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El Sr. Freud y yo

El Sr. Freud y yo

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El Sr. Freud y yo

Longitud:
138 página
1 hora
Editorial:
Publicado:
Jan 4, 2016
ISBN:
9781507128312
Formato:
Libro

Descripción

Colección de cartas con diferentes remitentes para el mismo destinatario. Estas cartas son, en realidad, como sesiones de análisis en las que la personalidad que firma es quien está en el diván, de espaldas al Dr. Freud. Varias voces, varios tonos, tantas como emociones de las personas que viven en nuestra cabeza. Algunas muy bienhumoradas, otras muy literarias, otras más reflexivas, en un libro lleno de emociones y consideraciones. A las personas que viven en nuestra cabeza, Pessoa las llamaba heterónimos; yo las llamo, modestamente, dioses y diosas, entre otras cosas…

Editorial:
Publicado:
Jan 4, 2016
ISBN:
9781507128312
Formato:
Libro

Sobre el autor


Relacionado con El Sr. Freud y yo

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El Sr. Freud y yo - Isabel Duarte Soares

Índice

El Sr. Freud y yo

Índice

Encantada de conocerlo

La verdad es que no hay vida sin magia

¡Qué malo es vivir!

«Cada zambullida es un flash»

(Re)Descubrámonos

Ay, Freudadicto, ¿qué tal?

Ni mártir ni víctima

Puede llamarme Sr. Chaplin

¿Dónde compro una falda?

«Donde hay amor no existe el deseo de poder...»

«Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo»*.

Huy, me he vuelto a resbalar.

El elefante ha subido al pedestal

Es una putada, Dr. Freud, una putada...

He vuelto a aquel cuerpo que siempre me perteneció

La cuestión no es cambiar

Es ese el sentido de la vida

Recordar no es vivir

Necesitamos romper las cadenas

Tengo un ligue virtual

Quedan los dedos

Que Dios nos proteja de los sádicos emocionales

La peor envidia es la de los amigos...

Soy chocolate

La unilateralidad de las decisiones

Estoy evitando desgracias

Se me han muerto los girasoles

Yo existo, soy real y exijo reconocimiento.

Todo el mundo me odia

Preservando los ojos y los dientes

Autobús de dos pisos

El depredador y la presa

Pleased to meet you

Males emocionales

Después de la tormenta

La comunidad y yo

Bote de remos

Yo soy más yo

¿Superviviente? Ya pasamos esa fase

Felicidades

Sabios, coadyuvantes y mentores

––––––––

Encantada de conocerlo

Descubro en un libro de Laing que mi problema no es el exceso de fantasía, es la evasión, vea usted...

Soñé que me despertaba y mis uñas ya no estaban azules. Imagínese, dormirse azul y despertar sin color. La sensación fue de decepción, Dr. Freud. Mensaje enviado y entendido, querido inconsciente.

Me parece lamentable que sea vista como un problema, vivir en la evasión me llena. La realidad es un «árbol de Navidad al cual le quitamos guirnaldas, bolas, luces y estrellas, es un pino verde», sin gracia, con agujas que, inclusive, empiezan a amarillecer, a quedarse bazas, sin vida. La realidad también tiene fecha de caducidad, Dr. Freud.

Por ser lo que más hace que me brillen los ojos, las lucecitas son mi parte preferida de la Navidad, la hacen mágica, le dan un colorido especial, único; soy fan incondicional de las lucecitas de Navidad. Sin embargo, lo que la hace realmente mágica es la manifestación del Amor. El amor que no quiere saber, el amor fraterno, el amor caluroso, el amor que nos deja tontos, el amor que nos toma completamente, el amor que viene de los olores de las comidas especiales, el amor del calor de los hogares, de las velas encendidas, de los coros, de los cánticos. El amor como estado del alma, en su forma más pura, más próxima a Dios, que se apodera de nosotros, que es más fuerte que todo lo demás, aunque obstinadamente no queramos. El amor que prevalece, se sobrepone a todas las otras cosas, todas. Y a todos los demás que viven en nuestra cabeza. La magia de la Navidad es esa, la magia del Amor, capaz de transformarnos, de la forma más avasalladora, en nuestra mejor versión.

Cuando la Navidad acaba, los suecos lanzan los abetos por la ventana. Hacen bien, es eso lo que me apetece hacer con la realidad, no sin antes avisar: «aquí va esto», como los suecos, no vaya a pillar a alguien desprevenido. Nadie merece recibir grandes dosis de realidad, Dr. Freud...

Si me quitasen la magia de la Navidad, me quitarían la vida. La nieve es bonita y el frío no me molesta. En mi cabeza, hace el tiempo que yo quiera. Aunque desde mis ventanas vea todo cubierto de nieve, el sol brilla, el cielo siempre es azul y, aquí dentro, es primavera.

El tiempo de mi cabeza es como el del corazón, sin lógica, y Cronos no tiene cabida aquí, porque pertenece a la realidad, que se queda ahí afuera, tomando el sol. Si me quitasen la magia de la Navidad, me robarían también la inocencia, que pertenece al mismo mundo de la evasión y, por eso, deben dejarla quieta.

La vida en mi cabeza es mucho más divertida, no tengo vergüenza, soy libre, leve y suelta. Venzo batallas, soy equilibrada, resuelta y comprensiva, no pierdo los papeles, no salto a la primera de cambio, doy la imagen de una persona sabia, que deja a los demás sin palabras, impresionados con mi brillantez y mi capacidad sobrehumana de no irritarme jamás. Soy wild y sé la exacta medida de todo, cuándo ser salvaje, comprensiva, loca y aparentemente pasiva. Solo Dios, mi terapeuta y ahora usted, Dr. Freud, saben cuánto me irrita esta palabra. «Lo sé», dice él, y se ríe.

Soy guapa, sexy, sensual, seductora, tranquila, introvertida y extrovertida. En mi cabeza, sé la medida, Apolo y Dionisio conviven de forma amena, como si tuviese seis años otra vez, solo que más atrevida, porque estoy protegida por una pantalla de ordenador que me permite reírme de lo que escribo, porque no veo y no me dejo intimidar por las caras de las personas que me leen a horas menos apropiadas, mientras están trabajando en sus oficinas, rodeadas de colegas, jefes y sus respectivas secretarias. Dios me libre...

Adoro mi vida —‍y por eso me permito escribir casi todo lo que me viene a la cabeza‍—‍. También adoro a mi padre, que asiste a todo y aún se ríe. No me interrumpa ahora, Dr. Freud... Tengo un sentido del humor desconcertante y delicioso, que me permite reírme convulsivamente con lo que tuiteo de forma ensandecida, con las respuestas que mis paisanos me dan y hasta con sus propios tuits, que estimulan más y más mi vena humorística.

Mi terapeuta no quiere dejar que me desahogue, dice que tengo que integrar. Vamos a tener que renegociar esto, Dr. Freud. Es mucho mejor desahogarse, a pesar de que sé que tiene razón, la carga de desahogarme, de la espontaneidad, es mía, solo mía. Divierto a los otros, pero siempre acabo sola. Soy la payasa de turno, que, pasado el efecto catártico de la expulsión de los demonios y de la risa que provocan, se lamenta, como los payasos tristes. No hay paciencia para el lloriqueo de los payasos tristes...

Felizmente, no vivo de hacer reír a los demás, puedo darme el lujo de tener días malos, buenos, regulares e introspectivos, sin necesidad de esconderme.

La realidad y el ego me castran mucho, Dr. Freud. ¡Cómo no voy a querer evadirme! Además, desahogarme, sin tener miedo de las consecuencias, es un acto de liberación que me deja leve, leve.

Estoy aquí examinando la posibilidad de publicar una cosa, pero aún no puedo. Solo puedo dejar que el proceso creativo fluya libremente. Las cosas más graciosas, y las mejores, son las que el ego no quiere dejar salir, porque van más allá de sus dominios. Sé que es para protegerme, por eso, no caigo en la tentación de hacer públicos esos devaneos míos, los guardo para mí, me río de ellos, lloro al releerlos, sin dejar, al mismo tiempo, de asombrarme de mí misma.

El Self y el ego andan a golpes desde hace aproximadamente dos semanas. El Self grita desesperadamente: «Hazlo, sigue adelante, necesito eso para continuar viviendo». A lo que el ego responde: «Para, vas a acabar contigo, con el Self y conmigo, válgame Dios, ¿qué será de ti sin mí?». El Self gana la batalla. Sin Word, el proceso se complica, creo que el ego puede estar metido en esto, no me suelta... Sé que es quien va a encontrar una solución que nos satisfaga a todos, Self incluido. Ego, cariño, yo te amo, ¿vale?

La única forma de que dejen de pegarse es contar con el ego, que me permite leer, revisar, editar, hilvanar y ordenar lo que sale del inconsciente directamente hacia el papel, sin ningún tipo de criba. Después se verá.

Como estoy sin Word, solo puedo contar con el «Editor de texto», la máquina de escribir de los procesadores de texto, tan pesado y sin color como la realidad, lo que hace todo más difícil. Preferiría antes el Wordstar, que me daba más trabajo, pero siempre tenía algo de color.

Saraiva dijo una vez que las mujeres leían para evadirse. No sabe que no necesitamos entrar en el mundo interno ajeno para eso, nos basta con el nuestro, sin siquiera tener que recurrir a alteradores de la consciencia, a pesar de que estos nos abren la puerta que nos permite ir un poco más allá.

Nos evadimos en la vida de todos los días, a la espera del metro, en el trabajo, por la noche, en la cama, mientras vemos la novela y tomando un café. Cenando con la familia, viendo anuncios de mantequilla, de leche y de comida para perros, en los silencios a los cuales nos entregamos, en medio de la calle, imaginándonos con el rostro que teníamos a los 20 años, la cabeza de los 40, el cuerpo de los 30, un pelo precioso, sin canas, con el color que le damos ahora, y que es nuestro, ¿cómo no? En las conversaciones con los demás seres de nuestra especie, principalmente los del mismo género. También nos evadimos cuando entramos en contacto directo con los seres del sexo opuesto, mientras oímos a un hombre atractivo con el mismo nombre que tú hablando sobre la política local, que me interesa tanto como «la influencia de los rayos gamma en el comportamiento de las margaritas», pero es guapo, tiene una sonrisa bonita y un tono de voz de hombre, no tanto como el tuyo. He sido yo quien ha hecho la pregunta, para conseguir mirarlo con motivos aceptados por

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