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El Best Seller

El Best Seller

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El Best Seller

Longitud:
242 página
4 horas
Editorial:
Publicado:
Oct 27, 2014
ISBN:
9781633394285
Formato:
Libro

Descripción

¿Matarías por escribir un best seller? Adrian Slater asegura estar dispuesto a hacerlo, y así lo anuncia en una clase de escritura creativa. El profesor Dudley Grose está convencido de que Slater es un psicópata que cumplirá lo que proclama, pero la decana de la universidad no le cree, y la policía, tampoco. Sin embargo, cuando desaparece una alumna de la clase y encuentran su cuarto de baño inundado de sangre, la policía se pregunta si Slater habrá cumplido su amenaza, y si el libro que está escribiendo contendrá las pruebas necesarias para lograr que acabe en la cárcel.
El best seller es un libro sobre asesinatos, pero también aborda el proceso de la escritura creativa y el cambio radical que ha supuesto la publicación virtual, al haber creado un mundo donde el asesinato como entretenimiento puede incluso resultar lucrativo.
Editorial:
Publicado:
Oct 27, 2014
ISBN:
9781633394285
Formato:
Libro

Sobre el autor

Biografia dell’autore Stephen Leather è uno tra i giallisti britannici di maggior successo, ha dominato la classifica degli ebook più venduti e quella dei best seller del Sunday Times, è autore di Dan ‘Spider’ Shepherd, serie osannata dalla critica, e del ciclo di polizieschi paranormali Jack Nightingale. Prima di diventare scrittore ha lavorato per oltre dieci anni come giornalista per il Times, il Daily Mirror, il Glasgow Herald, il Daily Mail e il South China Morning Post di Hong Kong. È uno tra i principali autori di ebook del Paese e i suoi titoli sono tra i primi nelle classifiche britanniche e statunitensi di Amazon Kindle. Solo nel 2011 ha venduto più di 500.000 ebook e la rivista The Bookseller lo ha votato come una tra le cento persone più influenti dell’editoria britannica. I suoi best seller sono stati tradotti in quindici lingue e ha scritto anche per la televisione.


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El Best Seller - Stephen Leather

44

CAPÍTULO 1

––––––––

MARINA DEL REY (CALIFORNIA). HACE UN AÑO.

Cayó un rayo y Kirsty se encogió. Dos segundos después, dio un respingo cuando, a su izquierda, el rugido de un trueno partió en dos el cielo nocturno de California. Empezaba a llover cuando entró en el puerto deportivo. Al principio solo caían unas gotas, pero en cuanto llegó al embarcadero de madera en dirección a los veleros, se transformaron en unas densas cortinas de agua que la calaron hasta los huesos. Se secó la cara con la mano. Parte de ella, la parte sensata, sabía que lo mejor sería dar media vuelta y volver a casa. Pero su otra parte, la que no la dejaba dormir por las noches, la empujaba a continuar. Tenía que averiguarlo. Tenía que saber la verdad.

El embarcadero principal se internaba en pleno centro del puerto deportivo y se ramificaba a ambos lados en otros más pequeños. Los tablones de madera crujían con casa paso que daba hacia el barco de Wilson. Kirsty ya había estado en él en tres ocasiones: la primera vez, para navegar con Wilson; la segunda, para comer, y la tercera... se estremeció. No quería pensar en lo que había pasado la tercera vez.

Un pequeño animal peludo cruzó corriendo frente a ella, y Kirsty reprimió un grito. Se detuvo y respiró lenta y profundamente para tratar de frenar los latidos de su corazón. No quería estar allí, preferiría estar en casa, en su cama, viendo la televisión o leyendo. Pero tenía que estar allí. No había vuelta atrás, tenía que saber si se estaba volviendo loca o si era cierto que Eddie Wilson quería matarla.

Cayó otro rayo, pero esta vez estaba preparada para el trueno que vendría unos segundos después. El velero de Wilson se llamaba Con buena letra, medía algo más de nueve metros y tenía un solo mástil. La vela estaba recogida y cubierta con una funda de nailon azul. No se veían luces dentro. El barco de Wilson era el único que se usaba como vivienda, el resto eran juguetes para marineros de fin de semana. La mitad eran veleros y catamaranes, pero los demás eran embarcaciones a motor, fiestas flotantes que no solían alejarse del puerto más de unas pocas millas.

La lluvia se iba intensificando a medida que se acercaba al velero por el muelle de madera. Al llegar a la popa, se detuvo y miró a su alrededor. El puerto estaba desierto, y cuando llegó no había nadie en la oficina de la entrada. La puerta de rejilla metálica que permitía acceder a los barcos nunca estaba cerrada. Sacó el teléfono móvil del bolso, lo cubrió con la mano izquierda para resguardarlo de la lluvia y se lo acercó a la cara para mirar la pantalla. No tenía llamadas ni mensajes. Había quedado con Wilson para cenar en un restaurante mexicano que, según él, era de sus favoritos, así que, con un poco de suerte, estaría en el bar tomándose un margarita mientras ella hacía lo que había venido a hacer. Apagó el teléfono y se lo guardó en el bolsillo.

El barco estaba amarrado al muelle con tres cuerdas, una a cada lado y otra en el medio. Había un cable para la electricidad y una manguera que salía de una caja situada en la popa y llegaba hasta el interior del camarote trasero. Con cuidado, saltó del muelle a la cubierta, agarrándose al tejado del camarote para mantener el equilibrio en el barco, que se balanceó bajo su peso. El corazón le latía a mil por hora, así que volvió a respirar lenta y profundamente para tranquilizarse. «No pasa nada», musitó. «Entro, miro el ordenador y salgo. Está chupado».

Rebuscó en su bolso y sacó una cizalla que había comprado en una ferretería esa misma mañana junto con dos candados para practicar el corte de los grilletes. Solo tardó unos segundos en quitar el candado, que lanzó al agua antes de abrir la escotilla. La madera crujió y la lluvia empezó a salpicar dentro. Bajó al camarote justo cuando caía otro rayo sobre la superficie del mar. Fue más fácil abrir la escotilla que cerrarla, operación para la que tuvo que emplear todo su peso corporal.

Se quedó un momento de pie en la oscuridad, escuchando el sonido de su respiración. El barco se sacudía de lado a lado con el viento y los cables metálicos repiqueteaban contra el mástil. Intentó tragar saliva, pero tenía la boca tan seca que casi se ahoga. Sacó la linterna del bolso. Había tapado todo el cristal con cinta aislante, excepto un pequeño círculo que solo permitía pasar un estrecho y concentrado haz de luz. Era un truco que había aprendido viendo una película de suspense. Al ver que funcionaba, sonrió para sí misma. El fino haz iluminaba una sección de la pared poco más grande que un plato, así que ni siquiera alguien que caminara por el embarcadero vería la luz.

Al fondo del camarote principal había una puerta que llevaba al dormitorio. Sabía que allí había una cama de matrimonio con sábanas de seda de color rojo oscuro, el color de la sangre seca. Allí es donde había estado en su tercera visita al barco. De nuevo, se estremeció. Oía cómo el agua que goteaba de su cabello caía al suelo. Se secó la cara con la manga y movió el haz de luz por toda la pared y por el escritorio empotrado, evitando el ojo de buey de latón, aunque daba al lado contrario al muelle. El MacBook Pro de Wilson estaba allí, con la tapa abierta pero apagado. Kirsty se sentó en la silla de madera que estaba frente al escritorio y pulsó el botón de encendido. Cuando la pantalla se iluminó, apagó la linterna y la dejó sobre la mesa. Había tres cajones en el lado derecho del escritorio. Mientras esperaba a que el Mac se iniciase, abrió el primero de ellos.

Vio un bloc de dibujo, lo sacó y lo abrió. La sorpresa al ver el dibujo de la primera página hizo que sus ojos se abrieran como platos. Era una caricatura, una chica rubia con una coleta y con los ojos muy abiertos sentada frente a una máquina de escribir antigua. Sobre su cabeza había un globo de pensamiento lleno de muñecos de peluche. Los grandes pechos de la chica se apretaban contra su ajustada blusa. Kirsty, avergonzada, se llevo la mano al pecho. Había visto a Wilson con el bloc en clase, pero siempre dio por hecho que estaría tomando apuntes. «Cabrón», susurró.

El ordenador ya estaba encendido, así que se inclinó hacia delante y echó un vistazo a los iconos del escritorio. Solo había un documento de Word, titulado El best seller. Kirsty sacudió la cabeza asqueada. Siempre había pensado que Wilson bromeaba cuando decía que ese era el título de su libro.

Hizo clic en el archivo para abrirlo. A medida que iba leyendo los primeros párrafos, la expresión de asco de su cara iba en aumento. «Cabrón, cabrón, cabrón», murmuraba. Se levantó, encendió la linterna, atravesó la cocina y empujó la puerta del dormitorio. Abrió los armarios que estaban encima de la cama. Encontró dos almohadas, las sacó y las lanzó a la cama. Había también un voluminoso libro apoyado contra el lateral del armario y, junto a él, un grueso fardo de cuero. Sacó el libro y lo abrió. Era un libro de medicina. Concretamente, de anatomía. Había post-it amarillos que marcaban varias páginas, todas relacionadas con articulaciones. Rodillas, codos, caderas, cuello... Tiró el libro y sacó el fardo. Por su peso, sabía lo que contenía. El corazón le latía con fuerza cuando se sentó en la cama y lo puso sobre su regazo, sosteniendo la linterna entre los dientes, ya que necesitaba ambas manos para desatar las dos tiras de piel que lo cerraban. Cuando lo abrió, descubrió una docena de cuchillos de acero reluciente con mangos negros de madera.

«Maldito cabrón», susurró mirando los cuchillos. Ahora sabía que todo lo que Wilson había escrito en su libro era cierto. Estaba planeando matarla y descuartizarla, y esconder los trozos quién sabe dónde. Escuchó otro trueno, esta vez más cerca.

Volvió a atar el fardo y se puso de pie. Los cuchillos no eran una prueba, pero lo que Wilson había escrito en el ordenador, sí. Era tan válido como una confesión. Tenía que hacer una copia y enseñárselo a la policía. Así le pararían los pies. Se palpó el bolsillo trasero del vaquero para cerciorarse de que las cizallas seguían allí, abrió la puerta y entró en el camarote principal, iluminando el suelo con el concentrado haz de luz. No pudo evitar gritar al toparse con un par de botas negras de cowboy.

«¡Sorpresa!», escuchó. Era Wilson. Su voz era un suave susurro, casi imperceptible debido al silbido del viento y a la lluvia que golpeaba el casco.

A Kirsty se le cayó la linterna, que impactó en el suelo y rodó hasta la pared. Se agachó para recogerla, con el corazón a mil por hora. Dio gracias a Dios en silencio por que no se hubiera roto la bombilla. Se metió el fardo de cuchillos bajo el brazo derecho y sujetó la linterna con las dos manos mientras barría el camarote con la luz.

Wilson ya no estaba. Durante un breve instante, se preguntó si se lo habría imaginado, pero el siguiente relámpago se lo mostró de pie junto al escritorio, con la espalda pegada a la pared. Su pelo negro azabache estaba mojado por la lluvia y tenía una sombra de barba. Le resbalaban gotas de agua por la cara, y sonreía. Enseguida volvió la oscuridad y ella le buscó con la linterna mientras el trueno le retumbaba en las entrañas.

Wilson estaba de pie junto al ordenador con una mano en el teclado. «Has estado curioseando», dijo. Ella dirigió el haz de luz a su cara. Tenía la ropa empapada pero sonreía. Era una sonrisa cruel, casi salvaje. Era alto, delgado y fibroso, e iba vestido completamente de negro: camisa, vaqueros, botas de cowboy y un abrigo largo que chorreaba agua.

Kirsty intentó hablar, pero las palabras se le atascaban en la garganta.

―Yo, yo, yo...

―Lo sé ―dijo Wilson, que dio un paso hacia ella sin dejar de sonreír.

Kirsty se aferró al fardo de los cuchillos.

―Sé lo que planeabas hacer ―dijo Kirsty.

―¿Qué? ¿Qué es lo que piensas? ¿Qué planeaba hacer, Kirsty?

―Ya lo sabes.

―Dímelo. Puede que todo haya sido un terrible malentendido.

Hubo otro relámpago, seguido de inmediato por un trueno. La tormenta estaba justo encima. El barco se balanceaba de lado a lado y a Kirsty le costaba mantener el equilibrio. Sujetó bien los cuchillos.

―Estás desequilibrado.

Él sonrió con total tranquilidad.

―Bueno, el barco se mueve bastante, pero no diría que estoy desequilibrado.

―Ya sabes a lo que me refiero. Loco, trastornado.

―Venga, Kirsty, relájate. Vamos, respira hondo.

―Ibas a hacerlo ¿verdad? Ibas a matarme y a escribir sobre ello ―dijo Kirsty señalando el ordenador con el fardo de piel.

―Solo es una novela, Kirsty.

―Ibas a hacerlo de verdad.

―¡Es ficción!

―Lo he leído ―dijo Kirsty―. He leído lo que has escrito. Me vas a matar. Y después me vas a despedazar ―movió el fardo de cuchillos hacia él―. ¡Con esto! Cabrón, lo tenías todo planeado, me ibas a matar y luego escribir un asqueroso libro sobre ello.

Wilson movió la cabeza con aparente tristeza. Kirsty se había dado cuenta de que había cambiado de posición, de tal manera que no podía ver su mano derecha. Movió el haz de luz, pero al hacerlo, él avanzó. La estaba amenazando con una sartén en la mano. Kirsty saltó hacia atrás, pero él fue más rápido y la sartén impactó contra el fardo, que salió despedido de su mano, chocó con la pared y se abrió. Los cuchillos se esparcieron por el suelo.

Wilson movía la sartén de lado a lado. Hubo un nuevo relámpago. Kirsty se preparó para el trueno, pero no llegó.

Kirsty dio un paso atrás y pisó uno de los cuchillos.

―Todo va a salir bien, Kirsty ―dijo Wilson.

Se hizo a un lado, fuera del alcance de la luz. Kirsty podía sentir el fuerte latido de su corazón mientras le buscaba de nuevo con la linterna.

―No te dará miedo la oscuridad, ¿verdad, Kirsty? ―dijo Wilson.

Kirsty se agachó, cogió uno de los cuchillos con la mano izquierda y se levantó, sosteniéndolo frente a ella.

―No te acerques ―dijo ella.

―¡Qué torpe! ―dijo Wilson―. No eres zurda, así que sería mejor que agarraras el cuchillo con la mano derecha.

―No me hables ―dijo Kirsty. Probó a mover el cuchillo de lado a lado. Tenía razón; no lo manejaba bien con la izquierda.

Wilson dio un paso hacia ella y Kirsty retrocedió arrastrando los pies. Su talón izquierdo rozaba otro cuchillo.

―Deberías cambiarlos― dijo Wilson―. Coge el cuchillo con la derecha y la linterna con la izquierda. Hazme caso, te defenderás mejor.

Se abalanzó sobre ella, agarrando su mano izquierda, pero ella se soltó de un tirón y arremetió con el cuchillo. Él volvió atrás con una sonrisa.

―¿Ves? Si hubieras tenido el cuchillo en la derecha, ya me tendrías.

―Solo quiero irme a casa ―dijo Kirsty con voz temblorosa.

―Pero si acabas de llegar, cielo ―dijo Wilson, y señaló con el pulgar hacia el dormitorio―. ¿Uno rápido? ¿Por los viejos tiempos?

―Por favor, deja que me vaya a casa.

―Cielo, mírate. Tú eres la que tiene el cuchillo. Tú eres la que se ha colado aquí. ¿Quién está atacando a quién? ―dio un paso a la izquierda, fuera del haz de luz, y Kirsty lo movió para tenerle localizado.

Wilson golpeó con la sartén y dio de lleno en el cuchillo. Kirsty gritó de dolor y el cuchillo salió despedido dando vueltas por el camarote.

Un relámpago le permitió ver a Wilson con la sartén en alto. Cuando el camarote se oscureció de nuevo, este rompió la linterna de un golpe. El impacto casi le dislocó el brazo, pero consiguió mantener agarrada la linterna, que tenía el cristal roto y ya no alumbraba. La lanzó hacia donde creía que estaba Wilson, pero cuando la escuchó golpear contra la pared del camarote, supo que había fallado.

Se puso a cuatro patas y, en la oscuridad, buscó a tientas un cuchillo.

Durante el siguiente relámpago vio a Wilson de pie frente a ella con una sonrisa de maníaco en la cara. Ya no tenía la sartén; en su lugar, sostenía un cuchillo largo de sierra. Kirsty gritó y el camarote se volvió a sumir en la oscuridad. Aún a gatas, se arrastró hacia atrás, jadeando de forma entrecortada.

―No pasa nada, Kirsty ―susurró Wilson―. Déjate llevar. Pronto habrá terminado todo.

Ella se sentó sobre los talones y alzó las manos para protegerse. Temblaba de forma descontrolada. Notó que algo pasaba muy rápido por la palma de su mano derecha. Después, sintió el dolor y se dio cuenta de que la había cortado con el cuchillo. Se arrastró hacia atrás, hiperventilando.

―No luches, cielo. Será mucho más fácil si dejas que las cosas sigan su curso.

Kirsty notaba cómo la sangre goteaba. El corte le ardía tanto que se le llenaron los ojos de lágrimas.

Un nuevo relámpago le mostró

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