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La anomia en la novela de crímenes en Colombia
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Libro electrónico664 páginas8 horas

La anomia en la novela de crímenes en Colombia

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El autor ofrece un panorama de la literatura negra occidental desde sus orígenes en el siglo XIX con Poe y Doyle y la obra de los autores norteamericanos (Hammett y Chandler) hasta la literatura latinoamericana del siglo XX, para inscribir, en esta larga tradición, a la literatura colombiana contemporánea. De este modo, Forero Quintero expone cinco perspectivas de análisis de la obra de algunos escritores colombianos emblemáticos con sus propias representaciones literarias de la anomia: el monstruo en "El capítulo de Ferneli", de Hugo Chaparro Valderrama; el mito en "Leopardo al sol", de Laura Restrepo; la impunidad y la inducción al crimen en "La Virgen de los sicarios", de Fernando Vallejo; la confesión del personaje y la complicidad del lector en "Memorias de un hombre feliz", de Darío Jaramillo Agudelo, y la ley del narcotráfico en "Comandante Paraíso", de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Libro en coedición con la Universidad de Antioquia (Colombia).
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento24 sept 2012
ISBN9789586652988
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    La anomia en la novela de crímenes en Colombia - Gustavo Forero Quintero

    tema.

    Primera parte

    LA ANOMIA Y LOS ESTUDIOS LITERARIOS

    LA TEORÍA DE LA ANOMIA: DEL OPTIMISMO AL PESIMISMO SOCIOLÓGICO

    El anarquista, el esteta, el místico, el socialista, el revolucionario, si no desesperan del porvenir, coinciden al menos con el pesimista en un mismo sentimiento de odio y de hastío por todo lo que existe, en una misma necesidad de destruir lo real y escapar de él (Durkheim, El suicidio 414)

    Aunque Heródoto de Halicarnaso (484-406 a. C.) habló de anomia desde los puntos de vista colectivo e individual,¹ Jenofonte (399 a. C.) mencionó el concepto ανοµια (anomia) al hablar de situaciones de ilegalidad, de evasión o de desprecio de la ley (Gallino 33), y en la Edad Media se aludió a quienes no tenían ni Dios ni ley como aquellos que no viven bajo la ley de Moisés,² solo en el siglo XIX, con el surgimiento de la sociología como ciencia, se constituyó una forma de explicar hechos sociales y, en particular, el crimen a partir de la anomia. En Francia y Estados Unidos, Jean Marie Guyau (1854-1888), Émile Durkheim (1858-1917) y Robert K. Merton (1919-2003) plantearon las bases modernas para entender este concepto como modelo analítico, con variaciones sustanciales aún sensibles en la actualidad. Los primeros hacen una crítica al imperativo moral del kantismo y a conceptos como poder y deber del utilitarismo de John Stuart Mill o Jean-Gustave Courcelle-Seneuil, mientras el tercero se propone redefinir la anomia desde un punto de vista funcional, en el que la tensión entre la estructura normativa y los diferentes grupos sociales explica el concepto (especialmente desde su teoría de las funciones manifiestas y latentes, derivada, entre otros, de los postulados de Sorokin y Lazarsfeld).

    Esta metodología de la anomia se ha expandido y proliferado en la bibliografía occidental, sobre todo durante los años 1950 y 1975, con la referencia epistemológica de un orden establecido con base en la ley positiva y la sanción.³ Desde autores consolidados, como Ralf Dahrendorf (1929-2009), uno de los fundadores de la teoría del conflicto social; Robert Dubin (¿1923?), que desarrolla la teoría de Merton en torno a los diferentes modos de adaptación del individuo; Talcott Parsons (1902-1979), que indaga en los correlatos psicológicos que sugiere Durkheim en su tesis de la confusión moral; Richard Cloward (1926-2001), que investiga los medios ilegítimos y las estructuras de oportunidad en la sociedad contemporánea; Albert K. Cohen (1918), que profundiza su estudio en torno a los procesos sociales interactivos; Antony Giddens (1938), precursor de la teoría de la estructuración, que establece la relación interdependiente entre el agente y la sociedad; Jean Ziegler (1934), estudioso del comportamiento mafioso ligado al narcotráfico (específicamente en la sociedad rusa contemporánea, que se puede asimilar al caso colombiano); Bernard Lacroix, Philippe Besnard y Hans Peter Müller, que han analizado la relación entre las pautas de Durkheim y la política, entre otros puntos esenciales; hasta autores más recientes como Irene Martínez Sahuquillo, que estudia la anomia en relación con el extrañamiento y desarraigo en la literatura, incluido el del escritor; Jordi Riba, que recobra la tesis de Guyau en torno a la concepción individualista de la moral, Juan Carlos Castillo Montenegro y David Sulmont, que estudian la anomia en Latinoamérica como fruto de la debilidad del Estado; Lidia Girola, que habla de la anomia como un sinónimo de libertad individual o como producto de la depresión, el vacío o el estrés inherente a la vida en las grandes ciudades; Carlos S. Nino, que habla de la relación existente entre la anomia, la conducta criminal, la justicia y la moral social desde el supuesto mismo de la moralidad; Eduardo Fidanza, que sugiere un tipo de anomia que se contagia desde la clase dirigente de un país; y, en particular, en Colombia, Édison Neira Palacio, que analiza el concepto en función del desarrollo de la ciudad colombiana; Rodrigo Parra Sandoval, que analiza la anomia del campesinado en el Valle del Cauca; Orlando Fals Borda, que hasta cierto punto presenta una visión optimista de la anomia derivada del narcotráfico;⁴ Jaime Eduardo Jaramillo, con sus estudios sobre la violencia en Colombia;⁵ Diego Younes Morano, que estudia la anomia en una población carcelaria de la Penitenciaría Central de Colombia (La Picota); Víctor Reyes Morris, que analiza la evolución de la perspectiva de Merton; pero principalmente Dixon Moya Acosta, que estudia la relación entre la anomia y el narcotráfico (aplicando el concepto al caso antioqueño), y Juan Camilo Rave Pareja, que establece la relación entre la anomia y la obra de Kafka (como se señala a menudo en este trabajo).⁶ Este panorama permea el presente estudio, que toma como bases algunas consideraciones generales de la teoría y, esporádicamente, atiende a otras peculiares en los apartes que se consideran

    pertinentes.

    UNA MORAL SIN SANCIÓN NI OBLIGACIÓN SEGÚN GUYAU

    … toda justicia propiamente penal es injusta (Guyau, Esquisse d’un morale sans obligation ni sanction 182)

    Para Jean-Marie Guyau, precursor del concepto moderno, la anomia es un estado ideal, producto de la libertad y de la moral individual. Así, en Esquisse d’un morale sans obligation ni sanction (Esbozo de una moral sin sanción ni obligación) (1885), Guyau propone la anomia como la moralidad del futuro, en reemplazo de la ley universal, obligatoria y categórica, como la que pretendía Kant como fundamento de los Estados modernos. De tal modo,

    Nos proponemos, pues, investigar lo que sería y hasta dónde podría llegar una moral en la que no figurase prejuicio alguno, en la que todo fuese razonado y apreciado en su verdadero valor, ya sea respecto a certidumbres, o a opiniones e hipótesis simplemente probables. Si la mayoría de los filósofos, hasta los de las escuelas utilitaria, evolucionista y positivista, no han tenido pleno éxito en su tarea, es porque han querido presentar su moral racional poco menos que adecuada a la moral ordinaria, como teniendo la misma extensión, y siendo casi tan "imperativa" en sus preceptos. Esto no es posible. Cuando la ciencia derribó los dogmas de las diversas religiones, no pretendió reemplazarlos por completo, ni proporcionar inmediatamente un objeto preciso, un alimento definido para la necesidad religiosa; su situación respecto a la moral, es la misma que ante la religión. Nada indica que una moral puramente científica, es decir, fundada únicamente en lo que se sabe, deba coincidir con la moral ordinaria, compuesta en gran parte por cosas que se sienten o que se prejuzgan (Esquisse 3-4).

    Guyau parte de este modo de una crítica de los ensayos que han tratado de justificar metafísicamente la obligación, por oposición a la teoría del móvil moral desde el punto de vista científico, es decir la moral racional (libro primero). En tal sentido, analiza lo que denomina Últimos equivalentes posibles del deber para el sostenimiento de la moralidad (libro segundo) y llega a Una idea de sanción (libro tercero), que sintetiza su tesis, que excede la moral racional para acceder a la moral compuesta por cosas que se sienten o que se prejuzgan. La crítica al carácter racional de la ley es lo que más llama la atención en este trabajo, pues —como se verá— esta perspectiva hace parte de toda una corriente de pensamiento que lo identifica con Kracauer, Brecht, Marcuse, Bataille o Derrida, del mismo modo que con el espíritu de cierta novela de crímenes en Colombia.

    Desde tal perspectiva, como corolario fundamental, en el Prefacio del autor de Esquisse d’un morale sans obligation ni sanction, Guyau afirma: la variabilidad moral que por tal motivo se produce, la consideramos, por el contrario, como la característica de la moral futura; esta, en gran cantidad de puntos, no será solamente αυτονομος (autónoma), sino ανομος (anómica) (6).

    Así, en el desarrollo de su ensayo el sociólogo francés enfrenta ante todo la moral del dogmatismo metafísico (con el cuestionamiento de las hipótesis optimista —correspondiente a Providencia e inmortalidad— y pesimista, y de la hipótesis de la indiferencia de la naturaleza), para sustentar a continuación lo que concibe como la moral de la certidumbre práctica (que fundamenta en torno a la moral de la fe y la moral de la duda). Sobre estas bases, Guyau establece lo que es el sustrato de su argumentación filosófica en El móvil moral desde el punto de vista científico (libro primero), donde estudia los primeros equivalentes del deber para discutir la tesis de Herbert Spencer⁹ sobre la intensidad de la vida como móvil de la acción (con un análisis de su grado de obligatoriedad como el deber obtenido de los placeres del riesgo y de la lucha o del riesgo metafísico). Finalmente, en el capítulo La idea de sanción el autor expone la crítica de la sanción natural y de la sanción moral (con un análisis de la justicia distributiva), de los principios de la justicia penal o defensiva en la sociedad (que desarrollará luego Durkheim) y de la sanción interior y del remordimiento, y de la sanción religiosa y metafísica (donde estudia la sanción de amor y de fraternidad). De este modo, en una visión positiva de la libre acción humana, Guyau concluye que la anomia es la base moral a la que deben tender las sociedades modernas. El ideal moral consiste en la anomia moral,¹⁰ y no deben existir, por tanto, reglas universales, porque cada uno tiene la convicción de su propio cumplimiento. "Es la ausencia de ley fija, lo que se puede designar con el nombre de anomia, para oponerla a la autonomía de los kantianos. Por la supresión del imperativo categórico, el desinterés, la abnegación, no quedan suprimidos; pero su objeto variará; uno se sacrificará por una causa, otro por otra" (Esquisse 165).¹¹ Esta moral —anarquista desde el punto de vista político— carece entonces de sanción u obligación, pues cada uno debe conocer los límites morales de su conducta:

    Quisiéramos demostrar hasta qué punto es moralmente condenable la idea que se forman de la sanción la moral y la religión vulgares. Desde el punto de vista social, la sanción verdaderamente racional de una ley no podría ser más que una defensa de esta ley, y a esta defensa, inútil con respecto a todo acto pasado, la veremos alcanzar solamente a lo futuro. Desde el punto de vista moral, sanción parece significar simplemente, de acuerdo a la misma etimología, consagración, santificación; ahora bien, si para los que admiten una ley moral, es verdaderamente el carácter santo y sagrado de la ley lo que le da fuerza de ley, este carácter debe implicar, de acuerdo con la idea que nos hacemos hoy de la santidad y la divinidad ideal, una especie de renunciamiento, de desinterés supremo; cuanto más sagrada es una ley, más desarmada debe estar, de tal manera que, en lo absoluto y fuera de las conveniencias sociales, la verdadera sanción parece deber ser la completa impunidad de la cosa realizada. También veremos que toda justicia propiamente penal es injusta; mucho más: toda justicia distributiva tiene un carácter exclusivamente social y sólo puede ser justificada desde el punto de vista de la sociedad en general, lo que llamamos justicia es una noción completamente humana y relativa; la caridad sola o la piedad (sin la significación pesimista que le da Schopenhauer) es una idea verdaderamente universal, que no puede ser limitada o restringida por nada (Esquisse 181-182).¹²

    En tal sentido, como para Kracauer en su estudio filosófico de la novela detectivesca, Guyau denuncia una tautología: la sanción racional de una ley se torna en una defensa de esta ley (aspecto anarquista que se ajustaría a buena parte de la literatura colombiana, incluida la novela de crímenes que, en general, carece de sanción para el criminal como resolución épica del conflicto). De este modo, la sanción real es la impunidad (como se verá, particularmente, en la novela La Virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo) y el derecho penal es rotundamente injusto (lo que refutará Durkheim y, en general, la teoría de la anomia posterior, con Waldmann, para el caso colombiano).

    Esta resolución moral permite advertir, entonces, el carácter optimista de la moral en Guyau, que va a ser abandonado por la mayoría de los autores posteriores. La idea de que la anomia sea la situación moral deseable en los individuos de un contexto social determina, ni más ni menos, la base del anarquismo político que pone en entredicho supuestos de organización social como el Estado, la ley y la democracia moderna. Tal resolución teórica del problema de la anomia debe relacionarse con la resolución épica de cada una de las novelas de crímenes colombianas en las que, a falta de sanción efectiva por parte del Estado, se recrea un mundo social en que la libertad individual se encauza de las más variadas maneras, incluido el camino del crimen, y el control social, difuso siempre, tiende a conformar métodos inusitados de piedad o solidaridad.

    En este orden de ideas, un poco más tarde, en L’irreligion de l’avenir (1887), Guyau —como Max Weber—¹³ estudia las religiones desde la perspectiva sociológica de la anomia. De este modo define la moral del hombre futuro como desaparición de dogmatismo religioso, pues "el ideal de toda religión debe ser la tendencia hacia la anomia religiosa" (323), es decir, la emancipación del individuo, […] en la eliminación de toda fe dogmática (323).¹⁴ En esta nueva perspectiva todo debe ser razonado, idea que también desarrollará en L’art au point de vue sociologique (1887), ensayo en el que Guyau vincula el poder creativo del hombre libre, y desde su punto de vista del hombre anómico, con la creación artística en un mundo sin sanciones.

    En este último tratado, El arte desde el punto de vista sociológico, en el capítulo II de la primera parte estudia El genio, como el poder de la sociabilidad y la creación de un nuevo entorno social,¹⁵ y en el capítulo I de la segunda parte analiza La novela psicológica y sociológica de hoy,¹⁶ con estudios de escritores como Stendhal, Hugo, Flaubert, Zola, Balzac… (división bastante pertinente para el objeto de estudio de la anomia en este trabajo); el primero, con Werther, por ejemplo; el segundo, con Indiana y Valentine (1832) y Jacques (1834), de George Sand —textos en que justamente los personajes se enfrentan a la ley y el Estado—, y La cousine Bette (1846), de Balzac, que hace parte del tratado del autor sobre la llamada comedia humana. De tal modo, a diferencia de los demás sociólogos reseñados en este trabajo, Guyau realiza la conexión entre la anomia y la novela para demostrar los singulares caminos de la libertad, como sucede en el Lukács de Teoría de la novela, que afirma la luz interior por encima de la oscuridad de la modernidad sin dioses. En particular, en el capítulo La literatura de los decadentes y desequilibrados,¹⁷ con Baudelaire a la cabeza,¹⁸ Guyau desarrolla el vínculo entre la literatura y el crimen, y desde tal punto de vista, respecto de los desequilibrados, advierte:

    Los rasgos característicos de la literatura se encuentran en los criminales dementes y locos, que recientemente hemos conocido en la obra de Lombroso, los criminalistas italianos y Lacassagne (Thompson y Mandsley estaban absolutamente equivocados al negar el sentido estético de criminales, agrega aquí Guyau en nota a pie de página).¹⁹ Se trata principalmente de la sensación amarga de la anomalía interior y del destino truncado. Este sentimiento se expresa incluso en las inscripciones del tatuaje; un convicto había grabado en su pecho: La vida no es más que decepción, y otro: El presente me atormenta, el futuro me asusta, y otro, un veneciano, ladrón reincidente: ¡Ay de mí! ¿Cuál será mi fin?. Muchos tienen estas consignas: nacido bajo una mala estrella —hijo de la desgracia, hijo del infortunio, etc., etc.— Un Cimmino, de Nápoles, se había inscrito en el pecho palabras más simples, pero con el color de la sinceridad: Sólo soy un pobre infeliz (L’art 345).²⁰

    Esta relación entre literatura y crimen verificada por Guyau en su reseña de los tatuajes de algunos delincuentes no es circunstancial: se inscribe en su perspectiva sociológica del arte.²¹ Para sustentar estas ideas, Guyau estudia la novela de Flaubert, Zola (Nana y Germinal) o Balzac, y agrega:

    Los autores modernos no sólo se inclinaron por el estudio de los defectos o las pasiones fuertes, sino también por el estudio de monstruosidades, y esto por varias razones: la primera es el interés científico; sentimos una mayor curiosidad respecto de todo lo que es una anomalía, un fenómeno; además, la ciencia moderna —la fisiología o la psicología— concede gran importancia al estudio de los estados mórbidos,²² porque estos estados permiten verificar la degradación de nuestras diversas facultades, constatar aquellas que tienen el mayor poder de resistencia, establecer así leyes de la vida física o psicológica, válidas incluso para las personas sanas (L’art 381-382).²³

    Este interés por las denominadas monstruosidades y, sobre todo, por las anomalías, la degradación y los estados mórbidos que se consideran excepcionales en el organismo humano, se conservará también en la teoría de la anomia posterior, sobre todo en el momento de explicar el crimen como evento excepcional en la sociedad ordenada (equivalente a la enfermedad individual), y en las novelas de crímenes contemporáneas. La atención en el origen mismo (la causa) de la conducta humana llevará a Guyau, como a los demás sociólogos de la llamada Modernidad, y a los escritores, a la indagación en lo que se consideraba, desde los orígenes de la filosofía, la naturaleza humana más o menos cercana a lo que el pensamiento científico consideró normalidad o disfunción, y el derecho animalidad (Hobbes) o humanidad (Rousseau). Para el caso —como sugiere Guyau—, la literatura ayuda, más que otras expresiones culturales, a discernir los límites difusos entre estos campos de análisis: el monstruo, que apasionó luego a los artistas del expresionismo alemán (y que en El capítulo de Ferneli tiene su recreación contemporánea en la novela de crímenes en Colombia), o el estudio del mundo interior de la enfermedad, que determinó la novela de Thomas Mann (y que está significativamente ausente en la novela colombiana, a no ser por honrosas excepciones, como El criminal, de Osorio Lizarazo), así pueden constatarlo. En tal sentido, Guyau concluye:

    Por último, el arte es eminentemente un fenómeno de la sociabilidad —que se basa enteramente en las leyes de la solidaridad y la transmisión de emociones—, sin duda tiene en sí mismo un valor social: de hecho, hace avanzar o retroceder a la sociedad real donde ejerce su acción, busca solidaridad con la imaginación de una sociedad mejor o peor, idealmente representada. En este sentido, para el sociólogo la moral del arte, moral intrínseca e inmanente, no es el resultado de un cálculo, sino que se produce fuera de todo cálculo y de toda búsqueda de fines. La verdadera belleza artística es por sí misma moral, y es una expresión de verdadera sociabilidad. Se puede reconocer más o menos la salud intelectual y la moral de aquel que ha escrito una obra con el espíritu de sociabilidad verdadero en el que esta obra está enmarcada; y, si el arte es otra cosa que la moral, es, no obstante, un excelente testimonio para una obra de arte cuando, después de haberla leído, uno se siente no sólo sufriente o más elevado, sino mejor y por encima de sí; más dispuesto no a regodearse con sus propios dolores, sino sintiendo la vanidad en sí misma. La obra de arte más alta no está hec