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Psicopatología básica

Psicopatología básica

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Psicopatología básica

valoraciones:
4.5/5 (14 valoraciones)
Longitud:
658 páginas
9 horas
Publicado:
Oct 20, 2012
ISBN:
9789586833325
Formato:
Libro

Descripción

Esta nueva edición de Psicopatología básica abarca en forma didáctica los conocimientos de esta ciencia del funcionamiento psicológico, en los aspectos patológicos de la conducta del ser humano Este texto es un aporte a la comprensión, a la luz del conocimiento actual, de conceptos psicopatológicos que intentan reiterar que el psiquismo humano, producto de una sofisticada evolución, funciona de una manera unitaria, global, profunda y compleja Aún en la anomalía el psiquismo no es una máquina productora de simples síntomas, y la manifestación de su funcionamiento unitario se expresa a través de la conducta humana
Publicado:
Oct 20, 2012
ISBN:
9789586833325
Formato:
Libro


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Psicopatología básica - Guillermo Hernández Bayona

PSICOPATOLOGÍA BÁSICA

Quinta edición, corregida y aumentada

GUILLERMO HERNÁNDEZ BAYONA

Reservados todos los derechos

© Pontificia Universidad Javeriana

© Guillermo Hernández Bayona

Primera edición: enero de 2001

Quinta edición: diciembre de 2013

Bogotá, D.C.

ISBN: 978-958-683-332-5

Número de ejemplares: 500

Impreso y hecho en Colombia

Printed and made in Colombia

Editorial Pontificia Universidad Javeriana

Carrera 7, N.° 37-25, oficina 1301

Edificio Lutaima

Teléfono: 320 8320 ext. 4752

www.javeriana.edu.co/editorial

Bogotá, D. C.

Corrección de estilo

Luisa Fernanda Arango

Diseño de cubierta

Sandra Restrepo (ladamaroja)

Diagramación

Margoth C. de Olivos

Desarrollo ePub

Lápiz Blanco S.A.S

Hernández Bayona, Guillermo

Psicopatología básica / Guillermo Hernández Bayona. -- 5 a ed. -- Bogotá : Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2013.

466 p. ; 24 cm.

Incluye referencias bibliográficas, glosario e índice.

ISBN: 978-958-683-870-6

1. PSICOPATOLOGÍA - MANUALES. 2. CONDUCTA (PSICOLOGÍA). 3. PERCEPCIÓN. 4. PSIQUIATRÍA - MANUALES. I. Pontificia Universidad Javeriana.

CDD                           781.63 ed. 20

Catalogación en la publicación - Pontificia Universidad Javeriana. Biblioteca Alfonso Borrero Cabal, S.J.

dff                                                         Julio 15 / 2013

Prohibida la reproducción total o parcial de este material, sin autorización por escrito de la Pontificia Universidad Javeriana.

Prólogo

En la enseñanza de la psiquiatría hay dos aspectos fundamentales para trasmitir al estudiante entusiasmo con su estudio: el primero, poder observar la habilidad del psiquiatra clínico para encontrar, a partir de la observación de la conducta del paciente y de la escucha del discurso, la presencia de los signos y síntomas propios de la psicopatología. Y el segundo, poder desarrollar coherentemente la capacidad de ubicar los hallazgos, signos y síntomas, en una de las dimensiones en que la semiología divide las funciones mentales.

El método para detectar el síntoma y el arte de describirlo constituyen los pilares de la psiquiatría descriptiva moderna, desarrollada principalmente en el último siglo a partir de los trabajos de Karl Jaspers y de Emil Kraepelin, quienes establecieron las bases de la psiquiatría científica contemporánea. Ellos, pero especialmente Jaspers, focalizaron su estudio en la descripción cuidadosa y en la organización de los síntomas y signos en síndromes, en su denominación y en su clasificación coherente dentro de un sistema de entidades y etiologías.

La publicación de la primera edición del General Psychopathology, de Jaspers, en 1913, imprimió trascendencia a la controversia, aún vigente, acerca del origen de los trastornos mentales y también de la dicotomía mente-cerebro.

La psiquiatría de hoy, afortunadamente, sigue teniendo el mismo carácter descriptivo de hace cien años, lo que nos permite seguir dedicados a escuchar con fascinación a nuestros pacientes y a encontrar en su relato, precisamente, los detalles semiológicos, psicopatológicos y clínicos, que usted, lector, va a encontrar en esta obra -ya en su quinta edición-, cuidadosamente replanteada, revisada y actualizada.

El autor es -antes que cualquier otra calificación- una persona sencilla y querida en el Departamento de Psiquiatría y Salud Mental y en general en la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana, en donde ha dedicado gran parte de su esfuerzo docente para ofrecer a los estudiantes un libro que sea de fácil acceso y lectura, que permita un tratamiento de los temas psicopatológicos que estén caracterizados por su profundidad, y con el objetivo de promover en los lectores una sana actitud crítica, ajena a dogmatismos y alejada de prejuicios.

Me queda por insistir en esta presentación acerca de la importancia que tiene esta Psicopatología básica, cuyos textos se convierten en un primer escalón para que el estudiante se adentre en el apasionante mundo de la psiquiatría. Para aquellos que comienzan su formación como especialistas, y también para quienes hemos acompañado al autor por largos años, tanto en el campo de la docencia como en el interés en el tema, es una obra bienvenida.

Es para mí una grata satisfacción ser el presentador de esta nueva edición, y a la vez, uno de sus primeros lectores.

CARLOS ALBERTO FILIZZOLA DONADO, M.D.

Psiquiatra y Psicoanalista

Director del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental

Pontificia Universidad Javeriana

Profesor titular de la Facultad de Medicina

Pontificia Universidad Javeriana

Introducción

Lo que no es absoluto, ni lombriz de tierra, es híbrido.

E. M. CIORAN

Han debido transcurrir millones de años antes de que la cadena helicoidal haya organizado los aminoácidos esenciales para generar la vida, y otros tantos para que de esta haya surgido el paleantrópido predecesor del primer homínido sobre la faz de la tierra. Aquí, un primer escollo intelectual: el del misterio del origen de la vida.

Si aceptamos la existencia de este primer homínido con esbozos de memoria, una incipiente conciencia, una que otra manifestación de un afecto primitivo, algún ocasional destello de inteligencia y de intencionalidad, estamos entonces ubicados cerca del día uno de la historia de la raza propiamente humana. Aquí surge un segundo escollo: el del misterio que representa un complejo proceso evolutivo con dirección ascendente que parece culminar en el claro dominio de una especie sobre las demás.

Llegados a este punto ya nos es familiar, así sea teñida del color ocre de lo lejano en el tiempo o en el afecto, esa figura del hombre primitivo que desde ya ha impuesto su dominio sobre la tierra, sobre otros seres de la naturaleza, sobre sus propios congéneres en muchos casos, y en no pocos, incluso sobre sí mismo. Armas de caza en piedras sin pulir o finamente pulimentada, cestos para almacenar y para utilizar lo almacenado más tarde, son indicios de un incipiente intento de dominio de espacio y tiempo. Invención de la rueda, elaboración de instrumentos que sirven para hacer otros instrumentos implican intencionalidad tecnológica, mientras la domesticación de la agricultura y del fuego son indicios válidos de cambios radicales en cosmovisión y en cotidianeidad. Estos y otros procesos no menos complejos, como el que implica la simbolización presente en todo arte rupestre, son algo más que las pruebas contundentes de que el nuevo habitante del planeta, llámese como se llame, ya está clara y evolutivamente separado de su predecesor zoológico.

Las ideas y las creencias no son fosilizables, como tampoco ninguno de los productos de la mente. Es evidente que detrás de la existencia de instrumentos, pinturas, cráneos y toda obra concreta de elaboración manual en la colección petrificada -que nos traducen de manera continua los antropólogos y los historiadores-, que detrás de cada fósil ha estado presente una mente capaz de diseñar en abstracto, realizar, pensar y comunicar; de dirigir con una intencionalidad que no podemos describir más que como humana. Así por ejemplo, detrás de la evidencia arqueológica de los cúmulos de huesos humanos del Musteriense, que comúnmente llamamos tumbas, encontramos en forma más que contundente la idea de la muerte, y quizás al lado de esta, algún tipo de creencia y muy posiblemente, un objeto de culto.

Ideas, creencias, prácticas de culto, mitologías e ideologías, reconocimiento del pasado, mirada al futuro, son logros psicológicos, productos de la mente, producto a su vez del funcionamiento de un cerebro altamente complejo y evolucionado.

Solo cuando se ha logrado tal complejidad por evolución y maduración, se han empezado a escribir las primeras páginas de la historia de una larga serie de civilizaciones solo posibles sobre el cimiento de unas muy sólidas culturas humanas. De ellas devendrán otros logros no menos espectaculares, como el dominio de lo infinitamente grande con las ya factibles exploraciones desde el espacio, de lo infinitamente pequeño con la fisión nuclear, de lo mecánico con los robots y de lo virtual con los chips. Las bacterias muy próximamente nos producirán insulina mientras ya se ha reproducido la vida in vitro y por clonación, y nos enceguecemos con el resplandor y nos tremolamos con el escalofrío de la lectura descifrada del genoma humano, cuyo impacto sobre la comprensión de lo psicopatológico es de prever.

El origen de cualquier hecho psicológico, y el origen de la mayor parte de los fracasos traducidos en el hecho psicopatológico, está en esa masa de apenas kilogramo y medio de peso, abovedada por la rigidez del cráneo, a la que llamamos cerebro. Y es precisamente dentro de este cerebro, en la compleja trabeculación de sus estructuras biológicas y en las conexiones que configuran el sistema nervioso central, en sus interacciones electroquímicas y moleculares en donde se realiza el más sofisticado producto del órgano total: la mente, el conjunto de lo que denominamos conciencia, y sus derivados, las funciones psicológicas. Solo el cerebro humano, producto de ese multimilenario proceso evolutivo, es capaz de producir lo que llamamos hecho o acto psicológico. Y solo ese cerebro humano es también capaz de producir psicopatología.

No he encontrado evidencia del primer hecho psicopatológico de la historia, pero es factible suponerlo en lo interrelacional, en lo cotidiano, en la intimidad de los primeros agrupamientos interpares, en el único escenario viable: en la relación con otro, en la comparación con otro, en la transgresión de lo impuesto por la cultura. Quizás aquí el conocimiento de la historia humana y de las civilizaciones es el que mayores luces nos aporta en la comprensión de rasgos y de perfiles que han adquirido el rango de lo psicopatológico en una forma universalmente aceptada, pues esa historia está casi siempre hecha por la secuencia de múltiples psicopatologías.

Por otra parte, la calificación de cualquier fenómeno como psicopatológico solo puede hacerse válida al haber examinado en su conjunto e interconexión dinámica no solo los puros factores psicológicos sino que debe incluir los factores biológicos que sustentan el funcionamiento psicológico de la personalidad en lo cotidiano, y los factores socioambientales que codeterminan las circunstancias en que se desenvuelve una conducta específica, pues es en la alteración de lo cotidiano y en la desadaptación al medio en donde se mide la magnitud de la anomalía.

De ahí que la propuesta metodológica de esta Psicopatología básica pretenda integrar en forma comprensiva la base biológica que sustenta cada función psicológica con el correspondiente funcionamiento en la vida cotidiana antes de entrar en la psicopatología de la función propiamente dicha. Además, esta propuesta quiere mostrar que la síntesis así obtenida se traduce en el funcionamiento global de la personalidad en el escenario privilegiado y en el observatorio singular de lo cotidiano. La premisa a partir de la cual se construye lo psicopatológico es sencilla: la perturbación de una función psicológica será tanto más grave si logra alterar el funcionamiento global del psiquismo, y si dicha alteración logra a su vez modificar el funcionamiento de la personalidad en la vida cotidiana y producir, en última instancia, perturbación del proceso global de adaptación.

Este es un libro de psicopatología básica. En cuanto tal, no tiene pretensiones adicionales a lo que su título indica. Debe ser entendido entonces como un intento -a veces en exceso simplificado, a veces incompleto- por hacer comprensible al lector una forma particular de aproximación al complejo conocimiento de la mente enferma, en el contexto de un área de estudio que hasta hace poco estaba en su mayor parte inexplorada. El hecho objetivo que enfrentamos es que no se poseen aún suficientes herramientas específicas y adecuadamente validadas, con las cuales abordar de una forma más científica algo que es hasta hoy, a pesar de los innegables avances revolucionarios de las dos últimas décadas en el campo de las neurociencias, altamente desconocido.

Sin embargo, la contundencia del nuevo conocimiento nos ha obligado incluso a tener que desaprender conocimientos ya aprendidos, a tener que renunciar a las falsas seguridades de conceptos absolutos, y a aprender y adoptar otros más relativos. Así, en muy corto tiempo hemos intentado eliminar la dicotomía mente-cuerpo; hemos abdicado del concepto simplista de neurona muerta, neurona no reemplazada; hemos empezado a hablar con alguna propiedad de neurogénesis, de prunning, de plasticidad neuronal, de neuroerosión, de códices corticales, de modelos cognitivos.

A pesar de las limitaciones señaladas, y al hecho de tener que recurrir en la práctica, con mucha frecuencia, a conocimientos fragmentarios o a lo que pensamos que son aproximaciones adecuadas a la realidad de la intimidad cerebral, es a la postre, con dichos fragmentos -parciales- con los que debemos -en esta particular etapa del conocimiento- intentar la comprensión del mapa completo de dicha realidad. Esta es, guardada las proporciones, la forma como funciona nuestro cerebro, cuando al disponer solo de fragmentos de información debe con ellos construir toda la realidad.

Así entonces, este libro ofrece fragmentos de la actualidad del conocimiento, y, de eso no hay duda, no la totalidad del mismo, pues algunos -¿muchos?- de los elementos que constituyen esa verdad permanecen aún desconocidos, o no han sido completamente validados. El mapa resultante sirve, sin embargo, como una plataforma desde la cual otear un extenso horizonte plasmado por los múltiples desafíos de una terra incógnita, con la sola ayuda de la brújula de algunas explicaciones que resultan razonables para permitir hacer aproximaciones cognitivas, con las cuales acercarnos a la realidad del conocimiento actual sobre la naturaleza de la mente enferma.

Solo muy recientemente, en particular gracias al armamentarium terapéutico y a la gigantesca investigación de la neurobiología molecular hemos empezado a conocer la intimidad de los soportes de la conducta humana normal y sobre todo de la patológica. Es por ello que en un futuro próximo debemos reformular algunos paradigmas de la psicopatología clásica tal y como hoy la conocemos.

Psicopatología

Definición y conceptos básicos

A partir de la segunda mitad del siglo XX se ha desarrollado una vasta investigación -principalmente en el campo de las neurociencias-, que ha permitido hacer aproximaciones más objetivas y ajustadas al hecho del enfermar psíquico, que se manifiesta a través del síntoma psicopatológico.

Sin embargo, la enorme cantidad de información y de evidencia científica aportadas han sido tan variadas, masivas y de tal magnitud novedosas, que en una forma en apariencia paradójica han producido un efecto de crisis dentro de la psicopatología, pues muchos de sus presupuestos clásicos o tradicionales se han mostrado explicativamente insuficientes, y algunos de los criterios previos en los que se basaban algunos supuestos básicos han sido superados por los nuevos hallazgos.

Ni el mismo síntoma -unidad elemental de análisis-, materia del estudio formal de la psicopatología, ha resultado incólume. De hecho, está en el centro de polémicas epistemológicas y de desafíos académicos, como los planteados por la escuela de Cambridge: ¿puede el síntoma ser entendido simplemente como la liberación de conductas atávicas ya existentes en los periodos evolutivos previos?; ¿los síntomas mentales han cambiado en el tiempo?, y si lo han hecho, ¿ha sido por moda o por una reconceptualización de lo que se observa en estos mismos?; ¿todos los síntomas mentales ya han sido descritos, o algunos aún no lo han sido?; ¿ha habido cambios genotípicos y fenotípicos en la enfermedad mental?; ¿los síntomas son episodios o procesos?; ¿puede el estómago (y no solo el cerebro) generar síntomas mentales?"¹.

La discusión no es vana, pues es a partir del estudio del síntoma que la psicopatología descriptiva (la lengua y el lenguaje de la psiquiatría) permite conceptualizar el hecho psicopatológico para asociarlo con la conducta anómala, y esta a su vez correlacionarla con un área topográfica cerebral específica sobre la que se asienta la función cerebral² involucrada.

Sin embargo, a veces la discusión se contamina y se torna estéril porque -hay que señalarlo explícitamente-, a pesar de que como lenguaje, la psicopatología tiene su propia gramática, sus propias reglas y su propios códigos lingüísticos, estos no siempre coinciden con el lenguaje simplista de los glosarios de los manuales estadísticos del DSM y el CIE, los cuales con sus check lists parecen haber fomentado las confusiones terminológicas, conceptuales e ideológicas en las que se mueve lo psiquiátrico; además, a su manera esas listas de chequeo han contribuido, con sus propias rigideces y limitaciones, a que se produzca lo que algunos han llamado la hecatombe de la psicopatología³, la simplificación extrema de los conceptos.

Es por todo esto que cada vez se hace más evidente el hecho de que el lenguaje psicopatológico requiere de una actualización que permita redefinirlo, adecuarlo a las nuevas realidades y liberarlo de prejuicios y de simplezas conceptuales⁴, entre otras cosas, no solo porque han cambiado las técnicas de evaluación y el conocimiento de ellas derivado, porque han surgido otras técnicas nuevas verdaderamente revolucionarias (electroencefalografía computarizada, magnetoencefalografía, PET, SPECT y RMF), que aportan otros conocimientos adicionales que por sí mismos justifican las necesarias reevaluaciones y revaluaciones conceptuales, sino porque en lo fundamental el ejercicio de la psiquiatría depende de la correcta aplicación del lenguaje psicopatológico⁵.

Sea como fuere, en una forma genérica se puede decir que la psicopatología es el conjunto ordenado de conocimientos relativos a las anormalidades de la vida mental en todos sus aspectos⁶, o, en forma más específica, la ciencia que permite la identificación de los trastornos del funcionamiento de la personalidad⁷. Así, a través del conocimiento aportado por la psicopatología se llegan a comprender, de manera más integral, las causas del enfermar psíquico.

Se definen como patológicos solo aquellos elementos que logran trastornar el funcionamiento psicológico en forma global y perturban la adaptación del sujeto al mundo circundante. Entonces, por dolorosa que sea la respuesta del psiquismo, no siempre es psicopatológica ni implica enfermedad.

La psicopatología estudia:

Las respuestas patológicas del psiquismo susceptibles de producir desadaptación, al perturbar en forma significativa el funcionamiento psicológico global.

Las respuestas emocionales que se generan como defensa adaptativa frente a la disfunción del psiquismo.

Las reacciones psicológicas que, aunque se apartan de la homeostasis, no son en sí mismas patológicas.

La labor del médico consiste en determinar cuándo un elemento aparentemente psicopatológico está en relación con una enfermedad mental o cuándo es una respuesta sana del psiquismo frente a la perturbación. Por ejemplo: cualquier tipo de pérdida de algo que sea significativo para el Yo se vive dolorosamente desde el punto de vista emocional, y esta puede ser una reacción sana y normal ante la pérdida. No sentir tal dolor puede ser lo anormal.

Por otra parte, la respuesta dolorosa puede convertirse en psicopatológica cuando reúne ciertos criterios tales como:

Ser desproporcionada a la causa que la produce.

Cuando no se resuelve satisfactoriamente en un tiempo prudencial.

Cuando no hay causa objetiva ni aparentemente subjetiva que produzca la respuesta psicopatológica.

Todo el funcionamiento psicológico depende de la integridad y normofuncionamiento del sistema nervioso central (SNC), y su principal órgano, el cerebro. Es decir, para que se den las funciones psicológicas normales, la estructura neurológica que las soporta debe estar funcionando correctamente.

El SNC del ser humano es la estructura más compleja de todo el organismo, y ha debido sufrir múltiples cambios que lo han perfeccionado a lo largo de toda la evolución filogenética en el transcurso de miles de años.

En cada ser humano individual se dan también múltiples cambios evolutivos determinados por el desarrollo ontogenético que implican la maduración y mielinización del sistema, que se logran desde el estadio embrionario, el fetal y el de los primeros años de vida, hasta alcanzar plenitud en las etapas adultas tempranas.

Con el paso de los años, paralelo a todo el proceso de involución biológica, más visible en la senectud, hay un deterioro progresivo de la estructura neurológica y también del funcionamiento psicológico global.

Además de la complejidad propia de la estructura neurológica, esta tiene interdependencia con lo que ocurre dentro de la misma, en sus funcionalidades y en su propia dinámica, al nivel de los sistemas de neuroconducción eléctrica y neuroquímica.

Es decir, que no en todos los momentos de la vida los funcionamientos neurológico y psicológico son iguales, sino que hay etapas del desarrollo, con características peculiares, que determinan el funcionamiento propio de cada una de ellas, y momentos disfuncionales posibles en cada una de las mismas.

Ahora bien, sabemos que hechos psicológicos tales como el acto cognitivo y la complejidad de la conducta específica no dependen precisamente de específicas localizaciones en el cerebro, sino que el córtex funciona como un todo para todos los procesos mentales. Tanto más complejo es el proceso, y lógicamente este resultado que tan solo es un acto mental, en su individualidad, trasciende lo puramente biológico para ser expresión de lo psicológico.

La existencia de un psiquismo humano es producto de las interacciones del SNC con el medio en el que se desenvuelve la existencia humana y con los productos de esta canalizados a través de la cultura y expresados a través de lo cotidiano.

Los fenómenos psicológicos tienen aspectos claramente observables y objetivos en sí mismos, o a través de su expresión, en la conducta humana, y aspectos que aunque observables no son fácilmente objetivables por ser, en esencia, subjetivos, aun cuando forman parte de esa misma conducta humana.

Del resultado del funcionamiento normal y del funcionamiento anormal de la globalidad de dinamismos se deriva la complejidad de la conducta humana adaptada, o incluso con mayor complejidad -por desconocida- la conducta enferma o desadaptada.

De ahí que la psicología como ciencia positiva de la conducta y como conjunto de fenómenos observables y verificables⁹, aporte a la psicopatología la base del conocimiento del funcionamiento normal para que, desde allí, lo psicopatológico pueda ser integrado y comprendido. Hecha esta integración, la psicopatología aporta dichas comprensiones a la psiquiatría, de la cual es su ciencia básica.

Por supuesto que el campo de la psicopatología recibe aportes de conocimiento desde múltiples ciencias y campos del saber, pero son los aportes derivados desde la comprensión de la función biológica, desde la comprensión del hecho psicológico como producto derivado natural de ella, y desde la comprensión de la conducta global expresada en la vida cotidiana, las que nos aportan las herramientas de abordaje del funcionamiento de la mente y de su principal logro: el acto psicológico.

Del acto psicológico desconocemos aún muchas cosas, por ejemplo, qué y cómo se origina y elabora la vivencia subjetiva de culpa; conocemos un poco mejor algunas otras, como el porqué utilizamos con mayor frecuencia ciertas estrategias defensivas contra la angustia; y hemos establecido bien unas muy pocas si se quiere, pero claves, como la identificación de la relación e interacción entre serotonina y depresión.

El hombre siempre ha estado y está expuesto a lo largo de su vida a enfrentar dificultades, a tener problemas de una u otra naturaleza, a ver frustrados muchos de sus anhelos, a sufrir, enfermar y morir. En algunos intervalos de su vida, también a sentir satisfacciones por necesidades satisfechas, por sus logros, por la resolución asertiva de problemas y conflictos. En otras ocasiones a disfrutar de la armonía interna en concordancia con su bienestar externo. Todo ello es posible, en la medida en que su psiquismo le provee de mecanismos para adaptarse a las vicisitudes de la vida, y de mecanismos que normalmente le ayudan a disminuir la angustia propia de la existencia y la angustia de sus propios conflictos emocionales.

Los conflictos emocionales son susceptibles de presentar manifestaciones externas al psiquismo y perturbar no solo el funcionamiento psicológico sino también el organismo biológico.

El psiquismo humano tiene unos componentes conscientes, otros preconscientes que en determinadas circunstancias acceden a la conciencia o en otras son desplazados hacia el inconsciente, y otros componentes puramente inconscientes que por definición escapan al control de la conciencia.

La psicopatología aborda el conocimiento de los tres aspectos del psiquismo (conscientes, preconscientes e inconscientes) y profundiza en la comprensión del funcionamiento psicológico de los mismos, ya que la mayor parte de los conflictos emocionales suelen involucrar aspectos inconscientes, y parte del comportamiento tiene también como base fuerzas procedentes del inconsciente.

Cuando los conflictos inconscientes permanecen sin resolverse generan angustia; esta cuando es creciente o no ha sido debidamente neutralizada por los propios mecanismos de defensa dificulta la adaptación, genera más padecimiento y produce enfermedad.

El psiquismo humano posee mecanismos de defensa contra la angustia generada por conflictos inconscientes no resueltos. Tales mecanismos de defensa son por definición:

Inconscientes: no hay mecanismos de defensa conscientes.

Universales: están presentes en todos los hombres, independiente de su raza, cultura, ideología, edad o condición.

Innatos: se nace con ellos.

Automáticos: su control no depende de la conciencia.

Los mecanismos de defensa sirven para reprimir, neutralizar o modificar la angustia, y en consecuencia facilitar la adaptación a la realidad.

Ningún mecanismo de defensa es patológico en sí mismo¹⁰ y ninguno se utiliza aisladamente (ver Apéndice I). Lo adaptativo dependerá de lo primitivo o maduro de los mecanismos utilizados, y de su masividad, estereotipación o especificidad. Por otra parte, representan un intento de adaptación y, simultáneamente, una defensa contra la angustia.

Con los recursos propios del psiquismo y, entre ellos, con los mecanismos de defensa, el hombre intenta defender su propia homeostasis y su adaptación al medio. Cuando fracasan los recursos del psiquismo, y los mecanismos de defensa son insuficientes o inadecuados, la angustia de los conflictos desborda el control del Yo, desadaptando y enfermando emocionalmente al hombre.

En el psiquismo hay una base instintiva y una base racional. El instinto fue y es la base de la supervivencia del hombre como especie, ya que el instinto busca satisfacer necesidades básicas para la vida: el instinto de satisfacción del hambre, la sed, el abrigo, el sexo reproductor, el control de la temperatura corporal, etc. Cuando el instinto se satisface, el psiquismo produce en forma automática la sensación de placer. Cuando no se logra esa satisfacción a un instinto, se generan en forma automática sensaciones de insatisfacción, frustración y dolor emocional.

El hombre primitivo, el niño y la persona con grave enfermedad mental tienen un predominio de exigencias instintivas, y como el instinto exige en forma perentoria y masiva su satisfacción, se dice corrientemente que su conducta está regida por el principio del placer.

El hombre adulto, emocionalmente maduro y de manera satisfactoria civilizado, ha logrado un aceptable control de sus instintos y un predominio de su razón; por ello, se le facilita mejor la vida adaptativa en sociedad: ha aprendido a reprimir socialmente ciertos instintos, ha aprendido por experiencia a aplazar la satisfacción de otros y ha aprendido a sustituir la satisfacción instintiva por otras satisfacciones socialmente más aceptables. También ha aprendido a lo largo de los años de evolución de la especie, a sublimar necesidades instintivas. Por ello, el hombre ha avanzado hacia formas más civilizadas de vida gracias al desarrollo evolutivo de su propio psiquismo, por lo cual es cada vez menos instintivo y más razonable (o por lo menos esto es lo que se espera). Es decir, su conducta está regida ahora por el principio de realidad, que le implica haber aprendido a reprimir, sustituir, sublimar o renunciar a ciertas satisfacciones instintivas cuya satisfacción incontrolada le representaría dificultades para vivir en sociedad y para adaptarse a su medio.

El proceso de socialización, entendido como el que facilita la adquisición de conocimientos, habilidades y disposiciones que le permiten al individuo participar en forma más o menos efectiva como miembro de un grupo social, es complejo, pero está siempre presente en el hombre. Desde el nacimiento el niño aprende, bien por imitación de modelos que pueden ser reales (padres) o simbólicos (TV, cine, cómics), o por experiencia directa (a partir de la historia cotidiana de la crianza, de pautas de alimentación e higiene), las habilidades sociales que más adelante, cuando tenga acceso a otras capacidades instrumentales más individuales y sofisticadas, le van a inhibir, desinhibir, facilitar o crear nuevas conductas, más ajustadas o no, a dicho proceso de socialización. Es a partir de este proceso y en el escenario de la vida cotidiana donde se desarrollan los influjos de la cultura (pautas de socialización y crianza, formación de valores, creencias, asignación de roles, maneras de ejercer la autoridad, delimitación simbólica de espacios) y sus sistemas normativos (reglamentaciones que regulan la vida social y definen los límites y fronteras de lo correcto y lo incorrecto, lo socialmente aceptable e inaceptable, lo específicamente masculino o femenino, lo aprobado o reprobable) que, en últimas, van a regular incluso los comportamientos que pueden ser socialmente considerados como normales o patológicos¹¹.

Un campo de estudio novedoso surge cuando el uso de las aplicaciones multimedia pueden correlacionarse con la psicopatología; por ejemplo, con el uso psicopatológico que puede hacerse de Internet con resultados de explotación sexual, adicciones o suicidio, y aunque cuyo manejo no es destructivo por sí mismo, sí puede, en determinadas circunstancias, conducir a problemas psicopatológicos o agravar los ya existentes. Pedófilos pueden introducirse a sesiones de chat y manipular adolescentes que les ayudan en encuentros patológicos con niños; adicciones a juegos estilo casino son ahora posibles y, de hecho, inductores de tendencias adictivas que pueden conducir a desastres financieros; individuos predispuestos al suicidio pueden encontrar en sitios web prosuicidio instrucciones precisas para lograrlo. Esquizoides, introvertidos o individuos con pobre autoestima o dificultades de integración social pueden aislarse socialmente más y privilegiar el uso solitario de la comunicación impersonal o despersonalizad¹².

El hombre debe enfrentar sus propias dificultades internas y las que se le presentan en el medio donde vive. Estas son las vicisitudes del diario vivir (las vicisitudes de la, y en la vida cotidiana). Esas vicisitudes a veces toman un curso normal de enfrentamiento y resolución; otras, su solución se frustra y entonces se ve abocado al sufrimiento creciente, a la angustia, a la patología, a la enfermedad. En este momento es cuando habitualmente se da la relación médico-paciente (ver Apéndice II).

Parte del trabajo psicopatológico se origina en el intento de comprensión, no solo del fracaso de los procesos evolutivos de maduración biológica y de socialización sino, más a menudo, de los elementos de perturbación en relación con situaciones específicas de la vida cotidiana y del sufrimiento emocional en lo cotidiano, en individuos con aceptable maduración biológica y madurez psicológica. Aquí no solo se interesa por entender cómo se generan las creencias o cuál es el proceso de internalización de las normas, sino también por entender por cuáles mecanismos se llega a vivenciar, por ejemplo, la culpa frente a situaciones que confrontan códigos de control más subjetivos que sociales, pero que en últimas repercuten en la funcionalidad del individuo en la vida cotidiana. Por todo ello, la psicopatología continúa siendo la ciencia básica de la psiquiatría, y su conocimiento fuente de comprensión de la conducta.

A pesar de que en términos generales es cierto que lo que se sabe hoy -por definición- es más verdadero, mejor y superior a lo que se sabía ayer¹³, y que esto aparece respaldado por una verdadera inundación de informaciones técnicas y científicas, en realidad, en la comprensión de los cambios cerebrales que generan algunos síntomas psicopatológicos, hay todavía muchos vacíos que llenar.

Hasta 1970 todo lo que podíamos ver del cerebro vivo eran sus arterias, venas y cavidades, mediante procedimientos molestos -cuando no, riesgosos para el paciente-. En cuanto a la función, nadie soñaba con ‘verla’, y todo el conocimiento anatómico y funcional del cerebro era indirecto¹⁴.

Como resultado de las nuevas aplicaciones, hoy es posible ver la función cerebral, hacer el mapeo de funciones corticales e intervenir focalizadamente (sin necesidad de utilizar métodos invasivos, medios de contraste o trazadores tóxicos); todo esto permite acceder a una mejor y más nítida observación on line en tiempo real del cerebro y de su función, y a partir de ellas obtener mejores comprensiones del fenómeno psicopatológico y mejores comprensiones en la relación dinámica entre función cerebral y psicopatología.

De hecho, con los nuevos aportes de las neurociencias, de las nuevas aplicaciones tecnológicas y de la investigación cerebral de la especialización funcional hemisférica cerebral, se han podido identificar en forma más comprensible y comprehensible las correlaciones clínicas entre la neurología (causal de e implícita en), la psicopatología y la neurología de los síndromes psiquiátricos secundarios a enfermedades neurológicas definidas¹⁵.

Solamente en aras de una metodología que intenta ser pedagógica han de entenderse las funciones mentales descritas en este manual como funciones artificialmente disecadas, dado que en la realidad ninguna función psicológica actúa, ni en los casos patológicos, en forma aislada de las demás.

Conceptos generales sobre sistema nervioso y psicopatología

Solo los seres vivos que tienen movimiento dirigido necesitan algún tipo de sistema nervioso (SN). El sistema nervioso más primitivo está organizado alrededor de dos ejes básicos llamados el eje motor y el eje sensorial, que en su forma elemental, como arco reflejo, permiten tener reacciones, y en su forma evolutiva más sofisticada hacer predicciones en las cuales basarse para elegir un movimiento en una dirección predeterminada.

A partir de las formas metazoarias más primitivas en las que el SN es una red difusa de células y fibras, que solo se comunica por contigüidad, pasando por medusas y anémonas, que son los primeros seres con un sistema nervioso simple (células sensoriales que responden a estímulos químicos que les permiten una amplia complejidad de actos motores), se van logrando mejoras evolutivas, las cuales, por los efectos del desarrollo paralelo de los órganos de los sentidos y de sucesivas mutaciones genéticas¹⁶, van definiendo las características específicas de los diferentes sistemas nerviosos, lo que a su vez permitirá hacer más acentuadas las diferencias entre las especies, pues cada una de ellas, por su parte, a partir de ese punto desarrollará y seleccionará el tipo de sistema nervioso que mejor pueda responder a sus particulares necesidades de adaptación —función clave en la supervivencia de la especie-.

Así entonces, la evolución de un SN básico es el que le permite a algunas especies desarrollar un sistema nervioso central (SNC), como es el caso específico de los vertebrados, y que en el caso específico de los homínidos es en donde encuentra su mayor logro gracias a su gran complejidad estructural, potencia funcional y un notable aumento del tamaño global del cerebro.

En el hombre, aunque el desarrollo embriológico repite en grandes etapas el desarrollo evolutivo filogenético del cerebro, aún faltan varios pasos adicionales: después del nacimiento se deberá seguir una específica tarea de maduración complementaria y un ulterior periodo prolongado de aprendizajes y de moldeamiento social y cultural.

Como resultado de todo ese proceso, el SNC humano ha logrado especializar funcionalmente sus estructuras biológicas, desarrollando un órgano principal, el cerebro, que está conectado a un centro de integración sensomotora, y que gracias a una extensión nerviosa, la médula, puede tener acceso rápido a toda la estimulación procedente del exterior.

En la parte alta del tallo encefálico, correspondiente al llamado cerebro reptil (cerebro R, identificado como el más antiguo y menos evolucionado), se encuentran las estructuras primitivas que se relacionan con el estado de alerta (arousal), los ritmos circadianos, los ciclos sueño-vigilia, aquellas estructuras que permiten el registro y la acumulación de memorias elementales y las que manejan los elementos instintivos que están innatamente incorporados en las actividades de supervivencia, la defensa de la prole, la territorialidad, la agresión y la búsqueda de alimento. Su actuación es instintiva, refleja, masiva e impulsiva.

Un paso evolutivo adicional, correspondiente al cerebro mamífero (cerebro M), permite la aparición del paleocórtex que da origen al sistema límbico, el cual permite modular las respuestas instintivas primarias, permitiendo con ello adquirir algún tipo de integración de actos con expresión emocional, y de emociones básicas con memoria (pero sin conciencia, pues esta función aún no había aparecido en la evolución filogenética hasta ese momento).

De esa manera, dicho SNC se convierte luego en una fuente importante de generación de estados de ánimo y emociones más elaboradas que las previas. En este estado evolutivo, las memorias ya están asociadas a diferentes manifestaciones afectivas, y en estas estructuras centroencefálicas y límbicas es donde aparecen los rudimentos de la autoconciencia¹⁷.

En un nivel evolutivo superior se desarrolla el cerebro humano (cerebro H), cuya corteza cerebral es el sitio en el que "la materia es transformada en conciencia"¹⁸.

El último nivel evolutivo alcanzado hasta el momento está representado por la neocorticalización cerebral (principalmente de los lóbulos frontales), que permite hacer representaciones mentales del mundo y de la realidad, realizar conductas con memoria y con conciencia, tener ideas e inspiraciones y ser el asiento de las funciones superiores del hombre, de su moralidad, de la cultura y de la civilización.

Algunas estructuras primitivas del cerebro R aún se conservan funcionales -al menos parcialmente-, pero por los procesos de cefalización y corticalización en su mayoría quedan supeditadas al control de estructuras más evolucionadas que las previas -cerebro M-, y de las más complejas, novedosas y revolucionarias -cerebro H-, en el que los centros de asociación cortical permiten la selección final de los estímulos, ya que estos centros de asociación dejan discriminar la importancia de cada estímulo comparándolo con otros y con las experiencias previas, lo que en últimas posibilita determinar los actos motores o las conductas más adecuadas, permitiendo con eso el desarrollo de la principal función cerebral: la predicción, que llega a ser de esta forma una función filogenéticamente más antigua que la conciencia.

En el caso específicamente humano, el último desarrollo cerebral también permite la generación de la mente y de la actividad mental. Junto a la actividad consciente dan la posibilidad infinita de lucrarse de su resultado, los "productos del intelecto", la creatividad y las llamadas "actividades superiores de la mente". Esto solo es posible en esta escala cuando se logra, como ya se ha señalado, la neocorticalización de los lóbulos frontales, centro de mando del director de la orquesta cerebral y centro de cómputo de toda la actividad cerebral¹⁹.

I PARTE

PSICOPATOLOGÍAS DESDE UN CEREBRO PRIMITIVO

Lo sensomotor y lo afectivo como núcleos organizadores del psiquismo

Como resultado de la evolución, en el SNC humano hay un sistema neuronal sensorial especializado en la recepción de toda la estimulación externa (del medio ambiente), y otro sistema especializado en la recepción de toda la estimulación interna (del propio organismo). Como complemento, hay centros de integración sensorial encargados de la unificación y codificación de los estímulos, tanto externos como internos, que han de llegar a la corteza cerebral, que es quien los procesa e interpreta, y de quien depende la respuesta selectiva -generalmente motora- a dicha estimulación.

En un cerebro acortical filogenéticamente antiguo pueden identificarse el tálamo y los ganglios basales.

El tálamo está fundamentalmente encargado de recibir y procesar información procedente del mundo externo, mientras que el hipotálamo hace el registro de los estados internos (homeostasia, líquidos, temperatura).

Se resalta la función integradora de todas las percepciones que realiza el tálamo. La función del tálamo es la que permite integrar y sincronizar toda la experiencia: al integrar la información somatosensorial, por ejemplo, permite a la corteza parietal formar la imagen corporal.

El tálamo, además, es necesario para integrar el reconocimiento de un objeto, con su utilidad, con su función y con su nombre específico, es decir, es necesario para formar el link o el enlace con la memoria autobiográfica²⁰. En una forma patológica, tales enlaces se fragmentan o se desintegran, tal y como se observa en el Alzheimer.

Los ganglios basales se encargan del comportamiento y la acción motora.

Entonces, el árbol de activación está dividido en dos ramas: la dorsal, que se proyecta en la maquinaria subcortical de la percepción, y la ventral, en la de acción, y se constituye en un organizador fundamental de la actividad cerebral²¹.

En ciertos estados funcionales del cerebro se generan imágenes cognitivas sensomotoras capaces de producir un estado que puede resultar en una acción²². Para que el proceso sea útil, los estímulos externos deben tener ciertas cualidades que les permitan ser registrados por los órganos de los sentidos, y ser transformados (desde su origen físico o químico) en un impulso eléctrico, el cual ha de desencadenar una cascada de reacciones químicas (neurotransmisores, neuromoduladores y hormonas)²³, que se convierten en el medio privilegiado de comunicación interneuronal.

Los grupos neuronales son sincronizados primariamente por marcapasos específicos y por ritmos circadianos; sus señales a su vez, serán ulteriormente resincronizadas por el haz tálamo cortical que los modula hasta su llegada al sitio de recepción, en áreas específicas de la corteza cerebral.

La corteza somatosensorial, que siente cualquier toque de piel, y la corteza motora, que mueve cualquier músculo, cambian fisiológicamente como resultado de la experiencia (y por efectos de un fenómeno de neuroplasticidad). Este cambio es registrado como percepción.

La percepción viene a ser entonces "la validación de las imágenes sensomotoras generadas internamente por medio de la información sensorial, que se procesa en tiempo real y que llega procedente del entorno. Constituye la base de la predicción"²⁴.

La generación de los patrones necesarios para lograr un movimiento coordinado y traslacionalmente activo, más allá de la actividad puramente refleja, es compleja. Se sabe de ellos que la adquisición de un cerebro es un requisito evolutivo, que surgen de la actividad neuronal intrínseca de la médula espinal y del tallo cerebral, que es en el cerebelo donde se procesa la mayor parte del control motor (coordinación motora) necesario para realizar cualquier secuencia motora simple, y que es el sistema olivo cerebeloso quien se encarga de optimizar y simplificar el control motor.

Resulta útil para comprender la complejidad de la motricidad, hacer la observación consciente propuesta por Goldberg, sobre todo lo que hace el cerebro en una mañana rutinaria²⁵ -desde el momento en el que suena el reloj despertador hasta el momento de salir temprano de casa-, o reflexionar en lo propuesto por Llinás sobre lo que representa en términos de actividad cerebral tan solo el movimiento para alcanzar una botella de leche del refrigerador (acto que involucra cerca de cincuenta músculos, por lo que habría más de 1015 posibles combinaciones de contracciones musculares, lo que implica tomar 1018 decisiones por segundo)²⁶.

Este control cerebral del movimiento organizado y

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