Historias de la Historia de la Iglesia by Alberto Royo Mejía - Read Online
Historias de la Historia de la Iglesia
0% de Historias de la Historia de la Iglesia completado

Acerca de

Resumen

Este amenísimo libro nos acerca a una gran desconocida: la Historia de la Iglesia. No es un tratado sistemático, sino un conjunto de pequeñas historias que nos introducen en el fascinante cuadro formado a lo largo de los siglos.

El libro nos lleva desde las herejías de los primeros tiempos de la Iglesia a la época posconciliar, deteniéndose de forma particular en la evangelización de Europa y de América. Hay que destacar también una época poco conocida pero especialmente importante para los españoles: la persecución religiosa durante la Segunda República. Estas Historias de la Historia de la Iglesia incluyen también diversos temas polémicos, como el mito de la tolerancia musulmana en España, el comportamiento de Pío XII con los judíos, la legendaria Papisa Juana o el asesinato de Ellacuría, entre otros.

A lo largo del libro, se muestran de forma clara las luces y las sombras de los temas tratados, puesto que ambas están necesariamente presentes en la Iglesia, que lleva su tesoro en vasos de barro.

Publicado: Editorial Vita Brevis el
ISBN: 9781501404023
Enumerar precios: $4.99
Disponibilidad de Historias de la Historia de la Iglesia
Con una prueba gratuita de 30 días usted puede leer en línea gratis
  1. Este libro se puede leer en hasta 6 dispositivos móviles.

Reseñas

Vista previa del libro

Historias de la Historia de la Iglesia - Alberto Royo Mejía

Ha llegado al final de esta vista previa. ¡Regístrese para leer más!
Página 1 de 1

HISTORIA

PRÓLOGO

Cuando un joven, educado cristianamente por su familia y su comunidad parroquial, está continuamente escuchando, de forma categórica, afirmaciones ofensivas y tendenciosamente deformadas, sobre determinados personajes o acontecimientos históricos de la Iglesia, sin saber responder, corre un serio peligro, no sólo de empezar a sentir  vergüenza de pertenecer a la Iglesia, sino, incluso, de perder la fe. Aquí tenemos un problema pastoral de los más serios y sorprende la poca atención que recibe en muchos ambientes eclesiales.

Por eso, me resulta muy grato presentar este libro de Alberto Royo Mejía, amigo y gran colaborador en las tareas apostólicas de la diócesis, en el que, con muy buenos conocimientos de la Historia de la Iglesia, pero, sobre todo, con mucho sentido pastoral,  nos ofrece, a modo de grandes pinceladas, historias de la Historia de la Iglesia, antigua y reciente, que ayudan a clarificar acontecimientos y personajes poco conocidos y a contemplar, con objetividad y amor  la historia real de este Pueblo, en el que Dios nos ha dado el gran  regalo de la fe.

Para salvar nuestra alegría y nuestro sano orgullo de pertenecer a la Iglesia no sirve taparse los ojos y renunciar al estudio de las cuestiones que pueden ser polémicas. Más bien lo que interesa es examinar, con ecuanimidad y sin ningún temor a la verdad, los hechos y descubrir la mano de Dios que, incluso en los momentos históricos de mayor confusión, ha sabido escribir derecho con renglones torcidos. El autor nos sabe mostrar, de forma amena y, podríamos decir, periodística, la acción de Dios en la historia de los hombres.

Pretender pusilánimemente eliminar de la Historia de la Iglesia sus debilidades, deficiencias y tensiones, sería tanto como recortar el dominio de Dios sobre ella. Según la Escritura la Iglesia no cesará de extenderse en este mundo y de penetrar en todos los pueblos hasta los confines de la tierra (Mt 28,19). Pero lo que no está revelado es que vaya a transformar la Tierra en un perfecto Reino de Dios. La propia Iglesia es como tal la Iglesia del trigo y la cizaña (Mt 13,24 ss), la Iglesia de los peces buenos y los peces malos (Mt 13, 47 ss). Es cierto que el Reino de Dios está entre nosotros y que ese Reino se manifiesta en la historia, de forma que muchos lo ven y creen en él; pero sólo al final de los tiempos irrumpirá con toda su plenitud.

El gran acierto de este libro consiste en mostrar, con un lenguaje asequible a todos y con una mirada llena de esperanza, la presencia luminosa, en muchos momentos humilde y discreta como el grano de mostaza, pero siempre llena de vigor, del Reino de Dios, que ya ha llegado. El autor nos abre los ojos para que veamos, en medio de las complejas vicisitudes de la historia, la acción oculta del Espíritu Santo que, por medio de personas dóciles a sus inspiraciones, va encaminando todo hacia el Bien y la Verdad.

Ciertamente esta realidad divina de la Iglesia, que actúa misteriosamente en su Historia, no puede captarse por completo más que por la fe. Pero no forzosamente por una fe separada de la crítica histórica. Por eso es tan importante este tipo de trabajos, como el que ahora presentamos. Porque los problemas que la Historia de la Iglesia pueden plantear a muchos cristianos y no cristianos, no son problemas de fe sino de razón. Son problemas que pueden resolverse fácilmente siendo rigurosos y serios en el análisis de las fuentes. El autor nos invita a un paseo por la Historia de la Iglesia, con rigor y amenidad, en el que aparece la realidad de una Iglesia, a la vez divina y humana, que, como cualquier persona de buena voluntad debe reconocer, ha ejercido una influencia decisiva en el progreso de la humanidad.

Este libro tiene además un gran valor pedagógico para ayudar a comprender que la Historia de la Iglesia es un medio muy apropiado para aproximarse a  la esencia del Mensaje cristiano y de la Iglesia.

Cuando vino el Mesías los discípulos no comprendieron que tenía que padecer y morir; y cuando llegó la hora de la pasión y de la cruz creyeron que su causa estaba perdida. Cuando Jesús volvió al Padre, las primeras generaciones cristianas creyeron que vendría enseguida a realizar el juicio final. Cuando el primer día de Pentecostés fue fundada la Iglesia, muchos estaban convencidos de que la Iglesia sería una Comunidad integrada sólo por santos y que el pecado jamás volvería a tener poder sobre sus miembros. Sin embargo, el desarrollo histórico, recorriendo caminos muy distintos, ha venido a demostrar que aun no se había captado el significado completo de las palabras de Jesús. La Historia de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, ha venido a ser una gran pedagoga, que nos ha ayudado a comprender la predicación de Jesús y el sentido de su voluntad al crear la Iglesia.

La Historia de la Iglesia ayuda, por tanto, a formarse un concepto justo de la Iglesia. Su mayor aportación consiste en impedir un falso espiritualismo con su consiguiente volatilización de la realidad llamada Iglesia.

Agradezco sinceramente al autor esta aportación al conocimiento de la Historia de la Iglesia, que, sin duda, ayudará a sus lectores a clarificar cosas sumamente interesantes de la vida de la Iglesia y a sentir el deseo de adentrarse más a fondo en los grandes temas que a aparecen en esta obra.

+ Joaquín María López de Andujar. Obispo de Getafe.

Getafe, 17 de Mayo de 2011

1) LOS PILARES DE LA EUROPA CRISTIANA

Los orígenes profundamente cristianos y frecuentemente olvidados de la Unión Europea

Uno de los efectos beneficiosos que proporciona el acercarse al conocimiento de la Historia, para aquellos que tienen tiempo e interés para hacerlo, es que, al sumergirse en el pasado de personas, lugares e instituciones, indirectamente se consigue conocer mejor el presente de los mismos. Este principio es igualmente válido cuando la historia de una determinada institución es bastante breve, como es el caso de lo que hoy conocemos como Unión Europea: Conocer sus raíces y trayectoria ayuda a entender no solamente la evolución de Europa en los últimos 60 años, sino también lo que pasa hoy en día en el viejo continente, en los países que forman la Unión y, de rebote, en los que no la forman.

Como es sabido, la Unión, con distinto nombre y características, hunde sus raíces en la posguerra de la segunda guerra mundial. El final de la conflagración en mayo de 1945 significó, entre otras cosas, el inicio de una nueva etapa en el panorama internacional, pero también supuso el comienzo de una etapa crítica para las economías de los países de Europa, lo que puso fin a la tradicional hegemonía europea en el mundo. Las dos nuevas superpotencias -Estados Unidos y la Unión Soviética- tenían un poder económico, político y militar superior al del conjunto de los estados europeos, lo cual era humillante para el viejo continente. Ante esta situación, numerosas tendencias políticas pretendían reconstruir Europa como una nueva nación unificada, para evitar volver a un enfrentamiento entre los estados europeos. Las dos guerras mundiales se habían iniciado como conflictos europeos y, por ello, el continente había sido el principal campo de batalla.

Pronto se dieron los primeros pasos para unificar a una Europa segmentada, en muchas ocasiones de forma artificial, a pesar de la división de Europa mediante el churchilliano Telón de Acero, tras la firma de los Tratados de Yalta (4-11 de febrero de 1945) y Postdam (14 de julio de 1945). Siguiendo la inspiración de declaraciones como la llamada en 1946 de Winston Churchill para crear los "Estados Unidos de Europa", en 1948 se estableció el llamado Consejo de Europa como la primera organización paneuropea. Meses después, el 9 de mayo de 1950, el ministro de Exteriores francés Robert Schuman propuso la integración de una comunidad del carbón y del acero de Europa, los dos elementos necesarios para fabricar armas de guerra. El hecho es que al someter las dos producciones indispensables de la industria armamentística a una única autoridad, los países que participaran en esta organización encontrarían una gran dificultad en el caso de querer iniciar una guerra entre ellos.

Sobre la base de ese discurso, se firma en el Tratado de París (1951) la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA): Alemania occidental, Francia, Italia, Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo, conocidos como los seis, logran un entendimiento que favorece el intercambio de las materias primas necesarias en la siderurgia, acelerando de esta forma la dinámica económica, con el fin de dotar a Europa de una capacidad de producción autónoma. Este tratado fundador buscaba aproximar vencedores y vencidos europeos al seno de una Europa que a medio plazo pudiese tomar su destino en sus manos, haciéndose independiente de entidades exteriores.

Nacía así una nueva etapa que tuvo como uno de sus primeros hitos la firma en Paría en mayo de 1952, ya en plena Guerra fría, de un tratado estableciendo la Comunidad Europea de Defensa (CED), que permitía el armamento de Alemania Occidental en el marco de un ejército europeo. Cinco miembros de la CECA ratificaron el tratado, pero en agosto de 1954, los parlamentarios franceses lo rechazaron, como consecuencia de la oposición conjunta de gaullistas y comunista. Más éxito tuvo la celebración por parte de Alemania y Francia de una Unión Aduanera: Francital y, sobre todo, fue de grandísima importancia, la firma de los Tratados de Roma, el 25 de marzo de 1957, que permitieron la unión aduanera o Mercado Común y la política agrícola común, haciendo por lo tanto posible la historia de la Europa unida que conocemos hoy.

Ahora bien, en el origen de estos primeros tratados tuvieron un papel fundamental cuatro grandes hombres que han configurado la historia de la Europa moderna: el francoalemán Robert Schuman (1886-1963), el alemán Konrad Adenauer (1876-1967), el francés Jean Monnet (1888-1979) y el ítalotriestino Alcide de Gasperi (1881-1954), que no llegó a verlos firmados. No fueron los únicos, pues a ellos habría que añadir el luxemburgués Joseph Bech, pero sin duda los más famosos. Leyendo con detalle sus biografías nos damos cuenta que tres de estos cuatro padres de la actual Europa unida eran profundamente católicos, el cuarto era laico.

Mucho se ha escrito de la vida cristiana de Alcide De Gasperi, quien ya desde joven se acostumbró a asistir diariamente a Misa y en carta en que le proponía el matrimonio a su futura esposa Francesca Romani, escribía: "La personalidad de Cristo vivo me atrae, me subyuga y me conforta como si yo fuera un niño. Ven, deseo que me acompañes, que sientas la misma atracción, como si te asomaras a un abismo de luz"

Nacido en una familia de clase media del Trentino, hoy italiano pero que pertenecía por entonces al Imperio Austrohúngaro, completó sus estudios en la Universidad de Viena en 1905. Militó desde muy joven en las filas del Partido Popular del Trentino, inspirado por la doctrina social de la Iglesia, y representó a la minoría italiana en el Parlamento austriaco desde 1911 hasta el fin de la Primera Guerra Mundial. En su primer discurso, pronunciado en Trento en 1902, exhortó a sus oyentes: "¡Sed primero católicos, después italianos!, y su lema se hizo célebre: ¡Católico, Italiano, demócrata!", en este orden

Al incorporarse el Trentino a Italia por el Tratado de Saint-Germain (1919), ingresó en el Partido Popular italiano, del que sería secretario general a partir de 1924 y figuró como diputado en el Parlamento italiano desde 1921 hasta su destitución por Mussolini en 1926. Por denunciar la dictadura fascista fue encarcelado en 1927; liberado en 1929, trabajó como bibliotecario del Vaticano hasta la desaparición del régimen fascista al final de la Segunda Guerra Mundial. Como representante de los democristianos en el Comité de Liberación Nacional que había coordinado la resistencia, participó en los primeros gobiernos de la posguerra. De Gasperi refundó el centroderecha italiano creando un nuevo partido de inspiración católica para frenar la ascensión de los comunistas: la Democracia Cristiana.

Al principio de la reconstrucción europea, de Gasperi, Schuman y Adenauer se encontraban regularmente y vivieron juntos las primeras grandes etapas de la construcción de Europa. Entre éxitos y fracasos, nace entre ellos una unión, una solidaridad y una estima profundas. Alcide De Gasperi consagrará los últimos años de su carrera a la edificación de la construcción europea. Obligado a dimitir por su propio partido en 1953, poco antes de su muerte, se convierte en el primer presidente la Asamblea parlamentaria de la Comunidad Europea del Acero y del Carbón (CECA), paso previo a los Tratados de Roma, que no vivió para firmar.

Su profunda espiritualidad se resumía en "la unidad de vida, una vida interior llena de paz y serenidad a pesar de los grandes afanes, una conversión personal para poder cambiar el mundo y una vida generosa en el trabajo lleno de cansancio. Decía, sobre su identidad cristiana, una frase que se ha hecho famosa: Hay hombres de rapiña, hombres de poder, hombres de fe. Yo quisiera se recordado entre éstos últimos".

Su vida cristiana ejemplar fue tal que Giulio Andreotti, claramente turbado tras la muerte de De Gasperi, dijo: "ha muerto como un santo (...) Ha sido un buen cristiano, un gran hombre. De hecho, este gran político se encuentra en proceso de canonización. Cuando el arzobispo de Milán, beato Ildefonso Schuster, se enteró de la muerte del estadista trentino, comentó: Desaparece de la tierra un cristiano humilde y leal que dio a su fe testimonio entero en su vida privada y en la pública".

Los testimonios públicos, civiles y eclesiásticos sobre la santidad de Alcide de Gasperi han sido abundantes a lo largo de los años. El entonces Cardenal Angelo Roncalli, futuro Juan XXIII, dijo de él: "Era un espíritu noble y bendito, digno de grande historia, de profunda universal admiración, de unánime imitación, al servicio de Italia y de la civilización cristiana. Pablo VI, por su parte, dijo: De Gasperi fue un hombre ejemplar, católico sincero, hombre político libre y fuerte. Desde el ámbito político, el que fue presidente de la República Italiana, Luigi Scalfaro, afirmó: Déjenme decir lo que tengo dentro: no tengo ninguna duda, De Gasperi es santo".

El resumen de su capacidad para combinar equilibradamente su labor política como servicio a su nación y a los individuos, y sus convicciones religiosas irrenunciables lo expresaba él de esta manera: "el compromiso católico con la vida pública adquiere un nuevo sentido: conciliar lo espiritual y lo profano considerando la democracia como una continua creación". La principal contribución del político italiano en el proceso de construcción europeo, vino dada por su estrecha colaboración con Robert Schuman para llevar hacia adelante todo el proceso.

Robert Schuman había desarrollado una flamante carrera política en Francia, donde fue presidente del Consejo en 1947, después ministro de finanzas, ministro de justicia y ministro de asuntos exteriores (1948-1952), cargo que lo llevó a ser el mayor negociador francés de los tratados firmados entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el principio de la Guerra Fría, (Consejo de Europa, OTAN, CECA, etc.). Parece ser que en un momento de su vida llegó a plantearse el sacerdocio, pero pudo más su vocación política, como él mismo escribió:

"[...] ¿Me equivoco acaso al pensar que sueñas con el sacerdocio, y que este último te parece el único camino posible para ti? ¿Me puedo atrever a decirte que no soy de tu misma opinión? En nuestra sociedad, el apostolado laico es de una necesidad urgente, y no me puedo imaginar un apóstol mejor que tú. Te digo esto con absoluta sinceridad. Piensa en lo que te digo, estoy seguro que me darás la razón. Seguirás siendo laico porque de esta forma podrás mejor hacer el bien, que es tu única preocupación. Soy categórico, ¿verdad? Es porque tengo la pretensión de leer hasta el fondo de ciertos corazones, y me parece que los santos del futuro serán santos con traje"

Como político, Robert Schuman sintió como prioridad la paz entre Francia y Alemania, influido quizás por el hecho de ser él mismo francés pero de origen germánico-luxemburgués a causa de sus padres y haber estudiado en Munich, Bonn y Berlín. De hecho, al acabar la Primera Guerra Mundial, en el parlamento fue acusado de haber formado parte del ejército alemán, aunque la denuncia no prosperó.

El 9 de mayo de 1950, junto con Jean Monnet que estaba sentado a su lado, leyó ante una veintena de periodistas la antes mencionada "Declaración Schuman", considerado la base de la Unión Europea, una especie de primera piedra de las instituciones siguientes. En su discurso, Schuman proponía la creación de una comunidad francoalemana para aprovechar conjuntamente el carbón y el acero de los dos países (en ese momento Alemania producía el doble de acero que Francia) bajo una Alta Autoridad común, independiente de los gobiernos y con poder para imponer sus decisiones. Una vez en funcionamiento, se ampliaría la comunidad a otros países europeos para formar un espacio de libre circulación de personas, mercancías y capital. Este sistema cruzado de intereses evitaría la posibilidad de una nueva guerra. Son famosas algunas palabras de su discurso:

"Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho. La agrupación de las naciones europeas exige que la oposición secular entre Francia y Alemania quede superada, por lo que la acción emprendida debe afectar en primer lugar a Francia y Alemania".

La Declaración Schuman exponía que la reconciliación francoalemana representaría el preludio de la integración europea. Nace también con este discurso el concepto de solidaridad económica y política dentro de la futura Europa unida que con el tiempo se haría viable mediante la puesta en marcha de fondos estructurales que beneficiaron a los socios comunitarios más desfavorecidos.

Aunque este político consiguió mantener su vida privada en gran anonimato, sí conocemos su práctica religiosa y sus amistades en los círculos católicos de París. Él mismo afirmaba sentirse espiritualmente muy cercano a San Francisco de Asís, del que aprendió el amor por la paz. Durante su vida, por el fuerte contenido cristiano del proyecto unificador de Europa, no faltaron los recelos y quien tachase al proceso unificador como la creación de una especie de Europa vaticana. Ante estos ataques, en una conferencia impartida en Sainte Odile el 15 de noviembre de 1954, Schuman afirmó:

"La Europa vaticana es un mito. La Europa que contemplamos es profana, tanto por las ideas que están en su base, como por los hombres que la llevan a cabo. No toman de la Santa Sede ni su inspiración ni consigna. No obstante, sí que los cristianos de hecho han jugado un papel importante, preponderante a veces, en la creación de las instituciones europeas [...] Pero nunca han reivindicado una especie de monopolio ni han ido con segundas intenciones clericales o teocráticas que serían, además, perfectamente utópicas"

Habiéndosele diagnosticado esclerosis múltiple en 1959, algunos días antes de su muerte, el Obispo de Metz, tras administrarle la unción de los enfermos, le hizo lectura de una carta que el papa Pablo VI había escrito para Schuman. El 4 de septiembre de 1963, tras una noche de agonía, fallecía. Su proceso de canonización se inició a la petición de un grupo de laicos franceses, alemanes e italianos los cuales, reunidos en la Asociación San Benito, Patrono de Europa, fundada el 15 de agosto de 1988, solicitaron al Vaticano la apertura de dicho proceso canónico, al considerar que había practicado las virtudes cristianas en grado heroico.

La polémica ha acompañado a dicho proceso de Beatificación, si bien hay que decir que de modo injustificado. De hecho, el proceso fue iniciado en 1988, por tanto mucho antes de la cuestión de la inclusión o no (que al final fue que no) en el preámbulo de la Constitución europea del Cristianismo como elemento unificador de Europa que se libró en la comisión que redactó el texto constitucional, presidida por el francés Valéry Giscard d’Estaing. Al haberse iniciado el proceso casi dos décadas antes de la polémica sobre el preámbulo de la Constitución europea, no es cierto cuanto algunos han afirmado como si la idea de la Beatificación hubiese surgido como reacción de la Iglesia ante esta polémica.

Además de ser considerado padre de Europa, Konrad Adenauer (1876-1967) fue uno de los grandes cancilleres de la República Federal de Alemania. Leemos en su biografía que siendo abogado de Colonia, entró en la política de la mano del católico Partido del Centro Alemán. En 1917 llegó a ser alcalde de su ciudad, de manera que estaba al frente de la misma cuando estalló la revolución alemana de 1919, que contribuyó a sofocar. Convertido ya en uno de los líderes del Centro, empezó a perfilarse como defensor de los intereses regionales de Renania frente al poder central. Presidió la cámara alta del Parlamento prusiano durante la República de Weimar, entre 1920 y 1933. Al llegar al poder los nazis, fue destituido de sus cargos e incluso detenido en 1934. Las persecuciones subieron de tono en 1944, cuando fue detenido de nuevo por la Gestapo e internado en el campo de concentración de Buchenwald.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, Adenauer tenía 69 años; pero su reputación de hombre conservador, demócrata y francófilo, buen gestor y libre de sospechas de colaboración con el nazismo, le dieron un perfil adecuado para volver a ocupar puestos relevantes. En 1948 fue elegido presidente del Consejo Parlamentario, órgano encargado de diseñar las instituciones básicas para crear un Estado alemán occidental uniendo las zonas de ocupación de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, en vista de la dificultad de entendimiento con la Unión Soviética para la reunificación del país. Del 1949 al 1963 fue líder de la Unión Democrática Cristiana, formación política caracterizada según sus estatutos para "unir a católicos y protestantes, conservadores y liberales, defensores de los ideales sociales de inspiración cristiana".

Adenauer era un político con un elevado sentido práctico, con unos objetivos claros hacia dónde dirigirse. Concebía la idea de Europa como la de una fortaleza económica en la que cuanto mayor fuese, mejor sería para todos. Pensaba en la mera supervivencia de una civilización europea caracterizada por nacer de sí misma tras su casi completa destrucción tras dos guerras mundiales. Como elemento cohesionador de todo el continente, y para lograr el fin último de la paz, Adenauer afirmaba categóricamente que "es ridículo ocuparse de la civilización europea sin reconocer la centralidad del Cristianismo".

La claridad ideológica de Adenauer le permitió ganarse el apoyo y la confianza políticos de los aliados y recibir de ellos un trato más respetuoso para Alemania Federal como Estado, no obstante la ocupación del país. Adenauer impulsó el fortalecimiento de los lazos de amistad con EE.UU. y Francia, con lo que logró un ejército nacional, el fin de la ocupación y la recuperación de la soberanía alemana y el ingreso en la alianza atlántica (OTAN). La política económica de Adenauer dio lugar al llamado milagro alemán, que resultó determinante en los primeros pasos orientados a la fundación del Mercado Común Europeo. Por otra parte, a pesar de su política anticomunista y su compromiso con Occidente, trató de atenuar las tensiones derivadas de la guerra fría, como se evidenció en su viaje de 1955 a Moscú para activar el establecimiento de relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, y en las crisis surgidas a partir de 1961, tras la construcción del muro de Berlín por parte de los soviéticos.

Konrad Adenauer supo forjar con su vida una existencia coherente con sus creencias religiosas, que siempre profesó abiertamente. Además, consideró que la desviación de los principios cristianos fue lo que arrastró a los alemanes de Hitler a adorar el culto de la personalidad y darle al Estado un poder ilimitado, buscando en las cosas materiales todo el bienestar.

El cuarto en el grupo de los padres de la actual Unión Europea fue Jean Monnet, nacido en 1888, y que durante muchos años fue hombre de negocios y banquero de inversiones, por lo que mientras que Schuman, Adenauer y De Gasperi centraron su pensamiento en temas políticos, él lo hizo sobre la economía. Durante la Primera Guerra Mundial trabajó en Londres como delegado del gobierno francés para coordinar la cooperación económica entre los aliados. En 1919, participó en la creación de la Sociedad de Naciones, de la que fue Secretario General adjunto.

Durante la Segunda Guerra Mundial presidió el Comité de Coordinación Franco-Británico para la puesta en común de los recursos aliados. Incluso en 1943, en Argel, con su patria ocupada por las tropas alemanas, Monnet planteó ya sus ideales europeístas:

"No habrá paz en Europa, si los Estados se reconstruyen sobre una base de soberanía nacional (...) Los países de Europa son demasiado pequeños para asegurar a sus pueblos la prosperidad y los avances sociales indispensables. Esto supone que los Estados de Europa se agrupen en una Federación o entidad europea que los convierta en una unidad económica común"

Al acabar la guerra, fue nombrado Comisario del Plan de reconstrucción y recuperación económica de Francia. En 1950, sugirió a Robert Schuman, la idea de integrar la producción francesa y alemana de carbón y acero, lo que llevó finalmente a la constitución de la Comunidad Económica del Carbón y el Acero en 1952. Monnet posteriormente fue elegido presidente de la Alta Autoridad que dirigió la CECA.

Jean Monnet no fue una persona religiosa, pero se ha destacado que, como laico humanista, fue siempre respetuoso con las ideas religiosas de los otros padres de Europa. Él mismo afirmó que la fuente de su acción cotidiana estaba en el humanismo y el valor supremo de la libertad.

Estas fueron los orígenes de la Europa que hoy conocemos. Historiadores y sociólogos han llamado la atención sobre la gran diferencia entre aquellos inicios en los que el humanismo cristiano estaba bien presente, incluso explícitamente, en la labor de los fundadores de esta Europa unida, y la situación actual en la que toda referencia al cristianismo estorba en los documentos que publica la Unión Europea. Han cambiado los tiempos y los líderes políticos, pero no está demás recordar unas palabras del político y pensador Rocco Buttiglione acerca de las raíces cristianas de Europa: "necesitamos raíces, y las raíces son las que tenemos y no se pueden inventar"

No hay Europa cristiana sin San Benito de Nursia

Cuando uno visita, no lejos de la urbe romana, el monasterio de Subiaco, y sube hasta el llamado Sacro Specco, puede leer en un lugar cercano al jardín la lista larguísima esculpida en mármol de los monjes benedictinos que evangelizaron los diversos países de Europa, del este al oeste y del norte al sur. Leyendo dicha lápida, uno entiende perfectamente porqué San Benito es, quizás sin haberlo pretendido, el Padre de Europa

Proclamado Patrono de Europa por Pablo VI en 1964, y único como tal hasta que en 1980 Juan Pablo II nombró también a los hermanos Cirilo y Metodio, hablar de este santo monje es hablar de Europa, como ha recordado recientemente Benedicto XVI, Pontífice que le tiene especial devoción y habla de él y de su obra con frecuencia:

"Por su moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, ha podido mantener su fuerza iluminadora hasta hoy. Pablo VI, al proclamar el 24 de octubre de 1964 a San Benito patrono de Europa pretendía reconocer la obra maravillosa desempeñada por el santo a través de la Regla para la formación de la civilización y de la cultura europea. Hoy Europa, que acaba de salir de un siglo profundamente herido por dos guerras mundiales y por el derrumbe de las grandes ideologías que se han revelado como trágicas utopías, se encuentra en búsqueda de la propia identidad. Para crear una unidad nueva y duradera, ciertamente son importantes los instrumentos políticos, económicos y jurídicos, pero es necesario también suscitar una renovación ética y espiritual que se inspire en las raíces cristianas del continente, de lo contrario no se puede reconstruir Europa.

Nacido en Nursia, pequeña población cerca de Espoleto, alrededor del año 480, y fallecido en 543 en el monasterio de Montecasino por él fundado, casi a mitad de camino entre Roma y Nápoles, la única auténtica vida de Benito de Nursia es la que está contenida en los Diálogos de San Gregorio Magno, y es más bien un bosquejo de su carácter que una biografía, consistente mayoritariamente de eventos milagrosos que, si bien iluminan la vida del Santo, poco ayudan para hacer una descripción cronológica de su vida. Las fuentes de San Gregorio fueron, según lo que él mismo cuenta, algunos discípulos del Santo: Constantino, que lo sucedió como abad de Montecasino, y Honorato, que era abad de Subiaco cuando San Gregorio escribía los Diálogos.

Se ha dicho con razón que a comienzos del siglo VI, Roma era como una matrona noble y rica venida a menos: Conservaba aún la mayor parte de los signos externos de su antiguo poderío, de la Roma invicta que proclamaban sus monedas, mas la realidad era muy otra. Los barbari -los extranjeros- en sucesivas oleadas habían invadido su inmenso imperio. Una tras otra todas sus provincias habían ido escapando de su control. Ella misma había sufrido repetidas veces el saqueo y la destrucción. El pueblo romano era un pueblo desmoralizado, decadente. Había perdido el espíritu de superación y el afán de conquista, que habían hecho de ella la