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Las costumbres nacionales

Las costumbres nacionales

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Las costumbres nacionales

valoraciones:
4/5 (384 valoraciones)
Longitud:
592 página
8 horas
Editorial:
Publicado:
May 24, 2011
ISBN:
9788484286240
Formato:
Libro

Descripción

«Excelente retrato de la infidelidad, la hipocresía y el poder de una época donde la apariencia, los convencionalismos y las reglas sociales entraban en conflicto.» Rufo Giménez

La familia Spragg, que se ha hecho rica en una pequeña ciudad del medio oeste, lleva dos años viviendo en Nueva York sin conseguir abrirse paso en su intrincada maraña de jerarquías sociales. Son "gente corriente" que "aún no había aprendido a avergonzarse de ello".

Su hija Undine, ayudada por su encanto y extraordinaria belleza, logra hacerse un hueco en el gran mundo y despertar admiración, aunque no tarda en comprender que en él los hombres la ven como "materia de pura carne".

Persiguiendo la respetabilidad, se casa con Ralph Marvell, miembro de uno de los más distinguidos clanes de la vieja Nueva York, pero habrá de descubrir que no siempre el buen nombre y el dinero van en el mismo lote. Poco dispuesta a renunciar a ninguna de las dos cosas, el matrimonio se convierte para ella en una carrera, como los negocios o las tierras lo son para los hombres.

Un atildado conde francés y un enérgico especulador norteamericano la esperan en el accidentado -a veces trágico- camino de su ascensión.

Las costumbres nacionales (1913), una de las obras maestras de Edith Wharton, es una trepidante y magnífica novela sobre el matrimonio, el status y el dinero, y el papel que le está reservado a una mujer en cada uno de sus ámbitos. Su dilema, expuesto no sólo con ingenio sino con suma inteligencia, es el de si se puede tener una moral para los negocios y otra para la vida privada, y qué ocurre cuando una mujer debe considerar su vida privada como una empresa.

Editorial:
Publicado:
May 24, 2011
ISBN:
9788484286240
Formato:
Libro

Sobre el autor

Edith Wharton (1862-1937) was born into a distinguished New York family and was educated privately in the United States and abroad. Among her best-known work is Ethan Frome (1911), which is considered her greatest tragic story, The House of Mirth (1905), and The Age of Innocence (1920), for which she was awarded the Pulitzer Prize.

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Las costumbres nacionales - Edith Wharton

Índice

Cubierta

Nota al texto

Libro primero

Libro segundo

Libro tercero

Libro cuarto

Libro quinto

Notas

Créditos

Alba Editorial

Nota al texto

Las costumbres nacionales se publicó por entregas entre enero y agosto de 1913 en Scribner’s Magazine. En octubre del mismo año apareció, revisado por la autora, en forma de libro (Scribner’s, Nueva York). Sobre esa edición se basa la presente traducción.

Libro primero

Capítulo I

–Undine Spragg, ¿cómo te atreves? –protestó su madre, levantando una mano prematuramente ajada y repleta de anillos para salir en defensa de la nota que acababa de entregar un apático botones.

Pero su defensa era tan frágil como su protesta, y siguió sonriendo a su visita mientras la señorita Spragg, con un rápido movimiento de sus jóvenes dedos, se apoderaba de la carta y se apartaba para leerla junto a la ventana.

–Supongo que es para mí –se limitó a decirle a su madre por encima del hombro.

–¿Ha visto usted cosa igual, señora Heeny? –murmuró la señora Spragg con orgullo y reprobación.

La señora Heeny, una mujer de aspecto enérgico y profesional, con impermeable, el velo gastado y caído hacia atrás, y un bolso de cocodrilo bastante usado a sus pies, siguió la mirada de la madre con gesto de conformidad y buen humor.

–Nunca he visto a una joven más adorable –asintió, respondiendo más al espíritu que a la letra de la pregunta de su anfitriona.

La señora Spragg y su acompañante estaban entronizadas en grandes sillones dorados, en uno de los salones privados del Hotel Stentorian. A las habitaciones que ocupaban los Spragg se las conocía como una de las suites Looey, y las paredes del salón estaban parcialmente forradas de reluciente caoba, tapizadas con seda de damasco de color rosa salmón y decoradas con retratos ovales de María Antonieta y la princesa de Lamballe*. En el centro de la alfombra de flores había una mesa dorada con la superficie de ónice mexicano, que sostenía una palmera en un cesto igualmente dorado y adornado con un lazo rosa. A excepción de la palmera y un ejemplar de El perro de los Baskerville, la habitación no mostraba otros indicios de ocupación humana, y la actitud de la propia señora Spragg era de absoluta indiferencia, como una figura de cera en una vitrina. Su elegante indumentaria justificaba esta pose, al tiempo que su rostro, de mejillas pálidas y suaves, con los párpados hinchados y la boca caída, recordaba al de una figura de cera semiderretida, a resultas de lo cual le hubiera salido aquella papada.

La señora Heeny, por el contrario, tenía una apariencia de solidez y realidad que resultaba muy tranquilizadora. La firmeza con que su figura negra y corpulenta se asentaba en el sillón, y el modo en que sus manos grandes y enrojecidas se agarraban a los brazos de éste, denotaban organización y confianza en su oficio, que era el de manicura y masajista de la alta sociedad. Con la señora Spragg y con su hija, la señora Heeny ejercía la doble función de manipuladora y amiga, y era en condición de esto último como, concluido su trabajo diario, se había pasado un momento para «animar» a las solitarias damas del Stentorian.

La joven, cuya figura merecía el elogio profesional de la señora Heeny, cambió de pronto sus adorables rasgos al apartarse de la ventana.

–Ten... Puedes quedarte con ella –dijo, haciendo una bola con el papel y arrojándolo con desdén al regazo de su madre.

–¿Y eso? ¿No es del señor Popple? –preguntó la señora Spragg, a quien pilló desprevenida.

–No; no es suya. ¿Qué te ha hecho pensar que lo fuera? –le espetó la hija; pero al punto, con una nota de decepción infantil, añadió–. Es sólo de la hermana del señor Marvell; al menos dice que es su hermana.

Con gesto desconcertado, la señora Spragg buscó sus anteojos entre la cascada de flecos de su pechera firmemente ceñida.

Los pequeños ojos azules de la señora Heeny chispeaban de curiosidad.

–¿Marvell? ¿Qué Marvell es ése?

La joven explicó lánguidamente:

–Un hombre bajito... creo que el señor Popple dijo que se llamaba Ralph. –Y su madre completó la aclaración:

–Undine los conoció anoche, en la fiesta del hotel. Y por algún comentario que hizo el señor Popple sobre una de las nuevas obras de teatro, ella se pensó que...

–¿Y cómo sabes tú lo que yo pensé? –la interrumpió Undine, advirtiendo a su madre con sus ojos grises bajo unas cejas oscuras y rectas.

–Porque dijiste que creías... –empezó a decir la señora Spragg con tono de reproche; pero la señora Heeny, ajena a sus discusiones, seguía su propia línea de pensamiento.

–¿Qué Popple? ¿Claud Walsingham Popple... el pintor de retratos?

–Supongo que sí. Dijo que le gustaría retratarme. Me lo presentó Mabel Lipscomb. No me importaría no volver a verlo –dijo la muchacha, sumergida en su rabia de color rosa.

–¿Lo conoce usted, señora Heeny? –preguntó la señora Spragg.

–Más bien lo conocí. Le hice la manicura antes de que pintara su primer retrato de sociedad... uno de cuerpo entero de la señora de Harmon B. Driscoll –explicó la señora Heeny, sonriendo con indulgencia a sus amigas–. Yo conozco a todo el mundo. Si no me conocen es que no hacen vida de sociedad, y Claud Walsingham sí la hace. Aunque no tanto como Ralph Marvell, ese hombre bajito, como tú lo has llamado –sentenció.

A esa palabra, Undine Spragg giró en redondo hacia la señora Heeney, con una rapidez que revelaba su agilidad juvenil. Se pasaba el día doblándose y retorciéndose, y todos sus movimientos parecían arrancar en la base del cuello, justo por debajo del pelo entre dorado y cobrizo, y pasaba sin pausa de estirar por completo el cuerpo esbelto hasta las puntas de los dedos a doblarse hasta las puntas de sus finos e inquietos pies.

–Entonces ¿conoce usted a los Marvell? ¿Son elegantes? –preguntó.

La señora Heeny hizo el gesto desalentado de una pedagoga que en vano ha luchado por inculcar unos conocimientos rudimentarios en una mente rebelde.

–¡Hay que ver, Undine Spragg! ¡Te he hablado de ellos un montón de veces! La madre de él era una Dagonet. Viven con el anciano Urban Dagonet, en Washington Square*.

A la señora Spragg esto le aclaraba aún menos cosas que a su hija.

–¿Tan lejos? ¿Por qué viven con otra persona? ¿Carecen de medios para tener su propia casa?

Undine tenía una percepción más rápida y miró inquisitiva a la señora Heeny.

–¿Quiere decir que el señor Marvell es tan elegante como el señor Popple?

–¿Tan «elegante»? ¡Claud Walsingham Popple no es de su clase!

La joven se acercó a su madre de un salto, arrebatándole y alisando el papel arrugado.

–Laura Fairford... ¿se llama así su hermana?

–La señora de Henley Fairford; sí. ¿Qué dice en su carta?

El rostro de se iluminó como si un rayo de sol lo alcanzara a través de la triple cortina que cubría las ventanas del Stentorian.

–Quiere que cene con ella el próximo miércoles. ¿No es un poco raro? ¿Por qué me lo pide? ¡Si no me conoce! –Su tono de voz indicaba que estaba acostumbrada a ser invitada sólo por quienes sí la conocían.

La señora Heeny se echó a reír.

–Él sí te conoce, ¿no es así?

–¿Quién? ¿Ralph Marvell? Pues claro que me conoce... el señor Popple lo trajo anoche a la fiesta.

–Pues ya sabes el porqué. Cuando un joven de la alta sociedad quiere volver a ver a una muchacha, le pide a su hermana que la invite.

Undine la miró con incredulidad.

–¡Qué raro! Porque no todos ellos tienen hermanas, ¿o sí? Será un fastidio para los que no tengan hermanas.

–Tienen a su madres... o a sus amistades casadas –dijo la señora Heeny en tono omnisciente.

–¿Caballeros casados? –preguntó la señora Spragg un poco sorprendida, aunque sinceramente deseosa de aprender la lección.

–¡No, por Dios! Damas casadas.

–¿Es que nunca están presentes los caballeros? –continuó la señora Spragg, con la sensación de que si éste fuera el caso Undine se llevaría ciertamente una buena decepción.

–¿Presentes dónde? ¿En las cenas? Naturalmente que sí... La señora Fairford da las cenas más elegantes de la ciudad. En el Town Talk de esta mañana viene una crónica de la que dio la semana pasada; seguro que la llevo aquí entre mis recortes –dijo la señora Heeny, rebuscando en su bolso, del que sacó un montón de recortes de periódico que extendió sobre su amplio regazo para localizar con el dedo índice humedecido aquel al que acababa de referirse–. Aquí está –dijo, sosteniendo uno de los recortes con el brazo extendido; luego echó la cabeza hacia atrás y leyó despacio y sin marcar las pausas–: «La señora de Henley Fairford ofreció otra de sus elegantísimas cenas el pasado miércoles que, como es habitual, fue reducida y selecta y fueron muchos los que rechinaron los dientes de rabia al no ser invitados, porque en la velada posterior madame Olga Loukowka ofreció una exhibición de sus nuevos pases de baile...». Así es como se dice pasos de baile en francés –aclaró la señora Heeny, volviendo a guardar los documentos en su bolso.

–¿Conoce también a la señora Fairford? –preguntó Undine con sumo interés; mientras que la señora Spragg, impresionada pero ávida de datos, quiso saber:

–¿Vive en la Quinta Avenida?

–No; tiene una casita en la calle Treinta y Ocho, un poco más abajo de Park Avenue*.

Las damas volvieron a mostrarse decepcionadas, y la masajista se apresuró a decir:

–Pero ¡todos quieren recibirla en sus mansiones! Desde luego que la conozco –añadió, dirigiéndose a Undine–. Le estuve dando masajes por una distensión de tobillo hace un par de años. Tiene unos modales exquisitos, aunque le falta conversación. Entre mis clientes hay magníficos conversadores –apostilló la señora Heeny, con talante discriminatorio.

Undine seguía pensando en la nota.

–Va dirigida a mamá: señora de Abner E. Spragg. ¡Nunca había visto nada tan divertido! «¿Permitirá que su hija cene conmigo?» ¡Permitir! ¿Es una mujer peculiar la señora Fairford?

–No; la peculiar eres tú –señaló la señora Heeny–. ¿No sabes que lo que se estila en la mejor sociedad es fingir que las muchachas no pueden hacer nada sin autorización de sus madres? Recuérdalo, Undine. No debes aceptar invitaciones de caballeros sin antes decir que debes consultarlo con tu madre.

–¡Santo Cielo! ¿Y cómo sabrá mi madre lo que debe decir?

–Ella dirá lo que tú le digas que diga, naturalmente. Y más vale que le digas que deseas cenar con la señora Fairford –añadió jovialmente la señora Heeny mientras se cerraba el impermeable y se agachaba para coger el bolso.

–¿Tengo que escribir entonces esa nota? –preguntó la señora Spragg, con creciente agitación.

La señora Heeny reflexionó.

–No. Supongo que puede escribirla Undine como si lo hiciera usted. La señora Fairford no conoce su letra.

La señora Spragg pareció visiblemente aliviada y, cuando Undine se fue a su habitación con la nota, murmuró en tono quejoso:

–Por favor, señora Heeny, no se vaya. No he visto a un ser humano en todo el día, y no consigo que se me ocurra nada que decirle a la doncella francesa.

La señora Heeny miró a su anfitriona con amistosa compasión. Tenía plena conciencia de ser el único punto de luz en el horizonte de la señora Spragg. Desde que los Spragg se mudaron a Nueva York dos años antes, procedentes de Apex City, no habían progresado gran cosa en la tarea de establecer relaciones en su nuevo entorno; y, cuando cuatro meses antes el médico de la señora Spragg prescribió los servicios profesionales de la señora Heeny para su paciente, no sabía que estaba haciendo más por su ánimo que por su bienestar físico. La señora Heeny ya había tenido «casos» similares: conocía bien a la familia rica y varada en su solitario esplendor en un lujoso hotel del West Side, con un padre condenado a buscar un remedo de vida social en el bar del hotel y una madre privada incluso del contacto con los de su clase y reducida a la enfermedad de puro aburrimiento y hastío. La pobre señora Spragg había tenido sus relaciones de joven, pero desde que su creciente fortuna convirtió esta ocupación en algo impropio, fue cayendo en la relativa inercia que las damas de Apex City consideraban una de las prerrogativas de la riqueza. En Apex, sin embargo, la señora Spragg pertenecía a un club social y, antes de trasladarse a la Casa Mealey, vivió muy ocupada con la interminable carga de tareas que exigía la organización de un hogar, mientras que Nueva York no parecía ofrecer ninguna esfera de actividad para una dama. De ahí que se relacionara de manera indirecta, con ayuda de la señora Heeny, que sabía manipular su imaginación tan bien como sus músculos. Era la señora Heeny quien poblaba sus largos y fantasmagóricos días de soledad con animadas anécdotas de los Van Degen, los Driscoll, los Chauncey Elling y otros potentados cuyas más nimias hazañas la señora Spragg y Undine habían seguido a distancia en los periódicos de Apex, y quienes ahora, cuando sólo las separaba de sus pórticos en el Olimpo la extensión de Central Park, parecían encontrarse mucho más lejos de ellas.

La señora Spragg carecía de ambiciones personales –daba la impresión de haber puesto todo su ser en su hija–, pero había resuelto con verdadera pasión que Undine tuviera cuanto deseara, y a veces se imaginaba que la señora Heeny, que con tanta naturalidad cruzaba esos umbrales sagrados, tal vez un día pudiera facilitarle a Undine su acceso a ellos.

–Bueno, me quedaré un poquito más si usted quiere; ¿qué le parece si le hago las uñas mientras charlamos? Así será una ocasión más social –propuso la masajista, poniendo su bolso sobre la mesa y cubriendo la superficie de ónice con limas y frascos.

La señora Spragg se quitó los anillos de las manos menudas y pecosas. Le tranquilizaba sentirse al cuidado de la señora Heeny y, aunque sabía que la atención le costaría tres dólares, estaba segura de que a Abner no le importaría. Desde que abandonaron precipitadamente Apex City, la señora Spragg comprendió que Abner había tomado la decisión de no preocuparse y de sobrellevar a cualquier precio su aventura neoyorquina. Y ahora empezaba a saber que el precio sería considerable. Llevaban dos años en Nueva York y no habían obtenido ningún beneficio social para su hija, cuando ésa y no otra era la razón por la que se habían instalado allí. Si había motivos más acuciantes, ni la señora Spragg ni su marido los mencionaban en ningún momento, ni siquiera en la dorada intimidad de su alcoba en el Stentorian, y el asunto quedó envuelto de tal modo en el silencio que para la señora Spragg era lo mismo que si no existiera: estaba sinceramente convencida de que, como decía Abner, se habían marchado de Apex porque Undine ya no tenía edad para vivir allí.

Undine –¡la pobre!– aún parecía demasiado joven para vivir Nueva York, donde ciertamente pasaba inadvertida entre sus indiferentes multitudes; y la madre temblaba al pensar en el día en que la hija se percatara de su invisibilidad. A la señora Spragg no le preocupaba la espera; contaba con inmensas reservas de paciencia flemática, pero últimamente notaba que Undine empezaba a ponerse nerviosa, y no había nada a lo que sus padres temieran tanto como a los nervios de Undine. La preocupación maternal de la señora Spragg se traslucía inconscientemente en sus palabras.

–Espero que ahora se calme un poco –murmuró, sintiéndose también ella más tranquila al hundir su mano en la espaciosa palma de la señora Heeny.

–¿Quién? ¿Undine?

–Sí. Parecía muy nerviosa ante la posibilidad de que el señor Popple apareciera por aquí. A juzgar por cómo se comportó él anoche, Undine estaba segura de que vendría esta misma mañana. Está tan sola, la pobre, que no puedo culparla.

–Seguro que vendrá. En Nueva York las cosas no van tan deprisa –dijo la señora Heeny, manejando alegremente su lima.

La señora Spragg volvió a suspirar.

–Eso parece. Dicen que los neoyorquinos siempre tienen prisa, aunque yo no veo que se hayan dado mucha prisa en conocernos.

La señora Heeny se apartó para examinar el resultado de su trabajo.

–Usted espere, señora Spragg, usted espere. Las prisas nunca conducen a nada bueno.

–¡Qué verdad es eso... qué verdad! –exclamó la señora Spragg, con un énfasis tan trágico que la masajista levantó la vista para mirarla.

–Claro que es verdad. Y en Nueva York más que en ninguna otra parte. Si te equivocas caes en un papel de atrapar moscas, y una vez que has caído no puedes salir de ahí, por más que lo intentes.

La madre de Undine lanzó otro suspiro, aún más desesperado.

–¡Me gustaría que le dijera eso a Undine, señora Heeny!

–Yo creo que Undine está bien. Una muchacha como ella puede permitirse el lujo de esperar. Y, si el joven Marvell de verdad se ha prendado de ella, ya verá cómo Undine no tarda en tenerlo todo a su entera disposición.

Tan halagüeña perspectiva permitió que la señora Spragg se entregara sin reservas a las atenciones de la señora Heeny, que entre parecidas confidencias se prolongaron por espacio de una hora. Acababa la señora Spragg de despedir a la masajista y se estaba poniendo sus anillos cuando se abrió la puerta y apareció su marido.

El señor Spragg entró en silencio, dejando su sombrero de copa sobre la mesa de ónice y su abrigo en uno de los sillones dorados. Era más bien alto, de barba entrecana y ligeramente encorvado de hombros, y tenía su cuerpo la flaccidez propia del hombre sedentario que podría ser fuerte si no padeciera de dispepsia; sobre sus cautos ojos grises, con bolsas en los párpados inferiores, se dibujaban las mismas cejas densas y rectas de su hija. El pelo fino le caía un poco más de la cuenta sobre el cuello de la camisa, y un emblema masónico colgaba de la gruesa cadena de oro que cruzaba el chaleco negro y arrugado.

Se quedó de pie en el centro de la habitación, observando lenta y exploratoriamente la dorada vacuidad, y luego dijo amablemente:

–¿Qué tal, mamá?

La señora Spragg no se levantó, pero posó una mirada cariñosa en su marido.

–A Undine la han invitado a una cena, y la señora Heeny dice que se trata de una de las familias más importantes. Es la hermana de uno de los caballeros que Mabel Lipscomb le presentó a Undine anoche.

Había un leve deje triunfal en el tono de la señora Spragg, pues fue tanto su insistencia como la de la propia Undine lo que convenció al señor Spragg para dejar la casa que habían comprado en West End Avenue y trasladarse con su familia al Stentorian. Undine había llegado a la conclusión de que mientras siguieran «encerrados en casa» no tenían ninguna esperanza, porque toda la gente elegante a la que conocía o estaba de viaje o vivía en hoteles. Convencer a la señora Spragg fue fácil, pero el señor Spragg se había resistido, pues en ese momento no podía ni vender ni arrendar su casa en condiciones tan ventajosas como deseaba. Poco después del traslado todo pareció indicar que estaba en lo cierto, y dar los primeros pasos en sociedad resultaba tan difícil en un hotel como desde la propia casa; de ahí que la señora Spragg estuviera impaciente por comunicar que Undine había conseguido su primera invitación bajo el techo del Stentorian.

–Ahora ves que hicimos bien en venir aquí, Abner –añadió; a lo que él respondió con aire distraído:

–Supongo que vosotras siempre os las arregláis para tener razón.

Pero el señor Spragg seguía sin sonreír y, en lugar de sentarse a fumar un puro, como tenía por costumbre antes de cenar, dio dos o tres vueltas sin rumbo por el salón y se detuvo delante de su mujer.

–¿Qué pasa? ¿Algo va mal en el centro? –preguntó ella, con la preocupación reflejada en sus ojos.

La noción que tenía la señora Spragg de lo que sucedía «en el centro» era sumamente elemental, pero el rostro de su marido era el barómetro en el que desde hacía mucho tiempo se había acostumbrado a leer la autorización para seguir actuando sin restricciones o la advertencia de hacer una pausa y abstenerse de todo en tanto se capeaba el inminente temporal.

El señor Spragg negó con la cabeza.

–N... no. Nada que no pueda manejar si Undine y tú os tranquilizáis un poco. –Guardó silencio y miró hacia la puerta de la habitación de su hija–. ¿Dónde está? ¿Ha salido?

–Creo que está en su habitación, probándose vestidos con la doncella. No sé si tendrá algo apropiado para llevar a esa cena –murmuró la señora Spragg, tanteando la situación.

El señor Spragg sonrió al fin.

–Seguro que lo tendrá –dijo, en tono profético.

Miró de nuevo hacia la puerta de la habitación de su hija, como si quisiera asegurarse de que estaba cerrada; delante de su mujer, muy cerca, bajó la voz para decir:

–Hoy he visto a Elmer Moffatt en el centro.

–¡Ay, Abner! –Una oleada de temor, casi físico, recorrió a la señora Spragg. Sus manos enjoyadas temblaron sobre el regazo de encaje negro, y las carnosas curvas de su rostro se hundieron como un globo al ser pinchado–. ¡Ay, Abner! –volvió a gemir, mirando también ella hacia la puerta de su hija.

Las cejas oscuras del señor Spragg se fruncieron de rabia, aunque era evidente que esa rabia no iba dirigida a su mujer.

–¿De qué sirve tanto «Ay, Abner»? Elmer Moffatt no nos importa nada... es como si no lo conociéramos.

–Sí; lo sé. Pero ¿qué está haciendo aquí? ¿Hablaste con él? –balbució.

Abner enganchó los pulgares en los bolsillos del chaleco.

–No; creo que Elmer y yo ya hemos hablado todo lo que teníamos que hablar.

La señora Spragg gimió de nuevo.

–No le digas a ella que lo has visto, Abner.

–Como quieras, pero es posible que se cruce con él.

–No lo creo... ahora que tiene un grupo nuevo. No se lo digas en ningún caso.

El marido se alejó, palpándose el bolsillo en busca de uno de los cigarros que siempre llevaba en él; y su mujer se levantó y lo siguió hasta apoyarle una mano en el hombro.

–No podrá hacerle nada, ¿verdad?

–¿Hacerle algo? –Se volvió, furioso–. ¡Que se atreva a tocarla... y ya verá!

Capítulo II

Desde su habitación blanca y dorada, con sus paneles verde mar y una vieja alfombra rosa, Undine podía ver la calle Setenta y Dos y los árboles desnudos de Central Park.

Se acercó a la ventana y, retirando las sucesivas capas de encaje, contempló la larga perspectiva de edificios de piedra rojiza en dirección este. Pasado el Parque se encontraba la Quinta Avenida, ¡y era en la Quinta Avenida donde ella deseaba estar!

Dio la espalda a la ventana y se acercó al escritorio para dejar la nota de la señora Fairford, que se dispuso a estudiar atentamente. En la sección titulada «Charla de Tocador» de uno de los periódicos dominicales había leído que las mujeres más elegantes usaban un papel del color de la sangre de pichón y escribían con tinta blanca, y desoyendo los consejos de su madre había encargado una buena remesa con sus iniciales impresas en plata. Le decepcionó descubrir que la señora Fairford escribía en un anticuado papel blanco que ni siquiera llevaba sus iniciales; tan sólo su dirección y su número de teléfono, a partir de lo cual Undine se formó una pobre opinión de la posición social de la señora Fairford, y por un momento se sintió muy satisfecha de responder a su nota en el papel rojo. De pronto se acordó del énfasis con que la señora Heeny había elogiado a la señora Fairford, y la pluma pareció vacilar. ¿Y si el papel blanco fuera más moderno que el papel rojo? Quizá fuese más elegante. Bueno, no le preocupaba que a la señora Fairford no le gustara el papel rojo; ¡a ella sí le gustaba! Y no pensaba doblegarse ante una mujer que vivía en una casita por debajo de Park Avenue...

Undine era una mezcla de feroz independencia e intensa imitación. Deseaba sorprender a todo el mundo con su atrevimiento y su originalidad, y al mismo tiempo se modelaba a imagen y semejanza de la última persona a la que conocía, de ahí que la confusión de modelos y estilos le causara una gran turbación llegado el momento de decidirse por uno u otro. Siguió dudando un poco más y finalmente sacó del cajón un papel sencillo con la dirección del hotel.

Le pareció divertido escribir la nota en nombre de su madre y se le escapó una risita al componer esta frase: «Estaré encantada de autorizar a mi hija para que acuda a cenar con usted» (el «acuda a cenar» le pareció más elegante que el simple «cenar» de la señora Fairford); sin embargo, en el momento de firmar tropezó con una nueva dificultad. La señora Fairford había firmado «Laura Fairford», como una colegiala que se dirige a una compañera. ¿Sería ésa la fórmula adecuada para la señora Spragg? Undine no podía tolerar que su madre se rebajara a la condición de la masa que vivía lejos de Park Avenue, y con trazo resuelto escribió: «Atentamente, señora de Abner E. Spragg». La inseguridad se apoderó de ella y repitió la nota copiando la fórmula de la señora Fairford. «Suya afectísima, Leota B. Spragg». La despedida le pareció entonces una extraña yuxtaposición de formalismo y liberalidad, por lo que hizo un tercer intento: «Con afecto, Leota B. Spragg». Sin embargo, esto parecía excesivo, puesto que las damas no se conocían, y tras varias tentativas optó finalmente por una solución de compromiso y terminó la nota diciendo: «Suya afectísima, señora Leota B. Spragg». Undine se dijo que tal vez fuera convencional, pero sin duda era correcto.

Resuelto el asunto, abrió la puerta impetuosamente y se asomó al pasillo, llamando con voz imperiosa: «¡Céleste!». Y cuando apareció la doncella francesa, dijo:

–Quiero repasar todos mis vestidos de noche.

El guardarropa de la señorita Spragg no tenía demasiados vestidos de noche. Había encargado algunos el año anterior, pero, indignada al no sacarles partido, se los había lanzado a la cara a la doncella. Pese a todo, madre e hija habían sucumbido una vez más al abstracto placer de comprar dos o tres vestidos más, por la sencilla razón de que eran exquisitos y Undine estaba deliciosa con ellos. Pero Undine también se había hartado de éstos, se había hartado de verlos colgados en el armario como burlescos puntos de interrogación, y en ese momento, mientras Céleste los extendía sobre la cama, le parecieron repugnantemente vulgares y tan vistos como si hubiera bailado con ellos hasta hacerlos jirones. No obstante, cedió a la persuasión de la doncella y consintió en probárselos.

El primero y el segundo no ganaron con el minucioso escrutinio a que fueron sometidos: parecían decididamente pasados de moda.

–Tienen algo raro en las mangas –protestó Undine, y los descartó de inmediato.

El tercero era sin duda el más bonito, pero se lo había puesto para el baile del hotel la noche anterior, y era inconcebible lucirlo de nuevo antes de que hubiera pasado una semana. Sin embargo, a Undine le gustaba verse con el vestido puesto, porque le recordaba los relucientes pasos de baile que había dado en compañía de Claud Walsingham Popple y la más serena aunque también más fructífera conversación que tuvo con su amigo, el joven bajito en el que apenas se había fijado.

–Puedes irte, Céleste. Me probaré los vestidos sola –dijo. Y cuando Céleste salió, cargada de exquisitos trajes desechados, Undine cerró la puerta con llave, arrastró el gran espejo de pie, buscó en un cajón guantes y abanico, y se sentó delante del espejo con el aire de una dama recién llegada a una fiesta. Antes de salir, Céleste había cerrado las persianas y encendido la luz eléctrica, y la habitación blanca y dorada, con sus resplandecientes lámparas de pared, procuraba al entorno el brillo necesario para dar rienda suelta a la ilusión. Una luz tan intensa destruiría los matices y las sutilezas de cualquier modelo, pero Undine tenía una belleza tan viva, tan primaria casi, que la iluminación no podía apagarla. Las cejas oscuras, el pelo rubio cobrizo y el cutis perfecto, sonrosado y blanco, desafiaban cualquier tentativa de deformación por parte del resplandor; parecía una criatura de fábula que viviera en un rayo de luz.

De niña Undine no había mostrado más que un tibio interés por las diversiones de sus compañeras. Ya desde muy pequeña cuando vivía con sus padres en la destartalada periferia de Apex y se colgaba de la verja con Indiana Frusk, la hija del fontanero «de enfrente», que era una niña cubierta de pecas, a Undine le gustaban muy poco las muñecas o saltar a la comba, y mucho menos el alboroto que hacía Indiana cuando interpretaba el papel de Atalanta* para todos los chicos del barrio. Incluso entonces el principal placer de Undine era «vestirse» con la falda de los domingos de su madre y «hacer de dama» delante del espejo del armario. Este placer había sobrevivido a su infancia, y Undine siguió practicando en secreto la misma pantomima; se entregaba a ella probándose faldas, abanicándose, moviendo los labios en silenciosa charla y risa, hasta que últimamente había decidido apartarse de todo lo que le recordara sus frustrados anhelos sociales. En ese momento, sin embargo, dio rienda suelta a la dicha de dramatizar su belleza. En pocos días tendría que interpretar la escena que en ese momento ensayaba, y le divertía observar por anticipado la impresión que causaría en los invitados de la señora Fairford.

Prolongó un rato su conversación con el imaginario círculo de admiradores, volviéndose a este o aquel lado, abanicándose, tamborileando con los dedos y toqueteando los pliegues de su vestido, como hacía en la vida real cuando la gente se fijaba en ella. Su incesante movimiento no era síntoma de timidez: Undine actuaba así porque pensaba que en sociedad lo correcto era mostrase animado, y su única noción de vivacidad eran el ruido y la inquietud. Se observó y se dio el visto bueno, admirando la luz en el pelo, el brillo de los dientes entre la sonrisa, las sombras puras en el cuello y los hombros al pasar de una pose a otra. Sólo una cosa la perturbaba: el exceso de redondez en las curvas de su cuello y en el volumen de sus caderas. Tenía estatura suficiente para permitirse unos kilos de más, pero el dictado de la moda era una delgadez excesiva, y se estremeció ante la idea de perder un día la verticalidad.

Dejó entonces de moverse y de brillar ante su propio reflejo, y se hundió en el sillón, entregándose a la introspección. Pensándolo bien, le molestaba mucho haber prestado tan poca atención al joven Marvell, que a la postre había resultado ser mucho menos desdeñable que su brillante amigo. Marvell le pareció más bien tímido, menos acostumbrado a la vida en sociedad, y aunque hizo un par de comentarios muy graciosos, a su manera discreta pero irónica, en modo alguno tenía el estilo magistral del señor Popple, su actitud a un tiempo dominante y suave. Cuando el señor Popple fijó en Undine sus ojos negros y calificó de «artístico» el color de su pelo, ella se había estremecido hasta lo más profundo de su ser. Seguía pareciéndole increíble que el señor Popple no fuera tan distinguido como el joven Marvell, pues daba la impresión de que sintonizaba mucho mejor con el mundo acerca del cual Undine leía en los periódicos dominicales, el mundo áureo y resplandeciente de los Van Degen, los Driscoll y sus iguales.

Salió de su ensimismamiento al oír en el pasillo las últimas palabras que su madre le dirigía a la señora Heeny. Esperó a que concluyeran las despedidas y entonces abrió la puerta, cazó al vuelo a la sorprendida masajista y la arrastró hasta su habitación.

La señora Heeny contempló con admiración la radiante aparición que la sujetaba.

–¡Dios mío, Undine! ¡Estás arrolladora! ¿Te estás probando el vestido para la cena de la señora Fairford?

–Sí... no; es un vestido viejo –dijo Undine, los ojos resplandecientes bajo las cejas oscuras–. Señora Heeny, quiero que me diga la verdad... ¿son gente tan elegantísima como ha dicho?

–¿Quién? ¿Los Fairford y los Marvell? ¡Si no los encuentras elegantes, Undine Spragg, más vale que vayas directamente a la corte de Inglaterra!

Undine se enderezó.

–Quiero lo mejor. ¿Son tan elegantes como los Driscoll y los Van Degen?

La señora Heeny soltó una risotada de desprecio.

–¡Escúchame bien, niña incrédula! Como que estoy aquí delante de ti, te digo que he visto a la señora de Harmon B. Driscoll en su casa de la Quinta Avenida acostada en una cama de terciopelo rosa, con sábanas de encaje de Honiton, llorando hasta quedarse sin lágrimas porque no conseguía que la invitaran a las veladas musicales de la señora de Paul Marvell. ¡Ni se atrevía a soñar con una invitación a cenar! Eso no podría comprarlo ni con todo su dinero... ¡y ella lo sabe!

Undine se quedó un momento inmóvil, con las mejillas encendidas y los labios entreabiertos, y luego alargó sus brazos suaves para abrazar a la masajista.

–¡Ay, señora Heeny... qué buena es usted conmigo! –dijo, rozando con los labios el ajado velo de la masajista mientras ésta, liberándose entre risas, le decía al darse la vuelta:

–Tú sé formal, Undine, y llegarás a donde quieras.

¡Sé formal, Undine! Sí, ése era el consejo que necesitaba. A veces, cuando caía en sus estados de mal humor, acusaba a sus padres por no habérselo enseñado. Era muy joven, ¡y ellos le habían enseñado tan pocas cosas! Se estremeció al recordar ciertas escapadas. Desde que llegaron a Nueva York había estado a punto de embarcarse en un par de aventuras peligrosas, y el primer invierno se prometió incluso con el atractivo profesor de equitación austríaco que la acompañaba en sus paseos por el Parque. Tuvo éste la ligereza de mostrarle un estuche que contenía una diadema y de confiarle que se había visto obligado a presentar su renuncia en un destacado regimiento de caballería tras batirse en duelo por una condesa; y a raíz de esta confidencia Undine se postró a sus pies e intercambió con él su anillo de perlas rosadas por uno de plata trenzada, que, según dijo él, la condesa le había entregado en su lecho de muerte con el ruego de que no se lo quitara hasta que conociese a una mujer más hermosa que ella.

Por fortuna, poco después de este incidente Undine se encontró con Mabel Lipscomb, a quien había conocido en un internado del medio oeste con el nombre de Mabel Blitch. La señorita Blitch ocupaba en el colegio un puesto de honor, por ser la única alumna neoyorquina, y durante algún tiempo Undine e Indiana Frusk, cuyos padres habían logrado que su hija fuera admitida en el mismo centro escolar –sólo por un trimestre–, compitieron ferozmente por la amistad de Mabel. Aunque Indiana recurría a métodos totalmente carentes de escrúpulos y llamaba la atención con cierta violencia, la victoria fue finalmente para Undine, a quien Mabel proclamó más refinada, y la derrotada Indiana las tildó de «¡par de cursis!» antes de desaparecer para siempre del escenario de su fracaso.

Mabel volvió seguidamente a Nueva York y se casó con un agente de bolsa, y Undine empezó a dar sus primeros pasos en sociedad el día en que se encontró con la señora de Harry Lipscomb y se instaló de nuevo bajo su ala.

Harry Lipscomb insistió en investigar las referencias del profesor de equitación y descubrió que su verdadero nombre era Aaronson y que había escapado de Cracovia acusado de estafar a criaditas y despojarlas de todos sus ahorros, y a la luz de este descubrimiento Undine se fijó por primera vez en que el profesor tenía los labios demasiado rojos y además llevaba el pelo engominado. Éste era uno de los episodios que abochornaban a Undine al volver la vista atrás, y una vez más tomó la decisión de confiar menos en sus impulsos, sobre todo en lo tocante a regalar anillos. Creía, sin embargo, haber aprendido mucho desde entonces, sobre todo desde que por consejo de Mabel Lipscomb los Spragg se trasladaron al Stentorian, donde esta dama tenía su residencia.

Mabel no era nada monopolizadora, y enseguida introdujo a Undine en el grupo del Stentorian y de sus ramas filiales: una sociedad adicta a los «días» y unida por su pertenencia a innumerables clubes, mundanos, culturales o «serios». Mabel llevó consigo a Undine a estas actividades y la presentó como «invitada» a las reuniones del club, donde recibió el apoyo de otras muchas invitadas: «mi amiga la señorita Stager, de Phalanx, Georgia» o simplemente (si la dama en cuestión literalmente lo era) «mi amiga Ora Prance Chettle de Nebraska»... «ya sabes quién es la señora Chettle».

Algunos de estos encuentros tenían lugar en los amplios hoteles fondeados en las zonas altas del West Side como una flota de buques de guerra de nombre sonoro: el Olympian, el Incandescent o el Ormolu; mientras que otros, acaso más exclusivos, se celebraban en apartamentos igualmente amplios pero decorados con un toque más romántico: el Partenón, el Tintern Abbey o el Lido. Undine prefería las fiestas mundanas donde se organizaban juegos y de las que regresaba cargada de trofeos de plata de Holanda, aunque también le impresionaban los clubes de debate, donde las damas distinguidas se dirigían al público desde una improvisada tribuna o donde se discutían asuntos de interés tan imperecedero como «¿Qué es el encanto?» o «La novela-problema», y luego se tomaba limonada rosa o canapés de colores en medio de una acalorada controversia sobre el «aspecto ético» de la cuestión.

Todo era interesante y novedoso, y al principio Undine envidió a Mabel Lipscomb por haberse hecho un lugar en aquellos círculos, aunque con el tiempo empezó a despreciarla por conformarse con estar ahí. Porque Undine no tardó en caer en la cuenta de que el acceso al «mundo» de Mabel no la había acercado a la Quinta Avenida. Conocía de oídas a toda la aristocracia dorada de Nueva York y se había familiarizado con las peculiaridades de sus más distinguidos vástagos estudiando con pasión la prensa diaria. Pero buscaba en vano a los originales en el mundo de Mabel, y sólo de tarde en tarde atisbaba el brillo seductor de algún miembro de estas familias, como cuando Claud Walsingham Popple, ocupado en retratar a una dama a quien los Lipscomb describieron como «casada con un magnate del acero», consideró un deber asistir a uno de los tés de su clienta, donde Mabel tuvo el privilegio de conocerlo y de mencionarle a su amiga la señorita Spragg.

Fue así como se fueron revelando para la atenta Undine insospechadas jerarquías sociales, aunque empezaba a pensar que de nada le servía tanta competencia cuando sus esperanzas revivieron con la aparición del señor Popple y de su amigo en el baile del Stentorian. Creía haber aprendido lo suficiente para no caer nuevamente en el error que cometió con el abonimable Aaronson, y sin embargo había vuelto a equivocarse al destacar a Claud Walsingham Popple y casi desairar a su compañero, más reservado. Todo era sumamente desconcertante, y la perplejidad de Undine había aumentado todavía más tras escuchar el relato de la señora Heeny sobre el disgusto de la gran señora de Harmon B. Driscoll.

Hasta la fecha Undine había imaginado que el clan de los Driscoll y el de los Van Degen, junto con sus aliados, ostentaban su soberanía indiscutible sobre la alta sociedad de Nueva York. Mabel Lipscomb también lo creía, y a menudo alardeaba de su amistad con una tal señora Spoff, que sólo era prima segunda de la señora de Harmon B. Driscoll. Pero allí estaba ella, Undine Spragg, de Apex, ¡a punto de introducirse en un círculo que los Driscoll y los Van Degen habían asediado en vano! La perspectiva le produjo un ligero mareo de triunfo, y Undine cayó paulatinamente en ese peligroso estado de seguridad que la llevaba a cometer sus peores locuras.

Se levantó y, acercándose al espejo, observó el reflejo de sus ojos brillantes y sus mejillas encendidas. Esta vez sus temores eran superfluos: ¡ya no habría más errores ni más locuras! ¡Por fin iba a conocer a la gente más distinguida... iba a conseguir lo que quería!

Mientras le sonreía a su imagen feliz en el espejo, oyó la voz de su padre en la habitación contigua y se apresuró a quitarse el vestido, desprenderse de los guantes largos y soltarse la rosa del pelo. Arrojó todas estas exquisiteces a un rincón, se puso una bata y abrió la puerta para pasar al salón.

El señor Spragg estaba de pie, cerca de su madre, sentada en actitud lánguida, la cabeza caída sobre el pecho, como hacía cuando se llevaba «un disgusto». El padre levantó la vista bruscamente al entrar Undine.

–Papá, ¿te lo ha contado mamá? La señora Fairford me ha invitado a cenar. Es la hija de la señora de Paul Marvell –la señora Marvell era una Dagonet–, y son más elegantes que nadie; ¡no se codean con los Driscoll y los Van Degen!

El señor Spragg miró a su hija con divertido cariño y, en broma, dijo:

–¿Es eso cierto? ¿Por qué quieren entonces codearse contigo?

–No soy capaz de imaginarlo... ¡a menos que sea porque piensan que de ese modo podrán llegar a ti! –replicó Undine en el mismo tono, abrazando sus hombros caídos y acercando a sus mejillas el pelo brillante.

–Y... ¿piensas ir? ¿Has aceptado? –dijo, encajando de buen grado la broma de su hija mientras ésta lo mantenía inmovilizado y la señora Spragg, a sus espaldas, gemía y se agitaba en el sillón.

Undine apartó la cabeza, miró a su padre a los ojos y, acercándose a su mirada cansada por los años hasta tal punto que su cara se tornó borrosa para él, declaró:

–Me muero de ganas, pero no tengo nada que ponerme.

El gemido de la señora Spragg fue esta vez más audible.

–Undine, yo no le pediría a tu padre que te compre más ropa ahora que acaba de liquidar las últimas facturas.

–Todavía estoy muy lejos de liquidar las últimas facturas –la interrumpió el señor Spragg, levantando las manos para sujetar a su hija por sus delgadas muñecas.

–Aunque... si quieres que parezca un espantajo y no vuelvan a invitarme, tengo el vestido

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Las costumbres nacionales

4.0
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Reseñas de lectores

  • (5/5)
    This is fabulous book - masterfully crafted, eloquently written, and I am just sorry I haven't read more of her book, but I will remeday that. I sumply must read more (all) of Edith Warton's works. Her writing is beautiful and succinct; her characters are well built and interesting.
  • (4/5)
    I like Edith Wharton's writing very much, and this novel has many of her strengths, but I struggled with it because of Edith Wharton's relentless snobbery towards her main character, Undine Spragg, a loathsome and predatory specimen of the "nouveau riche" who preys on and ingratiates herself into classy but faded old-money New York society.Edith Wharton directs (or at least strongly nudges) the reader to hate Unidine and take the side of her victims, but the old rich of New York are no better than the nouveau riche in my view: their old money ultimately derives from expropriating Native American land, so why should I sympathise with them?Thus, although Undine is most certainly far from likable, I found myself with a sneaking admiration for her, and felt that, portrayed by another author with a broader range of human sympathies, she could have emerged as a heroic, or at least anti-heroic, character. I'll fight you for her, Edith!
  • (5/5)
    Published in 1913, two years after Ethan Frome, but in gestation since 1907, The Custom of the Country is a novel that combines the tradition of the 'money' novel with Wharton's customary depiction of New York society and, in this case, also Parisian society. Undine Spragg is a beautiful, domineering, and spoiled young woman from somewhere in the Midwest who enters this society with the baggage of one divorce already behind her. Wharton's satirical prose envelopes Undine, her parents, and the New York social crowd, as Undine attempts to join it in her effort to get ahead. Never satisfied with her lot in life (sometimes anxious and always observant of those around her imagining what they expect from her), she is impatient and makes mistakes including marrying Ralph Marvell whose family is pedigreed but impecunious. Her attempts to live in a lifestyle which she considers worthy of her grand ambition quickly leads to difficulties that engulf the marriage. Her story continues with financial intrigue on the part of her first husband, who has also migrated to New York from the Midwest for greater financial opportunities. Undine in the meantime lives in Europe chasing after a Prince before settling on a marriage to Count Raymond de Chelles. However, her all-consuming greed leads to the end of that marriage; while further financial dealings bring vast wealth to Elmer Moffat, her first husband who has become more and more interesting to her throughout the story.Undine is one of Edith Wharton's greatest creations, who resembles Thackeray's Becky Sharp, a heroine from an earlier age. With her reliance on men of questionable financial character and the increased rate of change in society in the new century Undine devastates the social landscape before her as its representatives are shown to have feet of clay. I found myself unable to generate any sympathy for her character, unlike my experience reading about Wharton's other leading ladies (Lily Bart in The House of Mirth and Ellen Olenska in The Age of Innocence). In its structure the novel covers new ground for Wharton with the introduction of a journalistic narrator, Mrs Heany, in the second half of the book. The result is a more modern novel than her other great works. The story ultimately is one of a self-made woman who, while lacking moral character, is able to create a world through her ability to use the people around her for her material advantage. The novel is one in which satire is omnipresent and the result is a brittle yet brilliant achievement.
  • (3/5)
    This is another dip into the Lifetime Reading Plan well.

    Undine Spragg is a beautiful but spoiled little Midwestern bourgeois princess. She goads her parents into relocating to New York City, where she hopes to realize her dream of marrying well, entering "society" as she sees it, and living a life of ease and entertainment, surrounded by all the things lots and lots of money can buy.

    A succession of marital adventures (each with an aristocrat of a different type) teach her nothing about living a truly fulfilling life. Undine is sort of a proto-Scarlett O'Hara. But unlike Scarlett, she never undergoes any refining hardship, and thus, never develops her character into someone the reader can truly like.

    This is a didactic book, in which Wharton shows us how the prevailing definitions and behaviors of success in business create such "perfect monsters" as Undine. A perceptive mouthpiece of a character states this theme outright in the first third of the book. "The custom of the country" has created her. The remainder of the book merely hammers the lesson home over and over again. Although there are some surprises and reversals, Undine is allowed to remain the same spoiled Undine she was from the beginning.
  • (3/5)
    about a horrible, selfish social climber--main character is so annoying that I could barely force myself to finish the book--proves that women today are lucky to be educated with careers so they can divert their energy toward better things than parties clothes and status
  • (5/5)
    Oh, Edith. Why does it always seem like you're speaking to me directly, that your books are your end of our correspondence, that your heroines are mere reflections of the person I truly am? Why, oh, why can you find just the tender spot, the flaw I wish I didn't have and then show me what would happen if I didn't keep it in check? How can you crash into my life at the very moment I need it most? The Custom of the Country reads like a cautionary tale and yet it's impossible for me to blame the heroine as I see too much of myself in her. Undine's childish belief that a fat bank account buys happiness, her blind refusal to really deeply consider that money does not grow on trees, her selfish yet brave belief that she must be happy no matter what even if she hurts everyone that stands in her way, all down to her eternal quest for an unreachable satisfaction with her lot. This is a brilliant book because it reads like a tragedy that's full of stuff and I revel in material things, however much I wish I didn't. Details of dresses lined in a wardrobe 'like so many unfulfilled promises', exquisite art, theatre, food, houses. It's an orgy of aristocratic detail the inherent dizziness of which plays into the ultimate catastrophe and the spiralling fall. It's about climbing a neverending ladder to the stars and not being able to appreciate the world in between. The writing is marvellous, the emotions raw. Oh, what a treat that was.
  • (4/5)
    This is, perhaps, Edith Wharton's most scathing satire of haute bourgeoisie society of all the novels she wrote. I have seen it compared to The House of Mirth but while Lily Barth was bad (but probably not bad enough), Undine Spragg is just plain awful: shallow, uneducated, vulgar and totally narcissistic. She lives in her own selfish world that must unceasingly revolve around herself.Unfortunately, like many beautiful women she has a string of enablers - starting with her parents who bend to her every whim. The novel chronicles her rise from a midwestern city (Chicago? Cleveland?) to New York where she marries into an old New York family (Think the Welland family from The Age of Innocence only with a whole lot less money). She quickly becomes disillusioned with him, and moves onto greener pastures with a French aristocrat, only to see that his expectations of domestic life do not meet her expectations of how she wants to live.Finally we find her with husband number three - a vulgar Donald rump-like character - who is very rich and understands that he will only hold onto her as long as his money holds out. Along the way, Undine leaves a trail of destruction in her wake: suicide, bankruptcy,a neglected child and ruined parents. Up to the very end, she is neither satisfied, nor is she sorry for anything that she does.In today's age of income inequality and narcissistic culture, this book, written 100 years ago is just as relevant to day as when it was written in 1912.
  • (4/5)
    Even now, however, she was not always happy. She had everything she wanted, but she still felt, at times, that there were other things she might want if she knew about them.As soon as I saw that the heroine's name was Undine Spragg I could tell that this book would be fun, and I was right. It is a satire about a social climbing golddigger from the mid-West and her attempts to marry into high society via several different husbands.Undine is a nightmare and I started off pitying her poor parents, but then decided that they had brought it on themselves by spoiling her so badly. However, the story makes the serious point that if men keep their wives in the dark about their careers and everything else that is important to them, it is not surprising that their wives are empty-headed and vain as they have nothing but socialising to occupy themselves with. Undine is manipulative but stupid and would be no match for Becky Sharp, although she ends the book in a far better position in life than Becky did in Vanity Fair. If you have the Oxford World Classics edition, leave the introduction until last as it is full of spoilers.
  • (5/5)
    This is such a depressing book. You know why someone like Undine exists. And so you "cut her some slack." But she is so horrible. It makes you angry that she exists. And then you feel so bad for her husbands (a string of them) and her little boy. I'm glad I have lived in the late twentieth and early twenty-first centuries. Reading Wharton and James over the past few weeks. She is so good.
  • (5/5)
    Edith Wharton understood a certain type of woman as well or better than anyone who ever wrote a book. Undine was narcissistic, beautiful, manipulative, clever (but not overly intelligent or curious), and, above all, ambitious. She was more ruthless and eviscerating than a mafia don.Eventually, one of her captivated followers might notice her complete lack of concern for anyone but herself and her lack of interest in anything other than shopping or dining. Some even began to find her boring, but as a reader I was never bored by her. She was a fascinating piece of work and the book is absolutely wonderful.
  • (5/5)
    Undine Sprague is probably the most terrifying fictional character who I have ever encountered. Many others are more malicious and deliberately cruel, but her absolute indifference to any other person's needs or feelings is chilling. She hardly seems aware that other people exist except as means to achieve her own self-absorbed ends.
  • (4/5)
    Undine Spragg, Wharton's eminently unlikable heroine, is a grasping, abrasive, ill-tempered, clueless social climber who is only really ever interested in that which is out of her reach.In some ways, Undine is the anti-Lily Bart, even though both women are constantly putting themselves in rather compromising positions with men to whom they are not married in order to obtain financial security. Undine's idea of financial security, however, is to be rich enough to indulge her every whim without ever having to hear a word of reporach. Sadly for her, she marries repeatedly and in haste men whose resources do not equal their reputations, and finds herself under continual financial strain.Wharton's at her driest and funniest here; she's a uniquely American combination of Dickens and Austen, satirizing social convention and the money-grubbing that seems so often to go along with it, but also painting a picture of the vast unhappiness that the social structure forces not just on Undine, but also on the men who bob, bewildered, in her glittering wake. I don't like this as well as The House of Mirth, but it's just as good, and makes an interesting contrast with that more famous work. As with other Penguin Classics, I'd leave the introduction for afterwards if you chose that edition of the work.
  • (4/5)
    This was the first Edith Wharton I read, having lucked out of Ethan Frome in high school. I was totally gabsmocked by the book -- what a wonderful, snarky, insightful novel. That the heroine is almost completely unsympathetic didn't make me want to put it down for a moment.
  • (5/5)
    I really enjoyed this book despite the main character being totally unappealing. Funny how Wharton can make her female characters so superficial and unlikable and yet, as a woman, I continue to read and enjoy the book. Her writing is so elegant. So many times I wanted to thank her for saying something so beautifully and spot on.
  • (4/5)
    ** spoiler alert ** The story of Undine Spragg, possibly the most self-centred heroine I have ever encountered, who forces her long-suffering parents to move to New York so that she can meet "the best people". She marries Ralph, from an "old family" and has a son with him, but divorces him because he is too poor. She plans to marry her lover, Peter, but he drops her and so, after much strategizing on her part she marries a French nobleman, Raymond. Raymond too fails to keep her in the style she had expected, so she ditches him for the dubious Elmer Moffatt, to whom, it is revealed towards the end, she was briefly married as a teenager. Even with his riches, she is dissatisfied and the final page sees her furious that as a divorcee she can never be the wife of an ambassador.Things I liked about this novel:Undine's realisation that Raymond and his friends are bored by her because she is ignorant and has no interests or conversation.The fact that Peter ditches her (or at least says he does) because of her heartless disregard for her husband when he is so ill.The comments that: Undine regards money as something the men in her life must provide for her and she is wholly uninterested in how it is earned/obtained; American men keep their women ignorant about money and thus value them and their intelligence less than Europeans do their wives.On the other hand:Ralph's suicide came out of nowhere and seemed precipitate - surely he knew Undine didn't really want Paul?Presumably Undine's divorce from Elmer meant that her marriage to Raymond in the RC church was unlawful. This doesn't affect the plot because the divorce was kept secret, but were we supposed to note this?
  • (4/5)
    Edith Wharton paints a fascinating anti-heroine in Udine. Ambitious, totally selfish and self-deceiving Udine sets out to conquer Society in both America and turn-of-the-century France. Divorcing her husbands and neglecting her child to achieve superficial supremacy if not personal satisfaction.
  • (4/5)
    Undine Spragg, a woman of powerful and thoughtless beauty in the Paris Hilton school of vulgarity, must arouse the disgust and impatience of all decent readers, even while arousing their curiosity as to how far, this time, she might be willing to go to achieve her ends. Wharton's intention in this tragicomic novel was to critique the weakness of the established ruling classes, as exemplified by the husband of Undine who commits suicide, in the face of the challenge from a vulgar breed of interlopers who sought out society to realize their ambitions for place and power. Of all the most revolting qualities of Undine, apart from her indifference to the husband she leads to commit suicide, must be her attitude towards her children, whom she does not scruple to use as political footballs in her quest for recognition and acceptance. Fortunately, she meets, in her last husband, a dangerous and breathtakingly materialistic man who is thoroughly her match.
  • (4/5)
    Edith Wharton's damning portrait of the never satisfied, social climbing, money grubbing American is an excellent read. Follow the marital career of Undine Spragg and cringe throughout the entire story. Undine represents all that is base and ugly about the upstart American women contrasted with the elegant, complex European social system. I particularly love the closing, as Undine ponders her awareness that there is one thing she cannot have. She cannot be the wife of an asmbassador because she has been divorced. How crushing! To me, this is a harsher, blunter Edith Wharton than I am used to, yet still wonderful!
  • (3/5)
    I picked this up because Age of Innocence is one of my favorite books, Undie Spragg is an amazing name for a heroine and it was a dollar. I've enjoyed it, but I haven't been moved to finish it.
  • (4/5)
    I liked this book more than I thought I would when I picked it up. Undine Spragg, the main character, is a deplorable human being. She never passed the stage in life where she realised there was more to life than her own person. She was extremely selfish and constantly wanting more. She had no thought for anyone else. She divorces and remarries as often as she buys a new dress. When the husband is no longer in fashion or no longer can provide her what she wants she moves on. She was never taught that she couldn't have everything she wanted. Undine was never satified.If you enjoy classics, like I do, you should like this book. Edith Wharton depicts the times when nouveau riche were invading the stolid New York "aristocracy" with witty criticism.
  • (4/5)
    You can't always get what you want, Undine, but, in the words of the Rolling Stones, you get what you need. Undine is a spoiled and larger-than-life character who wants and "needs" many things. She's not afraid to do what it takes to get them and frequently uses her beauty to take advantage of people. The ineffectual men in her life are tossed aside like yesterday's newspapers. There is always something bigger and better around the corner for her. I came to love to hate Undine, especially when she treated her son with cold indifference. She is truly one of the most distasteful characters Edith Wharton has created...and one of the most memorable.This book is all over the place geographically from the midwest to New York City to France and back again. Undine observes others and absorbs their behavior, thus always moving upwards to attain her goal of having money and the recognition of people in high society. It's fun to see her setbacks offset by her greed and undaunted social climbing.Wharton's writing is accomplished as always, using irony and her own astute observations to create a world of manipulation and misfortune. I'm going to indulge myself and end this review with another quote from The Stones: "I can't get no satisfaction." This is a perfect description of Undine's nature.
  • (4/5)
    Edith Wharton is truly a woman of letters. I cannot think of a contemporary writer who even comes close to matching her style and use of language. It is a pleasure to read her prose, and not difficult or archaic as some may think “Classic Novels” to be. Along with her beautiful prose is her keen insights into human nature, and her ability to skewer and satirize every social class with knowing intimacy.

    Wharton daringly takes a wholly unlikeable and unsympathetic character, Undine Sprague, and makes her the main character of this novel. Undine is one of the most spoiled characters I have ever read about in a novel; she and Becky Sharp from Vanity Fair seem to be tied for this title. While Undine has brief flashes of insight and understanding of her world, her ambitions and those around her, they are very brief and she dismisses them quickly so as not to lose sight of the next rung up on the Social ladder in which she is ascending.

    While this is not my favorite Wharton book, (Undine is just too unsympathetic for that) I would absolutely recommend it, if for no other reason than to read beautiful prose, something that seems to be a lost art today in “literary fiction.”
  • (5/5)
    ”Even now, she was not always happy. She had everything she wanted but she still felt, at times, that there were other things she might want if she knew about them.”Meet Undine Spragg, possibly the most unlikable woman in literature and that quote just about sums her up. She’s not completely happy because there may be something out there that she wants if only she actually knew about it. That quote comes up towards the end of the book but pretty much lays out the journey Wharton takes you on from the beginning. Undine cares about only one person. Undine. The rest of society is only there to supply her with an audience to note how beautiful and wonderful she is. She needs money; lots of it and beginning with her father, every man in her life needs to supply her with plenty of funds to buy the things she just has to have. I kept hoping someone was going to say, “Undine stop. There’s no money left for that.” But the bills just keep coming.The fact that Edith Wharton is able to portray this self-centered social climber without making the reader throw the book against a wall is all to her credit. But isn’t that what Wharton always does? Whether it was Lily Bart in The House of Mirth or Ethan Frome and Zeena and Mattie she always manages a psychological portrait of her characters that will surprise, maybe shock, but will be in keeping with the ugly reality that is life, in this case life among the wealthy of New York and Paris in 1913. You know it’s satire but it’s all so believable I had to wonder if Wharton knew people like Undine. The writing, as is always the case with Edith Wharton, is sublime and the pages practically turn themselves. Very highly recommended.
  • (4/5)
    If you’re the kind of person who gets angry while reading about annoying characters to the point of wanting to punch them in their fictitious faces, don’t read this book. Wharton does paint an enduring portrait of a gold digger in Undine Spragg, but at 500+ pages, it gets to be a little much. She also satirizes ‘new money’ in America, both how it was made, through unscrupulous backroom deals and connections, as well as its lack of grace and culture. Undine has an extraordinary amount of ambition, but as a woman can only channel this by using her charms to marry a rich man, and someone with connections in society. As with all greedy, selfish people, no amount of material possessions are ever enough for Undine, and she can only improve her situation by divorcing and remarrying, something that carries a stigma in America and is not possible in France, where she lives for a portion of the novel. Wharton’s writing is great, but none of the characters are likeable, so it’s a bit of a masochistic read. It’s the 8th novel I’ve read by her and was far from a disappointment, but I would recommend ‘The Age of Innocence’, ‘The House of Mirth’, ‘The Reef’, or good old ‘Ethan Frome’ instead.Quotes:On beauty, a sign of the times then (and again now), and I liked the last phrase:“She was tall enough to carry off a little extra weight, but excessive slimness was the fashion, and she shuddered at the thought that she might some day deviate from the perpendicular.”And this one, on being admired:“What could be more delightful than to feel that, while all the women envied her dress, the men did not so much as look at it?”On men:“He put it to her at last, standing squarely before her, his batrachian sallowness unpleasantly flushed, and primitive man looking out of the eyes from which a frock-coated gentleman usually pined at her.”On moments of rapture, and writing; the best passage of the book:“It was one of those moments when the accumulated impressions of life converge on heart and brain, elucidating, enlacing each other, in a mysterious confusion of beauty. He had had glimpses of such a state before, of such mergings of the personal with the general life that one felt one’s self a mere wave on the wild stream of being, yet thrilled with a sharper sense of individuality than can be known within the mere bounds of the actual. But now he knew the sensation in its fullness, and with it came the releasing power of language. Words were flashing like brilliant birds through the boughs overhead; he had but to wave his magic wand to have them flutter down to him. Only they were so beautiful up there, weaving their fantastic flights against the blue, that it was pleasanter, for the moment, to watch them and let the wand lie.”
  • (5/5)
    Oh Undine!I have to address you, but I must confess that I am very nearly lost for words. I have never met anyone quite like you – in fact or in fiction – and you have made such an impression. You really are a force of nature. You had to be, to have lived the life that you have lived.Looking back it’s hard to believe that you were the daughter of a self-made man, that you came from Apex in North Carolina. But, of course, you were the apple of your parents’ eyes, and they were prepared to invest everything they had, and to do without themselves, to help you reach the very highest echelons of New York society.You always got what you wanted. Always.Did you appreciate what they did for you? Did you understand how much they sacrifice? I think not; there was nothing in your words, your actions, your demeanour to suggest that you did.At first I was inclined to blame your parents for spoiling you, but I came to realise that it wasn’t them, it was you. I began to feel sorry for them.You made some mistakes as you climbed the ladder, because you didn’t quite understand quite how that rarefied society worked, but you were a wonderfully quick learner. You changed your behaviour, your appearance, your expectations, to become the person you wanted to be, the person you needed to be, to achieve your ambitions.And you succeeded. You drew the attention of Ralph Marvell, the son of one of the oldest, grandest families in New York. He loved your beauty, your difference; and you loved everything that he stood for. And so you married …..Sadly, it wasn’t a happy ending.You didn’t understand that the families at the pinnacle of society were not the wealthiest. You couldn’t understand that Ralph didn’t share your ambitions – I don’t think that you even realised that was possible – and certainly it was quite beyond your comprehension that he dreamed of a writing a novel. He never did, he had not one iota of your drive and ambition, and I suspect that he lacked the talent. Ralph drifted through life, disappointed that he could not expand your narrow horizons, that he could not open your eyes to the beauty of the art and literature that he loved.He was part of an old order that was dying, and you were part of a new order that would adapt and survive. You learned how to bend and even change society’s rules to allow you to do exactly what you wanted to do. You really didn’t understand him, you broke him, and my heart broke for him.I even began to feel at little sorry for you, despite your selfishness, because there was so much that you didn’t understand. There are more important things than money, luxury, fashion, and social position. Things can’t really make you happy, because there will always be other things to want, there will always be things beyond your reach. You learned so much, but you never learned that.There would be more marriages, more travels, more possessions ….There would be more damage. My heart broke again, for the son you so often seemed to forget you had. And though you would never admit it, you were damaged by your own actions. But you were a survivor Undine, weren’t you?You did learn a little; I learned a little about your past, and I came to feel that I understood you a little better; most of all, I do think that when you finally married the right man it made all the difference. It wasn’t quite enough for me to say that I liked you, but I was always fascinated by you.Now I find myself wanting to do what Alice did at the end of ‘Alice’s Adventures in Wonderland. I want to throw you in the air and say, “You’re just a fictional character!” But I can’t. Because you are so utterly real; not a heroine, not a villainess, but a vivid, three-dimensional human being, with strengths and weaknesses.You are perfectly realised; your world and everything, everything around you is perfectly realised. The telling of your story is compelling, beautiful and so very profound. It speaks of its times and it has things to say that are timeless. Because, though times may change, human nature stays the same.Edith Wharton was a genius – it’s as simple as that.
  • (4/5)
    Edith Wharton is truly a woman of letters. I cannot think of a contemporary writer who even comes close to matching her style and use of language. It is a pleasure to read her prose, and not difficult or archaic as some may think “Classic Novels” to be. Along with her beautiful prose is her keen insights into human nature, and her ability to skewer and satirize every social class with knowing intimacy.

    Wharton daringly takes a wholly unlikeable and unsympathetic character, Undine Sprague, and makes her the main character of this novel. Undine is one of the most spoiled characters I have ever read about in a novel; she and Becky Sharp from Vanity Fair seem to be tied for this title. While Undine has brief flashes of insight and understanding of her world, her ambitions and those around her, they are very brief and she dismisses them quickly so as not to lose sight of the next rung up on the Social ladder in which she is ascending.

    While this is not my favorite Wharton book, (Undine is just too unsympathetic for that) I would absolutely recommend it, if for no other reason than to read beautiful prose, something that seems to be a lost art today in “literary fiction.”
  • (5/5)
    How does Wharton do it? In Undine Spregg she has created a very unsympathetic character - selfish, spoiled, cruel, materialistic, heartless – who turns over husbands much as she does dresses and discards her child – and yet Wharton’s Undine is fascinating and unforgettable. Though Undine is a ruthless social climber the quality of the prose, the exquisite characterisations, the vivid scenes and exchanges, the variety of viewpoints are all so good one can only continue. And Undine is never indecisive – the story never wavers or palls because she never takes her eye from the next prize.But Wharton loves to throw the cat among the pigeons. She is also using Undine to comment on the social mores of the time. She shows how the nature of business is shifting, and the nouveau riche are pushing aside the stuffy old guard. She also draws some interesting comparisons between American and Europe society. Wharton combines superb prose with an acute understanding of human character.
  • (4/5)
    I really enjoy Edith Wharton’s writing this one has some good lines that made me giggle and Undine’s attitude towards life and other people is laughable.Undine is a social climber of the highest form she even goes so far as to call it her career. And that every bit of unhappiness she goes through is someone else’s fault and everyone is out to get her. She finds out that climbing up isn’t always better. And she is never satisfied! As much as Undine is not a very good person she is written so well I couldn’t help but like her even if she is supposed to be so unlikable. Or maybe I just enjoyed her story more than I liked her I don’t know I do know I really enjoyed this book! It was so funny to me how really delusional she is at times. I just enjoyed the character of Undine so much and also Moffatt I knew whenever he came in the picture fun things were going to happen or at least some great lines! This is set in such a time when society was hilarious a bunch of highbrows or at least they thought they were and Undine’s quest to fit in with the “right” crowd made for a great story.This is my second Edith Wharton book and I have enjoyed both of them very much and plan to go on to read everything she’s written!I listened to this on audio narrated by, Grace Conlin who does a very good job at the narration.
  • (3/5)
    I liked that this book was set in New York and Edith Wharton was obviously very clever. But overall, I just didn’t dig this book much. There is something about the story of “vapid but beautiful jerk that always gets her way” that just doesn't do it for me. Snooze.

  • (4/5)
    The Custom of the Country by Edith Wharton tells the story of Undine Spragg, a Midwestern girl who attempts to scale the heights of New York City society. Undine is one of the most unique characters I have come across. Beautiful, selfish, and ignorant. She is terribly spoiled and seems incapable of understanding the consequences of her actions. She has no empathy and leaves a wake of damaged lives behind her. She repulsed me with her nastiness, yet I had to read on and find out what she was going to do next. As we follow Undine through first one husband and then another, I kept waiting for her to learn a life lesson or two, but instead she always seems to think that her wishes must come first, that money should always be available to her and that her beauty entitled her to anything she wanted. Undine always seems to get what she wanted, but she also was quickly dissatisfied. Motherhood did nothing either mature her and I felt very sorry for her son, Paul. Wharton never wavered in keeping Undine true to her vision, even at the end of the book, the reader is given a glimpse of Undine that allows us to know that she will never be satisfied with the status quo. Wharton delivers her story beautifully and uses her wit and insight to give us a sharp look at upper crust society as the nouveau riche come up against the old guard. I enjoyed this book immensely and will keep Undine Spragg on the memory shelf alongside of Scarlett O’Hara and Becky Sharp.