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Historias misteriosas de los celtas

Historias misteriosas de los celtas

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Historias misteriosas de los celtas

valoraciones:
4.5/5 (4 valoraciones)
Longitud:
312 páginas
3 horas
Editorial:
Publicado:
Jul 23, 2012
ISBN:
9788431552718
Formato:
Libro

Descripción

La influencia de los celtas y de su tradición —el celtismo— es considerable en nuestra civilización occidental. Procedentes en particular de Bretaña, Irlanda, Escocia o Gales, las leyendas, canciones y, en general, todas las formas de la cultura celta gozan de una extraordinaria riqueza y, aún hoy, de una sorprendente vitalidad. Run Futthark nos lleva a descubrir a los celtas y nos revela sus fabulosos secretos: sus misteriosos orígenes, los dioses de su abundante mitología, sus grandes figuras legendarias (Tristán e Isolda, Arturo y Ginebra, Merlín el druida, Morrigan y Morgana, el rey Gradlon y su hija Dahut...). Por otra parte, nos invita a descubrir la asombrosa modernidad de esta tradición, a salir al encuentro de los nuevos druidas y los nuevos bardos, que han tomado hoy el relevo de los viejos sabios de antaño para enseñarnos los grandes misterios de la naturaleza.
Editorial:
Publicado:
Jul 23, 2012
ISBN:
9788431552718
Formato:
Libro

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Historias misteriosas de los celtas - Run Futthark

Historias misteriosas

de los celtas

Run Futthark

HISTORIAS MISTERIOSAS DE LOS CELTAS

A pesar de haber puesto el máximo cuidado en la redacción de esta obra, el autor o el editor no pueden en modo alguno responsabilizarse por las informaciones (fórmulas, recetas, técnicas, etc.) vertidas en el texto. Se aconseja, en el caso de problemas específicos —a menudo únicos— de cada lector en particular, que se consulte con una persona cualificada para obtener las informaciones más completas, más exactas y lo más actualizadas posible. DE VECCHI EDICIONES, S. A.

Traducción de Nieves Nueno Cobas.

Fotografías de la cubierta: arriba, Tumulus gravinis © S. Rasmussen/Diaporama;

abajo, Menhir de Poulnabrone, Burren, Irlanda © A. Lorgnier/Diaporama.

© De Vecchi Ediciones, S. A. 2012

Diagonal 519-521, 2º 08029 Barcelona

Depósito Legal: B. 15.000-2012

ISBN: 978-84-315-5271-8

Editorial De Vecchi, S. A. de C. V.

Nogal, 16 Col. Sta. María Ribera

06400 Delegación Cuauhtémoc

México

Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o trasmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin permiso escrito de DE VECCHI EDICIONES.

INTRODUCCIÓN

Largas filas serpentean por una verde llanura. Los interminables reptiles ondulan al ritmo de los caballos que avanzan al paso. Forman el grupo valientes guerreros de piel curtida y brillante, bellas jóvenes de gesto hosco y altivo, mugrientos niños de corta edad. Algunos caballos de poca altura cargan con diversos objetos: leña, armas, tela de lino o de cáñamo, cuerdas, sacos de alimento... Es evidente que el viaje se prevé largo. Por la mañana, a la hora en que sale el sol, la compañía se pone en movimiento en un confuso trajín. Se apagan las hogueras, los caballos agrupados se dispersan poco a poco en sinuosas filas, en ruta hacia poniente. Estas tribus nómadas llevan ya varias lunas por los caminos.

Como aves migratorias, alcanzan regiones que no conocen, que nunca han visto, pero presienten que serán como remansos definitivos para la salvación de su pueblo. Es una especie de trashumancia magnética, recurso obligatorio para el futuro de estas poblaciones dispares, vinculadas entre sí por la lengua, las creencias, las costumbres y los ritos sociales.

De vez en cuando los chamanes consultan las estrellas, tiran al suelo un puñado de huesos y tratan de leer el futuro. Informan a los jefes y, entre todos, toman las decisiones. ¡El viaje debe continuar!

Hay que remontarse a tiempos muy remotos para hallar el origen de los celtas. Hace cinco mil años, unos clanes heteróclitos abandonaron una región del norte de Eurasia. ¿A causa de un cambio de clima? ¿Por el ataque de otro pueblo? Las razones se desconocen; se trata de un periodo confuso. Lo que se sabe es que en la época mesolítica estas gentes vivían de la recolección y de la caza. En el Neolítico se organizó la agricultura.

Así pues, nos hallamos en tiempos lejanos, aproximadamente entre el año 1000 y el 800 a. de C. Durante siglos, este increíble éxodo se ha ido desarrollando por todo el continente europeo, desde las costas bálticas hasta España, la Galia y sus orillas atlánticas y, por supuesto, más allá del canal de la Mancha... Estos grupos de hombres y mujeres llegados del este del continente, en los límites de Asia, formaron poco a poco nuevos pueblos, entre los cuales se cuentan los ligures. No era una verdadera invasión en el sentido militar del término, sino más bien una búsqueda de nuevos lugares para implantarse, vivir y fundar un hogar, una familia.

A su llegada, estas tribus hallaron habitantes autóctonos zafios y salvajes, a veces más rudos que ellos mismos. Los enfrentamientos fueron escasos y, en conjunto, la integración se llevó a cabo de forma lenta y segura, en detrimento indiscutible de los primeros ocupantes, que se diluyeron por completo en el seno de los que llegaban.

Los recién llegados encontraron cosas muy extrañas. En sus caminos, llenos de baches, se cruzaron, cada vez más a menudo, con curiosas construcciones, monumentales hitos de piedra: aquí, un menhir que se erguía hacia los cielos; allá, un túmulo de entrañas negras como una caverna o, mejor, como un útero... Era evidente que unos pueblos más sabios que sus nuevos vecinos habían levantado los monolitos, pero ¿qué pueblos? Lo ignoraban, como nosotros, hombres del siglo XXI.

La extraordinaria aventura de estos nómadas estaba escrita en las primeras páginas de un libro voluminoso que no acaba de contar su fabulosa epopeya a través de los milenios. La epopeya de una civilización brillante, inalterable y persistente, pero también en perpetua evolución, con la capacidad de mantener lo esencial de sus valores intrínsecos, que tanto la distinguen de las demás. Esa civilización, que es la base de la nuestra, mucho más allá de lo que debemos (por fuerza) a las civilizaciones helénica o latina, es la de los celtas, nuestros verdaderos antepasados, ¡digan lo que digan!

LOS ORÍGENES DE LOS CELTAS

Así pues, ¿quiénes son los celtas? Es conveniente entenderse y saber de quién se habla, pues el término celta corresponde a aspectos muy alejados de la terminología etnográfica. Los celtas no forman una raza, sino una mezcla en movimiento de clanes diseminados, reunidos por vínculos más culturales y de culto que genéticos.

El propio origen de los celtas no es tan simple como pretenden algunos. Es cierto e indiscutible que la civilización celta debe mucho a las tribus llamadas indoeuropeas, pero esta versión es restrictiva y, por desgracia, se aparta así de la especificidad de ese pueblo abigarrado que se forjó una identidad fuerte y única en el mundo, enriquecida poco a poco con encuentros a través del largo camino de los siglos. En definitiva, ¡un fermento original y excepcional alimentó a pueblos distintos para formar al final una identidad única!

LOS LIGURES

Los ligures formaban una de las raíces del árbol celta. Contribuyeron a dotar a esta civilización de una industria indudable y avanzada. Eran maestros en el arte forestal, en el de la explotación de las minas y en el de la agricultura, donde el lino ocupaba una posición clave ya que, por sí sola, esta semilla proporcionaba tejido sólido, que pronto se hizo imprescindible.

Los ligures crearon las primeras redes de circulación, que favorecieron en poco tiempo los intercambios comerciales. A ellos les debemos las primeras carreteras pavimentadas, que siglos más tarde fueron restauradas por el invasor romano. Las vías romanas, a riesgo de defraudar a los incondicionales de aquellos salvajes, fueron en realidad vías ligures y luego celtas...

Como prueba de ello, reproducimos unos fragmentos de un reportaje publicado en el diario Presse Océan de Nantes, el 25 de septiembre de 2002:

Angers-Rennes era una carretera gala, y no romana

Los romanos no inventaron las infraestructuras de carreteras en la Galia. Existían antes de su llegada. Lo demuestran a diario los hallazgos del arqueólogo Gilles Leroux, que estudia en concreto el eje de carreteras Angers-Rennes.

«Hemos encontrado una hiposandalia bajo los restos de lo que se asemeja mucho a un puente hundido... Es una auténtica pieza de museo», explica Gilles Leroux... Esta «sandalia de caballo», seguramente de bronce, antepasado de la herradura, que mide 16 cm de largo y 12 de ancho, con hebilla delante y dos perforaciones detrás para pasar las correas de cuero, permite confirmar las hipótesis de Gilles Leroux. Esta clase de objeto era utilizado por los galos. No por los romanos...

Una carretera de... ¡2.152 años!

Gilles Leroux trabaja desde hace siete años en la historia del eje Angers-Rennes. En 1995 ya hizo grandes descubrimientos en Visseiche (35), con vestigios casi intactos de una carretera sobreelevada con estacas de madera y vigas que formaban un puente para cruzar el Seiche. Se calcula que esta infraestructura se creó en el año 150 a. de C...

Esta suela para caballo demuestra la anterioridad de las carreteras galas respecto a las del invasor, que se conformó con adaptarlas a sus necesidades con la ayuda de la mano de obra local, más obligada y forzada que voluntaria... Algunos vestigios de esas antiguas carreteras subsisten en lugares aislados y llevan un nombre encantador, ya que se conocen como «caminos de los erizos».

Algunos autores llegan, incluso, a pretender que los ligures fueron los constructores de los megalitos. No hay nada menos seguro. Los megalitos, sea como fuere, responden a unas realidades astronómicas evidentes y necesitan un saber y una tecnología que los ligures estaban lejos de dominar. Aunque la decepción sea grande, por honradez parece conveniente decir que lo ignoramos todo de esos constructores misteriosos y, además, hay que reconocer que no sabemos qué utilidad tenían los menhires y los dólmenes. Las suposiciones más o menos extravagantes que se pueden leer aquí o allá, los delirios místico-esotéricos y las afirmaciones científicas perentorias no son creíbles. Y que a veces se encontrasen esqueletos bajo alguno de ellos no significa que estuviesen destinados en su origen a servir de tumbas... Por lo demás, hallar unos esqueletos en las proximidades de megalitos sólo demuestra que se depositaron cuerpos en ellos, nada más.

Sea como fuere, los megalitos de Europa son los monumentos más viejos que pueden hallarse en nuestro planeta, ¡pero lo ignoramos todo sobre sus constructores, maestros de obras y promotores! Por otra parte, no olvidemos que los ligures se instalaron en la zona sudoriental de la Galia y al noroeste de Italia, que no es una región tan provista de megalitos como, por ejemplo, Bretaña, en particular el golfo de Morbihan, donde las filas de menhires parecen irradiar hacia el resto del continente a partir de Carnac la mítica, cuyo nombre se asemeja tanto al Karnak egipcio...

Los constructores de megalitos de la civilización precéltica resultan desconocidos, ¡y no vemos qué milagro podría hacer que se revelase su identidad algún día! De todos modos, no importa demasiado; lo que cuenta, sobre todo, es no asimilar a nuestros celtas con aquellos constructores, porque sería un grave error. En este sentido, es extraño comprobar la estupidez de ciertos grupos neodruídicas que practican sus rituales sobre dólmenes, creando así un vínculo improbable entre los druidas y la civilización de los megalitos e induciendo una función que seguramente nunca tuvieron esos enormes bloques graníticos. Y, a falta de piedras grandes, estos grupos folklóricos y ridículos no dudan en recrear el ambiente con falsos monumentos de poliestireno...

Conviene insistir en que es imprescindible disociar la civilización de los megalitos y la civilización celta.

APARICIÓN DE LOS CELTAS

Se supone que los celtas, al menos los que reciben este nombre, aparecieron entre los años 2000 y 1300 a. de C., en el periodo clasificado como Edad de Bronce. Llegaron en oleadas sucesivas antes de integrarse en otro pueblo extraño de orígenes muy misteriosos, los tuatha Dé Danann, las tribus de la diosa Dana...

Las confrontaciones, pacíficas o no, con los pueblos autóctonos acabaron revelando una cultura muy original. Algunos símbolos, en particular el triscelio, el aprovechamiento de los megalitos, de las prácticas religiosas y de los dioses bien plantados en un panteón nuevo forjaron poco a poco la identidad de los celtas con una cultura específica, distinta de todas las demás. En los emplazamientos de sus antiguas ciudades se hallan verdaderos campos de urnas, pequeñas vasijas de barro donde los celtas depositaban las cenizas de sus muertos. Y es a partir de ese periodo cuando se considera a la civilización celta como tal, hacia el año 1200 a. de C.

La contradicción con la utilización de los megalitos como tumbas no molesta en absoluto a la ciencia oficial, que está dispuesta a todos los compromisos si estos permiten introducir lo inexplicable en el marco de lo que impone el establishment. Como no sabemos para qué sirven los menhires, ¿por qué no los convertimos en monumentos funerarios? Pero esta es otra historia...

Los primeros de esos emigrantes reconocidos, los gaëls y los pictos, se instalaron en las costas del mar del Norte, hacia la actual Frisia. Más tarde desembarcarían en la gran isla de Bretaña y luego se instalarían en Irlanda, cuyo antiguo nombre, Iverioi, aparece solapado en el actual nombre de la República de Irlanda: Eire. Es allí donde se producirá el encuentro con las tribus de Dana, determinante para todos esos pueblos que, desde entonces, se convertirán realmente en pueblos celtas, con una religión más evolucionada que la de los chamanes: la religión de los druidas aportada por el dios Dagda. Así, con las gentes de la diosa Dana, toda la cosmogonía, la mitología y el alma celtas alterarán y marcarán profundamente la identidad y la cultura de esos pueblos nómadas. Los gaëls legarán su lengua, el gaélico, que aún se habla en Escocia, en Irlanda...

Hacia el año 650 a. de C., los británicos invaden la gran isla de Bretaña, Inis Prydain, a la que dan su nombre. En Escocia rechazan a sus predecesores.

Hacia el 600 a. de C. se desarrollan los primeros contactos directos entre los griegos y los celtas del Danubio y el sur de Alemania.

A partir del siglo V a. de C. comienza el periodo conocido como La Tène, yacimiento suizo situado en el lugar donde el Thièle sale del lago de Neuchâtel y donde se hallaron numerosos objetos de hierro, armas, herramientas y joyas. En esa época de La Tène, los celtas son evocados por los historiadores romanos y algunos griegos, en particular por Hecateo de Mileto (548-475); son denominados keltoi por los griegos y Celtae (o Galli) por los romanos.

Dominan en gran parte el continente. Las riquezas se desplazan desde Austria hasta las orillas del Danubio, que recibe su nombre de la diosa Dana, y desde el sur de Alemania hacia el norte y el oeste de Europa. El arte es muy elaborado y sigue siendo una referencia en nuestros días. Los guerreros utilizan ligeros carros de dos ruedas, como los romanos, probablemente incluso antes que ellos. Los celtas siempre asimilan a las poblaciones locales, en lugar de someterlas.

Tito Livio y Herodoto mencionan la presencia de celtas en Asia Menor, Grecia, Italia, España, Francia y el corazón de Turquía.

En el año 390 a. de C. los ejércitos celtas saquearon Roma, lo que da una idea de la potencia de aquellas hordas, que cuando se organizaban eran, sin duda, terribles e invencibles.

En el 279 a. de C., los celtas se apoderaron de Delfos. Un año más tarde otras tribus se trasladaron a Asia Menor, donde dieron su nombre a Galacia. Los gálatas, galos —se les dedicará una epístola más tarde en el Nuevo Testamento—, son también una de las innumerables raíces del árbol celta, y Pablo no se priva de reprocharles sus creencias, sus dioses. La presencia de los gálatas en esta región del mundo tiende a demostrar el hecho que, tras una oleada de flujo, tuvo lugar una especie de reflujo, ¡en cierto modo una migración en sentido contrario!

LAS MISTERIOSAS TRIBUS DE LA DIOSA DANA

Conviene dirigir la mirada hacia la espléndida e ineludible isla Verde, pues en sus tierras salvajes se halla el escenario de uno de los hechos más importantes de la civilización y la tradición celtas. En efecto, mientras algunos clanes frecuentaban aún los caminos de Europa, Irlanda era ocupada por dos curiosos pueblos: los luchupran y los fomorianos.

LOS LUCHUPRAN

Corresponden del todo a la idea que tenemos de los korrigans bretones de la Armórica. Los korrigans son esos pequeños y graciosos seres que habitan las rocas costeras de la península, pero también las landas cubiertas de aulagas y retamas, los bosques e incluso los recintos parroquiales de Finistère... Sus viviendas se desconocen, pero se les cede de buen grado los últimos monumentos megalíticos que sobrevivieron a la venganza clerical, a la concentración agrícola, a la urbanización y al turismo. ¿Descienden los korrigans de El Armor y El Argoat de los luchupran de Irlanda? ¡La pregunta se plantea en términos reales! Es cierto que los cartesianos, armados con su pretenciosa ciencia, se burlarán ante el enunciado de la existencia de estas criaturas salidas directamente de las leyendas bretonas. Sin embargo, las leyendas sólo son el reflejo alterado de una realidad indiscutible, aunque distinta de la nuestra. Remito al lector a mi obra dedicada a las hadas y otras criaturas de los bosques.[1]

Los luchupran son criaturas pequeñas, vivaces, dispuestas a jugar malas pasadas a quien vagabundea demasiado por la landa... La diferencia esencial entre ellos y sus primos del continente consiste en que estos últimos son aún visibles, aunque raramente, mientras que los primeros desaparecieron de la tierra de Irlanda con la llegada de las tribus de la diosa Dana.

Los luchupran fueron, seguramente, los primeros ocupantes de la tierra de Irlanda, por lo que serían sus únicos herederos frente a la historia del mundo.

LOS FOMORIANOS

Son seres desproporcionados, deformes, algunos de ellos dotados de un solo ojo, un solo brazo y una sola pierna. No parecen ser originarios de Irlanda, sino de Tor Inis, la Isla de la Torre, hoy en día Tory, pero tal vez era una simple base. Las leyendas reunidas en pergaminos redactados por los filli, los bardos irlandeses, conservan en su seno esta protohistoria de la isla. Digamos, de paso, que estos valiosos documentos se conservan en ¡el Museo Británico!, el privilegio del conquistador que confisca las huellas de la historia del pueblo vencido.

¡Algo nada glorioso!

Al parecer, los fomorianos constituyen una especie de ejército de vigilancia encargado de prevenir cualquier invasión de la isla, vigilan el mar, al acecho de la menor cáscara de

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