé cómo piensas convencerlo.

    —No te preocupes, sé cómo hacerlo.

    —Bien. Supongamos que lo convences, ¿me puedes explicar cómo vas a conseguir que justo mientras que estemos cenando se produzca el incendio?

    —Pablo lo hará.

    —¿Pablo? Mira, siento mucho que sea tu amigo, pero Pablo es un pobre diablo, medio alcoholizado. No creo que esté en condiciones de hacer favores. Con lo poco que gana con su tenderete de chuches justo le da para ir tirando. No está para más.

    —Por eso lo hará. Le regalaré a cambio mi escopeta. Lleva años tras de ella, pera que se la venda, pero como nunca tiene un céntimo no ha habido manera. Yo ya hace mucho que no la uso. A Pablo lo conozco desde los tiempos del colegio. Es un individualista, solitario y antisocial. Estoy seguro de que sólo por la emoción del riesgo y la aventura sería capaz de hacerlo. Por la escopeta, con doble motivo.

    * * *

    —Bien, Nazario. Tú te vistes de negro, vas al chorbo ese y le haces la compra. Yo te daré la lista. Eso es todo.

    —¿Me visto de luto?

    —No, quiero decir, que te vistes como se visten los negros. Con una de esas túnicas blancas medio rotas, que os ponéis.

    —Supongo que te refieres a cómo visten algunos negros africanos inmigrantes ilegales. Porque yo soy negro y visto con trajes a medida y corbatas de seda, y tengo amigos negros que se compran su ropa en las más caras tiendas de la ciudad. Incluso algunos son indirectamente clientes tuyos, mediante algunos regalos que hacen a sus esposas.

    —Tú ya me entiendes. Te vistes como esos otros negros, que no son tan adinerados como tú y tus amigos negros, y le hablas como hablan los negros.

    —Los negros hablan igual que los blancos. Racista asqueroso. Los extranjeros, negros o blancos, cuando llevan poco tiempo aquí no hablan correctamente nuestro idioma, pero el suyo lo hablan de puta madre. Pero en cualquier caso, ¿me puedes explicar, porqué razón voy yo a hacer semejante cosa?

    —Porque si no lo haces, le diré a tu mujer, que te estás follando a la cuidadora de sus hijos, que por cierto son mis nietos.

    ¿Qué me estoy quée…?

    —Que te estas follando a Sheila.

    ¿Y tú cómo lo sabes? Quiero decir, a ti, ¿quién te lo ha dicho? O sea, quien te ha contado esa historia.

    —Me lo ha contado Sheila, porque da la casualidad de que yo también me la estoy follando.

    —¡La muy zorra! Vale, sí, es verdad, pero es que ella me provoca, con esas minifaldas o esos pantaloncitos ajustados que se pone.

    —Tú no necesitas muchas provocaciones, ¿o ya te has olvidado de Petra? la cajera del súper.

    —¿También te la follabas tú?

    —Pagando, a esa pagando. Ahí me ganaste. Bueno, a ver. ¿Aceptas el encargo? O canto La Traviata.

    —Lo aceptaré. Para un favor que me pide mi amado suegro no se lo voy a negar. Especialmente si me lo pides de forma tan afectuosa.

    —Entonces quedamos que lo harás mañana. Harás la compra que te detallaré y hasta que hagamos el cambio, los escondes en el sótano. Luego guardas el material auténtico hasta que yo te diga. Y mejor que no me pongas dificultades, ya empiezo a estar cansado de que le pongas los cuernos a mi hija, sin que correspondas con algo.

    —Lo haré, ya te lo he dicho. Pero, por cierto, ya que lo mencionas te diré que tu hija no tiene cuernos.

    —Ah, ¿no? Pues vaya, anda que si los llega a tener.

    —Verás, es que, en realidad, nadie tiene cuernos. En tiempos de los romanos, cuando una persona era engañada por su pareja, y se enteraba, repito, y se enteraba, se decía de ella que se le quedaba el corazón en carne viva, desprotegido. Se decía que era un corazón desnudo o sea, en latín, un cor nudo. Así que nada tiene que ver con los cuernos, para que lo sepas, ¡ignorante hombre blanco! Y además ella, ni se lo imagina, ni sabe nada, a no ser que venga un padre racista y putero a decírselo.

    —Vale, dejémonos de disquisiciones culturales históricas. Tú le haces la compra, le pagas y se acabó.

    —Y, ¿me puedes decir, de dónde vas a sacar el dinero? Si lo haces del banco, podría ser una pista si alguien sospecha algo en el futuro.

    —Tengo dinero negro.

    —Me recuerdas una película que vi. Bueno, allí el del kukus decía Tengo dinero, negrito

    —No seas susceptible, lo de negro no iba por ti, iba por el dinero. Tengo dinero no declarado, a eso se le llama dinero negro.

    —Yo lo sé querido suegro. Era un chiste, aunque desde luego es bastante significativo, que hasta hablando de dinero, el ilegal sea el negro.

    * * *

    Lo de Pablo fue más fácil.

    —¿Sólo tengo que hacer arder el aparato de la temperatura y la humedad? ¿No quieres que le pegue fuego también a la oficina de la

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