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Crónicas Telúricas de AmérIca Central

Crónicas Telúricas de AmérIca Central

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Crónicas Telúricas de AmérIca Central

Longitud:
228 páginas
2 horas
Publicado:
1 ene 2014
ISBN:
9789977663067
Formato:
Libro

Descripción

Nacido hace 51 años, curiosamente un 15 de setiembre de 1963 (día de la
celebración de la independencia de Costa Rica) y siete meses después de que el
volcán Irazú entrara en erupción en ese mismo año, pareciera no ser casualidad que
en la personalidad y formación Giovanni Peraldo Huertas, profesor universitario y, en
mi caso entrañable amigo, hermano y colega, se conjugaran desde su nacimiento,
las disciplinas que han marcado su desarrollo profesional: la geología, la geografía,
la historia y la gestión del riesgo en desastres. Todas ellas mezcladas y puestas en
perspectiva desde su pensamiento humanista y sensibilidad por el prójimo, así como
su incansable interés por las letras (las cuales, soy testigo, las caza y devora como
cualquier depredador en busca de alimento… solo que en este caso, para la mente y
el alma).
Tampoco es casualidad que ahora, luego de dos décadas de profusa producción
académica en la Escuela Centroamericana de Geología de la Universidad de Costa
Rica, Giovanni Peraldo Huertas nos hace entrega de esta obra que, a mi humilde juicio,
es representativa de un momento culminante en su trayectoria y en la cual combina no
solamente sus disciplinas de estudio, sino también los tres pilares de nuestra querida
alma mater, la docencia, la investigación y la acción social.
Publicado:
1 ene 2014
ISBN:
9789977663067
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Crónicas Telúricas de AmérIca Central - Giovanni Peraldo

Primera edición

Editorial Tecnológica de Costa Rica, 2014

551.21

P426c

Peraldo Huertas, Giovanni Crónicas telúricas de América Central / Giovanni Peraldo Huertas -

1ed. -- Cartago, Costa Rica: Editorial Tecnológica de Costa Rica, 2014.

146 páginas.

ISBN 978-9977-66-306-7

1. Centroamérica 2. Geología 3. Cultura

© Editorial Tecnológica de Costa Rica

Instituto Tecnológico de Costa Rica

Correo electrónico: editorial@itcr.ac.cr

www.editorialtecnologica.tec.ac.cr

Apdo. 159-7050, Cartago

Tel: (506) 2550-2297 / 2550-2336

Fax: (506) 2552-5354

ePub por Hipertexto / www.hipertexto.com.co

Nacido hace 51 años, curiosamente un 15 de setiembre de 1963 (día de la celebración de la independencia de Costa Rica) y siete meses después de que el volcán Irazú entrara en erupción en ese mismo año, pareciera no ser casualidad que en la personalidad y formación Giovanni Peraldo Huertas, profesor universitario y, en mi caso entrañable amigo, hermano y colega, se conjugaran desde su nacimiento, las disciplinas que han marcado su desarrollo profesional: la geología, la geografía, la historia y la gestión del riesgo en desastres. Todas ellas mezcladas y puestas en perspectiva desde su pensamiento humanista y sensibilidad por el prójimo, así como su incansable interés por las letras (las cuales, soy testigo, las caza y devora como cualquier depredador en busca de alimento... solo que en este caso, para la mente y el alma).

Tampoco es casualidad que ahora, luego de dos décadas de profusa producción académica en la Escuela Centroamericana de Geología de la Universidad de Costa Rica, Giovanni Peraldo Huertas nos hace entrega de esta obra que, a mi humilde juicio, es representativa de un momento culminante en su trayectoria y en la cual combina no solamente sus disciplinas de estudio, sino también los tres pilares de nuestra querida alma mater, la docencia, la investigación y la acción social.

Crónicas telúricas de América Central es un verdadero paseo a través del pasado colonial de América Central, en el que se nos narra, con gran riqueza literaria y didáctica, diferentes episodios históricos sobre desastres asociados con procesos geológicos, tales como terremotos y erupciones volcánicas así como las vicisitudes sociales, políticas y religiosas concomitantes de las sociedades de esas épocas. El autor no escatima en verbos y letras para no solo exponer los hechos acaecidos de una forma casi pictórica, sino también para situarnos en el contexto histórico de cada hecho y crear conciencia de que, como él mismo lo indica, los eventos naturales no pueden ser sinónimos de desastres, sino que detonan situaciones sociales, políticas, psicológicas, económicas o culturales encubadas en procesos que ignoran las características naturales del territorio y que vulneran diferentes sectores sociales, sobre todo los menos favorecidos.

Este viaje por la historia de América Central, Giovanni Peraldo Huertas lo inicia con una reseña sobre como el paisaje en que vivimos y los procesos geológicos que lo modifican, han dejado una impronta en innumerables expresiones culturales a lo largo de nuestra historia, como lo son: las monedas, los escudos nacionales, estampillas y monumentos arqueológicos. Inmediatamente después, sin más preámbulo, las dos primeras crónicas nos ubican en Guatemala, específicamente en el paraje de Almolonga, a unas cuantas leguas de Antigua Guatemala, un arcón lleno de recuerdos, nostalgias y de historias en el tiempo... Esta ciudad era gobernada por Pedro de Alvarado, contra quien, algunos vecinos reunidos en sótanos (quizás bodegones para almecenar vino, no se sabe), confabulaban.

Sin embargo, la muerte le llegó prematuramente al gobernador y mientras su esposa, doña Beatriz de la Cueva, lloraba su muerte casi blasfemando, según las mojigatas mentes pueblerinas de Santiago de los Caballeros, el 11 de setiembre de 1541 el Hunahpú (Volcán de Agua) vomitó sobre el pueblo toda suerte de lodo, piedras y agua; sepultó así la ciudad junto a muchos de sus habitantes, matando de paso a la desdichada doña Beatriz. Los claustros de reunión de los confabuladores contra el gobernador habían quedado en el olvido, cuando en los años 30 del siglo XX, Francisco Flores y un amigo los encontraron y las autoridades de entonces, volvieron a dejar selladas. Actualmente, la vulnerabilidad de los asentamientos ubicados en las faldas del Hunahpú persiste. Pero también resalta el hecho de ser la trágica historia de una doliente mujer y una ciudad, la historia de los vencidos y los vencedores. Es la historia de Almolonga que en lengua nahual significa lugar donde brota el agua.

Luego de este entremés, el autor decide jugar con el lector y llevarlo de la mano por todos los países de América Central, intencionalmente sin orden específico, para mostrarnos la codicia española por la materia amarilla que brotaba del fondo del cráter del volcán Masaya, la boca del infierno; las dolorosas facetas de la esclavitud del indígena, el mestizo y el negro, a las órdenes de los españoles, en medio de los terremotos de 1607, 1671 y los de 1717; de la codicia y la crueldad pasamos a La ciudad maldita, León Viejo en Nicaragua, afectada por sismos y abandonada por la maldición que se cernió sobre ella por el asesinato de monseñor Valdivieso de la mano de un hijo de Rodrigo de Contreras, yerno del cruel y temido Pedro Arias de Ávila o Pedrarías…

La suerte le toca luego a la ciudad de Panamá, la cual, aunque afectada por temblores y el temor a un tsunami, paradójicamente el peligro vino del mar, pero no de la mano de la naturaleza, sino del pirata Henry John Morgan quien la destruyera en 1671. El autor nos hace una parada de dos crónicas en la ciudad de San Salvador para contarnos El infierno desatado por el volcán San Salvador en 1658, acompañado por un terremoto que destruyó la ciudad homónima y las vicisitudes políticas por el deseo de trasladar esa ciudad a otro sitio. De El Salvador, nos invita a Costa Rica, a las brumas de Cartago para contarnos Los celos religiosos entre los franciscanos y agustinos y cómo en medio de esta intriga, sale a la luz el manejo político de la información sobre procesos sísmicos. Regresamos a Guatemala, donde se nos narra la suerte que corrió la ciudad de Santiago de los Caballeros por la erupción del volcán de Fuego y el terremoto de San Miguel de 1717, así como los Dimes y diretes por un intento de traslado de esa ciudad. Del volcán de Fuego el viaje nos lleva al volcán Irazú, en febrero de 1723, a vivir las conjogas de los vecinos de Cartago por la actividad sísmica y volcánica... Y es, en este punto, donde llegamos a la mitad de la travesía e invito al lector a que inicie y disfrute de este viaje, y descubra las historias que restan las cuales, sin duda, serán igual de interesantes y aleccionadoras.

En el 2007, Giovanni Peraldo Huertas nos deleitó con el libro Andanzas, poesías y cantos, el cual me hizo el honor de prologar. Ahora el autor vuelve a concedérmelo, sin merecerlo, en esta nueva obra por lo que expreso mi más profunda gratitud. Es por ello que quisiera retomar algunas palabras del prólogo que escribiera en aquel entonces para decir que estas crónicas, al igual que las poesías otrora escritas: nacen de una persona que observa introvertida la cotidianidad humana y que va más allá, es decir: la vive, la siente y la sufre. Se identifica con la naturaleza y reclama al ser humano la pérdida de la sabiduría ancestral de convivir con ella.

Esta obra, con seguridad no pasará desapercibida por los anales de la literatura costarricense y es un verdadero vaso de agua fresca para nuestra sociedad sedienta por un cambio cultural en el que la ética, el rescate de nuestra historia, valores e identidad nacional, y el entendimiento sobre el territorio en que vivimos, son los ingredientes fundamentales para la prevención y una mejor calidad de vida.

Mauricio M. Mora Fernández

Profesor catedrático de la Escuela Centroamericana de Geología

Director del Programa de Posgrado en Geología

Universidad de Costa Rica

América Central es un rincón muy hermoso. Su variedad cultural, climática y biológica la hacen un laboratorio indispensable para el estudioso de los procesos sociales y naturales. En el campo de la geología, la región es un espacio obligado de investigación, lo que no es una observación gratuita pues ya en el pasado colonial, y sobre todo en el decimonónico, América Central atrajo viajeros y científicos que a lo largo del tiempo visitaron sus tierras.

La mayoría plasmó su admiración y sus observaciones científicas en sendos documentos que leemos con entusiasmo. Aún hoy, los investigadores de las ciencias de la tierra vienen atraídos por las maravillas que el territorio resguarda. Uno de los aspectos que más ha llamado la atención a esos viajeros y a los habitantes de estas tierras es la gran actividad geológica que representan los terremotos y erupciones que desde épocas prehispánicas han impactado las culturas centroamericanas.

Tanto permea en la cultura la actividad tectónica y volcánica que una moneda de un cuarto de real de 1831, emitida por la Federación Centroamericana, presenta una serie de volcanes en fila. Este motivo numismático fue heredado a las siguientes generaciones de monedas, tales como las de un córdoba de 1972 o la de 500 colones de Costa Rica del 2000, la cual exhibe sendos volcanes humeantes. También El Salvador muestra en su escudo nacional volcanes en fila.

Monedas que han circulado en América Central. El detalle de los volcanes se conserva desde las monedas que sirvieron a la Federación de Estados Centroamericanos, tal como la pequeña moneda de un cuarto de real de 1831. Las posteriores monedas de Nicaragua y Costa Rica exhiben la fila de volcanes y el sol naciente; esta última muestra los volcanes con sendas columnas de vapor. Colección numismática del autor.

La manera de ubicar los volcanes en esos escudos nacionales no es caprichosa, pues al observar un mapa de América Central se pueden ver los volcanes alineados en dirección noroeste a sureste, paralela a la costa pacífica. Esto se debe a la subducción de la placa del Coco por debajo de la placa Caribe.

Bajo el continente, aproximadamente a unos 100 kilómetros de profundidad, la placa del Coco se funde a lo largo de toda su extensión desde Guatemala hasta Costa Rica y los materiales derretidos -denominados magma- ascienden y una parte de ellos origina el vulcanismo de nuestra región. Además, la subducción de la placa del Coco forma una depresión en el fondo oceánico frente a la costa pacífica.

Esa depresión, llamada Fosa Mesoamericana, es paralela a la línea de volcanes. En otras palabras, la cadena volcánica de América Central es la evidencia de la fundición de la placa del Coco por debajo del continente.

El tema volcánico también está representado en otros símbolos. Es posible identificar la presencia de los volcanes en escudos de escuelas del área. Por ejemplo, la escuela de Alotenango, en Guatemala, muestra el perfil del volcán de Fuego, rodeado por una rama de café, que es su principal cultivo.

Escudo de la escuela de la población de Alotenango, en Guatemala. Se observa la silueta del volcán de Fuego y una ramita de café, que es el producto agrícola principal del lugar. Cuando se llega a estos pueblos se observan muchos aspectos que, como resabios, quedan del periodo colonial entremezclados con elementos culturales y tecnológicos de la actualidad, estos últimos representados en este motociclista que pasa a velocidad frente a la escuela. Fotografía G. Peraldo, 2006.

El tema también está presente en las ilustraciones de estampillas de la región. Además, los temblores impregnan la cultura y la personalidad de las sociedades sometidas a ellos. Por ejemplo, la historia sísmica de la ciudad de San Salvador ha permitido que al lugar donde esta ciudad se encuentra se le denomine con el sugestivo apelativo de Valle de las hamacas.

Estampillas con volcanes. La de Guatemala muestra el perfil de un volcán que se supone es el Atitlán y la laguna homónima y las de Costa Rica muestran el camino y las laderas del volcán Irazú; al fondo, en tonos azules, las montañas del inicio de las estribaciones de Talamanca. Las otras estampillas muestran los volcanes Poás, Irazú y Arenal. Colección filatélica del autor.

Las sociedades prehispánicas centroamericanas fueron afectadas por erupciones. Permanecen como testigos mudos de la actividad volcánica las huellas de Acahualinca, en el barrio homónimo en la ciudad de Managua, Nicaragua. Estas corresponden a unas improntas dejadas por un grupo de personas que hace aproximadamente unos 5000 años caminaban en direcciones opuestas, en un área que en esa época correspondía a la costa sur del lago de Xolotlán, conocido también como lago de Managua.

El lago ha retrocedido y actualmente en su lugar pululan los habitantes del populoso barrio de Acahualinca. Dichas huellas, impresas en el suave lodo de la costa, quedaron preservadas por la caída súbita, posiblemente casi en el momento en que esas personas dejaron sus huellas, de gran cantidad de cenizas y otros materiales piroclásticos producto de una erupción que debe haber ocurrido en las cercanías, pues las partículas se soldaron unas con otras debido a su alta temperatura.

Huellas de Acahualinca, en la ciudad de Managua. Obsérvese el material que las cubre y también que las huellas tienen rastros que van en sentidos diferentes. Es perentorio declararlas patrimonio de la humanidad, para coadyuvar en su preservación. Fotografía G. Peraldo, 2007.

El foco de la erupción, responsable de cubrir las huellas con una capa de tefra, aún no ha sido identificado pues faltan estudios tefroestratigráficos en detalle de los materiales que las cubren. Sin embargo, los focos volcánicos que son la posible fuente de dichos materiales se pueden reconocer en las inmediaciones y dentro de la ciudad de Managua.

Por ejemplo, la laguna de Tiscapa, que corresponde a un cráter de explosión que en la jerga vulcanológica se conoce como maar, pudo ser el responsable de tal cantidad de materiales que inicialmente sepultaron, preservándolas, las famosas huellas. Luego, en diferentes momentos siguió cayendo material volcánico, tal vez desde otros focos eruptivos que rodean la ciudad de Managua. Las huellas finalmente quedaron sepultadas por material volcánico a una profundidad considerable que, en el sitio del museo donde las exhiben in situ, alcanza cerca de cuatro metros

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