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Receta para un matrimonio

Receta para un matrimonio

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Receta para un matrimonio

Longitud:
166 páginas
2 horas
Publicado:
1 mar 2011
ISBN:
9788467198485
Formato:
Libro

Descripción

Rachel Palladia era adorada en Nueva York por sus postres, e iba a casarse con su prometido y jefe del prestigioso restaurante italiano en el que trabajaba… hasta que lo sorprendió en la cama con otra mujer.
Cuando éste decidió, además, reclamarle sus recetas, Rachel se volvió a casa, en Morrisville, Indiana, y le pidió a Colin Morris, abogado y su amor platónico del pasado, que la ayudara. Pero mientras preparaban su defensa, la relación entre ambos empezó a hornearse.
Ambos preparaban la receta del matrimonio perfecto. El único problema era que él estaba decidido a quedarse en la pequeña ciudad y ella añoraba las luces de Nueva York.
Publicado:
1 mar 2011
ISBN:
9788467198485
Formato:
Libro

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Receta para un matrimonio - Michele Dunaway

CAPÍTULO 1

RACHEL Palladia estaba hasta arriba, pero no de dinero, que era lo que necesitaba.

Lo maldito todo. No, lo maldijo a él. A Marco Alessandro, su prometido, de treinta y seis años. Bueno, su ex prometido. No iba a casarse con un hombre que pensaba que podía acostarse con la ayudante de cocina siempre que su libido se lo pidiese.

–Soy italiano –le dijo Marco cuando Rachel lo sorprendió en su propia cama con la ayudante de cocina–. Los hombres italianos tenemos amantes. Mi corazón siempre será tuyo. Serás mi esposa.

Rachel balbució un par de improperios, le tiró a la cara su anillo de diamantes y, después, donó la cama y las sábanas a la beneficencia. Hasta que pudiera comprarse otra cama, estaba durmiendo en un colchón hinchable que, al menos, era puro e inmaculado.

Rachel suspiró, golpeó la mancha blanca de harina que había encima de la mesa de trabajo, de acero inoxidable, y utilizó un rodillo de amasar para alisar la masa. Se había gastado varios miles de dólares en cosas para la boda que no podría devolver.

Y lo peor era que seguía trabajando para aquel hijo de… Rachel se contuvo. Su madre siempre decía que, desde que se había ido a vivir a Nueva York, con dieciocho años, hablaba como un camionero. Rachel tenía pensado moderar su vocabulario, pero el fracaso de su relación con Marco no la estaba ayudando.

Colocó la masa en los moldes y empezó a recortarla. Haber ido tan lejos para terminar así… Rachel se aguantó las ganas de lanzar por el aire la masa sobrante. Llevaba toda la vida trabajando en restauración. Empezó en la cafetería de su abuela, en Morrisville, Indiana. Después, en vez de ir a la universidad, asistió al Instituto Culinario Estadounidense. Y luego fue ascendiendo en distintas cocinas hasta aterrizar allí, como jefa de pastelería de Alessandro's, un elegante restaurante italiano situado en el noroeste de Manhattan.

No sabía cuántas mujeres habrían pasado por la vida de Marco antes de que ella lo sorprendiera con la ayudante de cocina una semana antes del día de San Valentín.

Se pasaría el Día de los Enamorados sola, lamentándose de las heridas y reprendiéndose a sí misma por no haberse dado cuenta antes. Debía de ser idiota. En esos momentos estaba atrapada, con un contrato con cláusula de no competencia que le impedía trabajar en ningún otro restaurante a ochenta kilómetros a la redonda. Lo que significaba que no podría trabajar en Nueva York, ciudad que le encantaba desde que llegó a ella en el verano de su decimoctavo cumpleaños. A no ser que Marco accediese a dejarla marchar, tendría que quedarse en Alessandro's o buscar trabajo en otra ciudad.

En Morrisville no había el ambiente que había en Nueva York. Era cierto que los rascacielos no dejaban ver el sol, pero las luces de neón y las multitudes generaban una energía inspiradora. A pesar de ser casi anónima en aquella ciudad de más de ocho millones de habitantes, Rachel nunca se había sentido rechazada, como le había ocurrido en el instituto.

–¿Qué, sobrevives?

Glynnis, la mano derecha de Rachel, se llevó los moldes y empezó a rellenarlos con la rica crema de chocolate.

–Estoy bien –le respondió ella, metiendo debajo de la gorra de béisbol que llevaba puesta los mechones de pelo moreno que sobresalían–. Ha sido una semana horrible. Por suerte, Marco ha estado en Italia. Creo que por fin seré capaz de enfrentarme a él cuando vuelva hoy.

–¿Crees que es lo suficiente hombre como para reconocer lo que hizo y seguir trabajando contigo? –le preguntó Glynnis.

Había terminado de rellenar los pasteles y los estaba metiendo en el horno.

Muchos restaurantes compraban los postres ya preparados, pero en Alessandro's todo se hacía allí. De hecho, durante los dos últimos años, los postres de Rachel se habían hecho tan populares que el restaurante los vendía a los clientes y a otros establecimientos. Como salía con Marco, Rachel se implicó en ayudar a hacer crecer el negocio familiar. Él le había dicho que, cuando se casasen, le daría la mitad del restaurante. Insistió en que los matrimonios lo compartían todo. Por suerte, no había compartido con ella ninguna enfermedad de transmisión sexual.

Rachel contuvo la ira. No entendía cómo había podido ser tan ingenua, cómo había podido pensar que Marco era su hombre ideal.

Hablaría con el muy… con él, se corrigió, cuando fuese a trabajar. Esperó estar preparada.

Se notaba cuando Marco Alessandro llegaba al restaurante. Era alto, carismático y tenía el aspecto de una estrella de cine. Todas las mujeres se giraban para mirarlo. Llegó a las cuatro en punto, saludó a sus trabajadores y después se aseguró de que todo estuviera preparado para la hora de la cena. El restaurante abría a las cinco. A las seis, ya tendrían una lista de espera de una hora, ya que no admitían reservas. Hasta los famosos tenían que esperar en la barra.

–Ah, Rachel –dijo Marco, acercándose mientras ella sacaba la última hornada de pasteles para el día siguiente.

Su turno terminaba a las siete. Varias cabezas se volvieron para mirarlos. La ayudante de cocina había dimitido el día después de que Rachel la sorprendiese con su prometido. Marco se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Ella mantuvo la vista fija en la pared del fondo y notó que, como siempre, olía a aftershave y a menta.

–Qué alegría verte. Te he echado de menos. Vamos a hablar a mi despacho.

Rachel dejó los moldes encima de una rejilla y lo siguió, fijándose en que iba impecable, con un traje negro de Armani, su habitual uniforme de trabajo.

Su presencia dominaría el salón y la cocina. Lo supervisaría todo, saludaría a los clientes mesa por mesa, y brindaría con ellos si había algún acontecimiento especial. Había convertido Alessandro's en uno de los restaurantes más populares de Nueva York. Su hermano Anthony prefería quedarse entre bastidores y trabajaba en horario de oficina. Era él quien llevaba todo el papeleo. Marco cerró la puerta tras de él y le hizo un gesto a Rachel para que tomase asiento. Él se instaló en su sillón de cuero y la miró fijamente.

–¿Te has calmado ya? –le preguntó sin más.

Ella ladeó la cabeza y frunció el ceño.

–¿Si me he calmado? –repitió con incredulidad, notando que se le aceleraba el pulso.

–Sí. Supongo que, después de una semana fuera, te habrá dado tiempo a superar el desafortunado incidente. Yo también he estado reflexionando y he pensado que tal vez no fui tan claro como debía.

–¿Que no fuiste claro? Estabas con la ayudante de cocina en nuestra cama, en mi cama, y luego me dijiste que los hombres italianos tenían aventuras.

Marco se ajustó la corbata roja al cuello.

–Sí, bueno, tal vez fue una falta de consideración por mi parte.

–¿Eso piensas?

Marco no parecía demasiado afectado.

–Se me había olvidado que tú también tienes sangre italiana. Por eso eres tan fogosa. Me equivoqué teniendo esa aventura. A partir de ahora, me corregiré. No quiero que nuestra relación se termine.

–Tal vez debieras haberlo pensado antes –replicó ella, furiosa–. El matrimonio es sagrado. Mis padres estuvieron casados treinta y dos años hasta que a mi padre le dio un infarto. El matrimonio de mis abuelos duró más de cincuenta. Hasta que la muerte nos separe. Monogamia. Fidelidad. Todas esas cosas son importantes para mí. Confiaba en ti.

–Y puedes volver a hacerlo –le dijo Marco, como si fuese tan sencillo–. Estamos hechos el uno para el otro. A mi madre le gustas. A mi hermano le encantan tus postres y que hayas ayudado tanto en el restaurante. Mi hermana jamás había aceptado ninguna de mis relaciones y se ha hecho amiga tuya. Somos tal para cual, Rachel. No quiero perderte. Por favor, perdóname.

Ella pensó que no había hablado de amor. Tenía veintinueve años, pero no le preocupaba cumplir los treinta a mediados de abril. Se había enamorado de la imagen de Marco, de hombre hecho a sí mismo. Tal vez aquello fuese lo único que le había atraído de él.

–Me temo que ya es demasiado tarde –le dijo.

–No lo entiendo –respondió Marco, metiéndose la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacando una caja pequeña, de color negro–. Aquí está tu anillo. Lo he hecho limpiar. Quiero volver a tenerte a mi lado, que es donde tienes que estar.

Rachel agarró su delantal. Nada más conocer a Marco, él se esforzó en conquistarla. Le regalaba flores, la invitaba a cenar, le compraba pequeñas joyas de Tiffany porque sí. No escatimaba en nada.

Tenía siete años más que ella; acababa de cumplir treinta y seis. A Rachel le pareció sofisticado y sensato. De su brazo, se había sentido como una princesa en el reino de Nueva York. Marco la había llevado a glamurosas fiestas, al teatro, y le había enseñado un mundo muy diferente del de Morrisville, Indiana, donde lo más emocionante era ir a la bolera, al bingo o a bailar al club de campo.

Rachel sentía claustrofobia en Morrisville, pero sus padres y sus abuelos adoraban vivir allí. Su madre y su abuela seguían haciéndolo, y eran muy felices. Ella no era feliz en aquel momento de su vida. Pensó que tal vez eso cambiaría al casarse con Marco, pero se había equivocado. Lo que había conseguido era ser todavía más infeliz.

Se quitó la gorra y se deshizo la coleta, dejando que los morenos rizos le cayesen sobre los hombros. Tenía procedencia italiana, aunque se consideraba, sobre todo, estadounidense. La herencia no le parecía tan importante, salvo si pensaba en el hombre que tenía delante.

–Marco, ¿me quieres? –le preguntó.

Él se quedó sorprendido.

–¿Por qué me preguntas eso? –inquirió indignado–. Por supuesto que sí. Te pedí que te casaras conmigo. Podría haber elegido a cualquier otra mujer, pero te elegí a ti porque eres especial. Te quiero.

Rachel se quedó allí sentada, con los brazos cruzados. Marco sabía que no debía acercarse. Normalmente, después de una pelea, la abrazaba, enredaba los dedos en su pelo y le susurraba al oído las palabras necesarias para arreglar las cosas. Si lo hubiese intentado en ese momento, Rachel le habría dado una bofetada. Sabía muy bien lo que sentía Marco. Sólo quería salvar su trasero, y proteger los ingresos del restaurante.

–No puedo casarme contigo –le dijo.

Él frunció el ceño, sorprendido.

–¿Qué? Aquí tienes el anillo. Vuelve a ponértelo y llamaremos al sacerdote para que nos reserve otra vez la fecha. Podemos arreglarlo todo. No repararé en gastos.

Ella suspiró. Marco no la haría cambiar de opinión.

–Marco, sé sincero. No me quieres. Te resulto práctica. Soy una gran cocinera. Tu familia me acepta. Pero yo jamás podré volver a confiar en ti. Ni siquiera podré volver a tocarte. Será mejor que terminemos y sigamos cada uno con nuestras vidas.

–Te estás burlando de mí –le dijo él, enfadado.

Ella negó con la cabeza.

–La gente termina relaciones todos los días. Tal vez la prensa publique algo de lo nuestro, pero tú eres Marco Alessandro, encontrarás el modo de hacer que la noticia atraiga a más clientes.

Él golpeó la mesa.

–Me temía que fueses a ponerte testaruda. Y Anthony también se lo temía. Así que me sugirió que fuese a ver a un abogado antes de marcharme a Italia.

–¿A un abogado? –repitió Rachel extrañada. ¿Para qué? Ya le había devuelto el anillo. No le debía nada más.

–Tienes un contrato con Alessandro's –le dijo él, levantando el volumen de voz–. Mientras eras mi prometida, ese contrato no era más que un trozo de papel. Una formalidad. Ahora que ya no quieres casarte conmigo, Anthony insiste en que yo… el restaurante, quiero decir… que supongo que todos debemos protegernos.

–Anthony –dijo ella–. ¿Qué es lo que quiere? ¿Me estás despidiendo?

–No, no –le contestó Marco enseguida. Tomó la caja del anillo

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