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Escritora en la sombra

Escritora en la sombra

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Escritora en la sombra

Longitud:
314 páginas
4 horas
Editorial:
Publicado:
Aug 17, 2016
ISBN:
9788484289258
Formato:
Libro

Descripción

«Jennie Erdal ha escrito un libro cuya lectura es inmensamente divertida. Una historia que toca cuestiones profundas sobre el lenguaje y la escritura.» The Spectator

«Escritora en la sombra de Jennie Erdal es un INMENSO regalo.» Diana Athill

«Jennie Erdal podría haber titulado este libro, que es todo un hallazgo, Emancipación o Liberación, porque son unas memorias en clave sobre el dominio de la propia identidad. Maravilloso e inspirador.» San Francisco Chronicle

Jennie era una joven licenciada, él era Naim Attallah, el millonario editor inglés de origen palestino dueño de la Literary Review y de la editorial Quartet Books. Un tipo extravagante y derrochador, que llevaba abrigos de visón y enormes anillos de oro, iba siempre en un lujoso Rolls Royce y era un refinado gourmet. La publicación de este libro en Inglaterra fue un gran escándalo porque todo el mundo adivinó quién era el editor protagonista. Algunos acusaron a su autora de traición pero todos coincidieron en que el libro era magnífico y en que se leía como una novela. Escritora en la sombra es una reflexión sobre lo que significan las palabras, la identidad y el duro oficio del negro literario. Pero sobre todo es el retrato de una relación íntima y única entre un hombre y una mujer.

Editorial:
Publicado:
Aug 17, 2016
ISBN:
9788484289258
Formato:
Libro

Sobre el autor

<p>Jennie Erdal nació en St. Andrews (Escocia). Estudió Filosofía y Literatura rusa y trabajó en el mundo editorial durante más de treinta años como editora y traductora. Durante su trabajo en Quartet Books escribió autobiografías, columnas de periódicos y ficción para el editor Naim Attallah.</p> <p><i>Escritora en la sombra</i> (2010) fue el primer libro que escribió y firmó con su propio nombre. Posteriormente ha publicado una novela: <i>The Missing Shade of Blue</i> (2012). Previamente había escrito dos novelas que firmó Naim Attallah.


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Vista previa del libro

Escritora en la sombra - Jennie Erdal

Índice

Primera parte

Un encuentro

Segunda parte

Vuelta al principio

Tercera parte

Una vida distinta

Cuarta parte

Desplazamiento lateral

Quinta parte

La Belle France

Sexta parte

Regreso à la Belle France

Séptima parte

El principio del fin

Fin

Notas

Créditos

ALBA

Para Y-M sin el cual

Son muchas las personas que me han ayudado y les estoy muy agradecida a todas. Quisiera dar las gracias a Alistair Moffat, que me animó a escribir este libro; a Jamie Byng por creer en él; a Jenny Brown por su espíritu optimista y su apoyo constante, y a Mairi Sutherland, por su habilidad y su consideración a la hora de editar. Y a Tiger, que inspiró esta historia e hizo posible que yo la contara.

Jennie Erdal

Así es como yo lo viví; otros lo habrían vivido de manera distinta.

Londres, febrero de 2000

Cariño mío:

Dicen que una carta de amor es una ventana al alma. Después de todos estos años es posible que el cristal se haya empañado un poco, pero el fuego de mi corazón arde con la misma intensidad que cuando te vi por primera vez.

Sócrates dijo que una buena esposa te hará feliz; una mala, en cambio, te convertirá en un filósofo. El oráculo de Delfos dijo que Sócrates era el hombre más sabio sobre la tierra, sin embargo nunca fue feliz. Yo he tenido más suerte que Sócrates.

En este día de tu cumpleaños te escribo para celebrar el amor que nos ha unido en nuestro largo matrimonio, cuyos ingredientes misteriosos son para mí una fuente constante de asombro. Cuando pienso en ti no encuentro una palabra que exprese lo que siento, es más bien un continuo cantar de mi corazón.

Sin amor no somos nada; la vida consiste en dar y recibir amor. Porque ¿cómo podríamos amar si no hubiéramos recibido antes amor de alguien? ¿Cómo y por dónde empezaríamos? Con el tiempo nuestros hijos nos dejan y aman a otros de una manera distinta a como les hemos amado nosotros a ellos. Distinta pero relacionada. Con ayuda de Dios, así es cómo la vida sigue, con sus frágiles motivos interconectados por los filamentos del amor. Y al final, como bien sabía Larkin, lo que sobrevivirá de nosotros es el amor.

Con toda mi ternura

Una carta de amor. El amor de un hombre por una mujer. ¿Qué nos dice? Que un hombre está escribiendo a su esposa, que la ama y se siente amado por ella, que llevan juntos mucho tiempo y que el amor ha perdurado. Y ¿qué hay del hombre? Evidentemente tiene bastante de romántico, no le da miedo expresar sus sentimientos, cree en Dios y lee poesía.

¿Qué más nos dice la carta? Hay una tendencia al aforismo y el estilo es algo ampuloso, un poco galante y anticuado. Y, como todas las cartas de amor, es muy personal, la forma más íntima de comunicación posible, más duradera que una llamada de teléfono, más romántica que un correo electrónico. Al leerla tenemos la sensación de estar invadiendo algo privado. Es, tal y como dice el autor de la carta, una ventana al alma. Hemos vislumbrado su corazón.

O no. Porque ¿qué pasaría si esta carta ni siquiera la hubiera escrito un hombre? ¿Si hubiera sido escrita para un hombre y por una mujer? Entonces, ¿de qué corazón estaríamos hablando?

Durante casi quince años escribí cientos de cartas que iban desde impersonales notas de agradecimiento y muestras de pésame a extensas correspondencias con la flor y nata: políticos, editores de periódicos, obispos, miembros de la Cámara de los Lores. Para las cartas más íntimas el procedimiento que seguía era escribirlas en mi portátil, a doble espacio y con un cuerpo grande, y después imprimirlas. A continuación mi empleador –el remitente de la carta– las copiaba con sumo cuidado en una hoja con membrete usando una pluma Mont Blanc y papel secante y al final añadía su firma con una rúbrica.

Todas las cartas las escribí para un hombre, un personaje extraordinariamente complejo y carismático que dejó su impronta en los círculos literarios de Londres. No había dictado, ni toma de notas, tan solo levísimas indicaciones, a menudo acompañadas de contorsiones faciales y gestos que, con los años, llegué a comprender igual que si fueran un lenguaje privado o un código. El tono de la carta, ya fuera enojado, halagador, pensativo o apasionado, solía alcanzarse mediante una especie de ósmosis.

En realidad, la carta con que abre este libro autobiográfico fue escrita expresamente para el mismo. Pero no a partir de la nada. Con el fin de proteger información privada se ha sustituido la carta verdadera por otra, imaginada a partir del material escrito a lo largo del tiempo y destilada de modo que su forma y su contenido fueran representativos.

Las cartas eran muy importantes para el hombre que las firmaba, pues a menudo expresaban aquello que era incapaz de articular por sí mismo. Le abrían puertas y le daban un refinamiento elocuente, algo que ansiaba pero que no poseía de una manera natural. El placer que le producía enviar las cartas era evidente en la manera en que a menudo las leía en voz alta antes de añadir su firma. Saboreaba cada frase, se detenía en cada matiz, sopesando el efecto de esta o aquella palabra. En ocasiones lo que contenían le conmovía visiblemente y se le quebraba la voz mientras me las recitaba. Le encantaba imaginar cómo se recibirían las cartas, cómo se leerían y releerían. Algunas se llevarían a la cama, al menos eso esperaba, o se soñaría con ellas. Si él estaba contento, yo también. Trabajábamos bien juntos y, en líneas generales, yo fui una socia voluntaria, a la que interesaba el trabajo y fascinaban los procesos psicológicos que se generaban por ambas partes. Con los años aprendí muchas cosas sobre el ego, la vanidad, el deseo de pertenencia y lo que es capaz de hacer un hombre para hacerse pasar por quien no es. También sobre lo que es capaz de hacer una mujer para ser cómplice de su farsa.

Aparte de las cartas hubo numerosos artículos de periódico, una columna semanal, discursos, algún que otro poema y cerca de una docena de libros, entre ellos dos novelas. Los libros generaron numerosas reseñas y semblanzas del hombre cuyo nombre figuraba en la cubierta. Una serie de literatos empezaron a cartearse con el «autor», desconocedores del hecho de que las respuestas las escribía una asalariada. Hacemos un gran equipo, a menudo decía el autor. Y era verdad.

La del negro literario no es una figura nueva. Podría ser de hecho la profesión más vieja del mundo, si este puesto no lo ocupara ya la prostitución. Y la relación entre ambas no es casual; las dos operan en mundos un tanto turbios, la tarifa se acuerda con antelación y se da en concepto de «servicios prestados», y aquellos que admiten haber tenido algo que ver con ellas, ya sea como cliente o como proveedor, se exponen a reacciones negativas, que pueden ir desde la ligera sorpresa o la desaprobación al abierto rechazo. Una profesora de mi antigua universidad, una filóloga clásica de ideas feministas, se escandalizó cuando supo a qué me dedicaba y me dijo que no era mejor que «una puta normal y corriente». Esto –el tufo a prostitución– es quizá el principal motivo por el cual la mayoría de la gente opta por la discreción absoluta.

Por lo general también se da una relación incómoda entre la persona que paga y la que gana el dinero o «hace el trabajo». Esto viene dado por el carácter embarazoso de las transacciones; ambas partes se benefician pero también suelen luchar por mantener la dignidad. Esto puede lograrse de varias maneras; en ocasiones adoptando una actitud de naturalidad y profesionalidad ante el proceso, en otras mediante el desprecio mutuo. También se puede afectar indiferencia respecto a la naturaleza de la transacción, o sencillamente elegir negarla ante uno mismo, o llevar dos vidas paralelas.

En el mundo natural se dan muchos grados de interacción y dependencia mutua entre especies diferentes. Éstos van desde la simbiosis, que por lo común vemos como algo bueno y hermoso, hasta el parasitismo, que solemos considerar malo y feo. En la vida, como en la naturaleza, están los que se alimentan y los que son alimento. Pero en ocasiones lo que puede parecer una invasión parásita puede producir armonía y felicidad. ¿Qué puede haber más hermoso que una orquídea? Y sin embargo la orquídea depende de un hongo para que sus semillas germinen y crezcan. Para que esta sociedad funcione, es necesario alcanzar y mantener un verdadero equilibrio simbiótico. De lo contrario ambas partes se marchitarán y morirán. La relación entre el huésped y el parásito es frágil, puede alterarse con facilidad. En cambio, en la verdadera simbiosis la asociación es íntima y ambas partes salen beneficiadas.

En la vida ocurre como en la naturaleza. Lo que sigue es un relato autobiográfico basado en distintas etapas de una vida pero en cuyo núcleo está la historia de una relación inusual, en parte simbiótica, en parte parásita. Afecta a dos personas de procedencias muy distintas, un hombre y una mujer que, por razones diferentes, de maneras diversas y durante un período de veinte años, llegaron a vivir el uno del otro y, en cierto sentido, a habitar cada uno en la mente del otro. Es una historia de engaño y de autoengaño por ambas partes, de fronteras difusas entre verdad y apariencia, de sucesos estrafalarios, de secretos y de mentiras. Pero también hay en ella generosidad, buena voluntad, absurdo, risas, ternura y bastante cariño.

Primera parte

Un encuentro

De tan extraño y exótico podría ser una ave tropical rara a la que uno nunca llegaría a ver de cerca aunque pasara toda su vida en un bosque tropical. El plumaje es un festín para la vista: un zafiro enorme en la solapa de un atrevido traje de rayas, una llamativa corbata de seda de un color tan intenso que deslumbra y, cuando agita las alas, el forro de la chaqueta centellea y espejea como un prisma. Se da cuenta de que estoy sorprendida y sonríe. Toma mi mano en la suya y la coloca sobre el forro de seda. ¿Quieres tocar? ¡Vamos, toca! Es seda china de la mejor calidad. Yo solo uso lo mejor.

Es mucho para asimilar de una sola vez. Debajo del traje lleva un calcetín rosa y otro verde, dos relojes de oro en el brazo derecho, uno de platino en el izquierdo y, en los dedos, una colección de joyas: rubíes, esmeraldas, diamantes. He aquí el pájaro tropical con forma humana –extravagante, exagerado, ornado– una criatura cuyo esplendor barroco tiene por fuerza que formar parte de la ceremonia del apareamiento del macho. Y sin embargo el brillo de los ojos y la forma en que sonríe le dan cierto aspecto de estar divertido, lo que sugiere cierto grado de autoparodia. ¿Un toque de bufón de corte tal vez? Solo tal vez, porque nada es seguro. La cabeza es grande, como corresponde a la constitución, y las orejas dan la impresión de ser una entusiasta ocurrencia de última hora. El pelo, oscuro y tieso, tiene aspecto de entidad autónoma, de cosa aparte. Está encaramado en la cumbre como el nido de un águila.

Es un sábado por la mañana de 1981 y he viajado desde mi casa en Escocia hasta una dirección en Mayfair. Un portero uniformado me abre la puerta del taxi y me acompaña dentro. Me pide que espere sentada mientras llama por teléfono para anunciar mi llegada. Pulsa el botón de llamada del ascensor y, después de tocarse la gorra a modo de saludo, me pone en marcha. Cuando se abren las puertas del ascensor el ave del paraíso me recibe en todo su esplendor. Yo no sabía muy bien qué esperar, pero la realidad es bastante más extraña de cualquier cosa que hubiera podido imaginar. Una experiencia psicodélica sin necesidad de drogas.

Sus maneras trasmiten generosidad y una cortesía impecable. Los ojos le brillan como piedras preciosas. Las manos son grandes y hermosas y de tan suaves casi parecen nuevas, sin estrenar. Pero su saludo no es ese blando y desvaído cómo-está-usted tan propio de los hombres ingleses, sino un apretón firme y cordial, como un abrazo prolongado. Tiene una voz aterciopelada y con un acento seductor y me habla a ráfagas interrumpidas, amable, pesaroso, zalamero, mimoso. Pasa… pasa… por favor… solo un minuto… si eres tan amable… es que el teléfono… siempre me pasa lo mismo. El cuerpo no está quieto, sino que se mueve con los ritmos y las cadencias de su forma de hablar. Me hace una marcada reverencia oriental y un gesto para que le siga, como un príncipe beduino invitando a un huésped de honor a entrar a su tienda. Por favor… siéntate… dos minutos… y vuelvo… eres muy amable. Desparece sigiloso dejando un rastro de aromas orientales, almizcle, azafrán, madera de sándalo.

Las paredes de la tienda están festoneadas con alfombras y en el suelo hay más alfombras y, encima de ellas, mesas exquisitamente talladas y cofres de maderas oscuras. Más Marrakech que Mayfair, me parece a mí, aunque no conozco muy bien ninguno de los dos sitios. La decoración es profusa pero no agobiante, las líneas son limpias y disciplinadas. No hay indicios de vida cotidiana, ni asomo de la aleatoriedad del trajín diario. Tampoco hay fotografías, solo la imagen de un tigre en una esquina, junto a la puerta. En uno de los arcones –el interior podría muy bien ser de madera de palisandro y revestimiento de madreperla– hay varios brazaletes de marfil antiguo cuidadosamente dispuestos. Alguien se ha tomado muchas molestias para lograr el efecto buscado. Vuelve a entrar con el mismo sigilo. Perdón… perdón… Si te parece bien… salimos ahora mismo… el chófer está abajo. Camina deprisa por el largo pasillo dejando una estela vaporosa de cumplidos. Le sigo con los ojos puestos en el suelo contando los kilims a mi paso. Es como estar en la parte absurda de un sueño.

Fuera, en la acera, un chófer nos espera de pie junto a un Rolls Royce plateado y sostiene la puerta abierta para que podamos sentarnos en la parte de atrás. Nunca he estado en un Rolls Royce, pero compruebo que me estoy comportando como si fuera algo de todos los días. No tengo ni idea de por qué finjo de esta manera. Desde luego, lo que no se me pasa por la cabeza es ser yo misma. Le dedico al chófer un saludo con la cabeza de lo más condescendiente y me hundo en el suntuoso cuero como una señorita del pan pringado.

Vamos a Oxford, el deslumbrante editor y yo, a ver a una mujer tan vieja como el siglo. La sensación es de aventura, de que algo nuevo va a empezar.

Cualquiera cosa que merezca la consideración de significativa por lo general implica que ocurran una serie de acontecimientos. Por separado, cada uno de éstos no significa nada, o al menos eso parece en el momento, pero tomados juntos y vistos desde el asiento de primera fila que nos da mirarlos en retrospectiva, cada uno resulta haber desempeñado un papel en aquello que a Raymond Chandler le gustaba llamar el Principio de Algo Grande.

Los acontecimientos concretos que desembocaron en mi viaje de Londres a Oxford en el asiento trasero de un Rolls Royce aquel sábado por la mañana de 1981 fueron una suerte de popurrí. He aquí algunos de ellos:

• el estudio de la lengua y la literatura rusas

• una exposición en una galería de arte en St. Andrews

• nacimiento de niños (3)

• una traducción

• visitas a Oxford para ver unos cuadros

• un encargo de una editorial de Londres

• la visita de un artista ruso a Palestina en 1924

La versión más larga de lo sucedido es que a principios de la década de 1970 pasé cuatro años estudiando ruso y filosofía. Mi tesina fue un estudio del poeta y novelista Boris Pasternak. Cuando la universidad de St. Andrews inauguró una nueva galería de arte con una exposición de las obras de Leonid Pasternak, padre de Boris, me pidieron que escribiera una semblanza del artista para el catálogo. La investigación necesaria para ello pasaba por leer las memorias de Pasternak en ruso y consultar con las dos hijas del artista, Josephine y Lydia. Después de la exposición éstas me animaron a traducir las memorias de su padre, pero, puesto que tenía dos niños pequeños y un tercero en camino, me pareció una empresa imposible. Cuando nació mi tercer hijo era aún más imposible, pero para entonces yo ya sabía que si iba a ser una buena madre, también necesitaba hacer otra cosa que no fuera ejercer sólo de tal. Lo de traducir parecía una solución.

En cualquier caso, las memorias eran interesantes y coloristas, un retrato vívido de la vida artística rusa a finales del siglo xix y principios del xx. Empezaban con una especie de milagro que me enganchó y me atrapó, la historia de cómo el artista estuvo a punto de morir de convulsiones en 1862 con solo unos meses de edad. La familia vivía en unas modestas habitaciones en la esquina de una descabalada casa de postas a las afueras de Odesa, junto al mar Negro. Había establos y un estercolero donde jugaban los niños entre aves de corral y cerdos, y los huéspedes eran comerciantes tártaros, cocheros y mercaderes varios. Llegaban en enormes tartanas directamente salidos de Gogol. El aire estaba cargado de ruido y de licor. De repente, por encima de la algarabía, una madre gritó que su hijo se estaba muriendo. Todos se arremolinaron para mirar impotentes cómo el bebé se agitaba en convulsiones y se volvía azul. Solo un hombre, un sastre judío y sabio del shtetl local, supo qué hacer. Sostuvo una enorme tinaja de barro sobre la cabeza del niño y la estrelló contra el suelo de tierra. El niño, a quien el sobresalto había sacado de ataque, se puso color rosa.

–Ahora tiene que cambiarle el nombre al niño –le dijo el sastre a la madre– para que el Diablo no pueda volver a encontrarlo.

Y así Isaac Pasternak, como entonces se llamaba, se convirtió en Leonid y pudo vivir y trabajar en uno de los períodos más fértiles de la cultura rusa.

Leonid Pasternak conoció y pintó a Einstein, Rimski-Kórsakov, Rubinstein, Scriabin, Rajmáninov, Prokófiev, Rilke, Chaliapin y a muchos otros personajes eminentes. Pero quizá la parte más fascinante de sus memorias sea la que describe su amistad con Tolstói, quien le invitó a ilustrar Resurrección mientras lo estaba escribiendo. Pasternak visitó la casa de Tolstói en Yásnaia Poliana muchas veces y realizó una serie de retratos y estudios, el último del 20 de noviembre de 1910, cuando un telegrama le convocó a acudir al lecho de muerte de aquel gran hombre.

Para finales de 1980 yo había terminado la traducción del capítulo sobre Tolstói y se la envié a un editor de Londres, la exótica ave tropical que ahora estaba sentada a mi lado en el asiento trasero del Rolls Royce. Al cabo de una o dos semanas me encargaron el libro y, para alegría de la familia del artista, se decidió que incluiría cerca de cien reproducciones de su obra y una introducción escrita por su hija Josephine. Ésta vivía en Oxford, adonde se había mudado con sus padres en 1938. Por aquel entonces su padre era un artista de éxito que exponía en Alemania, pero el auge del nazismo supuso la expulsión de todos los ciudadanos soviéticos. La familia decidió trasladarse a Oxford, donde Lydia, su otra hija, ya vivía. Los dos murieron en Oxford, Rosa, una semana antes de empezar la guerra y Leonid en 1945, pocos meses antes de que terminara. En su introducción al libro Josephine escribió que cuando su madre murió fue como si la armonía abandonara en mundo y cuando lo hizo su padre, lo hiciera la verdad.

Mientras trabajaba en la traducción visité varias veces a Jose­phine para comprobar detalles de la vida de su padre y ayudarla a seleccionar los cuadros que irían en el libro. Estaba contentísima de que por fin fueran a publicarse las memorias de su padre. Había dedicado muchos años a intentar difundir su obra, escribiendo artículos, dando entrevistas y, junto con su hermana Lydia, organizando exposiciones en el Ashmolean Museum de Oxford y también en Londres y en Edimburgo. Ambas hijas pensaban que la figura de su padre se había visto ensombrecida injustamente por la de su hermano Boris, y estaban decididas a hacer cuanto estuviera en su mano para enmendar la situación. Boris, les gustaba señalar, había empezado a ser conocido en Rusia por su condición de «hijo del gran artista» y hasta la publicación de El doctor Zhivago la gente no empezó a hablar de Leonid como «el padre de Boris». En su opinión esto era un disparate, y la pésima adaptación cinematográfica que rodó David Lean de Zhivago no había hecho más que empeorar las cosas. Ambas se exaltaban mucho hablando de este tema.

La casa de Park Town, en Oxford, donde Leonid había pasado sus últimos años, era caótica y destartalada, pero de una manera maravillosa. Había cuadros por todas partes. En las paredes, apilados en rincones o apretados dentro de cajas de madera que habían sido trasladadas de país en país, sobreviviendo a la guerra y a la revolución. Había paisajes, retratos, naturalezas muertas, estudios conmovedores e íntimos de su mujer y sus hijos en todos los soportes posibles: óleo, tiza, carbón, acuarela, pastel. Era un legado inmenso y, obviamente, una tarea formidable para Josephine y Lydia ordenarlo. Conforme se hacían mayores, el problema de cómo proceder se hacía más acuciante. Su sueño era crear un día un museo Pasternak como monumento permanente a la memoria de su padre y para evitar que su obra se desperdigara y perdiera.

En sus intentos a lo largo de los años por difundir las pinturas habían sufrido algunas experiencias dolorosas. Por ejemplo, ha­bían donado un boceto al carboncillo muy preciado de Boris a la Tate Gallery que estuvo colgado un tiempo junto al lavabo de señoras antes de desaparecer para siempre en el depósito. También donaron una obra importante, un retrato de tamaño natural de los cuatro hijos del artista, a la galería Tretiakov, de Moscú, la cual no llegó siquiera a exponerlo. Así pues cuando las conocí unos años después tenían una cosa muy clara: no venderían más cuadros. Lo que resultaba extraño, porque ésa era precisamente la raison d’être de nuestro viaje a Oxford aquel día.

El destino había querido que Pasternak viajara a Tierra Santa en 1924. Una revista de arte de París le había encargado una serie de cuadros de la gente y de los paisajes. También hizo varios dibujos y bocetos, figuras vestidas con túnicas largas y sueltas y turbantes en la cabeza, asnos con pesadas alforjas, escenas de las calles de Jerusalén, caravanas en el desierto, la tumba de Raquel, la muralla de una ciudad palestina color marrón chocolate con su torre defensiva.

Unos sesenta años después, en una oficina de Londres, el editor de las memorias de Pasternak examinaba diapositivas de estos cuadros al trasluz y lloraba.

–Tengo que comprarlos –me dijo cuando me llamó por teléfono de repente para preguntarme dónde podía ver los originales.

–No están a la venta –le dije y expliqué cómo estaban las cosas y la firme resolución de las hermanas Pasternak.

–No lo entiendes –dijo–. Tengo que tenerlos, es preciso. Me recuerdan a mi infancia, a mi tierra natal. Ahora ya no existe, está destruida. Tengo que tener esos cuadros.

Después de una breve discusión quedamos en ir juntos a Oxford, donde conocería a Josephine Pasternak y se ofrecería a comprar las pinturas de Palestina.

–Pero no va a querer venderlas –le insistí.

–A mí sí –dijo. Y colgó.

Y se las vendió, lo que fue asombroso. La Josephine que yo conocía era decidida y de firmes principios. Encarnaba una rica mezcla de culturas, una suerte de puritanismo ilustrado e intenso esteticismo. Había estudiado filosofía en Berlín y había escrito sobre Aristóteles. Y aunque su rigor intelectual europeo estaba atemperado por una emotividad de origen ruso, era erudita, decidida, independiente y de una franqueza apabullante.

Pero en presencia del bello plumaje y los espléndidos colores del editor esta mujer sensata se volvió infantil y coqueta. El ave exótica, segura de sus encantos, se preparó para su ritual de cortejo hinchando su magnífico buche y batiendo las alas sin dejar de zurear y cortejar, de trinar y gorjear. Ensalzó al artista, habló emocionado de Palestina, la tierra perdida, aduló, lisonjeó, dio cera y aceite. Después de una débil oposición, Josephine Pasternak sucumbió al despliegue de seducción. Le vendió las pinturas.

De regreso a Londres estaba exultante.

–Ya te dije que lo conseguiría

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