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Cero golpes: 100 ideas para la erradicación del maltrato infantil

Cero golpes: 100 ideas para la erradicación del maltrato infantil


Cero golpes: 100 ideas para la erradicación del maltrato infantil

valoraciones:
3.5/5 (6 valoraciones)
Longitud:
284 páginas
4 horas
Publicado:
20 may 2016
ISBN:
9786079347246
Formato:
Libro

Descripción

Cien métodos pedágógicos positivos para una educación libre de maltrato.

Toda persona violenta tuvo un comienzo, una infancia, una crianza, un aprendizaje, uno o muchos modelos y maestros de violencia. En este libro, Gaudencio Rodríguez nos orienta para entender cómo una crianza basada en la disciplina con amor y alejada de cualquier tipo de maltrato o violencia, asegura el desarrollo de mejores seres humanos, más aptos y, sobre todo, más felices.
Dejar mejores personas para este mundo es nuestra tarea contemporánea, y el buen trato es la asignatura básica para tal fin. Porque los niños bien tratados son los más aptos para ser los mejores seres humanos.
Publicado:
20 may 2016
ISBN:
9786079347246
Formato:
Libro


Vista previa del libro

Cero golpes - Gaudencio Rodríguez Juárez

2006.

Primera parte

El castigo corporal

¿Qué es el castigo corporal? ¿Cuál ha sido su evolución a través de la historia? ¿Cuál es la dimensión de su práctica en el mundo contemporáneo? ¿Por qué tiene tanto arraigo? ¿Cuáles son las razones para sostener aún hoy un método que atenta contra el bienestar, la dignidad y los derechos de los niños y de las personas en general? ¿Qué implicaciones tiene para las sociedades que lo practican? ¿Cómo disminuirlo, o mejor aún, erradicarlo? Estas son las cuestiones que abordaré en el presente apartado.

CONTRADICCIONES Y DIMENSIONES DEL CASTIGO CORPORAL

Te pego para que dejes de pegar.

Tropezarse accidentalmente, derramar la bebida sobre la mesa, decir malas palabras, mentir, equivocarse, perder sus pertenencias, no hacer las tareas escolares, desobedecer, incumplir acuerdos y promesas, reñir con el hermano, no querer asistir al culto religioso, irse de pinta de la escuela, tocarse los genitales, ensuciarse la ropa, hacer berrinche, manifestar una necesidad, son el tipo de cosas por las que se les suele castigar físicamente a los niños.

¡Se les pega por las mismas cosas que hacemos los adultos! Pero a nosotros nadie nos castiga físicamente. ¿Por qué a los niños sí? Por múltiples creencias. Algunas de ellas son: seguir considerando al golpe un método formativo; considerar que de esta manera el niño dejará de incurrir en conductas inadecuadas o indeseadas.

Las expresiones que acompañan al golpe también dejan ver las expectativas y convicciones respecto a esta práctica: Para que aprenda a respetar la autoridad y a los mayores. Para que la próxima vez tenga más cuidado y no ande de distraído. Para que no ande golpeando a los demás (!), Para que sea una persona recta el día de mañana.

Las intenciones pudieran ser buenas; pero sabemos que de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. Y eso es para los niños cada golpe —aunque a nosotros nos pase de largo su sensación—: un infierno cuyas llamas son proporcionales a la intensidad, frecuencia y circunstancias del castigo.

No obstante, la verdad es que a los niños se les pega por razones que poco o nada tienen que ver con su conducta y mucho con la personalidad y condiciones del adulto —cosa que no me cansaré de enfatizar—: tuvo un mal día, la conducta riesgosa del niño le asustó o le angustió, sus habilidades para la disciplina se agotaron, el estrés rebasó sus límites, los problemas económicos o laborales lo abrumaron, su falta de habilidades para el manejo de sus propios sentimientos, emociones e impulsos lo vuelven intolerante, los problemas de personalidad o de alcoholismo le hacen perder el control, el recuerdo de los castigos físicos que padeció en su propia infancia ahora se vuelcan sobre su hijo y un largo etcétera.

Urge prevenir y erradicar el castigo corporal, entre otras cosas, porque este tipo de violencia siembra las bases de la legitimidad normativa de todas las formas de violencia, es decir, la aceptación social de una práctica disciplinaria dañina, común y cotidiana siembra el permiso para múltiples prácticas perniciosas sociales que nos deshumanizan, nos hacen perder el respeto y la sensibilidad no solo por las otras personas, sino por todo lo vivo (los animales, la naturaleza, el medio ambiente…).

También urge prevenirlo y erradicarlo porque a pesar de que se mantiene el dilema cultural respecto a su efectividad y viabilidad, hoy existe evidencia empírica suficiente que da cuenta de lo inútil, pernicioso, indigno y degradante que resulta.

¿Qué es el castigo corporal? El Comité de los Derechos del Niño de la Organización de las Naciones Unidas lo define como todo aquel en el que se utilice la fuerza física y que tenga por objeto causar cierto grado de dolor o malestar, aunque sea leve. En la mayoría de los casos se trata de pegar a los niños con la mano o con algún objeto —azote, vara, cinturón, zapato, cuchara de madera, etcétera—. Pero también puede consistir en, por ejemplo, dar puntapiés, zarandear o empujar a los niños, arañarlos, pellizcarlos, morderlos, tirarles del pelo o de las orejas, obligarlos a ponerse en posturas incómodas, producirles quemaduras, obligarlos a ingerir alimentos hirvientes u otros productos.¹²

¿Cuál es su dimensión? El informe del experto independiente para el Estudio de la violencia contra los niños, de las Naciones Unidas", Paulo Sérgio Pinheiro, entregado a la ONU en el 2006, arroja que en el mundo, en pleno siglo 21, entre el 80 y el 98 por ciento de los niños sufren castigos corporales en el hogar. ¡Casi todos! Y un tercio o más de ellos reciben castigos corporales muy graves aplicados con utensilios.

En pleno siglo 21, entre el 80 y el 98 por ciento de los niños sufren castigos corporales en el hogar. (Informe de Paulo Sérgio Pinheiro para la ONU, 2006).

La violencia física de padres contra hijos afecta a, por lo menos, 40 por ciento de las familias.

45 por ciento de las madres de familia admitió pegarles a sus hijos cuando se portaban mal y 19 por ciento los ofendía cuando los regañaba.

Las mujeres reportaron que 19 por ciento de sus parejas pegaba a sus hijos y 14 por ciento los insultaba.

El 27.6 por ciento de los niños entre 6 y 9 años afirmó que le pegan en su familia. El 15.7 por ciento de los niños afirmó recibir golpes en la escuela.

Niñas y niños expresaron que los adultos los maltratan debido a que:

No saben que los niños tienen derechos (45.8 por ciento)

Tienen problemas y se desquitan con ellos (39.4 por ciento)

Se emborrachan y se drogan (23.3 por ciento) y,

No los quieren (21.8 por ciento).

En México, la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2003 plantea que la violencia física de padres contra hijos afectaba entonces a, por lo menos, 40 por ciento de las familias. De las mujeres entrevistadas, 45 por ciento admitió pegarles a sus hijos cuando se portaban mal y 19 por ciento los ofendía cuando los regañaba.

Respecto a la violencia de los padres, las mujeres reportaron que 19 por ciento de sus parejas pegaba a sus hijos y que 14 por ciento los insultaba.¹³

Por su parte, el Instituto Federa Electoral, exploró el tema de la violencia, a través de la Consulta Infantil y Juvenil 2003, encuestando a niños y niñas en un rango de edad de 6 y 9 años. Fueron cerca de un millón y medio de voces infantiles plasmadas en las respectivas boletas procesadas, cuyas conclusiones evidenciaron que, si bien la mayoría de los participantes dijeron sentirse cuidados, respetados y escuchados, un porcentaje importante, 27.6 por ciento, afirmó que le pegan en su familia. Mientras que un 15.7 por ciento afirmó recibir golpes en la escuela.

La comparación de diferencias entre sexos mostró que los niños perciben que les pegan, abusan e insultan más a ellos que a las niñas, tanto en la casa como en la escuela.

Y, en general, niñas y niños expresaron que los adultos los maltratan debido a que no saben que los niños tienen derechos (45.8 por ciento), tienen problemas y se desquitan con ellos (39.4 por ciento), se emborrachan y se drogan (23.3 por ciento) y no los quieren (21.8 por ciento).

¿Cómo educamos a nuestros/as hijos/as? Encuesta de Maltrato Infantil y Factores Asociados 2006,¹⁴ es el estudio que da a conocer la prevalencia de las diversas formas de maltrato al interior de familias mexicanas de cuatro estados (Baja California, Sonora, Tlaxcala y Yucatán) que pueden ser representativos de las diversas zonas del país (norte, centro y sur).

Los datos encontrados muestran que el círculo vicioso de la violencia se repite de generación en generación y las niñas y los niños que hoy son maltratados, aprenden que la mejor forma de educar a las hijas y a los hijos es por medio de golpes.

Una de las conclusiones preocupantes de dicho estudio, en el cual participaron hombres y mujeres adolescentes de escuelas secundarias públicas y privadas, es la aceptación tan alta que existe del castigo físico: las y los adolescentes reconocen ser maltratados físicamente por parte de sus padres pero lo justifican y en ocasiones lo aceptan, ya que, consideran que lo hacen por su bien, para educarlos y sobre todo porque sienten que lo merecen.

Los investigadores de dicho estudio urgen a tratar este punto de manera inmediata, porque los datos encontrados muestran que el círculo vicioso de la violencia se repite de generación en generación y las niñas y los niños que hoy son maltratados, aprenden que la mejor forma de educar a las hijas y a los hijos es por medio de golpes.

¿No son estas razones suficientes para trabajar el tema, para mostrar una oposición radical? Yo creo que sí. Los niños tienen prisa por recibir buen trato y la historia ha ido en un ritmo inverso: lento.

La ruta a seguir nos la dan los propios niños: los datos de la consulta del Instituto Federal Electoral nos indican que es necesario sensibilizar a los adultos en el tema de los derechos de la niñez, educar a los padres y apoyarlos de diversos modos para mejorar la calidad de relaciones con sus hijos.

EL CASTIGO CORPORAL A TRAVÉS DE LA HISTORIA

Siglo tras siglo creció el número de niños golpeados

que a su vez golpearon a sus propios hijos.

De Mause

De acuerdo a la investigadora Pollock, la mayoría de los autores de la historia de la niñez cree que a los niños siempre se les trató con rudeza tanto en el hogar como en la escuela, y solo hasta mediados del siglo XVIII hacen su aparición métodos de disciplina más humanos; y algunos de los autores afirman que en el siglo XIX se volvió a someter a los niños a una disciplina severa y al control total de los padres.¹⁵

Las primeras prácticas de castigos físicos estuvieron presentes en Babilonia, la Antigua Grecia, Roma, Egipto e Israel, como procesos judiciales y disciplinarios, lo mismo que como métodos para desarrollar la fuerza de voluntad y la fuerza física (en particular en Esparta).

La Biblia, en el Antiguo Testamento, sugiere y hasta ordena castigar físicamente a los niños aunque con respeto y amor; la vara de corrección se usa como símbolo de disciplina física (símbolo que ha logrado trascender a través de los siglos, manteniendo aún cierta presencia en nuestros días).

En la Edad Media no se tenía idea de la educación de los niños, ni existía tal categoría, sino que apenas aprendían a caminar y hablar, se les incorporaba al quehacer adulto y eran considerados adultos pequeños; en esa época los métodos de educación y crianza eran duros e inflexibles: estaban basados en el castigo corporal y en la represión, lo cual generaba un gran desapego y separación entre padres e hijos. De la Edad Media a la época clásica, el cuerpo del niño es verdaderamente encarcelado, ocultado. Solo se le descubre para zurrarlo, para golpearlo,¹⁶ fue la conclusión de la psicoanalista francesa Françoise Dolto tras analizar los retratos de la época.

El estudio de Johannes Bühler sobre la Edad Media deja ver que en medio de la crueldad y dureza de aquella época también aparecen fuentes que nos hablan de manifestaciones dirigidas precisamente contra tales abusos, como el verso de Walter von der Vogelweide: A fuerza de palos / no se educa al niño, / pues más que los palos / lo logra el cariño. Pero el hecho de que las fuentes hablen con insistencia de escolares que, como venganza contra los malos tratos recibidos en las escuelas conventuales o para sustraerse de ellas terminaban incendiándolas, indica elocuentemente cuál era el tipo de educación que allí se brindaba. Y no solo eran los profesores los que los maltrataban y torturaban, sino también sus compañeros mayores de estudio.¹⁷

Con la formación de la escuela, en los siglos XVI y XVII, el látigo y los azotes se convierten en insignias del maestro; y durante dicho periodo este tipo de castigo se generalizó y, de ser considerado como una forma de educar y marcar límites y normas, pasó a ser una forma de humillación y manipulación de los hijos, esclavos y ciudadanos (excepto los nobles) junto con una concepción autoritaria, jerárquica y absolutista de la sociedad.¹⁸

Esta falta de respeto y dignidad por las víctimas generó grandes controversias y movimientos filosóficos sobre la validez de su uso o no como método educativo, trayendo como resultado, la aparición de publicaciones relacionadas con la educación y la crianza de los niños desde la temprana edad.

Uno de los más grandes influyentes en el tema fue el filósofo inglés John Locke, cuyos planteamientos quedaron plasmados en su libro Pensamientos sobre la educación y lograron influir en los legisladores polacos que prohibieron el castigo físico en 1783 y en las posturas de subsecuentes filósofos y pedagogos.

Ante una práctica universalmente extendida, Locke dejó claro que este método era el menos eficaz de los que pueden utilizarse en la educación, entre otras cosas, debido a que:

Los niños más castigados son los menos aptos para ser los mejores hombres.

Esta clase de corrección lleva necesariamente a una especie de aversión por las cosas que es deber de los preceptores procurar que amen (aprender, jugar, cooperar…), es decir, los niños terminan por detestar cosas que no les repugnaban al principio, únicamente porque les han valido reprimendas, golpes y malos tratos.

Una disciplina servil forma caracteres serviles.

Si prevalece la severidad llevada a sus últimos límites y cura por el momento un carácter destemplado, pone en su lugar una enfermedad peor todavía y más peligrosa, que es la de quebrar los resortes del espíritu del niño, haciendo de él un ser inútil para sí mismo y para los demás.

En el siglo XIX, el castigo físico comenzó a discutirse fuertemente y disminuyó en Norteamérica y Europa, para alcanzar en el siglo XX la prohibición en gran parte del territorio europeo. Pero aun cuando su uso declinó en el mundo moderno —a partir de 1950—, la mayoría de los países continuaron —y aún continúan— permitiéndolo cuando de niños se trata, siempre que éstos no sean extremos y recurrentes; a los casos extremos se les ha tipificado como delito en muchos países por considerarlo maltrato; pero no sucede lo mismo con los casos menos severos, donde entra una amplia gama de castigos físicos y humillantes, tales como, nalgadas, bofetadas y pellizcos, para los cuales sigue existiendo una gran permisividad social.

En Queensland, Australia, el castigo físico a las niñas en las escuelas fue prohibido en 1934, mientras que el de los niños siguió siendo legal en las escuelas públicas hasta 1995, y no fue regulado en las privadas. En 1979, Suecia se convirtió en el primer país en el mundo en erradicar, a través de una ley, toda forma de castigo corporal contra los niños y en cualquier entorno (tanto dentro el hogar como en lugares o instituciones fuera de éste).

Desde entonces otros países se han dado a la tarea hacer lo mismo, sumando hasta ahora 29 de África, Europa, Latinoamérica, Asia oriental, el Pacífico y Oriente Medio.¹⁹

No obstante, el gran progreso logrado no oculta la realidad de las cifras —afirma la organización Save the Children— a finales de 2010, todavía quedaban 168 estados donde la ley todavía permite el uso del castigo físico en el hogar, precisamente el lugar donde más seguros deberían sentirse los niños y las niñas.²⁰ Lo cual significa que solo un 4.5 por ciento de los niños del mundo están protegidos por la legislación frente a cualquier tipo de castigo físico.

Obviamente su prohibición no es garantía de cese; en algunos países donde se ha legislado al respecto, muchas personas aún siguen considerando lícito su empleo. Y es que las leyes no son artefactos mágicos para cambiar la realidad —dice el experto Paulo Sérgio Pinheiro—, pero difícilmente la realidad cambia sin el amparo de leyes.²¹

Lo que sí anuncia esta actitud legislativa es una postura inédita en la historia: aun cuando se mantiene el dilema cultural respecto a la efectividad y viabilidad respecto a este tipo de castigos, la humanidad del siglo XXI ha comenzado a oponerse no solo moralmente (única forma posible para los filósofos y pedagogos de hace tres siglos), sino también jurídicamente, y aunque las medidas legales por sí solas no garantizan su erradicación, sí envían un mensaje contundente de oposición a dicha práctica, así como la reivindicación de los derechos humanos de los niños en un mundo afectado por la presencia de niveles inusitados de violencia.

En la actualidad el Comité de los Derechos del Niño de la ONU cuenta con datos suficientemente precisos acerca del abuso que viven los menores de edad en el mundo, así como del castigo corporal, y desde ahí lanza recomendaciones generales y específicas a los países para erradicar los malos tratos y promover el respeto a los derechos delos niños. Todo esto con la participación activa de organizaciones de la sociedad civil, las cuales han asumido un papel activo en el

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