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Ruinas de carne y hueso

Ruinas de carne y hueso

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Ruinas de carne y hueso

Longitud:
306 página
4 horas
Publicado:
Mar 10, 2014
ISBN:
9788494232572
Formato:
Libro

Descripción

Segunda novela de este joven talento de las letras.
La historia gira al rededor de cuatro jóvenes personajes envueltos en el enredo y pasiones más truculentas. Heredero de la novela gore americana de los ochenta y de las influencias inevitables del género de terror japonés, lo que aporta una cierta carga simbólica, esta novela no es apta para cardiacos. Narrada con el virtuosismo de un autor que desgrana con meticulosidad el alma de los distintos personajes en una atmósfera a veces atosigante. Una novela gráfica, ilustrada por el dibujante navarro Javier Álvarez Vidaurre que hace a la narración tomar más viveza si cabe.
Publicado:
Mar 10, 2014
ISBN:
9788494232572
Formato:
Libro

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Ruinas de carne y hueso - Juan Luis Vera

todo.

PRIMERA PARTE

1

9:04 a.m., 13 de Mayo de 2007

La porquería y el desorden otorgaban relieve al suelo embaldosado del reducido cuarto. Pero no eran nada al lado del cuerpo desnudo que se encogía tembloroso, la espalda adosada contra el rincón más sucio y oscuro de todos. En las paredes quedaban restos chorreantes de variadas sustancias, diversas en colores, repulsivas por igual.

Mel se encogía cada vez más en su rincón, casi podía fundirse con la mugre de las paredes que la rodeaban. De alguna manera, eso le hacía sentir mejor, notaba su cuerpo ingenuamente menos maculado al contactar con la inmundicia que inundaba su alrededor, de la que ella no podía evitar sentirse parte.

Pero no deseaba ver nada. Solo miraba al suelo a través de los huecos de su cuerpo encogido. Sabía que no había escapatoria. Nadie vendría a ayudarla; en aquel lugar ya habían sido destrozadas muchas personas, o al menos, eso creía adivinar Mel.

Recorrió con mirada huidiza sus formas femeninas, ahora nauseabundas y poco favorecidas. Y lo cierto es que no le gustaba lo que veía, ¡le repugnaba aquel cuerpo desnudo! Odiaba lo que estaba viendo, pero no más que aquello que, sin verlo, sabía que estaba ahí. Aquello estaba de nuevo dentro de su cuerpo; lo había invadido sin permiso, y ahora... moraba en él, en su interior, y con ello la palpitante amenaza de una muerte demasiado cruel.

Sabía que no podía intentar nada. Ya no.

Por otro lado, ¿para qué? Su pobre estómago ya no daba más de sí, al igual que el resto de su joven organismo: solo quedaba esperar. Aún con la mirada quebrada sobre su sucia desnudez, peleaba consigo misma para apartar los ojos de esa imagen, pero sospechaba que cualquier otra cosa sería peor.

Temía levantar la vista y mirar a su lado; le aterraba lo que pudiera ver. Pero aún le inspiraba más horror la idea de cerrar los ojos; le aterraba lo que había visto. Le aterraba lo que había sabido desde el principio. Y lo que más le dolía era que él no se hallara allí para verlo con sus propios ojos. Ella misma le había advertido tantas y tantas veces... Pero él parecía ciego ante la verdad. Mucho había cambiado desde la última vez y, de alguna manera, Mel se sentía culpable por no haberle llevado consigo.

De forma fulminante, su cuerpo se estremeció, y una lágrima se derramó de sus ojos melancólicos al tiempo que una enorme mancha roja devoraba el suelo con avidez, extendiéndose a riadas desde el cuerpo de Mel. Fue entonces cuando la puerta del cuarto se abrió.

2

Concurrente en el tiempo y a cierta distancia, un monitor parecía excitarse espurreando miles de imágenes sangrientas que seguían un orden lógico capaz de dotarlas de movimiento. Frente a él, el joven Lan no perdía detalle. Con frecuencia asomaba media sonrisa al lado derecho de sus labios, levantando ligeramente la mejilla en un gesto un tanto sádico que, por alguna razón, imantaba la imagen de su chica bajo el dominio de sus fantasías. Recordó su rostro, su sonrisa, sus pechos —oh..., sus pechos...—, su cintura, su...

De pronto, se incorporó en el asiento, fue entonces cuando trasladó su mirada del ordenador al móvil, que reposaba sobre la mesa; maldijo al recordar, media hora tarde, su promesa de llamarla. Seguro que se había enfadado.

Agarró el teléfono sin esperar un segundo y pulsó el botón de llamada dos veces: ella siempre estaba la primera en su lista, por la cuenta que le traía. Sonó una vez el tono de llamada. Espacio. Sonó por segunda vez; ése era el momento en que ella siempre descolgaba. Tercer tono. Qué raro, pensó Lan. Cuarto tono, seguido de un espacio demasiado largo como para poder soportarlo. ¡Quinto tono! En ese momento Lan supo que algo iba mal; la conocía lo suficiente. Sexto tono...

Lan saltó del asiento, cogió gafas y paraguas y salió de su casa batiendo, sin saberlo, su propio record de velocidad y, aún más asombroso, sin detenerse a ordenar un poco su larga melena color azabache. "Rodríguez Fabrés, 6-10, 7º C", repasó mentalmente apenas pisó la acera.

Atrás quedaban, en una habitación vacía y de luminosidad intermitente, los rugidos violentos e incesantes de unos auriculares cuya ausente volición obligaba a continuar trabajando, pese a que nadie apreciaría su labor, ni ahora ni antes. El paradigma de siglo veintiuno.

3

La vida de Coli había sido sacudida últimamente por multitud de terremotos, y a punto estuvo de quedar sepultada por ellos. Pero Coli no era una chica fácil de derribar; fortaleza, decisión e incluso intransigencia eran sustantivos que la definían con ortodoxa exactitud.

El ahogo al que se había visto sometida en los días precedentes había sido tan poderoso que en verdad había llegado a dañarla. Ahora, no obstante, había logrado poner fin a sus desgracias y, mientras se enjabonaba bajo la ducha, no pensaba sino en recuperar a toda costa su vida despreocupada. Sí, la Coli de siempre renacería una vez más de sus cenizas.

Mientras dejaba fluir sus pensamientos y planificaba qué hacer a continuación, una luz asomó tímida a sus ojos. La mirada de Coli llevaba mucho tiempo sin brillar como antes, y por fin comenzaba a resurgir una luz en sus pupilas, una luz nueva cuyo significado podría resultar muy confuso.

Secó su cuerpo con esmero, para acto seguido dirigirse a la puerta del baño, que estaba abierta de par en par. Quizá te parezca extraño, le había dicho un día a su novio, pero me encanta dejar la puerta del baño abierta cuando estoy sola en casa. Y también me gusta mucho andar por la casa en pelotas, siempre que no haya nadie, claro... Ahora es cuando me dices que estoy completamente loca, ¿a que sí?

—Sí —había respondido él, besándola—, tan loca como yo.

Al pasar frente al enorme espejo que ocupaba casi la totalidad de la pared meridional del baño, se detuvo a escudriñarse de arriba abajo. Siempre le había agradado verse reflejada en el espejo; podía contemplar todo su cuerpo en aquel enorme vidrio, su desnudez, y se enorgullecía cada vez que admiraba cada una de sus formas femeninas. Ciertamente, no se ensalzaba en vano, y ella lo sabía.

Dio un par de vueltas sobre sí misma, sin perder la sonrisa. Acto seguido, se dedicó a probar distintas posturas frente a su propia y muy atenta mirada, y después pasó a improvisar una especie de danza sensual mientras sus manos acariciaban todo su cuerpo; las dirigía hacia arriba y moldeaba su carne, para después descender de nuevo y estremecerse de placer. Largo, castaño y sugerentemente ondulado, su cabello se frotaba impetuoso contra los zarpazos de aire que, sin duda arrastrados por incontenible excitación, osaban penetrar por la ventana.

Así, entre hipnóticos movimientos de su prodigiosa figura y curvas de ensueño dibujadas por sus dedos, Coli comenzaba a disfrutar de nuevo y con increíble intensidad de unas sensaciones que durante días pasados parecía haber perdido, como si le hubiesen sido arrebatadas. Sin alejarse demasiado en el tiempo, la noche anterior había tratado de excitarse por varios medios, pero su éxito no había ascendido de nulo. Demasiado cieno en sus pensamientos. Ahora, sin embargo, liberada de preocupaciones, la vida volvía a correr alegremente por su interior.

Bailaba y bailaba y se observaba con atención. Su boca alternaba sonrisas con mordisquitos en los labios, abundando en diversidad de travesuras. Notaba más que satisfecha cómo la excitación crecía por momentos cuando oyó girar una llave con celeridad. A tres metros de ella, la puerta de entrada al piso acababa de ser abierta.

4

—¡Coli, mi amor! ¿Estás en casa? —surgió una voz masculina en medio de una respiración entrecortada.

—¡¡Lan!! —exclamó Coli, al tiempo que cerraba la puerta del baño tras de sí y corría a sus brazos—. ¡Lan, cariño, eres tú, qué sorpresa!

La sorpresa es mía, pensó al ver venir a Coli, desnuda al completo, cabellos al viento, corriendo hacia él y poblándole de besos y caricias; no le desagradó en absoluto. Parecía más animada.

—Mi niña, me alegro mucho de verte —dijo, tratando de controlar su respiración—. Esto... ¿qué tal estás? —ella le había arrancado la chupa de cuero y su boca comenzaba a descender por el cuello fogosamente, al tiempo que sus manos le revolvían aún más las greñas—. ¿Es... Estás bien? —acertó a articular Lan.

—Estupendamente —serpenteó sobre su pecho, ya desnudado—. ¿No lo ves?

—Es que... es que estaba preocupado por ti. No me cogiste el teléfono...

—Estaba duchándome —susurró sensualmente al ombligo de Lan.

—Ya me quedo... ah... más tranquilo.

De repente, Coli se incorporó.

—Venga, a mi habitación, delante de mí.

El cuello de Lan tiritó a merced del cálido aliento de la tentación.

—Encantado —sonrió, y se encaminó pasillo adelante—. Estarás sola en casa, claro.

—No, está mi hermano.

Lan se volvió, confuso.

—¿As está aquí?

—¡Olvídate de él, está en su habitación!

—Ya, pero es que da la casualidad de que su habitación está al lado de la tuya.

—¿Y qué? No te preocupes, Lan, As está en su mundo, con sus cálculos y sus ralladas mentales. No nos molestará. ¡Y ahora tira a la habitación de una puta vez!

—Está bien...

Lan no dudaba que su hermano no les molestaría; era el pudor de saber que podía escucharles lo que anidaba en su cerebro, que les oyese, que conociese sin lugar a dudas lo que estaban haciendo y más tarde, tener que mirarle a los ojos sabiendo que lo sabía.

—¡Eh, As, que vamos a follar, ¿está claro?! ¡Así que no nos molestes o te mato! —gritó Coli al pasar junto a la habitación de su hermano.

5

Si algo le colmaba de inquietud era buscar algo con prisas y no encontrarlo. ¡Eso desbordaba los límites de su paciencia! Con el objeto de evitar dicha situación, As siempre colocaba cada cosa en su ubicación exacta, manteniendo todas sus pertenencias bajo estricto orden de distribución. Ello le permitía encontrar lo que buscara casi automáticamente, lo cual era, para él, asunto primordial.

Estudioso y admirador de la química, y con una apabullante capacidad en el manejo de todo tipo de tecnología, había acabado transformando su habitación en un auténtico laboratorio. Probetas y pipetas por aquí, buretas y balones por allá, cristalizadores por un lado, gradillas por el otro, alguna propipeta que otra... En suma, el cuarto se hallaba acondicionado por completo a las necesidades de un ermitaño de la ciencia. Únicamente la cama indicaba que allí dormía alguien y el propio As se había dado cuenta de que era lo único que parecía desentonar, hecho que corroboraba aún más el voluminoso extintor que, por encima de la cama, usurpaba la ubicación tradicionalmente reservada para el crucifijo o, como mucho, para la imagen de la Virgen. Dormía tranquilo a pesar de tener tan enorme y maciza mole reposando sobre su cabeza: confianza en su eficacia intelectual era lo que menos le faltaba al joven científico, sin duda el mejor legado de su trágicamente difunta madre.

La habitación de As era el único lugar de la casa donde nada cambiaba de lugar salvo que estuviese siendo utilizado, rasgo del cual su propietario se sentía obviamente orgulloso. Sin embargo, para su creciente preocupación, ese día las cosas iban peor que mal.

—Por Bentham, dónde coño lo habré puesto —murmuraba entre dientes mientras olfateaba la habitación palmo a palmo.

Llevaba varios minutos —una eternidad, se diría— buscando el minúsculo pero importante —importantísimo— objeto en lugares donde sabía a ciencia cierta que no estaba. Poco más podía hacer; As guardaba absoluta certeza del sitio donde había dejado su invento, pero ya no estaba allí.

De súbito, todo su cuerpo se tensó y sintió su corazón encogerse dentro del pecho. Los libros que andaba manejando cayeron al suelo como consecuencia del susto, que le había penetrado las vísceras. ¿Pero quién puede ser tan bruto para golpear así la puerta?, gruñó para sí.

—¡Eh, As, que vamos a follar, ¿está claro?! ¡Así que no nos molestes o te mato!

¿Quién si no? ¡Vaya suplicio!, se resignó As, inclinándose a recoger sus libros.

El objeto perdido consistía en un pequeño instrumento construido con varias materias distintas y con un peso relativamente considerable en comparación con su tamaño. Se trataba de un invento suyo al cual había dedicado más de tres años de duro trabajo y frecuentes dolores de cabeza. No hacía muchos días que había logrado, tras innumerables intentos fallidos, hacerlo funcionar a la perfección, y todavía se afanaba en calcular las consecuencias: aquel hallazgo estaba destinado a ser un boom internacional, para bien o, más probablemente, para mal.

En los últimos días, As se había enclaustrado en su laboratorio más aún de lo que en él era habitual, con el fin de redactar un informe detallado acerca de su invento. Un extenso texto que orgulloso dio por finalizado la noche anterior.

Así, esta mañana se había permitido el merecido lujo de madrugar una hora menos: solo tenía que poner todo en orden para la gloriosa presentación del aparatito en cuestión, que tendría lugar, salvo complicaciones inesperadas, a la mañana siguiente ante el profesorado más selecto de la Facultad de Químicas.

25 horas y 58 minutos restaban para el ansiado acontecimiento, según calculó As tras colocar escrupulosamente los libros caídos, y él se hallaba malhumorado buscando un cacharrito del tamaño de un caramelo.

¿Ridículo? Tal vez no tanto. El caramelo perdido era en realidad un explosivo altamente sofisticado, novedoso, enriquecido con ciertos componentes químicos que lo hacían absolutamente silencioso: una joya para el ejército. Por supuesto, As no era un inconsciente, jamás se había considerado como tal. Podía fabricarlo con una potencia casi ilimitada, pues una de las innumerables ventajas del invento eran los reducidos recursos que requería para multiplicar su intensidad. No obstante, limitó el poder de explosión de su muestra al mínimo. Veintidós centímetros de diámetro era su alcance medio; de ahí su reducido tamaño.

—Tengo que encontrarlo o quedaré como un cretino —se repetía As.

Entonces, la pared que separaba su habitación de la de su hermana comenzó a emitir golpes rítmicos, ora más pausados, ora más acelerados...

—Hay que joderse —exclamó As.

La pared temblaba con cada golpe como si de una explosión se tratara. De improviso, una idea atravesó su mente.

—No puede ser —murmuró—, espero por su propio bien que no se haya atrevido. Ahora mismo pienso ponerle los puntos sobre las íes, se va a enterar esta tía.

6

Coli y Lan se encontraban inmersos en uno de los momentos más intensos que recordaban haber vivido. Para él, tenerla de nuevo encima, sacudiéndose sobre él y agarrándolo con firmeza, suponía el ansiado regreso de un placer único, que solo Coli sabía darle en abundancia. Y para ella, el disfrute y la excitación eran si cabe aún mayores, y es que con Lan se sentía libre de expresar abiertamente sus deseos, de hacer todo lo que ansiaba hacer. Todo.

Se hallaban en medio de tan turbulenta vorágine sin ángel ni guarda cuando la puerta del cuarto se abrió de golpe. Coli volvió la cabeza, con los ojos transmutados en relámpagos.

—¡¡¡Dónde cojones vas, cabrón de mierda!!! —gritó a plenísimo pulmón, sintiendo como su excitación se disparaba al instante. Lan tuvo que taparse los oídos; por un momento, pensó que se había quedado sordo. Las paredes vibraron. Lan ni pió.

—Ehhh..., pe, pe, pe, pe, perdona... —trastabilló As—. ¿No habrás cogido tú algo de mi habitación?

—¡Gilipollas! —exclamó con un movimiento atrás y adelante de la cadera sobre Lan, y la mirada fija en su hermano—. ¡¡Gilipollas!! —repitió el movimiento junto con la palabra—. ¡¡¡Gilipollas!!! —grito y agitación se volvieron más salvajes; sujetó entonces brutalmente los cabellos de Lan con las dos manos sin apartar la vista de As—. ¡¡¡Gilipollas!!! ¡¡¡Gilipollas!!! ¡¡¡Gilipollas!!! ¡¡¡Gilipollas!!! ¡¡¡Gilipollas!!! ¡¡¡Gilipollas!!! ¡¡¡Gilipollas!!!...

As cerró la puerta apresuradamente. Cuando soltó el pomo pudo observar que su mano temblaba desbocada, y su mente aún más. ¿Cómo es posible que Lan no se queje? ¡Tenía que dolerle horrores!, pensó, y sintió mucha lástima por su amigo. Él tampoco se habría atrevido a protestar en su lugar.

Se arrastró penosamente hasta su cama y allí permaneció tirado. Los estacazos a la pared parecían crecer en fuerza y frecuencia, ambos por igual, al ritmo de un Gilipollas ya adoptado como peculiar e inigualable grito de guerra. As luchó por controlar su respiración. Solamente cuando logró relajar un poco su cuerpo pudo percatarse de que sus pantalones se habían mojado.

7

La habitación había empezado a dar vueltas ante la mirada borrosa de Lan. Podía sentir un caldo de sudor ardiente vibrando por todo su rostro, mientras el desmayo se apoderaba de él. No le desagradaba en absoluto esa sensación; dentro de lo que aún era capaz de sentir, el placer le hendía la piel.

Coli seguía bailando sobre él, podía notarlo. Sin embargo, lo único que veía al mirarla era una silueta sinuosa, oscura, borrosa, deforme..., cuyas ebrias ondulaciones en el espacio se asemejaban más a los movimientos de una serpiente onírica que a los de un ser real.

De súbito, un grito espeluznante les arrancó de su ensueño. El terrorífico aullido era tan poderoso que parecía proceder del interior de la habitación, pero no era así. Ambos reconocieron la voz distorsionada de As. "¡Venid, eh, venid, venid, venid…!". Parecía aterrado.

Sin pensarlo ni una vez, Coli saltó de la cama y voló al pasillo. Lan, por su parte, se incorporó tan rápido como le fue posible, entre punzantes dolores de espalda, y se ajustó una bata antes de salir también. As seguía gritando como enloquecido; sus chillidos infundían terror. Lan avanzó dos pasos hasta llegar a la puerta del laboratorio: vacío. Sentía el sudor correr por su frente como si con él escapara su vida, pero no podía secárselo: sus manos se afanaban sin respiro en la labor de sujetarse a las paredes para no dejarle caer.

El estrecho pasillo proseguía unos metros en línea recta para luego virar noventa grados a la derecha. De allí procedían los ensordecedores bramidos, y entre ellos, algunas palabras ahogadas cuyo sentido resultaba difícil de comprender: …Antes de llegar ya… antes de llegar… ya lo había visto… al respirar… por mi nariz, lo había visto… Lo he visto venir… hacia mí… el aire… ¡el aire se arrastraba por el pasillo... y venía hacia mí…! Me traspasó, de repente… lo vi venir…… y pude respirarla… antes de contemplarla….

Lan avanzó tambaleándose, ansioso por doblar la esquina y saber qué demonios estaba ocurriendo. Estar en pie parecía favorecer a sus ojos, que cada vez ofrecían una imagen más nítida a su cerebro. La otra cara era que, al igual que su calidad de visión, crecía también un dolor de cabeza en extremo punzante que se multiplicaba con los truenos evadidos desde la garganta de As.

Sus pies, desnudos y temblorosos, se movían en pasitos inestables, confusos, casi descoordinados. Aun así, no tardaron el alcanzar la esquina. Lan giró y clavó la vista al frente, donde Coli se afanaba en tranquilizar a su hermano. Ambos se apoyaban en la pared izquierda del pasillo unos metros más allá. Frente al cuarto de baño, intuyó Lan.

A medida que con sacrificios se aproximaba, el melenudo novio de Coli alcanzaba a apreciar más detalles. As mostraba una mirada desgarrada, los ojos anegados en lágrimas. Su pantalón estaba mojado, pero al menos el sonido de la tormenta se había calmado. Su hermana le acariciaba la cabeza con una mano mientras con la otra le ayudaba a mantenerse en pie; cálidas palabras le besaban la tez.

La puerta del baño —el único baño del piso— estaba abierta frente a ellos, quienes a través de la misma lanzaban fugaces miradas. Al contrario de su hermano, Coli se mostraba calmada; era la única que había logrado mantener el control, al parecer, pues Lan también temblaba como una porción de gelatina. Reinaba en el reducido pasaje un silencio sepulcral, a excepción de algunas respiraciones incontrolables cuya agitación inquietaba a la pura inquietud.

Lan descansó un instante su cuerpo agotado y sudoroso contra la cercana pared para volcar el resto de sus fuerzas en avistar la entrada del baño, foco de las miradas de ambos hermanos, pero aún estaba demasiado alejada como para que el escaso ángulo de la puerta le permitiera apreciar detalle alguno. Poco importaba, le urgía un respiro. Todavía con los ojos envueltos en niebla, el abatido joven batallaba penosamente por enfocar correctamente su mirada. No obstante, todo esfuerzo parecía insuficiente.

Todo el pasillo se ceñía de oscuridad salvo el espacio donde se hallaban Coli y As, donde pared y suelo eran bañados transversalmente por un poderoso torrente de luz clara: era el sol de la mañana derramándose sin reparos a través de la ventana abierta del baño, comprendió

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