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Los nombres de Dios en la Sagrada Escritura

Los nombres de Dios en la Sagrada Escritura

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Los nombres de Dios en la Sagrada Escritura

valoraciones:
4/5 (3 valoraciones)
Longitud:
186 páginas
4 horas
Editorial:
Publicado:
1 sept 2015
ISBN:
9788482677880
Formato:
Libro

Descripción

Los nombre divinos aparecidos en la Biblia como ELOHIM, JEHOVA, EL SHADDAI, EL ELYON, ADONAI, EL OLAM y otros son analizados de forma profunda e inteligible llevando a una mayor comprensión de la realidad de Dios.
Editorial:
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1 sept 2015
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9788482677880
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Los nombres de Dios en la Sagrada Escritura - Andrew Jukes

1

Dios, o Elohim

Habiendo visto, pues, que en la Sagrada Escritura se habla de Dios bajo diferentes nombres, cada uno de los cuales con el propósito de resaltar diferentes virtudes o características de su naturaleza, debemos ahora prestar atención al primer nombre bajo el cual es revelado: «Dios», —en hebreo, «Elohim».

Éste, y sólo éste, es el nombre por el cual se nos presenta a Dios en el primer capítulo del libro de Génesis. Ahí lo encontramos repetido en casi cada versículo. Bajo este nombre vemos a Dios trabajando con una especie de materia primigenia, envuelta en oscuridad y confusión, hasta que todo fue puesto en orden de acuerdo con su voluntad y por medio de su palabra para hacerlo «muy bueno». Este es el nombre que debemos conocer antes que cualquier otro. Por lo tanto, éste es el primero revelado en las Sagradas Escrituras, y nos habla de Uno que, cuando todo está perdido, en oscuridad y confusión, reintroduce en la criatura primeramente su luz y vida y, después, su imagen, haciendo así todo nuevo y muy bueno.

Ahora bien, hay ciertas peculiaridades conectadas con este nombre, las cuales debemos considerar si queremos entender todo lo que el Creador nos enseña por medio de él.

Este nombre (en hebreo, «Elohim», o «Alehim») es un plural que, aunque primero y principal se usa en las Sagradas Escrituras para describir al único Dios verdadero, nuestro Creador y Redentor, también se usa de forma secundaria con referencia a los «muchos dioses y muchos señores» (1ª Co. 8:5), a quienes los paganos primitivos temían y adoraban. Veamos, entonces, el uso primario de este nombre, mediante lo cual aprenderemos su significación más alta. Entonces estaremos en mejores condiciones de entender cómo pudo ser aplicado a los dioses de los paganos o a los ídolos que lo representaban.

Así pues, primeramente, este nombre, aunque en plural, cuando se usa con referencia al único Dios verdadero va constantemente acompañado por verbos y adjetivos en singular. Por tanto, ya desde el principio se nos prepara para el misterio de la pluralidad en Dios, el cual, aunque dice «no hay dioses conmigo» (Dt. 32:39) y «no hay Dios fuera de mí» (Is. 45:5, 22), también dice «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Gn. 1:26); «el hombre es como uno de nosotros» (Gn. 3:22); «descendamos y confundamos allí sus lenguas» (Gn. 11:7); y, otra vez, «¿A quién enviaré y quién irá de nuestra parte?» (Is. 6:8). Y este mismo misterio, aunque incomprensible para un lector inglés o español, aparece una y otra vez en muchos otros textos de la Escritura. Pues «Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud» es literalmente «Acuértade de tus Creadores» (Ec. 12:1). Similarmente, «Y ninguno dice: «¿Dónde está Dios mi Hacedor?» es en hebreo, «Dios mis Hacedores» (Job 35:10). Y, otra vez, «Alégrese Israel en su Hacedor» es, en hebreo, «en sus Hacedores» (Sal. 149:2). Igualmente en Proverbios, «La inteligencia es el conocimiento de los Santos» (Pr. 9:10) Asimismo donde el profeta dice «tu marido es tu Hacedor», ambas palabras están en plural en el texto hebreo (Is. 54:5). Muchos otros pasajes de la Escritura tienen precisamente la misma peculiaridad. Por tanto, en los cielos, los querubines y serafines exclaman continuamente: «Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos» (Is. 6:3; Ap. 4:8), mientras que en la tierra, enseñados por el Espíritu del Señor, decimos, «Padre, Hijo y Espíritu Santo» (2ª Co. 13:14). La forma plural del primer nombre de Dios, «Elohim», está envuelta en el mismo misterio. Mientras que el verbo, e incluso el adjetivo, concuerdan con él en el singular (como «el Viviente» en 2ª Ro. 19:4, o «el Justo» en Sal. 7:9), «Elohim», aunque plural, significa un Dios.

Además, este nombre, como cualquier otro nombre hebreo, tiene un significado preciso, lleno de sentido. La palabra «Elohim» proviene de «Alah», «jurar», y describe a alguien que está bajo un pacto que debe ser ratificado mediante juramento. Parkhurst, en su bien conocido Lexicon, explica así el nombre: «Elohim»: «Un nombre que se da usualmente en las Sagradas Escrituras a la bendita Trinidad, por medio del cual se representa a las tres Personas como estando bajo la obligación de un juramento... Este juramento (mencionado en el Salmo 110:4, Juró Jehová, y no se arrepentirá) fue anterior a la creación. De acuerdo con esto, Jehová es llamado «Elohim» al principio de la creación (Gn. 1:1), lo cual implica que las divinas Personas se habían conjurado ya antes de crear; y, a la luz de Gn. 3:4, 5, es evidente que tanto la serpiente como la mujer conocían a Jehová por este nombre, Elohim, antes de la caída.» Aquí la naturaleza del ser de Dios es como un maravilloso abismo que se abre ante nuestros ojos. Bendito sea su nombre, porque por medio de su Hijo y de su Espíritu ha arrojado alguna luz a este abismo insondable para la carne y la sangre.

Así, pues, esta relación de pacto que expresa «Elohim» es primeramente una relación en Dios. Dios es uno, pero, como su nombre declara, en él hay también pluralidad, y las relaciones implicadas en esta pluralidad, por ser precisamente en él y con él, nunca pueden disolverse ni romperse. Por lo tanto, como Parkhurst dice, este nombre contiene el misterio de la Trinidad. Para la perfecta revelación de este gran misterio, el hombre debió de hecho esperar hasta que fue declarado por el Unigénito del Padre, y aun así esto no courrió hasta después de su resurrección, cuando lo dio a conocer a los que había llamado para ser sus discípulos. Pero, desde el principio, el nombre «Elohim» lo contenía e indicaba vagamente, y las visiones y palabras de los profetas lo insinuaban todavía con mayor claridad.

Sin embargo, no penetro en este misterio. Como máximo, digo con san Agustín que, si Dios es amor, entonces en Dios debe haber un Amante, un Amado y el Espíritu de amor, porque no puede haber amor sin amante y sin amado. Y si Dios es eterno, entonces debe haber un Amante eterno, un Amado eterno y un eterno Espíritu de amor que une al Amante eterno con el Amado eterno en un vínculo de amor eterno e indisoluble. La relación en Dios, en él y con él mismo, es una unidad sin brechas; inquebrantable. Dios es «Elohim» desde el principio, y lo es en una unión de pacto con él mismo desde siempre y para siempre.

Pero la verdad de la relación de pacto implicada en el nombre «Elohim» aún va más lejos, pues el Amado es el Hijo, «el Verbo», «por quien todas las cosas fueron hechas» y «en quien todas las cosas subsisten». «Todas las cosas fueron creadas por él y para él» (Jn. 1:3). Por lo tanto, Dios, o «Elohim», al estar bajo pacto con el amado Hijo, debe estar igualmente bajo pacto con todas las cosas creadas por él, las cuales subsisten y se mantienen en él. Como Pablo dice, él es el Dios que no miente, que prometió vida eterna desde antes de los tiempos eternos (Tit. 1:2), (palabras estas que de nuevo se refieren al pacto en Cristo antes de la caída del hombre), «el fiel Creador», como Pedro añade, a quien debemos encomendar nuestras almas (1ª P. 4:19); porque «de él, y por él, y para él, son todas las cosas» (Ro. 11:36). Y en virtud de esta relación de pacto (porque él es «Elohim»), aunque sus criaturas fallen y caigan, «nunca nos dejará ni nos abndonará».

Podemos preguntar si cuando este nombre fue revelado por primera vez, los receptores de la revelación pudieron entender todo cuanto implica y enseña. Probablemente, no. Cuando Dios habla por primera vez, los hombres raramente le entienden por completo —si es que, en realidad, le han entendido algo. Es gradualmente, y justo en la proporción en que sus siervos y discípulos atesoran las palabras que reciben, que tales palabras desvelan su contenido, cosa que a menudo ocurre lentamente. Todas nuestras primeras percepciones de Dios y su verdad con imperfectas y están mezcladas con las falacias y los errores que producen los sentidos. No obstante, sus palabras, aun siendo poco entendidas, conllevan una auténtica bendición para quienes las reciben y aceptan, aunque la profundidad de la divina sabiduría que contienen esté más o menos oculta. ¿Quién puede abarcar y asimilar de una todo cuanto la naturaleza nos dice? ¿Quién puede entender de primeras todo lo que el Evangelio o los sacramentos del Evangelio contienen y anuncian? Así ocurre con los nombres de Dios. Aun cuando no se comprendan muy bien, desde el principio han estado diciendo lo que es la plenitud de Dios, y, por su gracia, el hombre caído ha sido capaz de recibirlo y aprovecharlo. Exactamente en la proporción en que los hombres caminaban con Dios, sus nombres y palabras se les abrían, pero, si le abandonaban, las mismas palabras se tornaban primeramente oscuras y después se pervertían para representarlo falsamente. Pues la palabra de Dios, si no es obedecida, se convierte en una maldición y una trampa hasta el punto de confirmar a los hombres en sus errores y engaños.

Esto era así con este primer y maravilloso nombre, «Elohim». La verdad que enseñaba era maltratada y transformada en mentira en la medida que el hombre se apartaba más y más de Dios «y adoraba y servía a la criatura más que el Creador». La verdad de la pluralidad que encierra «Elohim» (que dice: «No hay Dios fuera de mí») fue pronto pervertida e interpretada en sentido politeísta. Los diversos y multiformes poderes de la naturaleza, que habían sido creados para manifestar la plenitud de Dios, fueron vistos y adorados como diferentes divinidades. Como consecuencia, la relación de pacto entre Dios y sus criaturas se convirtió en la base de la creencia de que cada nación o pueblo tenía sus dioses tutelares, los cuales estaban especialmente relacionados con quienes los reconocían y servían. Así, cada país tenía sus propios dioses, «dioses de las colinas» o «de los valles» (Jue. 10:6; 1° Re. 11:33; 20:23, 28), cada uno de los cuales era adorado de acuerdo con la mayor o menor relación de intimidad que se pensaba tenían con determinados lugares o pueblos., Pues, mirando la naturaleza, el hombre caído vio poderes y fuerzas por todas partes: poder en el sol, que hacía a la tierra producir y florecer; poder en la tierra para sostener y nutrir a todas las criaturas; poder en el mar y en el aire, en el frío, en el rayo y en la tormenta. Cualquiera de ellos aparecía más fuerte que el hombre; algunos a veces le servían, pero podían también serle adversos, herirlo y matarlo. Así, el hombre habiendo desechado la verdad de que Dios es amor, se doblegó a los poderes que lo circundaban y los miró y adoró como a dioses. ¿No se da incluso ahora una adoración semejante? Ciertamente, el mundo siempre hace esto. El hombre es adorador por naturaleza, y si no puede confiar en un Dios de amor y de verdad, el verdadero «Elohim», de seguro que buscará ayuda en algunas de las fuerzas, visibles o invisibles, que lo

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