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El efecto multiplicador de las cerezas
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Libro electrónico309 páginas4 horas

El efecto multiplicador de las cerezas

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La hermana de Raquel Ramber, Tania, es brutalmente violada y asesinada. Su cuerpo aparece misteriosamente en el despacho del poderoso catedrático de Retórica Aplicada al discurso Político don Rodolfo Marcinelli, profesor de Raquel e influyente asesor del presidente de la nación llamada Malare. Tania ni siquiera estaba matriculada en la Universidad. ¿Qué hacía allí? ¿Estaba el profesor de algún modo implicado? ¿Podía haber alguna relación entre el asesinato y el enfrentamiento que éste había tenido con su alumna Raquel, hermana de la víctima? Raquel Ramber iniciará una investigación que la llevará a descubrimientos que cuestionarán ciertas realidades políticas tenidas por verdades incuestionables en la sociedad malarea. También pondrá en evidencia la honorabilidad no sólo del catedrático, sino de otras personas del entorno de éste y de su propia familia. Y descubrirá también algo que desconocía: una innata capacidad de seducción. Seduce sin buscarlo, y no dudará de valerse de ello para conseguir lo que quiere. La joven Raquel va a poner en peligro su vida y la de otras personas que van saliendo a la luz conforme avanza la investigación, una antigua profesora universitaria que trabajó en el departamento del catedrático Marcinelli, huida del país por un feo asunto que no llegó a resolverse; un inspector de policía profesional y honesto que va a contra corriente en la sociedad malarea y en el propio cuerpo de policía al que pertenece; también antiguos becarios del departamento del todopoderoso y omnipresente profesor Marcinelli. En la democracia de Malare no es oro todo lo que reluce, a pesar de la ostentación que hacen de ella. De ello se va a dar cuenta Raquel Ramber a lo largo de su indagación, y su inseparable compañera Soraya Wilker, estudiante extranjera en la universidad malarea. Pero también el inspector de policía que investiga el asesinato de Tania, que sufrirá, a sus 42 años de soltero empedernido, un inexplicable enamoramiento de la joven Raquel, y un giro inesperado y dramático en su vida. Pero no es sólo una novela negra, un relato de asesinatos, riesgo y suspense. Es también una novela política, donde la política, nacional e internacional, los medios de comunicación como instrumentos de poder, las guerras entre potencias que buscan un efecto tapadera sobre sus problemas internos, la represión de los movimientos de oposición tienen un gran protagonismo, enmarcan y condicionan las vidas personales de los protagonistas, quienes se ven arrastrados por los acontecimientos, por la aparición de un nuevo estado, la persecución de los llamados Escritores de la Calle, que resultarán en cierto sentido relacionados con el caso del asesinato de Tania. La política, el poder, el sexo, la mentira, el crimen, la violencia, el terrorismo, pero también la amistad y el amor, son elementos que se entrecruzan en las páginas de El efecto multiplicador de las cerezas, todo ello en una geografía inexistente, que, sin embargo, el lector, la lectora, sentirán muy cerca.

IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento16 jun 2015
ISBN9781310186493
El efecto multiplicador de las cerezas
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Autor

Joxe Belmonte F. de Larrinoa

Nací en Bilbao un 16 de junio de 1960. Mi familia no tenía pensado que yo estudiara por lo que abandono mis estudios a edad temprana para ponerme a trabajar. Estudio administrativo mientras busco trabajo. La crisis del petróleo del 73 llega al Estado Español aproximadamente con la muerte del dictador Franco, por lo que mis expectativas de encontrar un trabajo de botones en un banco se diluyen. Sigo con los estudios de administrativo, pero a los 17 años me replanteo el futuro: me matriculo en el instituto nocturno de Txurdinaga en Bilbao, y descubro que eso del estudio en serio no se me da nada mal. Comienzo también ahí mis estudios de euskera. Entro en la Universidad del País Vasco a estudiar historia, mi primera gran pasión, intelectual, posteriormente abandonada. Descubro la Historia del Arte, mi debilidad. Decido terminar la carrera en Zaragoza, intentando mejorar el curriculum que me iba a ofrecer la entonces nueva e inexperta Universidad del País Vasco. Me licencio en 1986, y vuelvo a mi tierra, y al euskera, mi segunda gran pasión intelectual, abandonada hacía unos años. En un año consigo la titulación, me presento a las oposiciones y obtengo una plaza como profesor de euskera en el euskaltegi (centro de enseñanza de euskera) municipal de Leioa (Bizkaia – País Vasco). Eso va a marcar gran parte de mi vida, ya que Leioa se convertirá en mi segundo hábitat, y las diferentes instalaciones municipales en mi segunda casa. En Leioa desarrollo mi carrera profesional, profesor, coordinador didáctico y director de ese centro que enseña euskera. Me especializo mediante unos cursos de post-grado en la Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea en enseñanza de segundos idiomas, especialidad de euskera. Soy examinador de EGA (Certificado de Capacitación de Euskera), titulación dependiente del Departamento de Educación del Gobierno Vasco, durante aproximadamente diez años. Mediante una promoción interna paso a ser técnico de euskera del Ayuntamiento. Durante ese periodo como técnico de euskera soy invitado por la Secretaría de Política Lingüística de la Generalitat de Catalunya a dar la conferencia Normalización del euskera, conocimiento y uso, dentro de la XIII Trobada de Centres d’Autoaprenentatge que tuvo lugar en la Universidad de Barcelona. Después de cuatro años paso a ejercer como técnico del Área de Educación y Política Lingüística del Ayuntamiento. La Educación ha ido cobrando una gran importancia en la última década en el Ayuntamiento y en el municipio, hasta ser ambos un modelo a seguir en cuestiones de educación y participación ciudadana, razón por la que se consideró necesaria la creación de una dirección técnica del área. Paralelamente a todo ello realizo lo que va a ser, después de la historia y el euskera, mi tercera gran pasión intelectual: la literatura. Además de algunos artículos en revistas técnicas sobre enseñanza de segundos idiomas, voy poco a poco haciéndome un lugar en el mundo de la literatura en euskera, primero, y de la literatura en castellano, después. Arranco en 1990, poquito a poquito, empleando mis ratos libres. Así a lo largo de los años posteriores voy publicando mi obra y obteniendo algunos premios literarios de cierta importancia: - En 1990 la novela en euskera “Ez dira ilunak” con EREIN. - En 1993 el primer premio en la modalidad de euskera con el cuento Leiho hautsia del concurso de cuentos “Imagínate Euskadi” organizado por el entonces Banco Central Hispano. - En 1997 el primer premio en la modalidad de euskera con el cuento Heriotza abisu barik etorri zen en el “Concurso de cuentos Donostia – San Sebastian”, organizado por el ayuntamiento de la ciudad. - En 1998 el primer premio en la modalidad de euskera con el cuento Heriotza usoak en el “Concurso Gabriel Aresti”, organizado por el Ayuntamiento de Bilbao. - En 1999 finalista en la modalidad de euskera con el cuento Hiriko ametsak en el “Concurso Gabriel Aresti”, organizado por el Ayuntamiento de Bilbao. - En 1999 publicación de la colección de cuentos “Amodio Zoroak” con ELKAR - En 2000 finalista en la modalidad de castellano con el cuento El Órgano en el “Concurso Gabriel Aresti”, organizado por el Ayuntamiento de Bilbao. - En 2003 el premio de narrativa EREIN-EUSKAKIKO KUTXA con la novela en euskera “Hamar urte barru”, publicada ese mismo año por la propia Editorial EREIN - En 2005 publicación de la traducción de la novela anterior con el título “Al cabo de diez años”, traducida por mí, con editorial EREIN. - En 2008, originalmente escrita en castellano, publicación de la colección de cuentos “Relatos bajo el aguacero”, con la editorial EREIN - En 2009, en euskera la novela “Marina Suredaren amets urratuak” (Los sueños rotos de Marina Sureda), con la editorial EREIN. Ahí se produce un parón, motivado por diferentes situaciones de mi vida personal, y en última instancia por la propia crisis del libro impreso. En 2015 me animo a entrar en el mundo de los ebooks y otros escenarios virtuales, después de haberlo pensado mucho. Es por ello que estoy aquí.

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    El efecto multiplicador de las cerezas - Joxe Belmonte F. de Larrinoa

    I PARTE

    1

    Raquel Ramber observaba con el rictus languideciente propio de los primeros momentos de la mañana a su hermana dormida frente a ella. El sol, también languideciente por la misma razón, apenas le iluminaba el rostro con cuatro rayas de luz adentradas por las rendijas de la persiana. Tomó asiento en la silla donde su hermana había tirado con despreocupación la noche anterior sus tan juveniles como atrevidos atuendos, y se quedó observándola como si le pidiera a aquel rostro relajado y deformado por el sueño, sin ojos ni vida consciente, que le resolviera la duda que la reconcomía. Tania regresó ayer noche de los Campamentos de Juventud después de pasar dos meses irremisiblemente alejada de la familia, amigos y profesión. Según la máxima, habría pasado de niña a mujer. Para Raquel Ramber, sin embargo, desde que había leído en el Centro de Lectura Shakespeare la obra de la desaparecida profesora titular de la Universidad de Gran Ciudad de Malare Ruth Martín sobre la socialización de los jóvenes, donde los Campamentos de Juventud tenían un protagonismo esencial, nada era lo mismo en su vida. Sostenía constante la duda en torno a los campamentos, y eso le hacía cuestionar no pocos aspectos de la política tradicional malarea. ¿Podría su hermana descubrirle algún aspecto de los Campamentos de Juventud que ella no fue capaz de aprehender tres años atrás?

    Los Campamentos de Juventud pretendían provocar el salto a la madurez de los jóvenes malareos. En aquellos campamentos primaba la libertad absoluta, pero una libertad sin pulir, utilizada incorrectamente, inadecuadamente, como solían decir los textos de sociología que trataban este aspecto importante de la educación de los jóvenes de Malare. Era el gran momento de la rebeldía para los adolescentes que ocupaban los campamentos durante dos meses: recibían órdenes que no obedecían, se saltaban las normas y reglas que fuera de aquellos campamentos nadie osaría ignorar; incluso se hacía uso de la violencia. También se hacía el amor, en la mayoría de los casos por primera vez. Era el arranque sexual de las malareos de diecisiete años, como Tania, a la que le faltaba un mes para los dieciocho, la enorgullecedora edad del voto.

    Veía a su hermana tierna, joven, como ella hacía poco más de tres años, y la imaginaba días atrás con las piernas dadivosas, el cuerpo sudoroso, recibiendo con la ineptitud propia del ansia las embestidas poco consideradas de algún joven, porque en eso eran lo mismo los hombres de aquí que los de allá, siempre tan seguidores del instinto, tan exclusivamente carnales, casi carnívoros. De cualquier forma, seguro que su hermana se arregló mejor con los chicos que ella misma, era hermosa, y sabía manejar sus encantos, al contrario que ella, introvertida, desconfiada. La relación con el otro sexo era según Ruth Martín lo mejor de los Campamentos de Juventud, porque las relaciones sexuales despertaban en los jóvenes una conciencia de su propio cuerpo, de sus deseos, de su forma de alcanzar el placer, lo que les traía una conciencia de individualidad interesante. Era ciertamente incendiaria aquella Ruth Martín por la que Raquel Ramber estaba pasando de sentir curiosidad a padecer admiración, pero también algo de temor. ¿Podían ser ciertas todas aquellas barbaridades que sostenía aquella ex profesora universitaria? Si es que alguna vez lo fue, porque aquello también se negaba en instancias oficiales. Había desaparecido todo vestigio de ella; no había un solo libro suyo en la biblioteca de la Universidad, ni en la Biblioteca Central malarea, ni en las librerías, donde no sabían nada de ninguna autora que respondiera a aquel nombre. Ni siquiera una reseña de una comunicación para un congreso. Nada. ¿Tenía que ver aquella eliminación de la existencia de la profesora con lo que supuestamente había denunciado? ¿O era todo ello una leyenda urbana?

    Recordó Raquel mirando a Tania, su propia rebeldía en los Campamentos de Juventud, y hasta su única relación con el otro sexo. Creyeron que de verdad se rebelaban contra las autoridades existentes y el orden establecido cuando en realidad hasta la quema de los bungaloes de los monitores fue una farsa, una revolución de plástico, y nosotros unos rebeldes de juguete, se decía Raquel. Todo estaba dirigido. Cuando Raquel Ramber, de familia de ideología puramente malarea, pudo leer en el Centro de Lectura Shakespeare que la quema de los bungaloes sucedía de vez en cuando en estos campamentos de finalidad socializadora, se quedó asombrada, muda durante días. ¿Cómo era posible que aquel librito marginal que llevaba escrito diez años describiera con una exactitud asombrosa los actos de rebeldía aparentemente espontánea de los que ella había sido protagonista en su verano de campamento? ¿Era posible que los miembros de los grupos violentos radicales fueran inicialmente captados, o descubiertos para su posterior captación, por las delegaciones gubernamentales de los Campamentos de Juventud, unos campamentos definidos como educativos y socializadores? Porque esta teoría también la defendía Ruth Martín. Sus teorías eran difíciles de deglutir, pero, al tiempo, las evidencias en que se sustentaban eran tan claras que creaban duda.

    Por otra parte, ¿cómo era posible que toda la comunidad académica e intelectual, así como los siempre atentos profesionales de las agencias de información, ignoraran que los campamentos oficiales del Gobierno servían para separar a ovejas de lobos, y utilizar a unos y otros de modo conveniente para la bendita –la cursiva era de la profesora Martín— Comunidad? ¿Y si los periodistas no lo ignoraban? ¿No sería eso aún peor?

    Lo último que se supo, información no oficial, de aquella primera disidente supuestamente surgida de la poderosa Facultad de la Información es que terminó perteneciendo a una secta llamada Escritores de la Calle, con quienes publicó aquella pequeña obrita que Raquel leyó hace un tiempo y que ahora no se encuentra en ningún sitio. Era uno de los grupos políticos acosados, ora sutilmente, ora abiertamente, por las autoridades malareas, razón por la que tenía la calificación de secta. Aquel librito de edición limitada, pues se hablaba de unos cien ejemplares, desapareció del Centro de Lectura Shakespeare, y no lo encontró en ninguno de los otros centros de la Gran Ciudad de Malare. Visitó incluso las librerías de los barrios bajos, poco recomendables para un malareo de buena familia.

    Aquella obrita crítica de Ruth Martín sobre educación social en los Campamentos de Juventud, donde la retórica tenía naturalmente un elevado peso específico, no en vano de ella se decía había sido profesora del Departamento de Retórica Aplicada, había abierto campos de dudas en la mente de Raquel, campos tan grandes que sólo cerrando los ojos y en soledad y silencio, como entonces, podían verse en toda su inmensidad. Aquel librito había impresionado a Raquel hasta el punto de haber intentado averiguar el paradero de su autora. Indagación vaga que se convirtió en búsqueda obstinada cuando averiguó que en la biblioteca de la universidad donde la profesora Martín había desarrollado su labor docente no había ni un solo trabajo suyo, ni en la Central, ni en la de la Facultad. ¿Cómo era posible aquello, si hasta el becario más inepto tenía una comunicación publicada en las actas de algún congreso de tres al cuarto? ¡La leyenda urbana no era una explicación! No podía serlo.

    Esa misteriosa ausencia espoleó su mente curiosa, su espíritu insatisfecho y le dio la magnitud de lo que redescubrir a aquella mujer podía suponer profesionalmente. Después de la investigación archivística quedaba el trabajo de campo, las averiguaciones a través del verbo. No importaba si, como suponía, todos los profesores le respondían lo mismo; importaba cuál era la razón para que todos le respondieran lo mismo, qué razón podía haber, aparte de que fuera verdad, para que ninguno de los antiguos colegas de Ruth Martín la recordara. En definitiva, un trabajo de interpretación que analizaría las respuestas de los profesores y del personal no docente de la Facultad en los años en que aquélla ejerció su labor de enseñante, si es que alguna vez sucedió tal cosa.

    Tenía claro cómo empezar; de hecho había comenzado ya. El método no parecía un problema. La motivación era grande: enfocar la tesis, ¡su tésis!, como la búsqueda de una intelectual inédita, y hasta subversiva, era poco menos que emocionante. Sin embargo, algo le decía, una y otra vez, que hablar con los profesores sobre quien había sido una compañera que había puesto en duda alguno de los preceptos constitucionales malareos podía ser, cuanto menos, comprometido. Era verdad que una de las máximas de la Facultad de la Información, y de toda la Democracia Malarea, era la libertad e independencia para informar como se quisiera, pero la ley escrita suele ser una y la que se aplica otra bien distinta. Por eso al principio sólo compartió aquel asunto de su tesis con Sora, Soraya Wilker, su compañera de facultad, la hija de un diplomático de una de las naciones insignias del continente, una de las viejas democracias, la primera que tomó modelo del Viejo Continente, lo cual hacía a su gente diferente de la de aquí, por cuanto solía aparecer más abierta a las críticas, incluso aunque éstas cuestionaran bienes aceptados por todos. La crítica es purificadora, solía decir Soraya Wilker, incluso cuando no tiene razón; nada se debe tomar como definitivo, por muy sagrado que sea; nada lo ha sido nunca, hasta nuestro concepto de Dios ha cambiado. La mentalidad malarea, sin embargo, era más estable, no tenía necesidad de andar cambiando cada pocos años, le respondían sus compañeros de facultad.

    A veces pensaba Raquel Ramber, no sin acompañar el pensamiento de cierto escalofrío, que Soraya Wilker tenía razón, que las cosas eran demasiado estables en Malare, que nada se había movido durante demasiados años, que no había crítica, ni cuestionamiento de lo existente. Su amiga, consecuencia de las ideas que defendía donde las defendía, se estaba haciendo realmente impopular entre sus compañeros de la Facultad de la Información, y estaba provocando al tiempo una catarsis en el espíritu ya de por sí inquieto de Raquel Ramber.

    *********

    Su hermana, la menor de las Ramber, seguía con los ojos cerrados. Tenía unos ojos hermosos que ahora no se veían.

    —¿Qué miras? –preguntó Tania clavándole sus ojos azules.

    —Bienvenida.

    —Gracias. ¿Dónde estabas anoche?

    —Llegué a los pocos minutos de que te acostaras –dijo Raquel en tono de disculpa.

    —¡Estaba agotada!

    Era ahora Tania la que parecía disculparse ante su hermana. Se levantó y abrió los brazos para recibirla con un abrazo. Luego se sentó en la cama y señaló sus labios con el dedo índice, indicando a Raquel algo que otros no habrían entendido caso de estar presentes, porque respondía a una complicidad de hermanas, a un secreto inocente, que lo era desde que eran muy niñas y a Raquel, la mayor, se le ocurrió proponer cuando apenas tenía diez años: aprenderemos a leer los labios. Al principio fueron cinco mensajes correspondientes a las cinco primeras semanas, así el primero era, hola, ¿qué tal estás?, el segundo, ¿dónde están mamá y papá?, el tercero era un golpe de picardía de Raquel, me gustaría besarle, el cuarto decía, el coche es rojo, el más neutro de todos, y finalmente el quinto, papá y mamá están fuera. Los objetivos fueron cumplidos, y una vez esto sucedió llegaron nuevos mensajes con los que desarrollar el aprendizaje de la lectura de labios. El proceso fue lento en sus primeros pasos, pero veloz más tarde. Pronto se dieron cuenta que estaban en disposición de entrar en el excitante juego de la lectura de conversaciones ajenas, y el no menos excitante juego de conversar sin que los demás se dieran cuenta. No han abandonado esta práctica de comunicación sin voz, aunque ahora sólo quieren resucitar aquella complicidad de entonces, aquella inocencia pueril del juego que idearon. Se alejaron una de la otra, y cuando estaban a la mayor distancia que la habitación permitía, se miraron. Fue Tania la primera en menear los labios, para preguntar:

    —¿Estuviste con Héctor?

    —No.

    Tania quedó expectante, esperando que su hermana continuara.

    —¿No? –apremió al fin impaciente la menor de las hermanas.

    —Rompimos la semana pasada; o quizá deba decir que nos dimos un tiempo para pensar.

    —¡Bien! –expresó silenciosa y entusiasta la hermana menor, que a estos matices también llegaban sus labios y su rostro todo.

    También el rostro de la hermana mayor, aún sin haber movido sus labios en absoluto, fue bastante elocuente para Tania, de modo que se decidió a darle una explicación.

    —No me parece que te convenga Héctor, la verdad. Vive en Ciudad Fronteriza. Es un desarraigado...

    —Eso no importa, Tania –dijo Raquel rompiendo el juego, es decir, con su voz profunda y tranquila, a pesar del punto de malestar que se adueñó de ella.

    —A ti no, pero a la gente sí, y eso hace que tengas que ir con él medio a escondidas, que no lo puedas traer a casa porque disgustarías a papá y mamá. Nunca has podido pasear con él por el centro de la ciudad.

    El juego estaba definitivamente roto. Raquel no supo qué responder; tal vez por ello dijo simplemente:

    —¡Tania, por favor!

    —¿Y tú sabes que en el mejor de los casos, o sea, si sus intenciones son buenas, no podrá residir en la Gran Ciudad de Malare hasta que no se case contigo?

    —¿Y cuál es el peor de los casos que imaginas, Tania, o sea, si sus intenciones son malas?

    Ningún movimiento labial habría podido transmitir la rabia destilada por aquellas palabras de Raquel, ni la que se desprendió de la respuesta de Tania:

    —¡Despierta, guapa! –exclamó y se detuvo ahí un momento como si se armara de paciencia para continuar—. Que te esté utilizando para obtener la residencia en la Gran Ciudad de Malare, hermanita; lo hacen muchos fronterizos. Ése es el peor de los casos.

    Ahí callaron las dos hermanas, la voz y el silencioso morse labial, y cada cual miró a un lado diferente de la habitación

    Fue Raquel, como casi siempre, la que volvió a un tono y palabras conciliadoras:

    —Acabas de llegar y ya estamos discutiendo. Perdóname, Tania.

    —¡Perdóname, perdóname! Al final siempre eres tú la buena. Tú me tienes que perdonar a mí, ¿vale? Yo no soy quién para meterme en tus cosas.

    La sonrisa abierta de Raquel abrió de nuevo el juego de la comunicación silenciosa.

    —¿Qué? ¿Lo hiciste?

    —¿Hacer qué?

    —Vamos, no seas tonta, Tania. Ya sabes lo que quiero decir, una relación con un chico.

    —¿Por qué lo preguntas?

    —Estrenarse en los campamentos es algo habitual.

    —Raquel, ¿tú no lo hiciste hasta los campamentos?

    —¿Tú sí? –ahora eran los ojos, estupefactos, de Raquel los que hablaban.

    —¡Claro! —y rió.

    —¿Con quién?

    —¡¿Qué más da?! Con un chico –y sonrió.

    —¡Tania! ¿Antes de los diecisiete?

    —Con quince –y arqueó las cejas orgullosa.

    —Ya veo que no te afectaron demasiado las lecciones de formación sexual del colegio.

    —Tranquila, tomamos precauciones –expresó Tania con el semblante ligeramente más serio que hasta entonces, volviendo a una sonrisa de sorpresa incontenida. ¿Y tú no lo hiciste hasta el campamento?

    Raquel bajó los ojos mientras retenía la respuesta.

    —No –respondió finalmente —, no lo hice hasta que conocí a Héctor.

    2

    Aún no era mediodía, a pesar de lo cual el sol gritaba arrogante desde lo alto. Nadie era ya capaz de mirarlo, ni de soslayo. Los estudiantes, tumbados en el campus, ligeros de ropa, agradecían el fin del invierno, que parecía haberlos abandonado definitivamente, mientras sus mentes y conversación recorrían las declaraciones de los dirigentes de la Gran Ciudad de Truestere de las que habían sabido esa misma mañana. Hablaba entre los más de ocho jóvenes reunidos uno de apariencia típicamente malarea, es decir, de belleza cuidada y mirada próxima a la arrogancia.

    —Su propia inoperancia para el desarrollo económico los está echando sobre nosotros. Se han creado en torno a Gran Ciudad de Truestere, su capital, unas bolsas de pobreza que están alimentando constantemente a los diferentes grupos extremistas.

    —Pero, Luisfer, todo el mundo sabe que los grupos extremistas fueron una idea y ejecución del propio gobierno truestereano.

    —Dicen que el viejo ex presidente de Truestere Nocer Salceda fue el encargado de su reclutamiento y organización, e incluso que estableció contactos entre éstos y los malditos activistas de Luz Negra –añadió un tercero.

    —Sí, el tío del actual presidente –respondió un cuarto.

    —A eso se refería Luis Fernando, ¿no, Luisfer?, a que han pasado de ser grupos de ideología radical controlados por el gobierno a ser grupos de ideología radical sin control alguno, o al menos con una pérdida de control cada vez mayor por parte de las autoridades truestereanas.

    —¿Oísteis a Roiger Mortem?

    —¿Qué dijo?

    —Lo de siempre. Que la Democracia Malarea es una farsa, que se persigue a los que no piensan en clave malarea, que la educación es una especie de adoctrinamiento totalitario, que los Campamentos sirven para la selección de quienes van a ser esto o lo otro; es decir, eso que él llama determinismo social. Incluso que estamos frustrados sexualmente...

    —¿Qué?

    —Sí, que en la escuela nos meten el miedo a follar. Lo dijo así, con ese espíritu populista que tanto gusta a los truestereanos; ahora reniega de su origen malareo, y de las normas de educación que aprendió entre nosotros.

    —¡Valiente cobarde! Se valió de todos sus privilegios como malareo, dicen que llegó a doctorarse en esta universidad, y que cuando estaba en lo más alto que por méritos propios hubiera podido conseguir, comenzó a disentir convenientemente para que le abrieran las puertas principales de Truestere, y llegar a lo que por sí mismo nunca habría llegado.

    —¿Qué es ahora allí?

    —Director del Instituto Nacional de Investigación de las Lenguas Truestereanas, además de tener su cátedra universitaria.

    —¿Desde cuándo tienen más de una lengua esos truestereanos? Rieron, unos; sonrieron, otros.

    —Bueno, de eso se trata –explicó el que hemos oído hablar primero—: de abundar en las diferencias para que de las hablas locales, incluso de idiolectos más o menos próximos, puedan surgir características comunes que les permitan hablar de dialectos truestereanos.

    —Sí, son muy creativos esos truestereanos con las cosas de la cultura –dijo uno de los que sólo apuntalaba con breves comentarios las explicaciones de los otros.

    —Roiger Mortem es un maldito aprovechado, siempre lo ha sido.

    Había alguien en el grupo de ocho que se había quedado en un punto más atrás de la conversación, una joven a la que no le interesaban los manidos discursos de Roiger Mortem.

    —Me pregunto –comenzó a decir Raquel Ramber— cuál será el origen de nuestros radicales.

    —¿Nuestros radicales? No son nuestros. Son gente de extrarradio, pueblerinos que llegan a la Ciudad en busca de fortuna y lo único que encuentran es la acogida de esos grupos marginales.

    —Son malareos, ¿no?

    —Son gentes sin patria.

    —Sin embargo, defienden a ultranza los presupuestos ideológicos de la Democracia Malarea.

    —A alguna idea se tienen que agarrar.

    Pero no es la política el único tema que ocupaba aquel primer día de primavera a los jóvenes malareos. Las sonrisas al hablar sobre el otro sexo eran también frecuentes, porque en esto no cambiaba el mundo, ni a golpes de programa escolar. Las chicas con estos calurosos días habían sacado de sus armarios, con anticipación inusual, las ligeras ropas del verano que liberaban sus carnes blancas, deslumbrantes, sonrientes. Raquel Ramber era de las cuatro chicas presentes la más recatada, si bien la turgencia procaz de sus pechos bajo la blusa blanca de algodón llevaba al observador a las antípodas de la morigeración. Estaba también más seria que el resto. De ello tenía fama, y no vanamente, pero lo de aquel día era quizá más la disposición de su ánimo, pues la entrevista que iba a tener unos minutos después con el profesor Marcinelli le pesaba demasiado.

    Abandonó el grupo antes que ningún otro de los que conversaban aquella mañana para dirigirse al temido despacho. En la entrada de la Facultad se unió a ella Soraya Wilker.

    **********

    Las paredes laterales del pasillo central de la vieja Facultad de la Información malarea retenían las palabras temerosas de Raquel, que seguía padeciendo como a lo largo de toda su vida un espíritu ciertamente contradictorio, una personalidad esquizoide que la obligaba a realizar actos cuya autoría requería condiciones de héroe o de descerebrado, teniendo como tenía ella un espíritu introvertido y reflexivo. Soraya Wilker, su amiga, alumna procedente del país centrocontinental de larga tradición democrática, hija de padres separados desde que ella era pequeña, que residía con su padre en Malare, auténtica promotora del lado más intrépido e inconformista de su amiga malarea, le escuchaba con atención, mientras se dirigían al despacho del catedrático don Rodolfo Marcinelli. Soraya Wilker había actuado durante los cinco años de carrera como un acicate importante en la rebeldía de su compañera, le había abierto los ojos sobre algunas cosas de Malare, valiéndose de una meritoria oratoria, convincente, densa, hábil. Aunque bien es cierto que no eran pocos los defectos que ella sólo veía en Malare, y sin embargo eran comunes a los de su país de origen; incluso cabría decir que alguna perversidad malarea resultaba irrisoria al lado de la dimensión trágica que tomaba en su país. Sin embargo, ella veía pocos defectos allí donde nació, alguno sí, por supuesto, que no se dijera en vano que los centrocontinentales tenían una gran capacidad para la autocrítica.

    —Tengo que hablarle de ello, Sora.

    —Hazlo. ¿Qué te lo impide?

    —Bueno, Rodolfo Marcinelli no es precisamente el profesor más comprensivo de la Facultad.

    —No estés tan segura. Es un catedrático viejo. Se puede permitir cierta dispensa a la hora de aceptar temas para las tesis. Además su edad le hace vulnerable ante la belleza.

    —No digas tonterías.

    —No lo son. Tú sonríele. Rompe la distancia correcta.

    —¿Pero de qué estás hablando?

    Raquel se llevó a su amiga a la ventana más próxima del pasillo, una de las que daba al viejo claustro neoclásico. Afuera un ligero viento traía consigo varias nubes que estaban cubriendo el trozo de cielo del claustro. Raquel continuó donde lo dejó cuando sus pasos las llevaban hacia el despacho del catedrático don Rodolfo Marcinelli, ahora apartadas junto a la ventana, alejadas del ir y venir de compañeros de la Facultad.

    —Soy una alumna de quinto de Información que va a pedir al más célebre de los catedráticos de esta facultad, quien es un déspota de cuidado, que le dirija su tesis. Y a esta alumna se le ha metido en la cabeza que la tesis trate uno de esos temas tabú en la sociedad malarea, como tú misma dijiste, la función socializadora de los Campamentos de Juventud, con especial atención, lógicamente, al uso de la retórica. Eso podría destapar otros aspectos de esos campamentos que, sospecho, no interesa que se descubran; analizar la retórica aplicada en los campamentos consistiría en desnudar el medio para llegar a los fines, a las finalidades últimas del sistema pedagógico—socializador malareo, tal vez fundamentar la teoría del determinismo social formulada por Roiger Mortem.

    —¡Cálmate, Raquel! Para empezar no hables de función socializadora, sino de función social, ni de uso de la retórica, sino de papel de la retórica. Aplica los conocimientos que nos han dado

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