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Fortalecidos por fuego

Fortalecidos por fuego

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Fortalecidos por fuego

valoraciones:
5/5 (1 clasificación)
Longitud:
116 páginas
1 hora
Publicado:
Sep 2, 2014
ISBN:
9781623807269
Formato:
Libro

Descripción

La secuela de Redención por fuego
Volumen 2 de la serie Por fuego

Lee Stanton y Dirk Krause han estado viéndose durante un par de meses cuando reciben la mala noticia: la estación de bomberos donde trabajan va a ser cerrada a menos que consigan el dinero para llevar a cabo algunas tareas de mantenimiento y reparaciones. El sindicato quiere alzarse y luchar. Sólo hay un problema: la única sugerencia de cómo conseguir el dinero es de Lee, y Dirk la odia.

Lamentablemente, todo el mundo cree que la cena “Pollo y cachas” de Lee (la cual atenderán vestidos tan sólo con sombrero, botas y pantalón de bombero) es una buena idea, y Lee sigue adelante con la organización. Pero la intromisión del ayuntamiento y la escasa venta de entradas amenazan con aguar la fiesta de Lee. Si Dirk no puede dejar de lado su orgullo y su carácter obstinado por una noche, le podría costar a él y a Lee su puesto de trabajo, al margen de su relación.

Publicado:
Sep 2, 2014
ISBN:
9781623807269
Formato:
Libro

Sobre el autor

Andrew Grey grew up in western Michigan with a father who loved to tell stories and a mother who loved to read them. He has since lived all over the country and traveled throughout the world. Andrew received the RWA Centennial Award in 2017. His hobbies include collecting antiques, gardening, and leaving his dirty dishes anywhere but the sink.


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Fortalecidos por fuego - Andrew Grey

Capítulo 1

LEE STANTON estaba sentado en la sala de estar de la estación viendo la televisión durante el turno de noche. Acababa de regresar de un aviso, y podía oír al capitán en su oficina trabajando en el informe de la llamada. La estación estaba inusualmente tranquila. Si la televisión no estuviera encendida, el lugar estaría más cerca de parecer un depósito de cadáveres que una estación de bomberos.

—Encuentra algo que hacer —gritó el capitán desde su oficina, y luego Lee escuchó pasos fuertes retumbando por el suelo—. Ve a comprobar las mangueras —ladró con un poco de dureza señalando a uno de los hombres—. Las duchas necesitan una limpieza —dijo, señalando a otro de los chicos.

Lee saltó del sofá y se dirigió escaleras abajo hacia el garaje. Definitivamente iba a mantenerse ocupado para que no le ordenaran hacer uno de los trabajos de mierda. Encontrando un trapo suave, se puso a trabajar puliendo el latón y el cromo del camión autobomba que habían comprado recientemente. El camión amarillo era lo primero del equipo que la compañía había podido comprar nuevo en casi cinco años, y habían estado recaudando dinero durante casi todo ese tiempo. Lee miró a su alrededor en el garaje y se acordó que había querido preguntar si había fondos en el presupuesto de mantenimiento para pintura y suministros. Al interior del garaje se le podría aplicar una nueva capa de pintura, igual que en el resto del edificio. En realidad, lo que el edificio necesitaba era una reforma. Las duchas y los baños eran viejos y mostraban el deterioro, y la cocina necesitaba una renovación. No es que nada de eso fuera responsabilidad de Lee exactamente, pero tenía ojos y podía verlo, lo mismo que cualquier otro. El capitán le había dicho que una vez que consiguieran el camión autobomba que necesitaban, el plan era recaudar fondos para restaurar el edificio. Otros trabajaban a su alrededor, haciendo lo mismo que hacía Lee: mantenerse ocupados y permanecer fuera de la vista del capitán.

Nadie hablaba como lo hacían normalmente. En cambio, la misma tensión y sensación de falsa tranquilidad parecían cernirse sobre todo el edificio. Greg Martin, que estaba trabajando en uno de los camiones más antiguos, dejo caer una llave inglesa, y el sonido metálico resonó en el edificio como el arañazo de unas uñas en una pizarra. Lee podía sentir la tensión que había estado crepitando alrededor de todos y que durante horas había empezado a echar chispas. No había una persona en la estación que no estuviera manteniendo el equilibrio sobre el filo de un cuchillo y, cuando la alarma sonó, Lee prácticamente saltó de su piel antes de lanzarse dentro de su equipo y subir al camión. Los demás se apresuraron a su alrededor con eficacia experta, y en cuestión de segundos, estaban listos para salir. Nunca en su vida había estado tan agradecido por una llamada de emergencia. El vehículo empezó a moverse, y la sirena sonaba mientras partían de la estación y giraban en la calle Hanover.

El corazón le latía como siempre lo hacía, y su mente pasaba de la preocupación a lo que estaba entrenado para hacer. La tensión que había estado creciendo durante la mayor parte de la noche se desvaneció, y se centró en el trabajo que tenía por delante. Para cuando llegaron a la casa con el humo saliendo por las ventanas, Lee estaba en su estado mental de trabajo normal y preparado. El camión de bomberos apenas había parado y los hombres estaban saltando al suelo, sacando las mangueras y preparando el equipo.

—Todavía hay un niño en la casa —le dijo el capitán a Lee mientras se ponía su equipo de respiración—. En la primera planta, en la parte trasera de la casa, según la madre. —Lee asintió y caminó a través del agua pulverizada que ya estaba siendo rociada por toda la casa. A menudo le asignaban tareas como esta, tanto por ser sensato en estas situaciones como por su tamaño. Lee era enorme y endiabladamente fuerte. Hace unas semanas, había estado en un edificio en llamas y parte de un muro se había derruido, atrapando a un hombre debajo. Lee simplemente había levantado el muro empujándolo, y llevó al hombre a un lugar seguro.

Al entrar por la puerta principal de la pequeña casa, un remolino de humo y muy poca luz rodearon a Lee. El humo parecía ser más intenso en la zona de la casa que debía ser la cocina, y oyó crepitar y chisporrotear en esa dirección, pero no se detuvo, continuando por el pasillo de la típica construcción de estilo ranchero, abriendo la puerta de cada habitación y mirando dentro. Todas parecían vacías, y el humo era sin duda cada vez más denso. Lee también podía oír el fuego intensificándose en la cocina. A través de su radio, dijo su posición al equipo y les dijo lo que creía que estaba sucediendo.

—Estamos en la cocina. —Oyó como respuesta—. Encuentra al niño.

—Roger. Estoy en ello —dijo Lee mientras se acercaba a la última puerta. Parecía estar atascada y tomó carrera antes de usar su peso para forzarla. La puerta se abrió, y un niño que parecía tener unos doce años y que llevaba nada más que la ropa interior saltó de la cama, gritando a pleno pulmón. La habitación parecía momentáneamente libre de humo, pero éste se introducía a través de la puerta abierta, por lo que Lee la cerró de un portazo tras él. Se abalanzó a la ventana de la habitación y la abrió de un golpe.

—Voy a enviar al niño fuera por la ventana del dormitorio de atrás. ¡Que haya alguien ahí! —gritó a través de la radio y oyó una respuesta afirmativa. Un fuerte zumbido sonó a su espalda, y sintió el calor de inmediato a través de su traje ignífugo. El fuego había estallado con furia en alguna parte de la casa, y la puerta de la habitación se abrió violentamente. Agarrando una manta de la cama, Lee envolvió al niño con ella y lo ensartó por la ventana. Sintió que alguien lo agarraba, y lo deslizaba fuera de sus manos. Agarró una silla de la esquina y la usó como garrote para romper el resto de la ventana. Asegurándose de que la abertura no tenía cristales, subió los pies a ambos lados de ella y sintió a los chicos tirando de él hacia fuera y hasta el suelo.

—¡Sal corriendo! —Le llegó la orden por la radio de su casco, y agarró al chico, levantándolo del suelo mientras corrían a una distancia segura. Entonces la casa explotó en una bola de fuego que tumbó a todos en el suelo.

—¿Qué demonios fue eso? —preguntó Lee en alto mientras se volvía hacia la casa, tratando de evitar que su corazón saltara por la garganta. Unos pocos segundos más y se habría convertido en una tostada—. Estamos bien aquí —dijo Lee, mirando a los otros bomberos a su alrededor y al niño, que lentamente se ponían de pie. Recobrando el aliento, se quitó el equipo de respiración y levantó el niño descalzo en sus brazos antes de caminar alrededor de la casa vecina hasta la calle donde numerosos bomberos, policías, y ambulancias permanecían en ese momento con las luces intermitentes.

—¡Juan! —Una mujer corrió hacia donde Lee llevaba al niño, con lágrimas corriendo por su rostro, acompañada de dos niños pequeños. Lee dejó al niño en el suelo, y fue envuelto de inmediato en los brazos de la que supuso era su madre. Ella lloraba y comenzó a hablar rápidamente en español. Él comprendía cada sentimiento, porque su alivio y la expresión en sus ojos cuando ella lo miró, le decían todo lo que necesitaba saber.

—capitán, ¿qué ha pasado? —preguntó Lee una vez que se había alejado. Uno de los chicos le tendió una botella de agua, cogiéndola agradecido. Las últimas partes de la casa que quedaban en pie se derrumbaron en medio de un zumbido de humo y vapor mientras las llamas se extinguían.

—Estaban almacenando bidones de gasolina en el sótano. De haberlo sabido, nunca te habría enviado dentro así como así. —Las líneas

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