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Breve historia de la narrativa colombiana: Siglos XVI-XX
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Libro electrónico626 páginas8 horas

Breve historia de la narrativa colombiana: Siglos XVI-XX

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Este libro, escrito sin jergas ni excesivos tecnicismos, satisface las exigencias del especialista y familiariza al público general con los principales autores, obras, polémicas y movimientos literarios de la narrativa colombiana desde la Conquista hasta el presente. Trasciende lo que pudiera haber de nacionalista en su objeto de estudio al apoyarse en las modernas metodologías teóricas de la historiografía narrativa latinoamericana y situar lo colombiano como parte de una tradición mucho más amplia.
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento26 nov 2012
ISBN9789586652377
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    Breve historia de la narrativa colombiana - Sebastián Pineda Buitriago

    96-104.

    PRIMERA PARTE

    NARRATIVA COLONIAL

    LA CONQUISTA DE LA ESCRITURA

    Al principio no podemos hablar de narrativa o literatura. Los primeros conquistadores o viajeros que comenzaron a escribir sobre América estaban lejos de sentirse escritores o narradores; cuando mucho admitieron llamarse cronistas. Tal vez lo más interesante sea advertir cómo ellos, mediante un idioma configurado en otro continente, vinieron a nombrar una realidad desconocida sin llegar nunca a reflejarla desnudamente, sino a interpretarla de acuerdo con otra mentalidad, con otros elementos sociales, religiosos, políticos, psicológicos, históricos. Fondo y forma no se pueden separar, pero digamos que la forma de nuestra narrativa es hispana, europea, mientras su fondo es americano: una nueva realidad o experiencia nunca antes registrada en este idioma. La primera manifestación literaria con fondo americano es incierta.

    Cuando la flota castellana partió de los puertos de Galicia y Asturias para conquistar las islas Canarias, entre 1490 y 1492, la sensación de que algo más se adivinaba en el horizonte animó a los Reyes Católicos a apoyar el proyecto de Cristóbal Colón. Y aunque creyó hallarse en alguna región del Asia, en su tercer viaje a América en 1498 Colón divisó en la desembocadura del río Orinoco (río que en buena parte de su trecho es también colombiano) las puertas del paraíso. Y en una carta a los Reyes Católicos sostuvo la teoría de la redondez erótica de la Tierra:

    […] es de la forma de una pera que sea toda muy redonda, salvo allí donde tiene el peçon, que allí tiene más alto, o como quien tiene una pelota muy redonda, y en lugar della fuese como una teta de mujer allí puesta, y que esta parte de este peçon sea la más alta e propinca del cielo, y sea debaxo de la línea equinoccial, y en esta mar océano en fin del oriente […]. Grandes indicios son estos del paraíso terrenal, porque el sitio es conforme a la opinión de esos santos y sacros teólogos. Y asimismo las señales son muy conformes, que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce fuese así adentro e vezina con la salada y en ello ayuda asimismo la suavísima temperancia.¹

    La primera complejidad —desafío— del idioma castellano que conquistó a América no fue desatar imágenes poéticas, sino su afán de dominar mediante escrituras legales, mediante códigos y leyes. En su teoría de la narrativa latinoamericana, Mito y archivo, Roberto González Echevarría explica cómo, en la Edad Media y en el Renacimiento, el acto de escribir era inconcebible sin una realidad preconcebida, pues nunca partía de un fenómeno empírico ni nacía de una reacción ex nihilo [de la nada].

    En el siglo XVI, escribir estaba subordinado a la ley. Uno de los cambios más significativos en España, cuando se unificó la península y se convirtió en el centro del Imperio, fue el sistema jurídico, que redefinió la relación entre el individuo y el Estado, y mantenía un estricto control de la escritura. La narrativa, tanto novelesca como histórica, se derivó de las formas y regulaciones de la escritura jurídica. La escritura jurídica era la forma predominante del discurso en el Siglo de Oro español.²

    Antes del 12 de octubre de 1492, antes de que atracaran en el Caribe las tres carabelas españolas, los Reyes Católicos ya habían suscrito con Colón las Capitulaciones de Santa Fe. Se trataba de un documento de naturaleza jurídica que explicitaba que ellos, Isabel y Fernando, serían poseedores de cualesquiera de los territorios descubiertos. Y así, de un plumazo, las Capitulaciones de Santa Fe negaron la presencia de pueblos milenarios, mediante el poder de la palabra escrita, de la ley, de documentos jurídicos y escrituras bíblicas. Y casi por un acto mágico se hicieron poseedores de territorios que jamás habían visto. Los primeros en advertir esta contradicción injusta fueron Colón y los conquistadores, quienes se preguntaron por qué los dueños de América resultaban ser los reyes de España, que jamás habían pisado ni pisarían tierras americanas, cuando ellos, los conquistadores, eran quienes se enfrentaban con la realidad palpable de América y quienes luchaban o negociaban con los indígenas. El mestizaje se justificó como una alianza de los conquistadores con los nativos, en oposición al imperio de aquellas leyes ilusorias que concedían caprichosamente las tierras a hidalgos o nobles, quienes a menudo no habían hecho nada. Pero ni las armas de los conquistadores, ni sus alianzas matrimoniales con las hijas de los caciques, vencieron el poder avasallador de la ley, de la palabra escrita. Tarde o temprano la fundación de un nuevo pueblo o ciudad debía justificarse y legalizarse mediante la escritura y las actas de fundación, y estas solamente se volvían legales después de complejos procesos jurídicos.

    Los primeros conquistadores propiciaron la fundación de la Audiencia de Santo Domingo en 1512, en la isla La Española, hoy República Dominicana, para negociar con la Corona la posesión de tierras y definir los límites de sus posesiones. Desde la Audiencia de Santo Domingo comenzaron a definirse los límites de Tierra Firme, del continente, conforme lo iban registrando los exploradores que iban y volvían cartografiando sus costas. También allí se experimentó una suerte de laboratorio lingüístico. Empezaron a utilizarse por primera vez, según el ensayista dominicano Pedro Henríquez Ureña, palabras nítidamente aborígenes, como cacique, hamaca, barbacoa; también se renovaron palabras arcaicas del castellano hablado por los primeros pobladores (conocencia, catar, aína); se mezclaron voces de los antiguos dialectos peninsulares aplicadas a las nuevas realidades americanas y que perduran todavía por su uso (plátano, níspero, ciruela). Y de acuerdo con nuestro lingüista Rufino José Cuervo:

    Puede decirse que la Española fue en América el campo de aclimatación donde empezó la lengua castellana a acomodarse a las nuevas necesidades. Como en esta isla ordinariamente hacían escala y se formaban o reforzaban las expediciones sucesivas, iban éstas llevando a cada parte el caudal lingüístico acopiado que después seguían aumentando o acomodando en los nuevos países conquistados. Así se llamó estancia a la granja o cortijo, estanciero, al que en ella hacía trabajar a los indios (voz que luego ha pasado a significar el que tiene o guarda una estancia); allí quebrada se hizo sinónimo de arroyo; se generalizó el sentido de ramada; y se aplicó a las puchas o gachas que de maíz hacían los indios el nombre de mazamorra con que la gente de mar llamaba al potaje hecho de pedazos de bizcocho hervido en agua; allí empezó a decirse que los indios o animales se alzaban y a hablarse de culebras o tigres cebados.³

    Uno de aquellos expedicionarios que iba y volvía de las costas de Tierra Firme a La Española trayendo mapas y palabras nuevas fue Martín Fernández de Enciso (Sevilla, España, ¿1469-1530?). Había llegado a La Española entre 1509 o 1510, y desde allí, al mando de Alonso de Ojeda, capitaneó un barco hasta el Golfo de Urabá. Presenció la fundación de San Sebastián o Santa María la Antigua del Darién, el primer poblado europeo en continente americano, puesto de avanzada para la conquista del océano Pacífico. El poblado, que no se sabe si quedaba en el istmo de Panamá o en el golfo de Urabá, desapareció por las inclemencias del clima, la hostilidad de los indígenas y los malentendidos entre Núñez de Balboa y Francisco Pizarro por liderar la expedición que terminaría en la conquista del Perú. Como jugó un papel secundario en los preparativos de aquella expedición, Fernández de Enciso quiso quedarse con la gobernación de Castilla de Oro, que comprendía buena parte de Centroamérica (desde la actual Nicaragua, pasando por Costa Rica y Panamá hasta las costas colombianas en el golfo de Urabá), y se devolvió a España para pelear su posesión en el ambiente jurídico de la Corona. Nada se le concedió. Lo suyo no era lo jurídico sino la experiencia y el conocimiento náutico, a juzgar por la crónica que publicó en Sevilla en 1519 para ganar favores en la corte. La tituló Suma de geografía, y es, a grandes rasgos, la primera descripción geográfica o mapa en palabras (cartas gráficas como tal no se permitían publicar, por temor a los espías portugueses) de las costas del Caribe colombiano. Enciso se extasió en la descripción de una tranquila bahía situada en las caídas de las Sierras Nevadas, y habló de un puerto indígena llamado Yaharo o Yabaro, que en 1525 Rodrigo de Bastidas rebautizaría con el nombre de Santa Marta.

    […] Yabaro es buen puerto y buena tierra y aquí ay heredades de árboles de muchas frutas de comer y entre otras ay una que parece naranja, y cuando está sazonada para comer vuelvese amarilla: lo que tiene de dentro es como manteca y es de maravilloso sabor y deja el gusto tan bueno y tan blando que es cosa maravillosa. Las sierras nevadas en par de Yaharo es lo mas alto y lo que parece encima blanco como nieve y de allí van […] hacia la tierra adentro no se sabe á donde porque no es ganada la tierra ni los individuos dan de ello mas rasos de que van muy lejos. Esta sierra es en lo alto llana y ay muchas poblaciones de Indios encima de ella y muchas lagunas […] se coge mucho algodón y labran los Indios muchos paños dello que es cosa de ver, y hacenlos de muchos colores.

    La codicia por el oro se sobrepuso a su cultura y a su interés geográfico y, aun después de su fracaso en el Darién, se internó por el río Sinú en busca del tesoro de Dabeiba, sin mostrar piedad por los indígenas, a quienes consideraba seres idólatras mientras no se acogieran a la cristiandad del Papa.

    Cartagena de Indias, el principal puerto de Tierra Firme, fue fundada en 1533 por Pedro de Heredia. En 1535 o 1536 desembarcó allí otro soldado-escritor, Pedro Cieza de León (nacido en Extremadura, España, alrededor de 1518 y muerto allí mismo en 1560). En la primera parte de su Crónica del Perú (publicada en España en 1553) Cieza de León dejó los primeros testimonios sobre la conquista del occidente de Colombia. Conviene aclarar que en ese momento —1535-1536— ni siquiera se había bautizado el territorio como Nueva Granada, y lo que Cieza recorrió se consideraba la frontera norte del Imperio inca. Cieza no se internó por el río Magdalena. Esa ruta ya estaba en miras de la compañía de Rodrigo de Bastidas, el fundador de Santa Marta, y sería encabezada por Gonzalo Jiménez de Quesada. Cieza se encaminó por otra ruta. Cruzó a pie y a ratos a caballo las estribaciones de la serranía de Abibé y Ayapel hasta dar con el río Cauca. Al superar el Nudo de los Pastos y llegar a Quito, cabalgó por todo el lomo de los Andes hasta el Perú. De vuelta, navegó la costa del océano Pacífico desde El Callao, en Lima, hasta Panamá, precisando la desembocadura de los principales ríos del Chocó y la existencia de la isla Gorgona. En sus andanzas por las riberas del río Cauca, de camino al Perú, alcanzó a relatar la fundación que Sebastián de Belalcázar hizo de Cali (1536) y Popayán (1536). También la fundación de Cartago (1540) y de Santa Fe de Antioquia (1541) por parte del mariscal Jorge Robledo. Él mismo acompañó a Robledo en las exploraciones de aquellos territorios de la cordillera Central. Y uno de sus testimonios más impresionantes es aquel que describe cómo, junto con Robledo y sus hombres, se asomaron al valle de Aburrá, en donde mucho más tarde se levantaría Medellín.

    Cuando entramos en este valle de Aburrá, fue tanto el aborrecimiento que nos tomaron los naturales de él, que ellos y sus mujeres se ahorcaban de sus cabellos o de los maures de los árboles, y aullando con gemidos lastimeros dejaban allí los cuerpos, y bajaban las ánimas a los infiernos.

    Cieza comprendió que mientras para los europeos como él la invasión de un territorio hacía parte de su propia forma de vida, para los nativos americanos la conquista no tenía lógica dentro de su aislamiento, y muchos, como los del valle de Aburrá, la asumieron como el fin del mundo. La crónica de Cieza, desde el punto de vista literario, resulta entrañable: Muchas veces cuando los otros soldados descansaban cansaba yo escribiendo.⁶ A menudo asume el tono del diario, como si escribiera para sí mismo. Otras veces el tono íntimo de Cieza se aproxima a la picaresca, que florecía por entonces en España con el Lazarillo de Tormes, pero no en un sentido literario —Cieza no alcanzó a leerlo— sino en un sentido social. La figura del pícaro anulaba las falsas jerarquías sociales; los títulos jerárquicos se borraban en la marcha de las expediciones, pues el general y el soldado enfrentaban las mismas necesidades básicas.

    Enciso y Cieza de León solamente dejaron noticias parciales acerca de algunas zonas de Colombia porque estuvieron de paso y porque, viéndolo bien, el territorio de Colombia sirvió al principio de paso entre el mar Caribe y el virreinato del Perú. Además los fundadores de las primeras ciudades colombianas, Gonzalo Jiménez de Quesada o el mariscal Jorge Robledo, no relataron con precisión los hechos de su conquista. A lo mejor no tuvieron tiempo. En menos de un siglo, desde 1492 hasta la década de 1590, los conquistadores españoles y portugueses fundaron sobre las ruinas indígenas miles de ciudades y pueblos a lo largo y ancho de un territorio cinco veces más grande que Europa. Fue el proyecto de urbanismo más grande y coherente del mundo.⁷ Por cada fundación se levantaba una iglesia y se impartían escrituras legales, como si todo fuera un acto simbólico, literario, tanto más cuando en el Imperio español lo escrito llegó a ser más importante que la realidad material. Esto lo podemos comprobar a través de la conquista de los muiscas en el altiplano cundiboyacense, es decir, con la fundación de Bogotá, en 1538, cuando desde distintas rutas irrumpieron tres expediciones: la de Jiménez de Quesada, la de Sebastián de Belalcázar y la del alemán Nicolás de Federmann, que llegaron buscando lo mismo: el Dorado. Decepcionados, cuando vieron aquel altiplano salpicado de lagunas y de pequeñas aldeas, sin ninguna ciudad dorada ni pirámide como en México, y sin un gran templo como en Perú, aquellos conquistadores levantaron doce chozas (símbolo de los doce apóstoles o de las doce tribus de Israel) en el antiguo sitio de Teusaquillo, lugar de recreo del zipa, y se devolvieron a España para definir en las cortes de Valladolid quién se quedaba con el título de fundador.

    Todo dependía de la verdad escritural más que de los hechos materiales. El triunfo fue para Gonzalo Jiménez de Quesada (Granada, España, 1499-Mariquita, Colombia, 1579), por sus habilidades retóricas, y por haberse ganado la simpatía de Carlos V al redactar El Antijovio (¿1540?), un tratado político en contra del obispo italiano Paulo Jovio, en cuyo libro, Historias de su tiempo, el italiano criticaba al emperador debido a la influencia que empezó a tener España en los destinos políticos de Italia. De suerte que en adelante Jiménez de Quesada contó con el poder de Adán para bautizar el noroeste de Suramérica con el nombre de su provincia natal: Granada, Nueva Granada. Jiménez de Quesada no debería ser ponderado como el primer escritor de la literatura colombiana. El Antijovio nada tiene que ver con su conquista sino con el ambiente que se respiraba en las cortes españolas —con la inmensa pretensión jurídica y legalista del Imperio español: controlar otro continente, al otro lado del océano, mediante leyes y decretos, sin preocuparse si aplicaban a su realidad intrínseca. De su pluma nada salió sobre los hechos de su conquista. Se habla del Gran cuaderno, del Epítome de la conquista del Nuevo Reino de Granada y de unos escritos de importancia secundaria, sin que se tenga plena certeza de su autenticidad.

    Cuando se habla de la invención antes que del descubrimiento de América es porque la imaginación —o cierta ficción literaria— intentó configurar una realidad que por no parecerse a ninguna conocida se consideró amorfa. Lo que al principio España imaginó en América fue una red de ciudades sin un desarrollo autónomo y espontáneo.⁹ Esa red de ciudades se configuró en Nueva Granada en tres niveles distintos: Bogotá y Tunja en el altiplano, sede del poder central; seguidas de Honda y Mompox en el tránsito del río Magdalena al mar (en menor grado, Popayán y Cali configuraron, al suroccidente, una ruta hacia Quito y el virreinato del Perú, así como Pamplona, en el nororiente, una ruta hacia Venezuela). Casi todo confluía en Cartagena de Indias, cuya bahía amurallada y fortificada llegó a ser el principal puerto del Imperio español en el Caribe. Para no correr el riesgo de que los piratas invadieran Cartagena y se tomaran el poder, la institución de la Real Audiencia prefirió guarecerse en el altiplano, entre Tunja y Bogotá, ciudades alejadísimas del mar y de la metrópoli. Naturalmente, allí se acentuó el formalismo de la ley y la escritura, y bajo aquella atmósfera mestiza encontramos los primeros textos narrativos.

    PRIMERAS CRÓNICAS DE FICCIÓN

    Frente a la laguna documental dejada por Jiménez de Quesada sobre la fundación del Nuevo Reino de Granada, el rey Felipe II tomó cartas en el asunto y despachó una cédula real en 1571, con destino a Santa Fe de Bogotá, con la orden de poner a escribir a quien supiera un informe de todo lo visto y sucedido hasta ese momento.

    Presidente y oidores de nuestra Audiencia Real, que residen en la ciudad de Santa Fe del nuevo reino de Granada, sabed: que deseando que la memoria de los hechos y cosas acaecidas en estas partes se conserven; y que en nuestro Consejo de las Indias haya la noticia que debe haber de ellas, y de las otras cosas de esas partes que son dignas de saberse; habemos proveído persona, a cuyo cargo sea recopilarles y hacer historia de ellas; por lo cual os encargamos, que con diligencia os hagáis luego informar de cualesquiera persona, así legas como religiosas, que en el distrito de esa audiencia hubiere escrito o recopilado, o tuviere en su poder alguna historia, comentarios, relaciones de algunos de los descubrimientos, conquistas, entradas, guerras o facciones de paz que en esas provincias o en parte de ellas hubiere habido desde su descubrimiento hasta los tiempos presentes. Y asimismo de la religión, gobierno, ritos y costumbres que los indios han tenido y tienen; y de la descripción de la tierra, naturaleza y calidades de las cosas de ella, haciendo asimismo buscar lo susodicho, o algo de ello en los archivos, oficios y escritorios de los escribanos de gobernación y otras partes a donde pueda estar; y lo que se hallare originalmente si ser pudiere, y si no la copia de ellos, daréis orden como se nos envíe en la primera ocasión de flota o navíos que para estos reinos vengan (Real Cédula, dada en San Lorenzo el Real el 5 de agosto de 1572).¹⁰

    El mismo año del Descubrimiento, 1492, Nebrija sentenció en la dedicatoria de su Gramática a Isabel la Católica: Cuando bien conmigo pienso, mui esclarecida Reina, i pongo delante de los ojos el antigüedad de todas las cosas que para nuestra recordación y memoria quedaron escriptas, una cosa halló & sacó por conclusión mui cierta: que siempre la lengua fue compañera del imperio.¹¹ A esa creencia se debe el hecho de que en Tunja, Bogotá y Cartagena comenzaran a establecerse una legión de escribanos, notarios y otros funcionarios de la burocracia imperial o eclesiástica, dedicados a redactar, copiar y archivar todo tipo de documentos que cartografiaran o legalizaran fundaciones, encomiendas, parroquias, negocios. Muy pocos de esos escribientes se animaron a escribir crónicas históricas sobre Nueva Granada y Venezuela; a lo mejor porque sus escritos resultarían archivados por mucho tiempo, en vista de que allí no había imprentas, y el proceso de enviarlos a España tardaba años. Fray Pedro de Aguado (España, ¿1538-1589?), por ejemplo, llegó a Bogotá en 1561, es decir, más de veinte años después de su fundación, con el objeto de evangelizar a los muiscas; se alojó en el primer convento franciscano y se dedicó diez años a observar y anotar todo lo que veía o le contaban los viejos conquistadores. En 1575 tenía su crónica lista para imprimirla en España. La tituló Recopilación historial, y así la envió. Pero fue en vano: nunca pudo verla publicada. Sus manuscritos estuvieron archivados durante siglos. El Inca Garcilaso de la Vega confesó ha