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Caballo cinco dama
Caballo cinco dama
Caballo cinco dama
Libro electrónico455 páginas7 horas

Caballo cinco dama

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Información de este libro electrónico

¿Es el mejor ajedrecista del mundo un genio?

¿Un trasgo? ¿Un prisionero de sí mismo?

Carlos Rua protagonista de este libro te lo dirá.

¿O acaso no?

Carlos Rua solo quiere ser gran maestro de ajedrez. Se enfrenta a cualquiera, padres incluidos, que coloquen la mínima piedra en su camino. Su caminar por el intricado mundo de los 64 escaques es duro, pero para él lo verdaderamente duro es no llegar.

Las grandezas y la miseria de esos hombres (algunas mujeres también) que viven pensando en defensas sicilianas, aperturas, diagonales, torres, peones, problemas de tiempo, quedan abiertas en canal en este libro. Viven como aparentes genios, no lo son tanto, o no lo son siempre, sino más bien prisioneros de un sistema que les aprieta hasta límites cercanos a la asfixia. Grandes momentos pero también grandes miserias. Soberbios, histriónicos, geniales, casi nunca generosos y siempre desconfiados, recorren el mundo como tropa vagabunda que se distingue de la verdadera tropa en su desconfianza hacia el que la comparte.

Esta novela se sitúa en el tiempo real en que se extinguía la URSS, la lucha política también llego a los tableros. Grandes ajedrecistas fueron, como otros, utilizados como portadores de propaganda. ¿Han cambiado los tiempos?

IdiomaEspañol
EditorialCaligrama
Fecha de lanzamiento27 dic 2015
ISBN9788491122722
Caballo cinco dama
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    Caballo cinco dama - Enrique Rodriguez Gomez

    Título original: Caballo cinco dama

    Primera edición: Diciembre 2015

    © 2015, Enrique Rodríguez

    © 2015, megustaescribir

    Ctra. Nacional II, Km 599,7. 08780 Pallejà (Barcelona) España

    Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta novela son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados en esta obra de manera ficticia.

    Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a Thinkstock, (http://www.thinkstock.com) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

    ISBN:   Tapa Blanda               978-8-4911-2271-5

                 Libro Electrónico       978-8-4911-2272-2

    Contents

    Capitulo 1

    Capitulo 2

    Capitulo 3

    Capitulo 4

    Capitulo 5

    Capitulo 6

    Capitulo 7

    Capitulo 8

    Capitulo 9

    Capitulo 10

    Capitulo 11

    Capitulo 12

    Capitulo 13

    Capitulo 14

    Capitulo 15

    Capitulo 16

    Capitulo 17

    Capitulo 18

    Capitulo 19

    Capitulo 20

    Capitulo 21

    Capitulo 22

    Capitulo 23

    Sobre El Autor

    CAPITULO 1

    Acaso hayamos conocido un hombre famoso antes de serlo. No nos significará nada. Tampoco significará mucho más si se le vuelve a ver, porque hay muchas posibilidades de que en su momento pareciese una persona de tantas.

    Aun puede ser mas trivial pensar que ese joven que viaja en el ferrobus, que hace la línea entre Salamanca y Medina del Campo, será un día, y no muy lejano, una celebridad. Ahora no es más que un destartalado quinceañero de grandes y penetrantes ojos marrones, con un rictus extraño que puede provenir de la forma de caer su labio superior sobre el inferior muy apretados ambos. El muchachuelo tiene una actitud entre inconsciente y desafíante, cubiertas ambas por una capa de balbuceante modestia.

    Si a todo ello se le añaden unas piernas largas, unos brazos delgados y unas gafas culo de vaso, el ejemplar esta descrito. Si, además, se le ve jugando en un pequeño tablero de ajedrez hablando para si y con dos libros que parecen ser de texto, pero que no lo son, sino de materia ajedrecista: teoría de las aperturas y defensa india de dama, nos definen mas a la futura celebridad.

    En el ferrobus, tartajeante y lento, viajan pocas personas y ninguna repara en Carlos Rua, quince años, que va a poder lograr su sueño, mientras lee sus libros, reproduce jugadas en su pequeño tablero y se hace breves comentarios.

    -¿Juegas al ajedrez? -sus pensamientos al garete -un hombre con aspecto de viajante de comercio satisfecho de sus ventas, se inclina ante él, apestándole con el humo de un habano de dudoso aroma.

    -Si juego algo……-iba a seguir hablando, pero al instante se para.

    -Vamos a verlo –el tipo se sienta frente a él y le anima a colocar las piezas sin cuestionarse si Carlos quiere, o no, jugar contra el.

    Carlos Rua tarda unos instantes en entender que le han robado su intimidad. El olor del puro le cosquillea en la nariz de forma desagradable y está a punto de mandar al diablo al hombre que se ha inmiscuido en sus reflexiones. Desde aquel instante el joven decidió que no le gustaba el intruso.

    -Bueno juguemos una partida.

    El hombre medio sonrió ante el aparente azoramiento del muchacho, que evidentemente está aprendiendo a jugar. Dibuja una media sonrisa preñada de condescendencia y le discursea de pasada mientras coloca sus piezas:

    -El ajedrez ¡que noble arte! Yo juego bastante bien ¿sabes? Jugaré con negras

    Con aparente humildad el joven baja los ojos. Tras los gruesos cristales de sus gafas unas chispitas malignas iluminan sus ojos. El otro no las ve. Le invita con ampuloso gesto a realizar el primer movimiento y chupa con deleite su habano.

    De pronto el azorado muchacho se transforma. Ahora es frío e inmensamente adulto. Sus manos al mover sus piezas parecen dotadas de vida propia. Y el otro no parece creerlo: diez y ocho movimientos y jaque mate.

    -Mire usted……el movimiento nueve cuando llevé el caballo a cinco dama es una celada que el doctor Tarrasch le tendió a un alemán, no me acuerdo del nombre, en el año 1920, el alemán hizo lo mismo que usted: tomo la dama por el caballo y claro perdió. Es una trampa muy conocida; le habré pillado descuidado.

    El hombre pasó de los modales ampulosos a una sensación de vergüenza. No estaba seguro de que el muchacho no se estuviera burlando.

    -Querido…….-musitó.

    -Jugaremos otra. Ahora yo con negras. Haremos una buena partida, porqué he visto que juega muy bien. Le doy la revancha; he tenido suerte.

    Ahora si. En esta ocasión todo era correcto. En el movimiento diez llevo su alfil de blancas al escaque dos alfil. Todo normal. ¿Normal? ¡No! El muchacho se confundía. Seguro. El chico con su caballo tomaba un peón, pero perdía el caballo. Ahora le iba a enseñar. Lo otro había sido una simple cuestión de suerte. De pronto el joven a gran velocidad lleva su dama a cinco de caballo. La dama estaba perdida. ¿Cómo lo había hecho?

    Esta celada la puso en practica Birbeng en Londres en el año 1924 ante Busvine. No crea que Busvine era mal jugador, todo lo contrario: era un gran maestro. Picó igual que usted.

    -Leeré un rato el diario.

    Carlos esbozó una breve sonrisa, mientras el hombre volvía a su asiento, preguntándose quien eran Busvine, Birbeng, y quien diablos era aquel mocoso que se remontaba a los años veinte como el que hablaba de ayer por la mañana

    Coged una sandia muy roja, trazar en ella gruesas hileras sanguíneas, colocadle a cada lado una pequeña oreja y hallareis un parecido aproximado a Jerónimo Rua, el padre de Carlos. Este hombre colérico a veces, razonable las mas, era el que ¡al fin! había posibilitado el que su hijo jugase el abierto de ajedrez de Medina Del Campo y culpable, en el momento presente, de que un amostazado viajero se hubiese cruzado en un terreno que su vástago conocía y dominaba a la perfección.

    Jerónimo Rua había cedido. Las malas notas de su hijo, su inflexible cabezonería para no estudiar y dedicar todo el tiempo al tablero, todo su empeño había terminado con éxito para el joven de los Rua.

    El padre estaba harto de comparecer en el Instituto donde, invariablemente, le decían que su hijo, de prodigiosas cualidades para el estudio, no estudiaba. Parecía incomprensible: alguien capaz de de aprender de una sentada todo el santoral de un año, de retener datos, fechas, partidas, causando asombro, no aprobaba un curso en el mes de junio nunca. Era una caso digno de estudio: memoria fotográfica, inteligencia de superdotado y nadie le hacia estudiar. Jerónimo había probado impedirle jugar al ajedrez¸ resultado: jugaba sin tablero en partidas que fabricaba en su cabeza.

    Víctor Martín, presidente de la federación salmantina de ajedrez en ratos libres y mercero de profesión le había comentado.

    -No puedo decirle nada. Tampoco se como aconsejarle, pero tiene usted un hijo superdotado para este deporte.

    Emparejados con sus malas notas en el año en curso: campeón en todas las categorías: infantil, juvenil y absoluto de Salamanca. Invencible en su ciudad y encuadrado en primera categoría.

    -La cosa es papá, que yo juego muy bien al ajedrez, puedo ganar a cualquiera y me hacéis perder el tiempo estudiando algo que no me a servir para nada. Yo no quiero ser medico ni ingeniero, ni siquiera fontanero. A vosotros os parece que estudiar es lo lógico; a mi no. Entonces déjame probar. Estad seguros que un día u otro yo me dedicaré a jugar al ajedrez y solo a eso.

    Jerónimo había mirado a su rechoncha mujer y esta le había devuelto una expresión entre dudosa y divertida.

    -Carlos ponte aquí, donde yo no me tenga que romper el cuello para verte.

    El joven se colocó frente a su padre, apretando las puntas de los dedos, unas contra otras.

    -La cosa esta muy clara: lo que quieres es no estudiar y dedicarte solo al jugar al ajedrez. Tu madre a veces cree que es una idea posible, las madres son así. Tu juegas bien yo lo se, y si no lo supiera ya me lo pasan todos por delante, pero dudo mucho que del ajedrez se pueda vivir. Además eres un crio y sabes poco de la realidad de las cosas. Así que o se estudia o se trabaja.

    Carlos respondió con tanta firmeza como aire infantil:

    -Los buenos viven muy bien de ajedrez. Que yo lo se.

    Mariana había permanecido reclinada sobre la mesa con las manos entrelazadas.

    -Jerónimo hazle un trato, ponle un deber. ¡Yo que se! Lo que se te ocurra.

    -¡Hasta aquí hemos llegado! ¿Qué trato voy a hacer? Este estudia y se acabo la discusión.

    - Si estudiara màs………

    - Muy bien; es una burrada, pero el hombre es algo burro a veces. Si apruebas el curso entero en junio te pago la participación en un torneo. Te repito todas las asignaturas en junio. Un torneo cercano no me vayas a pedir ir a China y ya sabes el curso entero sin malas suertes, profesores que te tengan manía ni demás zarangazas. En junio ¿Eh? En junio.

    -De acuerdo -contestó Carlos Rua con la misma naturalidad que aceptaría una proposición de dar un paseo

    Con las notas debajo del brazo, Carlos había llegado a su casa del barrio Garrido. Allí estaba todo el curso aprobado. Su hermana Mariana, que se había quedado en Nita, le sonreía. La hermana mayor había pasado de una actitud crítica a otra de confianza. La propia confianza de su hermano le había hecho cambiar. Su novio: Agustín, que tenía algunos conocidos en el mundillo del ajedrez, había influido.

    -Tu hermano es algo serio; me lo dicen muchos.

    Cuando el chico llego al comedor, al final del pasillo, encontró a su padre preocupado y ausente. Ciertamente Jerónimo Rua se sentía paralizado por una multitud de pensamientos y sensaciones contrapuestas. Se sabia un modesto trabajador ferroviario –era factor de circulación-. Había trabajado duro realizando pequeñas chapuzas, para las que tenía buena mano, y esto le había permitido comprar el piso de Garrido: arriba del bar. Valladolid- explicaba cuando daba sus señas. Siempre había dominado el entorno familiar. Ahora había soltado la especie y debía cumplir con su oferta, pero le parecía una barbaridad dejar volar a su hijo en pro de una meta que Jerónimo no sabía ver donde estaba. Empero lo había prometido. ¡Que demonios de mujer! Le había hecho prometer una estupidez y ahora a cumplir su palabra.

    Los siguientes días fueron una catástrofe desde la perspectiva familiar. La madre se colocó en actitud melancólica. El padre quiso disuadir al hijo de esa loca idea del torneo. Luego paso a proponer que le acompañase su hermana Nita, a lo que Carlos se negó rotundo. Finalmente se decidió que el joven participase en un torneo a celebrar en Medina del Campo; estaba cerca. Se jugaba en agosto durante las fiestas de la localidad. La inscripción quinientas pesetas, el alojamiento en una pensión, mil diarias desayuno incluido, no ayudaron a certificar la paz, pero el torneo era ideal por lo cercano. La madre colmó la maleta de Carlos de embutidos: para que no tengas que ir a restaurantes que eres muy crío y no sabes-había sentenciado.

    Para terminar de encrespar los ánimos, de por si alterados, la abuela del joven –madre de Mariana- le compró, como premio por aprobar el curso un tablero-ordenador electrónico Superstar de veinticuatro niveles y un elo de 2200 puntos en el máximo; precio 55450 pesetas, que alteró los ánimos de Mariana: más de cincuenta mil pesetas, pero está loca ¿de donde las ha sacado? Siempre he dicho que mi madre nos engaña con lo que tiene o no tiene. Al final las aguas volvieron a su cauce y solo la preocupación de que Carlos se cuidara sobrevoló el ambiente. Jerónimo le dijo a Mariana que ya había hablado con compañeros ferroviarios de Medina para que echasen un ojo.

    Carlos colocó ante su familia la lista de premios. Cincuenta mil pesetas el campeón. Cuarenta mil el segundo clasificado, veinticinco mil el tercero y así en descenso hasta el décimo. El joven explicó que los grandes jugadores no pagaban inscripción, por el contrario cobraban, y los premios les importaba menos desde la óptica económica.

    Y ahora estaba allí en el ferrobus. En el castillo de la Mota habilitado para el torneo, le esperaba su momento, Carlos cerró los ojos, acarició el tablero y suspiró.

    En cuanto Carlos estuvo en el concurrido pórtico del patio del castillo, comprendió que estaba fuera de lugar. La totalidad de los presentes, casi todos hombres, se sentían o parecían sentirse seguros. Hablaban entre ellos se saludaban. Su madre le había impuesto con la firmeza de un cabo de varas la chaqueta marrón de los domingos y le había endosado una corbata. Ahora su propio atavío le denunciaba. No se pudo oponer a la tozudez materna y el hecho de tener que ir elegante; sin embargo aquella calurosa tarde debía haber dejado en la pensión todo esto y vestir como hacia siempre en verano: con un niki. Bueno pecharía con el recargo materno.

    A unos pasos de él reconoció la figura de Arturo Lanas –lo conocía por fotografías-. Quedó un tanto defraudado por la imagen del director técnico de la federación española. Pequeño con su calva y repetitivo tic nervioso, pero le devolvió su admiración hacia aquel hombre el recordar como jugaba. Carlos lo había estudiado a fondo. Era un cualificado jugador, o ¿acaso había sido? Y eso enmascaraba cualquier otra cosa.

    Lanas y otro hombre, alto y con barba blanca, desconocido para él, saludaban a casi todos con un apretón de manos y ocasionalmente con un abrazo u otro gesto afectivo a algunos. Estaban de pie junto a la pared debajo de un repujado escudo de armas. Carlos contemplaba el patio y el piso superior. Era sabedor del hecho de que algunos participantes se alojaban allí en el castillo. El, en aquel lugar, no es que no pareciera ser nadie; peor: no existía. Nadie reparaba en su presencia; era mejor así no hubiera sabido que decir. Había mucho ruido. Un zumbido general de voces entrecortadas con risas. Por encima de la inevitable neblina del humo de los cigarrillos un intenso cielo azul con un sol que abrasaba al que no se cobijaba en zona de penumbra.

    -Es bonito esto –la voz que vino de atrás le sobresaltó-. Antes venían acá las chicas de la Sección Femenina a no se qué historias del Servicio Social, ahora se utiliza para todos los fines que le parecen oportunos a la Junta de Castilla y León. Seguro que los Reyes Católicos no pensaron nunca que aquí se terminase jugando al ajedrez.

    Era un tipo fornido de más de un metro noventa y con el característico acento argentino.

    -Me llamo Jorge Nimo. ¿Y vós?

    -Carlos Rua. Vengo de Salamanca.

    El aspecto jovial del hombretón se convirtió en un momento en el de inquisidor.

    -Lamento no conoceros, pero vos sos muy joven.

    Estrechó la mano que le tendía. ¡Vaya si sabía quien era Jorge Nimo! Nada menos que un gran maestro argentino afincado en España. Un gran analista y prolífico jugador. ¡Dios santo! ¡Jorge Nimo! Ya valía la pena haber venido a Medina.

    -Bueno…bueno. Voy a ver contra quien juego y luego me acostaré un rato. Esta costumbre española de la siesta es un gran invento. –Jorge bajó los ojos hacia el joven, embutido en aquella chaqueta marrón en un día tan caluroso, con el rostro enrojecido y brillantes ojos tras los cristales de sus gafas. Luego se volvió y desapareció entre los habitantes del patio.

    Carlos masculló un bien, bien, cuando el otro ya se había ido.

    Al quedarse solo nuevamente tuvo la sensación de niño perdido entre todos aquellos tan seguros de sí, que hablaban y reían a pequeños espacios. Descubrió cuchicheos cuando alguno parecía dirigirse a otro, para señalar a un tercero. A él nadie le hacía caso. Trató de mantener una pose digna en cada momento.

    Su compostura era innecesaria: nadie le prestaba la mínima atención. Se acercó a un mural donde estaban escritos los primeros enfrentamientos. Luego encaminó sus pasos a una mesa, donde una joven le entregó su documentación, previo pago de las quinientas pesetas de la inscripción. Su rival de la primera jornada no le decía nada. Victoriano Andre –ese era su nombre- le era desconocido. A las siete de la tarde comenzaba el torneo. Decidió pasear un rato. El no pintaba nada allí.

    Los torneos abiertos de ajedrez tiene dos tipos de participantes: los auténticos jugadores, muchos de ellos profesionales, y los otros. Los otros son una muchedumbre que recorre los lugares de juego, tratando con suerte dispar, mala casi siempre, de abrirse camino. Campeones locales, jugadores de medio pelo, algún romántico, otros que sabiendo jugar aceptablemente se inscriben por curiosidad. Los verdaderos participantes recorren esos mismos lugares, y otros de imposible acceso para aquellos, con dietas, gastos pagados, fijos, y pugnando por los premios que van entrando en sus carteras con regular asiduidad. Estos jugadores son los que también participan en los torneos cerrados con normas de participación según la categoría del torneo.

    Los maestros FIDE –federaciones nacionales-, los maestros internacionales, los grandes maestros viven, a veces mal, del ajedrez; o comparten el juego con otras profesiones. Abogados, médicos, empleados de banca… que teniendo los títulos federativos juegan cuando pueden. De entre todos ellos sobresalen los mejores, siempre grandes maestros, que son los menos, pero indudablemente los más fuertes.

    Medina del Campo, su Ayuntamiento, había incluido en su programa de fiestas un torneo abierto, que, a la vista de los participantes e independiente de los premios que resultaban bajos, había alcanzado un buen nivel. Había que valorar, además, que era el primero. En el caluroso agosto de 1984 la nómina que se había dado cita en la villa castellana no desmerecía y lograba compararse a otras competiciones mucho más veteranas y con mucha más experiencia organizativa. Algunos de los mejores se alojaban en el castillo. En realidad los invitados, es decir los buenos, estaban allí. De entre todos ellos destacaba de forma clara Alachachan, un soviético huido del Este y que jugaba bajo bandera suiza, pese a vivir permanentemente en Málaga. En dos ocasiones aspirante al título mundial, ambas con suerte adversa, y siempre colocado entre los diez mejores tableros del mundo. Jorge Nimo, el argentino que había saludado a Carlos, era un extraordinario gran maestro con elo 2615 puntos. Miranda; maestro internacional veterano pero excelente jugador. Pujol, el número uno español a sus diez y nueve años. Ribera, un andaluz que a sus pocos años –diez y seis- unía el hecho de ser maestro internacional y su condición de revolucionario del tablero. Disponía de una norma para acceder al título de gran maestro y esperaba lograr otra en Medina del Campo. A todos estos la escasa cuantía del premio no les afectaba; ya viajaban con aceptables viáticos.

    Todas estas consideraciones, y otras, se hizo Carlos Rua cuando se ubicó en la mesa número 46, colocada en el comedor. En este lugar se encontraban veintiocho mesas, numeradas desde el número 23 al 51. En realidad el pelotón de los torpes, jugadores sin nivel. En dos aulas se distribuían diez mesas en cada una y, finalmente, en el salón del trono del castillo otras tres donde jugarían los mejores. Este orden no había pasado inadvertido para el joven Rua, que había sentido envidia al ver estas tres mesas con sus tableros, hasta estos eran de mejor calidad.

    En todo caso eso no importaba ahora; el momento había llegado. Se sentó ante la mesa y manoseó con cierta devoción sus piezas –las blancas-. Un muchachote con cara de pepón se colocó enfrente. Le extendió la mano, que Carlos estrechó con languidez y ninguna expresión. Un juez pulsó el botón del reloj y principió la partida.

    Carlos había elegido una apertura india de dama a la que su adversario respondió mal. Solo era, este su primer rival, un madrileño que había acudido a Medina a disfrutar de las fiestas y se había inscrito en el torneo de ajedrez, ni siquiera era factible que lo acabara. Cuando hubiesen pasado cuatro o cinco jornadas, seguro que se cansaría y no se presentaría a jugar. Su nivel era bajísimo y en el décimo movimiento se dejó una pieza, un caballo. Más tarde situó su otro montado en un lugar que no jugaba; en columna de torre. Caballo por los rincones, jugador de los cojones –Carlos pensó en este latiguillo muy popular en el Ateneo, donde el jugaba, allá en Salamanca, con regularidad.

    A pesar de todo se jugaron cuarenta y tres movimientos, dado que el pepón no se rendía. Su posición era indefendible. Había entregado sus dos alfiles a cambió de una torre. Más tarde perdió una de sus torres por un error de principiante. Pero tampoco Carlos remataba una faena sencilla. Ganó fácil, pero tarde. Nadie, o muy pocos, repararon en su partida. Lo agradeció: había jugado muy mal.

    Al acabar de los últimos no pudo ver casi nada de otros tableros. Su rival no hizo intención de analizar la partida jugada, por lo que Carlos realizó un breve viaje por las mesas donde se analizaban partidas y abandonó el castillo con una sensación agridulce.

    Bajó sin prisa a la pensión y desde allí llamó a su casa; contestó su hermana Nita.

    -¿Hombre! Mi hermano el listo. ¿Cómo te ha ido?

    -Bien, he ganado.

    Carlos adivinó una breve lucha al otro lado entre su hermana y su madre para hacerse con el teléfono. Luego sonó la voz de Mariana.

    -¿Así que has ganado? Oye cómete un bocadillo para cenar y no salgas de noche.

    - Vale mamá, pero ahora cuelgo que esto cuesta dinero.

    Analizaría la partida más tarde. Ahora, sin hacer caso a su madre, daría una vuelta por la noche festiva de Medina. Por la mañana estudiaría algunas variantes para los próximos días.

    Descendió la media docena de escalones que separaban la pensión de la acera y se perdió en las bullangueras y abarrotadas calles que olían a fritos. Al instante se sintió bien. No sabría decir el motivo; él ya había ganado muchas partidas.

    El día siguiente amaneció tormentoso y tormentoso continuó. Gruesos goterones, y el barro, hicieron que los mozos pasaran grandes apuros en el encierro, al que Carlos asistió con el corazón en la boca. ¡Leches! Estos tíos son unos suicidas –se dijo-. Concluido el festejo retornó a la pensión, donde estuvo enfrascado con su tablero, unas cuartillas de papel y un lapicero, hasta la hora de comer. Se preparó el inevitable bocadillo de embutidos y a las cuatro menos cuarto enfiló la cuesta que conducía al Castillo. Mariposas en el estomago y sensaciones contrapuestas. ¿Quién sería su enemigo hoy? ¿Lo haría mejor que el día anterior? El análisis de su primera intervención no le había hecho feliz. Estos y muchos más pensamientos le asaltaban mientras ascendía la empinada cuesta. Algunos coches le sobrepasaban y ¡demonios! Le hubiera hecho falta alguno cuando comenzó a llover a cantaros. Llego al castillo calado hasta los huesos.

    Raudo se dirigió al mural. Aquello ya era otra cosa; mesa veintidós. Rival: Tejedor, maestro de federación. Jugador medio. Vivía en Valladolid, desde donde se desplazaría a diario para jugar sus encuentros. Había vencido el día antes a un adversario vulgar.

    La mesa número 22 se encontraba en una de las aulas y allí ya parecía que se disputaba otro torneo. El ambiente era muy distinto al del día anterior. Se palpaba por la presencia de espectadores, ya que en esta sala jugarían buenos ajedrecistas. Muchos de ellos tendrían frente a ellos a pardillos provenientes de la parte baja del tablero y que habían ganado el día antes a otros no menos pardillos. En esta categoría parecía estar encuadrado Rua.

    Carlos había visto partidas de Tejedor en Escaques y en 64 –las dos más importantes revistas de ajedrez españolas-. Le parecía un jugador sólido, pero ganable; lo que tenía cierta gracia viniendo de alguien que jamás había jugado un torneo de nivel. A Tejedor, Carlos Rua le sonaba a chino; ahí radicaban sus diferencias.

    Las demás diferencias eran palpables cuando se sentaron a jugar. Tejedor sonriente, saludando a unos y otros – Carlos se fijo en el efusivo saludo con el hombre alto de barba blanca que aun no sabía quien era- Con su camisa Lacoste y su pantalón recién salido de la plancha, moreno y atractivo. Contrastaba con el mojado Rua, atrincherado tras sus gafas, pálido y azorado.

    El saludo fue muy cordial por parte de Tejedor, como si condescendiera a bajar de su elegancia para darle unos instantes de gloria a ese gorrión.

    -Miguel Tejedor. Suerte –le dijo mientras extendía su mano.

    Carlos masculló algo que sonó hi, hi, mientras hacía lo propio.

    En cuento un juez puso en marcha el reloj, Tejedor llevó su peón de dama a cuatro de dama y pulsó con mimo el stop de su lado del aparato, que empezó a correr para Carlos.

    Se jugó rápido y de forma académica con cierta dosis de rutina. Gambito de dama aceptado. El maldito crío se las sabía todas y conocía las variantes. En el movimiento veintisiete, sin salirse ninguno de la teoría más estricta, asegurando ambos y sin concesiones a riesgo, Carlos llevo su dama a siete de rey con jaque. Tejedor pensó su siguiente movimiento durante quince minutos, luego se encogió de hombros y masculló con cierto enfado:

    -Tablas… ¿Quieres tablas?

    Carlos había tenido tiempo de sopesar todas las variantes. Aquello no tenía salida. Si arriesgara a buscar la lucha en el flanco de rey y me aceptara. Si no jugase su dama para llevarla a la zona de lucha. Si le hiciese perder un tiempo. Demasiados síes. Era un buen resultado. Si hubiese sido más agresivo en la apertura, podría haber ganado – de nuevo volvía a recurrir a los condicionales-. Ahora el riesgo reportaba problemas, Musitó un: de acuerdo y ambos se desplazaron a una mesa algo más alejada para analizar la partida. Firmaron sus hojas que entregaron a un juez. Se les unió en la mesa aquel hombre alto de la barba. Tenía modales suaves y acento del sur. Se presentó a Carlos como Raúl Vallespín y este ascendió a los Cielos: era el director de Escaques.

    -Amigo Miguel –se dirigía a Tejedor- vas a menos. Tablas con un principiante –Carlos enrojeció amostazado-. Y lo peor es que no has tenido ni una opción de ganar.

    -Para el carro. Este al que llamas principiante, no ha tenido un solo fallo. Yo he jugado las correctas, pero esto es cosa de dos.

    -Claro, tu no le has pegado a el y el no te ha manchado la camisa de sangre. Tu partida me ha producido erisipela –movió las piezas en el tablero, justo en el momento que Arturo Lanas se situaba tras él, llevando a Carlos al éxtasis- ¿Por qué juegas aquí torre a uno de dama? -Se dirigía a Tejedor-, yo te lo contesto: estabas asegurando. Lo lógico, insisto lo lógico y es que lleves tu caballo a cuatro de caballo y añadas tensión.

    -¿Cómo?

    Vallespín, Lanas, Tejedor y un par de curiosos que se habían acercado se sobresaltaron ante la vehemencia de la pregunta de Carlos.

    -Pues está claro –repuso Vallespín con calma-. Abriendo el franco de rey y obligándote a defender.

    Con los brazos sobre la mesa y la cabeza apoyada en ellos Carlos parecía un pavo escondiéndose el día de Navidad, pero las siguientes preguntas tuvieron la misma intensidad.

    -¿Ah sí? –El muchacho movió su alfil rápidamente- ¿Y cómo me contesta a esta?

    Todos los presentes acusaron la perplejidad en sus rostros. Tejedor dió gracias por no haber adelantado el peón –pensó hacerlo-, la contestación era fulminante y casi seguro hubiera conducido a la derrota.

    Lanas enarcó las cejas y comentó que adelantar el peón no valía, que el refutar con el alfil hubiese llevado a las blancas a una dudosa posición. Analizaron algunas variantes más y llegaron al a conclusión que las tablas eran correctas y un buen resultado para ambos. Cuando Carlos se marchaba, Lanas se dirigió a Vallespín:

    -¿Cómo hubieras contestado a esa jugada, Raúl?

    -Ni puñetera idea. Ni puñetera idea.

    Los dos vieron como se alejaba aquel crío que se había transformado mientras explicaba su idea. Ahora se dirigía a cumplir el ritual de llamar a casa.

    Los días siguientes fueron frustrantes para Carlos. Dos rivales de tan poca entidad, que si los hubiese encontrado en el Ateneo no hubiera jugado contra ellos. En realidad, tanto el uno como el otro, eran dos residentes en Medina, que se habían inscrito en el torneo de ajedrez con los mismos horizontes que si lo hubiesen hecho en el de cucaña. Lo que había ocurrido era que ambos se habían enfrentado a rivales de su nivel y esto les había permitido sumar puntos y enfrentarse, ahora, a contrincantes de cierta consideración. En todos los abiertos ocurría esto y Carlos no era desconocedor del hecho, pese a ello no se sentía, ni mucho menos, dichoso. El no había viajado a Medina del Campo para enfrentarse a malos jugadores de café.

    Palió su disgusto en la pensión ante su tablero estudiando y resolviendo problemas. Sus victorias ante aquellos dos no las reprodujo; no tenían ningún valor. En esos dos días recorrió –la prontitud de sus victorias lo hizo posible- las demás mesas, examinando todo sin perder detalle.

    Fue en la quinta jornada del torneo cuando cambio su suerte, precisamente por aquello que había despreciado. Sus tres victorias, sumadas al empate ante Tejedor, le significaron tres puntos y medio, lo que le permitió situarse en los primeros lugares de la clasificación. Todo ello le llevaba a jugar en la mesa tres, en el Salón del Trono.

    Notó que despertaba cierta expectación. Contra su voluntad era observado como un intruso que se cuela en una casa con los zapatos llenos de barro. Carlos consideró interesante el espectáculo, sobre todo al observar a su antagonista, nada menos que Pujol. Ambos contendientes se midieron con la mirada; se encontraban bastante alzaprimados. El uno por llegar ¡al fin! Donde quería hacerlo. El otro, al sentir cierta curiosidad, por saber quien era aquel chiquilicuatre, que se había colado en los lugares altos del cuadro.

    Carlos fue tomando, mentalmente, notas de la situación. El ver cerca de él a Alachachan, que se disponía a jugar en la mesa contigua. Observar la sonrisa entre divertida e irónica de Nimo, que esperaba a su rival –Miranda-. El inevitable y ya conocido Vallespín. La llegada de Arturo Lanas. El deambular de los aficionados que se atrevían a penetrar en el santa santorum de los elegidos. Y entre todo aquello, como de sobra, él; Carlos Rua un total desconocido. La competición gastaba a veces estas bromas.

    Decidió andarse con pies de plomo. Observó todo con ingenua actitud y se sentó ante sus piezas, las blancas, con el recato de una colegiala. Frente a él se situó su rival; en aquellos momentos el número uno de los ajedrecistas españoles, con la seguridad de derrotar pronto a Carlos. Le ganaría en unos cuentos movimientos y a otra cosa. No era cuestión de demorar mucho el trámite.

    Carlos jugó su caballo de rey a tres de alfil rey y Pujol respondió con peón cuatro dama. La partida derivó de inmediato a un gambito de dama, que jugaba Carlos, respondido por una defensa eslava del catalán. Los dos tomaron posiciones y las defendieron con rigor. El juego empezó a barajar tantos movimientos como sentimientos. Desplegaron ambos un extenso repertorio, bien respondido por el contrario.

    Carlos Rua estaba jugando bien y no reparaba en los espectadores que se iban colocando cerca de su mesa; absorto realizaba los movimientos que entendía más correctos, pero trataba de adivinar en la expresión de Pujol si le intimidaba o no. Vano intento; Pujol no traslucía sus emociones, parecía una mascara.

    Pujol evitó un par de veces la teoría, con objeto de confundir a Carlos, pero no lo logró. Los dos pusieron en práctica pequeñas estratagemas, que tampoco obtuvieron ningún resultado. Ninguno tenía problemas de tiempo. En un momento, solo en un momento, Pujol perdió su impasibilidad, cuando Carlos le tendió una emboscada en la que no cayó.

    Carlos se sentía venturoso. Pujol no sabía que estaba suministrándole dosis masivas de felicidad. Esto era otro cantar. El juego de Pujol le sublimaba. Admiraba su tranquilidad, su seguridad y hasta su elegancia al mover las piezas.

    Pasó el primer control de tiempo –cuarenta movimientos en dos horas y media- y las posiciones mostraban un equilibrio palpable. Carlos se levantó para ir al lavabo. Pujol lo hizo poco después, reapareciendo con un refresco. A las cinco horas de partida todos los espectadores se había concentrado en su mesa, las otras dos ya estaban vacías. Carlos había percibido la victoria de Alachachan, en la otra no sabía que había ocurrido.

    En esos momentos Vallespín, Lanas, Jorge Nimo y un miembro del comité organizador comentaban, un poco alejados, la partida del joven que estaba plantando cara a Pujol.

    -Ningún novel –decía Vallespín- puede hacer gala de esa tranquilidad ante un gran maestro. Tiene algo especial ese chico.

    -Va a perder –sentenció el miembro del comité-.

    -No puede perder –cortó Lanas- si no hace una barrabasada. Es más: ha perdonado demasiado. Está en mejor posición. Pujol no tiene líneas de juego.

    Nimo había seguido con atención los comentarios de Arturo Lanas. Pero el lo enfoco de otro modo.

    -Pujol no perderá, os lo digo yo. Esta algo peor, de acuerdo, pero mientras el juego siga enredado como ahora, sus posibilidades son mayores. Conoce muchas más variantes.

    Lanas asintió sonriendo ampliamente.

    -Eso está muy bien razonado Jorge, pero según están las cosas, o Pujol lleva la pelea al otro flanco o está liquidado. El crío juega muy bien.

    Como si el catalán hubiese escuchado, movió su rey con la intención de llevarlo a la otra parte del tablero. Los siguientes movimientos parecieron eléctricos. Rua trataba de cerrar un camino que Pujol abría. No lo consiguió. Cuando faltaban dos minutos para el segundo control de tiempo, tras dura batalla, decidieron el empate.

    Todos se abalanzaron sobre los dos contendientes para analizar la partida. No parecía posible que se pudieran entender con aquel barullo, pero lo hacían.

    Rua, muchacho –era Lanas el que hablaba-, lo has hecho muy bien. Pocos novatos pueden jugar una partida tan intensa, sobre todo ante un rival como el que tenías enfrente, pero te has permitido el lujo de dejarlo escapar. Mira esto.

    Colocó las piezas en una posición en donde se había encontrado la partida y en lugar de jugar peón cinco alfil, con jaque, movió el rey a dos de caballo. Carlos frunció el ceño, mientras todos asentían tras la explicación de Lanas, pero ciertamente era una jugada muy rebuscada.

    -¡Al demonio con ese movimiento! Este Rua lo ha bordado –el vozarrón de Nimo sobresalió entre el coro de comentarios-, Enhorabuena pibe.

    Se fueron apagando los murmullos, al tiempo que se fue apagando Carlos. Se notaba cansado, muy cansado. Pero eufórico, muy eufórico. Se despidió con un adiós apenas audible y descendió la empinada cuesta. Hoy la conferencia con Salamanca sería más larga.

    Mientras tanto en el castillo de la Mota algunos empezaban a considerar a este Rua menos intruso en los primeros tableros.

    La entrada de Carlos en los tableros avanzados quedó definitivamente solidificada en las dos partidas siguientes. Dos maestros internacionales no lograron pasar del empate frente a él. Dos personajes singulares como personas y como ajedrecistas.

    Para que Carlos se fuese acostumbrando a los contrastes, el sábado se enfrentó a Miranda y el domingo a Almeida. Tan dispares eran sus formas de conducirse, como distinto era su quehacer con los trebejos del juego. El primero, Julio Miranda, era un murciano capaz de sacar de quicio a Job resucitado. Almeida, portugués, parecía vivir fuera de este mundo y disponer del suyo interior y casi mudo.

    Miranda era el payaso de los tableros. Frisaba los cincuenta años, pajarita en el cuello, cojitranco. Con un bastón que daba la impresión de ser una prolongación de su persona. Su larga vida de profesional del ajedrez no le había permitido alcanzar la categoría de gran maestro. Disponía de una norma para lograrlo desde su juventud, pero sus

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