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El libro egipcio de los muertos
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Libro electrónico663 páginas4 horas

El libro egipcio de los muertos

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De todos los pueblos de la antigüedad, ninguno manifestó por el misterio de la muerte un interés tan apasionado y exclusivo como el Egipcio. En la actualidad poseemos unos 190 preceptos de los conjuros que los parientes del muerto colocaban en sus tumbas.
Richard Lepsius, en 1842, hizo la primera edición de estas invocaciones mortuorias con el nombre de Libro de los Muertos, que si bien inexacta ha perdurado hasta nuestros días y que hemos decidido mantener por una coherencia con el lector, que de otra manera se vería confundido. El título real de la obra sería: Salida del Alma hacia la Luz del Día, que refleja de forma algo más completa el verdadero sentido de este texto imperecedero.
Versión realizada a través de la revisión de las traducciones anteriores, comparadas con el texto jeroglífico de Wallis Budge. El ordenamiento poético es quizás arbitrario, pero el texto original no tiene ningún tipo de puntuación, tan solo la grave majestuosidad de las aguas del Nilo.
IdiomaEspañol
EditorialAnonimo
Fecha de lanzamiento15 abr 2016
ISBN9786050420449
El libro egipcio de los muertos
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    El libro egipcio de los muertos - Anónimo

    TRIMEGISTO

    INTRODUCCIÓN

    De todos los pueblos de la antigüedad, ninguno ha manifestado por el misterio de la muerte un interés tan apasionado y exclusivo como el egipcio. El rito mortuorio, en las primeras épocas privilegio de los reyes o altos funcio­narios, pronto se trasladó a todas las capas sociales: todo ser normal ambicionaba poseer las «Palabras de Potencia», las fórmulas para devenir un dios, para sobrevivir en la tumba.

    Los parientes del muerto solicitaban a los escribas una selección de conjuros (la más numerosa que poseemos es la del papiro de Turin, de unos ciento sesenta conjuros) que, en forma de rollos, colocaban en su tumba. En la actualidad, poseemos unos 190 fragmentos de dimensiones y valor innegables. Richard Lepsius hizo la primera edición en 1842, con el nombre de Libro de los Muertos, que si bien inexacta (el nombre correcto es Salida del Alma hacia la Luz del Día) ha perdurado hasta nuestros días.

    El cuerpo del volumen consiste en un vasto monólogo del difunto, que dirige tanto a sí mismo como a los dioses y entidades del Más Allá. Como en todos los textos de origen oriental, la repetición es una de las claves para la transmisión oral de las ideas. La actitud del recitante (el difunto) es, en general, la de un visionario: las visiones suceden a las visiones, y una cierta incoherencia no está jamás ausente. De las preocupaciones prosaicas (bienes, comida, bebida) se pasa a sublimes elucubraciones sobre la Eternidad y el Absoluto. Algunos pasajes son dramáticos, otros patéticos, pero todos imbuidos de una profunda religiosidad.

    En general, todo depende de la sangre fría del espíritu, si no ha sido puro sobre la tierra, puede sin embargo invocar las Palabras de Potencia, llamar a los dioses por su Nombre, penetrar los misterios del Más Allá…

    El Antiguo Egipto estaba fascinado por el Misterio de la Muerte. El Universo todo es un gran sarcófago, inmenso, cósmico. En el centro se encuentra Osiris, muerto y momificado, derrotado por las fuerzas del Mal. Sólo los otros dioses actúan, vengan a Osiris, pero son arrastrados por los peligros y a veces «mueren Las diosas viven sollozando y lamentándose. Una atmósfera lúgubre, funeral se extiende sobre toda la vida egipcia.

    Las fuerzas del Mal triunfan. Por cierto Isis y Neftis, Hathor y Neith protegen al mundo, pero Isis, la diosa principal, está viuda, y por ende todo iniciado, todo egipcio, está desprotegido, abandonado…

    Osiris está muerto, pero Osiris vive. Es el Señor del Amenti, Rey del Mundo Inferior, juez supremo de los muer­tos. Existe, pero es un fantasma, un fantasma menos real que los muertos mismos. Y en esto consiste el carácter especifico, único, del Libro de los Muertos, en esta conciliación singular y suprema de un Osiris a la vez presente y ausente. Es un dios símbolo, sus roles caen sobre los otros dioses: Ra, Tum, Horus… La falta de Osiris transforma a la existencia terrestre en irreal, en un crepúsculo para la vida póstuma, la única auténtica. La tragedia de Osiris baña a todo Egipto de una angustia indecible y, como resultado, tenemos una actitud espiritual única en todos los anales del espíritu humano.

    Toda la atención del hombre está sujeta a su vida fu­tura, y son precisamente estos conjuros los que indican el camino a seguir. Todo es caótico allí: el triunfo al lado del terror, de la Barca del Ra a las tinieblas del Duat, de los Campos de los Bienaventurados a la constelación del Anca. Cronológicamente el desarrollo de la «odisea» tras la muer­te es el siguiente:

    El alma franquea el «Portal de la muerte», emerge en el Más Allá, y es deslumbrada por la "plena luz del día». El corto fragmento, aparentemente mutilado del Conjuro CLVIII nos relata las primeras impresiones. Después de haber recobrado la conciencia, el alma es irresistiblemente atraída hacia el cuerpo que acaba de abandonar: va y vie­ne. Pero las entidades se encargan de guiarla, arrastrándola lejos del sarcófago. Así deberá atravesar una «región de tinieblas», descripta magníficamente en un fragmento realista intercalado en el Conjuro CLXXV, que comienza con estas palabras: «¡Oh Tum! ¿A qué lugar llego ahora?» Desesperación, lamentos y gritos llenan las tinieblas. El camino está obstruido.

    La etapa siguiente está constituida por la llegada del difunto ante Osiris, el «Dios-Bueno», el «Dios-del-Cora-zón-Detenido», el rey del Mundo Inferior. Su morada es el Amenti (País Occidental), el resto del Mundo Inferior es el Duat, región sombría y desolada, que contiene el Lago de Fuego, los Campos de Fuego (el Infierno propiamente di­cho) y los demonios.

    Una vez delante de Osiris, el difunto glorifica al «Dios-del-Corazón-Detenido Con los brazos elevados en adoración frente al dios inmóvil, a cuyo lado se encuen­tran Isis y Neftis, el difunto pronuncia las fórmulas sagradas… A partir de ese momento la Unión mística está hecha: el difunto y Osiris son un solo ser.

    En la etapa siguiente, comparece ante el tribunal de justicia presidido, nominalmente, por Osiris, también está presente Maat, la diosa de la justicia, pero no toma parte en el debate. El difunto recita la célebre «Confesión nega­tiva» (Conjuro CXXV). Anubis pesa el corazón del difunto. Si no resiste esta prueba, deberá residir en el Reino de Duat: en caso contrario se transformará en un Espíritu santifica­do (iakhu).

    A partir de ese momento una nueva vida comienza para él. Es libre de todos sus actos, de una libertad absoluta. Puede recorrer a su voluntad el Cielo, la Tierra y el Mundo Inferior, reconfortar a los condenados, visitar los Campos de la Paz y los Campos de los Bienaventurados (el Paraíso), tanto como la Barca de Ra o navegar con Khepra por el Océano celeste. El mismo se ha transformado en un dios…

    Está orgulloso, constata que es joven, vigoroso, que desborda vitalidad, en tanto que la mayor parte de los dio­ses que lo rodean muestran signos de decrepitud. Es por eso que no cesa de proclamarse «el heredero de los dio­ses». Así se identifica, entonces, con esos dioses: unido a Osiris por su muerte, se transforma en Tum, Ptah, Thoth… Los dioses saludan a su sucesor.

    En general, estos dioses son también personificacio­nes más profundas: la diosa Maat, además de presidir la justicia, es también la noción del orden divino, de Orden en el Caos; la diosa Hathor, Madre del Mundo, representada con una Vaca sagrada, es en sí la naturaleza elemental; en tanto que el dios Kheprapreside el devenir universal…

    Los principales diez dioses «antiguos» mencionados en el Libro son: Nu (Nun), el Océano cósmico primordial donde reposan los gérmenes de los mundos por venir; Shu y Tefiiut (el Aire y la Humedad); Keb (Geb), dios de la Tierra; Nut; diosa del Cielo; Tum (Atum), el «único», el «solitario», el dios del sol nocturno. Ra ocupa, entre otras cosas, el lugar de Zeus en la teología griega. Y luego, Ptah, Amón y Khnum, dioses demiurgos.

    Así es, brevemente, el «argumento» principal de este «Libro». No hemos querido hacer de este trabajo un manual de erudición, sí hemos querido preservar su valor poético, tan descuidado por las ediciones anteriores. Es por eso que nos limitamos y nos limitaremos, durante todo el texto, a efectuar sólo las aclaraciones que creamos necesarias para la comprensión de la lectura.

    * * *

    La traducción de este volumen fue efectuada revisan­do las traducciones anteriores y comparándolas con el texto jeroglífico de Wallis Budge. Este texto no tiene ningún tipo de puntuación, tan sólo la grave majestuosidad de las aguas del Nilo. Es quizás una idea arbitraria otorgarle un ordenamiento poético, pero no menos cierto es que una versión «literal» sería imposible, casi diría absurda. La dificultad esencial de la traducción no reside en la literalidad del texto, sino en la comprensión de los sentidos. La traducción de Birch, por ejemplo, es totalmente ininteligible.

    Los egipcios pretendían que el «Libro» estaba inspirado por el propio Thoth, y ese este dios quien habla por la boca del difunto (Conjuro I), quien revela la voluntad de los dioses. Así que, inspirado en Thoth, y por la Esfinge, símbolo de lo enigmático, entrego esta versión que, sin sacrificar escrúpulos de orden gramatical, revela por primera vez el gran valor poético del texto.

    A.L

    Conjuro I

    En los Conjuros que aquí comienzan[1],

    se narra la Salida del Alma

    hacia la plena Luz del Día,

    su Resurrección en el Espíritu,

    su entrada y sus viajes en las regiones del Más Allá.

    Son éstas las palabras que deben pronunciarse

    el día de la Sepultura,

    cuando el Alma, separada del Cuerpo,

    ingresa en el mundo del Más Allá.

    ¡Salve, oh Osiris, Toro del Amenti![2]

    ¡He aquí que Thoth, Príncipe de la Eternidad,

    habla por mi boca!

    Ciertamente, ¡soy el gran Dios

    que acompaña a la Barca celeste en su navegación!

    Vengo ahora para luchar junto a ti. ¡Oh Osiris!

    Porque soy una de esas antiguas divinidades

    que hacen triunfar a Osiris frente a sus enemigos

    en la Pesada de las Palabras[3]

    ¡Oh Osiris! estoy ahora en lo que te rodea,

    como los otros dioses, nacidos de la diosa Nut;

    ellos destruyen a tus enemigos y aprisionan a los demonios.

    Pues yo integro tu séquito, ¡Oh Horas!

    En tu Nombre, yo salgo al combate.

    Soy Thoth, que hace triunfar a Osiris frente a sus enemigos,

    cuando son pesadas las palabras en el gran Santuario de Heliópolis.

    Ciertamente, soy Djedi, hijo de Djedi[4].

    Nut, mi madre, me gestó y trajo al Mundo

    en la ciudad de Djedu.

    Yo soy de los que gimen y lloran por Osiris

    en las tierras de Rekht

    y logran que Osiris triunfe sobre sus enemigos.

    Ra ha enviado a Thoth para que Osiris triunfe

    sobre sus enemigos.

    He aquí que Thoth me hace triunfar, a mí,

    sobre sus enemigos.

    Yo estoy junto a Horus

    el día en que la momia real de Osiris es vestida

    y hago brotar los manantiales del agua

    para purificar «El Ser-Divino-del-Corazón-Detenido»[5].

    He aquí que deslizo el cerrojo de la Puerta

    que se abre ante los misterios del Mundo Inferior[6].

    ¡Abrid la Vía a mi Alma hacia la morada de Osiris!

    ¡Que pueda acceder a ella con seguridad!

    ¡Que salga de ella en paz!

    ¡Que no sea repelida a la entrada E impulsada a retroceder!

    ¡Que le permitan entrar y salir a su voluntad

    y que la Palabra de la Potencia sea triunfadora!

    ¡Que sus mandatos sean cumplidos en la morada de Osiris!

    ¡Oh, Espíritus divinos, observad!

    Mi Alma marcha a vuestro lado.

    Ella os habla: está también purificada como vosotros,

    pues la balanza del Juicio se ha declarado a su favor.

    *

    * *

    ¡Que el veredicto de los Jueces que me concierne

    no circule en boca de multitudes!

    ¡Que sea reconocida como justa y pura

    mi forma de obrar en la tierra!

    ¡Que pueda estar erguido, jubiloso, ante Osiris

    y que pueda aparecer delante de ti,

    oh Príncipe de los dioses!

    ¡He aquí que arribo a la región de la Verdad-Justicia

    y que soy coronado como divinidad viviente!

    Que emane la Luz, oh dioses, como uno de vosotros!

    ¡Que pueda pisar con mis pies

    el sol sagrado de Her-Ahau

    y contemplar en su pareja travesía por el Cielo

    a la Barca sagrada de Seket!

    ¡Que no sea rechazado

    ni impedido de contemplar vuestros rostros,

    oh dioses del Mundo Inferior!

    Que colocado al mismo nivel que los otros dioses,

    pueda respirar el agradable olor de los alimentos,

    cuando el sacerdote

    invoque a los dioses ante mi ataúd

    estoy en la ciudad de Sekhem[7] Junto a Horus,

    cuando éste arranque a los enemigos

    el brazo izquierdo de Osiris[8].

    Entro y paso, ileso, entre las divinidades resplandecientes

    el día en que son aniquilados los demonios de Sekhem.

    Acompaño a Horus a las fiestas de Osiris.

    En el templo de Heliópolis hago ofrendas

    el sexto día de la fiesta de Denit.

    Ahora, soy sacerdote en Djedu, a cargo de las libaciones.

    Y éste es el día en que la Tierra está en culminación.

    Y he aquí que en mi presencia se realizan los misterios de Re-stau…

    En Djedu, pronuncio las fórmulas consagradas a Osiris.

    Pues, sacerdote de difuntos, me ocupo de ellos.

    Soy, igualmente, el gran Amo de la sabiduría mágica,

    cuando se coloca sobre los trineos

    el barco del dios Sokari[9].

    Cuando en las ceremonias en Herakleópolis,

    hay que perforar la tierra, recibo una azada.

    ¡Oh, Espíritus divinos, que hacéis ingresar a las Almas perfectas

    en la sagrada morada de Osiris,

    ¡Dejadme marchar a vuestro lado, a mí, alma perfecta!

    ¡Dejadme penetrar en el santuario de Osiris!

    ¡Que escuche como vosotros escucháis,

    que vea como vosotros veis,

    quede de pie o sentado, como vosotros, a mi voluntad!

    ¡Oh vosotros que ofrendáis a las Almas perfectas

    en la mansión sagrada de Osiris,

    entregad dones consagrados para que mi Alma viva!

    ¡Oh vosotros Espíritus divinos, que libráis de obstáculos la Vía,

    y delante de las ofrendas que me son destinadas.

    ¡Que pueda aproximarme al barco Neshem

    sin que mi alma ni su Amo

    sean rechazados!

    ¡Salve, oh Osiris, Señor de Amenti!

    ¡Déjame penetrar en paz en tu Reino!

    ¡Que los Señores de la Tierra Santa

    me reciban con gritos de alegría!

    ¡Que me otorguen un lugar junto a ellos!

    ¡Que encuentre a Isis y Neftis en el momento propicio!

    ¡Que el Ser-Bueno me reciba con favor!

    ¡Que acompañe a Horus al Mundo del Re-stau

    y a Osiris a Djedu!

    ¡Que pueda pasar por todas las Metamorfosis posibles

    y por todas las Regiones del Más Allá,

    de acuerdo con los placeres de mi corazón!

    RÚBRICA[10]

    Si durante su vida en la Tierra el muerto ha aprendido este conjuro y lo ha hecho escribir en las paredes de su sarcófago, podrá salir o entrar en su Mansión a voluntad, sin encontrar a nadie que pueda oponérsele. También estarán a disposición suya pan, cerveza y carne, el altar de Ra; vivirá en los campos Sekht-Iarú y compartirá con él las cosechas de trigo y cebada; y allá lejos será fuerte y venturoso como lo fue en la Tierra…

    Conjuro II

    PARA RESUCITAR TRAS LA MUERTE

    ¡Oh tú, dios del Disco lunar,

    que resplandeces en las soledades nocturnas!

    ¡Yo también estoy junto a ti,

    entre los moradores del Cielo que te circundan!

    Yo, Osiris, muerto, accedo a mi voluntad

    ora en la Región de los Muertos,

    ora en la de los Vivos en la Tierra,

    a cualquier lugar donde me guíe el deseo.

    Conjuro III

    PARA LLEGAR A LA LUZ DEL DÍA Y PARA VIVIR TRAS LA MUERTE

    ¡Salve, Oh Tum,

    tú que te elevas sobre las profundidades de los Abismos cósmicos!

    ¡Enorme es, ciertamente, tu fulgor!

    ¡Ante mí apareces en forma de un León con dos cabezas…!

    ¡Permíteme aprender tu Palabra de Potencia!

    ¡Da tu fuerza a los que de pie, ante ti, la escuchan!

    ¡Aquí estoy y me uno a los innumerables dioses

    que te circundan, oh, Ra!

    ¡He dado cumplimiento a los mandatos que en la tarde

    has dado a tus servidores, oh, Ra!

    En verdad, como Ra, tras la muerte vivo, día tras día,

    y como renace todos los días de la víspera,

    así yo renazco de la muerte.

    Todos los dioses del Cielo se regocijan viéndome vivir,

    así como se regocijan viendo vivir a Ptah,

    cuando se exhibe en todo su esplendor

    en el gran templo de Heliópolis.

    Conjuro IV

    PASO POR SOBRE LA VÍA CELESTE EN EL RE-STAU

    ¡He aquí que cruzo los Abismos de las Aguas celestes

    que están entre los dos Combatientes[11]

    Y que arribo a los campos de Osiris…!

    ¡Que pueda disfrutar de ellos a voluntad!

    Conjuro V

    PARA NO TRABAJAR EN EL MÁS ALLÁ

    Vengo de Hermópolis para erguir el brazo de aquellos

    que están incapacitados y abatidos.

    Soy el espíritu vivo de los dioses.

    Fui instruido en el Saber de los Espíritus-servidores de Thoth[12].

    Conjuro VI

    LAS FIGURILLAS MÁGICAS

    ¡Oh tú, Figurilla mágica[13], óyeme!

    Si he sido convocado

    si he sido sentenciado a realizar tareas de toda índole,

    las que obligan a ejecutar a los Espíritus de los Muertos del Más Allá;

    pues entonces, ¡oh Figurilla mágica:

    ahora que posees instrumentos,

    debes obedecer al hombre en su requerimiento!

    Debes saber que tú serás la condenada

    en mi lugar, por los vigilantes de Duat:

    a cultivar campos,

    a colmar de agua los canales,

    a transportar arena Del Este al Oeste…

    (La Figurilla contesta:)

    —Aquí estoy… Espero tus órdenes…

    Conjuro VII

    EL PASO POR DETRÁS DEL DETESTABLE APOPI[14]

    ¡Oh tú, funesta criatura de cera,

    que vives para destruir a débiles y desamparados!

    ¡Aprende que no soy débil!

    ¡Que no soy un alma exhausta y desanimada!

    ¡Que tus brebajes no podrán penetrar en mis miembros!

    Porque el Cuerpo de Tum ¡es mi propio Cuerpo[15]!

    Y de no agonizar tú mismo,

    ¡Tampoco los sufrimientos de la agonía podrán llegar a mis miembros!

    ¡Porque soy el Tum en el medio del Océano celeste!

    Y verdaderamente ¡todos los dioses me favorecen eternamente!

    Mi nombre es un Misterio[16].

    Mi morada es sagrada para siempre.

    Ya no afrontaré más a los Jueces del Infierno,

    pues desde ahora acompaño al propio Tum.

    ¡Soy impotente! ¡Soy impotente!

    Conjuro VIII

    EL PASO A TRAVÉS DEL AMENTI

    Yo penetro en los Misterios de Hermópolis[17],

    pues el mismo Thoth ha puesto un sello sobre mi cabeza;

    y el ojo de Horus que he liberado me ampara, omnipotente[18].

    Él reluce sobre la frente de Ra, Padre de los dioses.

    Ciertamente, yo soy Osiris y permanezco en el Amenti.

    Osiris, que conoce la hora fasta,

    ¡No vivirá sin que yo viva!

    ¡Pues yo soy Ra, entre los otros espíritus divinos,

    y no pereceré en toda la eternidad!

    ¡Arriba pues, tú, Horus resucitado!

    ¡Los dioses mismos te consagraron dios!

    Conjuro IX

    LUEGO DEL PASO POR LA TUMBA

    ¡Oh tú gran Alma, potente y llena de vigor!

    ¡Heme aquí! ¡Llego! ¡Te admiro!

    He pasado las puertas del Más Allá

    para admirar a Osiris, ¡mi padre divino!

    Ahora esfumo las tinieblas que te rodean,

    pues te amo, Osiris, y vengo a admirar tu rostro.

    Yo he perforado el corazón de Seth;

    he realizado los ritos fúnebres por Osiris, Padre mío.

    Yo despejo los senderos en el Cielo y en la Tierra,

    pues soy Osiris, tu hijo, que te ama…

    He vuelto aquí, con Espíritu puro y santificado.

    Estoy fortificado por Palabras de Potencia…

    ¡Dioses del gran Cielo! ¡Espíritus Divinos!

    Todos vosotros, ¡Contempladme!

    ¡Verdaderamente! habiendo concluido mi viaje

    llego aquí ante nosotros.

    Conjuro X

    UN ENCANTAMIENTO CONTRA LOS ENEMIGOS

    He violado la entrada del Cielo.

    Derribo ahora las Puertas del horizonte.

    Voy por la Tierra toda entera.

    Espíritus superiores están bajo mis órdenes,

    pues mis poderes mágicos son incontables.

    Mi boca y mis mandíbulas tienen gran fuerza.

    Ciertamente, para toda la Eternidad, soy el Señor del Duat,

    pero los medios de mi Ascensión no os serán desvelados…

    Conjuro XI

    UN ENCANTAMIENTO CONTRA LOS ENEMIGOS

    ¡Oh tú, Espíritu, que devoras tu propio brazo,

    aléjate de mi senda!

    ¡Pues yo soy Ra que se eleva en el Cielo frente a sus enemigos!

    Ya no podrán huir de mí,

    este dios poderoso los ha dejado entre mis manos.

    Mi brazo está restaurado Como el del Amo de la Corona[19].

    A medida que las diosas-serpientes se elevan,

    yo aligero mis pasos…

    ¡Ya no seré entregado a mis enemigos!,

    pues colocados en mis manos ya no podrán huir de mí.

    Estoy de pie como Horus;

    estoy sentado igual que Ptah; soy tan fuerte como Thoth; soy imbatible como Tum.

    Mis piernas me llevan en su correr;

    de mi boca se oyen Palabras de Potencia.

    He aquí que busco por todo el Cielo a mis enemigos,

    que me serán entregados y no podrán ya huir de mí.

    Conjuro XII

    PARA ENTRAR Y SALIR A VOLUNTAD

    Bendito sea tu nombre,

    ¡Oh Ra, Guardián de las Puertas misteriosas

    de las que sale un Camino

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