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Las buenas ideas: Una historia natural de la innovación

Las buenas ideas: Una historia natural de la innovación

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Las buenas ideas: Una historia natural de la innovación

valoraciones:
4/5 (30 valoraciones)
Longitud:
353 páginas
6 horas
Editorial:
Publicado:
Apr 1, 2016
ISBN:
9788415427322
Formato:
Libro

Descripción

El tópico dice que es de madrugada, que el genio está solo en su despacho o en su laboratorio, inclinado sobre un trabajo absorbente que le aparta del mundo, cuando ¡flash!: le llega la idea como por milagro, como un chispazo repentino que le hace gritar "eureka". Pero Steven Johnson argumenta en este libro que ese tópico es la excepción y no la regla.

Según esta fascinante, accesible, entretenidísima "historia natural de la innovación", las ideas llegan a los cafés antes que a los laboratorios, a los barrios céntricos antes que a las casas aisladas y a las salas de reunión antes que a los despachos del último piso.

En este libro se narra la aparición de la contabilidad de doble entrada, la imprenta o YouTube con un mismo espíritu: el ansia de averiguar cómo se abre paso una idea revolucionaria, cómo funciona la creatividad y cómo afectan el mercado, las patentes y los derechos de autor a la salud de las ideas. Y esa narración nos permite entender dónde están las raíces de la innovación, y a la vez nos brinda muchas estrategias útiles para cultivar nuestras propias buenas ideas.
Editorial:
Publicado:
Apr 1, 2016
ISBN:
9788415427322
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Las buenas ideas - Steven Johnson

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Introducción: arrecife, ciudad, red

I. Lo posible adyacente

II. Redes líquidas

III. La corazonada lenta

IV. Serendipia: el hallazgo feliz

V. Error

VI. Exaptación

VII.Plataformas

Conclusión: el cuarto cuadrante

Apéndice: cronología de las principales innovaciones (1400-2000)

Notas y lecturas recomendadas

Bibliografía

Agradecimientos

Título original:

Where Good Ideas Come From.

The Natural History of Innovation.

© Steven Johnson, 2010

Edición original en inglés: Riverhead Books (Penguin Group), 2010

De esta edición:

© Turner Publicaciones S.L., 2011

Rafael Calvo, 42

28010 Madrid

www.turnerlibros.com

Primera edición: mayo de 2011

De la traducción:

© María Sierra, 2011

Diseño de la colección:

Enric Satué

Ilustración de cubierta:

The Studio of Fernando Gutiérrez

La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: turner@turnerlibros.com

ISBN EPUB:  978-84-15427-32-2

Reservados todos los derechos en lengua castellana. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra, ni su tratamiento o transmisión por ningún medio o método sin la autorización por escrito de la editorial.

Para Peter.

INTRODUCCIÓN

ARRECIFE, CIUDAD, RED

...mientras la imaginación da cuerpo

a formas desconocidas, la pluma del poeta

las convierte en figuras, y a la etérea nada

le otorga una residencia y un nombre.

SHAKESPEARE, El sueño de una noche

de verano, V, i, 14-17.

LA PARADOJA DE DARWIN

4 de abril de 1836. Casi en el extremo oriental del océano Índico, los inevitables vientos monzónicos del noreste han ido cediendo paso a la calma veraniega. Las aguas color esmeralda de las islas Keeling, dos pequeños atolones compuestos de veintisiete islas, unos novecientos kilómetros al oeste de Sumatra, tienen un aspecto incitante, tan cálidas y apacibles, con el encanto añadido de la arena blanca, hecha de coral pulverizado. En un tramo de costa habitualmente inaccesible por el fuerte oleaje, el agua está tan quieta que Charles Darwin salta de su embarcación y, bajo el inmenso cielo azul de los trópicos, vadea hasta el arrecife de coral vivo que rodea la isla.

Se pasa varias horas allí de pie, investigando el abigarrado tesoro que le brinda el arrecife. Darwin, que tiene veintisiete años, se halla a casi diez mil kilómetros de Londres, al borde de un precipicio, de pie sobre la cumbre subterránea de un pico que se alza desde el fondo del mar insondable. Está a punto de llegar a una idea sobre las fuerzas que crearon ese pico, una idea que, luego se sabrá, va a ser el primer gran descubrimiento científico de su carrera. Y acaba de lanzarse a explorar otro presentimiento, aún borroso e informe, que en algún momento le conducirá a la cumbre intelectual del siglo XIX.

A su alrededor, grandes bancos de las especies que pueblan el arrecife de coral pasan como flechas brillantes. La mera variedad da escalofríos: peces mariposa, damiselas, peces loro, peces Napoleón, peces ángel, pseudanthias que se alimentan del plancton de arriba, el que se halla sobre los brotes en forma de coliflor del coral; los pinchos y los tentáculos de los erizos de mar y las anémonas. El espectáculo es un festín para la vista de Darwin, pero su cerebro está ya buscando un misterio escondido bajo la superficie. En su relato del viaje del Beagle, publicado cuatro años más tarde, Darwin escribiría: Es excusable el entusiasmo al hablar del infinito número de seres orgánicos que pululan en el mar de los trópicos, tan pródigo de vida; pero debo confesar que, a mi juicio, los naturalistas que han descrito en páginas bien conocidas las grutas submarinas, adornadas de innúmeras bellezas, se han complacido en usar un lenguaje algo exuberante.[*]

Eso que le estará dando vueltas en la cabeza a Darwin, durante los días y las semanas siguientes, no va a ser la belleza de las grutas submarinas, sino más bien el infinito número de los seres orgánicos. En tierra, la flora y fauna de las islas Keeling solo puede describirse como pobre; entre las plantas, hay poco más que algunos cocoteros, líquenes y hierbajos. La lista de los animales terrestres, escribe Darwin, es todavía más pobre que la de las plantas; un puñadito de lagartos, apenas algún pájaro terrestre que se pueda considerar como tal, y unos seres que acaban de inmigrar a bordo de los barcos europeos: las ratas. La isla no tiene ningún cuadrúpedo doméstico excepto el cerdo, señala Darwin con desdén.

Y sin embargo, a escasos metros de ese hábitat desolado, en las aguas del arrecife de coral, florece una enormísima diversidad, con la que solo podría competir la de los bosques húmedos. Es un verdadero misterio. ¿Por qué dan cobijo las aguas que rodean un atolón a tantas formas de vida distintas? Si uno saca tres mil metros cúbicos de agua en cualquier punto del océano Índico y hace un inventario a fondo, la lista le quedará tan pobre como la de animales terrestres en las Keeling que hizo Darwin. Con suerte, se hallará una docena de peces…, mientras que en el arrecife aparecerían, como mínimo, un millar. En las propias palabras de Darwin, tropezarse con el ecosistema de un arrecife en medio de un océano es como dar con un oasis bullicioso en pleno desierto. Hoy llamamos a este fenómeno la paradoja de Darwin: tantas formas de vida diferentes, ocupando tal variedad de nichos ecológicos y habitando unas aguas que, por lo demás, resultan tan acusadamente pobres en nutrientes. Los arrecifes de coral constituyen aproximadamente el 0,1 por ciento de la superficie terrestre, y sin embargo son el hogar de casi la cuarta parte de las especies marinas conocidas. Darwin no dispone de este dato estadístico en 1836, pero ha visto suficiente mundo en los cuatro años que lleva en el Beagle como para detectar que pasa algo raro en las aguas atestadas de ese arrecife coralino.

Al día siguiente, Darwin se interna en el lado de barlovento del atolón, acompañado del capitán del Beagle, el vicealmirante James FitzRoy, y allí ambos contemplan cómo unas olas inmensas azotan la barrera blanca del arrecife. Un espectador europeo normal, acostumbrado a las aguas más calmas del Canal de la Mancha o del Mediterráneo, se quedaría impresionado ante la cresta de las olas (sus rompientes, observa Darwin, igualan en fuerza a los engendrados por temporales huracanados en las regiones templadas, y no cesan de desplegar su furia). Pero Darwin se está fijando en otra cosa: no en la altura de las olas, sino en la fuerza que las resiste: los diminutos organismos que han construido el propio arrecife.

El océano, lanzando sus olas contra el ancho arrecife, parece un enemigo invencible y todopoderoso; sin embargo, vemos contrastado y aun vencido su inmenso poder por medios que a primera vista parecen débiles e insuficientes. Y no es que las olas respeten las rocas de coral: los grandes fragmentos dispersos sobre el arrecife y amontonados en la playa, en que los altos cocoteros brotan, habla con harta elocuencia de su arrollador empuje […] Con todo, las insignificantes islitas de coral permanecen y quedan victoriosas; porque aquí otro poder, como un antagonista, interviene en la contienda. Las fuerzas orgánicas separan los átomos de carbonato de calcio uno por uno y los reúnen formando una estructura simétrica. No importa que el huracán arranque a millares enormes fragmentos, pues sus esfuerzos significan poco frente a la labor acumulada de incontables miríadas de arquitectos que trabajan día y noche durante meses y meses.

Si a Darwin le atraen esos arquitectos diminutos es porque cree que en ellos radica la clave para resolver el misterio que ha llevado el Beagle a las islas Keeling. En el informe con el que el Almirantazgo autorizó que el barco se pasara cinco años viajando, una de las principales directrices científicas era que se investigara la formación de atolones. El mentor de Darwin, el brillante geólogo Charles Lyell, había formulado poco antes la hipótesis de que los atolones surgían por la acción de los volcanes submarinos, que ascienden a la superficie gracias a los potentes movimientos de la corteza terrestre. Según esta teoría de Lyell, la forma circular distintiva de los atolones se va dibujando a medida que las colonias de corales construyen arrecifes rodeando el perímetro del cráter volcánico. En el pensamiento de Darwin ha tenido gran influencia la visión de Lyell sobre los grandes periodos de tiempo de las transformaciones geológicas, pero mientras está en aquella costa, viendo las olas rompiendo contra el coral, se da cuenta de que su mentor se equivoca acerca del origen de los atolones. No es una simple cuestión de geología, piensa entonces. La cuestión tiene que ver con la persistencia innovadora de la vida. Y mientras evalúa esta idea, aparece en su cabeza un indicio de otra cosa, una teoría mayor, de más alcance, que podría explicar el enorme abanico de innovaciones que produce la vida. Algo desconocido va tomando forma muy lentamente.

Unos días más tarde, ya de vuelta en el Beagle, Darwin saca su diario y reflexiona sobre ese enfrentamiento fascinante entre el oleaje y el coral. Y escribe, presagiando ya con treinta años de antelación uno de los pasajes más famosos de El origen de las especies: Con dificultad sabría decir por qué; pero, a lo que entiendo, la vista de las playas exteriores de estas islas-lagunas supera en magnificencia a la del interior. A su debido tiempo lo sabría.

LA CIUDAD SUPERLINEAL

Max Kleiber, científico suizo, tenía tendencias heterodoxas desde muy joven. Mientras estudiaba en la universidad, en el Zúrich de la década de 1910, se paseaba en sandalias y con el cuello de la camisa abierto, lo que en la época era un atuendo muy llamativo. Luego, haciendo el servicio militar en el ejército suizo, descubrió que sus superiores intercambiaban información con los alemanes, a pesar de que oficialmente Suiza mantenía la neutralidad durante la Primera Guerra Mundial; se quedó tan desolado que simplemente no se presentó al servicio el día siguiente, y acabó pasando unos meses en la cárcel. Tiempo después, ya dedicado a la ingeniería agrónoma, decidió que no aguantaba más la pacata sociedad de Zúrich y tomó un camino que, en las décadas siguientes, emprenderían muchos otros rebeldes y pacifistas calzados con sandalias: se fue a vivir a California.

Kleiber recaló en la facultad de agrónomos de la Universidad de California en Davis, en pleno corazón del fértil Central Valley. En los primeros años, se especializó en ganado: medía cómo afectaba el tamaño corporal a los procesos metabólicos, la velocidad con que quema energía el organismo. Esta estimación de las tasas metabólicas era crucial para el negocio ganadero, porque permitía predecir con cierta fiabilidad cuánto alimento iban a necesitar los animales, y cuánta carne producirían finalmente, tras el sacrificio. Al poco tiempo de llegar a Davis, Kleiber notó en sus investigaciones que se producía un hecho recurrente y llamativo, una rareza matemática que le hizo empezar a llevarse al laboratorio criaturas más diversas: ratas, palomas, perros y hasta seres humanos. Los científicos y los amantes de los animales ya habían observado que, a medida que aumenta el tamaño, se vive más tiempo. Las moscas viven unas horas o unos días, mientras que un elefante dura medio siglo. El corazón de un pájaro o un mamífero pequeño bombea la sangre mucho más rápido que el de una jirafa o una ballena azul. Pero la relación entre tamaño y velocidad no era tan directa. Por ejemplo, un caballo puede ser quinientas veces mayor que un conejo, pero desde luego no le late el pulso quinientas veces más rápido. Así, tras una realizar una serie formidable de mediciones en su laboratorio, Kleiber descubrió que este fenómeno de la escala se ceñía a un algoritmo matemático invariable: la escala de la cuarta potencia negativa. Si se pone en relación la masa y el metabolismo dentro de una escala logarítmica, sale una línea perfectamente recta que parte de las ratas y las palomas y va subiendo hasta llegar a los toros y los hipopótamos.

Los físicos están acostumbrados a descubrir ecuaciones tan bellas como esta, agazapadas tras los fenómenos que estudian; pero en el mundo de la biología todo es más desordenado y la elegancia matemática se hace más de rogar. Y sin embargo, cuantas más especies analizaban Kleiber y su equipo, más clara les salía la ecuación: el metabolismo tiene una relación con la masa igual a la cuarta potencia negativa. La operación no es complicada: se toma la raíz cuadrada de 1.000, que viene a ser 31, y se halla luego la raíz cuadrada de 31, que aproximadamente es 5,5. Esto quiere decir que una vaca, que pesa unas mil veces más que una marmota, vivirá de media 5,5 veces más, y tendrá un latido cardíaco 5,5 veces más lento. George Johnson, divulgador científico, hizo en cierto momento la observación de que una de las conclusiones más hermosas que se sacan de la ley de Kleiber es que el número de latidos de una vida tiende a ser el mismo en todas las especies; lo que sucede es que los animales de más tamaño se toman más tiempo en agotar los suyos.

La ley de Kleiber se fue ampliando, durante las décadas siguientes, hasta llegar a la escala microscópica de las bacterias y el metabolismo celular; de hecho, se descubrió que hasta el crecimiento de los vegetales sigue la escala de la cuarta potencia negativa. Allí donde haya vida, siempre que un organismo tiene que encontrar la forma de consumir y distribuir su energía por su cuerpo, aparece la escala de la cuarta potencia negativa dirigiendo sus patrones de crecimiento.

Hace unos cuantos años, Geoffrey West, físico teórico, decidió investigar si la ley de Kleiber podía aplicarse a una de las mayores creaciones de la vida: esos superorganismos que son las ciudades construidas por el género humano. ¿Podría decirse que el metabolismo de la vida urbana se va haciendo más lento a medida que aumenta el tamaño de la ciudad? West, que trabajaba en el legendario Santa Fe Institute, del que fue presidente hasta 2009, reunió un equipo de investigadores y asesores de diversos países y les encargó recoger datos sobre varias docenas de ciudades de todo el mundo, midiendo desde la delincuencia hasta el consumo eléctrico de los hogares, desde las nuevas patentes hasta las ventas de combustible. Y cuando por fin procesaron los datos, West y su equipo descubrieron con gran placer que la escala de la cuarta potencia negativa de Kleiber regía la energía y el crecimiento del transporte en la vida de la ciudad. El número de gasolineras, el consumo de combustible, la superficie asfaltada, la longitud del cableado eléctrico… todos esos factores seguían exactamente la misma ley que rige el gasto de energía en los organismos biológicos. Si un elefante no era más que un ratón a gran escala, entonces, desde el punto de vista energético, una ciudad no era más que un elefante a gran escala.

Pero lo más fascinante de la investigación de West fue lo que descubrió a partir de los datos que resultaron no obedecer la ley de Kleiber. West y su equipo llegaron a la conclusión de que había otra ley de potencia, aún por descubrir, dentro de aquella inmensa base de datos de estadísticas urbanas. Todos los datos que tenían que ver con la creatividad y la innovación –las patentes, los presupuestos de I+D, las profesiones supercreativas, el número de inventores– seguían también una ley de cuarta potencia, igual de fiable que la de Kleiber, pero con una diferencia fundamental: esa ley de la cuarta potencia que rige la innovación era positiva, no negativa. Una ciudad diez veces mayor que su vecina no era diez veces más innovadora, sino que lo era diecisiete veces más. Y una metrópolis cincuenta veces mayor que un pueblo resultaba 130 veces más innovadora.

La ley de Kleiber demostraba que, a medida que la vida se va haciendo mayor en tamaño, se vuelve más lenta. Pero el modelo de West venía a probar que las ciudades construidas por el hombre rompen las pautas de la vida biológica en un aspecto crucial: a medida que crecen, generan ideas con mayor velocidad. Esto es lo que se llama escala superlineal: si la creatividad fuera creciendo de forma lineal, a medida que lo hace el tamaño, por supuesto habría más patentes y más inventos en una ciudad grande, pero el número de patentes e inventos per cápita se mantendría estable. La ley de potencia de West nos permite deducir algo mucho más sugerente: que a pesar del ruido, de la aglomeración y de las distracciones, el ciudadano medio de una metrópolis de cinco millones de habitantes era casi el triple de creativo que el residente medio en una localidad de cien mil. Las grandes ciudades no son como pueblos pero más grandes, escribió Jane Jacobs hace casi cincuenta años. La ley de la cuarta potencia positiva de West le dio formulación matemática a esa percepción. Hay algo en el ambiente de una ciudad grande que hace que sus habitantes sean significativamente más creativos que los que viven en un pueblo. Pero, ¿qué?

LA REGLA DE LOS 10 Y 10

La primera emisión nacional de un programa de televisión en color tuvo lugar el 1 de enero de 1954, cuando la cadena estadounidense NBC retransmitió el desfile del Torneo de las Rosas, que duró una hora, a veintidós ciudades de todo el país. Y, al parecer, para los que tuvieron la suerte de ver aquel programa, el efecto de una imagen en color y con movimiento resultó hipnotizante. El New York Times, con un lenguaje muy suyo, lo describió como un auténtico despliegue de colorido e intensidad. Que pueda concentrarse tanta información de color dentro de una pantalla tan pequeña, escribía el diario, resultaría increíble hasta para el artista más talentoso que pintara un bodegón. Pero conseguirlo con imágenes en movimiento continuo parece cosa de brujería. Aunque hay que reconocer que la retransmisión de ese desfile solo pudo verse en unos televisores prototipo, y en las salas de exhibición de la RCA. La tele en color no sería la norma, para la programación general, hasta finales de la década de 1960. Luego, tras la llegada del color, las convenciones básicas sobre qué es una imagen televisiva se mantuvieron sin más cambios durante varias décadas. Hubo una cierta diversificación con la llegada del vídeo y de la televisión por cable, a finales de la década de 1970, pero la imagen seguía siendo la misma.

A mediados de la década de 1980, unos cuantos ejecutivos de los medios de comunicación y las empresas tecnológicas, junto con algunos políticos visionarios, tuvieron la idea, difícilmente criticable, de que ya era hora de mejorar la calidad de visionado que daba la televisión. Se pronunciaron charlas, se formaron grupos de trabajo y se construyeron unos cuantos prototipos, pero hubo que esperar hasta el 23 de julio de 1996, cuando una filial de la cadena CBS en Raleigh (Carolina del Norte) llevó a cabo la primera retransmisión pública de un programa con señal en alta definición; aunque, como había sucedido con el desfile de las rosas, los televidentes de a pie no disponían de aparatos capaces de mostrarles aquella brujería.[*] Ya en 1999 había un puñadito de cadenas que emitían con señal en alta definición, pero aún faltaban cinco años para que este tipo de retransmisión llegara al gran público. Incluso cuando, en junio de 2009, la Comisión Federal de Comunicaciones [FCC, por sus siglas en inglés] decretó que todas las cadenas debían dejar de emitir en sus antiguos estándares analógicos, hubo un diez por ciento de hogares en Estados Unidos donde la tele se quedó en negro.

Uno de los grandes tópicos de nuestro tiempo es que vivimos en una era de aceleración tecnológica; que aparecen sin cesar nuevos paradigmas y que el intervalo entre ellos es cada vez menor. Esta aceleración refleja no solo la aparición de productos nuevos, sino también el hecho de que estamos cada vez más dispuestos a lanzarnos sobre unos aparatos nuevos y raros, y a empezar a usarlos. Las olas llegan con una frecuencia cada vez más rápida, y somos cada día más los surferos avezados, listos para cabalgarlas en el instante mismo en que empiezan a romper. Pero la historia de la tele en alta definición nos hace pensar que eso de la aceleración no es una ley tan universal. Si uno mide cuánto tarda en progresar una tecnología nueva, desde la idea original hasta que se adopta de forma masiva, resulta que la televisión en alta definición vino exactamente a la misma velocidad con que había venido la tele en color, cuatro décadas antes. El color tardó diez años en pasar de la elite a la masa; dos generaciones más tarde, la alta definición tardó justo lo mismo en conseguir el éxito generalizado.

De hecho, si uno contempla el siglo XX en conjunto, los principales descubrimientos en la comunicación de masas, la que llega a millones de personas desde un emisor único, se vienen dando con una regularidad pasmosa, siguiendo un mismo ritmo de innovación social. Podemos llamarlo la regla de los 10 y 10: una década para construir la plataforma nueva, y otra para que llegue al público masivo. La tecnología estándar de la radio de amplitud modulada –lo que ahora llamamos AM– se desarrolló en la primera década del siglo. La primera emisora comercial de radio AM empezó a emitir en 1920; pero los aparatos de radio no conquistaron los hogares estadounidenses hasta finales de esa década. Sony empezó a investigar el primer videocasete dirigido a consumidores en 1969, pero las cajas con los primeros Betamax no salieron de la fábrica hasta siete años después, y el aparato de vídeo no llegó a convertirse en algo que había que tener hasta mediados de la década de 1980. El reproductor de DVD, por su parte, no reemplazó estadísticamente al vídeo hasta el año 2006, cuando ya llevaba nueve en el mercado. Los teléfonos móviles, los ordenadores personales, los GPS…, a todos les llevó más o menos el mismo tiempo pasar de innovación a aparato de uso masivo.

Pero consideremos ahora, como situación alternativa, la historia de Chad Hurley, Steve Chen y Jawed Karim, tres exempleados de la pasarela de pago PayPal, que a principios de 2005 decidieron que la red ya estaba preparada para dar un salto en su forma de manejar las imágenes y los sonidos. El vídeo, por supuesto, no era algo connatural a la red, ya que esta había nacido quince años antes como plataforma para que los académicos se intercambiaran documentos en formato de hipertexto. Con el tiempo, sin embargo, los vídeos habían empezado a abrirse paso en internet, gracias a la emergencia de algunos estándares como el QuickTime, el Flash o el Windows Media Player. Aun así, para la mayor parte de los usuarios normales la mecánica de subir vídeos y compartirlos con otros navegantes resultaba demasiado complicada. Y entonces Hurley, Chen y Karim consiguieron desarrollar una primitiva versión beta de un servicio que corregiría esas deficiencias, reunieron diez millones de dólares de capital riesgo, contrataron a dos docenas de personas y lanzaron YouTube, una web que dio un giro de 180 grados a la forma de compartir vídeo online. A los dieciséis meses de haber fundado la empresa, se estaban viendo cada día treinta millones de vídeos en streaming, y dos años después YouTube era una de las diez páginas web más vistas de la red. Antes de que Hurley, Chen y Karim dieran con su idea para fundar una start-up, ver vídeos en la web era tan habitual como ver la televisión con subtítulos; en internet se usaban textos y, como mucho, se subía alguna foto. YouTube hizo del vídeo en internet un fenómeno masivo.

Comparemos ahora la forma en que estas dos ideas –la televisión en alta definición y YouTube– alteraron las reglas básicas de relación con sus respectivas plataformas. Pasar de la televisión analógica a la de alta definición es un cambio de grado, no de clase: hay más píxeles, el sonido es más envolvente, los colores más vivos. Pero los destinatarios finales ven la tele en alta definición exactamente de la misma forma en que veían la analógica. Escogen un canal, se sientan y miran. YouTube, sin embargo, modificó radicalmente las reglas básicas del medio. Para empezar, porque hizo que ver vídeos en internet se convirtiera en un fenómeno masivo. Pero, además, con YouTube uno no se limitaba a sentarse y ver un programa, como con la tele: podía subir sus propias piezas, recomendar o puntuar las de otros, y enzarzarse en una charla sobre ellas. Le bastaba hacer un corta-pega para tomar un vídeo que alguien tuviera en su página web y copiárselo en la suya. Esta tecnología le permitía a un aficionado cualquiera programarse de forma muy eficaz su propio canal de televisión, juntando trozos de vídeo procedentes de cualquier parte del planeta.

Hay quien dirá que esto es simplemente una cuestión de software y que el software es, por definición, más adaptable que el hardware, es decir, que los televisores o los móviles. Pero antes de que internet se convirtiera en algo masivo, a mediados de la década de 1990, el ritmo de la innovación en el software seguía exactamente la misma pauta de los 10 y 10 que vimos al hablar de otras tecnologías del siglo XX. La interfaz gráfica de usuario, por ejemplo, data de la famosa presentación que hizo en 1968 Doug Engelbart, pionero de la tecnología informática. A lo largo de la década de 1970, gran parte de sus elementos básicos –como la presentación en forma de escritorio metafórico, hoy ubicua– las fueron desarrollando los investigadores del Xerox PARC. Pero el primer producto comercial con una interfaz gráfica de usuario totalmente adaptada no se puso a la venta hasta 1981: fue la estación de trabajo Xerox Star, a la que siguió en 1984 el Macintosh, el primer ordenador con interfaz gráfica de usuario que llegó a un público masivo, aunque selecto. Luego, aún hubo que esperar hasta 1990, el año en que se presentó el sistema operativo Windows 3.0, casi exactamente diez años después de la aparición en el mercado de la Xerox Star, para que la interfaz gráfica de usuario se convirtiera en lo normal. Y esta misma pauta se da en la historia del desarrollo de otros tipos de software, como los procesadores de texto, las hojas de cálculo o los programas de correo electrónico. Todos están hechos de bits, no de átomos, pero tardaron el mismo tiempo en recorrer el camino desde la idea hasta el éxito de masas que la televisión en alta definición.

Hay muchas formas de medir la innovación, pero quizá la más elemental, al menos en lo que atañe a la tecnología, tiene que ver con la estimación de qué es lo que te deja hacer la tecnología en cuestión. A igualdad de todos los demás factores, un nuevo avance que te permita hacer a la vez dos cosas que antes eran imposibles es el doble de innovador que un nuevo avance que solo te permita hacer una de ellas. Midiéndolo así, YouTube fue significativamente más innovador que la televisión en alta definición, a pesar de que esta última tuviera mucha más complejidad técnica. YouTube le permitía a uno publicar, compartir, puntuar, discutir y visionar vídeos de una forma mucho más eficiente que ninguna de las tecnologías anteriores. La televisión en alta definición, por su parte, le permite a uno ver más píxeles. Y, a pesar de que añadía todas esas capas de innovación extra, YouTube pasó de idea a éxito de masas en menos de dos años. Hubo algo en el entorno de internet que les permitió a Hurley, Chen y Karim poner en circulación por el mundo una buena idea con una velocidad impactante; la regla de los 10 y 10 se había convertido en la

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Las buenas ideas

4.2
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Reseñas de lectores

  • (3/5)
    An interesting, provocative exploration of the environments that spark creativity and innovation. Johnson's insights and observations are frequently fascinating but the ideas could be better organized and the narrative more focused.
  • (5/5)
    Nice conversational read. I added this in my trek through books on innovation and I'm glad I did. Johnson packaged his points very well. He presents that not just good ideas, but evolutionary changes arise from things like the "adjacent possible" - where at any moment many different, but only certain things are possible; where serendipity and error generate those "good ideas"; where exaptation, liquid networks, "slow hunches" and specific platforms germinate and nurture the ideas which we take for granted today. Very little is truly never-been-thought-of-before, flash-like innovation, but the processes of the creation of ideas are the innovation of which Johnson writes. My one beef is the lack of in-text cites...I dislike the form of endnotes without direct references as I read.

    Recommended.
  • (4/5)
    It’s fun to watch Johnson’s brain work; that is at least half the pleasure in reading his books. Whether he’s writing about slime mold or television he asks great questions, doesn’t stop looking when he has an obvious answer, and makes unexpected connections. He can also write, and comes up with memorable phrases and descriptions (In a discussion of hydrogen bonds, water “is a fiendishly talented dissolver of things.”)In his sixth book, Johnson’s big idea is ideas, and where they come from. He’s interested in innovation — useful new ideas — and what sort of environments encourage innovation. His argument boils down to that there are certain properties found “in unusually fertile environments” and he has identified seven patterns important to successful innovation spaces. He was able to identify these patterns by shifting his perspective and developing a framework he calls the “long zoom”. His insight was that in looking at innovation from multiple scales, patterns that would otherwise be obscured become visible, and that this approach doesn’t just yield new metaphors to help our understanding, but gives that it “gives us new facts”:"But when you look at innovation from the long-zoom perspective, competition turns out to be less central to the history of good ideas than we generally think. Analyzing innovation on the scale of indivuals and organizations — ad the standard textbooks do — distorts our view. It creates a picture of innovation that overstates the role of proprietary research and “survival of the fittest” competition. The long-zoom approach lets us see that openness and connectivity may, in the end, be more valuable to innovation than purely competitive mechanisms."Using examples from Gutenberg to Darwin to the inventor of air conditioning and the web, Johnson explains and explores the importance of these patterns and how they allow ideas (which are, literally speaking, networks) to flourish.The adjacent possibleCoined by theoretical biologist Stuart Kauffman, this phrase describes the first-order combinations you can come up with based on what you have. The ingredients for certain molecular reactions were in primordial soup, but you couldn’t go right to blue whale from those ingredients. The thing is, the adjacent possible expands as you explore. The adjacent possible is how you can create an incubator for the third world that runs on spare car parts — you take the materials available (car parts and mechanic’s skillset) and combine them in new ways to create a medical device that saves lives.Liquid NetworksIdeas are networks: in your brain, a new idea is a set of neurons firing in your brain in sync for the first time. In other words ideas aren’t isolated things, as Johnson points out, they are more like a swarm. There’s movement, the possibility of making new connections — a nearly literal liquid network, in the case of your brain. The primordial soup from which life on earth emerged was a liquid network; so is MIT’s building 99 with its reconfigurable walls designed for information spillover.The slow hunchWe tend to think of a flash of insight leading to new discoveries, but often innovations emerge when an idea that has been kicked around for years is combined with other ideas. Hunches need space and time to evolve; if Tim Berners-Lee didn’t work for an employer that made it possible to tinker with ideas and nurse hunches, we might not have the web.SerendipityIdeas need to be able to bump into each other; this is how we make new connections that spark. I love that Johnson refutes the wrong-headed notion that the web is killing serendipity — he says that “the irony of the serendipity debate” is that “the thing that is being mourned has actually gone from a fringe experience to the mainstream of culture”. Few browsed library stacks to see what was next to the book they were looking for, but nearly everyone Googles: exposure to new, not intentionally sought information is near-constant on the web.ErrorJohnson uses the example of De Forest being wrong about why his experiment was doing what it was doing, but his work still leading to the development of vacuum tubes and computers, but I like this summation on error best: “Being right keeps you in place. Being wrong forces you to explore.”ExaptationThis refers to the process of taking something that emerges for one use, and repurposing it for another. It is thought that feathers originally evolved to keep a dinosaur warmer, but were exapted for flight. Gutenberg borrowing the technology of the wine press to create the printing press is another example of exaptation. As Johnson more humorously put it, Gutenberg “took a machine designed to get people drunk and turned into into an engine for mass communication.”PlatformsCoral reefs are platforms; so is the web. Platforms building is about emergent behavior: beavers don’t set out to create an ecosystem to support kingfishers and dragonflies when they build their dams, but they do. We have consumer GPS systems today because two engineers figured out how to track Sputnik and were asked if they could reverse it (and find an unknown location on earth from a known point in space) for a DOD project. Open platforms, because they allow for more ideas to collide and combine, are more generative.Throughout his exploration and explication of these patterns, Johnson notes that openness seems to work best. While he acknowledges that the market has been an engine of innovation, it is not the only one, and not necessarily the best one. He believes, and convincingly demonstrates, “that we are often better served by connecting ideas than we are protecting them.”"Good ideas my not want to be free, but they do want to connect, fuse, recombine. They want to reinvent themselves by crossing conceptual borders. They want to complete each other as much as they want to compete."Armed with awareness of these seven patterns, we can at work or at play, increase the odds we’ll be able to cultivate good ideas. Johnson ends his book with a call to go out and do just that:"Go for a walk; cultivate hunches; write everything down, but keep your folders messy; embrace serendipity; make generative mistakes; take on multiple hobbies; frequent coffeehouses and other liquid networks; follow the links; let others build on your ideas; borrow, recycle, reinvent. Build a tangled bank."[This review based on the advanced uncorrected proof copy I received through LibraryThing's Early Reviewer program.]
  • (4/5)
    Where Good Ideas Come From by Steven Johnson is an easy-to-read primer on innovation and the basis behind that innovation. The conversational style of the text and the anecdote-filled chapters help to lead the reader through the book. The consistent references to previous sections and stories help to reinforce the point of the author. While I appreciate anecdotes, the author's significant usage of ththeir certain cases will not help the book as it ages. In particular, the Apps for Democracy program in DC government which was not renewed after its initial champion moved to the Federal government. The book really shines by the synopsis of studies done which build strength to the seven points of Innovation. The best part, which comes at the end, is the case study on how innovation was done as a individual/network or as market/non-market and the progression of innovation toward network/non-market. I would have appreciated more on this. Overall, the book is a great read. The author does a great job in story telling and discussing his points on innovation and how to continue being innovative.
  • (5/5)
    Reading: I enjoyed his 1997 book "Interface Culture" and I'm already enjoying this one, too. Lots of food for thought about how ideas come together. Finished: It's been a few days since I finished the book, and I still have a lot to digest from it. I highly recommend this for anyone who might be trying to tap into their own creativity, but especially if you're wanting to feel more creative at work. I did skim over a lot of the more technical scientific examples of innovation, and have a lot of questions about the big list at the end, but the chapters about innovative environments gave me plenty to investigate, especially as my library begins a project that could lead to major renovation. Basically, he's saying that the more ideas you are exposed to, the better your ideas will be. That ideas need time to incubate, so write them all down (he has a beautiful section on the commonplace book) and revisit them later. That diverse networks and diverse hobbies make for some truly amazing discoveries (such as Gutenberg basing his famous invention on a wine press -- I love that. Books from wine!). One of the first things this book has me reconsidering is my news feeds. When I look at my Twitter and RSS feeds, I see way too much about libraries and technology. I need to mix this up, bring in sources from other areas. So if you have some non-library, non-techie suggestions, let me know!
  • (5/5)
    I had high expectations for this book and it mostly met those expectations. The only downside is I have been reading not only the books, but the blog, and most anything Steven Johnson puts out there, so there was really not a whole lot new. But having the book to point to is really helpful.
  • (5/5)
    Steven Johnson's "Where Good Ideas Come From" is a rich addition to the literature on creativity, innovation, and collaboration, and a tremendous resource for anyone needing a reminder that little is created in a vacuum. While much of the book is rooted in examples of scientific exploration, discovery, and innovation, its scope encompasses everything from Darwin's work with coral reefs to literary historian Franco Moretti's writings on the evolution of the novel. He draws on the work of Jane Jacobs and Richard Florida in describing the levels of creativity stimulated by the density of populations in cities; Ray Oldenburg's work on the importance of coffee houses and the other "great good places" in our creative and social lives; and the efforts of many who have documented the benefits of collaborative work--but he is far from derivative. When he ultimately leads us to an understanding of and appreciation for how creativity and innovation build upon what came before us, he doesn't need to explicitly point out to us that his book, in drawing upon the work of many before him, leads him to his own thought-provoking world view. We know and understand this implicitly because he has, through his work, provided a perfect example of what he is proposing.
  • (5/5)
    One of this fine writer's (and thinker's) best.
  • (4/5)
    A surprisingly interesting broad survey of innovation. Somewhat formulaic in sections, and lacking any great insight, this book nevertheless presents a mass of interesting data and makes a case (fairly weak, but still a case) for re-evaluating how organisations approach innovation. That said, there is little information of practical relevance.
  • (5/5)
    While this book is maybe lacking the scholarly precision of a work of science, its message is clear and at least for me easily acceptable. It identifies the key ingredients for innovation and great ideas and is practical and explanatory enough to give the reader ideas to translate them into their environment.The message is that innovation occurs on fertile ground, but as a product of a deterministic process, but rather as a mixture of right ingredients mixed with a good pinch of time.The book is lively written and a pleasure to read. I warmly recommend it.
  • (4/5)
    Second time listening to the audio book. I really enjoy it.

    Informative. Entertaining.

    This is a great book on innovation and how companies and individuals can foster creativity.

    Recommended for creative professionals and those in innovative fields.
  • (4/5)
    This book does an excellent job of exploring some of the concepts of how creativity and innovation get their start. Now the concept of "where do you get your ideas" is ludicrous. However, this book lays out some of the things that seem to need to be in place to increase the odds of successful creative innovation.In particular, it tends to debunk the concept of the serendipitous moment of the lone genius. Using many examples, it lays out a path that shows individual moments seldom exist without a history of concepts and idea coming together. (Yes, there is serendipity, but not without a lot of background research.) It also shows how no person really works on their own, as well as the role of large numbers in helping dissimilar ideas come together.If I have any complaint, it is that (as happens far too often when an author has a point to make) the examples seem to be chosen to prove the point. Maybe it is simply that all examples would prove the point, but these feel slightly contrived.Nonetheless, there are a lot of fresh ideas contained within this book. And I found it to be a great jump start for creative issues I was dealing with. In other words, it was a great idea generator.
  • (3/5)
    1. The adjactent possible2. Liquid networks3. The slow hunch4 Serendipity5 Error6 Exaptation7 Platforms
  • (5/5)
    Remarkable book.A change of pace from books that guide you to developing creativity skills, this book describes the matrix that will increase the potential for innovation/creativity. And it is not always what you would think.Drawing from a dizzying number of fields as diverse as Darwin's theories to the investigations of 9-11, Steve Johnson painstakingly distills from past innovations the primordial soup that brought them about. He contends that this soup/matrix consists of seven broad elements :1. the adjacent possible (that innovations cause or make possible further innovations)2. liquid networks (WE are smarter than just ME)3. the slow hunch (ideas need development time)4. serendipity (the time has to be right)5. error (my favorite. Sometimes nothing works as well as a good mistake)6. exaptation (borrowing ideas from different fields of knowledge)7. platforms (using things/ideas in new ways and building on what has come before)Each of these ideas receives its own chapter in the book and is explored in detail.In conclusion, Johnson attempts to categorize previous inventions according to market motivation (monetary recompense) and whether the invention was developed/discovered by an individual or a group/network. The author lost me somewhat on this discussion but that was probably more due to the fact that I was reading this book more from a social science/education standpoint than from a marketing one.This book is a tour de force and it could/should have far reaching implications. While the focus seemed more on scientific and workplace innovation, it made me wonder what an education system would look like if these ideas were implemented. Also, what kind of impact would using these ideas have for seniors - could it possibly help with age related mental decline? And I personally would be very interested in seeing an interface between the book's ideas and positive psychology (the science of optimal mental health as opposed to mental illness). This is a book I could recommend to anyone - it is very well written, extraordinarily interesting, and would be relevant to any life area or endeavor . Only one requirement necessary - a healthy curiosity (but you already have that, otherwise why would you be reading this). This book is a treat. Now if you will excuse me, it is time for a walk.
  • (4/5)
    "...as imagination bodies forthThe forms of things unknown, the poet's penTurns them to shapes and gives to airy nothingA local habitation and a name."Johnson opens this wonderful book on ideas, innovation and the myth of genius with this arresting passage from Shakespeare and hardly slows from there. Highly recommended.
  • (4/5)
    This is something that I have been thinking about. It is an interesting concept and certainly something that everyone should be interested. One good idea can change everything.
  • (4/5)
    This is the third of Johnson's books I've read, and despite the wide variations in his subjects, I've enjoyed all of them. Johnson's main point in this work is that innovation rarely occurs because of one person trying to make money, rather, the bulk of innovation comes from one person, or multiple people, working for "non-market" reasons. He takes awhile to get to this argument, but it's oh so much fun watching him get there. Goes well in conjunction with the work of Lawrence Lessig.
  • (4/5)
    How do we cultivate innovation? Are there some ways to interact, to live, and to work that promote innovation? If so what are the fundamental drivers of innovation? In his latest book, Where Good Ideas Come From: The Natural History of Innovation (WGICF), Steven Johnson proposes a framework for answering these question. WGICF is divided into seven sections with each section addressing what Mr. Johnson considers to be a fundamental factor that facilitates innovation. Unfortunately, the core of his argument is one of analogy with nature or anecdote. From nature, he looks at structures with disproportionate diversity in nature and asks how these devices and behavior can be mapped to human culture and interaction. Although this kind of analogical writing is rhetorically compelling it doesn't provide any kind of true support for the accuracy of his statements. As for the use of anecdotes, they are useful for creating narrative from data and I am well aware they are nearly a requirement for publishing in this genre of non-fiction writing. I can even recognize they are rhetorically useful for creating emotional pull but no many how many stories you tell they simply do not provide evidence to support a thesis. Now that I've made my caveats, I do think there are lots of good ideas in the book. The factors that Johnson proposes all seem believable and fit in with what I know of cognition. In particular, three topics he includes, at least based on other readings, deeply related to being a strong thinker - making errors and subsequently thinking about the error, building connections between concepts, and actively recalling knowledge. In other places these three features have been strongly tied to becoming an expert as well as to developing an agile mind. It therefore is a reasonable leap to conclude that developing an agile mind expert in some areas can indeed increase your ability to be innovative in some sphere of knowledge. Despite the lack of evidence, WGICF was an enjoyable read. The style is pleasant, some of the stories are interesting, and all his concepts seem reasonably related to innovation and regardless of how fundamentally tied his ideas are to innovation it certainly won't hurt your innovative muscles to think about the role each o the dimensions listed in this book may play in helping you come up with your next big idea.
  • (3/5)
    Johnson posits that the key to progressive innovation is fostering environments where ideas can intermingle. That having lots of ideas bumping up against one another is when meaningful connections are made. He gives some anecdotal evidence of this which are all very interesting and quite readable. I particularly liked the description of innovation as the ‘slow hunch’ rather than the eureka moment – the idea being that you make a particular connection, it comes up from time to time, and eventually all the pieces slide into place. Overall it was an easy read with some interesting information but nothing that bowled me over. Note: I received this through LibraryThing Early Reviewers.
  • (4/5)
    Steven Johnson's strength is collecting small bits of disparate information from many places and then synthesizing that information into an interesting readable form. He's made a writing career out of this methodology. As usual, he informs, entertains, and highlights some obscure knowledge. I don't think he comes up with an original definitive theory of innovation in this book but he does a good job of of exploring the foundations of innovation and some of the ways it is and has been practiced in the real world.
  • (4/5)
    I'm pleased I won a copy of this book by one of my favorite science writers through the Library Thing Early Reviewers program. In engaging prose Johnson explores through historical examples and case studies how people come up with great ideas. It's not the lone genius with a light bulb popping up over their head.Johnson discusses that innovation is possible within the adjacent possible when a number of factors come together to allow a new idea to work (on the shoulders of giants to speak). Strong networks - whether they be cities, the Web, or universities - inevitably contribute to greater innovation the solitary inventor. Ideas also come over time, the slow hunch, where something in the back of one's mind only becomes a possibility after years of interactions and research. Error and serendipity play their part as well. Johnson also discusses the idea of expatation where something built for one purpose is borrowed for an entirely different function. Platforms are also important for the development of further innovations.In an interesting conclusion, Johnson makes the case against the accepted belief of free-market competition being the greatest source of innovation (although state-controlled command economies are not the solution either). Instead Johnson calls for continued support of research universities where networks are formed and ideas shared. I enjoyed this book and I think it helped me look at innovation in new ways.Recommended books: Connections by James Burke, The Tipping Point: How Little Things Can Make a Big Difference by Malcolm Gladwell, Sync: The Emerging Science of Spontaneous Order by Steven H. Strogatz, How We Decide by Jonah Lehrer, and Made to Stick: Why Some Ideas Survive and Others Die byChip Heath.
  • (4/5)
    Good read with some fascinating stories about innovation
  • (4/5)
    This book is really more like a 3.5 star book, but I can't do that on here and I do really like Steven Johnson's writing in general (been in a fan back into the early FEED days). I also should admit that part of the reason for that half-star demotion might be that I listened to this as an audiobook. The issue was not the narrator or anything you would typically expect, but rather a simple matter of making it difficult (I was listening to it driving to and from work) to stop and ponder or jot down notes.

    Those caveats aside, I really did enjoy this book quite a bit. Jonhson has a way of clarifying ideas and concepts that I find to be helpful and stimulating. In this case, the subject matter, how new inventions, discoveries, etc. are made, is near and dear to my heart. Though I don't consider myself to be a revolutionary thinker who is regularly coming up with some flash of insight, I do take the idea of consistently trying to set myself up for new ideas, very seriously. Johnson brings together a lot of pieces of information on this subject that I had heard, in one form or another, before, but puts it into a very digestible format. I'm particularly grateful that I also own a physical copy of this book -- I'm looking forward to reading through his notes and reviewing the structure and organization of the material. I suspect that process alone will add to what I have gained from this book.
  • (4/5)
    Free LibraryThing Early Reviewer book. Johnson takes network theory and points it in a particular direction, lauding the innovative possibilities that come from cities (and from the internet). The possibility of random collisions, moving knowledge from one field to another and developing a “slow hunch” over time, he argues, is the most likely source of innovation these days, such that building information walls between people and institutions is foolish. Instead of the commons, the usual trope for nonpropertized ideas, he wants us to think about the coral reef: a thriving ecosystem where entities use each others’ trash and discarded corpses, and in turn are used. It’s fun and well-written, though my favorite bit was mostly taken from Robert Darnton, who writes about the centuries-old habit of keeping commonplace books in terms that might, possibly, seem to have current relevance. Here’s Darnton: Unlike modern readers, who follow the flow of a narrative from beginning to end, early modern Englishmen read in fits and starts and jumped from book to book. They broke texts into fragments and assembled them into new patterns by transcribing them in different sections of their notebooks. Then they reread the copies and rearranged the patterns while adding more excerpts. Reading and writing were therefore inseparable activities. They belonged to a continuous effort to make sense of things, for the world was full of signs: you could read your way through it; and by keeping an account of your readings, you made a book of your own, one stamped with your personality. Johhnson uses the commonplace book to argue for the virtues both of borrowing and of putting disparate ideas/thoughts into fruitful juxtaposition, even when that looks a bit like chaos.
  • (4/5)
    Most of the points Johnson makes here don't seem terribly surprising or original: Ideas build on other ideas. Rather then coming from nowhere in a flash of insight, ideas usually start as a vague hunch and build up over long periods of time. And innovation happens more easily in open environments where lots of different ideas have the opportunity to come together and cross-fertilize. His final conclusion, that for-profit companies obsessed with keeping their ideas proprietary are now a somewhat less prolific source of innovation than the public sector, may be a little bit more controversial, but even that thought doesn't seem especially, well, innovative.Original or not, though, it is well-presented. He explores all these points in his usual clear and engaging style, with lots of good, concrete examples. And he makes a number of interesting and relevant connections between different subjects, most particularly between human innovation and the biology of ecosystems and evolution.How useful or appealing this may be to entrepreneurs whose primary interest is in cultivating innovation, I can't really say, but as someone who simply enjoys well-written non-fiction, I certainly found it worth reading.
  • (3/5)
    Well, This book really goes through were ideas come from. It systematically goes threw the years to see where ideas started from. It does state that they doesn't seem to be a eureka type of moment but more of a gradual based of eureka moment. Also interesting is that you can't jump to the front of the line so to speak. If your idea is to original there is no place for it until the rest of the world catches up. Although interesting i found this a very difficult read and quite honestly not very riveting. That is why i only gave it 3 stars
  • (4/5)
    Perhaps some of this won't come as a surprise to people who read about innovation--but the ecological metaphors are rich and generative.//Received September 2010 for Early Reviewers program
  • (5/5)
    Johnson is a great synthetic thinker and writer. He draws on a deep set of resources and obscure reference material to support his position. His style of writing is fluid and like his other books makes for compelling and enjoyable reading.
  • (5/5)
    Steven Johnson explores interesting territory with this book, in which he draws parallels to biological evolution to help explain the emergence of innovative ideas. Considering innovation through this lens helps to explain suppositions and suggest tactics for leaders to use in seeking innovation from teams.Johnson's work suggests that technological innovation can be considered as another manifestation of the "force of life". And in this way, appears to be an interesting complement to a book coming from Kevin Kelly ("What Technology Wants")Additionally, he makes a compelling point that intellectual property rights are _not_ a requirement to enable innovation. However, in doing so, he doesn't take the position that they are required. With this approach to intellectual property rights, he strikes an interesting middle ground between ideological camps.He also does not strike either an "pro-technology" or a "doomsday" tone, which is refreshing to see in an otherwise frequently polarized topic.As a writer, Johnson is the type of non-fiction author who can take a topic one might consider dry and make it compelling. Other books about innovation tend to be slow reads. That is not the case with this one... I found myself with enough momentum to read the end notes. And to me, that was the clincher on deciding how to rate this book.(Reviewed a free copy received via LibraryThing Early Reviewer program.)
  • (4/5)
    Really good read on the best way for humanity to generate new ideas.