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Muerte a Petición

Muerte a Petición

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Muerte a Petición

Longitud:
368 páginas
4 horas
Editorial:
Publicado:
17 oct 2017
ISBN:
9781507130940
Formato:
Libro

Descripción

Edwin tenía la vida perfecta. Ahora matará para recuperarla. 

Un hombre de carrera, Edwin Murphy siempre se ha esforzado más en cuidar de su trabajo que de su familia. Todo cambia para Edwin cuando su esposa le envía una demanda de divorcio. 

A punto de perder su hogar, su trabajo, y a su hija pequeña, Edwin orquestra un intrincado plan para eliminar a su esposa y recuperar su anterior estilo de vida. 

La policía se siente desconcertada cuando empiezan a aparecer cadáveres por todo Londres sin ninguna conexión aparente entre ellos. El Detective Inspector Jefe David Morton debe pensar de forma alternativa mientras investiga la mortal red de engaños detrás de los asesinatos. 

Editorial:
Publicado:
17 oct 2017
ISBN:
9781507130940
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Muerte a Petición - Sean Campbell

Capítulo 1: Desmoronarse

Edwin maldijo. Los abogados ya están otra vez a ello.

Virtualmente cada semana desde que se había convertido en el editor del periódico El Imparcial, a Edwin le habían ido llegando formularios legales de aspecto ominoso, enviados en inocuos sobres de papel manila. El logotipo del juzgado visible a través de la ventana de plástico era lo que hacía que se acelerara el corazón. Esta vez no fue una excepción. Mientras Edwin jugueteaba con el sobre su pulso se aceleró, y la cabeza le empezó a doler. 

Aunque estresantes, tales demandas eran responsabilidad del equipo legal del periódico, quien tenía la responsabilidad de defender al periódico o solucionarlo en el juzgado. 

Normalmente se resolvía con dinero. Las historias sensacionalistas vendían periódicos, y los beneficios exigían cruzar la línea entre lo exacto y las medias verdades que llamaban la atención.  

Pero hoy era diferente. La demanda no iba dirigida contra El Imparcial, sino contra Edwin Murphy. Esta vez era personal. 

Las manos de Edwin temblaron mientras los documentos caían sobre el escritorio, y sus ojos ardieron mientras leía el documento. Una vez se hubo dado cuenta de por qué le estaban demandando, Edwin no lo dudó. Pulsó el intercomunicador, se inclinó hacia el poco nítido micrófono, y dijo, ‘Betty, cancela mis citas de la mañana.’ 

Con un suspiro, apagó el ordenador y el teléfono móvil, y luego alargó la mano hacia una botella de brandy que mantenía oculta en el último cajón de su escritorio.

Él debería haberlo visto venir. Su matrimonio no había sido un matrimonio feliz desde hacía mucho tiempo. Estuvo bien durante sus primeros años juntos en Cambridge. Luego, en su vigésimo-cuarto cumpleaños, Eleanor había confesado que ella quería empezar una familia. Edwin aún no se sentía preparado. Él pensaba que eran demasiado jóvenes para atarse. Él había cometido el pecado capital de decirlo.

Ella dijo que entendía su necesidad de tiempo, pero en la mente de él ese tiempo estaba medido en años y no en meses. Antes de que pasara mucho tiempo, Eleanor estaba frustrada y enfadada.

Como un verdadero macho alfa, Edwin hizo lo que cualquier hombre de sangre caliente enfrentado a una mujer enfadada hace: se escondió.

Se pasaba las noches en la oficina, y se convenció de que lo estaba haciendo por los dos. ‘Tengo que ganar suficiente para dos ahora,’ había declarado cuando sus días comenzaron a empezar más temprano y a terminar más tarde.

Edwin sacudió la cabeza tristemente y miró en torno a la oficina que se había convertido en su refugio. No había vasos en la oficina, así que vertió los restos de una taza de café en su ficus y volvió a dejar la taza sobre su escritorio antes de servirse un generoso trago.

Se bebió el líquido ámbar de un trago, creando un incendio en sus labios. El brandy no era su bebida preferida, pero en este caso parecía adecuado. Había sido un brandy de su suegro, ofrecido cuando Edwin pidió la mano de Eleanor en matrimonio. Se sirvió otro trago, luego levantó su taza a la oficina vacía, un brindis burlón a la defunción de su matrimonio.

Tras varias copas, Edwin alargó la mano hacia el sobre de nuevo. Sus ojos se esforzaron por centrarse mientras leía la razón que Eleanor había citado para el divorcio: diferencias irreconciliables, que era tan vago como sólo un documento legal podía ser.

Pero Edwin sabía lo que significaba. Su matrimonio había estado en la cuerda floja desde que habían intentado crear una familia. Ellos habían fingido, habían adoptado una pose, y habían intentado convencerse de lo contrario, pero nunca se recuperaron de la muerte de su hijo Drew.

No es que Edwin no hubiera hecho un esfuerzo. Antes de que Drew hubiera nacido, Edwin se había tomado una temprana baja de paternidad para decorar la habitación del bebé. Era finales de septiembre en ese momento, y un poco de frío había empezado a agitarse por el adosado de Belgravia.

El adosado era un apaño. Era seguro, y estaba en una de las zonas residenciales más caras de Londres, pero el interior era un desastre.

La habitación que Eleanor eligió para la habitación del bebé estaba en el piso de arriba, justo al otro lado del pasillo de la habitación de matrimonio. Hacía demasiado frío para un niño. Algo tenía que hacerse antes de que el pequeño Drew llegara, y no se escatimó en gastos para hacer de la habitación del bebé digna de un rey.

Con la decidida supervisión de Edwin, estuvo preparada en nada de tiempo. Él añadió un nuevo muro divisorio y llenó el hueco con espuma aislante, y lo pintó con una vibrante mezcla de verde y azul. El esquema de color había sido recomendado como reconfortante por la mejor amiga de Eleanor, una psicóloga infantil. Edwin no podía ver qué tenía de especial, pero si mantenía la paz, entonces merecía la pena el coste de dos latas de Dulux.

Fue el 30 de octubre cuando Eleanor sintió las fatídicas contracciones durante una cena familiar. La comida fue abandonada y Edwin la llevó corriendo al Centro de Nacimientos Barkantine en el Hospital de San Bartolomé. A su llegada, se hizo aparente que algo iba mal.

Eleanor tenía una presión arterial anormalmente alta y fue llevada a toda prisa al quirófano de cesáreas de emergencia, pero era demasiado tarde. El bebé venía de nalgas y Drew nació con el cordón umbilical enrollado con fuerza alrededor del cuello.

Poco después, Eleanor se hundió en una profunda depresión de la que no salió hasta que se quedó embarazada de nuevo cuatro años más tarde. Permanecieron juntos, unidos por el dolor al principio, y más tarde por la llegada de la pequeña Chelsea. Pero algo había cambiado y se alejaron.

Edwin apoyó la cabeza sobre una mano, y perezosamente pasó las hojas del documento con la otra. Había páginas y más páginas de jerga legal que miró por encima antes de llegar al documento final: un resumen financiero detallando los bienes que se tenían que repartir. Todo su matrimonio había sido reducido a una serie de tasaciones. Acciones, extractos de cuentas, incluso su colección de libros había sido valorada. Debajo de los bienes había una serie de números rojos indicando deudas a saldar.

Edwin se carcajeó ante el total impreso en negrita al final de la página. La suma total de su riqueza era deprimente, considerándolo todo. Ellos tenían estupendos trabajos. Eran los propietarios de su casa. Para el mundo exterior, eran la imagen perfecta de la pareja profesional.

Pero el destino no había sido amable con sus finanzas. Ellos habían invertido mucho en acciones, principalmente bancos y compañías de Fortune 500. ‘Es lo correcto,’ había dicho el padre de Eleanor. ‘Cuidad de los peniques y las libras se cuidarán ellas solas.’

Pero lo que había subido, había bajado. A finales de 2007 el mercado se desplomó.

Al principio parecía estar confinado al banco francés La Société, pero rápidamente se hizo evidente que las malas deudas se habían extendido a través del sistema bancario global. Edwin le dio vueltas a su brandy sin prestar atención mientras recordaba haber escrito sobre los colapsos de los bancos con alegría. Él nunca pensó que las hipotecas en países lejanos afectarían alguna vez a su pequeño imperio. Pero lo hicieron. En pocos meses la supuestamente prudente inversión en bancos y en grandes compañías seguras vio como desaparecían casi dos tercios de la contabilidad familiar en poco más de un año.

Aunque las pérdidas estaban sólo sobre el papel hasta que necesitaron vender, la caída dejó a la familia Murphy en precarias circunstancias. Ellos habían visto venir un reembolso de la hipoteca a favor de una hipoteca de único interés, y la quiebra eliminó su habilidad de devolver el capital.

Eleanor culpó a su marido por perder miles de libras, y una sucesión de discusiones tuvieron lugar. Se lanzaron platos e insultos, y Edwin pasó muchas noches en el sofá.

Ellos intentaron pasar tiempo separados. Eleanor empezó a pasar algunos fines de semana con sus padres en Sandbanks. Cuando eso fracasó al intentar mejorar las cosas, una separación de prueba llevó a que Edwin se mudara del adosado a un piso de una habitación en Angel. Pronto ya estaban viendo a otra gente, o al menos Eleanor lo estaba haciendo.

Edwin se centró en su trabajo con pasión, pasando hasta catorce horas al día en la oficina. Incluso los domingos podía encontrarse a Edwin sentado a su escritorio, tecleando en su portátil, corrigiendo, cortando, y exponiendo sus propias opiniones en la columna del editor del dominical.

En retrospectiva, el divorcio era inevitable. Edwin suspiró, garabateó una nota para que su secretaria encontrara a los mejores abogados de divorcios que pudiera, y decidió tomarse el resto del día libre.

***

El lunes siguiente era una mañana maravillosamente despejada. La niebla del anterior fin de semana se había marchado más al norte y, por una vez, el pequeño apartamento de Edwin parecía luminoso y feliz mientras la luz se extendía por la encimera de la cocina, haciendo bailar el fregadero metálico.

Edwin se despertó temprano esa mañana. Él tuvo una reunión a las ocho en punto con el propietario americano de El Imparcial, Derek Wood, y a Mr. Wood no le gustaba que le dejaran esperando. Edwin devoró una pequeña tostada sin mantequilla. No podía arriesgarse a comer nada más elaborado, o de otro modo su estómago indispuesto podría traicionarle. Mientras se duchaba, Edwin repasó las cifras en su mente una vez más. Él sólo podía maquillar las estadísticas un poco. Hoy era el día en el que finalmente le diría la verdad y dejaría que Mr. Wood supiera que los beneficios por publicidad habían bajado por tercer trimestre consecutivo.

Decidiendo ser brusco pero honesto, Edwin se secó y luego se puso su traje favorito. Era un tres piezas de lana azul marino, con amplias solapas. Eleanor solía llamarlo su traje de poder. Él se puso cuidadosamente una corbata a juego, la enderezó usando el diminuto espejo encima del lavabo del cuarto de baño; y luego se pronunció respetable y dejó el piso para llamar a un taxi.

***

En la orilla norte del Río Támesis, un muro de altos e imponentes edificios abarrotaban el horizonte, estrechándose desde la City hasta Westminster y más allá.

En la Ciudad de Londres, coloquialmente conocida como la Milla Cuadrada, bloques de oficinas trepan hacia el cielo. Se podía ver a hombres con trajes, trabajando principalmente en grandes bancos y para compañías de seguros, apresurándose tras las ventanas. Muchos sujetaban tazas de café, intentando revivir miradas vacías con una inyección de cafeína.

Hacia el oeste, la línea del horizonte cambiaba. La Catedral de San Pablo interrumpía los edificios de oficinas, su icónica bóveda elevándose unos trescientos sesenta y cinco pies por encima de los turistas de abajo.

Más hacia el oeste estaban algunas de las direcciones más prestigiosas de Londres, entre las que se encontraba la oficina principal de El Imparcial en el 163 de Fleet Street. Pocos turistas se aventuraban en esa zona, pero era tan ajetreada como cualquier otra.

El Imparcial estaba en el corazón del Londres legal, a un tiro de piedra de las Cortes Reales de Justicia. Aunque muchos periódicos habían sido eliminados de la zona, El Imparcial aún estaba basada en el mismo lugar que siempre había ocupado, a un minuto del Támesis.

El edificio original había desaparecido hacía mucho, destruido por una bomba en la Segunda Guerra Mundial. Pero El Imparcial había surgido de las cenizas dentro de un nuevo edificio envuelto en cristal y acero.

Quedarse en Fleet Street le costó al dueño de El Imparcial, Derek Wood, más dinero del que se pueda uno imaginar, pero mereció la pena cada centavo de su inversión. En un día claro, Wood podía ver diez o quizás doce millas desde la azotea. Lo que es más importante, Londres podía verle. Los banqueros podrían haber sido los dueños del universo, pero era Derek quien decidía quién aparecía en las noticias.

En la sala de conferencias del piso superior, a sólo una puerta francesa de distancia de la terraza privada de Wood, una secretaria preparaba un desayuno de fruta fresca y bagels. Una cafetera de café recién hecho estaba sobre un calientaplatos, esperando a ser servido.

Wood siempre empezaba sus mañanas con un bagel y un café: solo, sin azúcar. Él no creía en el té, y así nunca era servido en las reuniones que planeaba, lo cual molestaba enormemente al editor jefe de El Imparcial, Edwin Murphy. Wood consideraba eso una gratificación.

El asistente personal de Wood, un afectado joven recién salido de Oxford, dejó una selección de periódicos a la cabecera de la mesa y merodeaba torpemente mientras Wood examinaba los titulares. Wood siempre se recreaba en este ritual. Él simplemente tenía que saber lo que otros periódicos se traían entre manos. Tres cortos y agudos golpes anunciaron la llegada de Edwin.

Wood echó un vistazo a su reloj, asintió apreciativamente ante la puntual aparición de Edwin y luego hizo un gesto perezoso hacia una silla de cuero y siguió leyendo. Cuando hubo terminado de leer el último periódico, él bajó el gran periódico y miró a Edwin por encima de la oscura montura de sus gafas de diseño.

Wood observó a Edwin sentarse y luego se sirvió un vaso de agua. Edwin tomó un rápido sorbo para humedecerse los labios y dijo: ‘Buenos días, señor. Confío en que se encuentre bien.’

Wood asintió para que Edwin continuara con la presentación del mes, golpeando su reloj impacientemente.

‘Nuestro número total de lectores permaneció constante este mes. Sacamos 3,06 millones de copias al día durante la semana, y casi 4.7 millones para la edición dominical. Eso es un aumento del 0,12% con respecto al último mes.’

‘Bien. Entonces los ingresos aumentan. ¿Cuánto?’

‘Bueno... estimamos que los ingresos por ventas sean de unos 2,2 millones de libras netos por trimestre, pero nuestros ingresos trimestrales generados fueron de 2,1 millones de libras. Eso estaba por debajo de las predicciones debido a algunos apuntes sobre deudas.’

‘¿Cómo cuadran los ingresos por publicidad con respecto al mismo trimestre del pasado año?’

Edwin evitó mirar a su jefe a los ojos, y se preparó para la inevitable reprimenda que seguiría al resto de su informe.

‘A pesar de eso, señor, nuestros ingresos por publicidad han caído debido a...’

‘¿Cuánto?’ le interrumpió Wood.

‘Bueno, señor, debido a las duras condiciones del mercado...’

Los ojos de Wood se entornaron sospechosamente. ‘Los números, Murphy, ahora.’

‘62%, año tras año.’

Mr. Wood era un empresario experimentado y sabía que tenía que lidiar con los golpes, pero ningún ejecutivo podía mantener la entereza cuando se le decía que su inversión, previamente mostrando un beneficio saludable, era de repente un pozo sin fondo. Explotó de furia.

‘¿Qué?’ rugió Wood, saliva volando hacia Edwin, quien se encogió instintivamente. ‘¿Por qué demonios estoy conociendo esto ahora? ¡Debería habérseme contado hace meses!’

Edwin se acojonó, sus ojos bajos, temiendo incluso mirar a su jefe.

‘¡Contéstame!’

‘Bueno... señor... ha sido un ambiente... ejem, un ambiente de comercio difícil. No es culpa mía que...’

‘¿Que no es tu culpa?’ se burló Wood. De repente, su tono era frío, sus ojos ardiendo con un fuego que Edwin no había visto antes.

‘No, señor. El que estaba en publicidad era Palmer. Él fue quien...’

‘¿Para quién trabaja Palmer?’

‘Pues para mí, señor.’

‘Entonces cae sobre tus hombros. Has terminado aquí, Murphy.’ Wood pulsó un discreto butón debajo del escritorio, llamando a seguridad. Dos fornidos caballeros aparecieron como por arte de magia en la puerta.

‘Acompañen a Mr. Murphy fuera, por favor, caballeros. Luego traedme a Palmer.’

Mientras Wood giraba su silla y se daba la vuelta, Edwin se descubrió flanqueado por el equipo de seguridad. Intentó deshacerse de ellos.

‘Yo mismo me iré,’ declaró, intentando mantener algo de dignidad.

‘Tenemos órdenes, Mr. Murphy.’ Cada guardia colocó una mano debajo de uno de los brazos de Edwin, prácticamente sacándole a rastras de la sala de reuniones, y luego le guiaron hacia su oficina.

***

Obstinadamente, Edwin se tomó su tiempo en recoger las escasas pertenencias que había amasado en la oficina, ordenadamente apilando unos cuantos marcos de fotos dentro de una caja de cartón. Él metió una de las grapadoras industriales de la compañía dentro de la caja por si acaso.

Seguridad hizo la vista gorda sobre el robo de la grapadora, y permitieron que Edwin se metiera en el ascensor sin mayor indignidad. Al poco rato estuvo fuera del edificio al que había llamado hogar durante los últimos cinco años, mientras el tráfico de la mañana zigzagueaba sin mayor preocupación en el mundo.

Mientras estaba de pie fuera del edificio, un mendigo le tiró del codo.

‘¿Tiene unas monedas, señor?’

Edwin reprimió una respuesta maleducada, pero su error fue bajar la vista hacia el hombre anciano sentado en la acera. Tenía una mata de sucio pelo gris y estaba sentado sobre una pila de viejos ejemplares de El Imparcial, con un galgo esquelético descansando junto a él.

En contra de su sentido común, Edwin metió una mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó la cartera. El mendigo apenas pudo creer su suerte cuando Edwin le metió un puñado de billetes en su mano.

Antes de que el mendigo pudiera decir gracias, Edwin llamó a un taxi y le dijo que le llevara al bar más cercano que sirviera alcohol a las nueve y cuarto de la mañana.

***

Eran casi las once en punto cuando el barman en Finnigan’s Wake finalmente decidió que Edwin probablemente había bebido suficiente.

‘Oiga, compañero, ¿y si pide algo de comida?’

‘Dos chupitos más. Ahora.’ Edwin puso su cartera bocabajo y empujó un puñado de billetes hacia el barman. Comida era lo último que quería Edwin.

‘No hay más alcohol hasta que pida algo de comida primero.’

‘Vale. ¿Qué tenéis?’ chapurreó Edwin. Intentó mirar al menú escrito con tiza sobre la pared, pero el texto se negaba a permanecer enfocado.

‘¿Qué tal una hamburguesa con patatas fritas?’

‘Vale, y una cerveza.’ Mientras Edwin hablaba, otro cliente sonrió y puso los ojos en blanco en dirección al camarero.

El camarero miró a Edwin con desaprobación, pero sin ganas se dirigió a servirle una pinta de London Pride. Al menos se había alejado del whisky.

‘A ver, amigo, ¿qué puede ser tan malo para que estés bebiendo solo un lunes por la mañana?’

Edwin, borracho y sin ganas de hablar, se encogió de hombros con desdén y se terminó la cerveza de un trago antes de pedir otra.

El camarero se volvió precavido. Su licencia estaba en juego.

‘Una más si me dejas que llame a alguien o que te pida un taxi.’

‘Trato hecho.’

***

En la residencia de los Murphy en Belgravia, una preciosa casa adosada enfrente de la embajada portuguesa, Chelsea Murphy no había ido al colegio porque estaba enferma. Tenía un poco de gripe, pero Eleanor no quería arriesgarse. Ella envolvió a su pequeña con mantas, la puso en el sofá, y pasó la mañana revoloteando a su alrededor, comprobando que bebiera suficiente y celosamente comprobando su temperatura. Eleanor sabía que ella nunca se manejaría bien si hubiera una enfermedad real en la familia.

‘Mamá, ¿por qué sigues preguntándome si me gusta Nueva York?’ preguntó Chelsea entre limpiezas de frente.

‘Bueno, ¿te gustaría ver lo que es vivir en algún sitio nuevo? ¿No te gustó nuestro fin de semana de compras allí?’

‘Sí, mamá, ¡pero todos mis amigos están aquí!’ protestó Chelsea.

‘Harás nuevos amigos, cariño. A mamá le han ofrecido un trabajo allí, y sin papá aquí, mamá necesita trabajar. Seremos sólo nosotras, las chicas, en una brillante ciudad de luces. ¿No sería maravilloso, nena?’

***

Para cuando dieron las doce y media, el Finnigan’s Wake estaba rebosante de gente para almorzar. El camarero decidió que Edwin podría ahuyentar a los clientes habituales y le llevó a un reservado en la parte de atrás cuando se reunió con su cuñado Mark.

Mark siempre era el primero en acceder a una sesión en el pub, y siempre el dragón de dos patas, pronto llenó el reservado con cervezas. Las patatas fritas del almuerzo de Edwin yacían abandonadas mientras la pareja se dedicaba al serio negocio de beber.

En algún momento durante su tercera cerveza con Mark, el teléfono de Edwin sonó. Él normalmente odiaba responder a números ocultos, pero su humor era mordaz y no quería nada más que desahogarse verbalmente con alguna persona desprevenida de ventas telefónicas.

‘Edwin J. Murphy al habla.’ Edwin sostuvo el teléfono a un brazo de distancia y se rió mientras usaba un acento afectado.

‘Buenas tardes, Mr. Murphy. Soy Caroline Flack, de Huntingdon Fox y Asociados. La semana pasada su secretaria me retuvo en su nombre. Contacté con los abogados de su esposa. Ella nos ha dado el aviso de que ella tiene la intención de abandonar el país. ¿Está disponible para hablar de su posición legal?’

‘¿Mi posición? Me alegra de que se marche. Adiós muy buenas,’ soltó Edwin, no dándose cuenta de las repercusiones de la marcha de su esposa.

‘Ella pretende llevarse a Chelsea a Nueva York con ella,’ dijo la abogada, titubeando.

‘Deténgala. No me importa cómo, sólo hágalo.’

‘Mr. Murphy, podría ser... difícil encontrar justificación adecuada para darle el alto.’

Un gemido angustiado se escapó del hombre borracho mientras lanzaba su teléfono contra la pared, viendo como se rompía en una docena de trozos.

‘Esa zorra. ¡Ojalá se muera!’

Mark arqueó una ceja, y dijo tras una pausa ligeramente demasiado larga: ‘Oye, que es mi hermana de la que estás hablando. Creo que es hora de que dejes de beber.’

***

A la mañana siguiente, la cabeza de Edwin se sentía como si le hubieran colocado un martillo neumático en la cabeza y lo hubieran puesto al máximo. Él intentó sentarse, pero el esfuerzo demostró ser en vano. Cuando sus ojos consiguieron centrarse, Edwin se dio cuenta de que estaba en el sofá de Mark.

Mark estaba tirado sobre el sillón de enfrente. Ambos hombres llevaban la misma ropa que el día (y la noche) anterior.

‘Agua,’ le exigió Edwin a su anfitrión con voz ronca.

Con un golpe, Mark le lanzó una botella. Aterrizó sobre el estómago de Edwin con un golpe sordo. Edwin gruñó de dolor.

‘Esto no es agua,’ se quejó, siempre gruñón por las mañanas de todos modos, pero aún más con una resaca infernal.

‘Es todo lo que conseguirás a menos que quieras levantarte,’ replicó Mark con una mueca, seguro ante el conocimiento de que Edwin no iba a ir a ningún sitio rápido.

Edwin, desagradecido, abrió la botella de Lucozade y vació toda la botella en su boca reseca, unas cuantas gotas esquivando el objetivo y chorreando por su mejilla hasta llegar a su cuello.

Mark se estiró despacio, cogió el control remoto de la televisión con los dedos de sus pies, y luego lo lanzó hacia arriba y lo cogió con la mano izquierda.

‘¿Tienes alguna preferencia?’ preguntó, encendiendo la televisión y el sistema de sonido envolvente que su hermana le había comprado las navidades anteriores.

‘Cualquier cosa que no sea Jeremy Kyle.’

Mark hizo una mueca y cambió de canal al ITV.

‘Te odio, y lo sabes.’ Con esa declaración Edwin se dio la vuelta y volvió a dormir.

***

La resaca de Edwin persistió hasta más tarde ese día, y su cabeza aún estaba palpitando cuando entró en las instalaciones de Huntingdon Fox para su reunión de las cuatro en punto. Edwin fue vagamente consciente de la opulencia de la dirección de Grosvenor del bufete. Se preguntó qué cantidad de su tarifa de cuatrocientas libras la hora que le estaban cobrando sería gastada en mantener la extravagante decoración. La antesala a la que fue llevado no podía ser descrita como menos que opulenta, y el café claramente no era instantáneo. Pronto estuvo sentado cara a cara con su abogada. Él no la había escogido, pero su anterior secretaria le había asegurado que ella era la mejor abogada disponible, y Betty nunca le había dejado en malas manos. Una punzada de soledad golpeó a Edwin cuando se dio cuenta de lo mucho que había dado por supuesta la presencia reconfortante de Betty.

‘Hola,’ dijo Edwin con voz ronca. Le dolía la cabeza mientras leía la placa dorada con el nombre sobre la mesa de la abogada, Mrs. Caroline Flack, Licenciada en Humanidades (Con Honores) (Alumna de Cambridge) Licenciada en Derecho (Universidad de Londres).

‘Mr. Murphy, le he pedido que venga hoy aquí para discutir sobre la separación de su esposa. ¿Ha estado en contacto con ella?’

Edwin negó con la cabeza, y su abogada continuó su perorata.

‘Eleanor nos ha notificado que pretende mudarse a Nueva York para empezar a trabajar con un bufete de abogados allí. Ella obviamente tiene la intención de llevarse a Chelsea con ella. Ella puede hacer eso sin su permiso, aunque podemos demandarla por lo que se conoce como una Orden de Primeros Pasos para evitar que lo haga. Necesitaríamos mostrarle al

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