La Forja De Dios by Patrick Dorsey - Read Online
La Forja De Dios
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Acerca de

Resumen

"La rapidez de su historia te mete de lleno en la trama…" - Sociedad de Novela Histórica
"¡Es una gran historia!... Disfruté como nunca leyendo La forja de Dios." - Ashley LaMar, Closed the Cover
Los Caballeros Templarios fueron los guerreros más temibles de las Cruzadas; una legión de monjes guerreros de élite que escribieron su leyenda en las arenas de Oriente Medio con su sangre y la de sus enemigos.
Tras volver de las Cruzadas y ser destinado a París, la desilusión del hermano William por la Orden ha llegado a tal punto que planea abandonarla. Pero cuando las tropas reales toman la fortaleza de París, William lidera un pequeño grupo de templarios y huye al resguardo de la noche. Luchando, corriendo e intentando comprender el mundo que ahora se ha vuelto contra ellos, se topan con una joven seductora que les acompaña a descubrir verdades oscuras sobre la ciudad cada vez más hostil, sus reglas y la iglesia que han jurado defender… todo ello en una huída acelerada que dejará las calles de París cubiertas de sangre.
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ISBN: 9781633392137
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La Forja De Dios - Patrick Dorsey

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Bibliografía

NON NOBIS Domine non nobis

Sed nomine tuo da gloriam

––––––––

No a nosotros, Señor, no a nosotros,

sino a tu nombre da la gloria

— Salmos 115:1

La plegaria de los Caballeros Templarios

Capítulo I

La torre había estado horas tambaleándose. El enorme león dorado que miraba fijamente el desierto desde lo alto anunciaba, exhausto, su lento descenso, derruyendo el muro que la rodeaba hasta que cayó al fin.

Los fuegos crepitaban, escupiendo una hollinosa niebla de humo negro que quemaba los ojos y ahogaba el aire. Las trompetas retumbaban, ensordeciendo incluso el estrépito de cimbales y tambores. Gritos de dolor y furia se desvanecían con el clamor de hachas y espadas golpeando armaduras y escudos, con los huesos rompiéndose y la carne desgarrándose. Un fuerte olor a sangre flotaba en el aire, una bruma húmeda y roja, y el sol del Mediterráneo brillaba resplandeciente y sin piedad, derribando tanto a atacantes como a defensores por igual.

Acre, el amplio puerto marítimo y el último bastión de los cruzados en Tierra Santa, se desplomaba.

Semanas de incesantes ataques sarracenos dirigidos por el ejército de mamelucos de Al-Ashrafi hicieron pedazos la sólida muralla al norte de la Puerta de San Antonio. Las enormes rocas y llameantes troncos que lanzaron durante días las dos grandes catapultas Sayaghliboona y Sarsaran, y demás manganas mamelucas, machacaban la torre sureste de la fortaleza.

Liderados por los mismísimos emires, los guerreros del desierto atravesaban la brecha irregular cual río desbordado. Bramando gritos de guerra, se abrían paso por los escombros, blandiendo sus destelleantes espadas curvadas a traición.

Un ejército de un cuarto de millón de almas tras ellos.

Lo único que bloqueaba la desmoronada fisura eran los Caballeros de San Lázaro y la Orden de los Caballeros Teutónicos. Los Caballeros Hospitalarios, vestidos de negro, cargaron por la calle de piedras polvorientas y desgastadas por el sol para levantarles el ánimo, pero el enemigo ya les superaba en diez a uno en la muralla; ellos, también, fueron devorados por la marea de acero.

Entonces vinieron los Caballeros Templarios.

—¡Gloria! —Se impuso al terrible estruendo. El llamamiento templario se repetía por todo el frente de batalla e interrumpió reiteradamente la cadencia de las armas chocando y de las trompetas y cimbales mamelucos. Entrando en la lucha con espada, maza y escudo, los templarios eran implacables en su disciplina, terroríficos en su destreza. Esparcidos por el atestado frente de batalla, asestaban golpe tras golpe. Desdeñando las heridas, se negaban a rendirse, a caer, y cerraban su formación; aquello para lo que su devoción sólo por las plegarias y el arte de la guerra les había preparado.

La grieta en la gran muralla se ensanchaba por las manos mamelucas que arrancaban las piedras, incrementando la corriente de atacantes. Las fuerzas de los Cruzados presionaban el frente, curvándolo unos centímetros para mantenerlo entre la fisura y la Puerta de San Antonio, ya que si el ejército de mamelucos llegaba a ella y la abrían de par en par, entrarían libremente en tropel de forma imparable. Ola tras ola de luchadores caía a manos de las espadas y escudos templarios, haciéndolos retroceder palmo a palmo. Los mamelucos podían permitirse las pérdidas, cada hombre era reemplazado nada más caer, mientras que los cruzados no tenían hombres de reserva.

Fuego griego y flechas caían como una terrible tormenta, quemando y clavándose. Se protegieron los hombros tras los escudos. El acero halló la carne y, hombre tras hombre, fueron cayendo. Asestaban rodillazos y codazos cuando perdían el arma y arañaban encolerizados al no tener nada más. El hedor a sangre y sudor, a quemado y terror, embestía con cada respiración igual que cualquier otro golpe en la cara. Aun así, todos seguían luchando, las calles arenosas y blancas por el sol rezumaban sangre derramada.

Alessandra Letizia Oliverio había venido a Acre desde Génova con su padre y su madre, Eugenio y Donata, y su hermana pequeña, Mia, haría un año atrás. A los diecisiete, para Alessandra el traslado había sido difícil al tener que dejar la villa familiar y a sus amigos —el único hogar que había conocido— por una casa grande y polvorienta en el barrio de los mercaderes, al fondo de la antigua ciudad amurallada que había sobre el puerto. El desarraigo la incomodaba en aquel momento y, ahora, aterrada, deseaba en cierto modo haberse comportado más como una niña malcriada para conseguir que sus padres la dejaran quedarse con sus tíos en Génova.

Como todos los demás, ahora huía para sobrevivir.

Noticias de la caída de la muralla sacudieron el distrito mercantil, creando casi tanto caos y confusión como en la brecha. Venecianos, pisanos y genoveses no perdieron el tiempo y huyeron. Algunos echaron a correr al momento. Muchos se apresuraron a recoger sus bienes más vendibles y fáciles de llevar antes de correr al puerto, donde los barcos estaban anclados en las frías y azules aguas del Mediterráneo. Aquellos con familias se llevaban a esposas preocupadas y a niños atemorizados.

Acre había estado en pie desde antes de la época de los romanos. Centro de negocios y comercio con mayor importancia por su valor táctico, había cambiado de manos muchas veces a lo largo de los siglos. Con los Cruzados, la población llegó a acercarse a cuarenta mil. Contando a nobles y sirvientes, mercaderes y trabajadores, criminales, soldados y clérigos, la población del puerto crecía y decrecía con la ida y venida de mercaderes, marineros y peregrinos.

La Bahía del Furor hacía honor a su nombre. Cientos de barcos, grandes y pequeños, mercaderes y pescadores huyeron del puerto de aguas profundas que había bajo la amenazante muralla de la ciudad a la seguridad del mar. Las cuerdas de las anclas y las amarras enganchadas se cortaron. Las tripulaciones luchaban por sacar sus barcos de las gradas, saboteando las cuerdas y velas ajenas para escapar antes que ellos. Las cubiertas estaban abarrotadas de pasajeros, algunos se hundían al ponerse en marcha, sobrecargados. Los cuerpos cubrían el mar, con los brazos extendidos flotando. Algunos no sabían nadar, otros fueron víctimas del frenesí.

En el embarcadero, desesperación. Artesanos y trabajadores, amenazando y suplicando a los marineros, empujaban y luchaban para subir a bordo mientras que los nobles de estatus inferior y los negociantes adinerados agitaban puñados de monedas y cadenas de oro pidiendo embarcar a gritos. Aterrorizados, muchos se tiraron al agua, y prostitutas y mujeres nobles por igual se ofrecían a los marineros, desnudándose allí mismo e implorando amparo con lágrimas en los ojos.

La muchedumbre corría desde la puerta del puerto. Los niños lloraban, perdidos y separados de sus padres. Alessandra perdió de vista a su padre cuando el viento del mar cambió y trajo una negra nube de hollín sobre la multitud. Cegada con los pulmones ardiendo, la huida desesperada se agravó en estampida y gritos.

Empujaron a Alessandra entre los hombros. Salió disparada hacia delante, perdiendo el equilibrio y golpeándose con fuerza contra la tierra compactada. La gruesa grava le magulló manos y brazos. Lanzó un grito cuando un pie, y luego otro, le aplastó la mano cuando intentaba levantarse. Llamó a su padre a gritos, pero sabía que era inútil. Entre la multitud, tenía las mismas posibilidades de ir contracorriente que una hoja en un arroyo. Luchó por ponerse de rodillas, y le dieron patadas, una rodilla le dio en las costillas mientras un pie le aplastaba el tobillo.

Se le clavaban las costillas con cada inspiración. Le hincaron otra rodilla en el costado, alguien que tropezó con ella y se dio contra sus hombros y cuello antes de alejarse con dificultad. Contuvo las lágrimas, jadeando. El dolor le dificultaba la respiración y sólo podía gritar cuando la pisaban o pateaban una y otra vez. Se cubrió la cabeza con los brazos, rendida ante el pisoteo, cuando algo áspero le sujetó el brazo y tiro de ella poniéndola en pie.

Se encontró mirando fijamente los intensos ojos grises de un hombre unos años mayor que ella. Su cara fina estaba quemada por el sol. Una barba de color rojizo y bien recortada le rodeaba la mandíbula y su pelo se escondía bajo una cofia de malla cubierta sobre la frente por un grueso acolchamiento de nudos. Sus ojos se posaron en su armadura, su blanco tabardo estaba marcado con una cruz escarlata.

Un templario.

Igual que la corriente pasa las rocas, la multitud fluía alrededor de él. Volteó a la chica hacia los muelles. Ésta giró el cuello para verle.

—No te detengas —le gritó a la cara. Apenas podía oírlo con el bullicio.

Empezó a avanzar despacio, con la boca abierta y sus ojos fijos en el caballero que la había salvado. Pero miró más allá de él, a la ciudad sitiada y al humo negro que bullía arriba y salió corriendo, fundiéndose con la multitud que huía desbocada.

El hermano William de Barking observó su marcha. Cuando perdió su esbelta figura en la muchedumbre, miró al caos de desesperación que había en el puerto. Con veinte años, templario desde hacía casi dos, era un soldado del Ejército de Dios en la Tierra, a cargo de escoltar peregrinos a lo largo de su camino a Tierra Santa y a su vuelta, como mandaban los fundamentos de su orden. Su mente buscaba desesperadamente una forma de cumplir con ese deber.

—¡William! —la voz le devolvió de repente a la realidad. Se volvió, mirando hacia arriba para encontrar a quien le había llamado. Sobre la muralla del puerto, vio al hermano Odo le Coeur du Sauvage. Con la capa echada sobre sus hombros; era un hombre fornido, de mediana edad y con el pecho como un tonel. Aunque fuera peligroso, no llevaba ni casco ni cofia y su melena negra y revuelta casaba con su espesa y larga barba.

Desde lo alto de la muralla, Odo podía ver más allá de la gran entrada al puerto, sobre los tejados de Acre y hasta la torre derrumbada y la muerte que emanaba de la brecha. Por hábito, sus ojos se quedaron con el trazado de la ciudad, el número de atacantes y defensores y con la posición de sus fuerzas. Maldijo el resultado de sus cálculos.

—¡Lleva a los peregrinos a los barcos! —volvió a gritarle a William.

—¡Ya están sobrecargados! —le respondió éste gritando.

Odo se volvió y, sin pararse, saltó a un punto más bajo de la muralla. William observó su descenso antes de que saltara a un punto más bajo; para William era imposible pensar que un hombre de su edad y tamaño fuera tan ágil y de pie tan firme.

Un último salto y el hermano Odo estaba en el suelo. Su manto blanco cayó sobre las mangas de la malla metálica, escondiendo sus fornidos brazos.

William se dirigió a él deprisa, en contra de la corriente caótica de refugiados, esquivándolos unas veces y apartándolos otras. Al reunirse con su hermano mayor, se volvió para examinar el puerto azul.

—Al menos tres barcos se han hundido. —Apuntó a otro barco que navegaba demasiado bajo, la cubierta oculta por completo por los cuerpos que la atestaban. Brazos y piernas entrelazados colgaban por los lados, tocando el agua, lo que ralentizaba su movimiento.

—Muchos salen sobrecargados.

—Muchos apenas llevan gente. —Odo señaló a unas embarcaciones más pequeñas que, raudas , cortaban las olas con las cubiertas vacías.

—Podemos usar las galeras de nuestra orden, pero necesitamos tiempo para retirarnos —dijo William.

—Hemos perdido la ciudad. Los sarracenos han atravesado la muralla cerca de la Puerta de San Antonio.

Examinó la escena abajo en el puerto y sacudió la cabeza.

—La batalla pronto llegará aquí.

—En unas horas, quizá un día entero —comenzó William—. Podemos resistir su...

—Los exploradores han atravesado nuestras líneas —contestó Odo—. Y nos superan en número. En gran medida.

—Las calles son estrechas —insistió William—, no pueden meterse todos de una vez...

—Tienen seis compañías de cincuenta mil hombres cada una.

William sacudió la cabeza con vehemencia.

—Que se apretujan para pasar por un estrecho y dentado agujero en la muralla. La grieta, las calles... eliminan la ventaja de su número.

—La reducen —corrigió Odo—, no la eliminan. Los sarracenos han tomado la ciudad, hermano. Lo único que nos queda es continuar hasta el final.

—Pero si nuestro ejército pudiera retroceder al torreón, es el área más fortificada de la ciudad, defendible y adyacente al puerto. Seguro que el Gran Maestre De Beaujeu verá que...

—Nuestras defensas están hechas añicos. Eso sólo nos haría ganar unos días, quizá una semana, o dos como mucho, con los sarracenos justo en nuestra puerta todo el tiempo.

William gritó por encima del tumulto.

—Hermano, estos peregrinos vinieron aquí a Tierra Santa bajo nuestra protección. Somos responsables...

Un chillido rompió el clamor de la multitud y los gritos se multiplicaron. Los dos caballeros se dieron la vuelta, buscando frenéticamente con la mirada entre la muchedumbre mientras un alarido desgarraba el aire.

La gente se apartó, dispersándose. Por la entrada al puerto de la ciudad habían irrumpido tres mamelucos a caballo, llevándose a los ciudadanos por delante. Los sementales, relinchando, trotaban como locos entre la gente en dirección a los muelles. Los jinetes estaban echados hacia delante, asestando golpes con sus mortíferas espadas curvadas y dejando una estela de cuerpos destrozados tras de sí.

La espada de William apareció como de la nada en su mano cuando a Odo aún no le había dado tiempo de sacar la suya. Sin apenas mirarse, cargaron contra los jinetes mientras la multitud a su alrededor entraba en pánico.

Con ojos enloquecidos por la emoción de la batalla, el cabecilla divisó a William, que dejó atrás a Odo. Espoleó a su montura hacia los caballeros y William corrió hacia él.

Odo redujo la velocidad, encontrándose su mirada con la del otro jinete. Las arrugas alrededor de sus ojos, las delgadas líneas grises de su barba... Era un veterano igual que él, que había luchado y visto tanta guerra como él. El jinete veterano redujo la marcha, sopesando su línea de acción, cuando el último mameluco tras él —un chico, en realidad, de muy joven apariencia— lo rebasó. Lanzándole a su superior una sonrisa falsa, cabalgó directo a por Odo.

El jinete de ojos enloquecidos lanzó su grito de guerra, acallando la bulla en cierto modo. A menos de cuatro metros de William, alzó su brazo derecho, preparándose para el golpe.

William esquivó como una flecha el arma, precipitándose en el camino del caballo. Eludió las fuertes pisadas de los cascos, cortando con la hoja de la espada por encima de los cuartos delanteros de la bestia que iba a toda velocidad. Se le abrió la carne por el desgarro, músculos y tendones cercenados. William se giró sobre el pie que tenía adelantado, volviéndose y asestando un golpe en la espalda del jinete y terminando así su ataque.

El caballo chilló. Sus patas delanteras se retorcían, y al estirar su larga cara hacia delante, los tobillos se giraron hasta quedar sobre su cabeza. El jinete salió disparado de la silla directamente al camino de tierra compacta. Se quedó tumbado sin moverse.

Odo mantuvo su posición, percibiendo la cara de desprecio del joven jinete y la vacilación del veterano conforme se le echaban encima. Con la espada acomodada en la mano, la punta abajo, permaneció firme y esperó.

El joven se dirigió con gran estruendo hacia él. Subió la espada en un abrir y cerrar de ojos. Odo saltó hacia delante. Apuntó al jinete con el pomo antes de pasar la espada rápidamente por encima de su cabeza y abrirle de un lado a otro por las costillas.

Antes de que la hoja del jinete pudiera caer de su mano muerta, Odo empuñó inmediatamente su espada en alto para desviar el arma que se aproximaba del veterano y lo destripó de un sólo movimiento.

«Qué cerca», cayó en la cuenta Odo. Había esperado demasiado. Hundió la punta de su espada en el muslo del veterano. Del tajo emergió una erupción de sangre y carne conforme la punta se abría paso desgarrando el músculo y ésta acabó hundiéndose en la ingle del jinete, atrapando el arma de Odo.

El impacto arrancó la espada de manos de Odo. Incluso cuando el veterano se estaba retorciendo a causa de la espada del templario, su larga y curvada espada sobrepasó la parada fallida de Odo, golpeándolo en la cara en una explosión de sangre y en un horroroso crag.

Capítulo II

Odo se despertó de golpe, llevándose la mano al ojo derecho. Su corazón latía apresurado y su respiración era rápida y pesada, se sentó en su sencillo catre de monje.

«Otra vez ese sueño». Dejó escapar un largo suspiro, sus latidos se ralentizaron. Habían pasado años desde la última vez que había sufrido esa pesadilla, y tenerla nunca había augurado nada bueno. En los diecisiete años desde que Acre cayó, cada vez la tenía menos, así que tenía que pensar por un momento cuándo había ocurrido.

Se apartó la mano del ojo. Recorrió con los dedos la blanca cicatriz irregular que comenzaba sobre la parte derecha de su frente. La siguió hacia abajo, cruzando el suave parche negro del ojo antes de volver a encontrarla entre las curtidas arrugas de su mejilla.

Una mirada a la ventana cerrada y oscura le hizo ver que era de noche. Una lámpara de metal deslustrada que había en la pared junto a la ventana, emitía una luz tenue en la habitación. Era una norma de la Orden que los hermanos templarios debían dormir con una luz de noche, un recuerdo constante de su lucha por mantener la oscuridad apartada del mundo y, lo que es más importante, de sus corazones.

La parpadeante lámpara de superficie cincelada e irregular emitía sombras extrañas y cambiantes, mostrando un barracón. Odo observó cómo la luz bailaba por la habitación, el cálido resplandor avanzando y retrocediendo a través de una docena más de catres, cada uno ocupado por un templario dormido. Vistiendo los mismos hábitos blancos y simples con los que trabajaban durante el día, otra norma de la Orden, algunos yacían inmóviles, mientras que otros se movían inquietos y unos pocos roncaban ligeramente.

Su mirada se posó en la puerta, que estaba entreabierta, algo fuera de lo normal. Al lado, había un catre vacío con las sábanas y ropa de cama estiradas de no haber dormido nadie. Entrecerró los ojos. Se incorporó de la cama, el roce de la tela de su hábito era el único ruido que hizo al levantarse. Se paró un momento, asegurándose de que todos los hermanos de la habitación dormían y se dirigió a la puerta. Allí se detuvo, observando una vez más a sus hermanos para comprobar si le habían visto. Vio, con satisfacción, que todos continuaban en sus lechos y salió.

El pasillo estaba poco iluminado, la pared salpicada de las mismas lamparitas de metal que las de los dormitorios. Caminó, sin hacer ruido, por la penumbra, el suave sonido de sus pies arrastrándose en los suelos de piedra pulida era estruendoso en comparación con el silencio del claustro. Aunque sus sentidos a lo largo del pasillo —el desgaste del suelo, los ecos en las paredes— le decían dónde se encontraba de entre todas las tortuosas salas, miró al frente. Luego a ambos lados, girando la cabeza con amplitud y determinación. Procedió con cautela, no quería que ningún otro hermano se percatara de su salida nocturna por culpa de un encuentro fortuito. Las normas de la Orden dictaban castigos para cualquiera que dejara su habitación después de las últimas oraciones, aunque Odo no creía tener que responder ante nadie por sus acciones.

Los aromas a mirra e incienso daban un ligero toque picante al aire, recordatorios de la misa diaria. Destinado aquí en el Temple de París durante unos dos años, seguía pasmado por la inmensidad del lugar, con sus altas bóvedas y arcos apuntados que daban acceso a largos pasillos serpenteantes. Las líneas de todas las habitaciones y pasillos eran marcadas y verticales, un anhelo por el cielo esculpido en mármol y granito. Muros apuntalados se elevaban en homenaje a Dios y techos abovedados descansaban en enormes dedos esqueléticos de piedra que, para Odo, eran un recordatorio de su mortalidad.

Construido con el reverencial cuidado por los detalles de la Orden, la talla de la piedra era un homenaje a la gloria y bondad de las creaciones de Dios, delicada y viva, rica en imágenes heroicas y discretas, desde escenas bíblicas hasta vidas de santos. Odo se paró al acercarse a una fila de ventanas cerradas que flanqueaban una vidriera de colores. Exquisita incluso de noche, irradiaba oscuridad, suave en contraposición con la rugosa pared de granito.

Se acercó a una escalera, una de las docenas que conectaban los innumerables pisos del Temple. Al no ver nada arriba en la penumbra, subió. Gracias a las noches que había estado de guardia, conocía las rutinas y puestos de los centinelas, así que planeó su ruta para mantener distancia con ellos.

Unos murmullos distantes le hicieron detenerse. Las palabras le llegaban desde delante. Sabía dónde estaría la guardia y que no podía retroceder en este punto, así que prosiguió.

Cerca del final del pasillo, logró distinguir un brillo tenue en el cruce que había más adelante, distinto al de las siempre presentes lámparas de metal. Se dirigió hacia allí y se paró donde se juntaban los pasillos.

Miró a la izquierda y vio una pesada puerta de madera oscura perfilada por una débil luz que venía del otro lado. Una larga sombra al fondo de la puerta pasó de un lado a otro: alguien andando de aquí para allá tras ella. Las voces susurrantes ahora le eran inteligibles.

—No había opción, Gran Maestre.

Odo agudizó el oído. La joven voz no le era familiar. Seguramente se trataba de un novicio.

—El barco zarpó con la marea.

—Deberías haber estado allí cuando zarpó —dijo la segunda voz bruscamente. Las palabras ásperas y mesuradas delataban cansancio. Esta voz Odo la conocía bien y eso le inquietó. Bien pasada ya la medianoche, se preguntaba qué podía ser tan urgente que requiriera una reunión con este hombre mucho después del último toque.

Avergonzado de repente por espiar la conversación, Odo se apresuró a alejarse de la puerta. Una guerra justificaría tal ruptura de las normas de la Orden, se dijo mientras subía otras escaleras oscuras. Pero su Temple estaba en el centro de París, lejos de cualquier frente. Y, sin embargo, sólo en situación de guerra se celebraban consejos aquí y a estas horas.

Pues éste era el despacho del Gran Maestre.

Jacques de Molay, Gran Maestre de los Caballeros Templarios, iba de un lado a otro de su despacho pausadamente. Vestido con el mismo hábito blanco que todos los hermanos de la Orden, sus facciones blancas eran finas y arrugadas, enmarcadas por su barba gris y su pelo al viento, como si de un Cristo plateado se tratase. Parándose con cansancio delante de su escritorio, cerró los ojos con fuerza. Catorce años después de suceder al Gran Maestre Thoebald de Gaudin, llevaba en París menos de un año, trasladado desde el cuartel general de los templarios en la isla de Chipre a petición de su santidad el papa Clemente V. Tras el largo viaje a casa, descubrió que incluso en el corazón de la cristiandad, los caballeros templarios, el ejército de Dios en la Tierra, no eran mucho mejor recibidos ni comprendidos que en Arabia o Persia. Tanto la Iglesia como la corona habían empezado a retirar su apoyo a las cruzadas y a los cruzados, centrándose más en sus fronteras. Cuestionaban abiertamente la utilidad de los templarios y los recursos que requerían. O más bien, De Molay lo había decidido hace ya tiempo, los recursos que los reyes deseaban.

—Otra vez —ordenó el Gran Maestre en voz baja y con la garganta irritada. Los dos días sin dormir habían empezado a enturbiarle la vista y nublarle el pensamiento. Pero los cuarenta años al servicio del Señor le habían enseñado más de un truco para estar lúcido.

Ante él había un joven, con la mirada al frente y el pecho firme. De apenas dieciocho, pelo espeso y barba corta, el hermano André de Saint-Just se puso tenso y apretó la mandíbula, oprimiendo con las manos el yelmo que tenía asido al brazo. Al igual que la loriga y la pernera de malla, estaba aún pulido y liso, nuevo y sin usar. Su manto, sin embargo, estaba polvoriento y su tabardo salpicado y manchado de barro casi por completo, así que se avergonzó cuando tuvo que presentarse al Gran Maestre con ese aspecto.

—Cabalgamos día y noche —repitió el hermano André—. Uno de los caballos cayó muerto de agotamiento por haber galopado