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La Guerra de los Cielos. Volumen 4

La Guerra de los Cielos. Volumen 4

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La Guerra de los Cielos. Volumen 4

valoraciones:
5/5 (12 valoraciones)
Longitud:
773 página
15 horas
Publicado:
Jul 12, 2014
ISBN:
9781311393739
Formato:
Libro

Descripción

El último libro de la saga. La guerra llega a su fin, con un desenlace espectacular para un conflicto que afecta a toda la Creación.

Publicado:
Jul 12, 2014
ISBN:
9781311393739
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Libro

Sobre el autor


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La Guerra de los Cielos. Volumen 4 - Fernando Trujillo

LA GUERRA DE LOS CIELOS

VOLUMEN 4

Fernando Trujillo Sanz

César García Muñoz

SMASHWORDS EDITION

Copyright © 2014 Fernando Trujillo Sanz, César García Muñoz

http://www.facebook.com/fernando.trujillosanz

nandoynuba@gmail.com

http://www.facebook.com/cesarius32

cesarius32@hotmail.com

Diseño de portada

Alberto Arribas

Tipografía

Michał Neoqueto Nowak

Edición y corrección

Nieves García Bautista

CAPÍTULO 1

—Fue el calor del Infierno lo que nos azotó hace unos días. Surge de las mismísimas entrañas de la Tierra, de sus imperecederas llamas y las almas que sufren en ellas su eterna agonía. Vosotros, ingenuos pecadores, os alegrabais de que no hiciera frío, pero pronto lamentaréis vuestra osadía. Os encamináis directamente hacia el fuego del Diablo en…

—Cállese, padre —le interrumpió un soldado echando un leño en la hoguera—. No me gusta pegar a un cura, pero si continúa con ese sermón… Y usted, señor, acérquese al fuego, por el amor de Dios. Vosotros, dejadle sitio, más cerca, en primera línea. ¡Lleva a un niño en brazos!

—Gracias —titubeó Robbie Fenton caminando por el estrecho pasillo que abrieron las personas que se arremolinaban alrededor del fuego—. Solo quería un poco de calor para él —dijo señalando a la criatura—. Se lo agradezco mucho.

—Siéntate en esta tabla de madera —le ofreció un hombretón completamente redondo—. Así no se te helará el culo. Hay sitio para los dos, vamos. ¿Alguien tiene una manta para el chico? Estupendo, y aguardiente para este buen hombre, que no se diga que no somos considerados.

—Desde luego, pero que sea para él, que tú ya te has bebido tres vasos.

—Porque tengo más cuerpo que calentar —dijo el hombretón dando un trago de la botella. Luego llenó un vaso mugriento y se lo tendió a Robbie—. No hay nada mejor contra el frío, te lo aseguro. Y ahora, si no es molestia, señor soldado del ejército, me gustaría saber por qué has mandado callar al cura. ¿Acaso no tiene derecho a expresar su opinión? ¿O te da miedo que tenga razón y vayamos a arder todos en el Infierno?

—A mí todo eso me da lo mismo. —El soldado se encogió de hombros y miró con evidente deseo la botella de aguardiente—. Mi deber es mantener el orden. Mientras la gente no se altere, puede discutir todas las profecías que le dé la gana.

—Como si los soldados estuvieran inmunizados contra el miedo, ¿no? —habló un tipo con aspecto de mendigo—. Solo cumplís órdenes. ¡Ja! Ya he oído eso antes.

—¿Tú crees al cura? —preguntó el hombretón.

—Ni loco, pero no me trago la falsa postura de los militares, diciendo que aquí no ocurre nada. Hay demonios y todos lo sabemos, pero nos lo ocultan a propósito. Dirán que es por nuestro bien, para que no cunda el pánico y todas esas gilipolleces. ¡Se están riendo de nosotros! ¡Tenemos derecho a saber a dónde nos llevan!

Robbie vio gestos de aprobación entre varios de los presentes. El aguardiente, o lo que quiera que fuese aquel brebaje, quemaba, descendía por su esófago como fuego líquido. Resopló y tosió varias veces como reacción al alcohol. Luego arropó mejor a su hijo con la manta que le habían dado. Bebió otro trago.

—Bien hecho. Enseguida entrarás en calor —aplaudió el hombretón a su lado. Y dirigiéndose al grupo entero, añadió—: Pues a mí sí me gustaría escuchar al cura. Sus palabras coinciden sospechosamente con lo que está pasando. ¿Cuándo fue la última vez que sentimos calor a la intemperie? Joder, yo ni me acuerdo de lo que son los pantalones cortos. ¿Y qué me decís de la semana pasada? Me quité el abrigo aquí mismo, en mitad de… ¿dónde estamos? Bueno, da igual, en mitad de este descampado o lo que sea.

—Estamos en una autopista —le corrigió el mendigo—. No se ve por la nieve, que por cierto no llegó a derretirse con esa misteriosa ola de calor, así que tampoco fue para tanto. Ahora nos estamos congelando de nuevo, ¿o no?

—Pero el calor viene del fuego, a menos que creas que alguien ha conectado una estufa gigante, así que el cura lleva razón. Vamos hacia las llamas y, después de haber visto a los demonios, bien podrían ser las del Infierno.

—Claro, claro, o sea que vamos hacia el Infierno —se burló el mendigo—. Entonces, dime, ¿por qué nos sigue el cura? No seamos más tontos de lo habitual, que no es poco. Eso de ahí delante es Londres. Desde aquí se ven los edificios. Nunca me gustó esa asquerosa ciudad desde que la rodearon con la muralla, pero decir que es el Infierno me parece una insensatez. Lo que no nos cuenta el ejército es por qué dejan que nos muramos de frío aquí afuera en vez de llevarnos a la ciudad de una maldita vez.

—Son las órdenes —contestó el soldado—. Hasta que la zona no esté asegurada, no podemos entrar.

—Ni siquiera lo sabes —bufó el mendigo—. Os han dicho que nos impidáis entrar y no sabéis por qué. ¡Qué le van a contar a un simple soldadito! Pero estás aquí, helándote como nosotros, como ese pobre niño. ¿Cuánto tiempo más tenemos que esperar? ¿Cuántos deben morir para que decidamos hacer algo?

El soldado mantenía la vista en la hoguera con mucha tranquilidad.

—El que haga falta —repuso en tono despreocupado.

—No lo molestes —advirtió el hombretón—. No sé qué clase de paranoias conspiratorias te estás inventando, pero el ejército no nos dejaría morir. ¿Para qué? ¿Con qué propósito? Si no nos permiten entrar en Londres, será por alguna razón. Deja de soltar estupideces, que la gente te escucha y algunos te creen.

—Pues claro que me creen. Porque ven la verdad en mis palabras. Aquí hay algo que apesta. Tú, gordinflón, crees en los cuentos religiosos y en el ejército, curiosa mezcla, y al parecer también crees en cualquiera que te ofrezca una explicación, por absurda que sea. Pero yo tengo cerebro, ¿sabes? Participé en las guerras contra los norteños, maté a muchos como el soldado que ahora nos retiene aquí —resopló—. ¿Cómo hemos llegado a esto? Hace unos años éramos enemigos y ahora me tengo que quedar sentado en el hielo porque él me lo ordena.

—Ya no somos enemigos. El mando lo comparten Gordon y Thomas, así que las órdenes provienen de los dos.

El mendigo soltó una carcajada que cogió a todos por sorpresa. Robbie se alegró de ver que no era el único que no entendía el chiste.

—Qué poco sabéis —dijo el mendigo cuando cesó la risa—. ¿Gordon? ¿Thomas? Ilusos… Te diré algo y más te vale que prestes atención. Solo hay un hombre que esté al mando, solo uno, y se llama Jack Kolby.

—Lo conozco. Es el que sofocó la revuelta en Oxford y luego le atacó un demonio…

—No lo conoces. Puede que lo hayas visto y que hayas oído hablar de él, pero, créeme, no lo conoces. Gordon, Thomas y todos los demás son marionetas en sus manos. Hace mucho que controla todo lo que pasa y es el mayor cerdo que existe, en el Cielo, en el Infierno y en cualquier otra parte. Dejé el ejército precisamente cuando me enteré de que él influía directa o indirectamente en todas las decisiones de Gordon. ¿Y sabes qué? Que mientras nosotros nos matábamos en la guerra contra los norteños, Jack se dedicaba a comerciar con ellos. Pregúntale al soldado si tengo razón.

El hombretón, al igual que Robbie y el resto de los presentes, se volvió hacia el soldado.

—Yo no tengo trato con el Alto Mando. Mis órdenes vienen de mi superior, el sargento…

—Lo que os decía —sonrió el mendigo—. Muy pocos saben lo que sucede en realidad.

—Es cierto que Jack es un contrabandista —dijo una mujer—. Mi marido, que en paz descanse, le pidió préstamos y no tuvo más remedio que aceptar sus condiciones abusivas.

—Yo le compraba drogas —añadió alguien al otro lado del círculo—. Y sé que también secuestraba gente. Una vez…

—Mi hermano trabajaba para una de las organizaciones de Jack, incluso una vez lo vio fumando un puro. Mi hermano me contó cómo inflaba el precio de los alimentos para especular…

Se sucedieron infinidad de anécdotas e historias en torno a Jack Kolby, que resultaron en un variado repertorio de actos delictivos, de los más ruines y deplorables que se pudiera imaginar. Durante un tiempo hablaron todos a la vez. Se formaban corrillos en los que se podía escuchar toda clase de atrocidades, de modo que daba la impresión de que los presentes competían por ver quién exponía la mayor barbaridad.

Robbie Fenton, que conocía a Jack y había trabajado con él hasta que su mujer se quedó embarazada y decidió abandonar los negocios, no daba crédito a la mitad de lo que escuchaba. Jack Kolby no era ningún ángel, eso seguro, y sus negocios nunca habían respetado la ley, pero de ahí a creerlo capaz de cualquier cosa había una diferencia considerable.

A Robbie le sorprendió que más de una persona asegurara que Jack había secuestrado a gente. Jack era un hombre de negocios, no un gánster. Podía extorsionar y amenazar, pero secuestrar… Robbie nunca le había visto llegar tan lejos.

Por si acaso, y considerando el clima reinante, se abstuvo de participar en la conversación y de decir que había sido amigo del hombre al que ahora todos condenaban.

Su hijo se había dormido en sus brazos, arropado por la manta que le habían ofrecido. Robbie sintió el deseo de que le llenaran de nuevo el vaso de aguardiente. El hombretón no había mentido cuando le prometió que ese brebaje hacía entrar en calor, y lo mejor es que además subía un poco el ánimo. Su tolerancia al alcohol se podía considerar dentro de la media, pero como llevaba casi dos días sin comer, por haber renunciado en favor de su hijo a los escasos alimentos que había conseguido, los tres sorbos de aguardiente se propagaron rápidamente por todo su cuerpo, incluyendo la cabeza, donde muy en el fondo resonaba una suave melodía que endulzaba su conciencia sobre el mundo a su alrededor.

Sus esperanzas de beber un poco más se desvanecieron al ver al cura acabarse la botella de un trago largo.

—¿Qué tiempo tiene? —le preguntó una mujer.

Robbie parpadeó un tanto sorprendido.

—¿Perdón?

—Su hijo, ¿qué tiempo tiene?

—Oh, seis meses.

—¿De verdad? —preguntó la mujer, que ahora miraba al pequeño con gran extrañeza—. Parece mayor, casi diría que de dos años. Yo tengo un bebé de nueve meses y es mucho más pequeño.

Robbie maldijo en su interior.

—Sí, perdón, quería decir un año y seis meses —rectificó—. El aguardiente me ha afectado un poco.

La mujer sonrió con dulzura. Robbie aún no se había acostumbrado a mentir sobre la edad de su hijo. No podía contar que con solo seis meses su bebé ya andaba, tenía la dentadura completa, entendía prácticamente todo lo que le decían y comía la misma cantidad de comida que un adulto. Como tampoco podía decir que su gestación apenas había durado cinco meses y que un hombre negro, gigantesco y mudo velaba por él, consiguiéndole comida y hasta medicamentos, aunque el bebé nunca había estado enfermo.

Robbie buscó el modo de desviar la conversación hacia cualquier tema que no fuese su hijo, pero no le hizo falta.

—Por eso os decía que algo huele muy mal. ¡Y yo sé lo que es! —El mendigo había acaparado de nuevo la atención general y los murmullos se desvanecieron—. ¿No os resulta sospechoso que nos hayan echado de Oxford?

—No se ha echado a nadie —le corrigió el soldado—. Se ha evacuado la ciudad por su propia seguridad. El ejército les facilita alimentos y les escolta hasta Londres para que nadie sufra ningún daño.

—¿Y por qué no nos dicen de qué huimos? —insistió el mendigo que barría el círculo de personas alrededor de la hoguera con la mirada. Robbie tuvo la impresión de que aquel hombre tenía don de gentes, o como poco sabía hablar en público y hacer que sus palabras y sus ideas fueran escuchadas—. Nos sacaron de la ciudad sin una sola explicación. Oxford, la ciudad que ocuparon los norteños. Y ahora un soldado del Norte nos da órdenes y se niega a informarnos. ¿Nadie más ve la conexión?

—La verdad es que yo no —dijo el hombretón, sin disimular su ignorancia—. ¿Dónde quieres ir a parar?

El mendigo sonrió. Era evidente que esperaba esa pregunta, probablemente estaba deseando que alguien se la hiciera.

—Ya os he dicho que Jack comerciaba con el Norte y de repente los norteños ocupan Oxford y a nosotros nos mandan a Londres. ¿No es evidente? Jack ha vendido la ciudad a nuestros enemigos. ¡Es un traidor! Dentro de poco los norteños gobernarán nuestra Zona Segura. ¿Cómo si no se explica que el comandante Gordon no reconquistara Oxford? Fue culpa de Jack. Gordon nunca ha perdido una guerra. ¡Es el mejor estratega militar del mundo!

Se despertaron algunos murmullos de aprobación.

—Yo oí decir que la niebla se movía —intervino un anciano—, que se había tragado la Zona del Norte y avanzaba sobre Oxford. Sí, eso dijo mi sobrino, que sabe mucho de estas cosas, su mujer era del Norte. A ver si lo veo y viene a explicarlo él.

—Con todos los respetos, abuelo —dijo el mendigo—. ¿Usted vio la niebla?

—No —gruñó el anciano.

—Yo perdí a mi perro en la niebla —dijo un chaval.

—¿Viste a tu perro entrar en la niebla?

—No, pero encontré su correa cerca de la niebla y Zeus nunca se alejaba de…

—La niebla es un cuento —declaró el mendigo—. Dicen que se mueve, pero nadie puede confirmarlo. Nos asustan con fantasmas, nos dicen que la niebla va a venir a por nosotros y nos vamos corriendo como…

El mendigo interrumpió su discurso porque le salpicó una lluvia de chispas. Un tronco había caído en el centro de la hoguera removiendo las brasas. Lo había arrojado una mujer que ahora miraba directamente al mendigo.

—La niebla es real, y su movimiento, también. Yo lo he visto con mis propios ojos. He visto cómo se tragaba una ciudad entera y a miles de personas.

—Seguro que sí —bufó el mendigo, consciente de que ahora todos estaban pendientes de la mujer. Era joven y delgada, con el rostro lleno de pecas. Su mirada y su voz transmitían seguridad y confianza—. Así que lo has visto con tus propios ojos, ¿eh? ¿Vas a contarnos que eres del Norte y que la niebla lo cubrió todo, pero tú escapaste? Por cierto, tu acento no me encaja.

—Porque mi acento es de mucho más lejos —contestó la mujer—. No soy del Norte. La ciudad que he visto desaparecer bajo la niebla es Chicago, y si volvéis a Oxford, correréis la misma suerte.

La mujer se dio la vuelta, sin esperar una respuesta, y se alejó del grupo. Robbie se apresuró a levantarse para seguirla, lo que resultó complicado con el niño en brazos. Su interés por la conversación de los que estaban reunidos alrededor de la hoguera se había esfumado y se centraba ahora en la estadounidense. Ni siquiera le preocupaba o no si la niebla realmente se desplazaba, como apuntaban los últimos rumores. Lo que de verdad le intrigaba era si aquella mujer venía de América, como había dado a entender.

Mientras trababa de darle alcance y pensaba en continentes, Robbie se sintió como si tuviese cien años. Los cinco continentes, un concepto del mundo antiguo. Le vino a la memoria un recuerdo de su infancia. Había fallado una pregunta de un examen por contestar que los continentes eran seis y no cinco; Robbie había incluido a la Antártida en su recuento personal.

Todo aquello le parecía ahora distante y lejano, parte de un mundo que cada vez le costaba más recordar con detalle. Desde la Onda, las distancias se habían reducido mucho y el mundo se dividía en Zonas. Pero aquella mujer había mencionado Chicago, una de las mayores ciudades de Estados Unidos, un país que muchos niños ni siquiera habían oído nombrar.

Robbie era consciente de que algunos pueblos fundados después de la Onda, habían adoptado nombres de ciudades del mundo conocido con anterioridad. Una vez visitó Moscú a tan solo ochenta kilómetros de distancia de Londres. Sin embargo, algo en la voz de aquella mujer, además de su acento, le hacía pensar que se había referido a la auténtica ciudad de Chicago. Si estaba en lo cierto, significaba que todavía era posible viajar y recorrer largas distancias.

La mujer caminaba deprisa entre la multitud, entre las tiendas de campaña, las caravanas y todos los vehículos que se habían podido conseguir antes de que el ejército los obligara a evacuar Oxford. Después se les había unido más gente de los pueblos cercanos en su marcha hacia Londres.

Los militares controlaban la situación con bastante eficacia, dada la dificultad evidente que conllevaba movilizar a la población del Norte con tanta urgencia, pero al mismo tiempo reinaba un caos considerable. La gente se agrupaba como creando barrios de una ciudad que parecía organizada por un borracho. Había basura por todas partes, soldados patrullando y sofocando disputas, personas realizando trueques para cubrir las necesidades más básicas.

El ejército suministraba alimentos y cuidados médicos, aunque de un modo racionado, por lo que la ropa se convertía lentamente en uno de los bienes más codiciados, en especial, los zapatos. Robbie agradecía calzar unas botas de su número exacto y tener otro par, guardado como un tesoro, por si llegaba a necesitarlas más adelante.

Con lo bien que le había ido en el pasado, en Londres, cuando el propio Jack había pujado por comprar uno de sus terrenos… Qué lejos veía ahora esos tiempos, anteriores a la llegada de los demonios y toda esta locura, como si la Onda no hubiera sido suficiente para desbaratar el mundo entero.

Cada vez le separaba una distancia mayor de la mujer, que caminaba ligera, mientras que él cargaba con su hijo y unos cuantos años más en sus castigados huesos. Robbie creía que no tardaría en perderla de vista entre el hervidero de personas que deambulaban de un lado para otro. La mujer torció a la derecha entre dos camiones y se encaminó hacia el lateral de la extensión ocupada por los exiliados de Oxford. No dejaba de resultarle curioso que, poco tiempo atrás, él había recorrido aquel mismo camino en sentido contrario, huyendo de Londres.

En la periferia había menos gente. Se veían algunos edificios rodeados por la marea de vehículos, en un estado cercano a las ruinas. El mayor de todos lo habían ocupado los militares para establecer su centro de mando. La estadounidense parecía dirigirse a un autobús estacionado en frente de aquel edificio.

Aprovechando que apenas había gente, Robbie se propuso echar a correr para darle alcance, cuando su hijo se despertó. El bebé rompió a llorar en sus brazos.

—Tranquilo, hijo. Soy yo. No pasa nada. ¿Tienes frío?

El chiquillo dejó de llorar repentinamente, movió la cabeza de un lado a otro, con los ojos muy abiertos, como si buscara algo. Robbie alzó la vista y comprobó que la mujer había desaparecido.

Siguió caminando un poco más por si volvía a verla. Avanzaba por la parte de atrás de lo que debía haber sido un edificio de unas dos plantas, a juzgar por la única pared que quedaba en pie de aquel montón de escombros y ladrillos. A su derecha, una valla de metro y medio de altura delimitaba una superficie blanca por la nieve que no dejaba de caer. Entre los escombros se acurrucaban dos cerdos. Debía de tratarse de una pequeña granja.

El chiquillo se agitó con violencia.

—¿Qué te pasa, hijo? Sí, ya volvemos con mamá, no te preocupes.

Robbie se dio la vuelta y tropezó con un adolescente. El chico lo miró con los ojos desorbitados y la boca abierta, se tocaba el pecho con la mano derecha, y en su mirada había una mezcla inconfundible de pánico y desesperación. Robbie no entendía qué le pasaba ni por qué lo miraba de esa manera por un simple tropiezo.

Entonces el chaval cayó de rodillas al suelo y se agarró el cuello. Hacía un sonido extraño al respirar.

—Maldición —exclamó Robbie. Se acercó a la valla y dejó a su hijo al otro lado, donde no le pasaría nada—. Tranquilo, pequeño, necesito que estés quieto un momento en este recinto. —Habría jurado que el bebé había asentido con la cabeza, pero no tenía tiempo de pensar en ese detalle. Después fue hasta el adolescente y se agachó junto a él, que estaba volviéndose morado—. Eres asmático, ¿verdad? No te preocupes, estoy contigo. ¡Ayuda! ¡Necesito ayuda! —exclamó, rogando que alguien oyera su voz—. Tienes que calmarte, chaval, el miedo lo empeora todo. Respira por la nariz. Así, muy bien. ¡Ayuda! ¡Que venga alguien de una vez!

Robbie se levantó, resuelto a cargar con el chico a hombros si era necesario. Por fortuna dos soldados llegaron a paso ligero.

—¿Qué ha pasado?

—¡Tiene asma! ¡Un inhalador! El aire… Necesita broncodilatadores…

Robbie, a punto de sufrir un ataque por los nervios, escuchó algo así como un «no se preocupe, señor» y vio cómo los soldados se alejaban cargando con el muchacho. Robbie respiró dos veces tan hondo como pudo. Luego, al volver la vista atrás, se quedó de golpe sin aliento en los pulmones.

Su hijo no estaba donde lo había dejado. En realidad no estaba en ninguna parte. Robbie repasó la valla mientras el mundo entero desaparecía ante sus ojos. Había una puerta, a varios metros de distancia, y estaba cerrada. Ni un solo hueco por el que su bebé pudiese haber escapado.

Robbie se obligó a pensar con lógica para combatir el miedo que crecía en su interior. La única explicación que se le ocurrió fue que el bebé se hubiese resguardado del frío en algún hueco entre los escombros, a pesar de que los cascotes se encontraban a una distancia considerable para un niño de su tamaño.

Al acercarse a la valla para saltarla, advirtió unas pequeñas huellas en la nieve. Eran de su hijo, tenían que serlo, el tamaño y la distancia concordaban con los pasos de un niño muy pequeño. Seguían la verja en paralelo hasta un punto y… desaparecían. El rastro se interrumpía de forma abrupta, pero tenían que continuar por alguna parte, ya que el niño no podía haberse esfumado sin más.

Miró más allá de la verja. A un metro escaso de distancia, fuera del recinto, Robbie encontró de nuevo las huellas. ¿Habría saltado la valla? La hipótesis le parecía descabellada, dado que su hijo había comenzado a andar recientemente. La única explicación era que un adulto lo hubiese cogido y lo dejara al otro lado, pero no vio ninguna otra huella. Robbie tampoco comprendía cómo el niño podría haber caminado tan deprisa. Lo había visto andar, oscilando de un lado a otro para conservar el equilibrio, y tardaba en recorrer unos cuantos metros.

Las huellas se alejaban hacia un desierto de dunas blancas. La nieve caía de lado y dificultaba la visibilidad. Robbie caminó tan rápido como pudo, apartando sus dudas y miedos, consciente de que debía encontrar al bebé antes de que la tempestad cubriese su rastro y muriese de frío.

Lo llamaba tan fuerte como podía. Rodeaba su boca con las manos y gritaba. El silbido del viento era la única respuesta. Llevaba apenas dos minutos tras las huellas cuando ya no pudo soportar la angustia. Las marcas seguían ahí, pero era imposible que su hijo hubiese recorrido aquella distancia en el corto espacio de tiempo que había atendido al chico asmático. Quizá su hijo permanecía aún en el corral, y él se había alejado persiguiendo unas huellas que podrían pertenecer a cualquier animal y que él había confundido en la locura de no encontrar a su pequeño.

Se giró para regresar lo más rápido posible.

—¡Apá!

Robbie se detuvo en seco. La voz había sonado lejana y apenas audible, pero…

—¡Apá!

Era de su bebé. ¡Le estaba llamando! Se trataba de la primera vez que su hijo de seis meses pronunciaba una palabra o casi una palabra: «papá». Robbie sintió un vuelco en el pecho. El niño estaba vivo y cerca.

Robbie corrió siguiendo las pisadas. Enseguida llegó a un montículo de nieve y lo rodeó. Un surco alargado se extendía hasta más allá de donde la tormenta de nieve le permitía ver. La escena le recordaba a la estampa que dejaría un meteorito tras estrellarse contra el suelo. Y allí, en el centro de lo que sería el lugar de impacto, estaba su hijo.

—Apá.

Robbie lo estrechó con tanta fuerza entre sus brazos que casi tuvo miedo de asfixiarlo. Y puede que lo hiciese, porque el niño se revolvió entre gemidos, agitó las manos y pataleó. Robbie lo dejó de nuevo en el suelo.

—¿Cómo has llegado tan lejos?

Hacía tiempo que sospechaba que su pequeño le entendía a la perfección, a pesar de su corta edad. El niño se volvió, se agachó en la base del montículo y comenzó a escarbar con sus diminutas manos.

—¿Qué haces? No podemos quedarnos aquí, te congelarás.

Lo agarró de nuevo, pero su hijo se desató en otra de aquellas extrañas rabietas que sacudían todo su cuerpo. Robbie pensó que se haría daño a sí mismo. Lo dejó en el suelo y lo sujetó por los hombros.

—Escúchame, hijo, tenemos que volver con mamá. ¿Lo entiendes? No pode…

El niño se soltó con un giro brusco de caderas, se escurrió entre las manos de Robbie, cada vez más débiles a causa del frío, y de nuevo se arrojó sobre la nieve y escarbó.

Robbie tendría que echárselo a los hombros y aguantar el berrinche, porque no podía dejarlo allí jugando. Cuando regresaran con los demás, podría apilarle nieve para que se entretuviese, si eso le divertía tanto.

—Apá.

El niño lo miraba con mucha intensidad y Robbie entendió por qué. Entre sus rodillas, enterrada en la nieve, sobresalía una mano de mujer, de dedos esbeltos y uñas impecables.

—¡Dios santo!

El niño tiraba de la mano, pero no podía levantarla. Robbie observó a su hijo, intrigado. Como impelido por una orden silenciosa del pequeño, agarró la mano y tiró. De la nieve salió un brazo, después un hombro. Tuvo que parar para recobrar el aliento.

—Lo intento, hijo, pero hay demasiada nieve —dijo en respuesta a la mirada inquisitiva del niño.

Excavaron alrededor del cuerpo. A Robbie se le estaban congelando los dedos a través de los guantes, pero su hijo no daba muestras de sensibilidad al frío, a pesar de tener las manos desnudas.

—¿Sabías que esta mujer estaba aquí?

El chiquillo sonrió mientras enterraba las manos en la nieve. Su contribución era prácticamente nula, pero continuaba apartando pequeñas bolas de nieve con ahínco.

—Aparta, hijo. Voy a probar a tirar de nuevo. Ummm… Creo que se mueve… ¡Aaah!

Sus manos resbalaron y Robbie cayó al suelo. Al menos su esfuerzo había dado resultado. El cuerpo de la mujer asomaba de cintura para arriba. No se veía bien su pecho por la nieve, así que no podía saber si todavía respiraba. Con un último tirón, Robbie terminó de sacarla. Entre la espesura blanca que se acumulaba en la cabeza se apreciaban retazos de cara y cabello negro. Robbie se apresuró a retirarle la nieve para que pudiese respirar, la incorporó hasta dejarla sentada y la meneó con fuerza.

En la sacudida se desprendieron nieve y hielo, y al final quedó al descubierto un rostro tan perfecto que no parecía real. Robbie alzó la cabeza y contempló el cielo, después el surco en la nieve, después las alas blancas que sobresalían de la espalda de la mujer.

De niño había imaginado en alguna ocasión cómo sería un ángel, y aquel pensamiento se volvió más recurrente desde que los demonios habían aparecido en Londres. La mujer que ahora sujetaba por los hombros era mucho más hermosa que cualquiera de las versiones que su imaginación había recreado en su mente. Era la creación más perfecta que jamás había contemplado en su vida.

De repente se preguntó si un ángel podría morir debido a una caída. La idea de que aquella mujer estuviese muerta y congelada le encogió el corazón. Era impensable, tan hermosa… No, tenía que estar viva. Era un ángel que había venido a ayudarlos.

Robbie la sacudió con timidez para despertarla. El bebé trepó y la golpeó con los puños. Quizá pensaba que su papá estaba jugando con ella.

—Solo está dormida, hijo.

El niño se bajó de las piernas de la mujer y arremetió contra las alas. Se desprendió más nieve en bloques apelmazados, casi congelados, hasta que una pluma quedó a la vista.

—¡Hijo, apártate! —se alarmó Robbie.

Retiró el resto de la nieve a manotazos apresurados. Una sensación desgarradora crecía en su interior. Luego limpió la otra ala y el resultado fue el mismo. Las plumas eran completamente negras. Aquella mujer no era un ángel, a pesar de su extraordinaria hermosura, como él había creído.

Robbie retrocedió, asustado.

—¡Apá!

El niño tenía el rostro dividido por una sonrisa inmensa. En cada mano sostenía, a duras penas, sendos puñales casi tan grandes como sus piernas.

—¡Suéltalos!

El grito y la expresión de Robbie asustaron al niño, que dio un pequeño bote y dejó caer los cuchillos. Robbie, considerablemente más asustado, se agachó y lo cogió en brazos, pero el pequeño volvió a llorar y a revolverse. A Robbie ya no le importaban sus pataletas, no iba a consentir que su hijo se quedara junto a un demonio que bien podía estar muerto.

Cuando fue a comprobar que el crío no se hubiese cortado con los puñales, notó que las piernas no obedecían sus órdenes, ni el resto de su cuerpo, que se había quedado paralizado por el miedo.

La mujer, el demonio de alas negras, había abierto los ojos. Y miraba fijamente a su hijo.

Sirian había sido el primero en salir del Infierno tras la brutal detonación que arrasó Londres.

Encontró un paraje gris y sombrío, destrucción, montañas de ceniza en lugar de edificios. Ni una gota de agua, ni un copo de nieve. La niebla que cubría la puerta del Infierno se había dispersado, y diversas columnas de humo surgían de cualquier parte de la ciudad, se enroscaban y ascendían perezosas hacia un cielo rosado, casi sangriento.

Tras él, los primeros demonios no tardaron en aparecer; algunos salían del Agujero, como él, tambaleándose, aturdidos; otros regresaban para averiguar qué había sucedido. Sirian, mareado y confuso, se ocultó bajo un montón de cadáveres.

Su primera conclusión fue que los demonios habían provocado aquella explosión brutal para impedir que él y el resto de los ángeles neutrales los encerraran en el Agujero. La imagen de sus compañeros cayendo al interior, arrastrados por el enorme disco de telio con el que planeaban sellar el Infierno para siempre, permanecía viva en sus pensamientos. A decir verdad, no podía librarse de ella.

Sin embargo, no habían sido los demonios los responsables de la explosión. Sirian se enteró al día siguiente, cuando llegó Dast, el séptimo Barón, después de más de veinte horas bajo una pila de cadáveres que no paraba de crecer.

El ángel, sepultado por los muertos, logró ver al séptimo Barón paseando entre las cenizas, deslizando su desagradable mirada alrededor, con aquellos sucios rizos retorciéndose sobre su rostro. Sus enormes ojos iban de un lado a otro, las manos componían gestos, ademanes sin la menor gracia, que transmitían órdenes y señalaban lugares concretos. Dast supervisaba la actividad de los demonios.

—Quiero hablar con alguien que estuviese cerca cuando ocurrió la explosión —pidió Dast con aquella voz que recordaba a un siseo—. Y que no esté herido. Tengo que aclarar quién nos ha hecho esto.

Así comprendió Sirian que los demonios estaban tan desconcertados como él. No pasó mucho tiempo hasta que se presentó un demonio. Desde su escondite, Sirian solo podía ver sus pies, pero como estaban cerca del Agujero, donde se apilaban los cadáveres, podía escucharlos con bastante claridad. La explicación que ofreció el demonio no sirvió para mucho, en realidad no sabía casi nada del suceso.

—Entonces —dijo Dast—, el estallido vino del interior. No nos atacaron desde el exterior.

—Fue justo en el primer círculo. Yo había escoltado a Nilia para ver a…

—¿Nilia?

Sirian compartió el asombro de Dast. Él mismo la había visto en el Cielo, combatiendo en la batalla de la Ciudadela. Y el propio Sirian era el responsable de que el Cielo hubiese quedado bloqueado al petrificar la niebla, por lo tanto, no era capaz de entender cómo Nilia había salido, ni por qué había regresado al Infierno. ¿Estaría ella detrás de la explosión?

—Nilia no ha podido ser —dijo Dast, como si le estuviese contestando a él—. La conozco. ¿Qué ganaría atacándonos a nosotros? Aunque… ¿será posible que cambie de bando?… No, es absurdo. Nilia no… Y en el imposible caso de que decidiera unirse a los ángeles, ellos no la aceptarían, ha matado a tantos que… No, no ha sido ella. ¡Tengo que pensar! Buscadla, quiero saber cómo llegó hasta aquí.

—Ya no podemos continuar —repuso otro demonio que Sirian no podía ver—. Al menos hasta que se despierten los que se están restableciendo.

—Seguiremos nosotros —siseó Dast—. Vamos a sacar a todos lo que podamos antes de abandonar. Podríamos ser los únicos que quedemos con vida.

—¿Y si morimos al intentarlo? Estamos demasiado débiles. Además, ¿por qué das tú las órdenes? No veo a ningún Barón de verdad por aquí.

—¿Acaso sabes tú qué hacer? —rugió alguien más. Dos botas de tamaño considerable entraron en el reducido campo de visión de Sirian—. Dast es un Barón. ¿Lo entiendes, imbécil? Así que harás lo que él diga. ¿Alguno de los que estáis aquí se cree con la mitad de cerebro que Dast? —Todos permanecieron en silencio—. Mejor, si alguien cambia de opinión, que venga a discutirlo conmigo… Dast nos sacó del Agujero después de la Onda. ¿Tan pronto se os ha olvidado cómo estábamos por aquel entonces? Yo os lo recordaré, porque parece que a algunos os falla la memoria. Estábamos desesperados, ya no creíamos posible que fuésemos a escapar nunca. ¡Esa es la verdad! ¿Cuánto más hubiésemos resistido? ¿Tres o cuatro siglos tal vez? ¿Siete? Vimos a muchos de los nuestros arrojarse al Agujero, pero Dast continuó trabajando y nos liberó. ¡Un poco de respeto! ¡Ahora, vamos a rescatar a los nuestros hasta que no podamos tenernos en pie si hace falta!

Trabajaron muy duro, sin descanso. A los heridos, la inmensa mayoría, los dejaban durmiendo en alguna parte para recuperarse. Sirian no veía dónde, pero les oía mencionarlo y debía de ser muy cerca.

Durante dos días, el neutral de ojos violeta aguantó bajo la montaña de cadáveres, sin moverse, soportando el peso que no paraba de aumentar, observando cuanto podía entre una maraña de alas negras, brazos y pies.

Reconoció el esfuerzo de los demonios, su empeño y dedicación. No descansaban y, por lo que podía escuchar, arriesgaban su vida traspasando la entrada al Infierno para ayudar a sus compañeros, aunque solo se internaban lo indispensable. Tejían runas de fuego para estabilizar los bordes del Abismo. Con todo, cayeron al vacío un par de ellos. Tampoco eso les impidió proseguir auxiliando a los suyos. Los que despertaban se unían a los demás, excepto algunos, que iban y venían continuamente, sin que Sirian lograra enterarse de cuál era su función.

El ángel no había encontrado un momento para escabullirse y escapar sin que lo apresaran. No oía la voz de Dast desde hacía tiempo, hasta que el tercer día el séptimo Barón se acercó de nuevo al borde del Agujero.

—¿Dónde os habíais metido?

—En combate —informó un demonio—. Nos cogieron por sorpresa.

—¿Los neutrales?

—Menores.

Sirian captó un leve temblor en aquella voz, como si el demonio estuviese avergonzado

—Nos cogieron desprevenidos en medio de la tormenta —continuó explicando—. Ni siquiera sabíamos qué eran, vestidos con estos trajes metálicos.

—Dame eso —siseó Dast—. Sí, diría que es un casco… Ligero, pero resistente. Parece hecho con ese metal que llaman telio.

—También usan espadas de fuego gris, algo insólito.

Sirian imaginó que Jack se había visto obligado a entrar en acción con sus hombres; tal vez había supuesto, como él, que la explosión la habían provocado los demonios y decidió intervenir. Le consoló saber que contaban con el factor sorpresa, a juzgar por el estupor con que informaba el demonio, pero su secreto había dejado de estar oculto.

—¿Gris? ¿Estás seguro? —se interesó Dast—. Ya veo. ¡Traedle!

Se acercaron varias pisadas desde cierta distancia. Un trozo de casco abollado cayó al suelo, a dos metros escasos de Sirian. En efecto, era parte de una de las armaduras que habían diseñado para los menores, y su estado no invitaba a ser optimista respecto a la cabeza que hubiera cobijado.

—Las armaduras, ¿qué son? —preguntó Dast—. ¿Qué habéis hecho con los menores? Esto es cosa de Sirian, ¿verdad? ¡Habla!

Sirian aguzó el oído.

—No voy a decirte nada —respondió una voz neutra.

Aquella voz manaba autocontrol, aunque se notaba forzada. Sirian sabía de quién se trataba. Se llamaba Zynn y era uno de sus mejores amigos, de la máxima confianza. Sirian lo había dejado al mando cuando se entregó a los demonios con el plan de permitirles entrar en el Cielo para luego encerrarlos, Zynn se había encargado de tratar con Jack cuando fue a Stonehenge, donde se fabricaban las armaduras y se entrenaba a los menores. Se acordó de que Zynn había congeniado con un niño llamado Jimmy.

—No voy a perder el tiempo contigo, Zynn —siseó Dast en un tono peligroso—. Ya conocemos nuestras respectivas posiciones y ambos sabemos que no hay acercamiento posible entre nosotros. Imagino que no pensabas acabar en nuestras manos cuando tú y el resto de los cobardes decidisteis traicionarnos en la primera guerra. Pero antes de matarte me gustaría hacerte una pregunta y que me respondieras con sinceridad. Cuando perdimos y el Viejo os encerró en el Cielo, ¿qué pensasteis Sirian y tú? Después de ver que el Viejo os castigaba, ¿os arrepentisteis de no habernos apoyado? Podríamos haber establecido un nuevo orden de no haber sido por vuestra traición. A ver, contéstame. Sirian y tú habéis tenido milenios para reflexionar en vuestra prisión.

—Hablaré a ese respecto con sinceridad, si tú haces lo mismo —repuso Zynn.

—Yo no tengo secretos y nunca he traicionado a nadie.

—Entonces te haré la misma pregunta. Ahora que ves las consecuencias de la rebelión, ¿volverías a apoyarla? Mientras moríais en el Agujero, ¿no lamentaste ni una sola vez haber buscado otra solución a nuestro conflicto?

—¿Qué solución? ¿Hablar?

—¿Tan terrible es? ¿Merecen la pena todas estas muertes para…? ¿Qué habéis logrado?

—Ser libres, dueños de nuestras decisiones, comprobar que tenemos el valor de enfrentarnos a cualquier cosa, incluso al Viejo, para vivir de acuerdo a nuestros ideales. ¡Nuestros ideales! Tú pensabas como nosotros.

—Salvo en matar a nuestros semejantes para conseguirlo —le corrigió el ángel.

—Así que no te arrepientes. Ni siquiera después de saber que ahora podríamos ser libres los dos.

—Tampoco te arrepientes tú, Dast, ni siquiera aceptas que podríamos haberlo conseguido razonando con el Viejo y los Justos, aunque fuera un proceso algo más lento quizá. Si niegas esa posibilidad, yo negaré que tengáis la menor oportunidad de lograrlo ahora, como todavía creéis.

—Posibilidades… —siseó Dast—. Mi error fue confiar en vosotros. Hablabais con pasión, con esa convicción que sale de dentro. Pero os fallaba el valor, eso es lo que no vimos. Mucha palabrería, y cuando llegó la hora de la verdad, en vez de vuestros deseos más profundos, afloró vuestro miedo. Me maldigo a mí mismo por no haberme dado cuenta de que erais unos cobardes.

—¿Crees que no hace falta valor para estar en nuestra situación? Me lo dice el demonio que nunca ha empuñado una espada, que siempre se ha escudado en los demás, que habla de ir a la guerra pero sin ser él quién luche… Pues sí, Dast, pensamos mucho en aquella época, dudo que nadie pueda evitarlo. Te recuerdo siempre arropado por Satán, el Favorito, bajo la protección de sus alas, adulándolo. ¿Habrías sido tan valeroso de no saber que él te cuidaría? Por lo que he oído, eso hizo incluso en el Agujero. Su recuerdo es lo que te mantiene ahora en el poder, ¿no es así? De todos modos, no creí que precisamente tú asociaras el valor con la violencia.

—Será porque yo entendí que ciertos problemas no se solucionan con palabras, sobre todo porque lo intentamos y no sirvió de nada. Soy débil físicamente, sí, pero crees que me respetan porque Satán me apreciaba. Qué iluso. El Favorito fue la mejor creación del Viejo. Si él se fijó en mí, por algo sería, y mis compañeros han tenido ocasión de comprobar el motivo, ahí abajo, donde acabarán tus restos. Bien, ya basta de cháchara. No te insultaré con amenazas, sabes muy bien lo que te espera. Si me dices dónde puedo encontrar a Sirian o a Jack Kolby morirás rápidamente. Sí o no, decídete, porque como verás tengo mucho de lo que ocuparme. Míralos bien, Zynn, a los que han sufrido el Infierno por tu culpa. ¡Míralos! Porque te voy a dejar en sus manos. ¿Y bien?

—No —dijo Zynn casi inmediatamente—. No hablaré. Haz lo que tengas que hacer.

Se lo llevaron. Sirian se tapó los oídos pero ni siquiera así logró ahogar los alaridos de Zynn, desgarradores, espantosos, de esos que evocan imágenes aterradoras en la mente de quien los escucha. Sirian consideró asomarse para matar él mismo a su amigo y así acabar con su tormento. Sí, sus gritos eran tan horribles, que ni siquiera deseó liberarlo, solo poner fin a su dolor.

Los demonios seguían trabajando sin pausa ni descanso mientras prolongaban la agonía de Zynn. Dos días después, Zynn no había dejado de gritar en todo el tiempo. Sirian creía que terminaría por volverse loco.

Sonó un golpe contra el suelo, muy cerca. Sirian giró la cabeza y vio un brazo arrancado por el hombro, cuyo rastro de sangre teñía de rojo la nieve de alrededor. Los gritos de Zynn no cesaban. Al día siguiente cayó una pierna mutilada y un ala a la que le habían arrancado todas y cada una de sus plumas, que acabaron sobre la nieve ensangrentada.

Los gritos continuaban.

—¿Terminamos con él? —preguntó alguien—. Algunos se entretienen demasiado y nos retrasamos.

—Todavía no —repuso Dast.

Escuchar esa frase le dolió a Sirian.

—¿Qué te pasa, Dast? No es propio de ti.

—Zynn no me importa, pero acaban de asestarnos un golpe durísimo y su tortura levanta el ánimo a los demonios.

—No lo había visto de ese modo. Pero sabes que no nos dirá cómo detonaron esa…

—Cuento con ello, aunque sé cómo averiguarlo —siseó Dast—. Esa bomba o lo que fuera la fabricaron los menores.

—¿Los menores? No nos precipitemos. Ellos no pueden…

—¿Y las armaduras? Ya los hemos subestimado bastante, no voy a cometer ese error de nuevo. No reparamos en ellos y ahora se han armado y han estado a punto de exterminarnos, ¿te parece poco? Sirian se alió con ellos, estoy seguro, porque no pueden haber aprendido tanto por sí mismos.

—¿No les atribuyes demasiada inteligencia? Solo son menores, estúpidos. Para ellos somos la encarnación del mal. Piensan que tenemos cuernos y tridentes. La palabra «demonio» les da miedo. Apuesto a que están rezando.

—No todos son iguales —repuso Dast—. Yo interrogué a su comandante, un tal Gordon, y te puedo asegurar que no estaba asustado. O si lo estaba, demostró un gran dominio de sí mismo. Y no solo eso, tuvo el aplomo suficiente para desviar nuestra atención fingiendo que nos conducía hasta Jack Kolby. Ya te he dicho que los neutrales les han instruido. Puede que estén al corriente de los acontecimientos más importantes de nuestra historia. No me refiero a la inmensa mayoría de los menores, naturalmente, pero Sirian, como es más que evidente, no es estúpido, y habrá sabido cuáles de ellos son capaces e inteligentes. ¡He sido un idiota! Seguro que en sus planes contaban con nuestra indiferencia porque los neutrales se lo advirtieron.

—¿Entonces deberíamos haber acabado con ellos antes de atacar a los ángeles? No sé, los menores no tienen la culpa de esta guerra… ¿Por qué habrán intervenido? Provocarnos es garantizar su muerte. ¿Y dices que son inteligentes?

Dast no respondió al instante.

—Lo son, no los subestimemos de nuevo. Parece obvio que su plan consistía en encerrarnos otra vez en el Agujero, pero fallaron y no les vamos a conceder otra oportunidad.

—Lo sé, lo sé. Es que son… son menores. No puedo evitar sentirme indigno peleando contra ellos. Ni siquiera tienen sanadores.

—Ellos han querido tomar parte en la guerra, no nosotros. —La voz de Dast experimentó un cambio peligroso—. Muy pronto sabrán que se han puesto de parte del bando equivocado.

—Ordene que bajen las armas. —Una voz opaca y grave sonó amortiguada tras un extraño casco metálico. Un chasquido abrió el yelmo y dejó a la vista el rostro de una mujer—. Piénselo bien antes de cometer un error.

Sin el metal cubriendo su rostro, la voz de la mujer sonaba normal. La escoltaban cuatro acompañantes: dos a cada lado y otros dos un paso por detrás, todos vestidos con las mismas armaduras plateadas.

Thomas bajó su pistola, pero no ordenó a sus soldados que hicieran lo mismo. Estaban apostados para controlar la única salida del almacén de suministros en el que se hallaban.

—¿Quiénes sois?

—No somos una amenaza. Somos humanos, como vosotros.

—No se lo crea, señor —dijo uno de los soldados que apuntaba al quinteto y no con un pulso demasiado firme—. Los he visto hacer esos símbolos raros con fuego.

—¡Silencio! —ordenó Thomas.

Alzó la voz en un intento por controlar la situación. Veía odio en los ojos de sus soldados, inseguridad en sus posturas, miedo en el sudor que empapaba sus frentes, de ese miedo que no es fácil domeñar ni siquiera por quienes están acostumbrados a la guerra. Se palpaba la tensión. Él mismo no sabía qué pensar, no era capaz de decidirse. Aunque no había oído hablar de que vistieran armaduras, aquellos debían de ser demonios, no cabía otra explicación.

Thomas había colaborado con Gordon en el plan para asaltar Londres y manipular la runa de fuego que el tal Yala había creado en la muralla de la ciudad. Según aquel plan, el propio Gordon se infiltró entre los demonios caminando con tranquilidad, fingiendo ser uno de ellos, lo que había probado que no era posible diferenciarlos de los humanos a simple vista, a no ser que desplegaran las alas. Eso significaba que un ángel o un demonio podían demostrar su verdadera naturaleza, pero un humano, no, y en esa duda oscilaba su decisión frente aquel grupo armado.

A menos que disparara. Si lanzaba un tiro justo en… Thomas apretó los párpados con fuerza y tomó aire. Estaba perdiendo el dominio de sí mismo si una idea semejante se le había pasado por la cabeza.

Se preguntó dónde se habría metido Jack, que era el único que de verdad sabía tratar con los ángeles. La siguiente pregunta que se hizo fue sobre Gordon. Su antiguo enemigo no vacilaría como él. Habría evaluado la situación en menos de un segundo y tomado una decisión que a su juicio garantizase la seguridad. Habría acertado o se habría equivocado, pero habría hecho algo. Thomas envidiaba esa capacidad de Gordon para actuar y luego justificarse. Pero Gordon no estaba allí con él. Y Jack tampoco.

—Puedo demostrar que no mentimos —aseguró la mujer—. Apúntenos si quiere, pero ordene a sus hombres que no disparen.

Thomas asintió. La mujer giró un poco la cabeza, sin apartar la vista de los soldados, y también asintió. Dos de sus acompañantes, de baja estatura, alzaron las manos y se quitaron los cascos.

A varios soldados se les escapó un suspiro de asombro.

—Le dije que no éramos demonios. A menos que crea que hay niños entre ellos.

Thomas se había quedado bloqueado. Lo último que esperaba era ver a dos chicos dentro de aquellas armaduras. Tendrían diez años, doce como mucho. Aquellos rostros de piel sin mácula no podían haber alcanzado la pubertad. Eran niños, por muy increíble que pareciera.

—¿Será posible? —balbuceó Thomas.

Algunos de sus hombres también se rindieron ante la evidencia. Sus brazos se relajaron y dejaron caer algunos centímetros los cañones que hasta ese instante apuntaban a las cabezas del grupo. Thomas fue consciente de su posición en ese momento y de lo que se jugaba. Como único líder, al menos hasta que Gordon y Jack regresaran, era responsable de la seguridad de sus hombres, puede que del resto de la humanidad si se confirmaban los informes que había recibido últimamente.

—¡Apuntad! ¡Si alguien se mueve, abrid fuego!

Los soldados obedecieron. La mujer, los dos niños y los otros dos soldados, que seguían con el casco puesto, alzaron los brazos.

—Señor —dijo de nuevo el soldado que antes le había recomendado precaución—, tengo noticias de un demonio que es un niño, así que esos dos bien podrían serlo.

—¿Es una información verificada, soldado?

—Lo he escuchado de varias personas, señor. Numerosos testigos aseguran que se trata de un demonio que siempre lleva una capa negra con capucha y que habla muy raro. Nadie conoce su edad a ciencia cierta, pero aparenta quince años, de acuerdo con los testimonios, señor.

La mujer suspiró.

—Es cierto que existe un demonio así —admitió—. Se llama Capa, pero nosotros no somos demonios. Si nos obligan, tendremos que matarlos. Piénselo.

Algo en la voz de la mujer le dijo a Thomas que hablaba en serio, que aquellos cinco podrían acabar con los veinte hombres que lo escoltaban si era preciso. Sin embargo, eso no eliminaba el problema que tenía entre manos.

—¿Tu nombre?

—Stacy.

—Bien, Stacy, nadie va a dejar de apuntaros mientras no sepa qué está pasando exactamente. Nos impedís entrar en Londres, pero detrás de nosotros vienen cientos de miles de personas que se congelarán si nos quedamos aquí. Así que o me dais una explicación ahora mismo o no tendré más remedio que quitaros de en medio.

La última frase sonó dura. Thomas había imitado el tono de voz de Gordon cuando profería amenazas, el mismo tono que Gordon había empleado con él cuando era el representante de la Zona Segura del Norte, y Gordon, su enemigo. Cada vez que Gordon le había advertido con aquel tono, Thomas no había dudado de la veracidad de sus palabras. Del mismo modo esperaba que Stacy lo tomara en serio, porque si no, iba a ordenar a sus hombres que abrieran fuego sobre ellos, incluyendo a los niños. Si después descubrían que no eran demonios, que Dios lo ayudara a soportarlo, porque él no sería capaz de perdonarse.

Gordon lo acusó en más de una ocasión de ser un segundón que nunca debería haber ocupado un mando, una idea que ahora Thomas compartía en su interior. Él había sido el máximo responsable del Norte solo porque sus superiores murieron, y ahora, porque Jack y Gordon no estaban.

Conocía perfectamente su obligación, incluso sabía qué haría si no le quedaba otra salida, pero también estaba convencido de que eso lo destrozaría por dentro. No estaba preparado para asumir las responsabilidades del mando al máximo nivel.

Al repasar su vida militar, comprendió que siempre había contado con la comodidad de poder alegar que cumplía órdenes. Pese a su alto rango, siempre había tenido a alguien por encima, y solo la perspectiva de poder descargar la responsabilidad en un superior era una válvula de escape para su conciencia.

Por el bien de la gente que lo seguía y dependía de él, Thomas esperaba que nadie notara su agitación interior, menos aún Stacy y sus cuatro compañeros.

—La orden… —comenzó a decir Stacy.

—¡No! —interrumpió Thomas—. No quiero que digas nada. Si sois aliados, que nos lo cuente el chico.

Thomas señaló a uno de los niños, que sostenía el casco entre sus manos, con el semblante muy serio.

—Conforme —dijo Stacy—. Jimmy, vas a contestar a todas las preguntas que te haga Thomas, ¿de acuerdo? No tienes que ocultarle nada.

—¡Por supuesto! —contestó el pequeño Jimmy con mucha energía—. ¿Tengo que llamarle señor? ¿Por qué nos apuntan esos soldados? ¿Es que son idiotas, no ven que…?

—Jimmy, cariño, ¿qué hemos hablado antes?

El chico se rascó la frente.

—Nada de protestar durante una misión —recitó en tono militar—. Solo obedecer. Solo tú puedes darme órdenes directas. Si mueres, debo encontrar otro corazón para formar un nuevo cuerpo y salvar mi vida. El único hombre que puede darme órdenes es Jack Kolby. Si no hay mujeres, entonces mi criterio es…

—Suficiente, Jimmy. Muy bien —lo felicitó Stacy—. Ahora quiero que contestes a las preguntas de Thomas. Es una orden.

—¡Por supuesto! —repitió Jimmy, con más energía incluso que la primera vez.

Thomas parpadeó, aturdido, ante la conversación que acababa de presenciar. La idea de que no eran humanos cobró algo más de fuerza, muy a su pesar. El chico se volvió y lo miró con gesto altivo. En realidad no se trataba de una postura arrogante; era tan bajito que debía alzar la barbilla para mirarle a los ojos.

—Muy bien, hijo. Solo vamos a hablar un rato, no hace falta que estés tan serio. Esto no es un consejo militar. —Thomas miró a Stacy—. Dejad aquí a Jimmy y marchaos para que pueda hablar sin que lo manipules.

—¡No! —chilló el niño.

Flexionó las rodillas y tensó todos los músculos en menos de medio segundo. Blandía una espada que Thomas no sabía de dónde había salido. El arma ardía, como las de los ángeles y los demonios, pero el fuego era gris, metálico, del mismo tono que su pequeña armadura. Las llamas parecían líquido que se ondulaba.

Los soldados reaccionaron apretando las armas con fuerza. Todos los cañones apuntaron a Jimmy al instante.

—¡Deteneos! —gritó Stacy.

—¡Que nadie abra fuego! —ordenó Thomas.

El comandante comprobó, estupefacto, que Stacy se había dirigido a los miembros de su equipo, no a los soldados. La mujer tranquilizó al otro chico, que también sostenía una espada en las manos, y luego, cuando por fin la guardó, se acercó a Jimmy.

—Baja la espada, Jimmy.

El chico obedeció, pero era ostensible que la orden no le había agradado. Apretaba las mandíbulas, sus ojos despedían fuego.

—Eso es ¬—continuó Stacy—. Yo me ocupo de esto, no te preocupes. Thomas, no podemos dejar a Jimmy solo. Nos quedaremos aquí, pero prometo que no intervendremos. Solo él contestará a las preguntas.

—¿Por qué lleva una espada? ¿Y por qué no puede quedarse solo si no ocultáis nada?

—Porque moriría —contestó Stacy—. No podemos separarnos.

—¿Qué?

—Ya es suficiente —dijo Stacy muy seria—. Te estoy dando todas las facilidades que puedo. Acéptalas o asume las consecuencias, pero te advierto de que yo también tengo responsabilidades y estoy harta de que nos apunten con armas mientras tratamos de demostrar nuestras buenas intenciones.

Thomas calibró rápidamente la situación y esta vez no tuvo ninguna duda sobre cómo actuar.

—¡Bajad las armas! De acuerdo, Jimmy contestará las preguntas mientras vosotros esperáis ahí —dijo señalando un rincón del ruinoso edificio en el que se encontraban.

Stacy y los demás miembros de su escuadra se retiraron a la esquina, entre los murmullos metálicos que sus armaduras causaban al moverse.

—¿Tardaremos mucho? —preguntó Jimmy.

—Lo menos posible, hijo —contestó Thomas.

—Yo no soy tu hijo. Y esa respuesta es muy imprecisa.

Thomas cogió aire.

—¿Qué edad tienes?

—Once años, dos meses y veinte días.

La pregunta era más por curiosidad que por razones de interés militar, pero Thomas no pudo evitar que lo sorprendiera la juventud del chico. Había deseado que tuviese al menos catorce o quince años. ¿Cómo era posible que un chaval tan pequeño mantuviese tanta entereza ante un pelotón de soldados que lo había apuntado con sus armas?

—Os he oído hablar de una misión. ¿En qué consiste?

—En matar demonios.

—¿Tú? ¿Vosotros habéis matado a demonios?

—A siete. Al último le atravesé las tripas. Así.

Jimmy realizó con la espada una demostración muy ilustrativa del movimiento con el que supuestamente había matado a un demonio.

—Ya veo —dijo Thomas—. ¿Cómo es posible matarlos?

El chico frunció el ceño.

—Pues matándolos. ¿Qué pregunta es esa? ¿No eres un militar? Lo mejor es cortarles la cabeza, pero yo soy muy bajito, así que prefiero pincharles la tripa. No es tan efectivo, claro, pero si lo haces bien, mueren. ¡Y yo lo hago muy bien!

Thomas recordó a Gordon asegurando que, cuando habían huido de Londres, dispararon un obús contra un demonio y lo único que consiguieron fue derribarlo, para volverse a levantar en apenas un segundo. Ahora tenía ante él a un mocoso con una armadura que aseguraba que su cometido era destripar demonios.

Recordó también la espada que le había enseñado Jack, el arma que usaban ángeles y demonios, la misma con la que se había equipado el comando que había liderado Gordon para tomar la ciudad de Londres. Aquella espada era de fuego; en cambio, la que el pequeño Jimmy esgrimía con tanta energía era diferente y no solo por su tamaño, algo más reducido, aunque considerable en comparación con la talla del chico. La espada de Jimmy era gris. Se ondulaba como si fuera de fuego, pero su tono era opaco, metálico.

—Tu arma es de telio, ¿verdad? —le preguntó, mientras se esforzaba por encajar las piezas—. Igual que tu armadura y la de Stacy y tus compañeros.

—Mi cuerpo —repuso Jimmy.

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre La Guerra de los Cielos. Volumen 4

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Reseñas de lectores

  • (5/5)
    Una saga fantástica de principio a fin. Única y fascinante.
  • (5/5)
    Excelente